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LARACHE – HICIERON HISTORIA, un relato de JOSE GARCIA GÁLVEZ

Este pequeño relato-homenaje de Pepe García Gálvez me ha hecho recordar a Tisso, y también al Indio y al Moreno. A Tisso (o Tizo, no sé cómo escribirlo) le han conocido varias generaciones de larachenses. Al Indio y al Moreno creo que sólo lo hicimos unos pocos, y a una edad determinada. No sé qué año sería, entre el setenta y el setenta y dos, quizá, cuando el Indio, un chaval alto, huesudo, malencarado, y el Moreno, recio, fuerte, de piel oscura, con cara de pocos amigos, aparecieron de la nada. Iban desarrapados, con camisetas raídas y descoloridas. Uno llevaba una navaja, tal vez lo hiciesen los dos. Se convirtieron en nuestra pesadilla. Se decía que habían escapado de la cárcel. Incluso nos dijeron que uno de ellos había asesinado a alguien. Es una historia que tengo escrita, y un día publicaré. Parece una historia de Mark Twain, pero en Larache, y en el Lukus, en vez de en el Mississippi. Cuando les veíamos de frente, cambiábamos de acera, pero, a veces, nos acorralaban en alguna callejuela sin salida y nos quitaban los pocos dirhams que llevábamos en los bolsillos o nos robaban el pan o lo que hubiésemos comprado en el bacalito. El Indio y el Moreno, sombras del pasado que hicieron una parte de nuestras infantiles vidas. Aunque he de decir que el relato-homenaje de Pepe García (Pepe Maño) es más entrañable por los personajes que he escogido, y quizá traiga más recuerdos que los protagonistas de esta introducción.

Sergio Barce, octubre 2012

HICIERON HISTORIA

En multitud de ocasiones cuando hablamos o escribimos de Larache, la mayoría de las veces nos referimos a sus calles, plazas, colegios, playas, hechos o a personas que han destacado en sus profesiones, negocios o cualquier otro éxito en sus vidas. Todo lo que nombro ha ido formando poco a poco la historia de Larache. Sin embargo ha habido
larachenses, quizás de condición más humilde que los que nombro, que también han hecho historia en Larache. Por lo tanto, voy a poner mi modesto granito de arena para conservar esa historia trayendo a la memoria a algunos de estos personajes que no debemos olvidar.

¿Quién no recuerda a “La Suspiros”? Aquel simpático y dicharachero “mariquita”, con un marcado acento andaluz, encalador de oficio, que deleitaba con sus picarescas ocurrencias. O a “Marconi”, un joven judío habilísimo en instalaciones eléctricas, que muchos consideraban algo tonto, aunque en realidad yo creo que se lo hacía cuando le convenía. También estaba “Calero”, un ex-legionario nacido en Larache y que se ganaba la vida vendiendo pasteles y bizcochos, que llevaba en una cesta que asía con el brazo, al grito de “¡Comprarme, que me voy!”. Y el “Gato Negro”, un ex-boxeador marroquí, muy moreno y bastante fuerte, que todos los años hacía arreglos en la escalerilla esculpida en la piedra, por la que se descendía a la Playa del Matadero. Por esa labor recibía bastantes propinas, sobre todo de los habitantes de Las Navas.

Y hablando de boxeadores, yo creo que uno de los personajes más populares era “Pariente”: bajito, delgado y de apariencia débil, algo trastornado, que vivía en la creencia de que había sido una gloria del ring, y relataba combates de boxeo que solo existían en su imaginación. A veces cuando se celebraba alguna velada de boxeo en el Teatro España, se solía “amañar” un combate en el cual el contrario se dejaba ganar, con el regocijo de la gente al ver la alegría de “Pariente”. El contrincante de estos combates solía ser “Bujali”, otro ex-boxeador algo sonado, también bastante popular.

Otro personaje era “La Antoñita”,  también “mariquita”, que vivía en la Calle Real, alto y guapo, que fue aprendiz de sastre y luego ejerció como barman..También estaba “Guripy”, un español delgado, de corta estatura y muy ocurrente, que se ganaba la vida en el puerto con una furgoneta que solo él sabía hacerla andar.

Podría contar hechos de ellos, pero yo creo que la mayoría de los larachense los conocen. Y podría nombrar a algunos más, pero la falta de espacio hace que los reserve para otra ocasión. Estos larachenses, a su manera, hicieron historia en Larache, y, posiblemente, algunos ya no estén entre nosotros. Para todos ellos mi respetuoso y cariñoso recuerdo.

                                                     José García Gálvez (PepeMaño)

JOSE GARCIA GALVEZ en El Jardín de las Hespérides

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ENTREGA DEL PUERTO DE LARACHE A LOS ESPAÑOLES EN 1610

El Semanario Pintoresco Español fue una revista española que se publicó en Madrid  desde 1836 a 1857 con periodicidad semanal.

Fue fundada por Ramón Mesonero Romanos. El primer número salió a la venta el 3 de abril de 1836 y el último el 20 de diciembre de 1857. Constaba de 8 páginas y el precio de la suscripción era de tres reales. A lo largo de su existencia fue publicado por diferentes imprentas: T. Jordan, F. Suárez, V. Lalama, B. González, G. Alhambra , J. Rene y M. Gómez. (Datos obtenidos de Wikipedia)

Ramón Mesonero Romanos

Pues bien, en dicho semanario, se publicó (desconozco el número al que corresponde) un artículo firmado por M.Ramírez y De las Casas Deza, titulado <Entrega del puerto de Larache a los españoles en 1610>, que me ha llegado a través de alguien muy querido. El artículo es curiosísimo y de un gran valor periodístico e histórico, y la verdad es que hasta ahora no lo conocía, así que he creído que una pequeña joya como ésta hay que compartirla.

Sergio Barce, octubre 2012

Transcripción del artículo

<ENTREGA DEL PUERTO DE LARACHE A LOS ESPAÑOLES EN 1610>

publicado en

<El Semanario Pintoresco Español>

La fuerte ciudad de Larache está situada en la costa de África sobre el Océano Atlántico y pertenece al reino de Fez. Los romanos la llamaron Lixa, y J.Solino, Tolomeo y Mármol la mencionan con diferentes nombres.

Los reyes de Portugal y de España desearon apoderarse de esta plaza para seguridad de sus armadas, y por último los españoles al principio del siglo XVII aprovecharon la ocasión  que se les ofreció de hacerse dueños de ella. Muley Jeque, que sucedió a Muley Hamet, con motivo de algunas alteraciones que se suscitaron contra él en su reino, se vió precisado á implorar el auxilio del rey D. Felipe III, para lo cual pasó á España, y por órden de este monarca fué hospedado en la ciudad de Carmona. Arreglados sus negocios, en remuneración del auxilio y gastos con que lo había favorecido el rey católico para ponerlo en posesión de su reino, se convino en cederle la plaza de Larache quedando en Ceuta y Tánger dos hijos de Muley en rehenes para seguridad del tratado. Entonces mandó el rey D. Felipe que D. Juan de Mendoza, marqués de San German, capitán general de la Artillería de España saliese de Cádiz en las galeras que mandaba D. Antonio Colona, conde de Elda, para entregarse de Larache. Marchó allá el marqués, y así que se tuvo en España noticia de haber tomado posesión de ella se publicó una relación del suceso en una hoja suelta, que era el único medio usado entonces para comunicar al público los acontecimientos importantes, la cual escrita al parecer por D. Antonio Colona era del tenor siguiente:

<El rey Muley Jeque envió á decir á los moros de Alarache que fuesen á Alcazarquivir, que les quería pagar todo el sueldo que les debía y con esta nueva partieron luego. No quedaron en el castillo sino algunos viejos impedidos y el alcaide que se llama Garni. Habiendo avisado al marqués que fuese á tomar la tenencia partió luego con las galeras y en llegando á la entrada de la barra, se alargó á la banda del poniente á una caleta de aquel cabo del castillo de Ginoveses, y mandó al sargento mayor Bastajo que 200 arcabuceros y mosqueteros saltasen en tierra y fuese á Alarache, y que en nombre de S.M. pidiese las llaves y coló luego al punto, y cuando llegó al castillo le dijo al alcaide Garni estas palabras: mande vuestra señoría entregarme las llaves de la fortaleza, que así lo manda S.A. del rey Muley Jeque; y el alcaide alzó los ojos al cielo y dijo: ¡Ala! Y entregó las llaves; y luego envió los cien soldados al un castillo con otro sargento mayor, y él se quedó en otro castillo y entraron dentro, y alzaron estandarte en nombre S.M.

Llegó luego el marqués con el resto y se apoderó de todo. Esto fué sábado, día de San Esteban 20 de Noviembre. Luego partieron las galeras á entrar por la barra: fué tan grande el temporal, y marea que hubo, que estuvieron á pique de perderse. Entró la capitana y le entró un golpe de mar, y le llevó una banda con daño de muchos soldados, marineros y forzados, quebradas piernas y brazos, y algunos muertos.

Lunes 22 de este mes fui á entrar con mi navío á la barra, y nos dió un golpe de mar que por poco estuvimos á pique, fué Dios servido que pasamos la barra tocando cuatro veces con el arena.

Ahora estamos fortificando y haciendo trincheras y estacadas, por que no les ofenda la caballería: al castillo de tierra le han puesto por nombre Santa María la Mayor, y al de mar San Antonio, y á la mezquita han señalado por iglesia mayor, y otro sitio para San Francisco, y una casilla que era entierro de un moravito que está entre los dos castillos, que era entierro de los moros, le han señalado á San Agustín: en el circuito que queda cercado se puede hacer una ciudad mayor que Cádiz: coje de un castillo al otro.

En ambas fuerzas se han hallado mas de setenta piezas, la mayor parte de bronce y algunas reventadas: mucha pólvora, cuerda y balas de hierro colado, hasta los aparejos de cabalgar. Son los encabalgamientos malos, que es menester echarlos otros nuevos.

El rey moro envió á decir al marqués que ya había cumplido su palabra, que supiese guardar su fuerza, y que le diese un castillo en que recogerse, y el marqués le respondió, que él la defendería, y que no podía dar castillo sin órden del rey de España.

El alcaide Garni no se atreve á salir fuera de Alarache de temor no le maten los moros: aquí está con toda su casa muy arrepentido, el marqués le dió cuatro mil reales de á ocho. El sitio de aquesta tierra es muy fuerte: mucho mas de lo que se decía. El castillo de la mar está sobre la misma barra, que con piedras pueden matar á quien quisiere entrar en él. Tiene un grande foso y puente levadizo, no puede ser minado porque está sobre peñas. Deste han hecho castellano á Don Pedro de Vicuña, capitan de la armada real. El castillo de tierra tambien es fuerte con un grande foso fabricado en triángulo; la entrada del castillo tiene tres vueltas y las murallas altas, de forma que en el uno y en el otro no son de provecho escalas ni bitardas. El lugar está entre los dos castillos cercados con malas murallas, caídas y maltratadas, facil de tomar: será tan grande como lo que está cercado en la villa de Cádiz: en saliendo el Sol le dá de frente. Cada casa tiene su jardín, una higuera, una parra, y un bancalejo para hortaliza: las casas son unos malos aposentos de barro y piedras, cubiertas algunas con tejas y otras con palmas y ramas, como casillas de cortijos: hay una larga ribera de huertas á orillas del río, y los puercos, jabalíes vienen hasta las propias casas: hay muchos y muchas bellotas. El primer presente que hicieron al marqués fueron bellotas. Están hechas las paces por treinta años; que puedan los cristianos contratar en el reino de Fez, los moros en los reinos de Castilla. Los moros están aquí con nosotros y traen á vender leche, manteca, y gallinas, carne, bellotas, y todo lo venden tan caro que vale mas barato en España. Muchos moros que echaron de España están aquí, y dicen que son cristianos; con todo eso se han retirado la tierra adentro su casas ect.- Deo gracias.-

Tal es la relacion de la toma de Larache.

Lt. M. RAMIREZ Y DE LAS CASAS DEZA.    

 

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LARACHE, UNA CIUDAD QUE SIGUE ESPERANDO A GODOT, un artículo de MOUNIR KASMI

Me ha parecido interesante este artículo escrito por nuestro paisano y amigo Mounir Kasmi, y que refleja perfectamente lo que está ocurriendo en Larache, y en esta caso en concreto, con su hermosa playa de Ras R´mel. Un análisis certero y muy bien trazado que denuncia unos hechos que, año a año, se van repitiendo y que llevan a un desastre que él anuncia y denuncia. Creo que la mayoría de los larachenses secundamos sus palabras.

Seguramente, si no cambian las cosas, en el futuro  muchos se arrepientan de no haber hecho algo para impedir lo que Mounir viene advirtiendo…

Mounir Kasmi junto a Carlos Amselem en el Curso de Microempresas que se impartió en Larache organizado por Xenia y Larache en el Mundo

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LA CALLE BARCELONA, un relato del escritor larachense LEON COHEN MESONERO

Ahora le toca el turno a otra calle emblemática de Larache: la calle Barcelona. Y la visión de ella corresponde a quien siempre, cuando tiene oportunidad de charlar de Larache, regresa instintivamente hasta ese lugar, al abrigo de sus recuerdos: Leon Cohen. El texto es indudablemente íntimo y personal, trata de relatar como si caminara por esa arteria de nuestro pueblo (me parece más entrañable llamar a Larache pueblo que ciudad) pero Leon no puede evitar el desviarse para contar lo que realmente le satisface o lo que de veras le estremece: esas pequeñas aventuras de la infancia junto a sus amigos o especialmente al lado de  su padre. La suerte de compartir todos estos relatos, todas estas fotografías narradas, es que cruzamos tantas historias y experiencias, tantos recuerdos y anécdotas, que sin proponérnoslo estamos llenando de vida y de alma a todas las calles por las que ha transitado parte de nuestras vidas. Es el mejor álbum de Larache.

Sergio Barce, septiembre 2012

Leon Cohen

“Tratar de recrear el pasado es en cierto modo un intento de reconstrucción no sólo de la memoria propia, sino también y sobre todo de la memoria de una colectividad”.

                                      León Cohen

 

La Calle Barcelona

¡La Calle Barcelona! Era una calle vulgar, como cualquier calle, una calle de barrio. No era emblemática, no era ni la Calle Chinguiti, ni la Calle Italia, ni por supuesto la Calle Real. Pero muchas personas de Larache la recuerdan, la mientan y algunas creen haberla habitado, llegando incluso a ubicarla  de manera  errónea.

Yo no nací en esa calle, pero mis padres y yo, que sólo tenía un mes, nos mudamos en el año 1947 y allí residimos hasta el año 1954. En esa calle se forjaron mis primeras impresiones y se construyeron mis recuerdos primeros, los de la infancia profunda. Allí empezó a llenarse mi memoria de recuerdos imborrables y entrañables. En esa calle nacerían mis hermanos y hermanas. Todavía tengo fija en la retina la imagen borrosa de mi hermana Ani recién nacida y junto a ella un barreño metálico y a Doña Petronila.

La Calle Barcelona era una de las muchas calles transversales que unían la Calle Chinguiti o su prolongación con la Avenida de las Palmeras. Para situarnos, subiendo por la Chinguiti, se llegaba a una pequeña rotonda  o placita que daba a cuatro calles, siguiendo recto, la Calle Barcelona era la segunda a la izquierda. Y también la penúltima de tres, antes de alcanzar el Campito de los Mosquitos. En ese campito, como he contado en alguna ocasión, tenían lugar las guerrillas de moros contra cristianos, a pedrada limpia. Como dos ejércitos bien organizados, nos disponíamos los unos frente a los otros a tiro de piedra, y sólo a la orden de nuestros comandantes, empezábamos a lanzarnos las pedradas que cesaban cuando ambos jefes así lo decidían. Ese campito tenía además otros usos más pacíficos para muchos de nosotros, era donde cazábamos pajaritos con trampas, sirviéndonos las alúas como cebos, era en el propio campito donde cogíamos aquellos  coleópteros en los “alujeros”.

Si uno dejaba a un lado la calle, sin entrar en ella, a unos metros, se topaba con el Colegio Árabe donde estudió o estuvo, ese gran contador de palabras y cuentos que se llama Mohamed Choukri. Enfrente de aquel colegio vivía Don Antonio Ortega, el antiguo republicano.

Antes de entrar en la Calle Barcelona, no quisiera dejar sin contar algunos detalles. La rotonda, como dije, da a cuatro calles: la que viene de la Calle Chinguiti, la que va hacía la calle Barcelona, la que baja hasta los Maristas (la calle donde nací) y la que llega hasta la Avenida de las Palmeras; la plazoleta se compone por lo tanto de cuatro cuadrantes. En la esquina derecha de uno de estos “cuartos de rotonda” según se va hacía la calle Barcelona, vive un chico rubio de mi misma edad al que llamamos Antoñin el del jardín. En el cuadrante adyacente residen los Ribes, padres de mi amiga Elsa, en un edificio de construcción reciente. En el tercer cuarto reside la familia de mi amigo Santiago Hernández, en una suerte de patio de vecinos. Siguiendo hacía la Calle Barcelona, quiero también recordar que frente al colegio árabe, haciendo esquina, se halla situada una casa con muchas plantas donde vive Alejandro, un amigo de correrías. Entre su casa y el colegio empieza un callejón sin asfaltar, donde se encuentra la casa de Nissim Azulay, aquel niño tan avispado como cruel, que una tarde de otoño nos enseñó a unos cuantos, cómo la letra con sangre entra, utilizando una regla con la que nos atizaba en los dedos  imitando a nuestra maestra,  Mlle Beniluz.

Pero doblemos la esquina y recorramos la calle. Hasta llegar a mi casa, la calle tiene únicamente margen izquierda, pues en todo ese tramo en el flanco derecho sólo hay un descampado. A partir de mi casa ya aparecen algunas casas diseminadas en la margen derecha. Casi todas las casas son de una planta con azotea.

La casa del maestro: La primera es la del “maestro”. Para mí, el maestro era un amigo de mi padre con el que un día fuimos de cacería en nuestro camión. Llovía despiadadamente cuando salimos, mi padre al volante, yo en medio y el maestro a mi derecha en la cabina del camión. Detrás en el remolque iba Stika, mi querida  e inolvidable perra. Una pointer de primera clase. Circulábamos por una pista de tierra y barro, por la derecha caminaban unos campesinos, una mujer con un niño a la espalda, otras dos campesinas y un hombre de cierta edad. Los colores que recuerdo son el blanco y el rojo, el blanco de las “jilabas” y de los zaraguëlles (aunque en contra de la Real Academia de la Lengua yo prefiero la palabra zarahueles), el rojo de los fajines que suelen llevar los “jibilos” (jbel en árabe significa montaña). Llovía y a la lluvia incesante se había añadido una tormenta de muy señor mío. De repente, una luz cegadora, y un silencio sepulcral. El camión se había detenido y todos nos mirábamos en silencio como hipnotizados. Había sido un rayo: una descarga de energía eléctrica tremenda, inolvidable. Luego, los gritos de los campesinos, muchos gritos de pánico y mucha sangre, ruido y sangre, miedo y sangre. Sobre el suelo yacían el hombre mayor y la mujer que llevaba al niño, los dos muertos. El niño milagrosamente había salido indemne y lloraba, el resto de personas estaban heridas o presas de pánico. Me ha quedado como última imagen de aquella tragedia la de mi padre bajándose  del camión,  quiero creer que  llevamos a los heridos al hospital.

Leon Cohen en la calle Barcelona

Mi casa: Sigamos. Después de la casa del maestro, intuyo dos o tres casas, pero tienen la puerta cerrada y no distingo a nadie, será mi memoria que debe estar nublada por el paso del tiempo. Luego, mi casa, la casa donde estrené mis primeros cariños, mis primeros amigos, la casa donde empezó a conformarse ese yo, que hoy, pasado medio siglo, vuelve a ella, a esa casa de todos que es la infancia. 

La puerta y las dos ventanas que dan a la calle están abiertas.

La puerta: Un hombre joven, alto, moreno, de treinta y pocos años, en todo el esplendor que da la juventud, se yergue ante la puerta medio abierta, casi tapando con su cuerpo toda la luz que aún conserva la tarde. Yo, diminuto, con seis o siete años, observo con sorpresa y admiración su figura a contraluz. Es mi padre, que acaba de llegar de una de esas interminables cacerías con sus compañeros de siempre (el doctor Mayor, Revilla el carnicero y seguramente también habrá estado Bartolo el de la casa Ford). Mi padre está vestido de cazador, porta un sombrero de paja y lleva colgadas de la cintura un sinnúmero de perdices. Esboza una sonrisa amplia  y cómplice mientras se dirige a mí en tono cariñoso, mostrándome sus trofeos. Recuerdo con precisión meridiana que mi madre solía conservar las perdices en dos tinajas enormes llenas de aceite.  

La ventana situada a la derecha de la puerta: Da al pequeño salón de los trofeos. Se trata de una pequeña salita. Adosado a la pared que mira a la puerta de entrada, se halla un aparador muy vistoso y una mesa de comedor con sus correspondientes seis sillas forradas de una tela estampada. Se ve muy cuidado y con poco uso. Sobre el aparador, dispuestas con mucho orden y guardando la jerarquía, las copas que mi padre ha ganado en múltiples tiradas de pichón y al plato. La copa preferida es, como no podía ser menos, la del centro. Es una copa de plata de ley, grande, esbelta  y con  un baño de oro en su interior. De vez en cuando, a mí me da por pasearme por el salón y deleitarme mirando las copas. En ocasiones he llegado a pensar que mi devoción por los muebles y la decoración vienen de aquel salón y de aquella época.

La otra ventana: Es el dormitorio  de mis padres. Un recuerdo puntual: una mañana, mi padre sorprendió a un ladronzuelo en su dormitorio y lo puso de patitas en la calle agarrándolo  por el cuello.

En el patio, una parra y el gallo. Una gallo espléndido que mi padre había criado y que al oír la voz de éste, cuando llegaba a casa a la hora del almuerzo, preso de una súbita alegría, lanzaba de repente un repertorio de cacareos a cual más estridente. Una mañana que no quiero recordar, se lo llevó.

Calle Barcelona. Leın, David, el hijo del maestro y Stika

En la azotea, la casa de Stika. A la azotea solíamos subir todos los hermanos para visitar y entretenernos con nuestra perra de caza que prácticamente había crecido con nosotros. Una noche de verano mi padre nos comunicó la triste noticia: se había visto obligado a regalar la perra a un amigo, porque en la nueva casa no había sitio o por otra causa que no recuerdo, aunque sí recuerdo mis lágrimas, mi desconsuelo y el de mis hermanos. Habían sido casi seis años juntos.   

Nuestros vecinos: La familia de Cristóbal Ortega y Josefa Padilla, con sus hijos: Cristóbal, Carmen, Fina, Pepe, Antonio y Eduardo. He olvidado el nombre de otra hermana, pero para nosotros, mi hermano David y yo, los importantes son nuestros amigos Antonio y Eduardo. Son los grandes amigos de nuestra primera infancia. Hay una vivencia entrañable: las hogueras de la noche de San Juan. Quemábamos un muñeco de trapo y disfrutábamos saltando alrededor  del  fuego.

Olga: Pero esta calle también tiene su estrella. Es alta, esbelta, delgada y muy atractiva, parece una actriz de cine, yo la comparaba con Ava Gardner. Su nombre es Olga y vive con su padre Don Jaím Benaich justo enfrente de mi casa. Es indudable que Olga se distingue de la media de los mortales. En ocasiones la sorprendo hablando con mi madre y siento un fuerte deseo de ser mayor para poder conquistarla. Pasado el tiempo, se casaría con un norteamericano y se iría a vivir a América. Ignoro por qué siempre la imaginé en un descapotable con un pañuelo anudado al cuello y con la melena al viento. Era la diosa de la calle. 

Camino del Colegio Francés: Casi siempre realizábamos el mismo recorrido: subiendo desde mi casa, pasábamos por la tienda de ultramarinos de María que se hallaba justo a mitad de la calle, llegando al final de la calle, doblábamos a la izquierda, y apenas recorridos unos metros estaba la casa de  Palacios, el cazador de jabatos, cuyos dos hijos eran también compañeros nuestros, uno de ellos, Jeromín, era un excelente dibujante, luego tomábamos la segunda calle a la derecha y al final de ésta, la Avenida de las Palmeras. En la esquina se hallaban las casas de Bartolo y de nuestro compañero Julio,  y a muy poca distancia nuestro querido colegio.

La mudanza: Fue a principios del año 1954. Todo ocurrió muy de prisa. Un buen día, ante nuestra incredulidad y sorpresa, mi padre cargó con todas las copas y se las llevó. Luego supimos que las había vendido a un joyero del centro. Pocos días más tarde comenzó el embalaje de los muebles y demás enseres. Puedo todavía recordar los malos augurios que se avecinaban según  mi madre cuando se le rompió un espejo. Siete años de penurias que nunca llegarían a cumplirse. Bien es verdad que vendrían malos tiempos para la familia, pero no durarían tanto como presagiaba la superstición del espejo roto. Yo siempre he pensado que todo fue un pequeño castigo de la Calle Barcelona por haberla abandonado. Y es que las calles también tienen alma.

                                                           León Cohen,   Octubre 2003

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EL PUERTO Y EL FONDAK ALEMÁN DE LARACHE, un relato de DRISS SAHRAOUI

Tengo la sensación, quizá la esperanza, de que, entre todos, estemos elaborando un detallado, emocionante y precioso retablo de la ciudad de Larache. Cada autor, de diferente generación, da la pincelada propia a su época, rescata los recuerdos de sus años, y unos y otros armamos esta estructura llena de pequeños sabores y personales imágenes. En esta ocasión, Driss Sahraoui vuelve a regalarnos otro de sus minuciosos paseos por las calles de la ciudad. Baja la cuesta del Aguardiente y, con las manos en los bolsillos, se detiene y nos explica la vida de cada edificio y de cada familia. Es un largo y plácido caminar que nos arrastra al puerto de nuestra ciudad, y con el olor inconfundible de la almadraba, junto a Driss, nos quedamos paralizados contemplando la descarga de los atunes, brillantes, ensangrentados, refulgiendo contra el sol que cae lentamente como si fuera el último destello de sus vidas. Quién no recuerda esos instantes al regreso de faenar de los barcos… Veo unas gaviotas planear sobre uno de ellos, y veo a un chaval, creo que es Nourdine, que me hace señales con las manos, me saluda, pero no sé si me dice hola o adiós, y una extraña congoja me atrapa el pecho. Es como si sus aspavientos me alejaran del embarcadero, como si tratara de avisarme de que todo ese espectáculo se irá perdiendo con el tiempo… Es lo que el relato de Driss me ha hecho sentir.

Sergio Barce, septiembre 2012 

Larache . foto de Puri Vázquez Mascareñas

EL PUERTO Y EL FONDAK ALEMAN

DE LARACHE

Por Driss Sahraoui

Si nos situamos frente al antiguo Garaje de la Valenciana, dando de espaldas a la Comandancia y al Castillo de las Cigüeñas, encontramos tres calles. La derecha que conduce al Jardín de las Hespérides, de la que no voy a hablar porque no entra en este tema. La de enfrente que conduce a Electras Marroquíes, y la izquierda, llamada cuesta del Alemán o de Reinschaussen, que conduce al Puerto. Esta calle empieza en el citado garaje de la Valenciana seguido de una finca agrícola que llegaba hasta el consulado alemán. En ésta vivía o formaba parte de la familia ahí residente un tal… que era profesional de la equitación, de hecho daba clases de esa disciplina en la Hípica. De estatura mediana, llevaba siempre un sombrero y calzaba  botas con polainas. Hacía con su caballo maravillas: bailar, ponerse de pie sólo con las dos patas traseras, en fin, barbaridades, al estilo torero-andaluz. Era además muy bromista, conociéndole tan bien, su nombre no me sale.

Al final de esta finca estaba el Consulado de Alemania, cuyo edificio era de dos plantas, por lo que incluía la residencia del cónsul. Este era de estatura más bien baja y uno de sus pies era postizo, pero andaba perfectamente. Conocido con el nombre de REINSCHAUSSEN era de carácter serio, además de su misión diplomática se daba al comercio, era el principal importador de harina, aceites, azucares e infinidad de mercancía. Contaba con muchos empleados y un chofer personal, entre ellos se encontraba un tal Mustafá EJNACHAR y un hebreo de estatura baja que ostentaba un cargo importante en la administración, era experto en  contabilidad. Estaba siempre riendo, le gustaba contar chistes y se llamaba AMSELEM. El cónsul contaba con un gran almacén, justo enfrente del mismo consulado, separado solo por la carretera, destinado al depósito de sus mercancías Al lado de este había una pequeña destilería de anís, propiedad de un tal ARIZA, seguida de un gran almacén  cuya actividad era  la reparación de redes de pesca. Teniendo a su continuación unas largas escaleras provenientes de la Torre y del Yebiel, que  terminaban a su izquierda con la desembocadura y final de la Calle Real. Enfrente tenia la Aduana, que todavía conservaba un gran arco, resto de lo que fue su principal puerta. 

Voy a regresar al Consulado para describir la parte izquierda de esta calle. Este tenía a su izquierda una calle estrecha y corta que conducía a la Cruz Roja y Electras Marroquíes. Cruzando esta pequeña carretera se encontraba el Colegio Israelita YUDAH LEVY. Este edificio en su tiempo ha sido construido y concebido para colegio. Era muy amplio, con jardines  y grandes espacios  para el recreo y los deportes, como el baloncesto y otros. La distribución era la adecuada y la disciplina ejemplar. Actualmente se ha convertido en colegio musulmán contando con diez aulas, la gran parte verde que poseía este establecimiento le ha sido amputada y cedida al Ministerio de Juventud y Deportes. Era uno de los mejores colegios en esos tiempos. Personalmente guardo un recuerdo del  mismo: en los años cuarenta se había organizado un encuentro en el Teatro España, que agrupaba a todas las escuelas estatales de la ciudad, con ocasión del fin del curso escolar, cuyo objeto era la distribución de los certificados de estudios, acompañados de algunos regalos a los alumnos  más sobresalientes de cada escuela. Antes de la entrega de estos certificados, cada escuela tenía que representar algo: una corta pieza teatral, exclamación de una poesía o fábula u otra cosa. Una alumna hebrea por parte de ese colegio de nombre BENDAYAN optó por cantar una canción que estaba entonces en boca de todo el mundo, en uno de sus fragmentos decía más o menos:  -No me quieras tanto, ni sufras por mí, no vale la pena que por mi cariño, te pongas así- …  Canción de la diva española Conchita Piquer, que un  año antes pasó por este mismo escenario cantando esta misma canción. El Teatro parecía venirse abajo con los aplausos de los asistentes, padres de alumnos y profesores, por la magnífica interpretación realizada por esta simpática alumna. El que suscribe asistió a este certamen, como alumno, en representación de la Escuela Hispano-Árabe. Con esta alumna ya he coincidido antes y después de este encuentro. En la fiesta o Día del Árbol íbamos todos los alumnos de todas las escuelas por la mañana a los Viveros o la Hípica para sembrar cada uno su arbolito. Íbamos provistos, cada uno, de una bolsa de papel-cartón conteniendo un bocadillo, una manzana y un plátano. Ni que decir tiene que estos encuentros entre las escuelas ha servido de algo en esa cultura larachense de entendimiento y concordia.

Hípica de Larache

Seguimos, y encontramos entonces parte de los restos de un gran arco que marcaba la puerta de la antigua Aduana. Traspasándola estamos ya en el recinto del Puerto. Aquí encontramos el célebre Bar ROYAL, o Royal Bar, regentado por un simpático hebreo, de estatura alta, algo picado de viruela, al que le gustaba hablar mucho, era muy conversador. El acceso a este lugar se hacía mediante la subida de algunos escalones, lo que hacía que el local fuese más alegre, asomándose a la gran parte del puerto porque era todo ventanas. Tenía mucha aceptación por el lugar, por el trato y por la exquisita atención reinante en el mismo. Curiosamente gran parte de la clientela no tenía relación con el puerto, pero estaba siempre ahí. En algunas fiestas como la Nochebuena o fin de año, aterrizaba aquí gente de todas partes, donde se quedaba hasta bien entrada la madrugada. Al lado había tres agencias de Seguros y aduana. El más joven de los agentes de Aduana era un tal MOÑINO, no sé si heredada de su padre. He oído a algunos llamarle <El de la Viuda>, posiblemente se trataba de su segundo apellido. Más allá había una calle estrecha y larga que conducía a  la ZAUIYA NACERIYA y se asomaba al Barandillo.

Junto al  Bar Royal se encontraba un pequeño varadero, donde se construían botes y se reparaban las pequeñas embarcaciones. Más allá se encontraba la antigua playa chica donde nos bañábamos en algún tiempo, en vez de ir a la otra banda. Más allá se encontraban los astilleros de CONRADO ZOUZA, que se han hecho muy importantes en un tiempo, fabricando barcos en serie, incluso para la otra zona de Marruecos. Al lado estaba el Embarcadero para trasladarse a la otra Banda. En la hora punta esto era un hormiguero, con un ambiente especial, era la ocasión de bromear, cantar y bailar. Al lado estaba la fábrica de hielo para abastecer a los barcos de pesca en esa materia. Era propiedad de JOAQUIN HERNANDEZ, quien tuvo un grave accidente en la misma. Una correa de transmisión le arrancó un brazo, que le han tenido que amputar. Tuvo la valentía de ir al Hospital de la Cruz Roja que estaba cerca, aguantando el brazo con la otra mano. Siguió conduciendo con una sola mano durante toda su vida. Este hombre era valiente también en los negocios. Llegó a ser el más importante exportador hacia Europa de naranjas, tomates y otros productos agrícolas. La importancia de las transacciones comerciales le obligó a abrir una representación en Alemania a cargo de su hijo. La agencia de Larache siguió atendida por su hija que también era muy activa. Había igualmente en este recinto la Lonja, el depósito de Pescadores y el bar de los hermanos SARRIÁ, estos eran varios, uno funcionario de Hacienda. Este bar era importante, de reciente construcción, y concurrido, pero no llegó a la importancia del Bar Royal.

Puerto de Larache

Ahora entramos al muelle. Este contaba con tres grandes grúas, cuya actividad era constante, descargando las mercancías provenientes de los grandes barcos mercantes, transportadas por grandes barcazas, porque los buques no podían franquear la entrada al puerto por las condiciones de la barra. Las barcazas, para entrar, tenían que estar custodiadas y supervisadas por un experto Práctico, quien les dirigía hacia la parte más fluvial y menos peligrosa de la barra. La actividad de estas grúas se multiplicaba en verano, temporada de las almadrabas, descargando atunes, a veces incluso de noche. La descarga de los atunes era un verdadero espectáculo. Ver esa cantidad de atunes que a veces sobrepasaban los cuatro metros de largo todavía coleando… En la temporada de la captura del atún se contrataba a gente especialista en esta tarea proveniente de  Barbate, Ayamonte, Isla Cristina y otros puntos de Andalucía. No sé donde ha ido a parar toda esa riqueza del mar porque, actualmente, atunes de ese calibre ya no existen.  En el puerto existían grandes almacenes para el depósito y custodia  de las mercancías descargadas, en espera de ser retiradas por sus respectivos propietarios. Estos almacenes tenían forma de grandes naves, con mucha altura y anchura. Enfrente a estos almacenes, separados por una carretera, había una gran explanada donde se depositaban cantidades enormes de bidones de aceite y otras mercancías imperecederas, que podían resistir la intemperie porque tardaban en ser despachadas. Cerca de este lugar se había construido la dirección de Aduanas y la Comandancia de Marina. Enfrente, y separada por una carretera ancha, se encontraba la Cruz Roja Española, que se componía de un hospital llevando su nombre, un Dispensario, otro que era permanente, llamado Urgencias, una Iglesia, varios departamentos, así como grandes espacios verdes y jardines bien atendidos. En los años cuarenta, me llevó mi padre a este lugar porque me habían salido unas burbujitas que me cubrían toda la cabeza, al rascar me salía como agua. Al llegar al Hospital encontré a muchos niños de mi edad y de todas las comunidades con lo mismo. La cura consistía en aplicar en la cabeza una medicina por la noche para al día siguiente amanecer sin pelo, después seguían sesiones de Rayos X que duraban algún tiempo. A una chica hebrea muy guapa no volvió a salirle el pelo para toda la vida. La pobre, por su edad, no era consiente de lo que le pasaba, jugaba y saltaba tranquilamente. Era una  verdadera lástima porque la chica era guapísima. Hay que recordar que en esos tiempos había enfermedades de este tipo por la mala nutrición. Existía el paludismo, la tuberculosis, y otras enfermedades. En esos tiempos abundaban las charcas de agua sin tratar, refugio de los mosquitos portadores de paludismo. El azúcar era de color chocolate sin terminar su proceso de fabricación y refinamiento. La manteca era de grandes bloques de tamaño exagerado, sin saber la composición de la misma ni la forma de su posterior manipulación. La harina era de cualquier forma, he visto por casualidad en la Harinera de Larache triturando grandes bloques de harina cuyos sacos han sido  rescatados del mar después de mucho tiempo de naufragio. Esto ocurrió en la época de la guerra civil española. Eran años muy duros. Pero no hay enfermedad que dure cien años…

Salimos de la Cruz Roja y hallamos, enfrente, la carretera general Larache-Tánger-Tetuán  y a su lado otra muy corta que conduce a la fábrica de conservas del Lukus y la Playa del Carmen, donde había un pequeño astillero de EMILIO MORALES para la construcción de barcos de pesca, pero no era de la importancia de los astilleros de CONRADO, ya citado.

La carretera Larache-Tánger empieza teniendo a su derecha un gran jardín y dos carreteras; una que conduce a la Comandancia y la otra, llamada cuesta del Aguardiente que terminaba en los cuatro caminos. En la parte izquierda se encontraba un recinto que albergaba a Obras Públicas, se le llamaba igualmente FOMENTO, con garajes para los camiones, otro para las grandes maquinarias y herramientas necesarias para las grandes obras, así como varios departamentos administrativos. Aquí se repartían las funciones y  las obras a realizar. La actividad era intensa, en la que destacaba un ingeniero llamado AITOR AGUIRRE, por su gran responsabilidad. En este mismo recinto estaba la Estación de Ferrocarril, que nos ofrecía una belleza de arquitectura, digna de recordar y que al igual que la de Larache todavía existe en muchos lugares como Tetuán, Alcazarquivir, Ceuta y en muchos puntos de España. Este ferrocarril hacía el trayecto de Larache-Alcazarquivir vía Auamara, no me acuerdo de la frecuencia de sus viajes pero no eran diarios. Al lado de Obras Públicas existía una pequeña fábrica de conservas llamada COCA, seguida de un gran depósito de lubrificantes perteneciente a la Compañía Atlas. Este contaba con vivienda para el responsable del depósito, llamado BARRAGAN, este era un hombre de alta estatura, tenía una hija que era fotocopia suya en lo que respecta a la estatura y fisonomía a la que gustaba hablar mucho, al igual que su madre. A partir de aquí ya solo la carretera general Larache-Tánger y la vía del ferrocarril hacia Alcazarquivir. 

Vista aérea de Larache

Si nos damos la vuelta, encontramos a nuestra izquierda las casas de los Pescadores Marroquíes y, más allá, las de los Pescadores Españoles. Seguimos, y encontramos la primera ubicación del Colegio Luis Vives, teniendo enfrente un gran jardín y una rotonda que cae justo enfrente de Obras Públicas. Seguido del Colegio encontramos el Cuartel de Veterinaria, cuyo responsable era un Teniente Coronel  cuyo hijo era de mi edad,  donde se ocupaban de lo que era la veterinaria militar. Este cuartel tenia cerca al patio la Bola de Oro que primero era fabrica de salazón y después se convirtió en viviendas. Si paramos aquí encontramos tres carreteras: derecha que conduce a Electras Marroquíes, izquierda que conduce a las casas de los Pescadores Españoles y la fábrica de curtidos, que pasó por muchas manos, el ultimo fue un tal MIRANDA, y la de enfrente donde empieza la cuesta del Aguardiente. Esta comienza, subiendo, a su izquierda con unas  pequeñas fincas agrícolas, siendo la más importante la perteneciente a una señora muy respetada, teniendo a un agricultor viviendo en la misma finca. Se llamaba Doña Ricarda y tenía tres hijas, la mayor Rosario y dos mellizas, Encarna y Amparito, las dos se casaron con militares; la primera con  un capitán intendente en el Regimiento de Artillería llamado Juan LARA, que era una buenísima persona, la segunda con un Suboficial de Aviación, la mayor ya estaba casada y vivía en España. Seguían dos fincas más, en la última se había construido un chalet propiedad de CAPACETE, director de la Compañía ATLAS de lubrificantes. Mas allá, el Patio del Aguardiente donde en la realidad había una destilería de aguardiente de la cual esta carretera tomó el nombre de Cuesta del Aguardiente. Había igualmente viviendas y terminaba ya con los Cuatro Caminos. Aquí vamos a dar media vuelta y bajar esta cuesta.

Lo primero que encontramos a nuestra izquierda es el chalet del General MEZIAN que era grande y terminaba en una calle proyectada que debía desembocar en la Avenida de España, frente a la Escuela Francesa; a su derecha quedaría, haciendo esquina, el chalet del Bajá RAISUNI, el cual se opuso a este proyecto alegando que eso era parte del cementerio de Lala Menana, levantando una tapia por donde debía haber sido su salida y terminación, y así se malogró este proyecto que estaba bien estudiado. Al lado de esta calle se encontraba una gran huerta, que colindaba con el Cuartel de la Guardia Civil, propiedad de mi padre.  Recuerdo que en nuestra huerta habían excavado una manera de zanja, forma de trincheras, pero estas eran anchas y profundas. Los que excavaban eran prisioneros de guerra vigilados por soldados. A estas zanjas había quien  decía que eran Refugios (no sé de qué), otros decían que era para enterrar a los prisioneros fusilados. No tengo constancia de esto. Esto era durante la guerra civil española y un poco después. El cuartel de la Guardia Civil era grande, contaba con un sector para la administración, otro para viviendas, así como espacios verdes. Contaba igualmente con una cuadra de cuatro caballos, una moto Sidecar y un efectivo discreto de guardias civiles. En vez en cuando, veíamos circular con la moto a un  tal  BETANCURT, era canario y vivía solo para reír y hacer bromas, olvidándose de su condición de funcionario. Algunas veces veíamos una pareja de guardias civiles montados en caballo, con esa tradicional vestimenta: uniforme, tricornio y esa bonita capa. Solían ir por el campo, atravesando el puente del Lukus, no sé hasta donde llegaría ni el propósito de ese recorrido.

LARACHE

Seguía al cuartel el Fondak Alemán, que, en un tiempo después, se convirtió en viviendas; en la fachada principal residía el Baja BENEISH después del derribo de  su casa frente a la Comandancia Y dentro vivía  una multitud de familias. Los hermanos  MOLINA, uno era futbolista en el club local, la familia PIÑUELA, la familia ESCALONA, Antonio NARVAEZ, armador de barcos de pesca, Emilio MORALES, cuya familia se componía de la señora Eulalia, el hijo Emilio y dos hermanas, la más pequeña llamada Carmencita.

Anécdota: en 1970 estuve en Agadir y frecuentaba la Casa de España de esa ciudad. Había muchos españoles, sobre todo armadores, industriales y gente del mar. El primer día, acompañado de mi hermano que residía ahí, me presentó al gerente del lugar que era de Larache. Empezamos a charlar y no hemos llegado a identificarnos, me habló del Fondak Alemán y de la familia Molina y, en ese preciso instante, entraba  la mujer a la que conocía. Me dijo: ahí está mi mujer. Ésta saltó, me dio un fuerte abrazo y no sin emoción empezamos a hablar y a recordar. Esa vez me quedé hasta muy tarde porque nos costaba separarnos. Después iba todos los días a este lugar donde también conocí a un tal VERGARA, uno de los refugiados políticos, que vino a esta ciudad para quedarse para siempre, era propietario de una fábrica de Conservas que llevaba su nombre. Nos hicimos amigos y nos veíamos todos los días. Era un gran conversador y encontraba placer en mi forma de discutir. Me acuerdo de un detalle: el ultimo día de mi estancia, llamó a su chofer quien me trajo un surtido de cajas de conserva escogido por él mismo y me  entregó tres cheques de gasolina para el viaje, sin que haya sido solicitado para ello. Ese gesto y ese detalle se me quedaron grabados en la mente durante toda la vida.

A este Fondak seguía otro del mismo nombre y capacidad. Aquí también vivían muchas familias conocidas. La ya citada Doña Ricarda y familia, EL LITRI, que era reparador de radios y magnetófonos –entonces la televisión no existía- instalado en el pasaje Goya o Gallego. El contratista de obras Antonio OCHOTECO, el guardia civil retirado TIMOTEO, que era aficionado a la caza mayor y que además poseía en el mismo barrio una expendeduría de tabacos, el Bar de ANDRES, éste era concuñado de Timoteo, la tienda de comestibles de BARRAQUERO, que luego pasó a ser de la señora EMILIA; había también una señora costurera de la que no me acuerdo el nombre a la que acudían gente de todas partes, tenia mucha fama como costurera y modista. También mi padre tenía aquí una tienda de comestibles, en el numero 10, regentada por un Susi. Una o dos veces al año, al irse este Susi a su pueblo más allá de Marrakech, me hacía cargo de la misma. No me gustaba porque lo encontraba muy esclavo. En los ratos libres cogía mis libros y repasaba o estudiaba. Un profesor jubilado que vivía en el mismo inmueble de Doña Ricarda, al pasar para ir al Casino siempre a la misma hora, entraba casi sin que yo me diera cuenta y me decía: te estás empapando. A veces aprovechaba para preguntarle algunas explicaciones. Debo decir que todos mis estudios los he hecho libres.

A la izquierda de esta tienda vivía la señora Juana, tenia tres hijos, el varón Prudencio y la más pequeña de las hermanas, de la cual  no me acuerdo del nombre, estudiaba e hizo Magisterio. Esta señora, en sus tiempos libres, vendía cupones de la lotería de la Cruz Roja.

Anécdota: una vez estaba con un grupo de cuatro personas, al pasar vino y nos ofreció esos cupones, nadie le hizo caso. A mí me dio un algo porque la vi como sintiéndose menospreciada al no hacerle caso nadie, la llamé, le compré los cupones, se puso contenta, me dio un beso y me dijo: te tenía que tocar por lo campechano que eres. Y, efectivamente, al día siguiente vino a buscarme para decirme: te ha tocado. Me acuerdo que, al ir a cobrar, me pagaron en calderilla envuelta en paquetitos. 

Vivían aquí otras muchas familias, compuestas todas de buena gente.

Aquí termina esta parte del Fondak y nos lleva a la carretera, que es una cuesta llamada primero calle el Craret y hoy calle Uxda,  que nos lleva al garaje de la Valenciana. Situándonos en este lugar, cuya construcción era  reciente y ambiciosa,  con dependencias administrativas en su primera planta, así como apartamentos destinados al alojamiento del personal. Ha sido construido sobre un terreno arcilloso y de poca resistencia. La construcción no era la adecuada para esta clase de terrenos y, sin saber porqué, se ha realizado en un tiempo record. Hoy está en situación de ruinas. 

Vamos a bajar esta cuesta para al final encontrar el Patio de la Cigüeña, que no tiene nada que ver con el castillo de las Cigüeñas junto a la Comandancia. Aquí había un árbol robusto en cuya copa había un nido permanente de una cigüeña que venía todos los años. El árbol no era muy alto, pero ella vivía en la más grata tranquilidad. En este patio había viviendas donde residía mucha gente, el futbolista FACUNDO se casó con una chica de este barrio cuya madre, viuda, era muy respetada. Al lado estaba el antiguo cementerio judío, casi abandonado a su suerte, Se han levantado muchas voces no solo de judíos sino de todos los cultos para que sea restaurado, sin resultado  alguno, también se ha escrito mucho sobre el mismo. Sara Fereres de Moryoussef ha escrito hace ya tiempo un artículo desgarrador sobre este cementerio. Sin embargo últimamente parece que se ha abierto un rayo de esperanza para la restauración de este lugar, ojalá se cumpla.

Más allá había un fondak que se convirtió en viviendas, teniendo a su lado un gran almacén que servía de depósito de sal. Damos media vuelta y vamos hacia atrás para encontrar las Electras Marroquíes; teniendo enfrente, y en la otra acera, una huerta y una fuente pública, chorreando agua a todas horas. Las Electras en sí eran de discreta y bonita construcción, a la cual se accedía mediante algunos escalones. Contaba con mucho terreno alrededor, parte de este era garaje y otra para la maquinaria, con motores de esa época para producir electricidad. En lo que concierne a la administración contaba con una distribución adecuada, donde ejercían los empleados y ejecutivos, de los que me acuerdo de un tal AMSELEM, otro que luego resultó ser el padre de nuestra querida ZURITA, a BLANCO, que curiosamente se llamaba y tenía el pelo completamente blanco -buena persona por cierto y buen corazón-, a la larga lo he visto en Tetuán en los primeros años de la independencia. Había un MANUEL ESCALONA hijo del barrio, LAMAS, el célebre futbolista, defensa del club de fútbol de Larache, el ordenanza SLAUI, con su uniforme y grandes zaragüelles, que era muy atento con los clientes para facilitarles información, cosa que le caía muy bien porque le gustaba  hablar muchísimo, y estaba igualmente nuestro amigo PESETILLA. Este era cobrador en la calle. Cuando cobraba el recibo de la luz, al ver que el cliente no le daba la propina, le decía en medio jaquetilla: Iwa dame una pesetilla. De aquí le vino el sobrenombre de PESETILLA. Era algo obeso, muy simpático y querido por todos.

A la izquierda de las Electras Marroquíes estaba el Bar El Estrecho, de  Mesod ESSAYAG, este era guardia urbano, le tocó un premio de la Lotería Nacional, se hizo representante exclusivo de la firma LARIOS de Málaga, especializada en vinos y licores, y se instaló en un local de la estrecha y corta calle Daisuri, cerrado durante muchísimo tiempo, que fue  Imprenta y Redacción del antiguo periódico <El Heraldo de Marruecos>. El Sr. Mesod fue el  que construyó el bar El Estrecho junto con un gran almacén, que le servía de depósito para sus mercancías. Este hombre de estatura mediana era un bonachón. No sé si era familia del otro conocido Essayag que tenía un molino y un negocio de cereales en esta misma calle.

DRISS SAHRAOUI

 

                                                                

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