INVITANDO A LEER “UNA PUERTA PINTADA DE AZUL”, DE SERGIO BARCE

Una de las mejores maneras que he encontrado para animaros a leer Una puerta pintada de azul (Ediciones del Genal), es lanzaros pequeños anzuelos con extractos de los relatos que forman parte de mi último libro. Hoy, lo intento de nuevo con unos párrafos extraídos del cuento que cierra el volumen, titulado Cara de luz. 

Sergio Barce, junio 2021

A la altura del Cine Avenida se le encoge el estómago. Es un hombre al que le duele comprobar que casi todo se ha ido degradando, que los mejores lugares de su vida se han convertido si no en un desastre sí en un indicio de descalabro. El Ideal, el Teatro España y el Cine Coliseo acabaron por perderse abatidos por los depredadores inmobiliarios, pero el Avenida sobrevive dando bocanadas como esos peces que, una vez capturados, son arrojados a una cesta y se retuercen tratando de respirar inútilmente. Ahmed está ahí parado, mirando la taquilla en desuso y el cartel de un musical de Bollywood que continúa colgado en el expositor sucio y oxidado. Baja los ojos, y se da cuenta de que tiene los zapatos llenos de polvo. Cree haberlos limpiado antes de salir de casa, pero de pronto lo azora la idea de haberse convencido de algo que en realidad no había hecho.

   Chasquea entonces la lengua de nuevo, y decide bajar hacia la Plaza por la continuación de Ben Marhal, decidido ya a comprar lo que sea para comer y volver a casa para descansar antes de regresar al centro a media tarde, como es su costumbre inalterable desde hace años. Tantos, que no quiere ni calcularlos.

   Pero un impulso imprevisto lo empuja a entrar en la Farmacia Coliseo. Cuando entra, Lalla Hanane, que recoge una bolsita con varios medicamentos tras haberlos abonado, se da de bruces con él y le regala una sonrisa cautivadora.

   -¡Hach Ahmed! ¡Qué alegría verlo por aquí! -exclama Lalla Hanane, una de las viudas más hermosas de Larache.

   El hombre trata de reponerse del esfuerzo de su caminata que, sin embargo, nunca le había costado realizar tanto como hoy, y también del impacto que le provoca tener a esa mujer a tan escasa distancia, así que levanta la mano derecha rogando que le conceda un segundo para poder articular palabra, y cuando logra hacerlo recobra su conocido humor socarrón y educado. Como si de pronto rejuveneciera.

   -Hacía años que una mujer no me dejaba sin aliento…

   Lalla Hanane ríe quedamente, inclinando la cabeza con una coquetería madura. Lleva un hiyab negro que solo deja a la vista su perfecto rostro yebalí, de piel blanca y de labios gruesos y carnales pintados de un rojo suicida, cejas perfiladas, y esa mirada que a Ahmed le parece llena de historias secretas.

   -Siempre que le veo me hace reír -le confiesa llevándose una mano al cuello-. Bueno, me ha alegrado volver a verlo, Hach Ahmed.

   -Yo me alegro mucho más -le replica él cargando el acento-. Quién tuviera cuarenta años menos…

   La mujer vuelve a reír, y, mientras sale de la farmacia, Ahmed no puede dejar de admirarla, su cuerpo imaginado bajo el caftán negro, moviendo las nalgas bien perfiladas bajo la tela oscura que resaltan los tacones altos.

   Lalla Hanane es una mujer de cincuenta años que enviudó siendo aún joven, y las malas lenguas siempre malician que, usando ungüentos de bruja, habría acabado con la vida de su marido para hacerse con sus ahorros y con sus propiedades. Desde entonces, y ya han transcurrido más de veinte años de su muerte, no se le conocen amantes. Pero esas mismas lenguas afiladas hablan de un conocido diputado que la visita en su casa de Tánger e incluso de que la mitad de la población masculina de Larache ha pasado por su cama. Lo único que el Hach Ahmed el Ouazzani podría afirmar al respecto es que, en la terraza del Café Central, todos los parroquianos enmudecen al verla pasar. Y ni uno de ellos, de los solteros o viudos se entiende, se atreve a tirarle los tejos.

   –Mucha hembra -murmura Sibari cuando la siguen en silencio con la mirada-. Mucha hembra, jay.

   -¿Qué necesita, Hach Ahmed? -le pregunta el mancebo de la farmacia, y eso lo trae de regreso a la cruda realidad.

   -No me vas a creer, y me temo que te reirás de mí -le dice dibujando una mueca con la boca temiendo el chiste fácil que puede resultar de su consulta-. ¿Puedes tomarme la tensión? -Y en seguida levanta la mano derecha como si fuese a jurar con solemnidad para evitar precisamente el chascarrillo que espera-. Te doy mi palabra de que necesitaba hacerlo antes de ver a Lalla Hanane.

 

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