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ASÍ FUE MI DÍA DEL LIBRO 2014

El pasado 23 de Abril, Día del Libro, tuve una jornada especial. A primera hora, encuentro con los alumnos del Instituto de Enseñanza Secundaria ISAAC ALBÉNIZ, de Málaga.

EN ISAAC ALBENIZ 8

Con el salón repleto de alumnos, hablé de mis libros, especialmente de mi última novela El libro de las palabras robadas.

ULTIMO ENCUENTRO EN BIBLIOCAFÉ

Luego, leí mi relato Librería Sueños, publicado en el libro colectivo de la Generación Bibliocafé Último encuentro en Bibliocafé, que pensé el más apropiada para la ocasión.

Sergio Barce leyendo en el IES Isaac Albéniz - Foto de Julio Rabadán

Sergio Barce leyendo en el IES Isaac Albéniz – Foto de Julio Rabadán

Pasé un rato muy agradable con los chicos, y estuve muy bien arropado por los profesores del centro, especialmente por mis amigos Julio Rabadán y Pedro Delgado.

Julio Rabadán, Sergio Barce y Pedro Delgado

Julio Rabadán, Sergio Barce y Pedro Delgado

Por supuesto, echamos mucho en falta a Pablo Cantos, que impartió la docencia en este mismo centro, y quien me llevara allí por vez primera hace unos años… 

En el IES Isaac Albéniz

En el IES Isaac Albéniz

Después de unas horas en mi despacho, porque no se puede dejar de trabajar ni un segundo en estos tiempos que corren, puse rumbo al segundo centro educativo al que me habían invitado: el COLEGIO ALBORÁN, de Marbella.

En el Colegio Alborán

En el Colegio Alborán

Allí, sobre las 15.30 volví a enfrentarme, en el mejor sentido de la palabra, con otros alumnos, a los que, según me dijeron los profesores, sorprendentemente había conseguido mantener en silencio y atentos a mis relatos e historias durante una hora.

En una de las clases del Colegio Alborán

En una de las clases del Colegio Alborán

También fue un encuentro enriquecedor, y el grupo de profesores del centro tengo que reconocer que me obsequiaron con una acogida muy calurosa, y comprobé que trabajan en un ambiente de compañerismo envidiable.

Con los profesores del Colegio Alborán. De izquierda a derecha: José Luis, que es el director del centro, Marina, Susana, Mónica, Sergio Barce, Maru, Mª Carmen, Emilia y Encarna.

Con los profesores del Colegio Alborán. De izquierda a derecha: José Luis, que es el director del centro, Marina, Susana, Mónica, Sergio Barce, Maru, Mª Carmen, Emilia y Encarna.

Así que, como jornada literaria, fue redonda. Así que he de dar las gracias a todos. 

Sergio Barce, abril 2014

Con alumnos del Colegio Alborán

Con alumnos del Colegio Alborán

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CULTURA Y TRADICIÓN MARROQUÍ

UN VÍDEO TAN SUGERENTE COMO EMOTIVO. TODOS RECONOCEMOS ESOS GESTOS QUE IDENTIFICAN EL HANAN, ESA PECULIAR FORMA DEL SER MARROQUÍ…

PARA VERLO HAY QUE PULSAR EL SIGUIENTE ENLACE

https://www.youtube.com/watch?v=ejV0n8l0pOQ&feature=youtube_gdata_player

Creo que está realizado por el Maroccan American Center Inc. de Boston

Hommage aux Haraga, obra del pintor larachense Rachid Sebti

Hommage aux Haraga, obra del pintor larachense Rachid Sebti

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LARACHE EN «EL PAN A SECAS» (AL-JUBZ AL-HAFI) DE MOHAMED CHUKRI

En El pan a secas (Al-jubz al-hafi) de Mohamed Chukri, la obra más emblemática y revolucionaria del panorama literario marroquí, de 1972, aparece Larache.

El pan a secas - portada
Aunque será más tarde, como ya escribí en otro artículo, en concreto en Tiempo de errores, cuando Larache tenga realmente un verdadero protagonismo en la obra de Chukri. Pero es aquí, en El pan a secas, cuando ya anuncia lo que será el cambio más trascendental de su vida: su marcha a Larache, donde aprenderá a leer y escribir, sus armas más poderosas, los instrumentos que lo sacarán de la miseria.
Y los motivos por los que termina en Larache lo cuenta de la siguiente manera:

“Por la mañana, al regresar del puerto, me dirigí a una librería de Oued Ahardan y compré un libro para aprender a leer y escribir en árabe.
Abdelmalek estaba en el café. Me presentó a su hermano Hassan, que había venido de Larache a visitarle. Me disculpe con él por lo ocurrido el día anterior.
-Olvídalo. Yo también me puse nervioso –me dijo.
Me senté con ellos y le enseñé a Abdelmalek el libro.
-Tengo que aprender a leer y a escribir. Tu hermano Hamid me enseñó algunas letras en la comisaría y me dijo que tenía disposición para aprender.
-Claro, ¿y por qué no la ibas a tener?
Su hermano Hassan me preguntó si quería estudiar en Larache.
-¿Yo? ¿Es posible? Tengo veinte años y ni siquiera sé firmar –le dije, asombrado.
-No importa, allí conozco bien el director de una escuela. Te haré una carta de recomendación. Estoy seguro de que te aceptará. Tiene especial simpatía por los muchachos que vienen de fuera con la firme intención de estudiar. Si no tuviera que ir a Tetuán para solucionar un problema con el delegado, te acompañaría y te lo presentaría yo mismo. Es amigo mío.
Al instante, añadió:
-Ve a comprar un sobre y un papel para escribirte una carta de recomendación.
Salí del café. No podía creer lo que acababa de decirme. Compré lo que me había pedido y volví rápidamente. Cogió el papel, lo puso encima de un periódico árabe y empezó a redactar la carta. Tenía una letra preciosa. De vez en cuando, dejaba de escribir para fumar kif con nosotros. Cuando terminó la carta, la metió en el sobre y lo cerró. Yo la guardé cuidadosamente en el bolsillo de mi chaqueta.
-Entonces, ¿cuándo puedo ir a Larache? –le pregunté.
-Cuando quieras. Pero intenta que sea pronto.
Eran casi las doce de la mañana. Nos despedimos de Hassan antes de que partiera para Tetuán. Me dio la mano y me dijo:
-Nos veremos allí en tres o cuatro días. No dejes de ir.
Abdelmalek tenía que visitar el cementerio Buarrakía.
-¿Para qué vas allí?
-Algunos amigos del café me pidieron que leyese algunos versículos del Corán sobre la tumba de sus familiares.
-Te acompaño. Mi hermano está enterrado allí. ¿Podrías leer alguna sura en su memoria?
-¿Tu hermano?
-Sí, tengo un hermano allí.
Camino del cementerio, le pregunté:
-¿Qué le pasó a tu hermano Hassan?
-Hizo una de las suyas. Siempre anda igual. Lo echaron del colegio de Larache porque le pillaron bebiendo alcohol y fumando kif en una de las habitaciones de la mezquita. Vivir allí es gratis para los estudiantes que vienen de fuera.
Compré un ramo de flores en el Zoco Grande y otro de arrayán a la entrada del cementerio. (…)»

Mohamed CHUKRI

Mohamed CHUKRI

En el mismo libro, Larache aparece solo otra vez, tangencialmente, cuando relata la época en que se acercaba el momento de la independencia del país y se producen una serie de altercados y muertes. Chukri escribe:

«-La situación parece haber vuelto a la normalidad después de los altercados –le dije.
-Pero la situación política no es buena. Lo del 30 de marzo es sólo el comienzo. Habrá más violencia. Ha llegado el momento de que los marroquíes pidan su independencia.
-Kebdani me dijo que sólo hubo seis entierros pero que la gente sabía perfectamente que mataron a decenas de marroquíes.
-Es cierto. Poco a poco van apareciendo en la playa algunos cadáveres que tiraron al mar.
-Así que los tiraron al mar.
-La mayoría de la gente cree que las autoridades españolas metieron a marroquíes vivos y heridos dentro de sacos, los cosieron y los lanzaron al agua. Algunos cadáveres aparecieron sin señales de bala, ni heridas. En Larache encontraron el cadáver de un joven con las manos atadas.”

Los fragmentos anteriores los he tomado de la edición que la editorial Cabaret Voltaire ha publicado de El pan a secas en 2012. La traducción, que comparada con otras ediciones en castellano, es la más pulcra, fresca e íntegra de las que he leído, es obra de Rajae Boumediane El Metni.
Es la cuarta vez que leo esta novela. Nunca deja de estremecerme.
Sergio Barce, abril 2014

Rajae Boumediane

Rajae Boumediane

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GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ ESCRIBIÓ

gabriel-garcía-márquez

Adiós a García Márquez. Adiós con sus palabras, que es el mejor de los homenajes: un fragmento de La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada. 

Eréndira estaba bañando a la abuela cuando empezó el viento de su desgracia. La enorme mansión de argamasa lunar, extraviada en la soledad del desierto, se estremeció hasta los estribos con la primera embestida. Pero Eréndira y la abuela estaban hechas a los riesgos de aquella naturaleza desatinada, y apenas si notaron el calibre del viento en el baño adornado de pavorreales repetidos y mosaicos pueriles de termas romanas.
La abuela, desnuda y grande, parecía una hermosa ballena blanca en la alberca de mármol. La nieta había cumplido apenas los catorce años, y era lánguida y de huesos tiernos, y demasiado mansa para su edad. Con una parsimonia que tenía algo de rigor sagrado le hacía abluciones a la abuela con un agua en la que había hervido plantas depurativas y hojas de buen olor, y éstas se quedaban pegadas en las espaldas suculentas, en los cabellos metálicos y sueltos, en el hombro potente tatuado sin piedad con un escarnio de marineros.
—Anoche soñé que estaba esperando una carta —dijo la abuela.
Eréndira, que nunca hablaba si no era por motivos ineludibles, preguntó:
—¿Qué día era en el sueño?
—Jueves.
—Entonces era una carta con malas noticias —dijo Eréndira— pero no llegará nunca.
Cuando acabó de bañarla, llevó a la abuela a su dormitorio. Era tan gorda que sólo podía caminar apoyada en el hombro de la nieta, o con un báculo que parecía de obispo, pero aún en sus diligencias más difíciles se notaba el dominio de una grandeza anticuada. En la alcoba compuesta con un criterio excesivo y un poco demente, como toda la casa, Eréndira necesitó dos horas más para arreglar a la abuela. Le desenredó el cabello hebra por hebra, se lo perfumó y se lo peinó, le puso un vestido de flores ecuatoriales, le empolvó la cara con harina de talco, le pintó los labios con carmín, las mejillas con colorete, los párpados con almizcle y las uñas con esmalte de nácar, y cuando la tuvo emperifollado como una muñeca más grande que el tamaño humano la llevó a un jardín artificial de flores sofocantes como las del vestido, la sentó en una poltrona que tenía el fundamento y la alcurnia de un trono, y la dejó escuchando los discos fugaces del gramófono de bocina.
Mientras la abuela navegaba por las ciénagas del pasado, Eréndira se ocupó de barrer la casa, que era oscura y abigarrada, con muebles frenéticos y estatuas de césares inventados, y arañas de lágrimas y ángeles de alabastro, y un piano con barniz de oro, y numerosos relojes de formas y medidas imprevisibles. Tenía en el patio una cisterna para almacenar durante muchos años el agua llevada a lomo de indio desde manantiales remotos, y en una argolla de la cisterna había un avestruz raquítico, el único animal de plumas que pudo sobrevivir al tormento de aquel clima malvado. Estaba lejos de todo, en el alma del desierto, junto a una ranchería de calles miserables y ardientes, donde los chivos se suicidaban de desolación cuando soplaba el viento de la desgracia.

Eréndira

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«EL CUARTO DE LAS ESTRELLAS», UNA NOVELA DE JOSE ANTONIO GARRIGA VELA

José Antonio Garriga Vela sigue sorprendiéndome con sus novelas, convertido sin duda en uno de los grandes narradores españoles de los últimos años. Después de sus anteriores obras, en 2008 llegó esa maravilla que es Pacífico (Anagrama), novela con la que consiguió el Premio Dulce Chacón, ese precioso libro de relatos que tituló El anorak de Picasso (Candaya, 2010), y el pasado año, con su última novela El cuarto de las estrellas (Siruela), obtuvo el Premio Café Gijón 2013.

EL CUATO DE LAS ESTRELLAS

(…) Teresa conducía el coche. Me miró de soslayo sin decir nada. No quiso interrumpir mis pensamientos. Le agradezco esa complicidad que no necesita palabras. La mayoría de las personas no soportan el silencio, se sienten incómodos sin hablar y entonces hablan demasiado. Al llegar a La Araña aparcó delante del estanco y permaneció sentada. Me dijo que de pequeña se tumbaba en el porche de la casa de sus padres y se dedicaba a mirar el firmamento. La luz de las estrellas era el hilo del tiempo. Me explicó que la luz que emite una estrella tarda en llegar a nosotros alrededor de cien años. El rayo de luz hace táctil ese hilo que nos une con el pasado. Una estrella puede morir, pero su luz permanece el tiempo que tarda en llegar a la Tierra.
Al oírla, me convierto en el funambulista que pasea sobre el hilo del tiempo. Me traslado cien años atrás y luego regreso de nuevo al presente. Voy, vuelvo y me detengo, igual que hizo Philippe Petit entre los sesenta metros que separaban las Torres Gemelas. Me atrae desandar los caminos. (…)

El cuarto de las estrellas es una novela escrita en espiral.
José Antonio Garriga, que escribe con la apariencia de lo fácil, urde una curiosa trama en la que mezcla cosas tan dispares y aparentemente lejanas como la aventura del funambulista Philippe Petit cuando cruzó ilegalmente las Torres Gemelas de Nueva York (protagonista de ese memorable documental titulado Man on wire, del que escribí en su momento un pequeño artículo), la del padre del protagonista narrador al que un premio de lotería cambiará por completo, y su vida en La Araña, ese lugar extraño pero tan unido a la pequeña historia de Málaga, donde se levanta la cementera Goliat, convertida en ese monstruo que acecha a los habitantes de la zona, y donde también descubriremos, junto a Luis Cisneros o al Comunista, a su madre y a su amante, un topo que no puede escapar de su escondite, y a esa mujer que aparece de tarde en tarde con su coche fúnebre para alegrar a algunos hombres, y, además de todo esto, el narrador acaba de sufrir un accidente que le ha hecho perder temporalmente la memoria…
En este libro, todos guardan secretos que irán desvelándose de una manera sugerente y casi poética, y todos viven rodeados de un halo de misterio, de silencios y de complicidades, en esa espiral narrativa que mencionaba antes, pues cada pequeño capítulo avanza y retrocede y nos hace girar sobre los mismos acontecimientos hasta que se van abriendo los visillos de las ventanas que nos dejan descubrir ese mundo hasta ahora oculto.

José Antonio Garriga Vela - foto C. Moret - diario sur.es

José Antonio Garriga Vela – foto C. Moret – diario sur.es

Reconozco a José Antonio Garriga en su permanente vaivén entre la vida y la muerte, en ese juego con el que siempre parece disfrutar cuando escribe y en el que emplea fantasmas familiares para desnudar a sus protagonistas, los vivos son como muertos que deambulan por ese débil cable que han de cruzar en vida, y los muertos son como vivos que se resisten a abandonar este mundo.
Philippe Petit cruza una vez más, de la mano de Garriga Vela, el espacio que separaba las Torres Gemelas aquel 7 de agosto de 1974, y fue como si el padre del protagonista se quedara suspendido en el aire. Un acontecimiento que sirve para jugar a la vida y a la muerte, para construir una historia fascinante y mágica.
La virtud de José Antonio Garriga Vela, además de esa narrativa envolvente que te va atrapando en su tupida red, y que hace que no puedas dejar su novela, es la de crear personajes inolvidables. Incluso los secundarios cobran un protagonismo singular. En esta novela en concreto quizá sea el personaje de Teresa el que más me ha conmovido. Y me atrevo a aventurar que es un hermoso e íntimo homenaje de José Antonio.
Conocer personalmente a José Antonio Garriga Vela es todo un lujo. Lo admiro, profundamente. Y tras leer El cuarto de las estrellas, lo admiro aún más.
Sergio Barce, abril 2014

(…)
Hubo un tiempo en el que mi padre no fue solo el hombre gris que pasaba diez horas al día encorvado sobre la mesa cubierta de papeles y de polvo de la oficina de la Fábrica de Cementos Goliat, sino también el héroe que se transformaba al llegar a casa. Un domingo que estábamos desayunando en el patio trasero oímos un gran alboroto en la calle. Mi madre se asomó para ver lo qué ocurría y una vecina le comunicó que la fábrica estaba ardiendo. Mi padre se levantó de la silla, escupió polvo sobre el arriate de flores mustias y con el tono imperturbable de los aventureros del lejano Oeste dijo secamente:
-Voy a apagar el fuego.
Yo tenía entonces cinco años y era incapaz de descubrir las mentiras de mi padre. Unas horas después estaba de vuelta y no acertaba a introducir la llave en la cerradura. Al fin consiguió abrir con dificultad la puerta de la calle y traspasar el umbral del recibidor dando traspiés como un cowboy herido. Lo recuerdo sofocado, sudoroso y con los ojos irritados, aunque sin desprender olor a humo. Tampoco tenía ninguna magulladura. No distinguí la más mínima secuela del incendio en la cara ni en la ropa de mi padre. Sin embargo, parecía abatido. Al verme sacó fuerzas de flaqueza, irguió el cuerpo y echó el cuerpo hacia atrás como si pretendiera disparar el último tiro antes de caer al suelo.
-Ya he apagado el fuego.
Mi madre estaba acostumbrada a sus proezas etílicas y no le hizo caso. Además, la misma vecina que nos informó del incendio anunció poco después que se trataba de un simulacro de emergencia que se estaba realizando en la fábrica y que los empleados administrativos estaban exentos de participar en el ejercicio. Después de almorzar, mi padre se echó la siesta y yo me acosté encima de él. Tuve la sensación de hallarme tendido sobre una montaña que respiraba, que dormía profundamente, que rugía como el gigante Goliat. (…)

José Antonio Garriga Vela y Sergio Barce, en Larache

José Antonio Garriga Vela y Sergio Barce, en Larache

 

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