Archivos Mensuales: abril 2011

25.000 visitas

Anoche se registró la visita número 25.000 a este blog. Es decir, una media de unas 125 entradas diarias desde que lo puse en marcha el 19 de septiembre del pasado año.

Quiero pensar que este número, que se incrementa día a día, es producto del esfuerzo por mantener un nivel digno en todo lo que se muestra en él. A quienes habitualmente lo seguís, todo mi agradecimiento.

Veremos qué nos depara más adelante, y es que, como dijo Woody Allen, «me interesa el futuro porque es el sitio donde voy a pasar el resto de mi vida».

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Cuaderno de cine: EL SECRETO DE SUS OJOS de JUAN JOSÉ CAMPANELLA

Creo que es la cuarta vez que veo la película, y en cada ocasión me parece mejor. “El secreto de sus ojos” (2009) de Juan José Campanella cuenta el asesinato terrible de una chica, un crimen de una crueldad intolerable, y cómo ese hecho se convierte en casi una obsesión para el protagonista, Benjamín Espósito, un Ricardo Darín fantástico, funcionario que, tras jubilarse, se plantea escribir un libro sobre el caso que jamás ha podido olvidar. Su decisión le hace regresar al juzgado en el que desempeñaba su trabajo, donde aún continúa la Secretaria judicial de la que, siempre en silencio, estuvo enamorado (estuvieron enamorados). Y como consecuencia de esta misma decisión, se irá mostrando al espectador qué fue lo que sucedió durante la investigación que efectuó Espósito junto a su mejor amigo, mientras que, a la vez, se va desvelando al propio protagonista, en un perfecto juego de saltos en el tiempo, qué se esconde tras la sordidez de aquel crimen.

RICARDO DARÍN Y SOLEDAD VILLAMIL

El guión es de una sutileza encomiable. Hay humor, hay drama, hay misterio, hay romanticismo. Ya digo que Ricardo Darín está soberbio, pero Soledad Villamil está inconmensurable, con esa mirada que lo dice todo y lo oculta todo, que te habla sin mover los labios, que te obliga a rendirte a ella. Y está Guillermo Francella, que es Pablo Sandoval, el amigo del protagonista, un personaje rico, increíble, lleno de matices, con un humor desternillante (cuando descuelga el teléfono del juzgado para contestar las llamadas diciendo que es el Banco de Semen o cualquier otra cosa con tal de no atender a quien llama es delirante), pero también es el amigo leal, capaz de sacrificarse por quien tanto ha hecho por él.

No es un film con concesiones. Cuando debe ser dramático, lo es; cuando la trama requiere un fino toque de humor, lo concede (la escena de Darín y Francella invadiendo la casa de la madre del supuesto asesino en busca de pistas es redonda; o cuando el juez Lacalle –el actor Mario Alarcón también lo borda- da la reprimenda a Darín/Espósito por ese hecho, es humor con mayúsculas); pero cuando ha de ser romántico, es un film muy romántico (las miradas entre Ricardo Darín y Soledad Villamil traspasan la pantalla, echan chispas, nos inundan) sin caer en lo fácil (hay detalles elegantes como la puerta del despacho de la secretaria, siempre a punto de cerrarse esperando esa declaración que no llega…), o la historia de Ricardo Morales, el marido viudo de la víctima al que da vida sobriamente Pablo Rago, trágica y romántica, tierna y desgarrada; y, finalmente, cuando ha de ser una película de intriga borda la perfección (los pasos que llevan a Espósito hasta Isidoro Gómez, el sospechoso al que descubre de una manera casual mirando fotografías de la víctima, son de una precisión hitchcockniana).

RICARDO DARÍN es Benjamín Espósito

SOLEDAD VILLAMIL es Irene Menéndez Hastings

Ya conocía al director Juan José Campanella de otras películas magníficas: “…Y llegó el amor” (1997), “El mismo amor, la misma lluvia” (1999),  “El hijo de la novia” (2001) o «Luna de Avellaneda» (2004) (los recomiendo todos), films que ya contenían algunos de los elementos que Campanella desarrolla en “El secreto de sus ojos”. (Entre película y película, Campanella rueda episodios de las serie “Ley & Orden” o “House”, curioso).

Me parece de un virtuosismo increíble la escena en la que Espósito y Sandoval descubren a Gómez en el estadio de fútbol, y cómo Campanella ha filmado la persecución de éste; me quedé atónito por su sencillez pero por la complejidad del travelling. Mi hijo Pablo me lo comentó hace días, le había llamado la atención esa misma escena, y me comentó que hacía mucho que no veía una película tan maravillosa. Campanella construye una historia compleja, bien armada, sin ninguna fisura, llena de planos inolvidables, de diálogos inteligentes y bien trabajados, con una dirección de actores ejemplar, y una sabia utilización de la estupenda banda sonora de Federico Jusid y Emilio Kauderer.

GUILLERMO FRANCELLA es Pablo Sandoval, detrás Ricardo Darín

La película obtuvo el Oscar a la Mejor Película de Habla No Inglesa en 2010, un justo reconocimiento. Además del Goya a la Mejor Película Hispanoamericana y curiosamente el Goya a la Mejor Actriz Revelación a Soledad Villamil, que es una estrella en Argentina desde hace bastante tiempo…

Mi hijo Pablo tiene razón, Juan José Campanella ha bordado su carrera con esta película y se ha puesto el listón muy alto. Me encantaron sus anteriores films, pero “El secreto de sus ojos” es de las que uno se guarda para saborearlas una y otra vez. Cine del bueno.

Sergio Barce, abril 2011

Juan José Campanella con su Oscar, que le entregó Pedro Almodóvar, junto al actor Guillermo Francella

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LARACHE – Fotos 8 – en el Balcón del Atlántico

Mi hijo Sergio en el Balcón del Atlántico

Nombrar un lugar inolvidable de Larache, no sé si mítico (es quizá una palabra excesiva, seguramente) me lleva al Balcón del Atlántico. Era el lugar al que me asomaba en los primeros años desde la ventana de mi casa. Fue también el lugar de mis correrías, de mis juegos, de mis travesuras. Un día, tendría siete u ocho años, introduje papeles y cartones por las aberturas existentes bajo el templete que hay en sus jardines y en el que tocaban los músicos los días de fiesta. Luego, metí una cerilla. Por supuesto, no pude apagar la llama y se formó una humareda escandalosa, así que llamaron a los bomberos… He borrado de mis recuerdos lo que me dijo mi padre después de enterarse…

Jardines del Balcón Atlántico

También era y es el sitio ideal para pasear, viendo el atardecer,  el sol sumergiéndose allá a lo lejos. Creo que todas las parejas de novios han bajado al Balcón para compartir sus confesiones, para caminar del Mercado hasta casi al puerto y luego volver lentamente sobre sus pasos, un ritual de horas, con tal de estar uno al lado del otro… Mohamed Chrif Tribak lo filmó en su corto «Balcón Atlántico», un retrato simpático de lo que no es sino una tradición de la ciudad y de sus gentes. Un lugar del que todo larachense guarda su recuerdo privado e intransferible.

Pero qué sería este Balcón sin la gente que lo paseó, que lo añora, que lo recuerda o que aún lo vive. Esa gente que forma parte ya de mi vida, que siento tan cercana, tan íntima.

Jose María López Cobos

A medida que voy acumulando fotografías, textos o simples esbozos, me doy cuenta de la gran cantidad de personas que habitan en mí. Algunas de ellas hace mucho que no las veo, otras se comunican conmigo de tarde en tarde, a veces con un simple mensaje de texto, pero siempre hay una extraña sensación de que siempre están ahí, cercanas, a mano, y que algo difícil de explicar o de comprender nos une. Sabemos lo que es, por supuesto: una tierra, un sol, un río, el mismo horizonte en el que cada día sigue desapareciendo el mismo sol…

Sergio Barce, abril 2011

Mohamed Chourdi, Ange Ramírez, Abdrrahman Lanjeri, Gabriela Grech, Sergio Barce, mi hijo Pablo

MOHAMED LAABI Y SU MUJER FATIMA ZOHRA

Elisa y Pepe

Amigos desde la infancia… Emilio Gallego, Lotfi Barrada, Sergio Barce

Carmen Allué

Carlos Amselem

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Otros libros, otros autores: EL CEMENTERIO DE PRAGA (Il cimitero di Praga) de UMBERTO ECO

La última creación de Umberto Eco, ha llegado envuelta en algo de escándalo (un escándalo que, en serio, no parece más que un buen trabajo de marketing) desde que apareció en las librerías. ¿Qué decir de esta novela del autor de la inolvidable “El nombre de la rosa”? Francamente, no lo sé. He cerrado el libro, un volumen con unas nada despreciables 587 páginas, y la sensación de vacío que me ha provocado la historia narrada se ha confirmado al llegar a su final.

Nadie duda de la inmensa capacidad intelectual de Eco, de su extraordinaria formación y cultura, pero he tenido la agria sensación en todo momento de que, en esta ocasión, quería demostrárnoslo. Y no hay nada peor que el engreimiento inconsciente (espero que inconsciente) de un creador que le haga creer que cualquier cosa que escriba es ya genial per se.

Umberto Eco

No digo que no haya buenos pasajes, que los hay, pero en la construcción de los personajes Eco ha creído que con cambiarles el aspecto físico, explicarnos sus apetencias culinarias, cambiarlos de época (hay sucesivos saltos temporales) o darnos una rápida pincelada de ellos es suficiente. En esta novela he tenido la sensación de que no sólo el abate Dalla Piccola y Simonini, el personaje-personajes protagonistas, son intercambiables por lo que la propia narración pretende, sino que al resto de los otros personajes, inventados e históricos, que deambulan por sus páginas, les ocurre igual, es decir, hay veces que podrían cambiarse los papeles los unos a los otros y nada alteraría la historia contada, y esto sin embargo no lo pretende en absoluto la narración.

“-Ay, mi querido abogado –le dijo el notario-, serán las tendencias de los tiempos modernos que ya no son lo que eran, pero también los  hijos de buena familia a veces han de doblegarse a trabajar. Que si Su Merced quisiera inclinarse hasta esta elección, de verdad humillante, yo podría ofrecerle un empleo en mi despacho, donde me resultaría cómodo tener a un joven con alguna noción de derecho, pero quede claro que no podré recompensar a Su Merced en la medida de su ingenio, aunque la cantidad que le daría debería resultarle suficiente para encontrarse un alojamiento donde vivir con modesto decoro.”

 

Y, lo peor de todo, es que hay un momento en la novela en el que uno ya presiente que al final todo será nada, que no nos llevará a ninguna conclusión, y, en efecto, así ocurre, pues al terminar noté que Umberto Eco podría haber seguido escribiendo otras mil páginas y nada habría ocurrido que me conmoviera, más aún, nada habría hecho que despertara mi interés.

Ha jugado con los judíos, para mostrarlos como una especie de monstruos (no él, claro, sino los protagonistas) pero, como ya he dicho, con la artera intención de crear una polémica falsaria con la que vender más libros, porque, en definitiva, no lleva absolutamente a ninguna parte. Y como lo sabía, astutamente, también despotrica de los comunistas, de los católicos, de los turcos, de  los masones, vamos, de quien se le ponga a tiro para que, pese al probable escándalo que estaba creando, nadie le pudiera tildar de xenófobo, porque es su protagonista el que odia al mundo entero…

Me revelaba que el porcentaje de las mujeres de mala vida era más alta entre los judíos que entre los cristianos (¿acaso no lo sabíamos por los Evangelios, me preguntaba yo, donde Jesús no se mueve sin toparse exclusivamente con pecadoras?), luego pasaba a mostrar cómo en la moral talmúdica no existía el prójimo, ni se hacía mención alguna a los deberes que tendríamos hacia el mismo, lo que explica, y a su  manera justifica, los despiadados que son los judíos en arruinar familias, deshonrar a jovencitas, poner de patas en la calle a viudas y ancianos tras haberles chupado la sangre con usura. ..”

Y de esta guisa ha construido una novela de intriga pero sobre fuegos artificiales, sobre el aire, sobre un vacío en el que creo que sólo Eco se ha sentido cómodo, y supongo que al poner el punto final también glotonamente satisfecho. A mí, sin embargo, me ha dejado hambriento y descolocado.

Sergio Barce, abril 2011

Sean Connery y Christian Slater en la versión cinematográfica de EL NOMBRE DE LA ROSA de Eco

Umberto Eco nació en Alessandria (Italia) en 1932. Se doctoró en Filosofía y Letras, es crítico literario, semiólogo y novelista. Con “El nombre de la rosa” (Il nome della rosa, 1980), Eco se hizo mundialmente famoso. Otros títulos suyos son “”El péndulo de Foucault” (Il pendolo di Foucault, 1988), “La isla del día de antes” (L´isola del giorno prima, 1994) o “Baudolino” (2000).

(Los fragmentos de la novela los he tomado de la edición de «El cementerio de Praga» publicada por Lumen, primera edición de noviembre de 2010, con traducción de Helena Lozano Miralles)

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LARACHE vista por… MOHAMED BOUISSEF REKAB

Mohamed Bouissef Rekab, al que conocí en Tánger hace bastantes años, es un escritor marroquí con un verbo barroco cuando habla, exagerado, por ascendencia andaluza, y de una simpatía desbordante. Cuando escribe, por el contrario, esa misma pasión la vuelca de una forma diferente, con un lenguaje crudo, descarnado y poco artificioso. Es capaz de embarcarse en historias realmente duras, que me hacen recordar a veces a Mohamed Chukri, como en la que, según mi opinión, es su mejor novela: “Aixa, el cielo de Pandora” (Quórum Editores – Cádiz, 2007).

“En una acera, alejada de todo el tumulto, iba Aicha despacio, mirando para todos lados, esperando que alguien la abordada para ir a “vivir” un momento de alegría; mas su deseo moría muy cerca de su cuerpo desmoronado. (…) Como de costumbre, iba descalza, los dedos liberados –hacía años- de la asfixia de los zapatos; las plantas de los pies hacían de suelas –por tenerlas duras como una roca, no sentía las chinitas que iba pisando. (…) La cara la llevaba muy embadurnada, pintarrajeada de colores rojizos, obtenidos con carmines desconocidos; espolvoreada, con talcos baratos, por ambos lados hasta las pequeñas orejas en las que llevaba unos pendientes de bisutería; las pestañas y las cejas con alcohol, negrísimas. El pelo, que antaño fuera castaño, ahora lo llevaba rojizo con alheña; henna que compraba en un bacalito del Zoco Chico para cubrirse las canas; en esas tienduchas, los viejos vendedores de hierbas, ya la conocían bien. Falsa pelirroja. La boca pequeñita y desdentada, como chupada hacia dentro. Un solo diente en toda la boca.

No quería saber lo que esa gente pretendía obtener con esos chillidos, ella esperaba que sus “clientes” le hicieran propuestas para dirigirse al Balcón del Atlántico y acercarse a su escondite; la falda de tablas se le levantaba con la brisa que soplaba y ella ni se preocupaba de impedir que se le vieran los muslos, flacos y ya arrugados…”

En “Aixa, el cielo de Pandora”, Bouissef nos cuenta la vida de una prostituta muy conocida en Larache, Aichaa Rahmuniyya, con la que muchos chicos se iniciaron en el sexo. Ambientada en su mayor parte entre la época del Protectorado y los primeros años tras la independencia de Marruecos, aunque nostálgica, la novela es dura, nada complaciente, y nos va desgranando la vida llena de sinsabores de esta mujer que, sin embargo, hasta su vejez siempre trató de conservar su orgullo y su dignidad.

Bouissef rodeado de los escritores Lahchiri, Sibari y Akalay, en el Colegio Luis Vives de Larache

La narración es sencilla, logra que las descripciones de los personajes y de sus peripecias sean siempre creíbles, entiendes sus reacciones porque te ha dado la información precisa para que éstas tengan sentido. También logra recuperar aquel ambiente en el que las tres religiones convivían en la ciudad de una manera natural con pequeñas pinceladas de la vida diaria. La mirada de los niños, en este caso, le sirve para “filmar” los hechos de una manera candorosa, desprovista de punto de vista, pero sin ocultar que Bouissef añora ese tiempo de tolerancia.

Tomamos la Puerta de la Medina y al entrar al Zoco Chico doblamos a la izquierda, nos metimos por el barrio de el-Guebibat. Al llegar junto a un vendedor de sfench (buñuelos), mi amigo me invitó a merendar… (…) Teníamos enfrente el mausoleo de Sidi Mohamed Cherif. Cosa curiosa, lo veneraban judíos y musulmanes. En ese preciso momento pasaron dos judías y una musulmana cerca de donde estábamos y entraron en el pequeño recinto del mausoleo (conocíamos a las judías por su atuendo y su pañuelo negro –que también usaban como rebozo con una de sus manos-; llevaban indumentaria occidental y hablaban en español, era un español raro, pero español; a las musulmanas las reconocíamos por su inconfundible chilaba o porque llevaban haike; rara la musulmana que fuera vestida a la usanza europea).

-¿Qué le pedirán a Sidi Mohamed Cherif? –Dije señalando a las tres mujeres.

-Las judías no sé lo que podrán pedirle, pero las musulmanas seguramente le pedirán que les dé marido, trabajo, que el marido o el hijo salga de la cárcel, que nunca enfermen y cosas así… ¿Por qué no vendrán también las nesranías? Porque si Sidi Mohamed Cherif es bueno con musulmanes y judíos, también lo tendrá que ser con los cristianos. Vamos, digo yo…

En ese momento salían del mausoleo unas mujeres judías. Iban charlando entre ellas, con una mano tapándose la cara con el inconfundible pañuelo negro que les cubría la cabeza.

-Rabbi Galili no nos defraudará. Él nos ayudará para que nuestro mazzan sea bueno…

-Sí, hermana; Rabbi Galili no nos puede olvidar…

Sus voces apenas nos llegaban, pues el rebozo las apaciguaba.

-¿Quién será Rabbi Galili? Porque aquí está enterrado Sidi Mohamed Cherif…

-¡Oye, es verdad! No entiendo nada…

Nos lavamos las manos –que chorreaban aceite- y la boca con el grifo público que había cerca y decidimos bajar la pendiente…”

Bouissef en el Zoco Chico de Larache

Mohamed Bouissef Rekab conoce bien Larache, y a muchos larachenses. Eso se palpa en el libro, se nota en sus descripciones, en la manera afectiva y cercana con la que construye a los personajes, como digo, muchos de ellos reales. También demuestra Bouissef, a través del narrador de la historia, su humanidad, especialmente en la forma como el protagonista va desvelando y descubriendo la otra vida de Aicha.

Niños y niñas eran hijos de militares y policías españoles y musulmanes o de comerciantes españoles, musulmanes y judíos –los judíos no eran del barrio, pero se acercaban a jugar con los demás chiquillos-; también había algunas familias pobres que nadie sabía de dónde procedían, a este último colectivo pertenecían Aicha y su madre –los cristianos y los musulmanes vivían en barriadas diferentes, una frente a la otra-. Los niños se ponían a jugar en la calle que se había formado entre ambas barriadas, que los unía. Los judíos, en general, tenían sus casas por la calle Real, donde está la judería; por esa parte había viviendo además de los judíos, musulmanes y cristianos; y de ahí, muchos niños hebreos se iban hasta los otros barrios para jugar con sus compañeros de escuela, fueran cristianos o musulmanes.

(…) Aicha estaba prendada de Claudio… (…) Las niñas musulmanas le echaban en cara esa peculiaridad. No se podía querer a un nesrani, aunque jugara con niñas nesranías. Dios prohíbe que se toque un infiel; así que si te quieres enamorar, vete con un meslem; <déjaselo a Isabel, ella es nesranía como él> (…) ¿por qué ella no podía salir con Claudio? ¿Qué tenía que ver la religión con los sentimientos? ¿Por qué los chicos musulmanes podían besar y abrazar a las nesranías y a las libudías y ella, chica musulmana, no podía ser abrazada y besada por un nesrani o un libudi? No encontraba ninguna respuesta…”

Hay pequeños detalles de la vida cotidiana que enriquecen esta magnífica novela. La sinceridad de Mohamed Bouissef al abordar la religión, el sexo, las dificultades en las relaciones interculturales –especialmente las religiosas-, la política o la visión del otro desde diferentes prismas, es loable. Bouissef afronta la vida abiertamente, y no se amilana al exponer su punto de vista sobre cuestiones espinosas ante las que otros se autocensurarían.

Cruzamos el río Lukus en barca de pago… (…) Nos fuimos por ahí a corretear y a mirar a las niñas españolas y judías, que eran las que se ponían bañador; no dejábamos de mirarles los muslos y los brazos a las chicas que se bañaban y a memorizar imaginaciones e imágenes para cuando estuviéramos solos; las musulmanas se quedaban con su ropa a contemplar, a sudar y a odiar profundamente a los hombres que se refrescaban, y a decirse entre ellas que si las nesranías y las libudías se bañaban y no pasaba nada malo, ¿a qué era debido que sus maridos, hermanos o padres les prohibieran hacerlo? Algunas se metían en el agua, desafiando esas prohibiciones, generalmente con una combinación transparente, y cuando salían estaban más apetitosas que las mujeres de los bañadores…”

Pero el acierto de Bouissef es que engarza los hechos reales que van aconteciendo en Marruecos durante la época en la que se desarrolla esta novela con las vidas cotidianas de los protagonistas, especialmente del narrador que es quien cuenta, a través de sus propios recuerdos y de lo que ha oído de otros, no sólo la trágica existencia de Aicha desde su niñez hasta su muerte sino también la de él mismo y de quienes les rodean. Es también, pues, un gran fresco humano con un trasfondo histórico siempre ambientado en Larache.

“En el Café Central nos dejaban sentarnos aunque no consumiéramos nada; el dueño, Pepe, era amigo de todos y dejaba que los jovencitos se sentaran; ¡siempre que no arméis jaleo y molestéis a los clientes! –solía decirnos-. Nos gustaba sentarnos ahí para oír a los mayores hablar de los acontecimientos que estaba viviendo el país. Los nombres de Abdeljalak Torres, de Al-lal Farsi, de Al-lal Benabdel-lah, de Mohamed V, junto a muchos otros, eran los que más se oían mencionar. Uno de los contertulios hablaba siempre de un larachense, de un tal Abdesamad Kenfaui, que había sido nombrado director del primer grupo teatral profesional del Marruecos independiente. Nosotros no conocíamos a ninguno de los mencionados, pero a fuerza de ser nombrados delante de nosotros, nos familiarizamos con ellos…

(…) También hablaban de un personaje que sí conocíamos de oídas desde hacía mucho tiempo; se trataba de Sliman Laraichi; otro gran hombre de Larache. Trabajó en la resistencia contra los franceses junto a  Mohamed Zerktuni; nosotros no lo habíamos visto nunca, pero sí lo conocíamos porque todo el mundo hablaba de él como de un héroe que lo había dado todo por la independencia.

(…) Los contertulios del Café Central no se atrevían a mencionar los graves incidentes que estaba viviendo la ciudad, por temor a que entre la gente hubiera algún policía camuflado.

-No recuerdo que la policía española haya matado a gente en Larache… ¿No crees que hubiera sido mejor que los españoles siguieran con nosotros?

-No sé. Es algo que no me he planteado. Nuestros vecinos son españoles y nos sentimos bien con ellos. Pero creo que se van a ir casi todos a España. Dicen que no tienen nada que haber aquí.

-¡Ya verás como todo va a cambiar cuando no tengamos vecinos españoles! ¡Seguro que los echaremos de  menos!”

Una novela amarga, sin duda, muy real, muy sincera, descarnada, pero en la que siempre se atisba un aire de calidez y de ternura; y es una novela que mantiene el pulso durante toda la narración. Francamente me parece uno de los retratos más impresionantes que he leído de una mujer que, para sobrevivir, ha de prostituirse y someterse a las peores vejaciones. Y también es una historia muy emocionante.

Además de nuestros encuentros en Tánger, en Larache y en Fuengirola, guardo con especial cariño el día que me llamó para que yo presentara su novela en Málaga. Fue un halago, y un placer hacerlo para un amigo. Recuerdo que lo hicimos en la Librería Proteo, y que luego pasamos un rato agradable lleno de risas y buen vino.

El ejemplar que guardo de su novela contiene las palabras que me escribió en la dedicatoria y que ahora, con el tiempo, están llenas de nostalgia. Dicen: “Málaga, 13-12-2007. A Sergio Barce con todo mi afecto. Es, seguro, el mejor lector que puede tener mi Aixa”. Como decía al principio, Mohamed Bouissef es muy exagerado.

“Aicha empezó a soñar con el momento en que le anunciaron que algo podía brillar en su horizonte; su vida se estrellaba entre riscos desconocidos –y ella lo desconocía- y abría el camino a las cenizas de sus ansias y de sus pensamientos”

Sergio Barce, marzo 2011

 Mohamed Bouissef Rekab, nació en Tetuán, Marruecos, en 1948. Como otros escritores marroquíes como Mohamed Akalay, Abderrahman El Fathi, Said Jedidi, Mohamed Lahchiri o Mohamed Sibari, escribe en lengua castellana, siendo uno de los miembros fundadores de la Asociación de Escritores Marroquíes en Lengua Española. Licenciado en Filología Hispánica, se doctoró en la Universidad Autónoma de Madrid; ha sido profesor en el Instituto Mulay Yusef de Rabat, redactor y presentador en la televisión marroquí, y también profesor de español en el Instituto Cervantes de Tetuán, en la Escuela Superior de Traducción Rey Fahd de Tánger y Catedrático del Departamento de Hispánicas de la Facultad de Letras y CC. HH. de la Universidad de Tetuán. Desde 2006 es profesor de Literatura Española en la UNED (Centro Asociado de Ceuta).

Ha publicado, además de artículos y estudios en diferentes publicaciones científicas, varias novelas como “El vidente” (1994), “Desmesura” (1995), “Inquebrantables” (1996), “El Dédalo de Abd-el-Krim”, “Los bien nacidos” (1998) o “La señora” (2006).

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