“VIOLENCIA EN LA PLAYA”, UN RELATO DE MOHAMED CHUKRI

    En El loco de las rosas (Madjnún al-ward) de Mohamed Chukri, editado por Cabaret Voltaire en 2015, con traducción del árabe de Rajae Boumediane el Metni, hay un relato que me parece particularmente fascinante y es el primero que abre este libro de cuentos. Se titula Violencia en la playa y fue escrito por Chukri en Tánger en el año 1977.

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La fascinación del relato proviene no sólo por la calidad del texto, que es obvia, sino porque, para quienes venimos de Marruecos y para quienes lo conocen en profundidad, el personaje protagonista es un viejo conocido. En este texto se llama Mimoun, pero es igual a otros Mimoun con los que nos hemos topado en muchas ocasiones.

“…-¿Le está rondando! -me avisa-. Pero no le haga caso. Sólo quiere un sorbo de té y, si no lo consigue, le pedirá la hierbabuena que quede en el vaso. La chupa.

-¿De quién hablas?

-De Mimoun. ¿Es que no lo ha visto?

El camarero se vuelve hacia Mimoun. Está apoyado en la pared de la pensión Becerra.

-No, no me había dado cuenta.”

Recuerdo que, en una ocasión, sentado en la terraza del Valencia, en Larache, se me acercó un hombre desarrapado, sucio y evidentemente con problemas de salud mental. Me pidió un cigarrillo. No fumo, así que no podía dárselo. Luego me pidió algo de comer, pero tampoco tenía nada que darle. Me preguntó entonces si podía darle un sorbo a mi vaso de té. Llamé a Outman, el camarero, y le dije que le sirviera un té verde. Pero se rió y me dijo que el mendigo no quería otro té, sino el mío. Insistí, seguro de que la razón me asistía. Outman se encogió de hombros y trajo un largo vaso de té con hierbabuena. Lo puso en la mesa de al lado. El hombre lo miró unos segundos y con un dedo, que acababa en una uña ennegrecida y grasienta, señaló mi vaso, ya casi vacío. Le aclaré que ahí en la otra mesa tenía ya uno para él. Él negó con la cabeza. Empujé entonces mi vaso hacia el borde de la mesa. El mendigo dio un paso, y lo vi meter los dedos y sacar la hierbabuena del interior del vaso. Luego observó por un segundo las hojas verdes y mojadas sobre la palma de su mano y cerró los dedos, marchándose de allí con la hierbabuena bien asida. Arrastraba los pies, llenos de eccemas, con las plantas tan sucias que parecía que nunca hubiera utilizado unos zapatos. Outman me miró con una sonrisa dibujada en los labios y me hizo un gesto con la cabeza, como si me dijera: ¿ve? No quería un té sino las hojas de hierbabuena de su vaso. Luego me contaron los parroquianos del Valencia algo que ya sabía, que durante los últimos años traían hasta Larache a los locos que encontraban vagando por las calles de otras ciudades, que los transportaban en furgonetas y que los dejaban en cualquier lugar. Abandonados a una triste existencia. Al día siguiente el mismo vagabundo se acercó de nuevo a mi mesa, pero esta vez no pedí otro té para él y dejé que volviera a llevarse las hojas de hierbabuena que quedaban adheridas al cristal de mi vaso. Al marcharse, traté de imaginar qué sería lo que pasaba por su cabeza. Pero no fui capaz de lograrlo.

“…En la puerta del antiguo Correos español, Mimoun, como si fuera un atleta, hace ejercicios de calentamiento. Parece un corredor preparándose antes de la salida.

-¡Mirad! -dice el patrón-. Ahora se prepara para competir con un adversario imaginario. Y, claro, siempre gana él.

Mimoun flexiona la rodilla derecha, mira a los lados, detrás, y echa a correr a toda velocidad. Desconcertados, los clientes del café y los transeúntes lo siguen con la mirada. Un hombre, con la paciencia ya agotada, protesta.

-Pero ¿dónde está la policía? Hay que llevarse a este desgraciado de aquí. Nos está sacando de quicio.

Mimoun da una vuelta entera a la plaza. Cuando llega de nuevo a la altura de Correos, levanta los brazos en señal de victoria. Un niño retrasado se le acerca. Le pide a Mimoun que compita con él. Mimoun le enseña los dientes, el niño se ríe. Con toda crueldad, Mimoun le da una patada en el culo. El niño chilla y se aleja lanzándole los peores insultos.

Mimoun repite tres veces la carrera. En la última vuelta, un hombre le da un bocadillo. Se sienta en su escalón y se pone a comer tranquilamente.”

Un relato con el que Mohamed Chukri retrata a la perfección la vida en la calle, la degradación moral del ser humano, una imagen de la pobreza en Marruecos. Y, como siempre, subyace en sus palabras una ternura, un afecto indisimulado por los más desgraciados. Un cuento de entre los mejor acabados por la pluma del gran Chukri.

Sergio Barce, noviembre 2018

MOHAMED CHUKRI 1

MOHAMED CHUKRI

 

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3 pensamientos en ““VIOLENCIA EN LA PLAYA”, UN RELATO DE MOHAMED CHUKRI

  1. Isabel dice:

    Jajaja. Como Mimoun, conservo, de aquellos años en contacto con los marroquíes, la costumbre de masticar las hojas de Yerbabuena. Es deliciosa. Antes de la aparición de la pasta dentrifica, esos pueblos mascaban goma y Yerbabuena para el buen aliento.

  2. Alberto Mrteh dice:

    Esa historia de los camiones llenos de “locos” de otras ciudades también se dice en Kenitra. Esto confirma lo que ya creía, que Chukri está en todo Marruecos.
    Es un placer leerte.
    Alberto Mrteh (El zoco del escriba)

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