Con Mohamed Lahchiri he compartido momentos muy agradables, tanto en Tánger como en Larache, y en Málaga también. Recuerdo una noche con Mohamed Akalay, qué buena persona es Akalay, junto al hermano de éste y a Sibari, nos hartamos de reír y de cantar. Bueno, yo no cantaba porque no conocía las letras de las canciones, pero como si lo hubiese hecho. Me conformaba con ver a Sibari hacer de barítono y de palmero. Y también recuerdo a Mohamed Lahchiri en los encuentros de la AEMLE, en el Hotel Minzáh, en un almuerzo pantagruélico, y el día en que nos invitó a comer pescado en el puerto de Larache, madre mía, qué regusto, Lahchiri se fue solo y regresó con el mejor pescado fresco que había encontrado, eso fue con ocasión del día que presentamos mi última novela en el Luis Vives, estaba Abdellatif Limami, otro entrañable amigo, y también me acuerdo de cuando vino no hace mucho a Málaga a presentar su último libro “Un cine en el Príncipe Alfonso”, extraordinario libro de relatos. Me imagino a Lahchiri llegando ahora con su gorra calada, sus ojos curiosos escondidos tras las gafas, su sempiterna sonrisa, y que nos sentamos a tomar algo y que comienza a hablar con esa verborrea suya insaciable, que es como su escritura, o su escritura es como su verborrea, y nunca me canso de escucharle y de reírme con sus ocurrencias.
Me envió hace días uno de sus relatos, sabe que me encantan. Es una narración ágil, escrita con esa facilidad suya para enlazar una cosa con otra como si las ideas se le atropellaran y pugnasen para salir antes, pero es tan hábil que las ordena en este lagrimal de imágenes a cámara ligera, desde el pequeño detalle hasta el pensamiento del narrador confluyen en el texto armónicamente, y así nos mete en el centro de la refriega, como si el lector fuese un vecino más del inmueble en el que se desarrolla la trama. Sólo cuenta una anécdota, un incidente que muchos hemos presenciado en alguna ocasión, pero lo contextualiza y lo hace tan personal que parece algo excepcional. Nunca elude la crítica, y eso me une aún más a su manera de relatar.
Ya echo en falta otro día con Mohamed Lahchiri. Espero que sea pronto. Incha Al´láh.
Sergio Barce, octubre 2012
Y una mañana…
…me despiertan unas voces en el pasillo y me encuentro solo en la cama con las garras de las malditas ganas mañaneras de orinar hincadas en el miembro y pienso que no he sentido a Aicha salir de la manta, ahora estará en la cocina, y yo tengo que deshacerme de lo que me está estropeando este placer de no estar obligado hoy a levantarme de la cama deprisa deprisa, para volver a la manta a acabar mi despertar a gusto, oír la radio… Distingo la voz de Fátima, la vecina, que se hace más fuerte, insulta, oigo la de su hija y pienso -me hundo más en la manta- que Fátima está regañando a su hija. Quizá porque la mocotendido ha perdido el dinero de la leche, la ha mandado a por leche y… no es la primera vez que la idiota pierde el dinero. Oigo abrirse la puerta, la nuestra, y pienso que a Aicha no le ha dejado el endemoniado gusanillo de la curiosidad terminar lo que estaba haciendo en la cocina, y pienso ¿salgo yo también a ver qué pasa?, esto parece algo más que un simple regañar a la hija. Pero estos últimos instantes de la cama, riquísimos, irresistibles, ahogan la idea en un santiamén y me sorprenden -me tiran más del desperezo- los gritos de socorro de la niña ¡mamá!, ¡deja a mamá!, ¡deja a mamá! y su llanto y una voz de hombre y digo -me asomo, saco totalmente la cabeza y el tronco de la manta- ¿estará el mendrugo de Saleh propinándole golpes a su mujer a estas horas, y en el pasillo? Salgo de la cama de un salto, otro salto hacia los servicios, levanto las faldas de la candora ¡y suelto las riendas a las terribles ganas de orinar y respiro profundamente, ay Al-lah!, ¡y me va embargando una sensación de la que siempre pienso que sólo tiene un nombre: felicidad! Oigo que la algarabía del pasillo ya lo llena todo. Los vecinos han salido a ver qué pasa. No se oye la voz de Saleh. Dar con su voz no es nada difícil.
Voy hacia la puerta y la encuentro abierta, claro…, salgo, Fátima intentando dejar de llorar en medio de un grupo de vecinas, e insultando, sus hijos pegados a sus faldas con las caritas de personajes de tebeo, de quien teme que un mal se le desplome encima y la mujer del maestro responde a sus insultos y oigo a una vecina exclamar que ¡esto es el colmo! Pregunto ¿qué ha pasado? Otra vecina dice que ¡si esto no es el fin del mundo que venga Al-lah y lo vea! Miro a Aicha y me dice que el maestro ha entrado en su casa y la ha pegado y suelto el grito ¿cómo? de quien esperaba oír todo menos eso. Pienso que Saleh a esta hora estará en la fábrica, ha salido de casa antes de las seis, como cada día, veo que estoy en candora y descalzo y oigo -intento ordenarme el pelo con los dedos al ver que las mujeres me miran- que la cosa empezó ayer -mucho antes de ayer, pienso yo- : Fátima ha encontrado una bolsa de plástico con caca de niños, aquí, en su puerta y ha pensado que la mujer del maestro era la fechora y como no hablaba con ella…, etc, etc, etc.

Puerto de Larache – Mohamed Lahchiri con Abdellatif Limami, Sergio Barce y Sergio Barce jr. y María Gallardo
Y oigo al hijo de la gran puta aquél -le veo asomarse detrás de su mujer- gritar con miedo en la voz, intentando justificar su fechoría, que ¿por qué has puesto tu mierda en la puerta de mi casa? Y siento agarrarse a mis entrañas todo el odio y el asco acumulados en estos años y un deseo súbito como un tiro por lanzarle alguna palabra que sea un puñal envenenado, pero Aicha me tira de la manga de la candora y me dice con la mirada no te metas, como si hubiese oído lo que pensaba, y aparecen otras vecinas -del cuarto o del tercero- y no se me escapa que algunas están en trapos transparentes y la voz de Fátima se hace más fuerte… Entro y me digo que no tengo que meterme, que la mujer tiene un marido, pero sí puedo, debo -la idea relampaguea en mi mente como un descubrimiento- buscar a Saleh y veo a Nadia corriendo hacia mí con su cuerpecito de tres primaveras, que no me cansaba de abrazar, me inclino abriendo los brazos y apago su miedo causado por su despertar de pajarito y no encontrar ni a papá ni a mamá y oír el alboroto en el pasillo. Vuelvo a la puerta, la abro, llamo a Aicha y le digo -le tiendo la niña, dándole un besito en la naricita- que voy a ir en busca de la fábrica donde trabaja Saleh, para decirle que venga, añado, para evitar su posible no es asunto tuyo, que soy el único hombre que hay aquí, además del malfechor. Me doy cuenta de que no me he lavado ni la cara y entro al cuarto de baño, suelto el agua, cojo el jabón y me pongo a lavarme las manos y la cara y me despierto totalmente. Me digo ¿cómo voy a encontrar la fábrica y yo sólo sé que es una fábrica textil? La memoria acude en mi socorro, ¡ah, se llama Blita! Digo en voz que oigo perfectamente que el hijo de puta está ahora cogido y no escapará. ¡Cogido por los mismísimos cojones!
Me pongo la chilaba rápidamente y salgo. Las vecinas aún están en el pasillo hablando con Fátima o sólo dejando que la indignación que les bulle en la cabeza mueva sus labios. Algunas ya se están retirando. Fátima, al verme, me llama en voz suplicante, pienso que va a pedirme que, por favor, vaya a avisar a su marido y le digo con la cabeza y la mano que no necesita decir nada, que sí, que precisamente voy a buscar a su marido. Le digo también que vaya a la comisaría, ahora, y me lanzo hacia las escaleras.
¿Estará ahí el autobús? Pero primero tengo que saber dónde está la fábrica. En las tiendas seguro que saben dónde está. Veo a un vecino salir de un pasillo y pienso con alegría que es de los que tienen moto, le contaré lo que ha pasado y…, sonrío, le tiendo la mano, la sorpresa en su rostro la explico por el hecho de que entre los dos sólo hay unas escaleras y un buenos días mascullado o un hola, le pregunto si va a bajar a la ciudad, responde con una sonrisa -que dice lo siento- que no, me siento decepcionado, dice que sólo va a las tiendas. Bajamos varios escalones, sin decirnos nada. Le cuento lo que acaba de pasar en nuestro piso, se detiene, me dice -escandalizado- que un hombre no hace estas cosas, ¿qué le ha pasado a este desgraciado? ¡Agredir a la mujer de un hombre en su propia casa! Prosigo que ahora yo voy a buscar la fábrica donde trabaja Saleh, se llama Blita, por eso le he preguntado si va a la ciudad, como él tiene moto… y me interrumpe que no hay ningún problema, me lleva en su moto a la fábrica, ¡cómo no!, que cree que sabe dónde está, no lejos de aquí, y essi Saleh -veo que ya estamos abajo- él le conoce bien, hijo de buena gente. Es de Aabda, los de ahí son gente buena en general. No son como vuestros rifeños del Norte y abre la puerta del garaje y entra. Y pienso que es una buena persona.
No tarda en salir empujando una moto destartalada. Siempre he tenido la impresión de que las miles y miles de motos que cicletean casi día y noche por Casablanca están destartaladas. Arranca. Me monto detrás de él, siento la dureza y el frío del asiento como un golpe en el trasero. Pienso que lo voy a pasar mal antes de llegar a la fábrica. El vecino tiene que pedalear con fuerza para que la moto alcance la velocidad que le permite coger el equilibrio.
Digo que ese maestro es un castigo que nos ha enviado Al-lah. Responde que merece una buena corrección. Lo que ha hecho es muy grave. ¡Entrar en casa ajena y agredir a una mujer…! ¡Puede ir a la cárcel! Prosigo que en ese apartamento vivía antes una persona buenísima. Era un maestro también. No sé a dónde fue ni por qué se fue. Al volver una vez de Ceuta -me pregunta si soy de Ceuta y respondo que sí, y dice que creía que yo era de Tetuán-, de unas vacaciones de verano, encontré que había otra familia que vivía en ese apartamento. El elemento no me gustó nada desde el primer momento. Le cuento que mi mujer y la de él se pelearon varias veces y que una vez, cuando yo aún no le conocía bien, aún le respetaba, vino a verme y se puso a quejarse, levantando la voz y las manos, yo le pedí que maldijese a Satanás y bajase la voz, porque gritando no se entiende la gente, que los problemas que encienden las mujeres debemos resolverlos nosotros los hombres, pero sentados y hablando, no con gritos, ¡los dos somos maestros, hombre!, etc. Pero él parece que consideró mi actitud una banderita blanca de debilidad o de cobardía, y siguió con los gritos, envalentonándose de manera barriobajera al ver a los vecinos asomarse y a los niños acercarse. Yo me puse a temblar de rabia y me lancé contra él con unos gritos que salían hasta con espuma, total: los dos maestrillos no llegamos a las manos de milagro. Me dice que nada más fácil que llegar a las manos. Este es el país donde con más frecuencia se llega a las manos. Menos mal que la gente le tiene miedo al majzén, sobre todo a la police, que sino…

En Larache: Mohamed Lahchiri (a la deracha) bien acompañado de Mohamed Akalay, Abderrahman lanjeri, Sergio Barce, Mª Luisa Diéguez, Mohamed Laabi, Miguel Abgel, Ramón López Tuñas, Mustapha el Bouthoury, Bouissef Rekab, Gonzalo y el cónsul José Remacha

























