Archivos Mensuales: abril 2011

Otros libros, otros autores: A MERCED DE LA TEMPESTAD (Tempest-Tost, 1951) de ROBERTSON DAVIES

Primer volumen de la llamada “trilogía de Salterton”, “A merced de la tempestad” (Tempest-Tost, 1951) es una magnífica obra literaria. Sutil, elegante, sin descuidar un cierto tono cínico y crítico, Robertson Davies construye una historia en la que se cruzan varios personajes con la excusa del montaje de una representación teatral. Con tal premisa, sus personajes, vivos, reconocibles, perfectamente dibujados y desarrollados, van desvelando desde su lado más tierno hasta el más ridículo, sus pequeñas miserias y sus sueños inalcanzables, pero siempre tutelados por el autor, que no los deja caer en ningún momento protegiéndolos de alguna forma (aunque a alguno de ellos, usando su afilado y elegante humor, les asesta alguna leve estocada).

“-¿Qué mosca te ha picado, Griselda? –dijo Solly-. ¿Por qué te pones tan hipócrita y evasiva?

-Me estoy haciendo mujer –respondió ella- y debo tener mucho cuidado con lo que digo. Precisamente no hace ni dos días que me lo recordó mi padre. Me explicó que si decía lo que pensaba en realidad, la gente se ofendería, y que la mujer no puede arriesgarse a dar una opinión sincera por lo menos hasta los cuarenta y cinco años.”

Ambientado en la ficticia ciudad de Salterton, Davies fotografía la sociedad canadiense de la época (principios de los años cincuenta), con la misma fineza y elegancia que hiciera Edith Wharton con su mundo neoyorkino.

Robertson Davies

Probablemente sea el personaje de Hector Mackilwraith el que más afecto ha despertado en mí, quizá por su profunda ingenuidad, por la pureza del amor que siente hacia la inalcanzable Griselda, o simplemente porque también es el personaje favorito de Robertson Davies (así me lo parece al menos). Su desdicha, su mal de amores, es tan imposible como desesperada, y sus esfuerzos por cambiar la aburrida rutina de su vida se antojan como un último intento por convertir su existencia en algo decente. Y eso sólo puede despertar nuestra conmiseración.

Amaba a Griselda y creía que en ese amor no había sitio para pensar en sí mismo. Lo único que anhelaba su cuerpo era a ella…

(…) Es curioso que, durante esa horrible semana, cuando tan verdadero y profundo era su sufrimiento, hallara tiempo para lamentarse de no haber recibido una educación más literaria. Las pasiones que lo vapuleaban eran demasiado grandes para su vocabulario y no podía expresarlas con palabras, ni siquiera para sí mismo…

(…) La pena lo embotaba y lo único que podía hacer era procurar que se le viera lo menos posible… y mirar a Griselda. Verla lo aliviaba un poco, pero, cuando se fue a la parcela de abajo con Roger, él volvió a los arbustos como un animal herido, para estar solo. Fue amargo ver a Solly y a Valentine, pero sólo como puede doler un golpe en la espalda cuando se tiene un puñal clavado en el corazón.”

Me gusta cómo Davies construye la trama, simple, sin altibajos, y cómo va relacionando a los personajes que pueblan su novela, su ciudad imaginaria de Salterton. Es tan hábil que es fácil ponerles rostro a cada uno de ellos: desde Hector hasta Griselda Webster, pasando por la exasperante Nellie Forrester o el arrivista Roger Tasset, la resolutiva y moderna Valentine Rich o la madre manipuladora, hasta la asfixia, que es la señora Bridgetower. Y también El Torso, y Solly, y Cobbler, y por supuesto el señor Webster, un tipo al que uno desearía conocer por el puro placer de pasar un rato charlando con él, y la rebelde Freddy, y los Vambrance…

“-Me gusta la música que ha elegido para la obra –dijo Hector-; lo que hemos oído esta tarde era muy bonito.

-Gracias –dijo Cobbler-, aunque <bonito> no es lo que diría yo de las elegantes notas de Purcell, pero entiendo que le ha llegado al corazón.

-A pretty girl is like a melody –canturreó Roger.

-Con permiso –dijo Cobbler-. Siento contradecirlo, pero de eso nada. Una melodía, por poco buena que sea, tiene una lógica palpable, en cambio existen chicas bonitas que no tiene ni el más remoto vestigio de sentido común. ¿Sabían que el otro día vino a verme esa magnífica novilla a la que llaman El Torso (bonita donde las haya) y me dijo que tenía dotes musicales, e incluso excepcionales, porque a menudo oía melodías en la cabeza? Me propuso que la escuchara y escribiera lo que cantaba. Entonces tarareó unos fragmentos sueltos de dos o tres fruslerías de películas del año pasado. Podía hacer dos cosas: como músico, sacudirle un bofetón; como hombre, llevármela debajo de un pino y hacer con ella lo que me diera la gana.

-Por curiosidad, ¿qué fue lo que hizo? –preguntó Solly.

-La curiosidad mató al gato –sentenció Hector, un poco cohibido por el giro que había dado la conversación…”

Hay pequeñas historias dentro de la narración de una exquisitez propia de los autores con mayúsculas, como el incidente de la subasta de libros, la aparición de una caja con volúmenes cuya existencia nadie parecía conocer y la sorpresa de su desenlace. Y, en fin, una multitud de destellos narrativos deslumbrantes. Una novela que sin sobresaltos, sin crímenes, sin giros copernicanos, se desliza suavemente para hacernos saborear pura literatura narrativa.

Sergio Barce, abril 2011

Robertson Davies nació en Thomasville, Ontario, en 1913, y murió en 1995. Es considerado uno de los más importantes autores canadienses. Entre sus novelas destacan “La trilogía Salterton” (The Salterton trilogy) conformada por “A merced de la tempestad” (Tempest-Tost, 1951), “Leaven of malice” (1954) y “A mixture of frailtures” (1958), así como “La trilogía de Deptford” (The Deptford trilogy) formada por las novelas “El quinto en discordia” (Fifth business, 1970), “Mantícora” (The Manticore, 1972) y “El mundo de los prodigios” (World of wonders, 1975), o “La trilogía de Cornish”.

Los fragmentos de la novela “A merced de la tempestad” los he tomado de la edición de Libros del Asteroide, con traducción de Concha Cardeñoso.

 

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Diálogos de películas 3

Snatch

Snatch, cerdos y diamantes (Snatch, 2000) de Guy Ritchie

Ayudante de Avi:   ¿Londres?
Avi:   Sí, Londres.
Ayudante de Avi:   ¿Londres?
Avi:   Sí, Londres. Ya sabes: pastel de riñones, taza de té, mala comida, peor clima y esa Mary Poppins de los cojones. Sí, ¡Londres!

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Cary Grant & Audrey Hepburn en CHARADA

Charada (Charade, 1963) de Stanley Donen

Deberías ver tu cara.
-¿Qué le pasa a mi cara?

Que es preciosa.

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 el padrino III

El Padrino III  (The Godfather III, 1990) de Francis Ford Coppola

Al Pacino:   El destino cometió un error contigo, tenías que haber nacido muerto; yo corregiré ese error.

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George Clooney & Catherine Zeta-Jones en CRUELDAD INTOLERABLE

George Clooney & Catherine Zeta-Jones en CRUELDAD INTOLERABLE

 Crueldad Intolerable (Intolerable cruelty, 2003) de Joel & Ethan Coen

-Ella tiene abogado?
-No, tiene rottweilers.
-Mala señal.

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THE KILLING

Atraco Perfecto (The killing, 1956)

de Stanley Kubrick

Tienes una moneda donde las demás mujeres tienen un corazón.

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LARACHE vista por… SARA FERERES DE MORYOUSSEF

En su exquisito libro “Larache, crónica nostálgica” (Centro de Estudios Sefardíes de Caracas, 1996), la escritora larachense Sara Fereres de Moryoussef, se acerca a la ciudad en la que vivió y creció con la nostalgia propia de la distancia, tanto física como temporal. Igual que a otros autores, como León Cohen, Cristina Martínez o yo mismo, ese retroceder en el tiempo y en el espacio para recuperar la memoria del Larache particular de cada uno de nosotros, conlleva, casi ineludiblemente, el barniz de la idealización. Y es que, cuando la experiencia vital está llena de dulces sabores, las palabras brotan cadenciosas pero pasionales, trémulas a veces pero emocionadas. Sara Fereres no puede evitar una declaración de amor a Larache en cada página de su libro, que es una crónica nostálgica, sí, pero una crónica palpitante también.

Molly Benarroch, Jacobi Benay, SARA FERERES y Anita Benarroch

Se detiene en la descripción del Larache en la que Sara vivió, en cada calle, en cada edificio, y lo hace sin prisas, demorándose en los recuerdos.

Fue durante la década de 1940-50 cuando la ciudad tomó gran empuje. Se construía más, pues había mucha gente nueva de la Península. Casi todas las calles transversales ya tenían vivienda. Se abrieron nuevos comercios y se instalaron más bares y restaurante. Otro cine nuevo surgió, llamado María Cristina, y la gente se expandió viviendo hasta en lugares que antes eran campos pelados.

Como a unos cuarenta metros de nuestro edificio, atravesando la calle Cervantes, se encontraba el Banco Español de Crédito. Era un hermoso edificio cuyas paredes estaban cubiertas de mármol gris, si mal no recuerdo, y que aún existe. Un poco más adelante podíamos ver la única iglesia del pueblo. Pequeño pero atractiva. Muy sencilla, sin ningún estilo, aunque acogedora en su modestia. Estaba situada al fondo de una especie de plazoleta, decorada con macizos de plantas y flores, entre unos setos divisores. No era una gran cosa, sino más bien una iglesia muy adecuada para el pequeño pueblo que era Larache.

De los dos únicos quioscos de diarios y revistas que teníamos, el de Cremades era el más completo. Allí vendían toda clase de lecturas y comiquitas para los niños: Mari-Pepa, Juan Centella, Tarzán, El Fantasma, los de Walt Disney, etc… Cromos para coleccionar y cartones para recortar y armar barcos, casas, automóviles… Ahí no se vendían <chucherías>. Esto que existe hoy en todas partes era, durante mi infancia y parte de mi juventud, casi desconocido entre nosotros. Supongo que por esos mismo apenas había un par de dentistas o tres en Larache.

(…) Dejando atrás la iglesia y Cremades nos encontrábamos en la parte comercial de la avenida. El edificio de los Gallego, separado por un pasaje de otro edificio, la Banca Gallego. Los cafés o tascas, digamos más exclusivos, estaban allí mismo en la avenida: el Café Mau y el Canaletas, con la pastelería de Orozco que los separaba.

Para ir a la calle Chinguiti, el <paseo> de la ciudad, salíamos de la Canaletas y tomábamos a la derecha para entrar al pasaje que nos conducía directamente a ella. La avenida y la calle Chinguiti eran paralelas. En estas calles se encontraban los dos cines y una serie de comercios con toda clase de artículos. También las otras dos buenas pastelerías que teníamos: La Suiza, casi frente al Teatro España, y la <del valenciano> que era también heladería en verano y se hallaba casi al final del paseo. Lo mismo que La Suiza, estaba situada frente al otro cine llamado Cine Ideal.

(…) …teníamos el Cine Ideal que era eso, ideal. Bonito, nuevo y moderno, con asientos tapizados y todo él <sha´aleando>. Allí se estrenaban buenas películas y, como es natural, no nos las perdíamos.”

CINE IDEAL en la calle Chinguiti – hoy Avda. Hassan II

Sara Fereres, como digo, hace un recorrido por todo el pueblo, dedica un capítulo al Zoco Chico, a la época de la guerra, que tanto sufrimiento trajo a gente maravillosa de Larache, condenados al ostracismo por sus ideas, y también describe la playa y el paso del río en barca, cómo no, y las fiestas, el ´Id-el-Kebir, el Purim… Una descripción fiel de la convivencia que mantuvieron las tres religiones en Larache, un ejemplo que no nos cansamos de mostrar al mundo.

Así relata la fiesta del ´Id-El-Kebir y la romería a Lal-la Mennana.

“La fiesta grande era el ´Id-El-Kebir. En Larache dedicaban ese día a honrar a una santa mujer, Lal-la Mennana que estaba enterrada justamente en el cementerio emplazado en todo el centro de la ciudad y que llevaba su nombre.

Ese era un gran día para los musulmanes. Se iniciaba en la víspera. Al día siguiente, desde el amanecer, comenzaban a reunirse los fieles en el entorno del Zoco Chico, cerca de la mezquita y de allí partía la procesión que los llevaría a través de la Avenida Generalísimo Franco hasta el cementerio, donde después de rendir honores a la santa, terminaba la romería.

El propósito era llevar ofrendas a Lal-la Mennana. Los principales entre ellos se llamaban <shrifis>, o sea jeques y precedían la caravana que componía gente llevando ofrendas. El <shrif> iba montado a caballo o mula, de preferencia blanco.

Él mismo iba vestido de blanco. .. (…) Había muchas paradas y en cada una de ellas los devotos <´issauis<, una secta de derviches, se dedicaban a bailar al son de tambores y chirimías, esas flautas morunas de sonido monótono y agudo. Los movimientos eran rítmicos pero violentos. Giraban la cabeza como si fuera un trompo y se excitaban a tal punto que perdían la noción del dolor. Los he visto cortarse, pincharse con hojas de chumberas llenas de espinos largos y agudos, golpearse con hachas la cabeza y sangrar. Hasta caminar sobre carbones encendidos y levárselos a la boca, sin que demostraran sentir dolor…

(…) Curiosamente, la hija de los cuidadores de nuestra huerta era una <´issauía>. Una vez le pregunté cómo hacía y me mostró como se <haireaba> ella al seguir ese ritmo tan enloquecedor. Me dijo que era fácil y que lo intentara. Muy imprudentemente seguí su consejo y terminé vomitando a causa del mareo.”

Y la fiesta del Purim:

“Para la fiesta del Purim todas las casas hebreas de Larache se convertían en pastelerías.

Esta fiesta es la más dedicada a los niños del pueblo judío. Es un día de regalos y golosinas. También los indigentes la disfrutaban. Fiesta alegre para visitar a los amigos y a la familia. Igual que para recibir. Día de puertas abiertas hasta el anochecer.

(…) A la entrada de cada casa se ponía sobre un mueble o mesita una bandeja llena de moneda fraccionaria, para tenerla a mano y ofrecer su óbolo a cualquiera de los tantos indigentes que se presentaban durante el día con ese propósito. Llegaban hombres, mujeres y niños. A cada quien se le daba lo que correspondía: moneda fraccionaria para niños, pesetas o <duros> para los adultos. Los pequeños de la casa ofrecían a los críos y los adultos los hacían a los mayores.”

Avenida Chinguiti – cine Ideal (otra perspectiva)

Sara dedica un hermoso capítulo a un hombre, Abd-el-Kamel, lleno de cariño, ternura y afecto (pero que no transcribo porque creo que merece la pena que lo descubra el lector de este relato). Uno de los más conmovedores de su libro, y que me recuerda mucho a mi cuento “Mina, la negra”.  Y es que, aunque de épocas distintas, las experiencias en Larache nos unen a todos, vivencias casi paralelas que saltan de un decenio a otro, pero que no dejan de estar marcados a fuego por la misma tierra, por la misma gente, por la misma sangre.

Sergio Barce, abril 2011

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SARA FERERES DE MORYOUSSEF, escritora larachense

SARA FERERES DE MORYOUSSEF

Raquel Fhina, la hija de Sara Fereres de Moryoussef, me envió unas notas sobre su madre después de que yo le pidiera algunos datos para poder escribir sobre ella, ya que hace tiempo leí su precioso libro “Larache, crónica nostálgica” (Centro de Estudios Sefardíes de Caracas, Venezuela, 1996).

Raquel me cuenta que Sara es una larachense nacida en Casablanca (Marruecos) en 1929, hija de Jacob Fereres y de Berta Amar. Sus padres y toda la familia paterna vivían en Larache pero al momento del parto, Berta, su madre, que era de Tánger, se trasladó a Casablanca para ser atendida en una clínica en lugar de recurrir a la comadrona, como era la costumbre en el pueblo durante la época del Protectorado Español.

Dada la época, su infancia en Larache obviamente transcurrió bajo los efectos indirectos de la Guerra Civil Española y de la Segunda Guerra Mundial. La buena posición económica de los Fereres y su condición de ciudadanos ingleses, gracias a un antepasado nacido en Gibraltar, ayudaron a su familia a paliar las secuelas que ambos conflictos, que se dieron seguidos, tuvieron en la economía local. No obstante, apenas obtener su certificado de estudios en la Alianza Israelita Universal, a los 14 años, la situación la llevó a trabajar con su tío Salomón Fereres en su negocio de alimentos.

Niños de la Alianza Israelita Universal de Larache

Con veintidós años, Sara se marchó sola a Casablanca, lo que era entonces la “zona francesa”. Sin embargo, a decir de Raquel, los años que su madre vivió en Larache y el jaquetía que ahí se hablaba la marcarían por siempre.

Al poco tiempo de establecerse en Casablanca se le unieron sus padres y hermanos. Su dominio del idioma inglés le facilitó el poder trabajar en la base militar norteamericana de Nouasseur como asistente del Comandante General. En 1954 se casó con su novio de la adolescencia, Saadia Moryoussef, también de Larache, y dejó ese trabajo para mudarse con su esposo, primero a Louis Gentile, cerca de Marrakech, y luego a Mogador donde Saadia gerenciaba la tienda de calzados Bata. Al año siguiente tuvieron su primera hija, que fue Raquel.

Tras declararse la independencia de Marruecos en 1956, se produjo un fallido atentado con bomba contra el negocio de su esposo, que como otros extranjeros de la zona, por algunos sectores radicales les consideraban relacionados con los colonialistas, hecho éste que les empujó a dejar el país y establecerse en Venezuela, estimulados por los tíos y las primas de Sara, Aurora y Salomón Coriat, y sus hijas Eva y Yolanda, que vivían en Caracas y gozaban de buena posición. Llegaron al puerto de la Guaira en febrero de 1957 a bordo del paquebote “Virginia de Churruca”. Más tarde, los padres de Sara y dos de sus hermanos también llegaron a Venezuela.

Fue ya en Caracas, donde tuvieron dos hijos más, Bertha y Alberto. La familia se integró lógicamente a la comunidad judía, y según cuenta Raquel, Saadia se afilió a la “Unión Israelita de Caracas”, en lugar de la “Asociación Israelita de Venezuela”, ya que el primo político de Sara, David Katz, era para entonces presidente de la institución ashkenazí.

Paralelamente al trabajo de Saadia en Benatarco, dedicado a la venta de máquinas para zapatería y costura, ambos llevaron durante muchos años una tienda de calzados en la Av. Urdaneta. El negocio cerró en 1983 y Sara se retiró para dedicarse al hogar, viajar, pintar y escribir. Saadia, su esposo, falleció en 1998.

Sara Fereres comenzó a escribir artículos de prensa que han sido publicados en Nuevo Mundo Israelita, en las revistas Maguen Escudo y Alef de Barcelona, así como en medios web como Maroc Amitie y Sefarad.

Rindió un homenaje a su terruño cuando escribió “Larache, crónica nostálgica” que publicó el Centro de Estudios Sefardíes de Caracas en 1996. Un delicioso libro, del que hablaré más detalladamente cuando le dedique un artículo a “Larache vista por Sara Fereres”, lleno de nostalgia, cariño y melancolía. Como adelanto de ese otro artículo, rescato un breve párrafo de su introducción:

A pesar de la protección del Consulado Británico, teníamos que estar siempre alerta y preparados para lo peor. Para nosotros, la situación era doblemente difícil: éramos británicos y judíos. Aún recuerdo las maletas preparadas con ropa, al pie de la cama de mis padres, por si llegaba el aviso de evacuación inmediata y por lo tanto la necesidad de abandonar el hogar precipitadamente. Era como una espada de Damocles pendiente sobre nuestras cabezas. Se podía esperar que Franco, presionado por Hitler, decidiera entregar o deportar a los habitantes de Marruecos español de las diversas nacionalidades de los países aliados. Se sabe que el rey Mohamed V, de grata memoria, fue un adalid de los judíos de Marruecos. No obstante, su brazo quizás no llegase tan lejos como para proteger también a judíos ingleses.

Durante los años de la Guerra Civil española, los secuaces de la Falange en Larache vigilaban a los judíos por una razón u otra. Podía ser porque entre ellos había muchos masones o por la simpatía que profesaba la mayoría de ellos hacia la República. Al estallar la Segunda Guerra Mundial, la vista de estos esbirros cayó sobre los varones de mi familia. A papá lo tenían vigilado todo el tiempo, aunque nunca hallaron prueba de nada para atraparle. Pero mi tío Salomón, con quien yo trabajaba, fue arrestado y estuvo confinado en su casa durante un año…”

El libro también incluye un curioso glosario, casi diccionario, de jaquetía. Dice Raquel que la pasión por la jaquetía ha llevado a Sara a escribir cuentos y participar en tertulias públicas. Se puede leer en este glosario:

“Empleo del habla jaquetiesca.  Ejemplo Primero:

Oyeme, mi ueno, dile a Ya´acobito, que las turmas, me disheron ¡que stan cáaaras! Ua n´importa, que merque ukuán unos dos kilos, pa´l sabaló de noche – sabbad.

Ejemplo Segundo:

Esa negra toda de Mazaltica, no fregó la olla de la adafina, ni mondó la jodra, ni escamondó los garbanzos pa´l leshiado. ¡Waaa… se la caiga el mazzal y no se la levante…! ¿Qué voy a hazer con ella…? ¡No la quede amo lo tuerta que es…!”

Sara Fereres ha publicado también dos libros basados en sus investigaciones bibliográficas: “Akenatón y Moisés” (1999), que  escudriña los paralelismos históricos y culturales de ambas figuras, y recientemente “El Cristianismo de Jesucristo”, resultado de 20 años de reflexiones e indagaciones sobre la vida de ese personaje en el contexto de la vida judía de su época. Tiene aun sin publicar “Las profecías de Ezequiel desveladas”.

A la fecha Sara es abuela de siete nietos y una bisnieta, y continúa viviendo en su Pent House de la  esquina Canónigos, en Caracas.

 

Raquel Fhina de Moryoussef & Sergio Barce, abril 2011

 

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Otros libros…: Algo más del «DICCIONARIO DEL DIABLO» de AMBROSE BIERCE

El pasado 26 de marzo publiqué un breve artículo sobre el “Diccionario del Diablo” (The Devil´s dictionary), escrito en el año 1911 por uno de los más importantes narradores americanos, Ambrose Bierce, y transcribí diez de las definiciones que contiene.

Hoy os traigo, también al azar, otras cinco palabras definidas por Bierce, amén del significado que le da a “mujer”, por la que me preguntaba Joana en los comentarios al mencionado artículo. Ahí tienes esa definición que, seguramente, no te dejará indiferente.

Sergio Barce, abril 2011

 

Ambidextro, adj. Capaz de robar con igual habilidad un bolsillo derecho que uno izquierdo.

Belleza, s. Don femenino que seduce a un amante y aterra a un marido.

Éxito, s. El único pecado imperdonable contra nuestros semejantes.

Funeral, s. Ceremonia mediante la que demostramos nuestro respeto por los muertos enriqueciendo al sepulturero, y reafirmamos nuestra congoja mediante gastos que ahondan nuestros gemidos y duplican nuestras lágrimas.

Idiota, s. Miembro de una vasta y poderosa tribu cuya influencia en los asuntos humanos ha sido siempre dominante. La actividad del Idiota no se limita a ningún campo especial de pensamiento o acción, sino que «satura y regula el todo». Siempre tiene la última palabra; su decisión es inapelable. Establece las modas de la opinión y el gusto, dicta las limitaciones del lenguaje, fija las normas de la conducta.

Mujer, s. Animal que suele vivir en la vecindad del Hombre, que tiene una rudimentaria aptitud para la domesticación. Algunos de los zoólogos más viejos le atribuyen cierta docilidad vestigial adquirida en una antigua época de reclusión, pero los naturalistas del postfeminismo, que no saben nada de esa reclusión, niegan semejante virtud y declaran que la mujer no ha cambiado desde el principio de los tiempos. La especie es la más ampliamente distribuida de todas las bestias de presa; infecta todas las partes habitables del globo, desde las dulces montañas de Groenlandia hasta las virtuosas playas de la India. El nombre que se le da popularmente (mujer lobo) es incorrecto, porque pertenece a la especie de los gatos. La mujer es flexible y grácil en sus movimientos, especialmente la variedad norteamericana (Felis pugnans), es omnívora, y puede enseñársele a callar.

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