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MIS PELÍCULAS FAVORITAS 1

Hoy comienzo una nueva serie en mi blog: Mis películas favoritas. Ya he escrito sobre varias de ellas, pero, a partir de ahora, voy a remarcar y explicar las razones que las convierten en mis cintas más queridas. Y comienzo con Matar a un ruiseñor (To kill a mockingbird, 1962), que también es la cinta favorita de mi amigo José Garriga Vela.

To kill a mockingbird porter

Elmer Bernstein compuso la banda sonora de Los 7 magníficos (The magnificent seven, 1960) de John Sturges, y creó uno de los temas más recordados de la historia del cine.

https://www.youtube.com/watch?v=yulmgTcGLZw

Sin embargo, su más bella partitura la escribió dos años después para Matar a un ruiseñor (To kill a mockingbird, 1962). Podéis escucharla en el siguiente enlace, con los títulos de crédito de la película:

https://www.youtube.com/watch?v=Wwf96OEaYBg

La música es sensible, nostálgica y emotiva. Y arranco hablando por la banda sonora de Matar a un ruiseñor porque, después de tantos años, quizá sea uno de los aspectos de los que menos se ha escrito de la película, y, sin embargo, es imposible desligar a Atticus Finch no sólo del actor que lo encarnó sino también de la música de Elmer Bernstein.

TRUMAN CAPOTE Y HARPER LEE

TRUMAN CAPOTE Y HARPER LEE

La película se basa en la novela de Harper Lee. Yo, personalmente, prefiero la película. La habré visto una veintena de veces. Es una cita anual. Tengo varias citas cinematográficas anuales. Son como visitas a unos viejos amigos que sé que ya nunca me defraudarán.

Cuando Gregory Peck rodaba una de las primeras escenas de la película, se dio cuenta de que Harper Lee, que había acudido al set, seguía a la cámara que, en ese instante, hacía un largo travelling; también se dio cuenta de que la escritora no le quitaba ojo de encima. Peck creyó descubrir un gesto de admiración o de satisfacción en Harper Lee y pensó que era porque le había gustado cómo había resultado su trabajo. Se acercó entonces a ella y le preguntó, orgulloso y seguro de adivinar la respuesta: “Harper, ¿he visto brillar algo en sus mejillas?”. Pero Harper Lee le dio una respuesta inesperada: “¡Oh, Gregory! Tiene usted un poco de barriga, como mi padre”.

Hay películas en que se dan un cúmulo de elementos que la convierten en una obra maestra. En el caso de Matar a un ruiseñor, se unieron el maravilloso texto de Harper Lee y, al inicio, el entusiasmo de sus dos productores, quienes dieron el impulso de arranque: Alan J. Pakula, que años después sería el director de películas como Klute (1971), Todos los hombres del presidente (All the president´s men, 1976) o La decisión de Sophie (Sophie´s choice, 1982), y Robert Mulligan. Mulligan, además, se encargó de dirigir la película, y jamás en su filmografía volvería a alcanzar el cielo. Pero supongo que, si eres el realizador de algo tan perfecto e inolvidable como Matar a un ruiseñor, tus aspiraciones quedan colmadas.

Junto a la escritora y a los productores, entraron en liza una serie de técnicos que hicieron muy especial al film: los títulos de crédito fueron diseñados por Stephen Frankfurt, que creó una pequeña obra maestra dentro de la gran obra maestra. Para ello se sirvió de los objetos que el personaje de Boo había ido dejando en el árbol para los hijos de Atticus, y ver esa canica rodar por entre ellos le da un toque de inocencia sumamente delicada. El blanco y negro, por supuesto, acentúa aún más la belleza de las imágenes. El responsable de la fotografía fue uno de los grandes: Russell Harlan, fotógrafo de otras maravillas como Río rojo (Red river, 1948), Semilla de maldad (Blackboard jungle, 1955), El loco del pelo rojo (Lust for life, 1956), Testigo de cargo (Witness for the prosecution, 1957) o de Río Bravo (1959). En Matar a un ruiseñor, su juego de luces y sombras dan el justo toque mágico que necesitaba la película.

Los actores.

Jem, Scout y Harris

Jem, Scout y Dill

Pakula y Mulligan supieron rodearse de un casting perfecto. Los actores infantiles son inolvidables: John Megna, que interpretaba al pequeño y debilucho Dill Harris, bordaba al niño resabiado y fantasioso que visitaba el pueblo cada verano y que se hace inseparable de los hijos de Atticus. Estos eran Phillip Alford, como Jem, el mayor del pequeño grupo y que tanto nos hace reír cuando las sombras tenebrosas y los ruidos de la noche lo hacen correr con el miedo metido en el cuerpo, y, sobre todo, Mary Badham, que hace de Scout. El personaje de Scout es fundamental. La voz en off que va narrando la historia, es la de la Scout ya adulta que recuerda con nostalgia y cariño aquellos lejanos veranos en el pueblo, al lado de su padre y de su hermano. Y Scout es la que nos va descubriendo el enorme corazón, la bondad, la honradez y la gallardía de Atticus Finch.

Es fundamental en la escena en la que los tres niños acuden a la cárcel y, con su presencia, evitan que los linchadores, que han llegado dispuestos a darle su merecido al negro encarcelado, se enfrenten a Atticus.

Atticus y Scout

ATTICUS y SCOUT

Mary Badham compone a una Scout a la que uno no puede dejar de querer. Y, años después, ella contaría que su relación personal entonces con Gregory Peck fue enternecedora, tanto que, durante el rodaje, el famoso actor la acogió en su casa para que le fuera más sencillo el rodaje y, desde entonces, fueron amigos.

Ninguno de los tres actores infantiles tuvo una gran carrera cinematográfica, pero todos han quedado en la memoria de los amantes del cine.

Paul Fix, un clásico entre los actores de reparto del cine americano, habitual de John Ford y de Sam Peckinpah, también crea un personaje curioso, el del juez del pueblo, que no duda en encargar la defensa de un negro acusado de violar a una mujer blanca a Atticus Finch, y lo hace en la seguridad de que, sólo una persona íntegra como él, puede hacer ese trabajo.

Atticus y Tom Robinson

ATTICUS y TOM ROBINSON

La actriz televisiva Collin Wilcox Paxton también hace un excelente trabajo como la presunta víctima de la violación. Y Brock Peters, como el acusado Tom Robinson, le abre las carnes al espectador cuando llora en el estrado al intuir que ninguno de esos blancos va a creer que es inocente. Clava el papel.

Pero, por supuesto, entre los actores de reparto de la cinta, destacó un joven intérprete que comenzaba por entonces y que encarnó al enigmático chico con problemas mentales llamado Boo Radley. El actor se llamaba Robert Duvall. Una leyenda del cine.

Robert Duvall como Boo Radley

ROBERT DUVALL es BOO RADLEY

Duvall compuso un personaje que no pronuncia una sola palabra, pero es tan intensa su mirada, son tan elocuentes sus gestos, no obstante, contenidos y reprimidos, que, cuando por fin aparece tras la puerta del dormitorio donde yace Jem malherido, su manera de mirar a Scout nos transmite toda su bondad y ternura. Gregory Peck contaba que, con esa corta escena, Robert Duvall daba una soberana lección de interpretación.

Y, por último, está Gregory Peck.

Escribí al principio que he visto Matar a un ruiseñor una veintena de veces. Cuando volví a hacerlo este fin de semana, al acabar la película, tenía un nudo en la garganta. Nunca antes me había emocionado tanto con la cinta. Quizá me esté haciendo mayor. Es curioso emocionarse de esta manera con una película que casi me sé de memoria. Pero me di cuenta este domingo que Gregory Peck está inmenso.

ATTICUS FINCH - GREGORY PECK

ATTICUS FINCH – GREGORY PECK

Trabaja aquí de una manera tan natural, adopta al personaje de Atticus Finch con tal maestría que él se convierte en Atticus Finch, y uno ya no sabe si está viendo a Gregory Peck o al personaje, o es al revés. Sé que no descubro nada, pero hay momentos en los que uno percibe algo que antes no había siquiera intuido, y eso me ocurrió el otro día. Leyendo y viendo algunas de sus entrevistas, conociendo como conozco su filmografía, Gregory Peck es uno de esos actores que forman parte de mi memoria cinéfila. Pero también está dentro de esos personajes públicos a los que admiro por muchas razones, especialmente por su humanidad y por su postura ante la vida. Fue un hombre comprometido y valiente. Era tan buena persona como el personaje que encarnaba y, quizá por ese motivo, construyó un gigante. No puedo imaginar a otro actor en la piel de Atticus Finch.

Preciosas las secuencias en las que, sentado en la mecedora del porche, oye a sus dos hijos hablar de su madre, ya fallecida; como lo son las escenas en las que le da pequeñas lecciones de vida a su hija Scout, y a nosotros…

Atticus Finch / Gregory Peck es un héroe anónimo. En la vida, sin saberlo, conocemos a otros héroes anónimos. Sus hazañas no constan en los libros, porque son modestas historias, pero contienen un significado inmenso.

El pasado domingo, mientras veía Matar a un ruiseñor, mientras observaba en la pantalla a Scout entre los brazos de Atticus Finch, pensé en mi padre, y me di cuenta de que él también es Atticus. Y, al anochecer, comencé a escribir un largo relato sobre sus pequeñas e inmensas hazañas. Espero acabarlo pronto.

“Señorita Scout. Levántese. Su padre se marcha”

Sergio Barce, mayo 2017

BOO

 

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«CROSS THE GREEN MOUNTAIN» DE BOB DYLAN

Interludio musical.

Aquí os dejo el impresionante videoclip de la canción Cross the green mountain, de Bob Dylan.

Tema musical para la película Gods and Generals.

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UN SONETO DE LOPE DE VEGA

Esto es amor es una de los más bellos sonetos de Lope de Vega. Aquí lo reproduzco en la voz de Alberto Ammann, que interpretara al fénix de los ingenios en la interesante película Lope (2010) dirigida por Andrucha Waddington. La escena pertenece a este film:

Desmayarse, atreverse, estar furioso,
áspero, tierno, liberal, esquivo,
alentado, mortal, difunto, vivo,
leal, traidor, cobarde y animoso;

no hallar fuera del bien centro y reposo,

mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,
enojado, valiente, fugitivo,
satisfecho, ofendido, receloso;

huir el rostro al claro desengaño;

beber veneno por licor suave,
olvidar el provecho, amar el daño;

creer que un cielo en un infierno cabe,

dar la vida y el alma a un desengaño.
Esto es amor, quien lo probó lo sabe.

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«RUIBAL, POR LIBRE», UNA PELÍCULA DE CÉSAR MARTÍNEZ HERRADA

https://www.youtube.com/watch?v=3OiMccSlJec&t=4s

Se estrenó el pasado miércoles, en el Festival de Cine de Málaga, el largometraje documental Ruibal, por libre, dirigida por César Martínez Herrada.

Con un tempo que se deja llevar por las propias letras de las canciones de Javier Ruibal, este cantautor tan sugerente y tan diferente al resto, la película te sumerge en sus ritmos aflamencados, tamizados por lo árabe y por lo poético, y por lo cubano y por lo carnavelesco. Una vida dedicada a ir contracorriente, a crear sin caer en lo comercial, a componer y cantar siendo uno mismo, con lo que eso conlleva. Se envidia la libertad de Ruibal.

La cinta no decae en ningún momento, y en la sala se notó que los espectadores se entregaron (nos entregamos) a la historia que nos contaba el mismo Javier Ruibal, que es el hilo conductor de su propio trabajo. Nos sedujo su pasión por lo que ama.

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JA la derecha, avier Ruibal y el director César Martínez. En el centro de la foto, Pablo Barce.

Desde que Ruibal aparece por primera vez en la película, componiendo una canción, te das cuenta de que es una cinta muy bien rodada: ajusta las cuerdas de su guitarra en un primerísimo plano y luego, sin más, toca las primeras notas. Estamos asistiendo a la creación de una obra, no puede haber mejor prólogo.

Escuchar las palabras de todos los que han trabajado con Ruibal a lo largo de los años (Kiko Veneno, Miguel Río, Javier Krahe, Martirio, Serrat, Jorge Pardo, Luis Pastor…) o de quienes le conocen por uno u otro motivo, como Juan José Téllez o Benítez Reyes, te demuestra la honda huella que va dejando en sus amigos, en sus colaboradores, en sus admiradores. Nada hay como un creador humilde y generoso.

César Martínez Herrada, que es otro creador humilde y generoso, que se come el mundo cuando se sumerge en un proyecto, ha contado no sólo con la colaboración absoluta de Javier Ruibal, sino que además tenía como germen un guión ya muy trabajado y perfilado, que construyó con nuestro amigo Pablo Cantos, siempre presente. Tan presente que la película está dedicada a su memoria. No podía ser de otra manera. Y con todos estos elementos, a César Martínez sólo le podía salir un documental muy por encima de la media, cuidado al detalle (las simples fotografías que documentan el pasado y que parecen cobrar vida en la pantalla, la inclusión de páginas de comic, el juego del color y del sonido, con un cuidado y meticuloso montaje -del que es responsable mi hijo Pablo, tenía que decirlo). Pues eso, que sólo podía acabar siendo un documental realmente atractivo, muy atractivo. 

En el siguiente enlace podéis escuchar la canción de Javier Ruibal titulada De Málaga, malagueñito, que escribió a la figura de Pablo Picasso:

La presentación de la película en el Festival tuvo el colofón perfecto en el coloquio posterior con la interpretación de varios de sus temas por el propio Javier Ruibal, en vivo y en directo, acompañado de su hijo, como siempre, en la percusión.

Sergio Barce, marzo 2017

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Domi del Postigo. presentando la cinta, entre Javier Ruibal y César Martínez Herrada

 

 

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EL VIAJANTE (Forushande, 2016) de ASGHAR FARHADI

El viajante (Forushande) del realizador iraní Asghar Farhadi ha obtenido el Oscar a la mejor película de habla no inglesa.

EL VIAJANTE cartel

Confieso que he ido al cine a ver este film con cierta reticencia. La razón era que, de su anterior filmografía, tanto Nader y Simin, una separación (Jodaeiye Nader az Simin, 2011) como El pasado (Le passé, 2013), me habían parecido películas maravillosas, y el hecho de que se le hubiera concedido el Oscar a su última cinta me hacía presagiar que, tal vez, Farhadi había cedido a un cine más comercial o más del gusto de los académicos americanos. Me equivoqué.

En cuanto la historia comenzó a andar, me di cuenta de que me zambullía una vez más en el mundo personal e íntimo de Asghar Farhadi, y de que no sólo era fiel a sí mismo sino también a quienes nos declaramos seguidores incondicionales de su cine.

el viajante

Shahab Hosseini y Taraneh Alidoosti en El viajante

Como en todas sus películas, priman tres cosas: una puesta en escena primorosa, sencilla, pero muy eficaz, unos actores bendecidos por algún benévolo djinn, y un guión sin fisuras. Y así es: volvemos a los entornos pequeños, a un micromundo que se desarrolla en una familia, y eso supone ya de por sí que el drama pueda surgir de manera espontánea, todo esto aderezado con un inteligente juego paralelo con la representación teatral de la obra de Arthur Miller Muerte de un viajante (Death of a salesman) en la ciudad iraní donde se desarrolla la película. El matrimonio protagonista es también el protagonista de la obra teatral. Es un ardid que permite avanzar en la historia real y en la trama que se ensaya y se representa con escasa fortuna en una pequeña sala, igual que sus existencias avanzan a trompicones por hechos que les hacen cambiar de vida sin que puedan hacer nada para evitarlo.

Los actores son excelentes. No sé de dónde los sacará Farhadi, pero los exprime hasta sacar lo mejor de ellos. Si Shahab Hosseini (que por este papel obtuvo la Palma al mejor actor en el Festival de Cannes) y Taraneh Alidoosti clavan sus personajes, el de un matrimonio que, de pronto, ve cómo su mundo se desmorona alrededor, a mí, personalmente, me conmueve más el actor que interpreta al agresor (no puedo decir mucho más, porque desvelaría parte de la trama y de la intriga, que también la hay), un veterano que me conmueve hasta la compasión.

EL VIAJANTE 2

Escena de El viajante

Farhadi juega con nuestros sentimientos: hay traición, hay humillación, hay venganza. El concepto del honor mancillado en la sociedad iraní (extensible a otros países de confesión musulmana) está perfectamente trazado. El personaje del marido, que se siente humillado por lo sucedido a su esposa, lleva su concepto del honor hasta límites insoportables. Farhadi hace que sintamos simpatía por él, que nos solidaricemos con el marido, pero poco a poco esa sensación va cambiando y es el agresor quien, en un momento dado, pasa a convertirse en la nueva víctima. Sin duda, como hace siempre, Asghar Farhadi sabe cómo meter los dedos en la estructura familiar y social iraní, y muestra sin pudor sus miserias.

La historia está tan bien trazada, dibujada y llevada que, durante las dos horas largas que dura esta película, uno se siente dentro del drama, y es que, cuando el cine es buen cine, uno acaba por vivirlo. Estamos, pues, ante una película brillante.

Por supuesto, no puedo evitar entrar en lo sucedido en la ceremonia de los Oscar con este premio en concreto.

Vivimos en un mundo extraño. Los populismos baratos están asaltando el poder. Asghar Farhadi, a través de su cine, ha dado desde siempre una lección de independencia y de visión crítica de la vida, es decir, cumple con el objetivo de todo buen creador. Por tanto, Farhadi es, sin ninguna duda, un artista indiscutible por su calidad y por su valor humano, alguien comprometido, y que se ha enfrentado al poder establecido. Sin embargo, Donald Trump, esa especie de hamburguesa parlante, ha conseguido algo inaudito: que gracias a su política migratoria anti islamista y xenófoba, alguien como Farhadi, un hombre que lucha por la libertad, no haya podido acudir a recoger su Oscar. En su lugar, el director envió a dos irano-estadounidenses: a Anousheh Ansari y a Firouz Naderi, una ingeniera y un científico vinculados a la NASA. Es decir, inteligencia frente a fuerza bruta, y le ha dado una lección de saber estar y no estar.

Tal vez Trump olvida que los hermanos Warner, Louis B. Mayer, Billy Wilder, Erich Von Stroheim, Cary Grant, Alfred Hitchcock, Charles Chaplin, Marléne Dietrich, Rouben Mamoulian, Ernst Lubitsch, Greta Garbo, Frank Capra, Kirk Douglas, Elia Kazan, Fred Zinnemann, Yul Brynner, Mike Nichols, Audrey Hepburn, Jean Negulesco, Fritz Lang… por nombrar sólo unos cuantos clásicos, de los cientos que hicieron de Hollywood la meca del cine y luego  ya más recientes también los hay y muchos (Max Von Sydow, Nicole Kidman, Salma Hayek, Charlize Theron, Alfonso Cuarón, González Iñárritu, Mads Mikkelsen…), todos ellos emigraron a Estados Unidos, una gran mayoría huyendo del fascimo, del nazismo o de otros sistemas autoritarios, y también otros de la miseria, para crear o participar en películas que son paradigmáticas del cine yankee. Gracias a estos nombres existen Con faldas y a lo loco, Avaricia y El crepúsculo de los dioses, Encadenados y Con la muerte en los talones, y Psicosis, El gran dictador, La Venus rubia, El signo del Zorro, Ninotchka y Margarita Gautier, Qué bello es vivir, Espartaco, La ley del silencio, Solo ante el peligro,  El rey y yo, El graduado, Sabrina y Vacaciones en Roma, Cómo casarse con un millonario, Los sobornados y Deseos humanos… Daniel Day-Lewis, irlandés, ha sido Lincoln para Steven Spielberg, y Anthony Hopkins, inglés, fue Nixon para Oliver Stone. Christoph Waltz, austríaco-alemán, se lleva los papeles con los mejores diálogos de los últimos años, y Javier Bardem, español, interpreta a uno de los malvados más inquietantes para los hermanos Coen… Y el Gobernador de California, Arnold Schwarzenegger, es decir, Terminator, es austríaco… Lo nombro ya para rizar el rizo. Y los he nombrado a todos para subrayar que, cuando es la libertad y la democracia la que impera, el arte produce obras inolvidables.

En fin, que Asghar Farhadi merecía haber recogido su Oscar en persona, que el odio sólo trae odio y que la incultura en el poder sólo provoca el caos. Por eso es muy sano ver películas que lo cuestionen todo, como la última de Farhadi.

Sergio Barce, marzo 2017

ASGHAR FARHADI

ASGHAR FARHADI

 

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