Acabo de leer Sombras en sepia, del escritor Sergio Barce Gallardo, premiada en el I Certamen de Novela “Murcia Tres Culturas”, en 2006.
Si hay que detener su lectura es solo para beber agua, respirar hondo o tomar un lápiz para anotar algo al margen de la página leída.
Creo que, además de ser una “novela contemporánea”, es la novela del autor. Autodiegética, es decir casi enteramente autobiográfica, con la excepción de la trama, la relación entre los actantes, Abel Egea, Nadja y el casi fantasmal Mustapha, incómodo para un lector sensible. Realista desde luego, pues el final no podía ser de otra manera en un tiempo actual. El lector sabe ya, mediante una prolepsis descrita en dos páginas y media (págs. 200-202), cuál es el final en la relación Abel, setentón, y Nadja, joven marroquí de 17 años junto a su hijito Zacarías. Por lo tanto, lo interesante de toda esta novela está en la emoción que suscita en el lector al identificarse, ineludiblemente, con los sucesivos “juegos” nostálgicos del Larache de su niñez y juventud, hábilmente descritos por el narrador, como enzerani convencido, desde una perspectiva espacial malagueña (citas de El Palo, el mercadillo del barrio de Huelin, calle Héroes de Sostoa, carretera de Cádiz…) y temporal, de añoranza de esos años de adolescencia.
Nadja y Tlata de Reixana, el pequeño pueblo de la joven, a pocos kilómetros de Larache, “pequeño paraíso que dio cobijo a la familia Egea”, son en realidad el alma del autor (fautor, que diría Oscar Tacca), con las vivencias más enraizadas en esa ciudad marroquí donde vivió con su familia hasta cumplir los 13 años (“-Vengo de Málaga, pero viví aquí muchos años. No sé si me creerá, pero siempre digo que soy de Larache. Aquí es donde fui realmente feliz” – pág. 49).
Como lector identificado con el tema, la trama y su desarrollo, me atreveré a comentar algunos aspectos que me han dejado “enganchado” a esta novela, mezcla de tradición barojo-galdosiana (nada de experimentación, por otra parte innecesaria) y novedosa en cuanto a su episódica forma de estructurarla, el juego de avance-retroceso que te hace contemplador continuo y enamorado de esa aparente realidad de lo narrado. Nunca confundido. Siempre paseando por las calles descritas, estrechando la mano de los mismos amigos, incluso participando del temblor del erotismo contenido del actante-sujeto, Abel Egea.
Cito numéricamente:
1. El pasado es siempre prólogo imborrable. De ahí que la nostalgia sea el leit motiv de la novela.
2. Es la nostalgia de un jubilado, viudo y con una sola hija, que verá convertida la monotonía propia de ese estado en una peripecia digna de ser vivida (y contada): el encuentro con una joven inmigrante en una playa de Málaga, cuando “un cielo azul profundo ametrallado de diminutas estrellas” le hizo abrir los ojos.
3. Ojos abiertos para inmiscuirse en una vida ajena, y soñar con una nueva familia, menos (o quizás, más) buscada (soñada).
4. Esta es la diégesis de la novela: voces de personajes, espacios, tiempos y sucesos son tan verosímiles que transportan al lector a un mundo y una sociedad cercanos.
5. El mundo de la emigración. Pero el deseo siempre presente de tener que volver al origen. Ese mismo deseo que se instala en Nadja al responder a la llamada del marido, Mustapha, y la necesidad de “volver” a las vivencias inolvidables del pasado en Larache, tal como confiesa el narrador constantemente.
6. El tema de la hospitalidad entre los habitantes de Tlata de Reixana y Larache es el símbolo de la buena convivencia entre las tres culturas: «-Yo soy Samir- le estrechó la mano apretándola con fuerza-. Ahora te vas a cambiar, te vas a poner una chilaba y vas a comer en casa» (pág. 47).
“Aquí en Larache vivimos las tres culturas sin problema alguno» (pág. 55).
También en el recuerdo de la relación tan cordial entre un cristiano, Abelardo Egea, padre de Abel, con un musulmán, Mustapha Ben Laabi y un judío, Jacobbi Cohen.7. Aquí tenemos uno de los resultados de la lectura de esta novela: la catarsis que produce en el lector, obligándole a superar tópicos xenófobos. Curiosa la definición que se hace de Suecia, como una casa de locos, donde vive su hija.
8. Pero quizás lo que más sorprende sea la relación entre el anciano Abel y la jovencita inmigrante marroquí, Nadja. Nada que se parezca a la Lolita de Nabokov. Pero nada hay más hermoso que el pasaje de erotismo contenido de la pág. 189-190, interrumpido por el llanto del niño Zacarías. Y sobre todo en la pág. 215, cuando Abel “quería sentir su agitación (la de Nadja), su ansiedad vibrante y emocionada…” que a este lector le recuerda los versos del poeta sufí, Ben Farach, de Jaén (s. X) cuando dice en su poema “Castidad”:
“Y pasé con ella la noche / como el pequeño camello sediento al que el bozal impide mamar […,] que no soy como las bestias abandonadas / que toman los jardines como pasto».
9. Detalles importantes de narrador total son los relatos intercalados: el ahogamiento del nieto de la Motrilica; el recuerdo de los años vividos y disfrutados con su mujer, Carlota; la relación entre David y Lidia, sus fieles amigos; la historia del Monstruo, que solo era un pobre infeliz, llamado Eneas Martín Jiménez, que trabajaba como mulero para la legión….
10. En definitiva: una galería de varias estancias formadas por un gran cuadro de entrada y varios aguafuertes intercalados, plenos de colorido, de lenguaje kinésico y, sobre todo, de un hondo y sincero sentimiento nostálgico, desde una realidad esperanzada: “Las nubes grises iban quedando atrás y, a cada metro que avanzaba, el día se hacía más celeste…”
Un lector que ha disfrutado con esta novela:
José Luis Pérez Fuillerat
Málaga, 15 de julio de 2014
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Aun cuando no lo parezca a primera vista, Larache tiene pretensiones de ser el puerto militar del Imperio, y su entrada está defendida por 22 cañones, repartidos en dos baterías, situadas sobre la punta en que está construida la ciudad; pero su principal defensa consiste en la barra, que no permite el paso sino a buques de pequeño calado, pues durante la bajamar, apenas sí se encuentra un metro de agua.
Aun cuando está asentada en una fértil comarca por causa de su barra, cerrada como todas las del litoral marroquí, es un mercado secundario para la exportación y la importación, saliendo sólo algunos granos y lanas en cambio de los artículos de Europa que necesitan para su consumo.
Acuden a su puerto muchos barcos portugueses de la provincia del Algarbe y muchos españoles de Huelva, Ayamonte y Cádiz, que van a pescar en lo que ellos llaman “mar de Larache”, y hacen escala en este puerto para refrescar sus víveres, hacer aguada y dedicarse un poco al contrabando. El que suelen hacer en este puerto y en Tánger, aunque en corta escala, porque la índole del negocio no sufriría más, es en la moneda de cobre marroquí que cambian por plata e introducen luego en España, donde, a despecho de la razón y de la autoridad, circulan los ochavos morunos. En la plaza corren también las pesetas españolas, pero sólo para el gasto ordinario de las casas y en el comercio al menudeo, y aun así con exclusión de las gastadas, horadadas, isabelinas, y las acuñadas después de la revolución, que no tienen curso. La población de Larache es bastante regular para lo que, en general, son los marroquíes, pero carece de animación, y si no tuviera el ameno campo que la rodea, sería insoportable.
Según he podido averiguar, debe su fundación a los beréberes, que levantaron sus murallas a cuatro kilómetros al Nordeste de la actual ciudad. Con el nombre de Lixus sufrió todas las vicisitudes que sus vecinas de África, y como ellas, pasó a poder de los árabes, a los que se la arrebataron los portugueses en 1504, recobrándola los moros diez años después. Muerto Muley Hamlet (Ahmed Eddahbi), el 14 de agosto de 1603, dividió su reino entre sus cinco hijos, por cuya causa se encendió la guerra civil en sus Estados, viviendo Muley Chekg (Chaij) a España a solicitar el apoyo que Felipe III le accede en cambio de la fortaleza de Larache, cuyas fortificaciones se aumentaron y repararon, según reza en una lápida que en las citadas murallas aún hoy se conserva. Algunos años después, Muley Ismail, auxiliado por cinco fragatas francesas, sitió la plaza, y aunque tuvieron que retirarse, la penuria y decadencia en que había caído nuestra patria durante el reinado del débil Carlos II, obligó a sus defensores a rendirse al siguiente año, después de sufrir un apretado cerco de cinco meses sin recibir ningún socorro. Desde entonces, y salvo una algarada que contra la ciudad hicieron los franceses en 1765, no registra la historia sucesos más notables que una desgraciada expedición austríaca en 1830 y el bombardeo que le hizo la escuadra española el 25 de febrero de 1860.
Aquí hablan todos el español, y la gente es tan amable que, apenas llegué, trabé relaciones con algunas de las principales familias indígenas. Una de ellas, hebrea por cierto, me convidó a una fiesta que celebraba con motivo del casamiento de una hija, y como la ceremonia no deja de ser curiosa, voy a dar a usted una ligera idea de ella antes de concluir esta crónica.
El matrimonio entre los hebreos marroquíes, al par de ser una cosa muy seria, porque las ceremonias duran nada menos que ocho días, agradaría en extremo a nuestro apóstol del amor libre, la célebre Guillermina Rojas, por la facilidad con que se disuelven, quedando los ex cónyuges en disposición de contraer nuevos lazos. Cuando un judío quiere casarse, encarga a dos de sus parientes o amigos que arreglen el asunto, y cuando ya se han convenido en la cuestión metálica, que para ellos es la esencial, acude a la sinagoga con el padre de la novia, y cogiendo los dos la falda de la hopalanda del sabio (rabino), juran, el suegro dar su hija al pretendiente, y éste aceptarla por esposa. Estos son los esponsales, y el que falte a su juramento paga una multa que de antemano se fija. Pasado un año, con gran pompa y acompañamiento de músicos y bailarines, que danzan llevando sobre la cabeza una bandeja llena de tazas, los deudos de la novia la lleva lujosamente vestida al baño público y la sumergen en el agua mientras rezan una corta oración, dando a esta ceremonia una gran importancia, porque si flota sobre el agua un solo cabello, o no está bien cubierta la más pequeña parte del cuerpo, es señal segura de que el matrimonio será desgraciado. Del baño, siempre con la misma solemnidad y con agudísimos y estridentes gritos que lanzan los acompañantes, se dirige la comitiva a la casa del futuro esposo que a la puerta espera rodeado de sus amigos y parientes. Uno de estos ofrece a la novia un vaso de agua, que debe arrojar con toda su fuerza después de haber bebido. En el baño se puede saber a punto fijo el grado de felicidad de los que van a casarse, y por los pedazos en los que se rompe el vaso se computan los hijos que ha de tener el matrimonio. Una vez dentro de la casa, sientan a la novia en un trono que llaman Tálamo, como nosotros al lecho nupcial, y allí, cubierta de pies a cabeza con un tupido velo, permanece inmóvil mientras los convidados comen y beben en grandes mesas dispuestas al efecto y servidas por los padres y parientes de los novios. Terminada la fiesta, que se prolonga hasta las altas horas de la noche, se retira la concurrencia, levantan a la novia del Tálamo y duermen con ella dos de sus más cercanas parientes, repitiéndose esto por espacio de siete días. El octavo tiene lugar la bendición, a la cual asistí.
Como los anteriores, se inauguró por una orgía presidida por la novia, cuya obligada inmovilidad me hacía sufrir, considerando lo que ella habría padecido en aquellos ocho días. Cuando ya el apetito de los convidados estuvo satisfecho, se levantó el sabio, que a causa de las frecuentes libaciones no se podía mantener en perfecto equilibrio, cogió el libro de la ley, y con torpe voz y en un español anterior al que en tiempos de don Pelayo debía hablarse en nuestra patria, nos leyó el contrato matrimonial y los deberes que el nuevo estado imponía a los cónyuges. Murmurando en hebreo varias oraciones, puso en manos de los novios dos anillos consagrados, y haciéndose servir un vaso de vino aguado, en el cual bebieron él y los novios, terminó diciendo:
-Quedáis legalmente unidos según los ritos y ceremonias prescritas por nuestros santos sabios de Castilla.
Hecho esto, bajó la novia del Tálamo y empezó el baile, que es obligatorio para los convidados, echando el bailarín, en una bandeja que le presentó la novia, cinco monedas. La ofrenda puede ser en oro, plata o cobre, pero las monedas han de ser cinco, porque este número es cabalístico y libra el mal de ojo. El producto de esta cuestación pertenece al sabio (rabino). En todos los países, después que el sacerdote ha echado la bendición a los esposos, todo el mundo se esquiva prudentemente, dejándolos entregados a su felicidad, pero los hebreos no lo hacen así. Concluido el baile, recoge el sabio (rabino) sus honorarios, y las muchachas que acompañan a la novia la llevan en triunfo a la cámara nupcial, adonde la sigue el novio en hombros de los jóvenes de su edad, quedándose todos a la puerta, a la cual no cesan de llamar diciendo chistes de todos los colores. Al cabo de un rato, la alcoba se abre, y la madre de la novia expone al público ciertas prendas interiores, por las cuales quedamos todos convencidos de que la virtud de la joven no había sufrido ningún tropiezo antes del matrimonio.
¿No es verdad que todo esto es muy curioso? Lo cierto es que aquella escena me impresionó bastante; toda la noche estuve pensando en la novia, y aún ahora me parece verla con su rica falda de brocado de oro, que tan bien dibujaba sus formas, aumentando su mérito con el encanto de lo misterioso, con su esbelto talle ceñido con una rica faja de seda listada de oro, asomando por bajo una marlota de terciopelo bordado de oro y piedras preciosas, y su linda cabeza, con sus negros ojos y ondeado cabello, que resaltaban con extraordinario vigor sobre su cutis blanco y transparente.
El 25 de julio de 1875, al rayar el alba, salí de Larache, y ayer 24, a eso de las dos o las tres de la tarde, eché pie a tierra en esta ciudad. Eso quiere decir que pasé pocas horas en la ciudad del Lucus, pero fructíferas.
Salí de Larache al amanecer, atravesando lindas y fértiles vegas, dirigiéndome hacia Mehdía…
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