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TÁNGER DE NUEVO, DE LA MANO DE FERNANDO CASTILLO Y DOMINGO MOLINA

Hace cuatro años escribí una reseña sobre uno de los mejores libros dedicados a Tánger: Un cierto Tánger, escrito por Fernando Castillo. Para quienes deseen leerla, aquí tenéis el enlace: 

https://sergiobarce.blog/2020/06/30/un-cierto-tanger-un-libro-de-fernando-castillo/

Editorial Renacimiento acaba de publicar un pequeño lidro escrito por el mismo autor, Fernando Castillo, titulado Explorador de bulevares. Y, claro, pensé, si hay un bulevar no podrá faltar el buvelar Pasteur, y compré el libro. Una edición preciosa para la colección El Clavo Ardiendo. Y, en efecto, ahí está Tánger y el bulevar Pasteur. (En realidad, Fernando ya me lo había anunciado).

Es un libro que habla tanto de las ciudades que le fascinan a Fernando Castillo como de esas mismas ciudades que, vistas desde el paso de la Historia y desde la propia imaginación del autor y de las leyendas o de la mistificación que las rodean, se crean en el imaginario colectivo a fuerza de sueños y quimeras. Y así nos lleva a Shangai, al París ocupado, a Lvov, a Toledo, a Estambul, a Vilna, a Berlín, a Alejandría, a Tánger… Un recorrido sin desperdicio que se compacta en pequeños capítulos, casi escritos a vuelo pluma, remitiéndonos a obras inmortales de la literartura o del cine (El tercer hombre y Viena o Durrell y Alejandría, por ejemplo) y a historias en blanco y negro o en un claroscuro tenebroso.

En el capítulo dedicado a Tánger en Explorador de bulevares, Fernando Castillo escribe una de las mejores frases que he leído dedicada a la ciudad y que abre precisamente es capítulo: «Tánger, ciudad con nombre de hotel destartalado…» Magnífica descripción.

Ya digo que este librito es una auténtica delicia.

También acabo de leer otro título dedicado a Tánger, aunque en esta ocasión es un libro centrado en su totalidad en la ciudad marroquí: Cuadernos tangerinos, de Domingo Molina Laguía, que ha publicado Colibrí de Poesía. Esta obra tiene un subtítulo: «Poemas y prosa poética«, porque Domingo Molina hace un recorrido por Tánger desde el verso y desde la prosa, alternando de esta manera ensueños, experiencias y fantasía. Reproduczo uno de los pequeños relatos poéticos que forman parte de este libro, titulado Iberia:

«Una conversación a su izquierda en español, a su derecha en árabe, a su espalda en francés. Frente a él el Instituto Español «Severo Ochoa», el Instituto «Cervantes» y el Consulado de España. Cogollo español junto a la «Grand mosqué». No se duerme y no es por el calor. De aquí a las discotecas que abren a la una y se ambientan después de las dos.

Los amigos se saludan y se acuerdan las compañías de la noche. En este bazar, que no cierra, todo se ofrece y se vende. La <virtud> de las doncellas, el hachís adulterado. Se saludan con dos besos en la mejilla y se miran sin pudor y con descaro. Se ocultan tras el velo y las gafas de sol, la chilaba y el carmín. Se ofrecen recatadas y risueñas, perfumadas, a destajo o por horas, o por VISA, o papeles, o contrato, o por nada, casi nunca.

Los cachorros tangerinos se presentan a caballo o en modernas carrozas derrapando, llamando la atención. El insomnio no los vence, se retiran agotados. Desayunan a las doce, al mediodía, en sus casas, en las playas, en sus cafés favoritos.

Es la una treinta, pocas chicas van quedando. Comienza la procesión de los cláxones de la fiesta de las bodas en las calles; que se escuchen, que se vea que se han casado en verano y lo están celebrando con esta procesión de coches e invitados; no hay descanso.

Así contempla la noche este turista de prestado.

Vol.2. Tangerinos 18. Tánger, Plaza Koweit, Café <Bristol>, barrio español. 14/08/2008. 01 h.»      

                         

 

 

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RIPLEY EN TÁNGER

«…

-Cincuenta dirhams a la ciudad, ¿de acuerdo? -le dijo Tom en francés al taxista que abrió su portezuela-. Hotel Minzah. -Tom sabía que no había taxímetros. 

-Suba -fue la brusca réplica en francés.

Tom y el conductor cargaron las maletas.

Luego salieron como en un cohete, pensó Tom, pero la sensación no se debía a la velocidad sino a los baches del camino y al viento que entraba por las ventanillas abiertas. Heloise se agarraba al asiento y a un asidero de cuero. El polvo entraba por la ventana del conductor. Pero, al fin, el camino mejoró, y se dirigieron al racimo de casas blancas que Tom había visto desde el avión.

Había casas a ambos lados, edificios de un ladrillo rojo que parecía sin cocer, de cinco o seis pisos de altura. Giraron por una calle principal, por cuyas aceras circulaban hombres y mujeres con sandalias. Había un par de cafés con terraza, y niñitos temerarios que cruzaban la calle a todo correr, obligando a los conductores a frenar bruscamente. Aquello era sin duda el centro de la ciudad, polvoriento, grisáceo, lleno de tenderos y vagabundos. El conductor se puso a la izquierda y paró unos metros más allá.

Hotel El Minzah. Tom salió y pagó, añadiendo diez dirhams más. Un botones vestido de rojo salió del hotel para ayudarles.

Tom rellenó la ficha de registro en aquel formal vestíbulo de altos techos. Por lo menos parecía limpio. Entre sus colores predominaban el rojo y el granate, aunque las paredes eran de un tono blanco crema.

Minutos después, Tom y Heloise estaban en su <suite>, un término que a Tom siempre le parecía lúdico y elegante. Heloise se lavó las manos y la cara de un modo rápido y eficiente, y empezó a deshacer el equipaje, mientras Tom obervaba el panorama por la ventana. Estaban en el cuarto piso, contando según el sistema europeo. Tom miró el panorama de edificios blancos y grisáceos, de no más de seis pisos, un desorden de ropa tendida, algunas banderas andrajosas e inidentificables colgando de sus postes en los tejados, montones de antenas de televisión y más ropa tendida sobre las azoteas. Abajo, visible desde otra ventana de la habitación, la clase adinerada, en la que él podía incluirse, se bronceaba, dispersa por el jardín del hotel. El sol había desaparecido del área que rodeaba la piscina del Minzah. Más allá de las figuras horizontales en bikini y bañador, había una hilera de mesitas y sillas blancas, y aún más allá, agradables y bien cuidadas palmeras, arbustos y buganvillas en flor.

A la altura de las piernas de Tom, un aparato de aire acondicionado irradiaba aire fresco, y él tendió las manos, dejando que el frío le entrase por las mangas. 

Chéri! -Un grito de suave desesperación de Heloise. Luego una leve carcajada-. L´eau est coupée! Tout d´un coup! –continuó-. Como dijo Noëlle. ¿Te acuerdas?

-Durante cuatro horas al día, ¿no dijo eso? -Tom sonrió-. ¿Y el retrete? ¿Y el baño? -Tom entró en el lavabo-. ¿No dijo Noëlle…? ¡Sí, mira esto! ¡Un cubo de agua limpia para lavarse!

Tom se lavó las manos y la cara con el agua fría y, entre los dos, acabaron de deshacer todo el equipaje. Luego salieron a dar una vuelta.

Tomo hizo tintinear las exóticas monedas en el bolsillo derecho del pantalón, y se preguntó qué sería lo primero que pagaría con ellas. ¿Un café? ¿Postales? Estaban en la Place de France, una plaza en la que desembocaban cinco calles, incluyendo la rue de la Liberté, donde estaba su hotel. 

-¡Mira! -dijo Heloise, señalando un bolso de piel repujada. Pendía en el exterior de una tienda junto con chales y cuencos de cobre de dudosa utilidad-. Es bonito, ¿no, Tome? Original.

-Humm… Es mejor mirar primero otras tiendas, ¿no, querida? Vamos a dar una vuelta-. Ya eran casi las siete de la tarde y una pareja de tenderos empezaba a cerrar, observó Tom. De pronto le cogió la mano a Heloise-. ¿A que es fantástico? ¡Un país desconocido!

Ella sonrió. Tom vio curiosas líneas oscuras en sus ojos color lavanda, surgían de sus pupilas como radios de una rueda; una imagen muy dura para algo tan hermoso como los ojos de Heloise.

-Te quiero -le dijo Tom.

Avanzaron por el boulevard Pasteur, una amplia calle con una ligera pendiente hacia abajo. Había más tiendas, y toda la mercancía estaba muy apretujada. Niñas y mujeres arrastraban largas faldas, los pies calzados con sandalias, mientras los niños y los jóvenes parecían preferir los vaqueros, las zapatillas deportivas y las camisas de verano.

-¿Te gustaría tomar un té helado, cariño? ¿O un kir? Seguro que aquí hacen muy bien el kir.

Luego volvieron hacia el hotel y en la Place de France, siguiendo el esquemático mapa del folleto de Tom, encontraron el Café de París. Una larga y ruidosa hilera de mesas redondas y sillas se extendía a lo largo de la acera. Tom ocupó la última mesa que quedaba, y cogió una segunda silla de una mesa cercana.

(…) 

-¿Qué haremos mañana? ¿El Museo Forbes, los soldaditos de plomo? ¡Está en la Kasba! Y luego el Zoco.

-¡Sí! -dijo Heloise, con la cara súbitamente iluminada-. ¡La Kasba! Y luego el Zoco.

Ella se refería al Gran Zoco, el gran mercado. Comprarían cosas, regatearían, discutirían los precios. A Tom no le gustaba regatear, pero sabía que tenía que hacerlo para no parecer idiota y pagar el precio de los idiotas.

Camino del hotel, Tom no se molestó en regatear por unos higos verde pálido y otros más oscuros que tenían un magnífico aspecto, además de unos hermosos racimos de uvas verdes y un par de naranjas. Se lo llevó en las dos bolsas de plástico que le había dado el vendedor.

-Quedarán muy bien en nuestra habitación -dijo-. Y también le daremos a Noëlle.

Descubrió, para su placer, que volvían a tener agua. Heloise se duchó, seguida de Tom, y luego se tumbaron en pijama en la inmensa cama, disfrutando de la frescura del aire acondicionado.

-Hay televisión -dijo Heloise.

Tom ya la había visto. Se acercó e intentó encenderla.

-Es solo por curiosidad -le dijo a Heloise.   

No funcionaba. Examinó el enchufe, parecía estar bien conectada, en la misma red que la lámpara de pie.

-Mañana -murmuró Tom, resignado, sin importarle mucho- le diré a alguien que la arregle.

A la mañana siguiente visitaron el Gran Zoco que había ante la Kasba…»

Estos párrafos pertenecen a la novela Ripley en peligro (Ripley under water), de Patricia Highsmith, con traducción del inglés de Isabel Núñez, para Anagrama.

Aunque la mayor parte de la trama transcurre en Francia, hay una parte curiosa, no muy extensa, que se desarrolla en Tánger, pero, como se puede leer, resulta curioso cómo Highsmith describe la ciudad que, como es evidente, no conocía en profundidad, porque es llamativo el hecho de que sus personajes salgan del Hotel Minzah, lleguen a la Place de France y bajen por el boulevard Pasteur y luego, cuando regresan, «descubran» el Café de París gracias al mapa del folleto que lleva Tom Ripley, cuando ya han pasado antes por la puerta del local. En fin, sólo es un apunte anecdótico.

También me han llamado la atención algunas descripciones o frases relativas a Tánger, a Marruecos o a su población. Por ejemplo, cuando la autora describe el centro de Tánger como un lugar «polvoriento, grisáceo, lleno de tenderos y vagabundos…». Describir a la ciudad que posee la luz y el azul más radiantes como una ciudad grisácea…

En el recorrido por las calles de Tánger que efectúan sus personajes nos conduce hasta el Café Hafa (que a Tom Ripley no le gusta), el hotel Rembrandt, el Hotel Ville de France, el Nautilus Plage, el The Pub… 

Dejando a un lado Tánger, he de decir que es otra excelente novela de Patricia Highsmith con Tom Ripley de protagonista, un psicópata asesino elegante y contradictorio, uno de esos personajes inolvidables que se quedan grabados a la memoria.

Recomiendo con fervor la adaptación en serie de televisión que se ha estrenado no hace muchos meses y que es una de las mejores que he visto últimamente. Me refiero a Ripley, bajo la dirección de Steven Zaillian, en un blanco y negro hermosísimo y fascinante, y donde el actor Andrew Scott recrea al mejor Tom Ripley que he visto en cine. Sin embargo, no hay que olvidar a otros excelentes actores, muy dispares entre sí, que también han encarnado a Ripley con anterioridad, como Alain Delon en la obra maestra A pleno sol (Plein soleil, 1960) de René Clément; el inolvidable Dennis Hopper en El amigo americano (Der amerikanische freund, 1977) de Wim Wenders; el entonces jovencísimo Matt Damon, en uno de sus mejores trabajos, en la también magnífica El talento de Mr. Ripley (The talented Mr.Ripley, 1999) de Anthony Minghella o el gran John Malkovich en la fallida El juego de Ripley (Ripley´s game, 2002) de Liliana Cavani, quizá la peor de estas adaptaciones. Hay algunas otras cintas, que no he visto, como Ripley under ground (2005) con Barry Pepper como Tom Ripley, dirigido por Roger Spottiswoode. Pero, como digo, la serie Ripley es la que con mayor profundidad refleja al personaje creado por Patricia Highsmith.

Sergio Barce, 20 de julio de 2024

   

              

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«ARENA EN LOS OJOS», UN LIBRO DE LAURA CASIELLES

Coincidí con Laura Casielles en la Feria del Libro de Madrid de este año 2024 en la caseta de Librería Balqís. Firmábamos ejemplares de nuestros libros Gonzalo Fernández Parrilla, Laura y yo. Ella lo hacía con su obra Arena en los ojos: Memoria y silencio de la colonización española de Marruecos y el Sáhara Occidental, editado por Libros del K.O.

El caso es que la cara de Laura me sonaba de algo y, en algún instante, ella me preguntó si me acordaba de ella. Le confesé que no. Entonces me recordó que allá, por el 2005 ó 2006, más o menos, me hizo una entrevista en Larache para la agencia Efe. ¡En el café Lixus!, exclamé al recordar aquel momento. Habían transcurrido veinte años. (He recuperado la foto de entonces y es la que acompaña a este post)

Al acabar la jornada, muy intensa, nos dedicamos nuestros libros. Acabo de terminar de leer el suyo. Pero, mientras lo leía, no me pude resistir a enviarle un WhatsApp para confesarle que me estaba encantando, que es un libro magnífico. Y ahora que llego a la última página, ratifico lo que le adelanté a Laura: Arena en los ojos es una obra extraordinaria. No sólo por su firme y trabajada narrativa sino por una labor de investigación y estudio profunda y concienzuda.

En Arena en los ojos Laura Casielles nos conduce como una guía atemporal. Con la excusa de sus viajes a Tánger, a Tetuán, a Larache, a Chauen, a Alhucemas, a Axdir, a Sidi Ifni, a Tarfaya, a Esmara, a El Aaiún y hasta Tinduf… Desde el presente, desde esas visitas que efectúa por estas ciudades y por otras zonas del Marruecos que formaron parte del protectorado español, analiza con agudeza lo que fue la presencia de España en estas tierras, con especial atención a los años del protectorado. De su mano, se destapa todo lo que había de podrido en esas actuaciones colonizadoras que se enfundaban en palabras retóricas o giros legales (protectorado, provincia, territorio…). Nos desbroza lo que fue el inicio titubeante del protectorado español y lo que significó Annual o la República del Rif o personajes como Silvestre, Raisuni, Abdelkrim, Franco o Hassán II.

Basta como botón de muestra estos últimos párrafos del capítulo en el que analiza lo que es el auténtico significado de africanismo:

“…la idea de Alándalus será central en el desarrollo del andalucismo, cuya defensa del esplendor de ese pasado de mestizaje es además un contrapunto de la filiación más europea y más homogénea sobre la que se construye el catalanismo. En El ideal andaluz, el libro fundacional que Blas Infante publica en 1915, ya aparece una identificación entre Alándalus, Andalucía y Marruecos que dura hasta nuestros días.

Pero en el cómo, la historia es triste: los franquistas asesinaron a Blas Infante en los primeros meses de la guerra. Y luego, se apropiaron de sus ideas. La deliberada confusión entre lo andaluz, lo andalusí y hasta lo marroquí iba a ser uno de los puntales del colonialismo español.

Fíjate: ¿cuántas veces, cuando escuchas hablar de Marruecos en un medio de comunicación o un discurso político en España, se hace referencia a la idea de que son países hermanos? Es una retórica que viene desde entonces. La idea de hermandad hispano-árabe se empieza a usar después de la conquista de Tetuán, esa guerra que se pinta como reencuentro. Sirve para hacer imaginar fácilmente la idea de parentesco que se usa como legitimación: España es el hermano mayor que va a ayudar al pequeño a que crezca por la debida senda. Y, a base de repetirse mil veces, hace olvidar que la supuesta ayuda está siendo a palos.

Y que de los palos están sacando rédito algunos.

Las guerras de Marruecos, es sabido, propiciaron el ascenso de una parte del Ejército -la de personajes como Franco, Mola y Sanjurjo- que aspiraba a extender el <espacio vital> de España basándose en ese tipo de teorías. Es con ellos con los que el africanismo adquiere su componente militar. En tanto militarista, el eje de esta corriente sería una moral que, en palabras del franquista Emilio Mola, <tiene por finalidad el engrandecimiento de la Patria por un sistema simple: la guerra>. De ahí su recurrente aparición en cada momento en que era posible diagnosticarle a España una decadencia directamente vinculada a no estar resolviendo las cosas por la vía bélica. En lo teórico, el discurso de estos militares no tenía un gran desarrollo, y tampoco capacidad de alcanzar a amplias capas de la población. Pero, desde 1939, se fusiona con la retórica de la Falange, presentándose como base ideológica tradicional del pensamiento derechista. De la mano de Millán-Astray, otro africanista, llegará también el trenzado con las ideas fascistas.

Para esos militares, las guerras de Marruecos habían sido una escuela. Y lo que habían aprendido en ella era a tener el odio al otro por bandera y a no dejar enemigo vivo. Habían aprendido resentimiento y venganza. Y que matar y traicionar granjeaba medallas y puestos. Habían aprendido a poner el <por cojones> sobre la mesa. Una de mis anécdotas africanistas favoritas es la cuando Primo de Rivera, que coqueteaba con la idea de abandonar Marruecos, visitó el campamento de Ben Tieb, en el Rif, al frente del cual estaba Franco. Allí se encontró con que le ofrecían una comida basada en huevos, para dejarle claro qué es lo que consideraban que no tenía: me fascina imaginar cómo pasaban por esa mesa huevos cocidos, huevos fritos, tortillas, entre miradas de legionario desprecio. Habían aprendido a ser quienes eran en un entorno marcado por una masculinidad a la vez violenta y ambigua que despreciaba todo lo que fuera distinto de sí misma.

Y, mientras, se habían montado un tinglado bien sólido: puestos militares y civiles, una tropa a sueldo que no conocía más jefes que ellos, y toda la tranquilidad para conspirar lejos del control del Gobierno de Madrid y bajo jurisdicción fundamentalmente militar.

<Mis años en África viven en mí con indecible fuerza. Allí nació la posibilidad del rescate de la España grande. Allí se fundó el ideal que hoy nos redime>, diría Franco en 1938. Cuentan los cronistas incluso que su mujer solía bromear con que el principal defecto del dictador era <su amor por África>. Cierto o no, en esa anécdota se resume buena parte del vínculo que unió al franquismo con el protectorado marroquí; una relación de guerra, bajo un discurso de amor.

De eso, aunque con todo el -complejo y contradictorio- pasado a cuestas, es de lo que hablamos cuando hablamos de africanismo.”

Sé que este libro levantará ampollas en algunos sectores casposos, pero está tan excelentemente enhebrado, tan bien escrito, expone ideas tan claras y contundentes que es difícil la réplica. Me gusta su punto de vista por valiente y por arriesgado, pero también por sincero y revelador.

Hay mucho material en estas páginas para disfrutar de lo que nos cuenta: cómo mirar a ese pasado con ojo crítico y con la sinceridad como bandera. Es fascinante la manera como Laura Casielles describe cada una de las ciudades por las que pasa o reside por un tiempo, cómo encuentra esos detalles que le hacen reflexionar sobre ese pasado en el que escarba. Atrapa esa manera suya de darle la vuelta al calcetín de la historia para mostrar los descosidos.

La guerra de Tetuán, el desastre de Annual, el rebelde Rif, la guerra civil y la represión en el protectorado, el Tánger internacional, el Tetuán feliz, la posguerra, los negocios y la corrupción, los cementerios, los olvidados soldados que sirvieron a Franco, los escritores marroquíes en lengua española, la llegada de la independencia, la guerra de Ifini, la política educativa, el Sáhara y la mujer saharaui, las fidelidades y las traiciones, las componendas, los falsos discursos… Y los detalles que la autora describe con arete minimalista de lo que sucede ahora en las calles de Marruecos. Ella se fija en mil pequeñas cosas.

Algunos capítulos los he subrayado casi por completo. Con Laura he repasado toda nuestra historia en Marruecos y la de Marruecos en esos años y he aprendido más a través de su mirada; y, a veces, leyéndola, he llegado a pensar que, quienes somos de allí, tal vez hemos idealizado algunas cosas y que quizá hemos querido engañarnos inconscientemente para no sentirnos extranjeros y extraños.

Creo que Arena en los ojos es de esos libros que, como ocurre con Al sur de Tánger, de González Parrilla, o con Un cierto Tánger, de Fernando Castillo, por nombrar un par más, nos sirven para profundizar y descubrir lo que no hemos sabido ver con nitidez o no hemos hallado nosotros.

Arena en los ojos ya ha pasado a formar parte de mis libros imprescindibles sobre Marruecos. Y lo será para muchos otros, incha alláh, porque lo merece.

Sergio Barce, 29 de junio de 2024

     

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Laura Casielles y Sergio Barce en el Café Lixus – Larache
Laura Casielles y Sergio Barce – Feria del Libro de Madrid 2024
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«SANTA MARÍA DEL CIRCO», UNA NOVELA DE DAVID TOSCANA

“Aunque Balo salía disparado de su cañón gracias a un resorte, simultáneamente se hacía tronar una pequeña carga de pólvora. El ritual de encender la mecha, así como la explosión, el flamazo y el posterior olor a quemado le daban al espectáculo una mayor dosis de realismo. Su acto siempre iba antes de los trapecistas, pues se aprovechaba para ambos el tendido de la red; además, Balo debía preceder a los Cabriolé porque el espectáculo iba in crescendo, y un hombre disparado diez metros era poca cosa frente a tres hermanos dando mil piruetas por los aires. En un principio, Balo sólo se metía en su cañón, se detonaba la carga, volaba hacia la red y sanseacabó; pero don Alejo le reclamó que le pagaba demasiado como para entretener al público apenas diez segundos. Le habló de mademoiselle Zazel, una hermosa mujer lanzada desde un cañón de madera a una altura de doce metros, <y no caía sin riesgo en una red; no, señor, en lo más alto de su trayectoria era tomada por un trapecista>. Para Balo no había punto de comparación si era lanzada de un artefacto de madera, podía equipararse a un dardo o a una flecha, pero jamás a una bala. Don Alejo hizo hincapié en que el asunto no era cómo llamar el proyectil, sino que aquella mujer le estaba dando una lección de agallas. Balo aceptó rediseñar su acto, e involucró tanto a la Orquesta Festival como al anunciador. El percusionista se la pasaba con el sonsonete de tambor que en el ámbito circense indica el advenimiento de algo peligroso, en el ambiente procesal acompaña a un hombre al cadalso, y en cualquier situación termina con un golpe de bombo y platillo. En medio de la pista y entre cada tamborileo, Balo se despedía de algunos compañeros para insinuar al público su probable muerte; luego inclinaba el cañón mediante unas poleas, y hacia afuera rodaban tres balas con un diámetro muy inferior al del cañón. Hércules las recogía y realizaba un par de malabares torpes con ellas. Balo accionaba de nuevo las poleas para apuntar el cañón en un ángulo justo de sesenta grados. Subía una escalera y metía medio cuerpo. Su traje rojo de vivos naranjas era lo más vistoso del circo. El anunciador hablaba sobre los cientos de hombres que en la historia del circo habían muerto por intentar ese temerario acto y que, toda proporción guardada, en épocas remotas había sido una de las tácticas de guerra más importantes, pues para entrar en ciudades amuralladas, los guerreros visigodos eran arrojados con catapultas. <Jamás hubo hombres más valerosos que aquellos visigodos, y ahora sólo en Balo encuentran un igual.> Tomaba una antorcha de mango largo, él mismo encendía la mecha y se persignaba antes de desaparecer en la boca del obús. La mecha antigua tardaba entre cinco y diez segundos en consumirse; la nueva, tardaba cerca del minuto; en unos prolongaba la tensión, en otros provocaba impaciencia. Entonces la Orquesta Festival tocaba los acordes finales de la Obertura 1812, y el hombre bala, en medio de un tronido, una humareda y la total expectación del público, salía disparado hacia la red. Don Alejo se sintió más satisfecho con el acto, pues ya entretenían a la gente alrededor de cinco minutos; no obstante, siempre insistió en que hacía falta de veras arriesgar la vida y le sugirió a Balo prenderse fuego en la ropa o acomodar unas picas envenenadas bajo la parábola entre el cañón y la red. Balo no se atrevió a ni a una ni a otra cosa…” 

Este párrafo pertenece a la novela Santa María del Circo, del escritor mexicano David Toscana. Con una prosa elegante, muy bien trenzada y un gran sentido del humor que preña toda la historia, nos relata la curiosa y estrafalaria historia de unos artistas de circo condenados por las circunstancias a vagar por páramos desolados hasta encontrar un pueblo fantasma donde deciden rehacer sus vidas.

Los personajes son fantásticos: Hércules, don Alejo, Balo, Mágala, Natanael, Narcisa, Barbarela, Mandrake, Fléxor… Incluso lo son sus nombres. Hilarante el día en el que deciden sortear las labores que desempeñará cada uno de ellos en el pueblo que han tomado casa por casa.

Se pasa bien leyendo a David Toscana. Y en esta historia, con ecos de Rulfo y de la novela mágica, también hay una aguda reflexión sobre la condición humana, sus miserias, sus pequeñas desilusiones y sus ingratas frustraciones. Me ha gustado mucho esta novela que me ha llevado a tierras inhóspitas para hacerme reír con las penurias de unos desgraciados sin futuro. Humor negro de la mano de buena literatura.

“…Prefiero las bibliotecas con libros de madera. Lucen más bonitos, son más fáciles de sacudir, en caso de incendio no se prenden tan rápido y, lo mejor de todo, no tienen páginas. Además poseen un mayor valor de reventa…”

Esto afirma uno de los personajes, una sentencia de lo más sarcástica saliendo de la pluma de un escritor. Pero así es Santa María del Circo, de David Toscana, publicada por Editorial Candaya, una novela a contracorriente, irreverente y original.

Sergio Barce, 23 de junio de 2024  

      

  

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«MAQUIS», UNA NOVELA DE ALFONS CERVERA

   Nuestra memoria, siempre cercenada, siempre manipulada, como si fuésemos un país atascado en la infancia o en la incipiente pubertad, un país al que ha de domesticarse o, al menos, guiar para que no descarrile. Eso es lo que siento que somos al leer Maquis, la novela de Alfons Cervera. Y también siento algo de vergüenza. Porque he tardado veinticinco años en descubrir esta magnífica obra, a este excelente narrador, al que admiran en Europa; y porque con su libro saca los colores a nuestra falsa “modélica” transición, que nos ocultó demasiadas cosas y que disfrazó otras muchas. Leyendo Maquis te das cuenta de qué país podríamos haber creado si se le hubiera echado más arrojo al inicio de nuestra democracia, si se hubiera reconocido esa otra historia que se nos ha ido silenciando o dejado de lado para no molestar demasiado. 

Esta historia de maquis y de mujeres solas y de miedo, de mucho miedo, retrata a la España de la posguerra mejor que cualquier manual al uso. 

“…Era un domingo de otoño a lo mejor porque en la memoria de Sebastián Fombuena, cuando han pasado tantos años desde entonces, sólo hay el silencio de un tiempo dormido desde el amanecer hasta la noche y la paliza que le pegaron en el cuartel porque le habían encontrado trabajando en la huerta una fiesta de guardar. A su hijo le dejaron a la puerta, asustado, mirando a otros niños que se burlaban de un perro sarnoso tendido sobre un charco, y a él le metieron en el puesto de guardia y le golpearon con una cuerda en la espalda y en las piernas. Cuando se estaba poniendo la camisa y los pantalones, el guarda Teodoro Puertas Zunzunegui le preguntó si sabía dónde andaban los de Ojos Azules y Sebastián le contestó que no sabía quién era Ojos Azules ni nadie, que él sólo sabía trabajar sus huertas y cazar jabalíes por las trochas del Campillo. El guardia Zunzunegui le cogió la cara y se la levantó por la barbilla y le dijo que como lo volviera a pillar trabajando un domingo o fiesta de guardar lo iba a partir en dos pedazos. 

-Y tampoco sabrás quién es Dios y que los domingos se trabaja sólo en la iglesia o en ningún sitio. 

-A mí Dios no me conoce, o sea que estamos empatados, ¿no le parece? 

y fue entonces cuando el guardia Zunzunegui le señaló el estómago con el machete y lo amenazó con que le quedaba una semana de vida como siguiera con su tozudería y que él mismo le clavaría la hoja mellada hasta el mango 

-Te voy a dejar inútil, Sebastián Fombuena, y Franco me dará una medalla por mi hazaña 

El hombre se acabó de poner la ropa y miró despacio al guardia civil, de arriba abajo, y luego a los retratos de Franco y José Antonio que colgaban en la pared del puesto de guardia, a los lados del crucifijo de madera oscura 

-Con Franco también estoy empatado, señor Zunzunegui, no nos conocemos de nada 

y entonces le hizo sangre con el cuchillo en un brazo y le soltó un revés que le puso la nariz a sangrar una sangre negra como las babas que los caracoles dejaban en las plantas de espinacas…” 

Y es que se ha ido tapando una parte de nuestra historia con capas de olvido y de desinterés y de desmemoria y de blanqueo de la dictadura. Pero Alfons Cervera me hace volver a pensar y a escarbar en la memoria de mi familia y de mis allegados y de nuestro pasado y me avergüenzo de no haber sabido defender lo que debiera haber defendido con más pasión. Maquis es una novela de héroes que son perdedores desde primera hora, pero es, ante todo, un hermoso y emocionante homenaje a aquellas mujeres que sufrieron en la posguerra el maltrato, el aislamiento social, el desprecio de sus vecinos por ser familiares de quienes lucharon por una libertad que se fue apagando poco a poco y que se convirtió en silencio y en miedo y en venganza. Alfons Cervera lo cuenta con maestría. 

“…Ahora ya nada tiene remedio y sólo nos queda disparar contra los guardias de enfrente y contra las embestidas del olvido. La guerra se acaba, se acabó ya hace mucho tiempo y a esta guerra seguirá otra y a lo mejor otra y Sebas, allá donde se encuentre, seguirá preguntándose si son necesarias las guerras y si de verdad son unas y otras tan distintas. En la memoria de la gente sólo quedan las guerras ganadas por los vencedores, las otras se olvidan porque las victorias oscurecen la indignidad de la derrota y al final siempre habrá una suplantación de la verdad escrita por los cronistas del olvido. No quedaremos nadie en esa historia y donde quiera que consigamos llegar, sea a la muerte o a cualquier otro sitio, llevaremos con nosotros la amarga consternación de la desdicha. Porque si alguna vez creíamos salvar la tierra de  tanta vergüenza como la que nos trajeron los fascistas habrá de llegar un día en que la libertad se confunda con el sentido ético de la convivencia pacífica y se cubrirán de olvido los esqueletos de los muertos…” 

Una narrativa férrea y de pulso firme, y una historia emocionante y emotiva, pero triste y desalentadora. 

Maquis, de Alfons Cervera, se ha reeditado en su 25 aniversario, por Piel de Zapa. 

Sergio Barce, 19 de mayo de 2024

           

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