Archivos Mensuales: marzo 2011

LARACHE vista por… MOHAMED LAABI

Parece que en las últimas fechas los escritores larachenses se prodigan mucho más que antes. Al menos ésa es la sensación. Hoy presento la última obra de investigación y recopilación de Mohamed Laabi, al que me une una larga y estrecha relación, como ya he comentado en alguna otra oportunidad.

Tras sus anteriores obras “Voces de Larache” (AEMLE-AECI – Tánger, 2005) y “Viajes a Larache I. Antología de los viajeros españoles a Larache” (Dar e-Laraïch – Tánger, 2007), obras en las que aglutinaba tanto poemas de escritores larachenses, en el primero, como una selección de textos de viajeros que recalaron en Larache durante diferentes épocas, en el segundo, ahora Laabi se decanta por recopilar diferentes textos literarios de numerosos escritores (distintos en la época en la que escribieron y distinto en su origen) que tienen como nexo común el haber dedicado bien sus versos, bien su prosa, a describir o a evocar el Zoco Chico de Larache.

Mohamed Laabi & Sergio Barce, en el Instituto Cervantes de Tánger

Y, en efecto, lo que hace con este libro es ofrecernos una “visión” histórica de cómo fue y de cómo es la ciudad pero vista desde ese enclave determinado y tan especial, un lugar físico concreto que es quizá el espacio neurálgico con más simbología y sabor de la vieja ciudad.

 Dice Mohamed Laabi en el prólogo:

Larache representa para mí el combustible indispensable para la escritura, o sea todos mis proyectos de investigación  y de escritura giran en torno a esta ciudad marroquí.

Priman en esta deliciosa y cuidada edición de “Un paseo por el Zoco Chico (Larache)” (Dar Laraïch – Tánger, 2010) la selección de fotos antiguas que nos muestran detalles tanto de su arquitectura como de la vida cotidiana que se ha desarrollado en este lugar de encuentro en diferentes épocas y etapas de la historia. Y acompañando a estas imágenes en blanco y negro, como dije más arriba, los textos de escritores, viajeros o poetas que pasaron, vivieron o disfrutaron del entorno, del color y de la vida de este pequeño rincón que todos los larachenses revivimos cada vez que pensamos en nuestra ciudad: el Zoco Chico.

Zoco Chico de Larache

Sólo me cabe agradecerle a Mohamed Laabi que se haya acordado de mí y haya tenido a bien el incorporar en su libro un humilde fragmento de lo que he escrito sobre ese mismo lugar.

Y muy acertado y emocionante, que Laabi dedique esta recopilación de textos e imágenes, a quien supo plasmar mejor que nadie a los larachenses y a Larache con su cámara de fotos: nuestro paisano Driss Sbaihi, que desapreció en el mejor momento de su vida y al que es imposible olvidar por su cariño y su trato cercano y entrañable.

Sergio Barce, marzo 2011

Zoco Chico

Mohamed Laabi nació en Larache. Diplomado por la Escuela de Traductores de Toledo, es profesor de Lengua y Literatura Española. Ha impartido conferencias en las Universidades de Granada, Barcelona, Sevilla, Huelva o Córdoba, y ha escrito numerosos artículos tanto en prensa como en revistas científicas.

Mohamed Laabi

Como queda dicho, ha editado tres libros: “Voces de Larache”, “Viajes a Larache I” y “Un paseo por el Zoco Chico (Larache)”.

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Larachenses en la presentación de la novela LA CIUDAD DEL LUCUS

Sergio Barce & Luis Cazorla, durante la firma de ejemplares

Ayer se presentó en Madrid la novela de Luis Cazorla LA CIUDAD DEL LUCUS, que fue un rotundo éxito tanto por la calidad de quienes hicieron la presentación como por la asistencia al acto, que estuvo abarrotada de un público entregado. Mucha gente hubo de escuchar en pie, llenando el pasillo central y los laterales, y otros se tuvieron que conformar con permanecer fuera del salón. Entre tanto público, acudimos, claro está, un buen número de larachenses, y ya durante el momento de la firma de los ejemplares al final del acto inmortalizamos el momento con varias fotografías junto al protagonista, Luis María Cazorla.

Luis Mª Cazorla rodeado de varios larachenses: Mohamed Chouirdi, Bindemal, Abderraham Lanjeri, Ange Ramírez, José Edery, Sergio Barce, Martin y esposa, y Gabriela Grech

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LARACHE vista por… LUIS MARIA CAZORLA

Aprovechando el recordar a todos que mañana día 22 de marzo, a las 19:30, en la Sociedad General de Autores y Editores, en Madrid, se presentará la novela “La ciudad del Lucus” del escritor larachense Luis María Cazorla Prieto, novela publicada por la editorial Almuzara, he pensado que sería el mejor momento para leer cómo describe Luis Cazorla el Larache de los primeros años del pasado siglo.

En esta novela, de la que ya podéis encontrar varios artículos míos en este mismo blog, Luis María Cazorla describe ese Larache de inicios del siglo XX con detalle y con exactitud histórica. Además de su trama sobre las intrigas y luchas que se produjeron en Marruecos por parte de la potencias europeas para hacerse con el control del país, y las disputas de estos mismos países con el sultán y con El Raisuni, además de todo ello, como digo, hay una constante referencia a la vida cotidiana que se desarrollaba en esos tiempos en Larache. Resulta curioso leerlo, porque parece escrito por alguien que hubiera estado viviendo en la ciudad en aquellos años, y descubrimos, en pinceladas que van salpicando la historia, cómo eran sus calles, cómo se construían edificios o cuándo se edificó algún que otro inmueble emblemático de la ciudad del Lucus. Y esto es otro activo de la novela de Luis. Sirvan como ejemplo tres fragmentos que he escogido del libro:

 “Absorto por el panorama que se ofrecía a sus ojos curiosos, Cantéliz acabó topándose en el lado izquierdo del Zoco Chico con la mezquita Naziria y, frente a ella, con el callejón donde estaban situados los principales hornos de la ciudad. Un suave olor agradable le anunció su proximidad con varios metros de antelación.

Aunque el callejón era corto, la homogeneidad de las casas que lo delimitaban y el enjambre de personas que por allí pululaban le dificultó dar a la primera con el horno de Hicham. En pocos metros se agolpaban indígenas vestidos con amplios seruales, cuya parte trasera se descolgaba hasta las pantorrillas, y con una especie de chaleco o bedaia, descolorido por el uso, a través del cual se podían apreciar fuertes torsos y poderosos brazos embadurnados de restos de harina; mujeres recubiertas con enormes caftanes y holgados jaiques; hombres coronados por xambrinos o sombreros de paja coloreada, que hacían olvidar el resto de su vestimenta; algún que otro transeúnte vestido de negro desde los zapatos hasta el sombrero de ala corta y, por fin, varios individuos vestidos a la europea con traje de tonos claros que se fundía con el colorido que prevalecía en aquel entorno. La sotana amarronada del padre Cantéliz puso la guinda en la variada paleta cromática. No había dos personas iguales, cada cual revelaba con su indumentaria un origen distinto y un cometido singular. No resultaba sencillo explicar cómo aquella abigarrada composición formaba un conjunto gobernado por una armonía interna que cada elemento particular respetaba para no alterar el equilibrio inestable que el franciscano observaba en esos momentos.”

“Tras despedir a Zugasti, Ninet decidió salir a dar un paseo. Necesitaba respirar, estirar las piernas. Lo que menos le apetecía en esos momentos era encerrarse en su oficina o subir a casa. Atravesó a paso lento y meditativo la vieja plaza de armas del siglo XVII donde se asentaba el Zoco Chico. Se dirigió hacia Bab el-Barra o Puerta de Afuera de la medina. La franqueó entre los dos fuertes baluartes que la flanqueaban y pasó por debajo del revellín que, poderoso y desafiante, la defendía. Tomó el camino hacia la playa del desembarcadero, en la que las últimas horas del día se desvanecían ante el empuje irresistible de la noche. No pudo ir lejos porque la rampante oscuridad se lo impidió, no era recomendable adentrarse por esos lugares de noche y sin protección.

Iba ya de regreso cuando, ayudado por la última luz, reparó en el volumen de tres edificaciones en obras que emergían en la gran explanada que se extendía ante la puerta de la medina. <Para eso sí que está sirviendo lo de Algeciras>, musitó. <La autorización general concedida por el sultán para que los extranjeros puedan comprar y edificar en un radio de diez kilómetros en los ocho puertos abiertos al comercio parece que, al menos en Larache, está empezando a dar sus frutos>, reflexionó según traspasaba la Puerta de Afuera.”

Con el peso del calor en su cenit remontó el polvoriento camino que, después de superar un ligero desnivel, conducía a la amplia superficie que se extendía delante del cementerio de Lal-la Menana La-Mesbahía. Entre las cuatro y cinco modestas y desvencijadas construcciones que pugnaban por levantarse allí, descollaba una que, acreedora también a tales adjetivos, se mostraba algo más consistente. Supuso que aquel era el fondac donde Ben Slimi debería estar. La vaharada de calor, mezclada con olor a especias y fritangas que le azotó al traspasar el desvencijado umbral del establecimiento le hizo olvidar por un instante el cansancio que le atenazaba…”

“La ciudad del Lucus” va a ser presentada por el propio autor junto a Andrés Amorós, Luis Alberto de Cuenca, Julia Navarro y Manuel Pimentel.

Sergio Barce, marzo de 2011

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«SOLDADOS DE SALAMINA» (2001) de JAVIER CERCAS

Partiendo del episodio real del fallido fusilamiento de Sánchez Mazas, cofundador de Falange, en el Collell, en su novela «Soldados de Salamina«,  Javier Cercas nos hace un pintoresco retrato de este personaje cobarde y fanático que supo crearse una especie de leyenda a su alrededor a partir de ese episodio. Jugando con la novela, el relato periodístico e incluso el relato de investigación, Cercas rastrea a través de la mirada y de los recuerdos deformados de quienes dieron refugio al fugitivo hasta el final de la guerra civil, la ruta que siguió aquél y cómo el miedo que sintió durante esos días fue transformándose, gracias al triunfo de los nacionales, en un hecho que se vendió como una heroicidad de este falangista.

La leyenda, pregonada a los cuatro vientos por fuentes de los signos más diversos, cuenta que un día a finales de julio de 1940, en pleno Consejo de Ministros, Franco, harto de que Sánchez Mazas no acudiera a aquellas reuniones, dijo señalando el asiento siempre vacío del escritor: <Por favor, que quiten de ahí esa silla>. Dos semanas más tarde Sánchez Mazas fue destituido, cosa que, siempre según la leyenda, no pareció importarle demasiado. Las causas del cese no están claras. Unos alegan que Sánchez Mazas, cuyo cargo de ministro sin cartera carecía de contenido real, se aburría soberanamente en las reuniones del consejo, porque era incapaz de interesarse por asuntos burocráticos y administrativos, que son los que absorben la mayor parte del tiempo de un político.

Otros aseguran que era Franco quien soberanamente se aburría con las eruditas disquisiciones sobre los temas más excéntricos (las causas de la derrota de las naves persas en la batalla de Salamina, digamos; o el uso correcto de la garlopa) que Sánchez Mazas le infligía, y que por eso decidió prescindir de aquel literato ineficaz, estrafalario e intempestivo, que desempeñaba en el gobierno un papel casi ornamental. Ni siquiera falta quien, de forma candorosa o interesada, atribuye la desidia de Sánchez Mazas a su desencanto de falangista fiel a las ideas auténticas del partido. Todos coinciden en que presentó su dimisión en diversas ocasiones, y en que nunca le fue aceptada hasta que sus reiteradas ausencias de las reuniones ministeriales, siempre justificadas con excusas peregrinas, la convirtieron en un hecho. Se mire por donde se mire, para Sánchez Mazas la leyenda es halagadora, pues contribuye a perfilar su imagen de hombre íntegro y reacio a las vanidades del poder. Lo más probable es que sea falsa.”

No obstante, pese al interés del relato, éste da un giro absoluto y alcanza sus verdaderas cotas de calidad, de calidez y de emoción cuando el protagonista, se supone que el propio Cercas en su labor de investigación para esta novela, encuentra en un asilo francés a Miralles, un personaje que arrastra tras de sí una vida que son miles de vidas, un aventurero, un hombre errático, de quien Javier Cercas sospecha que es el soldado republicano que, al encontrar al acorralado Sánchez Mazas, no le dispara y le deja escapar. Ese personaje, agotado por una vida larga, por unos recuerdos crueles y duros, rezuma una humanidad de la que carece el resto de los personajes y, tal vez por ello, consigue ganarse el afecto del lector, que lo hace suyo y lo adopta. Son esas últimas páginas donde realmente se disfruta de una obra cuidada y esmerada, intachable, triste, emocionante al fin.

La novela fue llevada a la pantalla por David Trueba.

El fragmento de la novela lo he tomado de la edición de “Soldados de Salamina” publicada por Tusquets Editores, año 2001.

Sergio Barce, marzo 2011

 

Javier Cercas

Javier Cercas (Ibahernando, Cáceres, 1962). Profesor de Literatura española en la Universidad de Gerona, es colaborador habitual en prensa. Además de “Soldados de Salamina”, es autor de las novelas “El inquilino” (1989), “El vientre de las ballenas” (1997), “La velocidad de la luz” (2005) y “Anatomía de un instante” (2009).

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FRAGMENTO DE «UNA SIRENA SE AHOGÓ EN LARACHE», NOVELA DE SERGIO BARCE

Sergio Barce y Abderrahman Lanjeri

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UNA SIRENA SE AHOGÓ EN LARACHE

(Editorial Círculo Rojo)

Fragmento de la novela:


Llega corriendo con la respiración entrecortada, el sudor empapándole. Sabe lo que va a ocurrir, como si fuera un imponderable fijado por alguna ley estricta e irrenunciable. El sol cae sobre el Zoco Chico desplomándose con pesadez y eso hace que la gente se mueva con lentitud, buscando el frescor de los soportales que embozan a las antiguas joyerías, guareciéndose tras las columnatas de los laterales. Tami tropieza con uno de los adoquines que asoma desnivelado en el suelo y un hombre, con el que choca, lo empuja y lo insulta por molestarle. Pero él no hace caso, sólo quiere llegar al puesto de su padre antes de que el almuédano llame a la oración del mediodía.

-¡Otra vez tarde! –Vocifera Mohammed al verlo aparecer.

Se levanta, repasando con la mirada los objetos que expone en su tenderete miserable, y luego escupe con sus ojos a Tami. Le lanza un guantazo que lo sorprende por lo inesperado y le deja marcado los dedos en la mejilla. El oído le zumba, es como andar cerca de un panal al que se hubiera agitado con violencia. Pero Tami no se queja, no abre la boca, aguanta el dolor y las lágrimas, que se traga en silencio.

-Tuve que acompañar al abuelo hasta Cuatro Caminos…

-Quédate aquí, y vigila hasta que vuelva. Siempre con excusas… No habrás estado por ahí robando a algún honrado pobre hombre, ¿eh? ¡Contesta! –Da un manotazo que no le llega, y luego se va meciendo la cabeza igual que un cabestro-. Ya no sé qué haces por ahí…

Sin volver a mirar a Tami, Mohammed sortea a los curiosos que merodean por los puestos que ocupan el empedrado del viejo Zoco Chico.

Zoco Chico, año 2010

Los comerciantes que tienen sus bazares bajo los soportales mantienen una guerra soterrada con ellos, porque han invadido el espacio con sus cachivaches y sus productos de segunda mano, porque con las sombrillas y las telas que montan los tapan y nadie puede ver así sus escaparates y porque, para más infamia, no pagan impuestos como ellos. Pero se han hecho dueños de la zona y perjudican sus negocios legales. El tiempo se ha encargado de otorgarles una patente excepcional por la que nadie puede moverlos de sus puntos de venta, incluso la Baladiya les tiene miedo. Mohammed lleva ya en el suyo más de dos años, lo montó después de que lo despidieran de la Fábrica del Lukus. Hasta lograrlo, picoteó en un sitio y en otro: fue vigilante en el almacén de Andrés Mula e hizo de peón en una obra de Chicha, recogió castañas para venderlas en el zoco, trabajó incluso de jardinero en el Hotel Riad hasta que llegaron las excavadoras. Ahora el tenderete es lo único que le permite subsistir, lo único que se puede relacionar con el futuro.

Cuando se queda solo, Tami ocupa el asiento de su padre, una caja de Seven Up vuelta del revés. Se lleva una mano a la mejilla. Ahora sí le duele, como si sintiera el bofetón con retardo. Cuando su padre le pega, una tristeza escalofriante le sobrepasa y Tami no es capaz de reprimir la vergüenza. No sería capaz de explicarlo, pero no es vergüenza por lo que haya hecho o dejado de hacer, nada que tenga que ver con sus propios actos pues, a veces, las palizas de su padre no tienen una justificación previa, simplemente se acerca a él y la emprende a empellones o le abofetea o le da patadas hasta la extenuación. Cuando esto ocurre ante la presencia de su madre todo cambia; ella lo defiende y, en más de una ocasión, hasta ha llegado a arañar a Mohammed en la cara para que cese de pegarle. La vergüenza que le invade es, más bien, una congoja que, con el tiempo, se ha aposentado en su alma, fruto de la continua humillación a la que se ve sometido por su padre, construida con los epítetos que Mohammed le dedica con un asco inevitable y con los golpes que van grabándosele como muescas en la memoria.

Después del triste incidente del mercado, Mohammed ha encontrado la excusa perfecta para seguir zahiriéndole. Tami sólo desea que lo perdone, aunque sin demasiadas esperanzas de que ocurra pronto. Cuando lleva algún dirham encima su padre nunca cree que sean las propinas que consigue por llevar las cestas de la compra a las mujeres mayores desde el mercado hasta sus casas. Mohammed, pese a sus explicaciones, pese a que ha llegado a retarle a que pregunte a las propias mujeres, ha seguido creyendo que son el fruto de sus pequeños hurtos. La historia del melón ha venido a confirmarle definitivamente tantas sospechas, y a Tami, por el contrario, lo ha convertido en un mentiroso capaz de engañar a su propio padre. Todo esto le pesa como una losa.

Oye ahora la llamada a la oración y algunos hombres corren para llegar a tiempo a las mezquitas cercanas.

De pronto, ve a Ahmed. Viene de la Plaza de la Liberación acompañado de Jamal y de Taha. Lo saluda con un ademán de la mano pero su hermano mayor no se acerca. Tami sabe que Ahmed se avergüenza del puesto de su padre. Sólo lo ayuda a montarlo y a recogerlo, siempre de noche y de madrugada, cuando ya no hay nadie en el Zoco. Lo ve hablar con una chica, es guapa; se sonroja por algo que le susurra Ahmed al oído. Luego, todos ellos se esfuman entre la muchedumbre que se va multiplicando hasta que casi no se puede andar.

Sergio Barce, 2011

portada - UNA SIRENA SE AHOGÓ EN LARACHE

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