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LA SENSUALIDAD DE FRINÉ, CONTADA POR INDRO MONTANELLI EN SU «HISTORIA DE LOS GRIEGOS»

Hay un libro de Historia delicioso que recomiendo vivamente: <Historia de los griegos> (Storia dei Greci, 1959) de Indro Montanelli. No es un libro extenso, pero hace un recorrido completo por la vida de la antigua Grecia, un recorrido tan aleccionador como entretenido, lleno de anécdotas y de buen humor.

Historia de los griegos

Lo releía estos días (si se relee un libro es una muy buena señal), en concreto la undécima edición del año 1997 (año en el que lo leí por vez primera, de ahí que además de releído está manoseado), publicada por Plaza & Janés, con traducción del italiano de Domingo Pruna, y me topé de nuevo con ese personaje tan atractivo que es la hetaira llamada Friné.

Friné ante el Areópago, cuadro de Jean-Lëon Gérôme

Friné ante el Areópago, cuadro de Jean-Lëon Gérôme

Cuenta Indro Montanelli acerca de las hetairas, y en concreto de Friné:

Aparte las legendarias —Helena, Clitemnestra, Penélope, etc.—, las únicas mujeres que ganaron un puesto en la verdadera y propia historia griega son las hetairas, que fueron algo entre las geishas japonesas y las cocottes parisienses.

Dejemos a la más célebre, Aspasia, quien, como amante de Pericles, tornóse, sin más, en la «primera dama» de Atenas y que con su salón intelectual dictó leyes en ella. Pero también el nombre de otras muchas nos ha sido transmitido por poetas, cronistas y filósofos, que con ellas tuvieron gran intimidad y que, lejos de avergonzarse, se envanecían de ello. Friné inspiró a Praxíteles, que la amaba desesperadamente. Ha quedado famosa, además de por su belleza, también por la habilidad con que la administraba. No se mostraba más que cubierta con velos. Y tan sólo dos veces al año, durante las fiestas de Eleusis y las de Poseidón, iba a bañarse en el mar completamente desnuda, y toda Atenas se citaba en la playa para verla. Era un hallazgo publicitario formidable que le permitió mantener muy elevada su tarifa. Tan elevada, que un cliente, después de haber pagado, la denunció. Debió de ser un proceso sensacional, seguido ansiosamente por toda la población. Friné fue defendida por Hipérides, un Giovanni Porzio de la época, que frecuentaba su trato, y que no recurrió mucho a la elocuencia. Se limitó a arrancarle de encima la túnica para mostrar a los jurados el seno que estaba debajo. Los jurados miraron (miraron largo rato, suponemos), y la absolvieron.

Tepidarium, lienzo de Alma Tadema

Tepidarium, lienzo de Alma Tadema

El escrúpulo de la buena administración era vivo también en Clepsidra, que fue llamada así porque se concedía por horas y, terminado el tiempo, no admitía prolongaciones: como lo era en Gnatena, que invirtió todos sus ahorros en su hija y, tras haberla convertido en la más renombrada maestra de la época, la alquilaba en medio millón por noche. Mas en todo esto no se crea que las hetairas fuesen tan sólo animales de placer, interesadas exclusivamente en amontonar dinero. O, por lo menos, el placer no lo procuraban solamente con sus formas aventajadas. Eran las únicas mujeres cultas de Atenas. Y por esto, aun cuando se les negaban los derechos civiles y se las excluía de los templos, excepto el de su patrona Afrodita, los más importantes personajes de la política y de la cultura las frecuentaban abiertamente y con frecuencia las llevaban en palmas. Platón, cuando estaba cansado de filosofía, iba a reposar en casa de Arqueanasa; y Epicuro reconocía deber buena parte de sus teorías sobre el placer a Danae y a Leoncia, que le habían proporcionado las más elocuentes aplicaciones del mundo. Sófocles mantuvo prolongadas relaciones con Teórida, y, una vez cumplidos los ochenta años, inició otras con Arquipas.

Cuando el gran Mirón, encorvado por la vejez, vio llegar a su estudio, como modelo, a Laida, perdió la cabeza y le ofreció todo lo que poseía con tal de que se quedase aquella noche. Y dado que ella rehusó, al día siguiente el pobre hombre se cortó la barba, se tiñó el pelo, púsose un juvenil quitón color de púrpura y se pasó una capa de carmín sobre el rostro. «Amigo mío —le dijo Laida—, no pienses obtener hoy lo que ayer rehusé a tu padre.» Era una mujer totalmente extraordinaria, y no solamente por su belleza, que muchas ciudades se disputaban el honor de haber sido su cuna (mas, al parecer, era de Corinto). Rechazó las ofertas del feo y riquísimo Demóstenes al pedirle cinco millones, pero se entregaba gratis al desdinerado Arístipo sencillamente porque le gustaba su filosofía. Murió pobre, después de haber gastado todo su peculio en el embellecimiento de las iglesias donde no podía entrar y para ayudar a los amigos caídos en la miseria. Y Atenas la recompensó con unos espectaculares funerales como jamás los tuvo el más grande hombre de Estado o el general más afortunado. Por lo demás, también Friné había tenido la misma pasión de la beneficencia, y entre otras cosas había ofrecido a Tebas, su ciudad natal, reconstruir las murallas, si le permitían inscribir su nombre. Tebas contestó que estaba de por medio la dignidad. Y con la dignidad se quedó sin murallas.

Dicho esto, imagino que Friné debió de ser la Ava Gardner de la época (físicamente). En cualquier caso, su historia es, amén de perturbadora, una de las más sensuales que conozco, y provoca una atracción difícilmente eludible. Despoja a los más grandes personajes de la Grecia antigua de su pedestal, y nos los muestra tal y como eran, con sus debilidades, sus achaques y sus obsesiones. Fascinante.

Sergio Barce, noviembre 2013

INDRO MONTANELLI ha sido uno de los intelectuales más reconocidos de Italia. Premio Príncipe de Asturias de 1996, fue un prestigioso periodista y un reconocido escritor. Nació en Fucecchio, Florencia, en 1909, y falleció en el año 2001. Luchó junto al bando republicano en la guerra civil española, y fue él quien ayudó a Valentín González, <El Campesino>, a cruzar la frontera en su huida del país. Como reportero por Europa, consiguió entrevistar a Hitler, Churchill y De Gaulle. Fue condenado a muerte por los nazis, pero logró salvar la vida.

INDRO MONTANELLI

INDRO MONTANELLI

Fue, además de periodista, autor teatral e historiador (junto al mencionado <Historia de los griegos>, recomiendo su <Historia de Roma>) y también narrador, autor, entre otros, del relato <El General de la Rovere>, que fue llevado al cine por el gran Roberto Rossellini, con Vittorio de Sica como protagonista.

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«ÁNGEL VÁZQUEZ EN LOS PAPELES», POR SONIA GARCÍA SOUBRIET

En 1962, la novela Se enciende y se apaga una luz del escritor tangerino Ángel Vázquez, resultó finalista del Premio Planeta. No era la primera vez que Vázquez se quedaba a las puertas de un galardón. Ya en 1956 su novelita El cuarto de los niños ocupó el mismo lugar junto a otras dos en el Premio Sésamo de Novela Corta y en 1960 ocurre lo mismo con su relato Reuma en el concurso de cuentos organizado por la revista Blanco y Negro. Sin embargo, aquel año el Premio Planeta dio un giro imprevisto y por motivos administrativos (presentación simultánea a otro concurso) tal y como lo explica Rafael Vázquez Zamora, la novela El sol y las bestias de Concha Alós queda eliminada y se proclama ganador al finalista Ángel Vázquez.

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Así comienza el libro de bolsillo –nunca mejor dicho, porque el tamaño del volumen cabe casi en una mano- de Sonia García Soubriet Ángel Vázquez en los papeles que compré, junto a otros libros, el pasado verano en la Galería Aplanos de Assilah. Están publicados por la Editorial Khbar Bladna, empresa que desde 2002, de la mano de Gustave de Staël y Elena  Prentice, vienen editando primero un periódico semanal y libros de bolsillo, que califican de “utilidad pública”, escritos en árabe dariya, y desde 2009 amplían el catálogo de sus pequeños libros con obras, todas ellas de autores marroquíes o relacionados con Marruecos, en francés, inglés, español y otros idiomas.

SONIA GARCÍA SOUBRIET

SONIA GARCÍA SOUBRIET

El libro de bolsillo que nos ocupa, se edita en español y francés, y nos ofrece, en muy pocas páginas, una semblanza más que interesante de la compleja personalidad de Ángel Vázquez, el autor de la inmortal La vida perra de Juanita Narboni. 

Emilio Sanz de Soto recuerda que al hablar de Se enciende y se apaga una luz, Ángel Vázquez decía: “Nada más volverla a hojear me entran ganas de vomitar”. En su opinión, sobre esta novela –totalmente ajena a lo que entonces se escribía en España-, el único que supo adivinar (en su crítica) valores literarios muy personales, fue Antonio Tovar.

Eduardo Haro Tecglen, que fue director del Diario España,  en Tánger, y amigo de Vázquez, recuerda numerosas anécdotas del escritor:

<Vázquez no echaba las cartas. No las suyas, que no las escribía nunca; las de los lugares donde trabajaba. Otro amigo nuestro, el abogado Torrabadella, le colocó en su despacho. Todos los días, a la  hora de salir, le daba el manojo de cartas del día y el dinero para el franqueo. Antonio Ángel iba pasando por los bares, bebiendo poco a poco el dinero de los sellos. Al final llegaba a Correos, con cartas pero sin dinero: las tiraba a la alcantarilla. Se perdían plazos, citaciones, comparecencias, minutas, peticiones, para siempre>.

Condensadas en 62 páginas (si se lee en español solo es la mitad, la otra es en francés, como apuntaba más arriba, así que la lectura es muy rápida), Sonia García recoge anécdotas jugosas como la que antes reproduzco, nos desvela la personalidad solitaria, extraña e inconformista de este novelista único y diferente, repasa su obra literaria y acaba con la muerte de Ángel Vázquez en el olvido más absoluto en una pensión de Madrid, donde vivía solo, lejos de su amado Tánger.

Sergio Barce, noviembre 2013   

ANGEL VAZQUEZ

ANGEL VAZQUEZ

   

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«EL ÚLTIMO CORTEJO» (Pour seul cortège, 2012) de LAURENT GAUDÉ

Vuelve a sorprenderme Laurente Gaudé después de su magnífico libro de relatos “Una noche en Mozambique” (al que dediqué en su momento un artículo).

En esta ocasión, con <El último cortejo> (Pour seul cortège, 2012) Laurent Gaudé nos lleva a los días en que Alejandro Magno agoniza, y construye una historia tan épica como impecable.

EL ULTIMO CORTEJO

Vuelve a utilizar una narrativa ágil, sencilla, diáfana, que sorprendentemente no es un lastre para contar esta parte de la historia que es más fantasía y sueño que verdad científica; al contrario, esta manera de escribir directa y aparentemente fácil convierte los hechos relatados en una suerte de relato poético, de aventura, de emocionante reconstrucción de una época mágica y a la vez violenta y sanguinaria.

Dripetis, viuda de Hefestión, que fuera el hombre de mayor confianza de Alejandro, es el principal hilo conductor del libro. El destino, insalvable, va obligando a esta excepcional mujer persa a pasar de princesa, era hija del rey Darío, a esposa de Hefestión por decisión del propio Alejandro, que se casó con la otra hija de Darío, Estatira, de manera que ambos pasan a ser cuñados.

Cuando Alejandro agoniza en su lecho de muerte, Dripetis es obligada, por ese mismo destino que ya tiene escrito su futuro, a regresar al Imperio, del que creía haber escapado. Pero lo hace con un hijo pequeño que en esos momentos puede convertirse en el heredero de Alejandro… Dripetis, durante el regreso, toma la decisión más dura para una madre: renunciar a su hijo para que no sea asesinado. Es a partir de aquí cuando descubrimos a la Dripetis creada por Gaudé, y he de decir que, si realmente no fue como nos la describe el escritor francés, yo, personalmente, prefiero ésta, la suya, porque me he quedado enredado a ella tal y como la he descubierto en estas páginas: una mujer fascinante, que te prende y ante la que hay que rendirse irremediablemente. También se rinden a Dripetis el resto de los personajes de esta novela.

ALEJANDRO MAGNO

Dripetis tiene la certeza de que va a morir, pero varios acontecimientos extraordinarios la ayudan, como también lo hace el azar. Así logra poner a salvo a su hijo, logra estar al lado de Alejandro –como le aconsejara su marido Hefestión antes de fallecer-, logra conmover al rey moribundo, logra que el espíritu de Alejandro se confíe a ella –qué poética en la narración de Gaudé-, logra que los más fieles al conquistador macedonio, con un Tarkilias digno del mejor relato épico, descubran al final que es Dripetis la única que se ha mantenido fiel a Alejandro, y que a través de ella, los últimos jinetes, los cinco jinetes de Gandhara que van en su busca, se transformen, a ojos del lector, en una especie de personajes de leyenda. Porque, indudablemente, Laurent Gaudé se rinde a la leyenda, y hay que agradecérselo.

“…De pronto, la puerta se abre. Ella da un respingo y Alejandro abre los ojos. Ptolomeo entra y se precipita hacia la cabecera de su amigo. Habla fuerte para estar seguro de ser oído. Dice que unos soldados que vienen del Indo solicitan verlo y traen un presente de parte de Chandragupta.

Entro en tu alcoba. Estás ahí, frente a mí, yaces en tu lecho como un soberano milenario. He esperado tanto tiempo que nos fuera dado volver a vernos…

En cuanto oye el nombre de Dhana Nanda, los ojos de Aeljandro se iluminan. Hace una seña para que lo ayuden a levantarse. Dripetis lo incorpora y le coloca unos almohadones a la espalda. Él clava la mirada con avidez en la delegación que acaba de entrar en su aposento.

Os lo había dicho. A mi regreso, se levantará. Todavía no me ha visto, pero siente que la vida se acerca a él, ardiente.

Los soldados no se deciden a entrar en su aposento. Intentan acostumbrarse a la oscuridad. Él hace una seña con impaciencia para que se acerquen. Parece excitado de nuevo, y vivo. Dripetis lo contempla sorprendida. Apenas un instante antes, gemía en el lecho. Recuerda entonces las palabras de la vieja Sisigambis: <Este hombre no sabe morir…>. Tiene razón. ¿Quién puede saber si morirá o vivirá? Uno de los guardias se adelanta. Es el mayor. Saluda con voz potente y presenta ante los ojos de Alejandro una tupida bolsa de lino. Este indica que la abra. El guardia mete entonces la mano dentro, saca una cabeza humana y la expone ante los ojos de todos.

Mira, Alejandro, soy yo: Ericleops. Al verme, todos profieren un grito de estupor, pero tú asientes, comprendes. Fui leal. Cumplí mi misión. Me miras y tus ojos brillan de curiosidad.”

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Hay violencia, hay aventura, pero sobre todo hay un escritor magnífico llevándonos a una época legendaria. Emocionante el viaje del cortejo junto al féretro de Alejandro –con esa magnífica imagen de las cientos de plañideras que lo rodean- cruzando los territorios impresionantes del Imperio, un acierto el personaje del jinete sin cabeza y del ejército fantasma, enigmático el reino de los mauryas, real y humana la lucha entre los generales de Alejandro despedazando el imperio conquistado…

Cuando se llega al final, uno cabalga con los últimos jinetes, y confieso que me he sentido como aquel niño que fui disparando con <Los siete magníficos> o luchando con los esclavos de <Espartaco>. Laurent Gaudé, además, ha conseguido que me conmueva con Alejandro, con el Alejandro moribundo pero sobre todo con el Alejandro muerto. Y eso es un prodigio solo al alcance de un escritor con letras mayúsculas.

Una gozada desde el principio hasta el fin.

Sergio Barce, octubre 2013

“Avanzan al galope, adentrándose cada vez más en el territorio, sin detenerse en los pueblos que atraviesan. Los hombres los miran pasar con estupor. No se parecen a nada que hayan visto, no llevan ni estandarte ni armas conocidas. <Más rápido, compañeros>, la voz tiene prisa, ahora suena alegre, <Quiero ver a Chandragupta>. Ellos son infatigables. <Te llevamos, Alejandro>. El caballo vacío echa espuma por la boca, pero no flaquea. Va en cabeza, y los cinco jinetes sienten que Alejandro está con ellos y no se detendrá.

<Lo hemos conseguido –piensa Tarkilias satisfecho-, nos hemos situado fuera del mundo y hemos abandonado la mediocridad de los días de guerra>. Sabe que sus compañeros piensan lo mismo. Ya no hay sino embriaguez frente a ellos y el mundo ha sido olvidado.” 

LAURENT GAUDÉ

LAURENT GAUDÉ

Los textos del libro los he tomado de la 1ª edición de Salamadra, junio 2013, con traducción del francés de Teresa Clavel Lledó. 

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«SIETE CIUDADES EN ÁFRICA. HISTORIA DEL MARRUECOS ESPAÑOL», UN LIBRO DE LORENZO SILVA

Con una cuidada edición, la Fundación José Manuel Lara, con el patrocinio de la Consejería de Cultura de la ciudad Autónoma de Melilla, ha publicado el libro <Siete ciudades en África. Historia del Marruecos Español>, con ocasión del centenario de la implantación del Protectorado español en Marruecos. Su autor es Lorenzo Silva, novelista sobradamente conocido de todos y ganador de numerosos premios literarios, entre ellos el prestigioso Nadal.

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Decía al comienzo que el libro se ha editado exquisitamente, con un elegante diseño de Manuel Ortiz y Viqui R. Gallardo. En el interior, numerosas y muy sugerentes fotografías del Marruecos del protectorado, con imágenes muy poco vistas, lo que le añade un plus a este ensayo.

No se trata de una narración al estilo del libro de viaje “Del Rif al Yebala” ni tampoco a la manera de la magnífica novela “Carta blanca”, ambas obras de Lorenzo Silva, sino que estamos ante lo que podría definirse como una breve pero intensa historia de Marruecos condensada en doscientas páginas, con la época del Protectorado como eje central y con las siete ciudades elegidas por el autor como excusa e hilo conductor de su narración.

Efectivamente, los capítulos del libro se dividen en las siete ciudades más significativas de esa etapa de la historia de Marruecos, a saber: Ceuta, Tetuán, Xauen, Melilla, Nador, Alhucemas y, por supuesto, Larache. Se añade no obstante un capítulo final, dedicado con emoción a Sidi-Dris, donde Lorenzo Silva deja constancia de una evidencia crónica y vergonzosa de nuestro país: el olvido de los hombres que lo dieron todo por defenderlo.

La lectura se hace fácil, no hay tendencia alguna a una descripción historiográfica exhaustiva, sino que Lorenzo Silva pretende desde el comienzo dar una visión general de Marruecos, de su pasado hasta el final del Protectorado, y para ello se sirve de una narración circular, de manera que en cada capítulo nos habla de una de las siete ciudades pero se detiene en cuanto los hechos históricos lo llevan a otra ciudad, de forma que el hilo se reanuda, por decirlo así, en el mismo punto que lo dejó pero en el capítulo de la ciudad donde ese episodio continúa. Con ello la narración circular es como una espiral que termina indefectiblemente en Alhucemas.

He de agradecer a Lorenzo Silva que me mencione en el capítulo dedicado a Larache, y que igualmente se refiera en su “fe de lecturas” a mi blog como fuente de información y consulta. De hecho, toma de este blog uno de los textos relativos a Larache escrito por M. Ramírez de las Casas y Deza, donde se da cuenta de la entrega de la ciudad a los cristianos en 1610. Y posteriormente, también reproduce los fragmentos del libro de José Boada, <Allende el estrecho>, que menciono en varias ocasiones en mi blog.

Mohamed Akalay, Sergio Barce & Lorenzo Silva

Mohamed Akalay, Sergio Barce & Lorenzo Silva

Le he agradecido a Lorenzo Silva el detalle y él, muy  amablemente, me ha respondido calificando mi labor de “arqueología documental”. Esto me demuestra que el esfuerzo de recopilación que hago lentamente cosecha sus frutos, o que sirve para algo.

También he de decir que se menciona igualmente la novela de Luis Cazorla <La ciudad del Lucus>, ya que una gran parte del libro relata obviamente los hechos acontecidos con Raisuni y con el general Fernández Silvestre, pero también, claro está, con Abd-el-Krim, el desastre de Annual… Inevitables a la hora de retratar una época y un tiempo convulso en los inicios del protectorado.

Del libro <Siete ciudades en África. Historia del Marruecos Español> reproduzco una parte del capítulo dedicado a Larache, que nada tiene que ver con la etapa del Protectorado, que dejo al lector que descubra en sus páginas, sino con la época de mayor esplendor de la historia de la ciudad, cuando sus moradores demostraron un arrojo asombroso frente a los múltiples intentos de asalto; en concreto cuando, al terminar el texto de Ramírez de las Casas, Lorenzo Silva entra de lleno en pleno siglo XVII, y nos cuenta lo siguiente:

<…ya entonces Larache contaba con un significativo aporte español: los moriscos que, habiendo sido expulsados muy poco antes de la Península, habían ido a parar allí. Estimulados por ese sustrato que de mayor o menor grado les era favorable y por la debilidad del sultán, los ocupantes españoles completaron las defensas de la ciudad definiendo un amplio perímetro que englobaba la vieja kasbah y sus arrabales y unía las dos fortalezas saadíes, fortificación que se llevó a cabo según proyecto de otro ingeniero italiano, Bautista Antonelli.

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La extensión urbana de Larache así planteada tardaría tres siglos en rellenarse, pero de éstos apenas uno sería de dominación española. Tras sufrir cinco asedios previos, entre 1623 y 1666, en la primavera de 1689 el poderoso sultán alauita Mulay Ismail, que asedió sin éxito otras plazas españolas como Ceuta, Vélez de la Gomera y Melilla (mucho más compactas, y donde sus defensores se hicieron fuertes sin que hubiera modo de desalojarlos), se apoderó de Larache, que con su ambiciosa y expansiva delimitación se reveló indefendible para la guarnición española (aunque en 1665 se había modificado el proyecto de Antonelli para definir un perímetro algo más recogido y próximo a la antigua ciudadela musulmana).

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En la empresa el sultán recibió el apoyo de Luis XIV de Francia, que no perdió la ocasión de asestar un doloroso zarpazo  a la potencia agonizante que era la España de Carlos II.  Pese a todo, los españoles resistieron cinco meses, en espera de unos refuerzos que nunca llegaron. La capitulación se firmó el 11 de noviembre de 1689, después de que se perdiera el fuerte que defendía el pozo de agua, y fue suscrita en términos honorables a los que el sultán, sin embargo, no consideró necesario atenerse. Los españoles supervivientes conocieron así las inmensas e infectas prisiones que el soberano alauita tenía en la ciudad de Meknés.

Tras su reconquista, Muley Ismail convirtió a Larache en uno de sus más importantes puertos militares y lo dotó con un nutrido contingente de soldados y marineros, provistos de abundante artillería.

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Allá por 1765, cuando rechazó la intentona de una expedición francesa dirigida por el almirante Du Chaffaut, andaba en torno a los 1.500 efectivos. Los franceses probaron la amarga medicina que tres cuartos de siglo atrás habían ayudado a dar a los españoles, al quedar las barcazas en que lanzaron el asalto embarrancadas en los bajos arenosos de la desembocadura del Lucus. De los 450 hombres que transportaban, cuatro quintas partes fueron pasados a cuchillo, y los heridos supervivientes, poco más de 80, fueron reducidos a esclavitud. En 1829, durante un ataque similar, que tenía por objetivo la venganza por la captura de uno de sus barcos, fueron los austriacos al mando del almirante Bandiera los que sufrieron una hecatombe a orillas del Lucus.  En 1860, como se indicó más arriba, fue la flota española la que se situó frente a Larache y la hizo objeto de un bombardeo, como represalia enmarcada en la campaña de O´Donnell sobre Tetuán, evitando juiciosamente la opción del desembarco, de dudoso pronóstico…”>

Subrayar una anécdota que refiere Lorenzo Silva en este mismo capítulo, anécdota que muestra su vínculo personal con Larache:

<…Larache fue el puerto seguro y tranquilo al que llegaron miles de españoles para iniciar la aventura africana. Entre ellos, el abuelo de quien suscribe, que desembarcó en la ciudad del Lucus el 6 de marzo de 1920..>

Lorenzo Silva

Lorenzo Silva

En fin, un libro que es Historia, eso sí, amena y asequible, un recorrido rápido por el pasado de Marruecos, pero que especialmente es Historia y retrato de los personajes que jalonaron la etapa más convulsa del Protectorado; y, sin embargo, no deja de ser también la pequeña historia de los hombres que intervinieron de manera anónima en aquellos acontecimientos y que Lorenzo Silva, entre líneas, rescata del olvido.

Sergio Barce, octubre 2013

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«EL PROTECTORADO ESPAÑOL EN MARRUECOS: LA HISTORIA TRASCENDIDA», EDITADO POR IBERDROLA

Volumen I

Volumen I

Ya anuncié hace unas semanas la aparición de los tres volúmenes de la recopilación de los trabajos publicados por Iberdrola con ocasión del Centenario de la Instauración del Protectorado español en Marruecos, y en el que se incluye mi narración, crónica o relato, que no sé cómo denominarlo, titulado «La vida cotidiana durante el Protectorado en la ciudad de Larache».

Ahora tenéis la ocasión de poder acceder, a través del enlace que indico más abajo, a todo lo relativo a esta publicación, tanto acerca de los autores que participamos en ella como sobre los objetivos de este proyecto, y alguna que otra información más de interés.

El enlace es el siguiente:

http://www.lahistoriatrascendida.es/

 
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