Archivos Mensuales: agosto 2011

«LA CASA DE LA ARAÑA» (The spider´s house) (1955) de PAUL BOWLES

“ –Quiero que sepas que he estado allí muchas veces. He visto la podredumbre y la vergüenza en que viven los cristianos. Eso no puede ser nunca para nosotros. Te juro que son peores que los judíos. ¡No, te juro por Alá que son peores que los judíos ateos de la Mellah! Así que si hablo así de ellos no es porque hombres como Si Kaddour o esa carroña de Abdeltif o Wattanine me lo hayan contado. Lo que ellos dicen puede ser verdad, pero su razón para hablar así es falsa, porque es política. ¿Sabes lo que es la política? Es la palabra francesa para decir mentira. Kdoub! ¡Política! Cuando oigas decir a los franceses: nuestra política, sabrás que quieren decir: nuestras mentiras. Y cuando oigas decir a los musulmanes, los amigos de la independencia: nuestra política, sabrás que quieren decir: nuestras mentiras. Todas las mentiras son pecados. Así que, dime, ¿qué disgusta más a Alá, una mentira dicha por un nazareno o una mentira dicha por un musulmán?

Amar creyó intuir dónde quería ir a parar su padre. Le estaba previniendo para que dejara de tener relaciones con algunos de sus amigos, con los que a veces jugaba al fútbol o compartía una tarde en el cine, y que eran conocidos por ser miembros del Istiqlal.

(…) –Es peor que mientan los musulmanes –prosiguió su padre-. ¿Y quiénes, de entre todos los musulmanes, cometen el mayor pecado al mentir o robar? Un jerife. Y gracias a Alá tú eres un jerife…”

PAUL BOWLES

Magnífica novela ubicada en los años previos a la independencia de Marruecos, los años convulsos frente al domino francés, todo ello visto desde diferentes puntos de vista: el de Amar, ese chico idealista, musulmán hasta la médula, que cree a pies juntillas en la independencia de su país pero que va descubriendo que el Istiqlal ampara a unos marroquíes con los que no se identifica; el de Stenham, el americano, un tipo que ama al Marruecos tradicional y que teme su transformación hacia el desarrollo como una forma de prostituir al país, y, finalmente, el de Lee, la chica que acaba enamorándose de Stenham, que sólo cree en el futuro y en que el país se occidentalice.

 “-Lo que quiero decir es que desde su punto de vista una cosa no procede de otra. Nada es consecuencia de nada. Todas las cosas sencillamente son, y no hay que hacer preguntas. Incluso el lenguaje que hablan se construye entorno a eso. Cada hecho está aislado, y no depende de los otros. Todo se explica gracias a la constante intervención de Alá. Y pase lo que pase, tenía que pasar y ya estaba decretado desde el principio de los tiempos, y no hay forma de imaginar siquiera cómo una cosa, cualquier cosa, podría haber sido distinta de cómo es.

-Es deprimente –dijo ella.

Él se echó a reír.

-Entonces me he explicado mal. Debo de haberme olvidado de algo importante. Porque no hay nada deprimente en todo eso. Excepto lo que ha ocurrido aquí con la llegada de los cristianos –añadió Stenham con un deje de amargura-. Cuando vine aquí por primera vez era un país puro. Había música y bailes y magia todos los días en la calle. Ahora se acabó, todo se acabó. Incluso la religión. En unos cuantos años más, el país entero será como el resto de los países musulmanes, simplemente un enorme barrio pobre de Europa, lleno de odio y miseria. Lo que han hecho los franceses con Marruecos puede ser deprimente, sí, pero lo que era antes, ¡nunca!”

Y todo ello en paralelo con el cambio que se produce lenta pero inexorablemente en Amar, que pasa de odiar y desconfiar de esos nazarenos a desear al final marcharse con ellos porque Stenham es el único que realmente le ha demostrado cierto respeto y afecto. Novela que entronca directamente en su relato “El tiempo de la amistad”, sin duda, y del que ya he hablado en otro artículo.

 “Stenham no pareció escucharla.

-Este crío está partido por la mitad –dijo-. Todo Marruecos está delante de usted, mírelo. Dice una cosa ahora, y dentro de un minuto lo contrario, y ni siquiera se da cuenta de que se contradice a sí mismo. No puede ni decir de qué lado están sus simpatías.

(…) -Sí, sí, sí, ya lo sé –dijo Stenham con exagerado cansancio-. En lo que a mí concierne, por cierto, eso es igual de aburrido, aunque mucho más falso. Lo que quiero decir es que él ama el mundo de la ley coránica porque es su mundo y al mismo tiempo lo odia, porque su intuición le dice que está en un momento crítico. Ya no puede esperar más de él. Y nuestro mundo también lo odia, sólo por sus principios generales, y con todo es su única esperanza, la única salida, si es que él personalmente tiene alguna, cosa que dudo.

Lee se sirvió media taza de café, lo sorbió, y al encontrarlo frío, lo dejó donde estaba.

-Habla usted como si se tratara del pequeño conjunto de circunstancias de este chico en concreto… (…) Todos van a abandonar su antigua forma de pensar para adoptar la nuestra, sin ningún género de duda. Ni siquiera es un problema. Sencillamente, no se hacen preguntas sobre ello. Y aciertan, aciertan, aciertan, porque nuestra manera de hacer las cosas resulta que funciona y ellos lo saben.

(…) Era lamentable que ella tuviera que tener opiniones, había sido tan agradable estar a su lado antes de que empezara a expresarlas. Y de otra parte, la terrible verdad era que ni ella ni él estaban en lo cierto. Ni a los musulmanes, ni a los hindúes, ni a cualesquiera otros les serviría de nada seguir adelante, ni tampoco, si ello fuera posible, les haría ningún bien permanecer igual que estaban…”

Tánger

 Escribe tan delicada y elegantemente que cada página resulta un gozo, un enorme homenaje a Marruecos y a sus gentes que, en la novela, son descritos tan acertada y fielmente que es imposible no sentir que se está allí. Personalmente, es una obra crucial para entender a Paul Bowles y su relación con Marruecos, sus pensamientos, su ideal, Y también la considero una de las mejores novelas del autor americano. Escrita con esa tensión latente que baña sus novelas de ambiente marroquí, se mueve entre una aparente imposibilidad de entendimiento entre los occidentales y los marroquíes, y ese placer interno que experimenta cuando está entre las gentes de este país. Deduzco que Bowles trata con desafección a sus personajes occidentales porque en el fondo los cree ineptos y torpes para entender otra cultura diferente; y, sin embargo, es en los personajes de origen marroquí en los que se percibe una relación más afectuosa por su parte, como si tratara de preservarlos contra algo ignoto pero peligroso.

En cualquier caso, esta novela escrita en 1955 te sumerge en los años previos a la independencia de Marruecos y sirve de testimonio de la época, reflejando además su lucha interna por comprenderse como pueblo y como nación; novela y documento casi histórico, una obra extraordinaria y bella.

 Sergio Barce, agosto 2011

 Los fragmentos de la novela los he tomado de la edición de Noviembre de 2008, publicada por Seix Barral, con traducción de Rafael Garoz y Carmen Viamonte.

 

 

Etiquetado , , , ,

Diálogos de películas 8

EL PRECIO DEL PODER (Scarface, 1983) de Brian de Palma

Al Pacino:    Siempre digo la verdad, incluso cuando miento digo la verdad.

 SIN CITY (2005) de Robert Rodríguez & Frank Miller

Mickey Rourke:  El infierno es vivir día a día sin saber la razón de tu existencia.

 

 EL CABO DEL MIEDO (Cape fear, 1991) de Martin Scorsese

Robert de Niro:    Soy Virgilio y te voy a guiar a través de las puertas del infierno. Ahora estamos en el noveno círculo, el círculo de los traidores: traidores a la patria, traidores a la raza humana, traidores a Dios. Este individuo está acusado de haber traicionado los principios de su profesión. Puedes citar el canon séptimo del reglamento profesional de abogados americanos: deberá representar celosamente a su cliente dentro de los límites legales. Yo le declaro culpable, abogado. Culpable de traición a la raza humana, culpable de traición a la patria, culpable de traicionar tu juramento, culpable de prejuzgarme, y con el poder que se me ha otorgado por mandato divino yo te condeno al noveno círculo del infierno. Ahora vas a saber lo que es perder, perder la libertad, perder la humanidad. Ahora sí que seremos iguales, abogado.

 

MEJOR… IMPOSIBLE (As good as it gets, 1997) de James L. Brooks

Jack Nicholson:   Por ti los cavernícolas grabaron las paredes.

 

DRÁCULA (1992) de Francis Ford Coppola

Gary Oldman:   He cruzado océanos de tiempo para encontrarte.

 

Etiquetado , , , , , , , , , , , , , , , , ,

LARACHE vista por… SALVADOR LÓPEZ BECERRA en su libro «KILIM»

Oh, este insignificante goce de derrochar tinta y papel describiendo el atardecer, lejos de los mundos de propios y extraños” 

    Este verso en prosa poética podría resumir el espíritu con el que ha escrito su nuevo libro Salvador López Becerra: “Kilim” (Agencia de Cooperación dela Junta de Andalucía – Cuadernos del Atlas IX – Tarifa, 2007).

     El libro me llegó por correo en Octubre de 2007 en un pequeño paquete desde la mágica Fez. Olía el sobre al rojo otoñal de su tierra y, al abrirlo, fue el aroma del volumen el que tornó el aire en un cálido abrazo de amigo. Fue un regalo inesperado. Por ello, doblemente festejado. Y como selecto presente lo traté y lo adopté. Abrí las páginas vírgenes de “Kilim”, y leí, comprobando que Salvador López Becerra se había desprendido de las funciones como director del Instituto Cervantes de Fez que desempeñaba entonces y que se había puesto su chilaba y sus babuchas. Lo debió de escribir a gusto, dejando correr la pluma o su Bic o su lápiz hurtado a uno de sus hijos.

   Leyéndolo, se nota que lo escribió en su amado Marruecos, refugiado en esa casa de piedra rodeada de cedros que le sirve de oasis. Hay en cada línea de este libro destellos de recuerdos y recuerdos grabados en la memoria con un buril, lo que imposibilita su olvido, y hay luciérnagas en esos versos. Pero no hay rimas, porque cada verso de Salvador es prosa enamorada.

Salvador López Becerra junto a Mohamed Chukri

   Paseo, pues, a través de esas luces nocturnas que crepitan nerviosas por las callejuelas de Xauen, de Tetuán, de Tánger, de Meknes y de Marrakech, y luego me llevan (las sigo a hurtadillas), como si fueran imanes imposibles de soslayar, suavemente hasta Taroudant, Merzouga o a la misma cima del Toubkal… Me ponen frente a Paul Bowles, y Salvador hace que vea al eterno americano-tangerino ahí sentado, al borde de su cama, y me lo presenta. Salvador conversa con su fantasma y con las otras sombras de su Marruecos imaginario-atesorado. Todo, con la misma naturalidad con la que hace que también yo abrace a Messoud.

   “Kilim” desborda. Ya digo que hay luciérnagas en sus versos, a cada revuelta de sus páginas, si se lee de noche. Al alba, descubres declaraciones de amor que yo, dejando a un lado la hipocresía y los buenos modales, le robaría sin rubor:

     “Embriágate siempre. Corrige tus pasos, no escribas nada más, déjalo todo para mañana, para la desmemoriada memoria del olvido. Olvídate de tus ojos, déjate engañar y relega los ajenos ruidos. Oye el grito del gentío, de la multitud. No oigas otras voces. Escucha el amor, nunca salgas del laberinto.

   -¡Hace frío tan temprano, tan lejos de ti y del mundo!, me dijo ella”

   Los dos estamos atrapados en las redes de Marruecos. Y lo sabemos y lo aceptamos, con júbilo. A veces es difícil explicarlo, casi imposible de hacernos entender. ¿Cómo podría superar este himno?:

   “A lo lejos, muy cerca, escucho las llamadas a la oración cruzándose, como abrazos de ciegos, en medio de la noche (no ecos, sonidos entre las montañas) recordándome que he de dar gracias a Dios. Y las doy” 

   Entre sus cañaverales y sus chumberas bereberes me engaño deseando creer que Salvador López Becerra, con su escritura desenfadada, salvaje a veces, me ha llevado, sin resistencia por mi parte, hasta un cafetín y que allí, sentados frente a un té con hierbabuena y azucarado en su justa medida, sus palabras se deslizan en una confidencia que esquiva el humo del kif, hasta llegarme y regalarme los oídos. Me habla desde sus versos de todo eso que él y yo ya sabemos:

   “Nosotros somos de otro tiempo (¡Un brindis, lector cómplice!), siempre el mismo. Pura cadencia coronada de ensueños y expectación. Belleza sin fin. Como Marruecos” 

   “A ti y a mí nos unen esta gente con sus modales que reconocemos como nuestros. A ti y a mí nos une el mismo cabalgar por el Erg, los paseos junto a las murallas, la alegría sentida por los caminos que asoman desde las gargantas y el amable olor de los libros en las olvidadas zaüías. También el perfume de la tierra después de la tormenta. El color acre del tiempo. La victoria” 

   Sus rostros y su hospitalidad. ¿Recuerdas los años en que las puertas de las casas siempre estaban abiertas, sin pestillos? <Marh´ba bikúm>, eso es lo que oigo al llegar a casa de Hanan. ¿Hay otro lugar igual en el mundo?

   “Bajas del autobús y crees caer al fondo del tiempo. En Marruecos las miradas, cuando te dan la bienvenida, siempre llaman a la puerta de tu corazón”

Fez

   Nos emocionamos también cuando hablamos de los chiquillos, que aquí son como nosotros fuimos antaño, como ya no son los que vemos por las urbes globalizadas. Ellos son como nuestro vago reflejo en las aguas estancadas del pasado:

   “Mohamed, Abdul y Mulay están frente a mí, componiendo con sus extremidades simétricas una arcada humana. Mulay tumbado sobre la estera, apoyando la cabeza sobre la palma de la mano, con el codo doblado en una grieta del suelo de madera; comedido mira el vaivén de mi escritura elástica; Mohamed, también recostado, muestra la nuca calva que asoma de su turbante desencajado, atentamente también observa la cuadrícula del cuaderno llenarse de rasgos, -tiene un aire de hastío-, pienso por esa intuición que tengo a los símbolos; Abdul, sentado con las piernas cruzadas toca la flauta y registra los grafos del silencio. Mientras los tres, en su mutismo cómplice, mi ilegible quehacer, yo sueño con los lunáticos garabatos que la noche esboza sobre las aguas del río Oum-er-Rbia” 

   “Ningún lugar aquí sería igual sin la regocijada algarabía de los chiquillos bajo los cobertizos de la Medina. Nada sería igual aquí sin el baladro kármico de los ciegos y tullidos”  

    Y pensamos igual, y lo expresamos con la misma intensidad:

   “Amo esta tierra, estos campos de Dios. Por ello a veces pienso egoístamente no queriendo que la aflijan de forma salvaje con el hormigón desmesurado y la afeen con el percudido maquillaje del alquitrán” 

    No me extraña, conociendo a Salvador, que en algunas estrofas-versos-frases, como latigazos o zarpazos de asco, se ensañe con los turistas que vagan por esta tierra mítica como si pasearan por la Quinta Avenida; o que caricaturice a ciertos personajillos que tratan de escalar posiciones humillando y pisoteando. Pero se trata de meros paréntesis, escupitajos desganados a lo que afea nuestro Eldorado. A Salvador López Becerra, lo único que lo empuja en “Kilim” es ese Marruecos que lo atropella de pura belleza y que le marca el camino, como traza el mío, es decir, el que da sentido a  nuestra existencia, la que nos ha tocado vivir:

   “No es literatura la vida para quien la siente latir. Poesía en acción: Marruecos”  

   Sólo poesía. También hay otras luciérnagas que brillan por el mero placer de brillar:

   “La paradoja es que debiéramos nacer mudos para sólo poder decir silencios. Oír únicamente la música del silencio” 

   Agradecí a Salvador el libro, el regalo, la sorpresa de lo que envolvía el papel de estraza, lo que escondía la sencilla y sobria portada, este mapa de flashes, de relámpagos, de fulgores. Le agradecí este viaje a su microcosmos, a esta tierra tan apasionadamente amada, a estos paisajes abrazados aún sin abrasar.

Medina de Larache

   Ahora, con o sin su permiso, como ya hice entonces, vuelvo a saltarme las palabras preliminares de su obra (es un pequeño malabarismo para decir lo que viene), y añado otra vez que le agradezco, también, que su libro lo iniciara con Larache, él sabe que es mi debilidad, una debilidad algo más irracional e incomprendida. Tengo la teoría, quizá absurda, de que todo libro de viajes (y esta poseía suya lo es, no lo ocultemos más, un viaje a su Marruecos desde su Marruecos) que comienza su itinerario por o desde Larache, aunque sea pasando por allí de refilón o mirándola de reojo, promete ser un buen libro. Con el suyo no me equivoqué. Lo siento, no puedo evitar reproducir este inicio con el pueblo que secuestró mi alma, allá por los vergeles de mi niñez:

    “Larache eran los pinchitos morunos y el <tarbúsh> rojo de los con sus pulcros fajines carmesíes de indisciplinados flecos. Era nombrada “la perla de España en África”. Un lugar recóndito desde donde también, por Semana Santa, venían los novios de la muerte con el carnero cornudo. Lugar donde decían habitaban los salvajes moros: Misteriosa y embustera lejanía infantil. Y allá fui, en busca del Jardín de las Hespérides, hermosura de la que nunca oí hablar al gentío; hacia la deseada y solitaria Lixus desheredada de su pasado. Y me impregné de la melancólica decadencia de su fulgor. Y la amé por su memoria no por el lugar donde, entre tumbas nazaranis profanadas, reposan mirando a la lejanía azul del infinito, los restos de un imposible amante expatriado: Jean Genet” 

Medina de Larache

    Aunque, la verdad, tampoco puedo ocultar una especie de celo por su declaración de amor a Larache, que es el primero que hace en todo ese poemario enamorado de Marruecos que lleva tan hermoso título: “Kilim”.

    “Sólo aquí en Larache existe este azul exacto capaz de cegar todas tus dudas. Alégrate por haber encontrado uno de tus lugares en el mundo”  

 Sergio Barce Gallardo –    Octubre, 2007 – Agosto 2011

Etiquetado , , ,

Relato de ARTHUR C. CLARKE

LECCIÓN DE HISTORIA / Expedición a la Tierra  (Expedition to Earth)

relato de Arthur C. Clarke

 

ARTHUR C. CLARKE

 

Un gran relato del autor de “2001: una odisea espacial” (2001: A space odyssey), en el que se nos narra el análisis, por parte de unos alienígenas, del material encontrado en un planeta,la Tierra, para conocer a sus habitantes: una película… Los extraterrestres no dejan de sorprenderse, al visionar esa película, de la extraña manera de actuar de los habitantes que poblaron la Tierra, hasta que descubrimos la razón de tal asombro… La simple posibilidad de que algo así pudiera ocurrir no deja de ser irónico. Y le deja a uno la incertidumbre, salvando las distancias y el material encontrado, de si no nos habrá ocurrido algo similar con alguna antigua civilización, lo que ya no sería irónico, sino ridículo haberlo interpretado todo tan rematadamente mal…

Sergio Barce, agosto 2011

 “Nadie podía recordar cuándo la tribu había comenzado su largo viaje: el país de las grandes llanuras ondulantes que había sido su primer hogar no era ya más que un sueño casi olvidado. Durante muchos años, Shann y su pueblo habían estado huyendo a través de un país de bajas colinas y resplandecientes lagos, y ahora se enfrentaban con las montañas. Aquel verano, debían de cruzar las tierras del sol, y quedaba poco tiempo que perder.

El blanco terror que había descendido desde los polos, pulverizando continentes y helando al aire mismo, estaba a menos de un día de marcha tras ellos. Shann se preguntaba si los glaciares podrían trepar las montañas del frente, y se atrevía a encender en su corazón una pequeña llama de esperanza. Podrían quizá constituir una barrera frente a la cual incluso el despiadado hielo golpease en vano. En las tierras del sur, de las que hablaban las leyendas, su pueblo tal vez encontraría por fin un refugio.

Tardaron muchas semanas en descubrir un paso a través del cual pudiera avanzar la tribu y sus animales. A medio verano habían acampado en un solitario valle donde el aire era tenue y las estrellas brillaban con un resplandor que jamás nadie había visto antes. El verano se iba alejando cuando Shann y sus dos hijos salieron a explorar el camino. Treparon durante tres días, y durante tres noches durmieron lo mejor que pudieron sobre las heladas piedras. Y a la cuarta mañana ya no quedaba más frente a ellos, sino una suave pendiente hasta un montículo de piedras grises elevado por otros viajeros, hacía ya siglos.

Shann sintió que temblaba, y no de frío, mientras caminaban hacia la pequeña pirámide de piedras. Sus hijos se habían rezagado, y nadie hablaba, pues era mucho lo que se jugaba. Dentro de poco sabrían si todas sus esperanzas habían sido traicionadas.

Al este y al oeste, la pared de montañas se curvaba como abrazando las tierras del llano. Abajo yacían inacabables kilómetros de llanura ondulante, y un gran río serpenteaba formando enormes lazos. Era tierra fértil; tierra en la cual la tribu podría trabajar en sus cultivos, sabiendo que no sería necesario huir antes de la cosecha.

Y entonces Shann levantó sus ojos hacia el sur y vio la ruina de todas sus esperanzas. Pues allí, al borde del mundo, resplandecía la luz mortal que tantas veces había visto hacia el norte: el brillo del hielo bajo el horizonte.

No se podía avanzar. Durante todos los años de huida, los glaciares del sur habían estado yendo a su encuentro. Pronto serían aplastados entre las movedizas paredes de hielo…

Los glaciares del sur no llegaron a las montañas hasta una generación más tarde. En aquel último verano, los hijos de Shann llevaron los sagrados tesoros de la tribu al solitario montículo de piedras que dominaba la llanura. El hielo, que había antaño resplandecido bajo el horizonte, estaba ahora casi a sus pies; por la primavera estaría astillándose contra las paredes de la montaña.

Ahora nadie entendía los tesoros; procedían de un pasado demasiado distante para la comprensión de ningún hombre. Sus orígenes se perdían en las nieblas que rodeaban la Edad de Oro, y el cómo habían pasado finalmente a poder de esa tribu trashumante era una historia que ahora nunca sería contada. Pues era la historia de una civilización que había pasado más allá de todo recuerdo.

En un tiempo, todas aquellas melancólicas reliquias habían sido guardadas como un tesoro por alguna buena razón, y luego se habían convertido en sagradas, pero su significado se había perdido. La letra de los viejos libros se había desvanecido hacía siglos, si bien mucho de él aún era legible si hubiera habido alguien para poder leerlo. Pero habían pasado muchas generaciones desde que alguien había sabido utilizar un tomo de logaritmos de siete cifras, un atlas del mundo, y la partitura de la Séptima Sinfonía de Sibelius, impresa, según rezaba la cubierta, por H. K. Chu e Hijos, en la ciudad de Pekín, en el año 2021 de J. C.

Colocaron reverentemente los libros en la pequeña cripta que había sido construida para recibirlos. Luego siguió una abigarrada colección de fragmentos; monedas de oro y platino, una teleobjetivo fotográfico roto, un reloj, una lámpara de luz fría, un micrófono, la cuchilla de una máquina de afeitar eléctrica, algunas minúsculas válvulas de radio, la escoria que había quedado cuando la gran marea de la civilización bajó para siempre. Todo ello fue cuidadosamente guardado en su lugar de reposo. Luego venían tres reliquias más, las más sagradas de todas por ser las que eran menos comprendidas.

La primera era una pieza de metal de forma extraña, del matiz del calor intenso. En cierto modo era el más melancólico de todos aquellos símbolos del pasado, pues hablaba de la mayor hazaña del Hombre, y del futuro que pudo haber conocido. El pie de caoba sobre el cual estaba montado llevaba una placa de plata con la inscripción: «Encendedor auxiliar del chorro de estribor de la nave espacial Estrella Matutina. Tierra-Luna, 1985 de J. C.»

Luego seguía otro milagro de la ciencia antigua: una esfera de plástico transparente con piezas de metal de raras formas incrustadas en su interior. En su centro había una pequeña cápsula de un elemento radiactivo sintético, rodeado de las pantallas de conversión que desplazaba su radiación hasta la parte baja del espectro. En tanto que el material permaneciese activo, la esfera sería una pequeña estación transmisora de radio que emitía en todas direcciones. Solamente se habían construido unas cuantas de esas esferas, destinadas a ser faros perpetuos de las órbitas de los Asteroides. Pero el Hombre nunca alcanzó los Asteroides, y los faros nunca fueron utilizados.

Finalmente había una lata circular plana, muy ancha en relación con su profundidad. Estaba muy bien sellada, y cuando se la agitaba emitía un ruido. La tradición de la tribu predecía un desastre si jamás era abierta, y nadie sabía que contenía una de las mayores obras de arte de hacía cerca de mil años.

Se había terminado el trabajo. Los dos hombres hicieron rodar las piedras colocándolas en su lugar, y comenzaron lentamente a descender la montaña. Incluso al fin, el Hombre había pensado en el futuro, y había tratado de conservar algo para la posteridad.

Aquel invierno las grandes oleadas de hielo comenzaron su primer asalto a las montañas, atacando por el norte y por el sur. Los pies de las colinas fueron avasallados al primer empuje, y los glaciares las pulverizaron. Pero las montañas se mantuvieron firmes, y cuando llegó el verano el hielo se retiró por un tiempo.

Y así, invierno tras invierno, continuó la batalla, y el rugido de los aludes, el rechinar de las rocas y las explosiones del astillado hielo llenaron de fragor el aire. Ninguna de las guerras del Hombre había sido tan feroz, ni había sumergido al globo más completamente que ésta. Hasta que al fin las olas de la marea del hielo comenzaron a abatirse y a descender lentamente a lo largo de las laderas de las montañas que no habían nunca dominado del todo; a pesar que los pasos y los valles estaban aún firmemente en su poder. La lucha no se había decidido, pues los glaciares habían encontrado un digno rival.

Pero su derrota había llegado demasiado tarde para ser de alguna utilidad al hombre.

Así fueron transcurriendo los siglos, hasta que ocurrió algo que tiene que suceder por fuerza, por lo menos una vez en la historia de cada uno de los mundos del universo, por remotos y solitarios que sean.

La nave de Venus llegó cinco mil años demasiado tarde, pero su tripulación nada sabía de ello. Desde muchos millones de kilómetros de distancia, los telescopios habían visto el gran sudario de hielo que hacía de la Tierra el objeto más brillante del cielo después del mismo Sol. Aquí y allá la deslumbradora sábana se veía manchada por negras motas que revelaban la presencia de montañas casi enterradas. Eso era todo. Los océanos, las llanuras y los bosques, los desiertos y los lagos, todo que había sido el mundo del Hombre, estaba sellado bajo el hielo, quizá para siempre.

La nave se acercó a la Tierra y estableció una órbita a unos mil kilómetros de distancia. Durante cinco días circundó al planeta, mientras las cámaras fotografiaban todo lo que quedaba a la vista, y cien instrumentos recogían información que daría años de trabajo a los científicos venusianos. No se tenía intención de aterrizar, pues no se veía razón para ello. Pero al sexto día el cuadro cambió. Un avisador panorámico, al límite de su amplificación, detectó la agonizante radiación del viejo faro de cinco mil años. A través de los siglos había estado enviando sus señales, con fuerza cada vez menor, a medida que su corazón radiactivo iba constantemente debilitándose.

El avisador sintonizó la frecuencia del faro. En el cuarto de mandos, una campana demandó atención. Un poco más tarde, la nave venusiana salió de su órbita y descendió inclinándose hacia la Tierra, en dirección a una cordillera que aún emergía orgullosa del hielo, y hacia un montículo de piedras grises que los años habían apenas tocado.

El gran disco del sol ardía ferozmente en un cielo que no estaba ya velado por las nubes, pues las nubes que otrora ocultaran a Venus, se habían desvanecido por completo. La fuerza que había ocasionado el cambio en la radiación solar, había condenado una civilización, pero dado la vida a otra. Hacía menos de cinco mil años que las gentes semisalvajes de Venus habían visto el sol y las estrellas por vez primera. La ciencia de la Tierra había comenzado con la astronomía, y lo mismo había ocurrido con la de Venus, y en aquel mundo cálido y rico que el Hombre nunca había visto, el progreso había sido increíblemente rápido.

Quizá los venusianos habían sido afortunados. No conocieron nunca la Edad del Oscurantismo que había mantenido encadenado al hombre durante mil años; se evitaron el largo camino indirecto a través de la química y de la mecánica, y llegaron inmediatamente a las leyes más fundamentales de la física de la radiación. En el tiempo que el hombre había requerido para pasar de las Pirámides a las astronaves propulsadas por cohetes, los venusianos habían pasado del descubrimiento de la agricultura a la misma antigravitación, el secreto final que el Hombre nunca había aprendido.

El tibio océano, que todavía contenía la mayor parte de la vida del cálido planeta, proyectaba lánguidamente sus olas contra la playa arenosa. Tan nuevo era aquel continente que incluso las arenas eran gruesas y agudas; el mar no había tenido aún tiempo de suavizarlas. Los científicos estaban echados, sumergidos a medias en el agua, y sus hermosos cuerpos de reptiles brillaban a la luz del sol. Las mejores mentes de Venus se habían congregado en aquella orilla desde todas las islas del planeta. No sabían aún lo que iban a oír, excepto que se refería al Tercer Mundo y a la raza misteriosa que lo había poblado antes de la llegada del hielo.

El Historiador estaba sobre tierra, pues a los instrumentos que iba a emplear no les gustaba el agua. A su lado había una gran máquina que atrajo muchas curiosas miradas de sus colegas. Estaba evidentemente relacionada con la óptica, pues llevaba un sistema de lentes dirigido hacia una pantalla de material blanco emplazada a una docena de metros.

El Historiador comenzó a hablar. Recapituló brevemente lo poco que se había descubierto referente al Tercer Planeta y su gente. Mencionó los siglos de investigación infructuosa que habían fracasado en la investigación de uno solo de los escritos de la Tierra. Aquel planeta había sido habitado por una raza de gran habilidad técnica; eso, por lo menos, quedaba demostrado por las escasas piezas de maquinaria que habían sido halladas bajo el montón de piedras de la montaña.

-No sabemos por qué se extinguió una civilización tan avanzada. Casi con seguridad sabía lo suficiente para sobrevivir un Período Glacial. Debe haber habido algún otro factor del cual nada sabemos. Quizá fue culpa de alguna enfermedad o de alguna degeneración racial. Ha sido, incluso, sugerido que los conflictos de tribu, endémicos en nuestra propia especie en tiempos prehistóricos, pueden haber continuado en el Tercer Planeta después de la introducción de la tecnología. Algunos filósofos mantienen que los conocimientos de maquinaria no implican necesariamente un elevado grado de civilización, y que es teóricamente posible que haya guerras en una sociedad que posea fuerza mecánica, navegación aérea e incluso radio. Tal concepción es extraña a nuestras ideas, pero debemos admitir su posibilidad, y evidentemente explicaría la perdición de aquella raza.

»Se había siempre supuesto que nunca sabríamos algo respecto a la forma física de las criaturas que habitaron el Tercer Planeta. Durante siglos nuestros artistas han estado representando escenas de la historia de aquel mundo muerto, poblándolo de toda clase de seres fantásticos. La mayor parte de tales creaciones se nos han asemejado más o menos, a pesar que se ha indicado con frecuencia que el hecho que nosotros seamos reptiles no significa que toda la vida inteligente deba necesariamente ser reptil. Ahora conocemos la respuesta a uno de los problemas más desconcertantes de la historia. Por fin, después de quinientos años de investigación, hemos descubierto la forma exacta y la naturaleza de la vida rectora del Tercer Planeta. Sigue leyendo

Etiquetado , , , , ,

Pequeño homenaje a mi padre – «ELLOS VUELVEN A LARACHE», RELATO DE SERGIO BARCE

Mi padre, ANTONIO BARCE, nacido en Larache

 

 Hace pocas semanas, dos de los hermanos de mi padre fallecieron con pocos días de diferencia. Se llamaban, se llaman Pepe y Carlos, pero desde Larache siempre se les ha conocido como Pepete y Charles. El primero murió después de una larga enfermedad, y por propia decisión; para él la vida ya no tenía sentido desde que dependía de una máquina de diálisis y dejó de acudir a sus sesiones, abandonándose a la suerte, que en estos casos es esquiva. El segundo, curiosamente, lo hizo por una enfermedad tan rápida como el fulgor de una estrella, presintió su partida, dijo que moriría en veinticuatro horas y cumplió su vaticinio un día después.

  Pepete vivía, vive, cerca de mi padre, en Málaga, y mi padre, Antonio Barce, ha visto desaparecer a su hermano día a día, igual que una fotografía que se difuminara con el tiempo. Charles vivía, también vive, lejos de mi padre, en Barcelona, y mi padre lo ha visto marcharse desde la distancia, como un pasajero que le saludara desde la cubierta de un barco, de regreso a Marruecos.

Album familiar – LARACHE Mi abuelo MANUEL BARCE en el patio de la casa de las Navas  – Mi padre en las gradas del Santa Bárbara – Mi padre y unos amigos en la Plaza de España

 

 Yo apenas conocía a Charles, le vi sólo una vez en Málaga hace más de treinta años cuando llegó con la caravana de la Vuelta Ciclista a España. Era un aventurero, y vivía a salto de mata. Le recuerdo con una melena larga, sonriente, delgado y fibroso, un manojo de nervios, de esa clase de persona que se come el mundo porque piensa que la vida es el presente. Estuvimos juntos todo ese día, y puedo rememorarlo nítidamente, casi minuto a minuto. A Pepete lo he visto envejecer, he jugado con él al dominó y al fútbol, hemos pasado días en la playa y en el campo, mis padres y mis tíos siempre pasaban juntos los fines de semana. Pepete solía hacer chuparquía, como un maestro repostero. Creo que era la mejor chuparquía que he comido nunca, ni siquiera en Marruecos la he tomado tan deliciosa.

   En el cementerio, acompañé a mi padre a tomar un café mientras se velaba el cuerpo de Pepete. Cuando volvíamos sobre nuestros pasos, comenzó a hablarme de él. Su rostro se fue contrayendo lentamente, como si el dolor le comprimiera el alma. Entre sollozos, me decía: “Parece mentira… Cómo se nos ha ido la vida… Parece que fuera ayer cuando mi hermano llegaba al Barrio de las Navas, elegantemente vestido con su traje de doble pecho y muy bien peinado… Las niñas se asomaban para verlo llegar, era el más atractivo del barrio. Y mi madre, mi madre lo veía desde la puerta de la casa, salía, y se ponía a bailar, y daba voces para que las vecinas se asomasen: ¡Ahí viene mi negro! ¡El más guapo! ¡Dios mío, qué guapo es mi negro! Y Pepete sonreía, le encantaba que su madre armara esa jarana cuando él regresaba a la casa… Aún lo veo, joven, comiéndose el mundo…”

   Pepete se parecía a Rossano Brazzi. Su piel era algo oscura, por eso mi abuela Salud le decía “mi negro”. Y es verdad que ella, con raíces gaditana, salerosa, graciosa, le bailaba para recibirlo, porque era su hijo favorito.

   Abracé a mi padre por encima del hombro, y continuamos andando, mientras él seguía hablando para sus adentros, preguntándose dónde estaba ese joven que se llevaba de calle a las niñas del Barrio de las Navas de Larache, preguntándose cómo se habían ido los años sin que nadie hubiera hecho nada para impedirlo.

   Mi tío Pepete y mi tía Maruja se conocieron en La Bandera Española, la tienda de confecciones que estaba donde hoy se ubica el Bazar de Yebari. En La Bandera Española trabajaba mi abuelo paterno, Manuel Barce, y Pepete era uno de los empleados que atendían tras su largo mostrador. Mi tía no imaginó que cuando entró a trabajar allí conocería al que sería su hombre. Desde entonces, hasta hace apenas unas semanas, siempre han estado juntos. También a ella todo le parece un sueño envenenado, como si hubiesen transcurrido apenas unos pocos años desde que le viera por primera vez.

   Precisamente hace un par de años que El Hachmi Yebari reformó su Bazar. Iba a pintar la fachada. Al raspar los pintores la pared del frontal, fue apareciendo, poco a poco, el fantasma de La Bandera Española. Estaba ahí debajo, como aguardando al día en el que poder volver a asomarse a la Avenida Mohamed V. Era una imagen inquietante, pero a la vez emocionante. Todos los recuerdos de mi familia paterna parecían escapar de la fachada de ese edificio… Mis tíos, Pepete y Maruja, sellaron su amor bajo ese nombre, bajo el techo de esa tienda, hace muchos años, hace apenas unos días en realidad.

     

Me pregunto qué cruzará por la cabeza de mi padre. Eran seis hermanos, y ya quedan tres. También Carmela partió a ese extraño viaje hace ya unos años. Debe ser confuso ver morir a tus hermanos. Es como si la vida comenzara a parpadear a tu alrededor. Hay dos nuevas arrugas en el rostro de mi padre, y dos nuevas muescas en su corazón. Aunque aturdido, ahí sigue, bregando a la cabeza de la familia, como el buen timonel que ha sido, que es, que seguirá siendo para mí y mis cuatro hermanas. Nuestra referencia. Nuestro ejemplo. Él y mi madre, que continúan declarándose su amor día a día, como si aún fueran a escaparse al Cine Ideal para poder darse un beso en la oscuridad de la sala, como cuando hace unos días eran novios y Sibari les hacía de carabina…

Mis padres ANTONIO BARCE & MARÍA GALLARDO

 

Eso me pregunto, qué cruzará por la cabeza de mi padre. Pocos días después de que Pepete se marchara, le siguió Charles. Tal vez piense que su otro hermano no quería que hiciera solo ese largo viaje de regreso a la ciudad en la que nacieron. Mi abuela Salud está enterrada en el cementerio de Larache, y seguramente los habrá esperado a la puerta del recinto, y al ver a Pepete se habrá puesto a bailar, y a cantar, y a gritarle a los fantasmas del ayer “ahí vienen: Pepete, el más guapo, ¡mi negro!, ¡Dios mío, qué guapo es mi negro!, y viene con lo que más quiero, mi Carlitos… ¡esos son dos de mis niños! ¡Miradlos!”

 Sergio Barce, julio 2011

Etiquetado , , , , ,