
en el programa «Islam, hoy»
ENTREVISTA AL ESCRITOR
PARA HABLAR DE SU ÚLTIMA NOVELA
“Oh, este insignificante goce de derrochar tinta y papel describiendo el atardecer, lejos de los mundos de propios y extraños”
“Embriágate siempre. Corrige tus pasos, no escribas nada más, déjalo todo para mañana, para la desmemoriada memoria del olvido. Olvídate de tus ojos, déjate engañar y relega los ajenos ruidos. Oye el grito del gentío, de la multitud. No oigas otras voces. Escucha el amor, nunca salgas del laberinto.
-¡Hace frío tan temprano, tan lejos de ti y del mundo!, me dijo ella”
“A lo lejos, muy cerca, escucho las llamadas a la oración cruzándose, como abrazos de ciegos, en medio de la noche (no ecos, sonidos entre las montañas) recordándome que he de dar gracias a Dios. Y las doy”
“Nosotros somos de otro tiempo (¡Un brindis, lector cómplice!), siempre el mismo. Pura cadencia coronada de ensueños y expectación. Belleza sin fin. Como Marruecos”
“A ti y a mí nos unen esta gente con sus modales que reconocemos como nuestros. A ti y a mí nos une el mismo cabalgar por el Erg, los paseos junto a las murallas, la alegría sentida por los caminos que asoman desde las gargantas y el amable olor de los libros en las olvidadas zaüías. También el perfume de la tierra después de la tormenta. El color acre del tiempo. La victoria”
“Bajas del autobús y crees caer al fondo del tiempo. En Marruecos las miradas, cuando te dan la bienvenida, siempre llaman a la puerta de tu corazón”
“Mohamed, Abdul y Mulay están frente a mí, componiendo con sus extremidades simétricas una arcada humana. Mulay tumbado sobre la estera, apoyando la cabeza sobre la palma de la mano, con el codo doblado en una grieta del suelo de madera; comedido mira el vaivén de mi escritura elástica; Mohamed, también recostado, muestra la nuca calva que asoma de su turbante desencajado, atentamente también observa la cuadrícula del cuaderno llenarse de rasgos, -tiene un aire de hastío-, pienso por esa intuición que tengo a los símbolos; Abdul, sentado con las piernas cruzadas toca la flauta y registra los grafos del silencio. Mientras los tres, en su mutismo cómplice, mi ilegible quehacer, yo sueño con los lunáticos garabatos que la noche esboza sobre las aguas del río Oum-er-Rbia”
“Ningún lugar aquí sería igual sin la regocijada algarabía de los chiquillos bajo los cobertizos de la Medina. Nada sería igual aquí sin el baladro kármico de los ciegos y tullidos”
“Amo esta tierra, estos campos de Dios. Por ello a veces pienso egoístamente no queriendo que la aflijan de forma salvaje con el hormigón desmesurado y la afeen con el percudido maquillaje del alquitrán”
“No es literatura la vida para quien la siente latir. Poesía en acción: Marruecos”
“La paradoja es que debiéramos nacer mudos para sólo poder decir silencios. Oír únicamente la música del silencio”
“Larache eran los pinchitos morunos y el <tarbúsh> rojo de los con sus pulcros fajines carmesíes de indisciplinados flecos. Era nombrada “la perla de España en África”. Un lugar recóndito desde donde también, por Semana Santa, venían los novios de la muerte con el carnero cornudo. Lugar donde decían habitaban los salvajes moros: Misteriosa y embustera lejanía infantil. Y allá fui, en busca del Jardín de las Hespérides, hermosura de la que nunca oí hablar al gentío; hacia la deseada y solitaria Lixus desheredada de su pasado. Y me impregné de la melancólica decadencia de su fulgor. Y la amé por su memoria no por el lugar donde, entre tumbas nazaranis profanadas, reposan mirando a la lejanía azul del infinito, los restos de un imposible amante expatriado: Jean Genet”
“Sólo aquí en Larache existe este azul exacto capaz de cegar todas tus dudas. Alégrate por haber encontrado uno de tus lugares en el mundo”
Sergio Barce Gallardo – Octubre, 2007 – Agosto 2011
Hace pocas semanas, dos de los hermanos de mi padre fallecieron con pocos días de diferencia. Se llamaban, se llaman Pepe y Carlos, pero desde Larache siempre se les ha conocido como Pepete y Charles. El primero murió después de una larga enfermedad, y por propia decisión; para él la vida ya no tenía sentido desde que dependía de una máquina de diálisis y dejó de acudir a sus sesiones, abandonándose a la suerte, que en estos casos es esquiva. El segundo, curiosamente, lo hizo por una enfermedad tan rápida como el fulgor de una estrella, presintió su partida, dijo que moriría en veinticuatro horas y cumplió su vaticinio un día después.
Pepete vivía, vive, cerca de mi padre, en Málaga, y mi padre, Antonio Barce, ha visto desaparecer a su hermano día a día, igual que una fotografía que se difuminara con el tiempo. Charles vivía, también vive, lejos de mi padre, en Barcelona, y mi padre lo ha visto marcharse desde la distancia, como un pasajero que le saludara desde la cubierta de un barco, de regreso a Marruecos.

Album familiar – LARACHE Mi abuelo MANUEL BARCE en el patio de la casa de las Navas – Mi padre en las gradas del Santa Bárbara – Mi padre y unos amigos en la Plaza de España
Yo apenas conocía a Charles, le vi sólo una vez en Málaga hace más de treinta años cuando llegó con la caravana de la Vuelta Ciclista a España. Era un aventurero, y vivía a salto de mata. Le recuerdo con una melena larga, sonriente, delgado y fibroso, un manojo de nervios, de esa clase de persona que se come el mundo porque piensa que la vida es el presente. Estuvimos juntos todo ese día, y puedo rememorarlo nítidamente, casi minuto a minuto. A Pepete lo he visto envejecer, he jugado con él al dominó y al fútbol, hemos pasado días en la playa y en el campo, mis padres y mis tíos siempre pasaban juntos los fines de semana. Pepete solía hacer chuparquía, como un maestro repostero. Creo que era la mejor chuparquía que he comido nunca, ni siquiera en Marruecos la he tomado tan deliciosa.
En el cementerio, acompañé a mi padre a tomar un café mientras se velaba el cuerpo de Pepete. Cuando volvíamos sobre nuestros pasos, comenzó a hablarme de él. Su rostro se fue contrayendo lentamente, como si el dolor le comprimiera el alma. Entre sollozos, me decía: “Parece mentira… Cómo se nos ha ido la vida… Parece que fuera ayer cuando mi hermano llegaba al Barrio de las Navas, elegantemente vestido con su traje de doble pecho y muy bien peinado… Las niñas se asomaban para verlo llegar, era el más atractivo del barrio. Y mi madre, mi madre lo veía desde la puerta de la casa, salía, y se ponía a bailar, y daba voces para que las vecinas se asomasen: ¡Ahí viene mi negro! ¡El más guapo! ¡Dios mío, qué guapo es mi negro! Y Pepete sonreía, le encantaba que su madre armara esa jarana cuando él regresaba a la casa… Aún lo veo, joven, comiéndose el mundo…”
Pepete se parecía a Rossano Brazzi. Su piel era algo oscura, por eso mi abuela Salud le decía “mi negro”. Y es verdad que ella, con raíces gaditana, salerosa, graciosa, le bailaba para recibirlo, porque era su hijo favorito.
Abracé a mi padre por encima del hombro, y continuamos andando, mientras él seguía hablando para sus adentros, preguntándose dónde estaba ese joven que se llevaba de calle a las niñas del Barrio de las Navas de Larache, preguntándose cómo se habían ido los años sin que nadie hubiera hecho nada para impedirlo.
Mi tío Pepete y mi tía Maruja se conocieron en La Bandera Española, la tienda de confecciones que estaba donde hoy se ubica el Bazar de Yebari. En La Bandera Española trabajaba mi abuelo paterno, Manuel Barce, y Pepete era uno de los empleados que atendían tras su largo mostrador. Mi tía no imaginó que cuando entró a trabajar allí conocería al que sería su hombre. Desde entonces, hasta hace apenas unas semanas, siempre han estado juntos. También a ella todo le parece un sueño envenenado, como si hubiesen transcurrido apenas unos pocos años desde que le viera por primera vez.
Precisamente hace un par de años que El Hachmi Yebari reformó su Bazar. Iba a pintar la fachada. Al raspar los pintores la pared del frontal, fue apareciendo, poco a poco, el fantasma de La Bandera Española. Estaba ahí debajo, como aguardando al día en el que poder volver a asomarse a la Avenida Mohamed V. Era una imagen inquietante, pero a la vez emocionante. Todos los recuerdos de mi familia paterna parecían escapar de la fachada de ese edificio… Mis tíos, Pepete y Maruja, sellaron su amor bajo ese nombre, bajo el techo de esa tienda, hace muchos años, hace apenas unos días en realidad.
Me pregunto qué cruzará por la cabeza de mi padre. Eran seis hermanos, y ya quedan tres. También Carmela partió a ese extraño viaje hace ya unos años. Debe ser confuso ver morir a tus hermanos. Es como si la vida comenzara a parpadear a tu alrededor. Hay dos nuevas arrugas en el rostro de mi padre, y dos nuevas muescas en su corazón. Aunque aturdido, ahí sigue, bregando a la cabeza de la familia, como el buen timonel que ha sido, que es, que seguirá siendo para mí y mis cuatro hermanas. Nuestra referencia. Nuestro ejemplo. Él y mi madre, que continúan declarándose su amor día a día, como si aún fueran a escaparse al Cine Ideal para poder darse un beso en la oscuridad de la sala, como cuando hace unos días eran novios y Sibari les hacía de carabina…
Eso me pregunto, qué cruzará por la cabeza de mi padre. Pocos días después de que Pepete se marchara, le siguió Charles. Tal vez piense que su otro hermano no quería que hiciera solo ese largo viaje de regreso a la ciudad en la que nacieron. Mi abuela Salud está enterrada en el cementerio de Larache, y seguramente los habrá esperado a la puerta del recinto, y al ver a Pepete se habrá puesto a bailar, y a cantar, y a gritarle a los fantasmas del ayer “ahí vienen: Pepete, el más guapo, ¡mi negro!, ¡Dios mío, qué guapo es mi negro!, y viene con lo que más quiero, mi Carlitos… ¡esos son dos de mis niños! ¡Miradlos!”
Sergio Barce, julio 2011