El pasado 24 de febrero aparecía este artículo dedicado a mi novela «Todo acaba en Marcela» en el periódico La Depeche de Nord, en sus páginas de Arte y Cultura, de lo que estoy enormemente agradecido. Shukran beazef.
A partir del día 19 de febrero, tendréis ya disponible mi nueva novela
TODO ACABA EN MARCELA (Ediciones Traspiés)
Una novela negra que no os dejará indiferentes.
Ya podéis ir pidiéndola en vuestras librerías de confianza para que llegue en la fecha indicada.
La primera presentación será en la Librería Proteo, en Málaga, el día 2 de marzo, de la mano del escritor José Garriga Vela, moderados por Héctor Márquez. Para que lo anotéis en vuestras agendas.
Leer de nuevo <París era una fiesta> (A moveable feast) de Hemingway es eso, una fiesta, una gozada de lectura, un viaje en el tiempo, un recreo. Traigo un fragmento de esta novela, de la edición Debolsillo, con traducción del inglés de Gabriel Ferrater, que dice así:
«Mandamos nuestras ropas a secar y nos quedamos en pijama. Fuera seguía lloviendo, pero el ambiente del cuarto, con todas las luces encendidas, era alegre. Scott yacía en la cama para conservar sus fuerzas y entablar el combate con la enfermedad. Tomé su pulso, que era de setenta y dos, y le puse la mano en la frente, que estaba fría. Le ausculté el pecho y le hice respirar hondo, y el pecho daba un buen sonido.
—Mira, Scott —le dije—, tú estás estupendamente. Si quieres hacer lo más sensato para no pillar un resfriado, te quedas en la cama y pido una limonada y un whisky para cada uno, y tú te tomas una aspirina con lo tuyo, y ni siquiera tendrás un resfriado de nariz.
—Remedios de vieja comadre —dijo Scott.
—No tienes temperatura. ¿Cómo diablos vas a tener una congestión pulmonar si ni siquiera tienes temperatura?
—No me chilles —dijo Scott—. ¿Cómo sabes que no tengo temperatura?
—Tienes el pulso normal y la frente fría.
—Oh, hablas por hablar —dijo Scott con amargura—. Si de verdad eres un amigo, consígueme un termómetro.
—Estoy en pijama.
—Manda a buscarlo.
Llamé al timbre. El camarero no acudió, y volví a llamar y salí al pasillo en busca de alguien. Scott yacía con los ojos cerrados, respirando despacio y de a poco, y con su color de cera y sus facciones perfectas parecía el cadáver de un joven cruzado. Ya me estaba hartando de la vida literaria, si aquello era la vida literaria, y echaba de menos mi trabajo y sentía la soledad de muerte que llega al cabo de cada día de la vida que uno ha desperdiciado. Estaba muy harto de Scott y de aquella necia comedia, pero busqué al camarero y le di dinero para que comprara un termómetro y un tubo de aspirina, y pedí dos citrons pressés y dos whiskies dobles. Intenté encargar una botella de whisky, pero sólo servían copas.
De vuelta al cuarto, vi que Scott seguía yaciendo como en su propia tumba, esculpido como monumento de sí mismo, con los ojos cerrados y respirando con ejemplar dignidad.
Al oírme entrar habló:
—¿Conseguiste el termómetro?
Me acerqué y le puse la mano en la frente. No estaba fría como la tumba, pero estaba fresca y sin sudor.
—No —dije.
—Pensé que lo traerías.
—Mandé a buscarlo.
—No es lo mismo.
—Claro que no lo es. ¿Cómo va a ser lo mismo?
No había modo de irritarse con Scott, como no hay modo de irritarse con un loco, pero estaba cabreado conmigo mismo, por haberme dejado enredar en aquella me- mez. Sin embargo, había algo serio detrás de la farsa de Scott, y yo lo sabía muy bien. En aquellos días, casi todos los borrachos morían de pulmonía, enfermedad que ahora está casi erradicada. Pero costaba creer que Scott fuera un verdadero borracho, ya que le hacían efecto cantidades muy pequeñas de alcohol.
En Europa el vino era algo tan sano y normal como la comida, y además era un gran dispensador de alegría y bienestar y felicidad. Beber vino no era un esnobismo ni signo de distinción ni un culto; era tan natural como comer, e igualmente necesario para mí, y nunca se me hubiera ocurrido pasar una comida sin beber vino, sidra o cerveza. Me gustaban todos los vinos salvo los dulces o dulzones y los demasiado pesados, y nunca imaginé que si Scott compartía conmigo unas pocas botellas de un vino blanco de Mâcon, seco y más bien ligero, en él se iban a producir cambios químicos que le convertirían en un majadero. Claro que bebimos el whisky con Perrier por la mañana, pero, dentro de la ignorancia que yo tenía entonces sobre cuestiones de alcoholismo, no podía concebir que un whisky hiciera daño a una persona que iba en un coche descapotado bajo la lluvia. El alcohol tenía que oxidarse en muy poco tiempo.
Esperando que el camarero trajera las cosas, me senté a leer un periódico y a terminar una de las botellas de mâcon que descorchamos en la última parada. Cuando uno vive en Francia, siempre dispone de varios crímenes estupendos cuyo curso puede seguir día tras día en los periódicos. Son como novelas por entregas, y hay que haberse leído los primeros capítulos, ya que no dan resúmenes de lo que antecede como en las novelas por entregas americanas, aunque de todos modos una novela americana tampoco gusta tanto a los que no han leído el tan importante capítulo de apertura. Cuando uno está en Francia pero viaja, los periódicos pierden interés, ya que muchas veces falla la continuidad de los variados crimes, affaires, o scandales, y además para que la cosa cobre toda su gracia hay que leerla en un café. Aquella noche yo hubiera preferido mil veces estar en un café donde pudiera leer las ediciones de la mañana de los periódicos de París y observar a la gente, y prepararme para la cena con alguna bebida más consistente que el mâcon. Pero ya que me tocaba estar de mayoral del rebaño de Scott, me divertí como pude…»
Ya traté de embaucaros con el primer capítulo de mi novela El libro de las palabras robadas (Ediciones del Genel, 2016). Hoy lo hago también con el primer capítulo de otras de mis obras: Malabata (Ediciones del Genal, 2019), una novela negra ambientada en el Tánger de la postguerra, en la que aparece por vez primera el personaje del inspector Amin Hourani (que amenaza con reaparecer en una nueva entrega).
Malabata arranca así:
«Un par de días después de su regreso del desierto de Erg Chebbi, Amin Hourani entró en el Café Colón. Llevaba aún prendido el excitante sabor nocturno de Yamila y saber que volvería a verla en pocas horas abría una pequeña puerta a la esperanza que tanto necesitaba ahora. Se dirigió a la mesa en la que estaban sentados Augusto Cobos y Paul Bowles. Los dos escritores discutían tal vez sobre la novela que Augusto acababa de publicar. Los saludó con un ademán y se dejó caer en la silla que quedaba vacía.
—¿Te encuentras bien, Amin?
La pregunta le llegó como si le gritaran desde muy lejos y reaccionó moviendo la cabeza de un lado a otro. Pese a la decepción por tantas cosas como habían ocurrido en las últimas semanas notó la mano de Paul presionándole el hombro con una inesperada calidez. Su mirada, atravesando el humo que se rizaba desde el Olympic Bleue que sostenía Augusto Cobos entre los dedos, se perdía en la calle que encuadraba el ventanal.
—Mi mejor hombre ha muerto y no he podido hacer nada por evitarlo —dijo.
El inspector jefe Hourani no podía librarse de la imagen de Christian Tesson yaciendo sobre el frío mármol en el depósito de cadáveres, solo y olvidado, algo que le costaba asimilar porque creía que el subinspector no merecía ese final tan trágico. La vida termina siendo injusta demasiadas veces, pero si meditaba en profundidad sobre todo lo ocurrido tenía que admitir que en realidad nada podía haber acabado bien en esa historia. Ahora le parecía que había transcurrido un siglo y, sin embargo, todo se desencadenó tras el asesinato de Jacques Duhamel, cometido apenas unas semanas atrás.
Hourani recordaba que miró una y otra vez ese cuerpo tendido sobre un charco de sangre, una sangre oscura y densa que se había extendido rodeando al cadáver como una suerte de amenaza de sombras. Observó que la boca, torcida a un lado, hacía intuir todo el horror del crimen. Le habían cortado el cuello de un tajo después de apuñalarlo al menos una treintena de veces y tenía las manos agarrotadas, como si hubiese intentado contener la sangre que había explotado en su yugular. Una carnicería. Y además de todo eso, Jacques Duhamel había sido sodomizado con una violencia exacerbada destrozándole el ano hasta convertirlo en una masa deforme de sangre, carne y piel arrancada a tiras. Amin Hourani era incapaz de imaginar cuánto debió de sufrir.
En el charco se distinguían las huellas de los zapatos de los agentes que merodeaban alrededor del cadáver y del médico que habría de certificar su defunción y, como pequeños sellos de lacre, unas monedas recubiertas también de sangre. Se atusó el bigote meneando la cabeza de un lado a otro, con el fez inclinado a la derecha, como un perro de presa que oteara los alrededores antes de lanzarse a la caza.
—Dime, jay, ¿no viste anoche a nadie por aquí cerca? —se dirigía a un hombre que aguardaba a su lado, de unos cincuenta años, enjuto, al que la chilaba parecía quedarle demasiado grande. Lo vio menear la cabeza de un lado a otro, con aire orgulloso. No parecía impresionado en lo más mínimo por lo ocurrido.
Hourani miró hacia el final de la calle de la Tenería, pero se topó con el muro que levantaba la neblina de la madrugada. No había curiosos cerca, aunque no dudaba de que los estarían observando desde los ventanucos. Se alejó lentamente del hombre al que había estado interrogando hasta alcanzar al subinspector Tesson que parecía absorto en sus pensamientos. Sujetaba una libreta entre las manos y llevaba un sombrero negro de ala corta echado hacia atrás y un traje gris marengo algo gastado, de corte italiano, camisa blanca y una corbata negra que se había aflojado al desabotonarse el cuello de la camisa.
—¿Qué ha sacado del vigilante, jefe?
—Tiene un cuarto de madera cerca de la puerta principal. Se queda toda la noche dentro, sin salir, y hace de vigilante. Aunque no sé qué podría hacer si alguien tratase de entrar. Tu sais… —suspiró y miró a su alrededor, por encima de los agentes que seguían buscando alguna pista entre la basura que se agolpaba a la puerta trasera de La Mar Chica—. No ha visto ni escuchado nada.
—Eso no se lo cree nadie —farfulló Tesson chasqueando la lengua—. Pero no va a abrir la boca.
La sirena de un vehículo policial se acercaba a toda velocidad y su estridente sonido inundó la calle. El sol comenzaba a levantar y los primeros rayos de la mañana cayeron justo sobre el inerte rostro de Jacques Duhamel. Eso produjo un efecto óptico atroz resaltando la sangre reseca en su piel ceniza. El subinspector lo observaba en silencio balanceando levemente su cuerpo.
—Es como si lo hubiese violado un batallón de hombres… —dijo el comisario jefe tras atusarse el bigote.
—¿Llevará usted el caso? —preguntó el otro con voz apagada tocándose el borde del ala del sombrero.
—Será lo más prudente.
—De acuerdo. ¿Me necesita para algo más?
—Tesson… No se lo tome a mal, pero es lo mejor para todos.
Miró a su ayudante con sus ojos oscuros y profundos sin ganas de mantener ninguna discusión. Christian Tesson había fruncido el ceño, apretando los dientes, y luego dobló la libreta entre sus manos airadas. Llevaba demasiado tiempo con cuadernos en blanco y silencios recelosos a su alrededor, y aunque creía adivinar que al igual que él Amin Hourani había aterrizado en Tánger buscando su refugio, escapando quizá de algo inconfesable, también sabía que era un hombre prudente y cabal que nunca haría nada que perjudicara a sus subordinados. Y en esta ocasión además la razón lo asistía por completo.
—Le veré en la comisaría —dijo al fin dándole la espalda.
—¡Sólo un par de cosas más! —apuró el inspector jefe—. ¿Sabe cuánto dinero hay tirado en el suelo?
Se fijó entonces en las monedas embalsamadas por la sangre del joven Duhamel.
—Francamente, no me había detenido a… —la comisura de sus labios pareció crisparse o al menos eso le pareció a Hourani. Luego se encontró con una vaga expresión de angustia en su mirada—. ¿Cuál era la segunda cuestión? —preguntó apremiante.
No podía disimular un cierto desasosiego, como si le incomodara continuar allí por un instante más. Notaba que a Hourani le costaba empujar a sus intenciones o a sus órdenes o a lo que fuese que quisiera decirle.
—Límpiese el zapato… —le sugirió entonces en un murmullo de disgusto.
El subinspector bajó la mirada y advirtió unas salpicaduras de sangre que le cubrían la puntera del zapato derecho. Sacó un pañuelo blanco del bolsillo del pantalón y frotó la mancha concentrando en ella toda la cólera acumulada hasta que desapareció por completo. Al incorporarse se dio de bruces con los ojos de su superior que se limitaba a asentir levemente con la cabeza.
—Hoy hemos actuado como una auténtica manada de elefantes —dijo arqueando las cejas—. Como unos arrogantes y estúpidos principiantes.
—Lo siento.
Sabía que el reproche iba dirigido a él puesto que era el oficial de mayor graduación de los que se encontraban en el escenario del crimen, pero su disculpa era fingida. Sólo deseaba marcharse de allí lo antes posible, así que dio media vuelta y se alejó con paso firme. Hourani lo vio llegar a la esquina caminando con los hombros caídos, como si soportara un gran peso a sus espaldas, hasta girar sin mirar atrás. Desapareció con la determinación de quien abandona un lugar definitivamente. Echó entonces una ojeada a los agentes que seguían moviéndose a su alrededor.
—¡Abdel! Ayi, ayi! —llamó de pronto al más joven de sus hombres que estudiaba con curiosidad la expresión de la víctima—. ¿Qué haces? —el agente respondió encogiéndose de hombros—. Ayi! ¿Qué hacías? Dime, ¿qué estabas haciendo? ¿Es que nunca has visto un cadáver?
A Abdel le parecía que el inspector jefe era de esa clase de hombres destinados a grandes empresas. Le imponía su estatura y su mirada implacable, sus manos fuertes y grandes.
—Es el primer muerto que… ¿Puedo comentarle algo, señor? —fue su ilusión por hacer bien las cosas la que lo envalentonó, y Hourani asintió—. Hace un tiempo estuve en el nuevo Kursaal Internacional…
Bajó los ojos como si al decir aquello se hubiese avergonzado. El fino vello que le crecía en el bigote como una sombra pálida acentuaba su aspecto frágil y adolescente. Amin Hourani lo miró de arriba abajo. Le costaba imaginarse a ese chico en ese local, entre los habituales que bajaban del Monte Viejo y los clientes que llegaban en sus lujosos yates desde Montecarlo o la Florida. Pero intuyó que le tenía reservado algo interesante.
—¿Te invitaron? —le preguntó sin evitar un tono socarrón en la pregunta.
—Fui con el inspector Medina. Seguíamos a esos americanos que…
Hourani asintió con la cabeza interrumpiéndolo con un ademán. Él mismo se lo había impuesto a Medina como compañero, aunque le jodiera trabajar con los novatos. Se podía acusar a Sebastián Medina de muchas cosas, pero nadie dudaba ni de su entrega cuando trabajaba ni de su lealtad con los compañeros. El inspector jefe vio llegar a la ambulancia que se llevaría al cuerpo de Jacques Duhamel. Por un segundo pensó en lo absurdo que resultaba utilizar una ambulancia para transportar un cadáver.
—Al grano.
—Aquella noche ocurrió algo que podría tener algo que ver con lo sucedido —Abdel se llevó las manos a la espalda como si diera un parte de guerra—. Este hombre… Jacques Duhamel, apareció por detrás del escenario e interrumpió el espectáculo; la música cesó y se armó un pequeño alboroto en el cabaret. Parecía estar borracho y derribó varias mesas buscando la salida. El inspector Medina me dijo que le pareció que iba herido. Entonces alguien gritó que necesitaban un médico. Entre los espectadores estaba el doctor Mazzoni y se dirigió de inmediato a los camerinos. El inspector me ordenó que siguiese al médico por si había algún problema. Hallé un herido por arma blanca. Sólo había sido una disputa entre borrachos que se peleaban por una prostituta y me marché al poco, en cuanto llegó la patrulla.
—¿Una puta trabajando entre bastidores en el nuevo Kursaal? —Hourani se ajustó el fez—. No se permite que entren solas, y si alguna lo hace es porque llega bien acompañada.
—Tal vez me equivoque, señor. Tal vez fuese una de las bailarinas del espectáculo.
—Pues ése es un detalle que no debiera pasarte desapercibido —alisándose el bigote miró a Abdel con fingida reprobación. A veces debía de actuar con arreglo a su rango—. Je ne peux pas y croire! ¿Es que te parece lo mismo una puta que una bailarina?
—Mi padre decía que las prostitutas tienen algo de artistas porque para verlas hay que pagar entrada.
Hourani se rio de su ocurrencia y el joven esbozó una sonrisa mirando de soslayo a su alrededor. Rezó para que nadie más lo hubiese oído. El inspector jefe pensó que era inútil tratar de mostrarse severo cuando enfrente tenía a un hombre aún íntegro.
—Es una manera curiosa de enfocar el asunto. Pero continúa, Abdel.
—Pues verá, señor. Me encontré con dos hombres, dos españoles. Uno estaba tan borracho que apenas reparé en él. Estaba en el suelo cubierto de vómitos. Y había otro malherido, con un corte en la cara. Le habían dado un buen navajazo. El doctor Mazzoni lo atendió enseguida y comentó que su rostro quedaría marcado para siempre.
Amin Hourani chasqueó la lengua y entornó los ojos, abrochándose la chaqueta de doble pecho, cepillada con cuidado. Llevaba la raya del pantalón perfectamente marcada, la corbata impecable, al igual que la camisa celeste. Incluso en el color rojo del fez se presumía su pulcritud. Metió las manos en los bolsillos y luego miró por encima de Abdel.
—¿Y qué hiciste entonces?
—Me acerqué a él. En cuanto me identifiqué pareció calmarse. Aunque la herida tenía mala pinta no le di importancia a lo ocurrido porque se trataba de una simple riña. Además, me tranquilizó que el inspector Medina hablase con ese hombre que le prometió acudir a la comisaría para denunciar los hechos —Abdel añadió esto último forzando la voz con la intención de mostrarse como un agente que sabe por dónde pisa o tal vez para cubrir su propia intervención—. Imaginé que la patrulla que llegaba en ese momento se encargaría del asunto y detendrían al agresor, al que ese hombre había identificado como Jacques Duhamel.
—D´accord —el inspector jefe sonrió sin ocultar una inesperada simpatía por ese agente bisoño y entusiasta—. Profetizo que un día ocuparás mi puesto. Sí, Abdel, llegarás alto.
—Incha Al´láh! Gracias, señor.
—Este es un mal asunto, jay. Un feo asunto.
—No comprendo —el agente se sintió aturdido.
—Abdel, si ése fuese un muerto de hambre probablemente yo no estaría aquí y a nadie le importaría ese cadáver. Pero cuando la víctima es el hijo de uno de los hombres más ricos de Francia lo que llevamos entre manos se transforma entonces en un turbio asunto.
Dieron unos pasos alrededor del cuerpo. La actitud de Hourani evidenciaba que su cabeza no cesaba de trabajar. La luz metálica de la mañana cubría su piel oscura como una capa de espeso aceite. Con la punta del pie señaló entonces las pesetas teñidas de bermellón.
—Cuando comprueben cuántas monedas hay ahí tiradas, infórmame.
Volvió a dar unos pasos separándose de Abdel. Calculó que desde la puerta de servicio de La Mar Chica hasta el lugar donde yacía el joven no habría más de diez metros. De noche no debía de resultar nada fácil poder verlo confundido con la basura que se amontonaba allí. La gente salía por la puerta principal buscando el puerto, la avenida y la subida al boulevard y Jacques Duhamel había muerto entre bolsas, desechos y un denso olor a orines. Había muerto como un perro sarnoso. Un perro al que habían torturado de la manera más sádica. Desvió la mirada y se quedó quieto observando cómo los enfermeros levantaban el cuerpo, lo depositaban sobre la camilla y finalmente lo cubrían con una sábana blanca.
Amin Hourani era un hombre hecho a sí mismo. Pertenecía a una vieja dinastía de desarraigados. Hijo de emigrantes marroquíes, pero de nacionalidad belga, había nacido en Beirut, a donde regresaría siendo ya adulto para abandonarlo de nuevo. Se marchó del Líbano a bordo del Gizéh con la única compañía de su maleta de madera. Y dos semanas más tarde, bajo un fuerte aguacero, desembarcaba en Tánger. Lo hizo justo al inicio de la cuarta oración que él cumplió en la cubierta del mercante arrodillándose en dirección a La Meca. Eso ocurría pocas semanas antes de que se permitiese al general Franco ocupar la plaza.
Llegaba a Marruecos con la experiencia de sus años de policía en Bruselas y su trabajo de asesor en Beirut con el ánimo maltrecho y la vaga ilusión de reconstruir su vida en el país de sus ancestros, aunque él no lo conocía más que de boca de su abuelo. La tristeza de ese cielo grisáceo lo compungió hasta el extremo de hacerle recordar el entierro de su padre, sepultado en tierra extraña sin la compañía de ninguno de los suyos. Al bajar al muelle pensó que la suerte estaba echada.
—Incha Al´ láh —murmuró cuando sellaron su pasaporte.
Once años después de aquel primer día el inspector jefe Amin Hourani se consideraba ya un tanyaui de los pies a la cabeza. Y tenía muy claro lo que significaba ser un auténtico tanyaui: no eres de ningún sitio, careces de patria y desconoces tu bandera, pero sabes quiénes son tus amigos y dónde deberías morir.
Una vez que la ambulancia se llevó el cuerpo de Jacques Duhamel, Amin Hourani decidió caminar solo y sus pasos lo llevaron a la Pensión Fuentes. Llegó sumido en sus recuerdos, fumando uno de los puros cubanos que la señora Hutton solía enviarle cada mes, y al instante percibió la incomodidad que su presencia acababa de provocar en algunos de los clientes. Se sentó en una de las mesas más apartadas y en seguida Manuel le sirvió un vaso y una tetera humeante junto al periódico del día. Vertió el té y luego se echó atrás acomodándose en la silla mientras daba otra calada al puro. Siguió con la mirada los movimientos autómatas de Manuel hasta que a hurtadillas alguien se le acercó por la espalda y le habló al oído.
—Jefe, ¿es cierto que le han cortado el cuello al hijo de monsieur Duhamel? —el olor a coñac oxidado que le llegó del intruso hizo que Hourani reconociese al viejo Anselmo, perenne aspirante a periodista de sucesos. La voz se había barnizado con un fingido y torpe tono de seducción—. Dígame algo que no se sepa, que pueda publicar en el España.
—Creemos que es obra de los masones —deslizó como si compartiera con Anselmo una información reservada—. Lo han ejecutado siguiendo un viejo ritual empleado por una de las logias más antiguas, tu sais.
—¡Menudo notición me está pasando, jefe! —Anselmo sacó un pequeño bloc de la americana de pana que colgaba de sus hombros con deslucida elegancia y escribió algo con un lápiz—. ¿Algo más, jefe? Siempre que no le comprometa, por supuesto.
—Que como publiques algo de la estupidez que acabo de inventarme te mando al inspector Medina.
—¡Joder!
El aliento nauseabundo de Anselmo desapareció y Hourani recuperó algo de la placidez que solía hallar en el café de la Pensión Fuentes. Desplegó el periódico que había sobre la mesa. En su portada leyó la noticia de la victoria del partido Wafd en Egipto. El artículo explicaba que algo se movía bajo los cimientos de los países árabes, pero sin profundizar en ese nuevo aire de independencia que comenzaba a soplar. Luego, dejando el periódico a un lado, Hourani pensó vagamente en Jacques Duhamel, en el tajo abierto en su cuello, en las puñaladas que cosían su torso, en la manera salvaje y ruin como había sido violado, en la indignidad del género humano, algo que siempre le sorprendía pese a su larga experiencia con lo más ignominioso y lo más bajo del hombre, y quizá por esa misma razón enseguida la imagen de la víctima fue borrada por aquella otra que guardaba de su llegada a Tánger. Era la imagen del día en el que en la cubierta del Gizéh se había arrodillado bajo una intensa cortina de lluvia que fue abrazándolo poco a poco. Podía notar aún aquellas gotas de agua que se escabulleron entre su cabello, colándose por el cuello de su camisa, chorreándole por la cara, y cómo la ropa mojada se fue adhiriendo a su cuerpo como una incómoda segunda piel. Y también era capaz de recordar la voz del almuédano orando desde la Gran Mezquita y cómo él fue repitiendo las aleyas jurándose que redimiría su vida desde la nada, seguro de que en Tánger lo esperaba la felicidad que hasta ese momento le había sido tan esquiva. Mientras rezaba, sus lágrimas saladas se mezclaron con el agua de lluvia. Continuó con el rezo, aferrado a él para poder seguir adelante. Sólo le quedaba la oración y la vieja maleta que sujetaba con una cuerda, la misma vieja maleta que vio a su abuelo cruzar todo el norte de África y a su padre salir del Líbano para llevar a toda su familia a tierras belgas. Recordaba con nitidez que su boca le temblaba, como el resto del cuerpo, y que en medio del rezo pronunció el nombre de Salwa. Sabía que era la última vez que iba a pensar en ella, que cuando bajase al muelle dejaría su recuerdo en el barco como un equipaje sin dueño, pero repetía su nombre como si se tratara de otra aleya, dolorosa y descarnada. Podía aún sentir la fragilidad del cuerpo de Salwa. La había estrechado entre los brazos el último día que había pasado en Beirut. Fueron apenas unos minutos, escondidos en el taller de su hermano, envueltos en el sándalo y el cuero. Había sentido bajo el caftán su cuerpo menudo, espigado, en el que los huesos parecían de cristal. La había palpado con las manos abiertas aprendiéndose de memoria cada pliegue, cada sombra, cada silencio. Los labios se le habían enredado con su cabello negro y ensortijado que olía a campo abierto. Notaba la calentura de su respiración, el abismo que comenzaba a separarlos, el desmayo que atenazaba a Salwa y que le impedía decir palabra. Hourani logró hablar y lo hizo por los dos. Nada podía hacerse. Salwa había decidido antes, incluso mucho antes de conocerlo, y tendría que partir sin ella. Sólo había conseguido atrapar su intensa mirada memorizando aquellos ojos negros que no se habían cerrado mientras había durado su beso, aquellos ojos negros que lo habían traspasado hasta llegarle al estómago escarbando con una desesperación de agonía. Jamás había sentido un dolor como ése, que lo obligaba a abrir la boca para respirar y a dar bocados al aire para tratar de no desfallecer. Jamás antes había sido tan consciente de que estaba solo, terriblemente solo.
—Buenos días, inspector jefe.
Amin Hourani pareció despertar. Levantó los ojos y reconoció al hombre que acababa de saludarle al pasar a su lado. Era el director de las Galeries Lafayette.
—Buenos días —respondió segundos después no sin cierto esfuerzo.
Miró la tetera tratando de calcular el tiempo que llevaba allí sentado. Se llenó otro vaso, abrió de nuevo el periódico y buscó el número de la lotería agraciado en el día anterior, pero como siempre no era el elegido por Medina…»
«…-…Te vas a quedar sentada ahí a hablar conmigo -dijo señalando la cama.
Y entonces se lanzaba. En cuanto conseguía que me sentase, todo estaba perdido. Empezaba el tiroteo, pregunta tras pregunta. Yo me defendía. No te vayas a creer que me sometía. ¡Nada de eso! No es mi estilo. La diferencia entre él y yo es que él no se agitaba, no se quedaba sin aliento a la hora de discutir. Y yo en esa época no estaba entrenada.
Recuerdo, como si fuera hoy, la sensación que me invadía curante esas discusiones interminables. En cuanto empezaba el interrogatorio, era como si un gusano me estuviera royendo por dentro, comiéndose lo que encontraba a su paso, lentamente, y creciendo, creciendo hasta no dejar sitio a mis tripas, y trepaba por la garganta hasta la cabeza. Y una vez allí, lo primero que hacía el maldito gusano era taponarme los oídos, se comía el conducto que lleva a las aberturas y los obstruía. Yo dejaba de oír. Me entraban náuseas. Y luego el gusano atacaba mis sesos. Yo sentía deseos de arrancarme la cabeza del cuello, dejarla sobre la mesa y largarme de allí. Que no hubiera nada. Eso es lo que yo quería. Mientras tanto, Hamid seguía moviendo los labios en mi dirección, soltando una pregunta tras otra. Y en un momento dado -no sé por qué-, se callaba y se iba. Dejaba de hablar justo cuando me sentía hueca por dentro, como un cántaro vacío. Como si el gusano y él fueran una misma criatura, y supiera que ya no quedaba nada que pudiera comerse.»
Estos magníficos párrafos pertenecen a la novela De la boca del caballo sale la verdad (La vérité sort de la bouche du cheval, 2018), de la escritora marroquí Meryem Alaoui. Un libro que he sorbido de un trago. De esa clase de novela que abres sin saber qué vas a encontrar y, de pronto, te ves pasando página tras página hasta que la acabas. Me ha subyugado con la historia de esa desgraciada prostituta llamada Yemía, que malvive en las calles de Casablanca. Una mujer poderosa a su manera, que no se muerde la lengua y que dice las cosas como las siente. Maltratada, pero altiva. Denigrada, pero altanera. Una furcia malhablada, descreída, entregada a todos los vicios, arrastrada por la inercia de una vida de descalabros. Hasta que surge una oportunidad inesperada.
Me gusta la crudeza de su lenguaje, la sencillez de su narrativa, la ausencia de parrafadas sesudas. Alaoui cuenta una historia de manera diáfana, con una soltura encomiable. Posee el don de la buena literata, el don de ser cristalina y directa. No hay afectación en sus páginas. El retrato de sus personajes se deja ver con pasmosa naturalidad. Lo vivimos con la misma impetuosidad que ellos. Me gusta esa protagonista, Yemía. Tan sincera ella, tan valiente unas veces y tan inocente otras, tan experimentada en ciertas cosas como cándida ante las que no comprende. Yemía te seduce por muchas cosas. Es capaz de contagiarte con sus penurias y sus tristezas, con sus miserias y sus frustraciones, pero también con sus alegrías. Divertidísimo el episodio del rodaje de la película. Me ha hecho reír a carcajadas. Y luego, luego llega la ternura y el sosiego.
«…La víspera de mi viaje, Halima se quedó en casa, pero le recordé a Hussein que la sacara de una vez de allí. Quizá él lo tenía ya previsto. No le era rentable, con esa pinta de amargada. Y creo que tampoco le gustaba mucho follársela. Lo suele hacer con las chicas recién llegadas. Con el pretexto de enseñarles a trabajar. Las veteranas nos encargamos de la teoría y él de la práctica. Hasta que se harta de ellas. La verdad sea dicha, para alguien que se supone que te tiene que enseñar los trucos, no se las apaña muy bien. La única que no se entera es la boba esa de Hayyar. En cuanto Hussein la llama, se pone contenta. Se cree que ha ganado algo con él. Como cuando vas juntando las chapas de Coca-Cola y al final te toca el premio de la moto que sorteaban.
Afortunadamente, hace tiempo que me deja tranquila. Aunque a veces se me acerca. Husmea alrededor de todas y riega aquí y allá, como el perro cuando orina para señalar a los demás chuchos cuál es su territorio.
Con él me comporto como con cualquier cliente. Si estoy de buen humor, finjo que me gusta: rebuzno, maúllo, le dejo que me tire de los pelos o me ponga las nalgas coloradas. Y si no, espero a que pase. Y me dejo enrojecer el culo. Qué le vamos a hacer. Hussein no es mi tipo para nada. Está demasiado flaco y tan cosido a cicatrices que me da la impresión de que en cualquier momento se va a desgarrar. A la Halima esa no le he preguntado lo que piensa de él. A decir verdad, me da igual. Lo importante es que me la he quitado de encima.»
De la boca del caballo sale la verdad es una novela que transita por todos los estados de ánimo posibles y que se deja leer con apasionamiento. Una historia de perdedores a los que, sin embargo, el destino les depara lo inesperado o lo imposible.
La novela de Meryem Alaoui ha sido editada por Cabaret Voltaire, con traducción del francés de mi querida amiga Malika Embarek López, magistral como siempre en su labor.