Archivo de la etiqueta: Abdellatif Limami

Y UNA MAÑANA… un relato de MOHAMED LAHCHIRI

Con Mohamed Lahchiri he compartido momentos muy agradables, tanto en Tánger como en Larache, y en Málaga también. Recuerdo una noche con Mohamed Akalay, qué buena persona es Akalay, junto al hermano de éste y a Sibari, nos hartamos de reír y de cantar. Bueno, yo no cantaba porque no conocía las letras de las canciones, pero como si lo hubiese hecho. Me conformaba con ver a Sibari hacer de barítono y de palmero. Y también recuerdo a Mohamed Lahchiri en los encuentros de la AEMLE, en el Hotel Minzáh, en un almuerzo pantagruélico, y el día en que nos invitó a comer pescado en el puerto de Larache, madre mía, qué regusto, Lahchiri se fue solo y regresó con el mejor pescado fresco que había encontrado, eso fue con ocasión del día que presentamos mi última novela en el Luis Vives, estaba Abdellatif Limami, otro entrañable amigo, y también me acuerdo de cuando vino no hace mucho a Málaga a presentar su último libro “Un cine en el Príncipe Alfonso”, extraordinario libro de relatos. Me imagino a Lahchiri llegando ahora con su gorra calada, sus ojos curiosos escondidos tras las gafas, su sempiterna sonrisa, y que nos sentamos a tomar algo y que comienza a hablar con esa verborrea suya insaciable, que es como su escritura, o su escritura es como su verborrea, y nunca me canso de escucharle y de reírme con sus ocurrencias.

Me envió hace días uno de sus relatos, sabe que me encantan. Es una narración ágil, escrita con esa facilidad suya para enlazar una cosa con otra como si las ideas se le atropellaran y pugnasen para salir antes, pero es tan hábil que las ordena en este lagrimal de imágenes a cámara ligera, desde el pequeño detalle hasta el pensamiento del narrador confluyen en el texto armónicamente, y así nos mete en el centro de la refriega, como si el lector fuese un vecino más del inmueble en el que se desarrolla la trama. Sólo cuenta una anécdota, un incidente que muchos hemos presenciado en alguna ocasión, pero lo contextualiza y lo hace tan personal que parece algo excepcional. Nunca elude la crítica, y eso me une aún más a su manera de relatar.

Ya echo en falta otro día con Mohamed Lahchiri. Espero que sea pronto. Incha Al´láh.

Sergio Barce, octubre 2012      

Y una mañana…

 …me despiertan unas voces en el pasillo y me encuentro solo en la cama con las garras de las malditas ganas mañaneras de orinar hincadas en el miembro y pienso que no he sentido a Aicha salir de la manta, ahora estará en la cocina, y yo tengo que deshacerme de lo que me está estropeando este placer de no estar obligado hoy a levantarme de la cama deprisa deprisa, para volver a la manta a acabar mi despertar a gusto, oír la radio… Distingo la voz de Fátima, la vecina, que se hace más fuerte, insulta, oigo la de su hija y pienso -me hundo más en la manta- que Fátima está regañando a su hija. Quizá porque la mocotendido ha perdido el dinero de la leche, la ha mandado a por leche y… no es la primera vez que la idiota pierde el dinero. Oigo abrirse la puerta, la nuestra, y pienso que a Aicha no le ha dejado el endemoniado gusanillo de la curiosidad terminar lo que estaba haciendo en la cocina, y pienso ¿salgo yo también a ver qué pasa?, esto parece algo más que un simple regañar a la hija. Pero estos últimos instantes de la cama, riquísimos, irresistibles, ahogan la idea en un santiamén y me sorprenden -me tiran más del desperezo- los gritos de socorro de la niña ¡mamá!, ¡deja a mamá!, ¡deja a mamá! y su llanto y una voz de hombre y digo -me asomo, saco totalmente la cabeza y el tronco de la manta- ¿estará el mendrugo de Saleh propinándole golpes a su mujer a estas horas, y en el pasillo? Salgo de la cama de un salto, otro salto hacia los servicios, levanto las faldas de la candora ¡y suelto las riendas a las terribles ganas de orinar y respiro profundamente, ay Al-lah!, ¡y me va embargando una sensación de la que siempre pienso que sólo tiene un nombre: felicidad! Oigo que la algarabía del pasillo ya lo llena todo. Los vecinos han salido a ver qué pasa. No se oye la voz de Saleh. Dar con su voz no es nada difícil.

Voy hacia la puerta y la encuentro abierta, claro…, salgo, Fátima intentando dejar de llorar en medio de un grupo de vecinas, e insultando, sus hijos pegados a sus faldas con las caritas de personajes de tebeo, de quien teme que un mal se le desplome encima y la mujer del maestro responde a sus insultos y oigo a una vecina exclamar que ¡esto es el colmo! Pregunto ¿qué ha pasado? Otra vecina dice que ¡si esto no es el fin del mundo que venga Al-lah y lo vea! Miro a Aicha y me dice que el maestro ha entrado en su casa y la ha pegado y suelto el grito ¿cómo? de quien esperaba oír todo menos eso. Pienso que Saleh a esta hora estará en la fábrica, ha salido de casa antes de las seis, como cada día, veo que estoy en candora y descalzo y oigo -intento ordenarme el pelo con los dedos al ver que las mujeres me miran- que la cosa empezó ayer -mucho antes de ayer, pienso yo- : Fátima ha encontrado una bolsa de plástico con caca de niños, aquí, en su puerta y ha pensado que la mujer del maestro era la fechora y como no hablaba con ella…, etc, etc, etc.

Puerto de Larache – Mohamed Lahchiri con Abdellatif Limami, Sergio Barce y Sergio Barce jr. y María Gallardo

Y oigo al hijo de la gran puta aquél -le veo asomarse detrás de su mujer- gritar con miedo en la voz, intentando justificar su fechoría, que ¿por qué has puesto tu mierda en la puerta de mi casa? Y siento agarrarse a mis entrañas todo el odio y el asco acumulados en estos años y un deseo súbito como un tiro por lanzarle alguna palabra que sea un puñal envenenado, pero Aicha me tira de la manga de la candora y me dice con la mirada no te metas, como si hubiese oído lo que pensaba, y aparecen otras vecinas -del cuarto o del tercero- y no se me escapa que algunas están en trapos transparentes y la voz de Fátima se hace más fuerte… Entro y me digo que no tengo que meterme, que la mujer tiene un marido, pero sí puedo, debo -la idea relampaguea en mi mente como un descubrimiento- buscar a Saleh y veo a Nadia corriendo hacia mí con su cuerpecito de tres primaveras, que no me cansaba de abrazar, me inclino abriendo los brazos y apago su miedo causado por su despertar de pajarito y no encontrar ni a papá ni a mamá y oír el alboroto en el pasillo. Vuelvo a la puerta, la abro, llamo a Aicha y le digo -le tiendo la niña, dándole un besito en la naricita- que voy a ir en busca de la fábrica donde trabaja Saleh, para decirle que venga, añado, para evitar su posible no es asunto tuyo, que soy el único hombre que hay aquí, además del malfechor. Me doy cuenta de que no me he lavado ni la cara y entro al cuarto de baño, suelto el agua, cojo el jabón y me pongo a lavarme las manos y la cara y me despierto totalmente. Me digo ¿cómo voy a encontrar la fábrica y yo sólo sé que es una fábrica textil? La memoria acude en mi socorro, ¡ah, se llama Blita! Digo en voz que oigo perfectamente que el hijo de puta está ahora cogido y no escapará. ¡Cogido por los mismísimos cojones!

Me pongo la chilaba rápidamente y salgo. Las vecinas aún están en el pasillo hablando con Fátima o sólo dejando que la indignación que les bulle en la cabeza mueva sus labios. Algunas ya se están retirando. Fátima, al verme, me llama en voz suplicante, pienso que va a pedirme que, por favor, vaya a avisar a su marido y le digo con la cabeza y la mano que no necesita decir nada, que sí, que precisamente voy a buscar a su marido. Le digo también que vaya a la comisaría, ahora, y me lanzo hacia las escaleras.

¿Estará ahí el autobús? Pero primero tengo que saber dónde está la fábrica. En las tiendas seguro que saben dónde está. Veo a un vecino salir de un pasillo y pienso con alegría que es de los que tienen moto, le contaré lo que ha pasado y…, sonrío, le tiendo la mano, la sorpresa en su rostro la explico por el hecho de que entre los dos sólo hay unas escaleras y un buenos días mascullado o un hola, le pregunto si va a bajar a la ciudad, responde con una sonrisa -que dice lo siento- que no, me siento decepcionado, dice que sólo va a las tiendas. Bajamos varios escalones, sin decirnos nada. Le cuento lo que acaba de pasar en nuestro piso, se detiene, me dice -escandalizado- que un hombre no hace estas cosas, ¿qué le ha pasado a este desgraciado? ¡Agredir a la mujer de un hombre en su propia casa! Prosigo que ahora yo voy a buscar la fábrica donde trabaja Saleh, se llama Blita, por eso le he preguntado si va a la ciudad, como él tiene moto… y me interrumpe que no hay ningún problema, me lleva en su moto a la fábrica, ¡cómo no!, que cree que sabe dónde está, no lejos de aquí, y essi Saleh -veo que ya estamos abajo- él le conoce bien, hijo de buena gente. Es de Aabda, los de ahí son gente buena en general. No son como vuestros rifeños del Norte y abre la puerta del garaje y entra. Y pienso que es una buena persona.

No tarda en salir empujando una moto destartalada. Siempre he tenido la impresión de que las miles y miles de motos que cicletean casi día y noche por Casablanca están destartaladas. Arranca. Me monto detrás de él, siento la dureza y el frío del asiento como un golpe en el trasero. Pienso que lo voy a pasar mal antes de llegar a la fábrica. El vecino tiene que pedalear con fuerza para que la moto alcance la velocidad que le permite coger el equilibrio.

Digo que ese maestro es un castigo que nos ha enviado Al-lah. Responde que merece una buena corrección. Lo que ha hecho es muy grave. ¡Entrar en casa ajena y agredir a una mujer…! ¡Puede ir a la cárcel! Prosigo que en ese apartamento vivía antes una persona buenísima. Era un maestro también. No sé a dónde fue ni por qué se fue. Al volver una vez de Ceuta -me pregunta si soy de Ceuta y respondo que sí, y dice que creía que yo era de Tetuán-, de unas vacaciones de verano, encontré que había otra familia que vivía en ese apartamento. El elemento no me gustó nada desde el primer momento. Le cuento que mi mujer y la de él se pelearon varias veces y que una vez, cuando yo aún no le conocía bien, aún le respetaba, vino a verme y se puso a quejarse, levantando la voz y las manos, yo le pedí que maldijese a Satanás y bajase la voz, porque gritando no se entiende la gente, que los problemas que encienden las mujeres debemos resolverlos nosotros los hombres, pero sentados y hablando, no con gritos, ¡los dos somos maestros, hombre!, etc. Pero él parece que consideró mi actitud una banderita blanca de debilidad o de cobardía, y siguió con los gritos, envalentonándose de manera barriobajera al ver a los vecinos asomarse y a los niños acercarse. Yo me puse a temblar de rabia y me lancé contra él con unos gritos que salían hasta con espuma, total: los dos maestrillos no llegamos a las manos de milagro. Me dice que nada más fácil que llegar a las manos. Este es el país donde con más frecuencia se llega a las manos. Menos mal que la gente le tiene miedo al majzén, sobre todo a la police, que sino…

En Larache: Mohamed Lahchiri (a la deracha) bien acompañado de Mohamed Akalay, Abderrahman lanjeri, Sergio Barce, Mª Luisa Diéguez, Mohamed Laabi, Miguel Abgel, Ramón López Tuñas, Mustapha el Bouthoury, Bouissef Rekab, Gonzalo y el cónsul José Remacha

Yo pienso que aquel día entero lo pasé como respirando aire contaminadísimo, rumiando el rencor que acababa de brotarme en el pecho por aquel cara de cerdo –porque parece un cerdo, con esa cara apatatada y sonrosada- y las cosas que tenía que haberle dicho y no dije porque no se me ocurrieron durante la refriega, y me pongo rabioso por ese bloqueo que sufro siempre en los momentos decisivos. ¿Le digo lo que me hizo el cabrón el año pasado? Pero lo que le digo es por qué no preguntamos a alguien dónde está la fábrica, y él que no hace falta, creo que ya estamos cerca, está por aquí y asomo la cabeza y sólo veo edificios de dos o tres plantas, y añade que sí, ahí, al final de esta calle, a la derecha. Veo un camión dirigirse hacia nosotros, contoneándose, ¡cuidado!, que los camioneros y los conductores de autobuses y autocares están convencidos de que son los amos de las calzadas. Me pregunto ¿cómo voy a decírselo a Saleh? Me dice ¡ahí está la fábrica! Veo un gran edificio de color blanco sucio y nos invade el traquetear de las máquinas y recuerdo a Saleh con su tono burlón decirme que si quieres saber lo que es trabajar trabajar, ven conmigo a la fábrica. Que los maestros lo que hacéis no es trabajo, cobráis, no por trabajar, sino por descansar, por estar sentados y hablar.

Llegamos a la entrada, hay una barrera, me bajo de la moto y me dirijo hacia donde se encuentra una persona, pienso que es el guardia, le saludo y le digo que soy vecino de essi Saleh, que trabaja aquí, leo en su rostro que sabe de quién estoy hablando, y necesito verlo por algo urgente. Se levanta, me dice que espere y se va hacia una puerta abierta. Espero.

Me pongo a mirar a mi alrededor. Hay dos jóvenes esperando y, por la cara de pobrecitos que ponen, deduzco que buscan trabajo. El vecino se ha quedado montado en la moto, manteniendo el equilibrio con los pies. Es alto como un árabe de Dukkala. Pienso que yo también necesito una moto. El autobús está cada vez más insoportable. Se puede comprar a través de esa compañía de crédito. La Eqdom. Te cobran las letras directamente del sueldo.

Veo al guardián que vuelve. Me dice que Saleh viene ahora. Le doy el ¡que Dios te bendiga! y perdona por la molestia y camino hacia donde está el vecino. Le digo que Saleh también tiene moto, que si quiere volver que vuelva, no es necesario que pierda más tiempo y dice que no, que volvemos juntos. Los dos jóvenes nos miran.

Y veo a Saleh caminar hacia nosotros con una sonrisa. Le tiende la mano al vecino y luego me saluda a mí con una mirada que dice espero que no sea nada malo. Le digo que tiene que ir a su casa ahora mismo. Que su mujer… ha tenido problemas con los que viven a su derecha, el maestro y su mujer, que el maestro ha entrado a su casa y ha agredido a Fátima… y veo aquel estallido en su rostro que significa que esperaba oír cualquier cosa menos eso, un rostro que enrojece de golpe, masculla no sé qué -un insulto sin duda- apretando los dientes y prosigo que yo estaba durmiendo cuando ha pasado lo que ha pasado y los gritos de su hija mayor son los que me han despertado, que su mujer estará en la comisaría, yo le he dicho que vaya a poner la denuncia. Y me callo, ya he dicho todo. Nos envuelve un silencio embarazoso. Bueno, lo corta el vecino, que no pierda el tiempo, que vaya ya a pedir permiso y corra a la comisaría y Saleh nos pide perdón por habernos molestado y se lo reprochamos, ¡que somos vecinos, hombre! Y se va casi corriendo. Le digo al vecino ¡vámonos! y arranca con pedaleos. Frena para que yo me monte. Nos alejamos.

Me pregunta si tengo clase hoy y le digo que es viernes. Le cuento que una vez, cuando iban a empezar los exámenes de la Chahada, aquel maestro fue a verme y me quiso dar el número de un alumno -o de una alumna, no me acuerdo- que iba a ser examinado en el centro donde yo era responsable; me daba el número para que yo… Y yo le dije que no, claro, que nunca había hecho esas cosas, ni sé ni sospecho de nadie de mi escuela que lo haya hecho, que lo siento.

No, no me estoy echando medallas, sé que he tenido la suerte de estar en la enseñanza (no en el Ministerio del Interior ni en el de Justicia ni el de Sanidad), que me facilita el mantenerme a salvo de la mierda en la que se encuentra inmerso este país nuestro de mierda… Yo siempre digo que si me encuentro en la situación extrema de no tener trabajo, no tener qué comer, tener hambre… quizá tienda la mano, quizá robe. ¿Y sabes qué dijo después de eso? Pues dijo a todo el mundo que si me hubiese puesto en la mano algunos billetitos, yo habría cogido el número con una sonrisa como un sol, que yo había rechazado el numerito del examen porque me lo había dado soso, seco, sin el caldito exquisito necesario. Cuando me enteré de eso, me puse como una tromba de ganas de machacarle. Unas ganas que siento ponerse a borbollear en la sangre cada vez que me acuerdo. ¡El hijo de la grandísima puta! Me planté en lo alto de las escaleras, en el quinto, donde vivimos. Esperé largo tiempo, con una postura de tigre con un hambre feroz en espera de la presa, sobre todo cuando oía pasos subiendo. Después me dijo el Negro, el vecino del cuarto, que aquel día el hijo de perra había ido a Tetuán a traer mercancía, él también se dedica al contrabando, ¡un maestro! El vecino dice que no es el único. Tampoco hacen nada malo los que contrabandean. Y no me gusta lo que dice el vecino y prefiero tragarme mi disgusto, aunque para mí un maestro-contrabandista es poco menos que una maestra que se prostituye.

Prosigo: Cuando me cansé de la postura del felino en lo alto de una roca, con las garras y los colmillos rutilando, entré a mi casa, me eché y me puse a controlar los ruidos del pasillo. Hasta que me quedé dormido. Después, mi veneno fue perdiendo fuerza, como suele pasarme. Pienso que tenía que haberle dado en la cara con su vómito repugnante y ruin -como en las escenas de las grandes tartas de merengue blanquísimo de las películas-, estoy a punto de echarme en cara que soy un cobarde, afirmo que ¡no! con la cabeza. Digo para rematar el episodio que, desde que el fenómeno vino a vivir ahí, nuestros problemas de pasillo nunca han cesado y hoy ¡mira! El vecino dice que lo de hoy no tiene perdón. Veo que estamos cerca de las tiendas y le pido que se pare y vaya a hacer lo que tiene que hacer, yo seguiré andando hasta casa, pero él no me hace caso y sigue hasta la puerta del edificio donde vivimos.

Me bajo, tiendo la mano, perdón por la molestia y muchísimas gracias. Me dirijo hacia las escaleras con una imagen colgando en la cabeza: la de un niño acariciando con una mirada soñadora la moto del vecino. Observo que estoy bajo el dominio de una alegría exaltada. Normal, me digo, la posibilidad de deshacernos de él está ahí. Y él mismo se lo ha buscado. Estoy a punto de chocar con una mujer en chilaba y velo, una kuffa en la mano, probablemente una de las que estaban en el pasillo con Fátima, porque veo en sus ojos, en los que el velo negro pone un no sé qué miliunanochesco, que la pregunta está a punto de hacerle ¡plaf! por la boca. Pienso que los hombres del edificio se le van a echar encima al canalla, no faltarán testigos dispuestos a ir a la comisaría a declarar. El pasillo lo encuentro desierto. Abro la puerta, entro, me quito la chilaba, la cuelgo, oigo a Aicha preguntar si ha venido Saleh. Le pregunto si Fátima ha ido y me responde que sí. Me dice ven a desayunar. Pienso Dios sabrá lo que la mujer de Saleh le ha dicho al maestro para que éste cometiera tamaña fechoría. Le pregunto a Aicha cómo ha podido agredir a la mujer en su propia casa, sabiendo lo grave que es eso. Me siento, miro el pan hecho con trigo que he comprado, limpiado, lavado, secado al sol y llevado a la tahona, busco el cuchillo con la mirada, dice que el maestro y su mujer y Fátima se insultaban y él se abalanzó sobre ella. Le pregunto si ha ido alguien con ella y responde que se ha ido sola. Pienso Saleh ya estará ahí ahora. El maestro también. Con la mierda al cuello. Es capaz de lanzarse a los pies de Fátima y de Saleh (esto lo he visto hacer a un soldado ante un superior a la entrada de un cuartel y no se me olvida) con tal de que le perdonen y se salve, corre el peligro de ir a la cárcel y perder su trabajo, el de maestro, claro. Sólo que se vaya de aquí, no verlo nunca más. No sé quién me dijo -creo que el Negro del cuarto- que estaba construyendo una casa no sé dónde. Una casa. Yo le perdonaría, pero con la condición de que desaparezca, con su mujer y sus hijos, que se largue. No verlo nunca más.

Le pregunto a mi mujer ¿cuáles de las vecinas estaban presentes cuando la ha agredido? y me dice que casi todas las que he visto en el pasillo. Son las mujeres quienes le han sacado de la casa de Saleh. Dice que hay que darle su merecido, no se puede agredir así a la mujer de un hombre en su casa, un ladrón, un borracho, bueno, pero es el vecino, y un maestro, el fin del mundo, como ha dicho al-Hadcha. Le pregunto por Nadia. Ha vuelto a dormir. Recuerdo la radio. Voy al dormitorio, cojo el aparato, el cable molesto y colgando y arrastrando como siempre, vuelvo al salón, enchufo y me pongo a buscar las informaciones. Un placer desayunar sin prisas y tumbarse a escuchar la radio. Mañana sábado hay trabajo, pero pasado, no. La postura en la que estoy aleja cada vez más la idea de ir a la comisaría para ver qué se ha hecho. La radio me cierra los ojos y me devuelve ese sueñecillo delicioso de la mañana de un día en el que no trabajo, tan delicioso que mi madre suele decir que es el mismísimo Satanás, porque intenta atar con sus hilos poderosos a los musulmanes para impedirles levantarse a hacer las abluciones, rezar e ir a buscarse el pan de cada día.

Me abren los ojos unos golpes en la puerta. Va Aicha a abrir, la voz de Fátima, se asoman al salón, se quita el velo y la capucha de la chilaba, su rostro dice que ha estado llorando. ¿Qué ha pasado? Responde desesperada ¡Saleh le ha perdonado! ¡¿Cómo?! ¡Pero eso no puede ser! ¿Es que ya no es un hombre? Cuenta que el hijo del pecado ya estaba en la comisaría cuando ha llegado Saleh. Han metido a éste en el despacho del comissaire… No, a ella no la han llamado para nada. Cuando han salido era como si todo lo que había pasado fuera algo banal. Saleh le ha dicho a Fátima ¡sir!, ¡a casa!, y el maestro decía que había sido ella la que le había atacado y enseñaba no sé qué en el cuello, un arañazo, él se había limitado a defenderse, y Fátima no puede contener las lágrimas. Claro, el hijo de puta ha ido antes y ha preparado el terreno con los polis -sabe como hacerlo, es contrabandista,… – para salir del lodazal en el que se había encharcado. Seguramente han convencido a Saleh, que es un bonachón, a un sólo paso de tontorrón. Le digo -y siento que me hierve todo el líquido del cuerpo- ¿por qué no ha gritado ella misma dentro de la comisaría, no ha armado un escándalo…? ¡Este muchrim ha entrado a mi casa y me ha agredido delante de los ojos aterrorizados de mis niños…! Y veo que estoy hablando con una mujer vieja ya a los treinta y pocos años, sin fuerza alguna y cargada de hijos y de pobreza y siento en la carne las uñas y los dientes de la desesperación, Aicha dice no sé qué, oigo la voz de Saleh en el pasillo, salgo y veo que está hablando con el maestro en la puerta de su piso, observo que éste habla con tono de quien ya no se siente inseguro, estoy con los dientes tan apretados que me duelen, siento la ebullición subir en mis adentros y quiero gritar algo demoledor pero no se me ocurre nada, pienso que soy una mierda, un pobre diablo, tan pobre como la pobre Fátima, se oyen golpes en la puerta de Saleh, desde dentro, sale Fátima y abre, aparecen todos los niños quejándose, el menor en brazos de la mayor, pienso que Saleh no es más que un pobre hombre, cargado de estos niños, tiene miedo -huye- de los problemas y piensa que el maestro hijo de perra es un funcionario del majzén y tiene sin duda amigos en la administración, etc. Fátima grita que no se vaya a creer que ha escapado, todas las vecinas han visto lo que ha pasado y quieren ir conmigo de testigos, si no ha encontrado a un hombre que le dé su merecido… y Saleh le grita ¡entra! y ella jura que no se saldrá con la suya, le llama cobarde, si fuese un hombre no agrediría a una mujer y el maestro grita que él es un hombre con dos cojones -¡con aquella actitud ruin de los cobardes cuando se sienten fuera de peligro y vencedores-, y el que quiera asegurarse si soy un hombre o no, que venga aquí ¡y ya no puedo más! Me veo gritando ¡un grandísimo hijo de puta y un marica, eso es lo que eres! y saltando hacia él, Saleh se aparta y caigo sobre la carroña con toda la fuerza, con todo el odio, con todo el asco, se cae de espaldas y yo encima de él, intenta defenderse, logro cogerle por el pelo y golpearle la cabeza contra el piso, al tercer golpe o al cuarto pega un grito animal espantoso, siento el palpitar del aviso del miedo de que se muera o le pase algo grave por los golpes contra el suelo duro, veo que ya está a mi merced, formo con las dos manos un sólo puño, veo aparecer a varias vecinas, Saleh acercándose para librarlo, le digo con un grito animal que ¡se aleje! Oigo una voz femenina que dice ¡Dale al perro!, me pongo a golpearle el rostro apatatado y sonrosado y el pecho y siento los brazos fuertes de Saleh por detrás intentando paralizarme y le dejo hacer…

Un cuento de Mohamed Lahchiri

Mohamed Lahchiri

 

Etiquetado , , , , ,

Recordatorio – En TETUÁN, 24 y 25 de Abril

Durante los próximos días 24 de abril y 25 de abril de 2012, participaré en el Seminario El Español en en Mundo, dentro de las actividades AUE (Aula Universitaria del Estrecho) que se celebrará en la Facultad de Letras y Ciencias Humanas de Tetúan – Universidad Abdelmalek Essaâdi, invitado por el poeta tetuaní Abderrahman el Fathi.

Para participar en este seminario el periodo de inscripción es del 19 de marzo al 19 de abril de 2012 – Al final del programa tenéis un enlace con más información.

Mecanismo de Seguimiento y Evaluación previsto:Se exigirá un mínimo del 80% de asistencia para la obtención del certificado.

Contenidos:

Seminario : EL ESPAÑOL EN EL MUNDO

MÓDULO 1: El español en el mundo: Estado de la cuestión.
MÓDULO 2: Recursos didácticos para la enseñanza del español.
MÓDULO 3 : Creatividad en español en Marruecos.

ACTIVIDADES PARALELAS

Taller de Poesía a cargo de Yolanda Aldón Toro

Presentación deL libro “Cádiz y la otra orilla, a sorbos de a-mar y versos de Yolanda Aldón Toro”, presentado por Luís Moratinos (Director del Instituto Cervantes de Tetuán).
Exposición de Artes Plásticas de Youssef El Haddad.

Nombre del coordinador/a marroquí:Abderrahman El Fathi

Nombre del coordinador/a nacional:Jorge Aguadé Bofia

Equipo docente:

Karima Hajjaj (Dep. de Hispánicas de la Facultad de Tetuán)
Antonio Feliz Cotado (Consejero de Educación de la Embajada de España)

Souad Annakar (Universidad Abdelmalek Essaadi, Tetuán)
Nirmin Bendriss (Facultad de Letras y Ciencias Humanas Aïn Chock, Universidad Hassan II, Casablanca)
Abdellatif Ghailani (Dep. de Hispánicas de la Facultad de Tetuán)
Francisco Zayas (Universidad de Cádiz)
Jamal Eddine Akraa (Director Instituto Lamartine de Lenguas, Tetuán)
Hassan M. Amar (Jefe de Estudios del Instituto Cervantes, Tetuán)
El Khadir Al-Azhari (Inspector coordinador regional de lengua española, Ministerio de Educación Nacional, Marruecos)
Rachida Gharrafi (Dep. de Hispánicas de la Facultad de Tetuán)
Abdelatif Limami (Universidad Mohamed V, Rabat)

Sergio Barce (escritor)
Enrique Lomás (Universidad de Alicante, Cervantes Virtual)
Cristian Ricci (Universidad de California, EE. UU.)

Cronograma:

24 de Abril 2012

09:30 h. Acto de Inauguración

10:30 h. MÓDULO 1: El español en el mundo: Estado de la cuestión.
Modera: Karima Hajjaj (Dep. de Hispánicas de la Facultad de Tetuán).
Participan:
-Inmaculada Sanz,( Directora del Centro de Lenguas Modernas de la Universidad de Granada) : “El idioma español en el mundo: Actualidad y proyección”.
-Antonio Feliz Cotado (Consejero de Educación de la Embajada de España en Marruecos): l español en Marruecos: un patrimonio que es preciso conservar
-Souad Annakar (Universidad Abdelmalek Essaadi, Tetuán): a lengua árabe: Su actualidad árabe y extranjera.
-Nirmin Bendriss (Facultad de Letras y Ciencias Humanas, Aïn Chock, Universidad Hassan II, Casablanca): Política educativa y actividad traslativa en la época del Protectorado español en Marruecos.

12:00 h. MÓDULO 2: Recursos didácticos para la enseñanza del español.
Modera: Abdellatif Ghailani (Dep. de Hispánicas de la Facultad de Tetuán).
Participan:
-Francisco Zayas (UCA): Orientaciones metodológicas actuales en la enseñanza de lenguas”.
-Jamal Eddine Akraa (Director Instituto La Martine de Lenguas. Tetuán): El español: lengua extranjera competitiva en Marruecos.
-Hassan M. Amar (Jefe de Estudios del Instituto Cervantes, Tetuán): Competencia docente en la enseñanza y aprendizaje del español como lengua extranjera.
-El Khadir Al-Azhari (Inspector coordinador regional de lengua española, Ministerio de Educación Nacional, Marruecos): Evolución de los libros de texto en Marruecos.

Miércoles, 25 abril
10:00 h. MÓDULO 3: Creatividad en español en Marruecos.
Modera: Rachida Gharrafi (Dep. de Hispánicas de la Facultad de Tetuán)
Participan:
– Abdelatif Limami (Universidad Mohamed V, Rabat)
El mundo poético en la escritura marroquí en lengua española.
Sergio Barce (escritor)
Marruecos en las novelas de Sergio Barce.

– Enrique Lomás (Universidad de Alicante, Cervantes Virtual) : El canon literario en la literatura hispanomagrebí: desafíos y controversias.
– Cristian Ricci (Universidad de California, EE. UU.) : Hacia una poética paterista: el caso de Abderrahman El Fathi.

12:30 horas: Clausura

ACTIVIDADES PARALELAS

24 de abril

9:30 h. Inauguración exposición de Artes Plásticas de Youssef El Haddad.

12:00 h. Exposición de libros del Instituto Cervantes.

16:00 h. Taller de poesía a cargo de Yolanda Aldón Toro.

25 abril

19:00 horas: presentación del libro : Cádiz y la otra orilla, a sorbos de a-mar y versos de Yolanda Aldón Toro.
Presenta: Luis Moratinos (Director del Instituto Cervantes de Tetuán).

 http://www.auladelestrecho.es/es/cargarAplicacionActividadEnMarcha.do?identificador=110

Etiquetado , , , , , , , , , , , , , , , , , , ,

TETUÁN: días 24 y 25 de Abril en la Universidad Abdelmalek Essaâdi – Seminario EL ESPAÑOL EN EL MUNDO

Aunque os lo recordaré cuando se vaya acercando la fecha, durante los próximos días 24 de abril y 25 de abril de 2012, tengo la suerte de participar en el Seminario El Español en en Mundo, dentro de las actividades AUE (Aula Universitaria del Estrecho) que se celebrará en la Facultad de Letras y Ciencias Humanas de Tetúan – Universidad Abdelmalek Essaâdi, invitado por el poeta tetuaní Abderrahman el Fathi.

Para participar en este seminario el periodo de inscripción es del 19 de marzo al 19 de abril de 2012 – Al final del programa tenéis un enlace con más información.

Mecanismo de Seguimiento y Evaluación previsto:Se exigirá un mínimo del 80% de asistencia para la obtención del certificado.

Contenidos:

Seminario : EL ESPAÑOL EN EL MUNDO

MÓDULO 1: El español en el mundo: Estado de la cuestión.
MÓDULO 2: Recursos didácticos para la enseñanza del español.
MÓDULO 3 : Creatividad en español en Marruecos.

ACTIVIDADES PARALELAS

Taller de Poesía a cargo de Yolanda Aldón Toro

Presentación deL libro «Cádiz y la otra orilla, a sorbos de a-mar y versos de Yolanda Aldón Toro», presentado por Luís Moratinos (Director del Instituto Cervantes de Tetuán).
Exposición de Artes Plásticas de Youssef El Haddad.

Nombre del coordinador/a marroquí:Abderrahman El Fathi

Nombre del coordinador/a nacional:Jorge Aguadé Bofia

Equipo docente:

Karima Hajjaj (Dep. de Hispánicas de la Facultad de Tetuán)
Antonio Feliz Cotado (Consejero de Educación de la Embajada de España)

Souad Annakar (Universidad Abdelmalek Essaadi, Tetuán)
Nirmin Bendriss (Facultad de Letras y Ciencias Humanas Aïn Chock, Universidad Hassan II, Casablanca)
Abdellatif Ghailani (Dep. de Hispánicas de la Facultad de Tetuán)
Francisco Zayas (Universidad de Cádiz)
Jamal Eddine Akraa (Director Instituto Lamartine de Lenguas, Tetuán)
Hassan M. Amar (Jefe de Estudios del Instituto Cervantes, Tetuán)
El Khadir Al-Azhari (Inspector coordinador regional de lengua española, Ministerio de Educación Nacional, Marruecos)
Rachida Gharrafi (Dep. de Hispánicas de la Facultad de Tetuán)
Abdelatif Limami (Universidad Mohamed V, Rabat)


Sergio Barce (escritor)
Enrique Lomás (Universidad de Alicante, Cervantes Virtual)
Cristian Ricci (Universidad de California, EE. UU.)

Cronograma:

24 de Abril 2012

09:30 h. Acto de Inauguración

10:30 h. MÓDULO 1: El español en el mundo: Estado de la cuestión.
Modera: Karima Hajjaj (Dep. de Hispánicas de la Facultad de Tetuán).
Participan:
-Inmaculada Sanz,( Directora del Centro de Lenguas Modernas de la Universidad de Granada) : «El idioma español en el mundo: Actualidad y proyección».
-Antonio Feliz Cotado (Consejero de Educación de la Embajada de España en Marruecos): l español en Marruecos: un patrimonio que es preciso conservar
-Souad Annakar (Universidad Abdelmalek Essaadi, Tetuán): a lengua árabe: Su actualidad árabe y extranjera.
-Nirmin Bendriss (Facultad de Letras y Ciencias Humanas, Aïn Chock, Universidad Hassan II, Casablanca): Política educativa y actividad traslativa en la época del Protectorado español en Marruecos.

12:00 h. MÓDULO 2: Recursos didácticos para la enseñanza del español.
Modera: Abdellatif Ghailani (Dep. de Hispánicas de la Facultad de Tetuán).
Participan:
-Francisco Zayas (UCA): Orientaciones metodológicas actuales en la enseñanza de lenguas».
-Jamal Eddine Akraa (Director Instituto La Martine de Lenguas. Tetuán): El español: lengua extranjera competitiva en Marruecos.
-Hassan M. Amar (Jefe de Estudios del Instituto Cervantes, Tetuán): Competencia docente en la enseñanza y aprendizaje del español como lengua extranjera.
-El Khadir Al-Azhari (Inspector coordinador regional de lengua española, Ministerio de Educación Nacional, Marruecos): Evolución de los libros de texto en Marruecos.

Miércoles, 25 abril
10:00 h. MÓDULO 3: Creatividad en español en Marruecos.
Modera: Rachida Gharrafi (Dep. de Hispánicas de la Facultad de Tetuán)
Participan:
– Abdelatif Limami (Universidad Mohamed V, Rabat)
El mundo poético en la escritura marroquí en lengua española.
Sergio Barce (escritor)
Marruecos en las novelas de Sergio Barce.


– Enrique Lomás (Universidad de Alicante, Cervantes Virtual) : El canon literario en la literatura hispanomagrebí: desafíos y controversias.
– Cristian Ricci (Universidad de California, EE. UU.) : Hacia una poética paterista: el caso de Abderrahman El Fathi.

12:30 horas: Clausura

ACTIVIDADES PARALELAS

24 de abril

9:30 h. Inauguración exposición de Artes Plásticas de Youssef El Haddad.

12:00 h. Exposición de libros del Instituto Cervantes.

16:00 h. Taller de poesía a cargo de Yolanda Aldón Toro.

25 abril

19:00 horas: presentación del libro : Cádiz y la otra orilla, a sorbos de a-mar y versos de Yolanda Aldón Toro.
Presenta: Luis Moratinos (Director del Instituto Cervantes de Tetuán).

 http://www.auladelestrecho.es/es/cargarAplicacionActividadEnMarcha.do?identificador=110

Etiquetado , , , , , , , ,

DANZADELAIRE del poeta tetuaní ABDERRAHMAN EL FATHI visto por el profesor ABDELLATIF LIMAMI

Estoy de enhorabuena, mis amigos parecen prodigarse últimamente con sus últimos trabajos. Jose Sarria me ha enviado este artículo de mi entrañable amigo el profesor Abdellatif Limami sobre la última obra de mi también amigo y admirado poeta Abderrahman el Fathi. Y nada mejor que poder ofrceros a vosotros la oportunidad de comocer este libro y este artículo.

Sergio Barce, enero 2012

 DANZADELAIRE  del poeta tetuaní Abderrahman El Fathi o la vuelta a los orígenes

Por Abdellatif LIMAMI
Universidad de Rabat / Marruecos     

 “Soy hijo del Al-Andalus, esclavo de tus suspiros,
 Inmortal para tus deseos y guardián de tus latidos”
                                           (DANZADELAIRE /  Abderrahman El Fathi)

“Vientos del pueblo me llevan,
 Vientos del pueblo me arrastran,
Me esparcen el corazón
Y me aventan la garganta”
(VIENTOS DEL PUEBLO / Miguel Hernández)

       Al igual que los títulos, los epígrafes  cobran una gran importancia a la hora de analizar o emitir un juicio crítico sobre una obra. Se pueden considerar incluso como las llaves que abren toda “morada literaria”.

Abderrahman el Fathi

        Y es el caso de esta última obra del poeta tetuaní Abderrahman El Fathi  (DANZADELAIRE) cuyo  título y cuyo epígrafe imponen de entrada los siguientes  comentarios: primero un título totalmente en mayúsculas y sin respeto de los espacios que se imponen a nivel ortográfico entre  las palabras (DANZADELAIRE). Sugiere, además de contener la palabra aire, el viento, que estructura gran parte del discurso poético del poeta, y no en su forma apática, sino en pleno movimiento (danza). Es como si el poeta tetuaní, con el riesgo de ser arrastrado por este aire-viento en trance, se escondiera bajo sus mayúsculas apretadas que le pudieran servir de cobijo. No hay que olvidar aquí que las dos ciudades marroquíes donde vivió y sigue viviendo el poeta (Tetuán y Tánger) son muy conocidas por su viento, sobre todo otoñal o hibernal (CHARKI).  

       En un segundo lugar, nos referimos a un epígrafe de los más sugerentes, sacado de Ibn Said al-Magribí y que implica esta vez la fuerza de este viento que lo vence todo, a pesar de los pesares .  

 “Al viento que vence
 la resistencia de los árboles
  haciendo que sus ramas se inclinen
 y besen los estanques” (p.7)  

       La portada de la antología queda  además marcada un cielo nublado; especie de foto aérea que sugiere el idílico Estrecho de Abderrahman El Fathi, tan añorado, tan vivido y tan recreado en su obra.

       Como este viento furioso, el poeta tetuaní irá de una “morada” a otra (de Tánger a Tetuán) para vencer espacios y tiempos, estando al borde del precipicio. No cabe duda aquí que el poeta se presenta como una herramienta roída, que sólo salva la palabra poética: una palabra inconclusa, sin rima ni ritmo, pero que le evita ser un ciclo acabado:

 “Soy feliz aquí
 en estos versos inconclusos,
al borde del precipicio
 de una palabra
 sin rima ni ritmo, solo la salva el momento,
el lugar vacío
que ocupa” (p.17)

Abderrahman el Fathi

       Entre miradas impotentes o ausentes y un furioso viento, se hablará finalmente de “…vientos verdes / que arrancan belleza al aire” (p.46), y que dibujan con sus ráfagas  “húmedas nubes / próximas a mis ventanas” ya que las que se fueron –dirá el poeta no sin un tono nostálgico-  “llevaban perfumes y amores lejanos” (p. 71); vientos concebidos al fin y al cabo  “…como puñales / en esta primavera /…” (p.101).

       Impotentes, los ojos no pueden más que contemplar estos vientos de promesas perdidas  “que se debaten despreocupadas / en cada espejismo adolescente / asombradas por ese cuerpo / con ojos amarinados y miradas ausentes.” (p.45);  vientos  en los cuales el poeta sin embargo  ansia  “elevar a deseos”  y caminar en tus miradas” (p.72).

       Abandonado, una tarde de verano,  “…como las sandalias viejas” (p.97), el poeta emprende su caminata hacia  los vericuetos y tinieblas posibles, en busca de una memoria que hay que rescatar: “Mis dudas  -dice casi susurrando su amargura – siguen surcando tinieblas, / en todas las estaciones, para rememorar / el fuego de todos los hombres” (p.57); frenética carrera que lo conduce finalmente a cubrir todas las estaciones para perseguir o atrapar un otoño, acurrucarse en un invierno y asaltar u ocultar una primavera:

“Atrapé tu otoño una noche de
verano
 acurrucado en tu
 invierno
 después de asaltar tu / primavera…” (p.99)

“Perseguí tu otoño en una esquina
 de octubre
 para ocultar, cierta primavera
 un invierno cualquiera” (p.100)

Abdellatif Limami

       Y ¿quién se esconde detrás del tú aquí? ¿La amada, añorada, encontrada, perdida y recreada en el verso; o simplemente la paloma blanca, el Tetuán de la infancia y de la memoria que el poeta procura rescatar en “su particular vuelo” (p. 19), tras momentos de ausencia? Las dos entidades en realidad se confunden para formar una sola, en que Tetuán es la amada y la amada es Tetuán:

“Hoy necesito saciarme a sorbos de tu mar
penetrar y brindarte mis aguas
 elevar tus olas y refugiarme
en el rugido de tu silencio
alzar tu proa en mis labios
brindar mi muerte en tus ojos
 y caer rendido
frente a tus azuladas brisas.” (p.25)

       Pero a veces, la referencia a esta ciudad de “vientos alocados” (p.33),  en que el “tiempo no transcurre”, sino que “envejece”, y en que los recuerdos ni siquiera “pertenecen al pasado”, manteniéndose “…impasibles, irreconciliados / ante el transcurrir parsimonioso / del devenir implacable” (p.32), la referencia es pues explícita, con sabor a memoria, a pasado erguido y firme para siempre:

“mis días son recreaciones de lugares
que siempre fueron y no
cesaron en su presencia
esas casas siempre viejas
y renovadas por el devenir del tiempo.
Así son los caminos del pasado
siempre en Tetuán” (p.31)

Sergio Barce, Akalay, ABDELLATIF LIMAMI, Jedidi, Sibari y ABDERRAHMEN EL FATHI

       Más explícitos son los siguientes versos que, aunque el nombre de la ciudad no se menciona directamente , su presencia como espacio y como amor idílico es más que  evidente. En ellos, el poeta busca refugio, respuesta a sus lamentos, consuelo a sus sufrimientos o, simplemente, una morada donde rendir el alma.

       En una perfecta simbiosis, será a la vez él, la amada añorada y el espacio predilecto de la memoria:

“Hoy necesito saciarme a sorbos de tu mar
 penetrar y brindarte mis aguas
elevar tus olas y refugiarme
en el rugido de tu silencio
 alzar tu proa en mis labios
 brindar mi muerte a tus ojos
y caer rendido
 frente a tus azuladas brisas” (p.25)

“Qué esconden tus vientos
 qué lamentos denuncian
 cuántos secretos ocultan
 dímelo a los ojos
 ya que los míos
 se confunden en tu mirada” (p.40)

       Rendido, no resignado,  el poeta alza un grito y eleva su voz hacia Dios como para pedir ayuda y salvación frente a lo efímero y transitorio. Pero, no sin cierta fuerza y firmeza en la existencia de SU Estrecho, que constituye la suma de su memoria:

“¡Ya Ilahi!
 Todo es transitorio.
 Hasta mis versos te añoran,
 se lamentan de tu ausencia
silenciada en mis sueños,
 en cada rincón oculto de las olas,
 en las aguas profundas
 de mi Estrecho,
en la mirada tenaz
 de mi firme convicción de tu existencia.
 ¡Ya Ilahi!” (p.58)

       Esta firmeza recobrada la debe el poeta aquí al verso, concebido como una espada que abre nuevos horizontes. Así, del verso que le “arrebató el cielo”, el poeta pasa al verso que le riega “de sus aguas.” (p.81) en una mera operación de rescate; rescatar para no enfrentar una travesía en solitario, para no ir desnudo como los hijos de la mar (como dijo A. Machado) y para poder construir con las enanas palabras un gigantesco corazón en donde podría refugiar su alma dolorida y poder renacer:

“He vuelto a por mis versos  
 ahí estaban
en esa mesa, ese té con hierbabuena
 los rescaté, desde entonces viven conmigo,
 para siempre
 me acompañan en mis travesías,
 en mis noches de soledad.
 me arropan esos versos
 me recuerdan cuánto te amé” (p.74)

“Y ahora deseo rescatar todos los versos que compuse
para ti
abandonados en los cafés, parques, bibliotecas, papeleras
y esquinas y bares.
Quiero construir con ellos un corazón tan grande y
refugiarme para siempre” (p.77)

       Ya los primeros versos que abren esta antología hacen hincapié sobre esta felicidad recobrada gracias al verso. Y poco importa si son versos inconclusos, o una suma de palabras sin ritmo ni rima y que lo sitúan incluso al borde del precipicio. Más importante es su existencia que inspira felicidad y más importante aún son estos versos salvadores:

“Soy feliz aquí
en estos versos inconclusos,
al borde del precipicio
de una palabra
sin rima ni ritmo, sólo la salva el momento,
el lugar vacío
 que ocupa” (p.17)

        La felicidad aquí está en la toma de conciencia del poeta de no poder vivir ya sin ELLA como  creó en sus años de loca juventud. La vida le ha ensenado que nunca se deshace uno de lo que es y que constituye su seña de identidad. Incluso con  la distancia, esa musa no  dejó nunca de reclamarle su presencia y apaciguar sus males y miedos de la infancia; la vuelta a los orígenes se hace entonces más eminente:

“Creí vivir sin ELLA,
y ahora que su distancia me reclama,
mi retorno se acerca en estos versos.
A cada palabra le exijo más fuerza
para huir
de mis miedos de infancia.
ELLA va enmascarando esos pasajes
que antaño fueron
lejanas voces, suspendidas
en antenas de azoteas,
en cualquier medina,
empeñadas siempre
en captar imágenes de la otra España” (p.17)

       Al término de esta reflexión,  se impone la misma interrogante que condujo nuestros pasos al principio: ¿Quién es “ELLA”, que se yergue con las mayúsculas que el poeta le obsequia?:

–     ¿Tetuán, la linda ciudad de la infancia y juventud del poeta? Hemos visto como todas las referencias del poeta “huelen” a mar, lo que nos ha permitido hacer de la ciudad de Tetuán la musa por excelencia.
–    ¿Un grato recuerdo de amor o un amor sepultado y que el poeta escarba hoy con sus dientes? Amar es de todos, y aún más para sensibles poetas como es el caso de Abderrahman El Fathi. Más que nadie, él sabe que no es tarea fácil: “Si amar fuera tan fácil. / -dirá el poeta-  Te amaría a verso suelto / a cadencias azuladas / y latidos ocultos” (p.91)
–      ¿El ansia de volver y fijarse en el espacio predilecto dela infancia? La madurez impone la vuelta a las raíces para que uno siga creciendo y envejezca acaso cerca de las “viejas moradas” a las cuales se acostumbró la mirada y a las cuales también alude el poeta.

       Pero, poco importa la respuesta si todas estas hipótesis se funden en una: un retorno a los orígenes en un acto de plena devoción, concretizado en el ápice poético. Es también un acto de amor con tintes de tristeza y melancolía  dirigido tanto al espacio de predilección como a la otra hipotética musa.

       Terminamos con estos versos sintéticos en que la simbiosis, o por lo menos la fusión, entre el poeta y ELLA son totales. Y que cada uno escarbe con sus dientes estos versos para saber quién es esta legitima esposa/musa del poeta:

“Tu soledad me reclama
se asoma fugitiva
con su habitual sombra de colores
 hasta confundirse y penetrar en la mía
entregada al pestañar
 del día en la noche, sigilosamente
hasta acabar absorbiendo
 esa luz que rompe
desde su desnudo ombligo  de arena.(p.23)

____________________________

  Abderrahman El Fathi; DANZADELAIRE; Patio de Monipodio; 1ª edición; 2011; Cádiz;  España. (Las referencias entre paréntesis corresponden a esta misma edición).

  El viento aquí  como símbolo de una amenaza, caos, inestabilidad y destrucción pero que los versos del poeta cambian en  una suave y cálida brisa que un implica un cambio  progresivo y positivo.

   ABU AL HASAN ALI IBN MUSA IBN MUHAMMAD IBN ABD AL MALIK IBN SAID AL MAGRIBI, nacido en Alcalá la Real, provincia de Jaén en 1214. Poeta, gramático, historiador y geógrafo. Por consejo de su padre, se traslada muy joven a Sevilla para dedicarse allí con preferencia al estudio del lenguaje, al cultivo de la poesía y al estudio histórico.  La nostalgia de su patria andaluza, durante su estancia en Egipto, le inspiró una de sus poesías más interesantes (sentimiento nostálgico que nos acerca al experimentado por el poeta tetuaní Abderrahman El Fathi).  En el año 1286 habiendo realizado su peregrinación oficial a La Meca, murió en Damasco, cuando se disponía a regresar a Occidente.

  Es de notar que en toda la obra, sólo una vez se menciona el nombre de la ciudad.

  He aquí algunas de las expresiones que recrean este estado de ánimo:  “precipicio” (p.7);  “derrota en los pies” (p.22);  “muerte” (p.25);  “quimera ardiente” (p.29); “ inmensa soledad” (p.38);  “espejismo adolescente” y “miradas ausentes”  (p.45) “blanca pesadilla” (p.50);  “alma de ojos tristes” (p.54);  “lágrimas desnudas”, “sombras ajenas” y “memoria  descifrada y fragmentada” (p. 56);  “tinieblas” y  “penas” (p. 57);  “amores lejanos” (p.71);  “penas amarradas por el tiempo” (p.73);  “frente arrugada” (p.73); “noches de soledad” (p.74); “amores lejanos” , “copas olvidadas” y  “corazón ondulado” ‘(p. 75);  “ profundos lamentos” (p. 84);  “confusión” (pp.85/86);  “agonía” (p. 93); “ fracasos” (p. 89).

Etiquetado , , , , ,

«UNA SIRENA SE AHOGÓ EN LARACHE» de Sergio Barce, según el profesor ABDELLATIF LIMAMI

La presentación de mi novela

UNA SIRENA SE AHOGÓ EN LARACHE

el pasado 14 de mayo en el Colegio Luis Vives de Larache

corrió a cargo de mi entrañable amigo el profesor Abdellatif Limami, que ha tenido la deferencia de enviarme el texto completo de su intervención, y que reproduzco a continuación:

Abdellatif Limami

Crónica de voces apagadas en

Una sirena se ahogó en Larache

 de Sergio Barce [1]

 por

Abdellatif LIMAMI

Universidad de Rabat – Marruecos 

 “…Todo lo que usted quiera, sí señor, pero son las palabras las que cantan, las que suben y bajan… Me prosterno ante ellas… Las amo, las adhiero, las persigo, las muerdo, las derrito… Amo tanto las palabras… Las inesperadas… Las que glotonamente se esperan, se acechan, hasta que de pronto caen… Vocablos amados… Brillan como perlas de colores, saltan como platinados peces, son espuma, hilo, metal, rocío… /…/ Tienen sombra, transparencia, peso, plumas, pelos, tienen de todo lo que se les fue agregando de tanto rodar por el río, de tanto transmigrar de patria, de tanto ser raíces… Son antiquísimas y recientísimas… Viven en el féretro escondido y en la flor apenas comenzada… “         Pablo Neruda – Confieso que he vivido 

Todos en nuestra vida llegamos a un momento en el que nos vemos obligados a marcar un antes y un después. Y felices son aquellos que lo pueden hacer utilizando las palabras como  razón existencial o como oxígeno que da vida espiritual. Pero escribir  es a la vez aprender a morir y volver a nacer, sobre todo cuando a través de este  acto, se rescatan gratos recuerdos o se exorciza una amarga realidad que yace en las entrañas de uno, con sus alegrías y satisfacciones, pero también con sus espinas y su dolor.

 Y es el caso de Sergio Barce que sigue gozando del no ser huérfano por conservar sus dos mundos predilectos: el Larache de su infancia y el Málaga de su edad adulta. Y resulta que la infancia es recinto de la memoria para tratar de apaciguar la nostalgia; lo que explica el predominio pero también la evolución de este mundo en su universo narrativo: En el Jardín de las Hespérides en 2000, un relato lleno de recuerdos y cuyo personaje central “estaba construido por trozos de mis recuerdos (mi infancia)” afirma Sergio antes de añadir que “este relato parte  de la historia de mi abuelo y la juventud de mi padre” con mucha nostalgia e idealización. Viene luego Últimas noches en Larache en 2004  y en el que se mantiene esta nostalgia pero que empieza a dejar ya el paso a una radiografía del Larache de 2004, en que el autor aparece como testigo impotente frente a un deterioro de la ciudad que califica como  “un desengaño”. En fin, Sombras en sepia en 2006, donde “hay una cierta mezcla entre el pasado nostálgico pero en el que ya irrumpe la realidad del deterioro, de la decadencia de la ciudad, y ahí lo denuncio y lo describo en toda su crudeza” subraya el autor.

Con Una sirena se ahogó en Larache (2011), se consigue finalmente el reto tan deseado: “escribir del Larache de hoy pero desde dentro de una familia marroquí muy humilde, con muchos problemas de cara al futuro de sus hijos” y plasmar al mismo tiempo la desilusión que supone la desaparición paulatina de “la memoria y la historia de un pueblo”  a favor de una mera política del lucro o tal vez de la ignorancia.

El título del relato, con su connotación mitológica que huele a mar, es muy sugerente. Según el propio autor, corresponde al despertar sexual del niño, a su desbordante imaginación que lo protege contra la violencia circundante, pero también a las almas  (como la de Ahmed, su hermano mayor) que, en su intento de buscar el paraíso perdido, terminan como esposos legítimos de las profundidades del mar, y cuyos cuerpos se arrojan luego a las orillas:

“Es la imaginación del niño /…/ el inicio a su despertar a la sexualidad, que termina por concretarse en la chica, pero también es otra forma de escapar de Tami de la cruda realidad de cada día. Ahmed busca su salida en la patera, y Tami en sus sueños, que, con la fiebre que suele padecer, construye en su imaginación todo tipo de historias, de aventuras, de monstruos malos y buenos… Una sirena se ahogó en Larache, lo puse pensando en Ahmed, pero también en todos los sueños que se han ido ahogando en Larache, los del pasado, los del presente y, para algunos, los del futuro que no tendrán jamás.” 

Abdellatif Limami, junto a Sergio Barce, durante su disertación

En otro plano, y tal como aparece en la novela, la sirena queda asimilada a una mujer que varía de la visión materna al despertar sexual: “Tiene el cabello largo y oscuro,  aceitoso, y el rostro muy pálido, en exceso, casi un cadáver /…/ Las pestañas parecen de sal /…/ La mujer despide un penetrante olor a pescado, como los atunes que la almadraba desemboca en el marsa /…/ verla atenúa el efecto de una manera curiosa, como si, desde la sonrisa que no esboza, se expandiera un perfume inocuo /…/ Tami descubre también sus pechos rotundos, erguidos, que imagina llenos de leche”  (PP. 49-50/50)

A nivel espacial, tanto los micro como los macro espacios que integran este relato no salen del perímetro urbano de la ciudad de Larache. De la casa familiar al embarcadero, al mercado central, al Jardín de las Hespérides, al Balcón…, todo está enmarcado en este espacio predilecto de Sergio Barce.

La casa familiar de Tami está a imagen de estas casas de las familias humildes de esta ciudad. El hogar “no sobrepasa los cincuenta metros cuadrados” y cada una de las habitaciones “es angosta”. Las escaleras son “estrechas, empinadas, con la barandilla de hierro oxidada que aún se sujeta milagrosamente” (pp. 27-28). Salvo el cuarto de Tami y el de sus padres, “las demás carecen de ventana alguna” (p.8).  En ella “sobrevive un viejo televisor Telefunken”  (p.7), “un pequeño habitáculo, que sirve de almacén”, “un retrete con una ducha”. En la azotea, hay un cajón de madera que atesora “algunas herramientas del abuelo de cuando ejercía de mecánico en el Taller de Barrajón” (pp. 7-8).

Fuera, lucen los espacios predilectos de la infancia de Sergio Barce: el Balcón del Atlántico,  la playa peligrosa y el Castillo de las Cigüeñas, la Calle Real, el  Zoco Chico, la plaza de la Liberación (la Plaza de España), la Torre del Judío, la puerta de la Medina, el café Lixus, el Santuario Lalla Menana, el Jardín de las Hespérides, la Explanada del Majzén, Punta Negra, el Cine Ideal…todos recuerdos repujados cariñosamente y para siempre en la memoria del adulto Sergio Barce, pero también espacios que remiten a  distintas épocas históricas de Marruecos.

Así es el embarcadero con el habitual ajetreo del verano  y un sol que se refleja en “las crestas cristalinas del agua esmeralda” (p.15):  “Las barcas chocando unas contra las otras al pie de las escalerillas, mecidas por el movimiento de los remeros que invitaban en pie a usar sus pateras, y de los viajeros, disputándose el saltar los primeros a las más cercanas” (p.14 )

Y así es también el Mercado Central, “con sus tejados verdes, sus paredes blanqueadas, con ese aire de sueño nazarí” (p. 40) y los puestecillos de las mujeres con “verduras, requesón, fruta, gallinas vivas atadas por las patas con cuerdas de esparto, huevos, palmitos, brevas y uvas, algo de especias y melones de Tlata de Reixana” (p.38)

Pero el Larache del macro espacial es también un espectáculo de desolación con sus “ruinas decrépitas” (p. 93), sus “murallas pálidas y cansadas” (p.94), sus “callejuelas asimétricas” y “escaleras destrozadas” (p.109). La Iglesia de San José con su fachada espectral que “se inclina con precipitación hacia un futuro del olvido” (p. 151). Lo todo, presentado a veces con el vaivén de la gente como una “armonía caótica” (p. 99) y otras veces como “un insólito páramo de ausencias” (p.152). Anima este espectáculo esperpéntico la música de las bodas, una especie de “Babel musical” (p. 111) o de “resaca de la música” (p.  93).

Hablando de esta destrucción masiva y desoladora de la ciudad, Sergio Barce, dolido e impotente afirma: “La destrucción patrimonial de Larache es tan sistemática que va a desaparecer inevitablemente, y quizá ya ni siquiera me detengo a denunciarlo porque es un esfuerzo que está resultando inútil. Contemplo cada vez que vuelvo una herida nueva en la ciudad, un edificio valioso por su arquitectura o su historia que o ha caído o está a punto de hacerlo”.

La historia del niño se construye en torno a una serie de personajes principales  entre los cuales la familia ocupa un lugar privilegiado, pero también en torno a personajes periféricos que forman la red de amigos, vecinos o conocidos de Tami o familia. En este abanico red de personajes, sobresale la figura de Mohammed, el padre del niño, con su áspero y riguroso tacto, su mente vacía, que parece estar en “un pozo acuoso  de mares y remolinos” (p. 125). Lo caracteriza su violencia e indiferencia frente a Tami y frente a todos, hasta tal punto que su mujer le llega a insultar tan sólo  “con el vacío hiriente de su mirada” (p. 115). Luego está Ahmed, su hermano mayor, un caso perdido, sobre todo en los estudios (véase pp. 25-26), y sobre todo Salwa, musa del despertar sexual del niño (véase p. 67).

Con su rostro pecoso y unas pelusas rubias sobre el labio superior (véase p. 74), Miguelito, un niño español amigo de Tami, constituye, por lo menos para un lector que no vive en Larache de hoy,  una curiosa presencia en el relato de Sergio del 2011; una manera, afirma el autor, de abolir las barreras de la raza, la nacionalidad o de la confesión, que no existen en el mundo de los niños, tales como los ha vivido el niño Sergio:   “es un personaje que he introducido porque aún hay españoles o nezeranis en Larache, pocos, pero los hay, y una manera de demostrar que cuando eres niño no distingues si tu amigo es de un origen o de otro, sólo es un compañero. No existen esas diferencias, y así es como ocurría en mi niñez, porque la inconsciencia de la niñez es un diamante en bruto que otros adulteran”

Esto trae también a la mente el tema de la convivencia de todas las comunidades larachenses, sobre todo a nivel confesional, constante en la obra de Sergio Barce. Al entrar a Jerusalem, Salah al-Din, siguiendo las enseñanzas del profeta, “ordenó a sus hombres que no habría saqueos ni se mataría a ningún enemigo, a ningún infiel” (p. 24) y prohibió la destrucción de la Iglesia del Santo Sepulcro. Se trata aquí de uno de las constantes temáticas en la obra de Barce, y que se puede considerar como una  preciosa reminiscencia y herencia de su infancia:    “vivimos en propia carne un ejemplo que no se sustenta en una entelequia sino en una realidad /…/ las fiestas las compartíamos, nos invitábamos (nuestras familias) los unos a los otros a celebrar los Reyes Magos o el Mulud o el Purim, es una experiencia inolvidable que te abre los ojos. Algo de añoranza hay, pero sobre todo testimonio para las nuevas  generaciones que, cuando se lo cuentas, te miran como si fueras un extraterrestre”

Sin lugar a dudas, la construcción positiva de este abanico de personajes se reduce a la figura de El Hach, el abuelo materno de Tami, y con el cual el niño tiene todas las complicidades y cariño del mundo. Luce, al igual que su nieto con sus “ojos azules y mayores” (p. 19) y vive retraído, en paz en su terraza junto a un pequeño aparato de radio que sintoniza a una emisora de Tánger o Radio Nacional de España, “una radio maltrecha y arañada con más años que Matusalén”  (p. 22). Es tan retraído que  “cuando se mete a fondo en la tarea se olvida de que el mundo sigue girando más abajo” (p. 19). Parece ser un ciclo acabado, cuya memoria se ha detenido en Scheherezade, y en  los viajes de Simbad y de Ulises  (Véase p.57). Se entretiene “rompiendo nueces con sus enormes manos encallecidas” (p. 1) y secando un ojo que le lagrimea con un “pañuelo arrugado, siempre con el mismo gesto repetido” (p. 11). El personaje recibe una pensión exigua que sirve para ayudar a su yerno y pagar el colegio de su nieto  que ha matriculado en el colegio español Luis Vives de Larache (véase p. 25 y 28), siendo el idioma castellano una de sus obsesiones. Su cariño por el crío se transforma en sufrimiento ya que cada vez que lo mira y lo ve alejarse por las callejuelas de la ciudad, “se golpea las sienes con los puños y enmudece en cuanto se da cuenta de que no hay faroles que iluminen los pasos de su nieto y de que, en la oscuridad, el niño tendrá miedo y no sabrá cómo regresar” (p. 16 )

Como cualquier ciclo acabado, el personaje tiene una memoria deficiente que sólo retiene trozos inconexos, o relatos que se van enriqueciendo con el tiempo, añadiendo algún que otro detalle a esos relatos. Nostálgico de su pasado, descubre a Jazmín (su mujer), no sin dificultad, detrás de unos cristales de la casa; una imagen surgida del pasado que “ve caminar por la Hípica, orgullosa, con su cuerpo elegante y esbelto, los ojos enmarcados con el negro perfil del khol” (p. 19). Pero “hace ya más de año y medio que es incapaz de recordar los detalles exactos de su mujer, como si Yazmín hubiese de desaparecer también de su memoria” (p. 20).

Tami percibe a su abuelo como “un sabio que no desea ser descubierto y que vive ahí, impostado bajo la apariencia de un modesto mecánico jubilado” (p. 23) y cree que “la memoria del abuelo, al igual que va perdiendo el perfil grabado de su mujer, también ha borrado las aventuras de piratas y de princesas, como si Ulises hubiera llegado ya  a Ítaca y diera el libro por acabado” (p. 116).

En cuanto a Mohamed, su yerno, lo percibe al final de la novela como un ser “rodeado de piezas, casi un espejismo, una especie de escena irreal de un taller en el que se reparasen las almas oxidadas”.

El relato gira entonces en torno a una niñez castrada que sólo salva la desbordante imaginación. De una familia muy humilde, Tami, un niño de casi diez años, a imagen del niño yuntero, crece como una herramienta, a los golpes destinado. Los relatos que su imaginación teje constituirán la única válvula de escape que le permite resistir y erguirse. Desde el principio, luce con su «cuerpo frágil», sus «ojos hambrientos» (p.7) y cansados “que siente como arenosos” (p.11); pero también «despabilado» (p.7) e inteligente, cuyos enormes ojos azules constituyen su mejor herencia familiar ya que los tiene de su abuelo, El Hach. El abuelo atisbará en él “una inteligencia innata superior a la de otros chicos de su edad” y “una memoria precisa que le permite recordar todos los relatos y cuentos que él le deposita generosamente” (p. 27).

El niño arrastra una enfermedad crónica e irreversible que le perfora los bronquios “frágiles como papel de fumar” y los pulmones que “carecen de defensa” (véase pp. 7 y 114) y sufre los malos tratos de un hermano mayor que lo martiriza con su continua violencia. Al ensuciar Tami sus nuevas zapatillas, “Ahmed se había quitado una sandalia incorporándose con rapidez y cogiéndole del cuello con la mano libre /…/ Le hincaba los dedos en el cuello de una manera certera, impidiéndole refugiarse en la casa” y “le zurraba en el trasero con tanta fuerza que el dolor cercenó cualquier grito”  (p.18). A esta violencia se añade la de un padre (Mohammed), “indiferente frente a la enfermedad de su hijo” (p.34), que le inflige “golpes incomprensibles” (p.25) y lanza guantazos que le dejan “marcado los dedos en la mejilla” (p.83). El niño termina sintiéndose “como un mueble viejo al que han arrinconado en una habitación” (p. 116), “ensimismado” y “ajeno al reflujo de la vida cotidiana de su familia” (p.146) y huye a la calle donde se enfrenta con otras violencias: la de Amin, el hijo del carnicero que procura robarle su camiseta del Barça con el nombre de Xavi (P.13); la del mejazni Larbi, denominado el James Bond (véase pp. 42 y 44).

 

En fin, y sobre todo la del francés Pierre (…)  “Los brazos de Pierre se hacen férreos, igual que lianas que lo amarraran contra sus piernas” y sus manos “se agigantan y lo zarandean como un muñeco, hasta tirarlo al suelo” (p.157). Pierre termina dándole una bofetada “tan seca que Tami se queda paralizado y es incapaz de articular palabra” (p.159). Aterrorizado y abatido, el niño se rinde, se deja llevar y procura encontrar cobijo en su imaginación:

“Entonces el niño da un grito, agita la cabeza de un lado a otro y empieza a dar patadas al aire y puñetazos con sus pequeñas manos cerradas, sin abrir los ojos. Blande su espada de acero de Damasco y la hiende en el corazón de Pierre, en medio de una cruenta batalla al asalto de la fortaleza de Kerak. El conde francés, capitán de los cruzados, yace a sus pies, agonizante” (p. 159)

Frente a todas las vicisitudes de la vida larachense, Tami explota entonces su fantasía “como un espacio alentador, aunque sólo provisional” (p. 34) que le permite tanto escapar a las paredes del hogar que lo encarcelan como a la jungla que ofrece el mundo exterior. Lo todo es marcharse a Tierra Santa a luchar en las cruzadas o quedarse en el puerto de Larache “cuando aún no es más que un refugio para los piratas que atacan las naves del Papa y de la Corona de España…” (p. 34). Tami vive estos sueños como si los hubiera vivido realmente, pero otras veces parece apenas recuperar algún fragmento inconexo que nada le dice. “Suele comenzar sus aventuras  – afirma el narrador- cerrando los ojos y viajando por los cielos hasta otro tiempo, hasta otro país, y se desliza en una historia que ya conoce o que su abuelo se ha encargado de recuperar de su repertorio inagotable” (p. 36). Así, “A medida que su propia fantasía se encarga de adornar aún más los hechos, convirtiéndose a sí mismo en protagonista, las imágenes se van haciendo más y más desconcertantes” (p. 36).

Frente al acto violento de Amin, que le quiere robar su camiseta del Barça, Tami se imagina saliendo del “centro del campo, bajo los focos del Camp Nou, y que el estadio corea su nombre” (p. 13). Y en otras circunstancias, pensará que el halcón, Horr (…..) fue quien “lo protegió cuando Amin quiso robarle su camiseta del barça” (p. 82).  En el embarcadero de la ciudad, “se imaginaba en realidad en una galera o en uno de los bajeles de Barbarroja, con una gumía al cinto y el brazo tatuado, subido a popa, contra el viento” (p. 15)

Atento a los cuentos de su abuelo, Tami, como uno de los lugartenientes de Saladino: “alza los brazos, grita/…/ salta, finge portar un sable que esgrime contra los enemigos invisibles que lo rodean, avanza y, con la mano, sin darse cuenta, golpea fortuitamente las otras lámparas que El Hach había dejado en la esquina de la mesa” (pp24-25).  Liberando a un cigarrón: “No duda un instante en pensar que esos soldados alados han venido hasta la casa con intención de rescatar a su rey…” (p. 30)

Con las continuas crisis que sufre, se siente ahogado hasta casi perder el sentido. De ahí el delirio suyo que nace del sufrimiento y del cual le salva la presencia de Aladino: “Pero, de pronto, baja la colina hasta detenerse justo a la puerta de la Iglesia /…/ se gira, bajo su armadura negra con ribetes de plata, y sus dos acompañantes lo imitan. Clava los pies en la tierra y, muy lentamente, mientras un grupo de soldados con aspecto fiero se acercan a su posición dispuestos a pasar por encima de ellos tres, desenvaina su sable y lo levanta, la punta desafiando a ese escuadrón descontrolado” (pp. 30-31).

   En su delirio y fiebre, se pasa horas asomado a la ventana, viendo  “una caravana de camellos silueteada sobre las dunas, camino de Tombuctú, con cientos de libros que hablan del Profeta y que van a ser entregados a los famosos escribas de la ciudad sagrada”  (p. 33).   En el Mercado Central de Larache, será poseído por un sueño nazarí y entreverá el mercado como “un pedazo perdido de los antiguos palacios omeyas” (p. 40).

 

Frente a la violencia del padre que asimila al mítico Polifemo, “Tami sólo ve, delante de sí, la expresión enfebrecida de su padre, con su cuerpo deforme y gigantesco buscándolo con saña por las galerías angostas de la caverna mientras grita su nombre: ¡Ulises! ¡Ulises!” (p. 48). El paso por el Castillo al-Nasr: lo lleva a referirse a Moulay al Mansour  Addahbi. Entonces “Levanta su sable y dedica la victoria al sultán M¨láy al-Mansur al-Dahabi, que levantó esa fortaleza, el Castillo al-Nasr” (p. 95). 

En compañía del halcón al Horr, como arma contra la barbarie humana: “Tami había pergeñado la imagen de su halcón como la de un animal excepcional, inmunizado contra la barbarie, un ser inteligente y decente /…/ seguía siendo para él un símbolo de pureza, la perfección suprema”  (p. 147).

Pero sin lugar a dudas, el encuentro con el francés constituye la experiencia más traumática que sólo la inocente imaginación del niño logra subsanar. Bajo este infame personaje, el niño cierra los ojos para ir a un viaje sin retorno: “lo esencial de la travesía es no regresar” (p. 160).

“Tami, ausente ya a cuanto le rodea, ni siquiera escucha la tormenta desatada fuera, sólo nota la sensación incontrolable de que se marea, de que le falta oxígeno, y de pronto otea tras las colinas a las tropas de Ricardo Corazón de León que se ha posicionado frente a las murallas de la ciudad. Junto a los otros soldados, dispuestos a defender Acre con sus vidas, Tami aguarda las últimas órdenes de Salah-al-Din” (p. 160)

 Salwa, sin embargo, que constituye su experiencia iniciática, tiene otra connotación y le invita a dejar suelta a su imaginación. Oír su nombre “le ha hecho recordar su desembarco con Barbarroja, su rescate de la Princesa de Argel” (p. 66), y al verla desnuda “se le cruza la idea de que todo es un sueño y de que, de un momento a otro, va a despertar en la isla, junto a los otros piratas, escoltando a la Princesa hasta su bajel para llevarla de regreso a Argel, donde ella se reencontrará con su familia” (p. 69). Se refiere aquí a “la princesa que él ha rescatado de las garras del Gobernador portugués” (p. 73).

A modo de conclusión, terminamos con estas palabras de Sergio Barce que hacen del recuerdo algo inmaterial y eterno. Gracias a él, se pueden construir puentes, exorcizar realidades, poetizar mundos, rescatar vivencias: “Los recuerdos, claro. Es lo único inmaterial. Hay tantos recuerdos que es imposible condensarlos: desde Mina, la mujer que cocinaba en casa y me llevaba al zoco con ella, a la que he dedicado varios relatos, hasta los amigos de la infancia que he ido rescatando con los años (Luis, Lotfi, Jose Maria, Gabriela, Emilio, Abderrahman, Fátima, Amina, Marina…) eso es un tesoro, los recuerdos de la playa, de mis correrías por la Medina, del Casino, del Balcón del Atlántico a donde nos íbamos cada atardecer, los partidos de fútbol en la playa cuando bajaba la marea, aquella mujer a la que le vi los pechos -los primeros que veía en mi vida, que se han quedado grabados en mi memoria-, cruzar el río en barca, los cines, allí aprendí a amar el cine, inflarnos de comer churros en la plaza de España, mis días de monaguillo en la Iglesia (éramos muy traviesos y hacíamos muchas diabluras), ya ves, en un momento han comenzado a regresar un montón de recuerdos.”

Como dijo el poeta: “Podrá no haber poetas; pero siempre / Habrá poesía”

Abdellatif Limami


[1]  Sergio Barce ; Una sirena se ahogó en Larache; Editorial Círculo Rojo – colección Novela; 1ª ed. abril de 2011; Sevilla; España. Subrayamos también que los testimonios de Sergio Barce que figuran en este trabajo corresponden a respuestas suyas a preguntas que le hemos formulado por internet (mayo de 2011)

           

Etiquetado , , , ,