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DRIS DIURI, poeta Larachense

DRIS DIURI

Sobre DRIS DIURI iré publicando diversos artículos, míos y de estudiosos de su obra, así como su intensa relación, tanto poética como personal, con la poetisa Trina Mercader. Pero el primero es una sencilla semblanza de este importante escritor larachense.

En febrero de 2006, caminando por la avenida Hassan II, me topé con Toni Triviño y el hijo de Dris Diuri. Nos saludamos con la calidez de la gente de nuestra ciudad y conversamos un rato sobre el olvido en que ha caído nuestro escritor ejemplar. El hijo de Diuri, con un remanso amargo en sus pupilas, ya cansadas, me susurró que la gente se había olvidado que su padre había sido el primer escritor marroquí que había escrito toda su obra en castellano. Y eso es verdad.

Dris Diuri nació en Larache en 1925. Influenciado por sus estudios en español, que desarrolló de manera aventajada durante el Protectorado (fue considerado el mejor alumno del Norte de Marruecos), su vida fue un continuo esfuerzo por acercar las culturas de Marruecos y España.
Sus esfuerzos los encauzó a través de la literatura, colaborando primero en diversas publicaciones españolas y marroquíes, en las que aparecieron artículos con su firma.
Además de sus artículos, Diuri cultivó el teatro, la narrativa y la poesía, donde destacó como poeta del amor y del compromiso social. Sus poemas están preñados de una gran delicadeza pero sin olvidar la cruda y dura realidad que le rodea. Entre sus poemas de amor destaca « RECUERDO », donde se evidencia un sentimiento de amor inolvidable.

 

LARACHE

También fue un autor que amaba profundamente a su pueblo, a Larache, como evidencia el titulado

« A LARACHE »:

 Hermosa joya, bien pulimentada,

Céfiro dorado hecho de encajes,

¡oh, novia amorosa!, bastos ropajes,

no profanan tu mágica cascada.

Hechizo que cautiva, ¡oh, mi hada

esplendorosa!, diré, sin ramajes,

que eres mi bondad, reina de linajes,

hasta el martirio te muestra callada.

Si una voz, como la mía, que clama,

guía de tu bondad, de tu pureza,

inmarcesibles lazos, ley segura;

muestra bien la nobleza de tu fama,

y otorga a tus hijos, sí, la grandeza,

como a otros concedes la ventura.

Defensor de los derechos de la mujer marroquí, Dris Diuri plasmó estas inquietudes en su obra en prosa «Más sobre Zoraida«.
Destacan, entre sus obras, las siguientes:
Miscelánea I y II
Tragedia y realidad
Cartas a una amiga
Rimas
Breve noticia sobre la historia de Larache
Luz y Oscuridad
Más sobre Zoraida

Llegó a ocupar el cargo de Canciller del Consulado de Marruecos en Barcelona.
Dris Diuri falleció en 1978 dejándonos una rica herencia que el profesor y arabista Fernando de Ágreda, de la Universidad Complutense de Madrid, ha tratado de recopilar en diversos trabajos.

 Sergio Barce, Febrero 2006

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ZOCO CHICO DE LARACHE, un poema del escritor larachense CARLOS GALEA

 Aunque Carlos Galea es más narrador que poeta, como adelanto, antes de publicar en este blog un artículo sobre su obre narrativa, reproduzco uno de sus poemas dedicado a Larache, su ciudad natal, y en concreto sobre el Zoco Chico. Es un poema sencillo, que pinta el ambiente y la vida que se respiraba en el hermoso zoco cuando Carlos vivía en Larache.

Sergio Barce

EL ZOCO CHICO DE LARACHE

 Puerta monumental hispano árabe

de la medina antes amurallada,

se entra por una estrecha calle

repleta de gente muy abigarrada.

 

Mujeres con “jaique” y cara velada,

hombres con “chilaba” y rojo casquete,

otros con turbante, con ropa europea,

viejos judíos con faja y bonete.

 

Montañesas de la kabila del Sahel

con sombrero de paja y borlones,

llevan falda rojiblanca a rayas,

y polainas de cuero marrones.

 

Varones de esta misma kabila

con turbante bordado en amarillo,

“chilaba” corta hasta la rodilla,

gran cartera de cuero con flequillos.

Zoco Chico, foto de Itziar Gorostiaga

 Después se llega a un amplio recinto

que termina en el portal de la Alcazaba,

con una arquería a cada lado,

de gastados pedruscos la calzada.

 

Diminutos comercios bajo los arcos

con el mostrador cubriendo la entrada,

el vendedor sentado encima, sobre

un cojín, y las piernas cruzadas.

 

Sin necesidad de desplazarse

vende los artículos que tiene al lado:

zapatos, correas, babuchas, caftanes,

jarrones de cobre o latón cincelados.

 

Bonitas teteras de falsa plata,

azúcar en pilones, té y café,

velas, quinqués, cerillas, mecheros,

especias orientales a granel.

Zoco Chico

 Cafeteras doradas y plateadas,

vasos y platos, vestidos bordados,

viejos cuadros y muebles antiguos,

llaves, cadenas, cerrojos y candados.

 

Fuera de la arquería, en las aceras

que bordean la empedrada calzada,

se instalan numerosos vendedores

de mercancía por ellos elaborada.

 

El queso fresco sobre una palma,

manteca rancia en pote esmaltado,

la tortilla de harina de garbanzo,

buñuelos de viento ensartados.

 

Pinchos morunos de carne picada,

los desnudos mejillones cocidos,

las tortitas de harina porosas,

habas con sal y cominos molidos.

 

¡¡ Yabán Kulubán !!

 

Vocea alto el vendedor ambulante,

pasea un pastoso caramelo,

fundido sobre una gruesa caña,

y espanta las moscas con su pañuelo.

 

Sobre mesitas de blancos manteles,

tortas salidas del horno recientes,

invita a comprarlas a los que pasan

su buen olor, que domina el ambiente.

 

Los campesinos ofrecen sus productos

traídos a lomo de borricos a la ciudad,

los colocan sobre las aceras apilados,

pregonando a gritos su gran calidad.

 

Son naranjas muy ácidas de piel fina,

pepinos, calabazas, grandes melones,

sandías, verduras de sabor penetrante,

higos chumbos en pequeños montones.

 

La palmicha (el dátil del palmito)

moras y madroños en cestas de caña,

níscalos y otras setas del pino

recogidos en bosques de la montaña.

 

En un estrecho callejón adyacente,

que ofrece sombra y frescura,

salitrosos pescadores de costa

exponen en los cestos sus capturas.

 

Muestran al pasante gran variedad

de pescados: doradas, sargos, lubinas,

ricas angulas de pesca furtiva,

zalemas, lisas, congrios y corvinas.

 

Se oculta el sol en el horizonte,

se enciende el cielo de nubes rosas,

el canto del almuecín llama al rezo,

los vendedores recogen sus cosas.

 de Carlos Galea

CARLOS GALEA

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Este Domingo, 28 de Agosto – Entrevista a SERGIO BARCE en La 2 de TELEVISIÓN ESPAÑOLA

PARA QUIENES QUERÁIS VER LA ENTREVISTA, PODÉIS HACERLO A TRAVÉS DE ESTE ENLACE

http://www.rtve.es/alacarta/videos/islam-hoy/islam-hoy-larache-literatura/1183833/

ESTE DOMINGO, 28 DE AGOSTO

A PARTIR DE LAS  08.20 h. DE LA MAÑANA

en LA 2 de TELEVISIÓN ESPAÑOLA

en el programa «Islam, hoy»

ENTREVISTA AL ESCRITOR

SERGIO BARCE

PARA HABLAR DE SU ÚLTIMA NOVELA

UNA SIRENA SE AHOGÓ EN LARACHE

Y TAMBIÉN SOBRE LA PROPIA CIUDAD DE LARACHE

 

Posteriormente, a partir de la próxima semana, esta misma entrevista se podrá ver de nuevo a través de internet en la web www.rtve.es

Tres larachenses en la Plaza de España – Abderrahman Lanjeri, Sergio Barce & Luis Velasco

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LARACHE vista por… SALVADOR LÓPEZ BECERRA en su libro «KILIM»

Oh, este insignificante goce de derrochar tinta y papel describiendo el atardecer, lejos de los mundos de propios y extraños” 

    Este verso en prosa poética podría resumir el espíritu con el que ha escrito su nuevo libro Salvador López Becerra: “Kilim” (Agencia de Cooperación dela Junta de Andalucía – Cuadernos del Atlas IX – Tarifa, 2007).

     El libro me llegó por correo en Octubre de 2007 en un pequeño paquete desde la mágica Fez. Olía el sobre al rojo otoñal de su tierra y, al abrirlo, fue el aroma del volumen el que tornó el aire en un cálido abrazo de amigo. Fue un regalo inesperado. Por ello, doblemente festejado. Y como selecto presente lo traté y lo adopté. Abrí las páginas vírgenes de “Kilim”, y leí, comprobando que Salvador López Becerra se había desprendido de las funciones como director del Instituto Cervantes de Fez que desempeñaba entonces y que se había puesto su chilaba y sus babuchas. Lo debió de escribir a gusto, dejando correr la pluma o su Bic o su lápiz hurtado a uno de sus hijos.

   Leyéndolo, se nota que lo escribió en su amado Marruecos, refugiado en esa casa de piedra rodeada de cedros que le sirve de oasis. Hay en cada línea de este libro destellos de recuerdos y recuerdos grabados en la memoria con un buril, lo que imposibilita su olvido, y hay luciérnagas en esos versos. Pero no hay rimas, porque cada verso de Salvador es prosa enamorada.

Salvador López Becerra junto a Mohamed Chukri

   Paseo, pues, a través de esas luces nocturnas que crepitan nerviosas por las callejuelas de Xauen, de Tetuán, de Tánger, de Meknes y de Marrakech, y luego me llevan (las sigo a hurtadillas), como si fueran imanes imposibles de soslayar, suavemente hasta Taroudant, Merzouga o a la misma cima del Toubkal… Me ponen frente a Paul Bowles, y Salvador hace que vea al eterno americano-tangerino ahí sentado, al borde de su cama, y me lo presenta. Salvador conversa con su fantasma y con las otras sombras de su Marruecos imaginario-atesorado. Todo, con la misma naturalidad con la que hace que también yo abrace a Messoud.

   “Kilim” desborda. Ya digo que hay luciérnagas en sus versos, a cada revuelta de sus páginas, si se lee de noche. Al alba, descubres declaraciones de amor que yo, dejando a un lado la hipocresía y los buenos modales, le robaría sin rubor:

     “Embriágate siempre. Corrige tus pasos, no escribas nada más, déjalo todo para mañana, para la desmemoriada memoria del olvido. Olvídate de tus ojos, déjate engañar y relega los ajenos ruidos. Oye el grito del gentío, de la multitud. No oigas otras voces. Escucha el amor, nunca salgas del laberinto.

   -¡Hace frío tan temprano, tan lejos de ti y del mundo!, me dijo ella”

   Los dos estamos atrapados en las redes de Marruecos. Y lo sabemos y lo aceptamos, con júbilo. A veces es difícil explicarlo, casi imposible de hacernos entender. ¿Cómo podría superar este himno?:

   “A lo lejos, muy cerca, escucho las llamadas a la oración cruzándose, como abrazos de ciegos, en medio de la noche (no ecos, sonidos entre las montañas) recordándome que he de dar gracias a Dios. Y las doy” 

   Entre sus cañaverales y sus chumberas bereberes me engaño deseando creer que Salvador López Becerra, con su escritura desenfadada, salvaje a veces, me ha llevado, sin resistencia por mi parte, hasta un cafetín y que allí, sentados frente a un té con hierbabuena y azucarado en su justa medida, sus palabras se deslizan en una confidencia que esquiva el humo del kif, hasta llegarme y regalarme los oídos. Me habla desde sus versos de todo eso que él y yo ya sabemos:

   “Nosotros somos de otro tiempo (¡Un brindis, lector cómplice!), siempre el mismo. Pura cadencia coronada de ensueños y expectación. Belleza sin fin. Como Marruecos” 

   “A ti y a mí nos unen esta gente con sus modales que reconocemos como nuestros. A ti y a mí nos une el mismo cabalgar por el Erg, los paseos junto a las murallas, la alegría sentida por los caminos que asoman desde las gargantas y el amable olor de los libros en las olvidadas zaüías. También el perfume de la tierra después de la tormenta. El color acre del tiempo. La victoria” 

   Sus rostros y su hospitalidad. ¿Recuerdas los años en que las puertas de las casas siempre estaban abiertas, sin pestillos? <Marh´ba bikúm>, eso es lo que oigo al llegar a casa de Hanan. ¿Hay otro lugar igual en el mundo?

   “Bajas del autobús y crees caer al fondo del tiempo. En Marruecos las miradas, cuando te dan la bienvenida, siempre llaman a la puerta de tu corazón”

Fez

   Nos emocionamos también cuando hablamos de los chiquillos, que aquí son como nosotros fuimos antaño, como ya no son los que vemos por las urbes globalizadas. Ellos son como nuestro vago reflejo en las aguas estancadas del pasado:

   “Mohamed, Abdul y Mulay están frente a mí, componiendo con sus extremidades simétricas una arcada humana. Mulay tumbado sobre la estera, apoyando la cabeza sobre la palma de la mano, con el codo doblado en una grieta del suelo de madera; comedido mira el vaivén de mi escritura elástica; Mohamed, también recostado, muestra la nuca calva que asoma de su turbante desencajado, atentamente también observa la cuadrícula del cuaderno llenarse de rasgos, -tiene un aire de hastío-, pienso por esa intuición que tengo a los símbolos; Abdul, sentado con las piernas cruzadas toca la flauta y registra los grafos del silencio. Mientras los tres, en su mutismo cómplice, mi ilegible quehacer, yo sueño con los lunáticos garabatos que la noche esboza sobre las aguas del río Oum-er-Rbia” 

   “Ningún lugar aquí sería igual sin la regocijada algarabía de los chiquillos bajo los cobertizos de la Medina. Nada sería igual aquí sin el baladro kármico de los ciegos y tullidos”  

    Y pensamos igual, y lo expresamos con la misma intensidad:

   “Amo esta tierra, estos campos de Dios. Por ello a veces pienso egoístamente no queriendo que la aflijan de forma salvaje con el hormigón desmesurado y la afeen con el percudido maquillaje del alquitrán” 

    No me extraña, conociendo a Salvador, que en algunas estrofas-versos-frases, como latigazos o zarpazos de asco, se ensañe con los turistas que vagan por esta tierra mítica como si pasearan por la Quinta Avenida; o que caricaturice a ciertos personajillos que tratan de escalar posiciones humillando y pisoteando. Pero se trata de meros paréntesis, escupitajos desganados a lo que afea nuestro Eldorado. A Salvador López Becerra, lo único que lo empuja en “Kilim” es ese Marruecos que lo atropella de pura belleza y que le marca el camino, como traza el mío, es decir, el que da sentido a  nuestra existencia, la que nos ha tocado vivir:

   “No es literatura la vida para quien la siente latir. Poesía en acción: Marruecos”  

   Sólo poesía. También hay otras luciérnagas que brillan por el mero placer de brillar:

   “La paradoja es que debiéramos nacer mudos para sólo poder decir silencios. Oír únicamente la música del silencio” 

   Agradecí a Salvador el libro, el regalo, la sorpresa de lo que envolvía el papel de estraza, lo que escondía la sencilla y sobria portada, este mapa de flashes, de relámpagos, de fulgores. Le agradecí este viaje a su microcosmos, a esta tierra tan apasionadamente amada, a estos paisajes abrazados aún sin abrasar.

Medina de Larache

   Ahora, con o sin su permiso, como ya hice entonces, vuelvo a saltarme las palabras preliminares de su obra (es un pequeño malabarismo para decir lo que viene), y añado otra vez que le agradezco, también, que su libro lo iniciara con Larache, él sabe que es mi debilidad, una debilidad algo más irracional e incomprendida. Tengo la teoría, quizá absurda, de que todo libro de viajes (y esta poseía suya lo es, no lo ocultemos más, un viaje a su Marruecos desde su Marruecos) que comienza su itinerario por o desde Larache, aunque sea pasando por allí de refilón o mirándola de reojo, promete ser un buen libro. Con el suyo no me equivoqué. Lo siento, no puedo evitar reproducir este inicio con el pueblo que secuestró mi alma, allá por los vergeles de mi niñez:

    “Larache eran los pinchitos morunos y el <tarbúsh> rojo de los con sus pulcros fajines carmesíes de indisciplinados flecos. Era nombrada “la perla de España en África”. Un lugar recóndito desde donde también, por Semana Santa, venían los novios de la muerte con el carnero cornudo. Lugar donde decían habitaban los salvajes moros: Misteriosa y embustera lejanía infantil. Y allá fui, en busca del Jardín de las Hespérides, hermosura de la que nunca oí hablar al gentío; hacia la deseada y solitaria Lixus desheredada de su pasado. Y me impregné de la melancólica decadencia de su fulgor. Y la amé por su memoria no por el lugar donde, entre tumbas nazaranis profanadas, reposan mirando a la lejanía azul del infinito, los restos de un imposible amante expatriado: Jean Genet” 

Medina de Larache

    Aunque, la verdad, tampoco puedo ocultar una especie de celo por su declaración de amor a Larache, que es el primero que hace en todo ese poemario enamorado de Marruecos que lleva tan hermoso título: “Kilim”.

    “Sólo aquí en Larache existe este azul exacto capaz de cegar todas tus dudas. Alégrate por haber encontrado uno de tus lugares en el mundo”  

 Sergio Barce Gallardo –    Octubre, 2007 – Agosto 2011

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Pequeño homenaje a mi padre – «ELLOS VUELVEN A LARACHE», RELATO DE SERGIO BARCE

Mi padre, ANTONIO BARCE, nacido en Larache

 

 Hace pocas semanas, dos de los hermanos de mi padre fallecieron con pocos días de diferencia. Se llamaban, se llaman Pepe y Carlos, pero desde Larache siempre se les ha conocido como Pepete y Charles. El primero murió después de una larga enfermedad, y por propia decisión; para él la vida ya no tenía sentido desde que dependía de una máquina de diálisis y dejó de acudir a sus sesiones, abandonándose a la suerte, que en estos casos es esquiva. El segundo, curiosamente, lo hizo por una enfermedad tan rápida como el fulgor de una estrella, presintió su partida, dijo que moriría en veinticuatro horas y cumplió su vaticinio un día después.

  Pepete vivía, vive, cerca de mi padre, en Málaga, y mi padre, Antonio Barce, ha visto desaparecer a su hermano día a día, igual que una fotografía que se difuminara con el tiempo. Charles vivía, también vive, lejos de mi padre, en Barcelona, y mi padre lo ha visto marcharse desde la distancia, como un pasajero que le saludara desde la cubierta de un barco, de regreso a Marruecos.

Album familiar – LARACHE Mi abuelo MANUEL BARCE en el patio de la casa de las Navas  – Mi padre en las gradas del Santa Bárbara – Mi padre y unos amigos en la Plaza de España

 

 Yo apenas conocía a Charles, le vi sólo una vez en Málaga hace más de treinta años cuando llegó con la caravana de la Vuelta Ciclista a España. Era un aventurero, y vivía a salto de mata. Le recuerdo con una melena larga, sonriente, delgado y fibroso, un manojo de nervios, de esa clase de persona que se come el mundo porque piensa que la vida es el presente. Estuvimos juntos todo ese día, y puedo rememorarlo nítidamente, casi minuto a minuto. A Pepete lo he visto envejecer, he jugado con él al dominó y al fútbol, hemos pasado días en la playa y en el campo, mis padres y mis tíos siempre pasaban juntos los fines de semana. Pepete solía hacer chuparquía, como un maestro repostero. Creo que era la mejor chuparquía que he comido nunca, ni siquiera en Marruecos la he tomado tan deliciosa.

   En el cementerio, acompañé a mi padre a tomar un café mientras se velaba el cuerpo de Pepete. Cuando volvíamos sobre nuestros pasos, comenzó a hablarme de él. Su rostro se fue contrayendo lentamente, como si el dolor le comprimiera el alma. Entre sollozos, me decía: “Parece mentira… Cómo se nos ha ido la vida… Parece que fuera ayer cuando mi hermano llegaba al Barrio de las Navas, elegantemente vestido con su traje de doble pecho y muy bien peinado… Las niñas se asomaban para verlo llegar, era el más atractivo del barrio. Y mi madre, mi madre lo veía desde la puerta de la casa, salía, y se ponía a bailar, y daba voces para que las vecinas se asomasen: ¡Ahí viene mi negro! ¡El más guapo! ¡Dios mío, qué guapo es mi negro! Y Pepete sonreía, le encantaba que su madre armara esa jarana cuando él regresaba a la casa… Aún lo veo, joven, comiéndose el mundo…”

   Pepete se parecía a Rossano Brazzi. Su piel era algo oscura, por eso mi abuela Salud le decía “mi negro”. Y es verdad que ella, con raíces gaditana, salerosa, graciosa, le bailaba para recibirlo, porque era su hijo favorito.

   Abracé a mi padre por encima del hombro, y continuamos andando, mientras él seguía hablando para sus adentros, preguntándose dónde estaba ese joven que se llevaba de calle a las niñas del Barrio de las Navas de Larache, preguntándose cómo se habían ido los años sin que nadie hubiera hecho nada para impedirlo.

   Mi tío Pepete y mi tía Maruja se conocieron en La Bandera Española, la tienda de confecciones que estaba donde hoy se ubica el Bazar de Yebari. En La Bandera Española trabajaba mi abuelo paterno, Manuel Barce, y Pepete era uno de los empleados que atendían tras su largo mostrador. Mi tía no imaginó que cuando entró a trabajar allí conocería al que sería su hombre. Desde entonces, hasta hace apenas unas semanas, siempre han estado juntos. También a ella todo le parece un sueño envenenado, como si hubiesen transcurrido apenas unos pocos años desde que le viera por primera vez.

   Precisamente hace un par de años que El Hachmi Yebari reformó su Bazar. Iba a pintar la fachada. Al raspar los pintores la pared del frontal, fue apareciendo, poco a poco, el fantasma de La Bandera Española. Estaba ahí debajo, como aguardando al día en el que poder volver a asomarse a la Avenida Mohamed V. Era una imagen inquietante, pero a la vez emocionante. Todos los recuerdos de mi familia paterna parecían escapar de la fachada de ese edificio… Mis tíos, Pepete y Maruja, sellaron su amor bajo ese nombre, bajo el techo de esa tienda, hace muchos años, hace apenas unos días en realidad.

     

Me pregunto qué cruzará por la cabeza de mi padre. Eran seis hermanos, y ya quedan tres. También Carmela partió a ese extraño viaje hace ya unos años. Debe ser confuso ver morir a tus hermanos. Es como si la vida comenzara a parpadear a tu alrededor. Hay dos nuevas arrugas en el rostro de mi padre, y dos nuevas muescas en su corazón. Aunque aturdido, ahí sigue, bregando a la cabeza de la familia, como el buen timonel que ha sido, que es, que seguirá siendo para mí y mis cuatro hermanas. Nuestra referencia. Nuestro ejemplo. Él y mi madre, que continúan declarándose su amor día a día, como si aún fueran a escaparse al Cine Ideal para poder darse un beso en la oscuridad de la sala, como cuando hace unos días eran novios y Sibari les hacía de carabina…

Mis padres ANTONIO BARCE & MARÍA GALLARDO

 

Eso me pregunto, qué cruzará por la cabeza de mi padre. Pocos días después de que Pepete se marchara, le siguió Charles. Tal vez piense que su otro hermano no quería que hiciera solo ese largo viaje de regreso a la ciudad en la que nacieron. Mi abuela Salud está enterrada en el cementerio de Larache, y seguramente los habrá esperado a la puerta del recinto, y al ver a Pepete se habrá puesto a bailar, y a cantar, y a gritarle a los fantasmas del ayer “ahí vienen: Pepete, el más guapo, ¡mi negro!, ¡Dios mío, qué guapo es mi negro!, y viene con lo que más quiero, mi Carlitos… ¡esos son dos de mis niños! ¡Miradlos!”

 Sergio Barce, julio 2011

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