Archivo de la etiqueta: SERGIO BARCE

REVISTA AL-MOTAMID (VERSO Y PROSA) – Nº 8

Otro ejemplar original de la revista AL-MOTAMID (VERSO Y PROSA) que guardo en mi biblioteca. Hasta ahora, tenéis en este blog ya escaneados los números 2, 11, 14, 17, 19, 21, 22 y 29. Hoy cuelgo el número 8, que se editó en Larache, en octubre de 1947, siendo directora la poeta Trina Mercader, con portada diseñada por Carlos Gallegos. 

En este número, participan junto a Trina Mercader, los autores Pío Gómez Nisa, Eladio Sos, Carmen Conde, Dictinio de Castillo-Elejabeytia, Francisco Espinar Lafuente, Miguel Rodríguez Valdivieso, Alberto Eugenio Alvarez Rus, Ab-El-Kader El Mokad-Dam, Idris El Yai, Juan Guerrero Zamora, Eusebio García-Luengo y Jacinto López Gorgé.

Podéis leer o descargar los anteriores números en los siguientes enlaces:

nº 2: sergiobarce.blog/2023/01/20/revista-al-motamid-verso-y-prosa-no-2/

nº11: sergiobarce.blog/2021/12/10/revista-al-motamid-verso-y-prosa-no-11/

nº14: sergiobarce.blog/2022/07/27/revista-al-motamid-verso-y-prosa-no-14/

nº17: sergiobarce.blog/2022/01/17/revista-al-motamid-verso-y-prosa-no-17/

nº19: sergiobarce.blog/2022/02/21/revista-al-motamid-verso-y-prosa-no-19/

nº21:  sergiobarce.blog/2022/11/09/revista-verso-y-prosa-no-21/

nº 29: sergiobarce.blog/2023/05/20/revista-verso-y-prosa-no-29/

 

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EL MILLÓN DE LARACHE

Tengo en mi mesa, junto a otros libros, dos de los títulos pendientes de leer en los próximos días. Se tratan de la edición de 1922 de El escándalo del millón de Larache, escrito por Rafael López Rienda, publicada por la Imprenta Artística Sáez Hermanos, de Madrid, y la reciente obra del historiador Carlos Sánchez Tárrago, titulado El millón de Larache: Cien años después (1923-2023), que ha editado Sial/Casa de África. El primero de los títulos lo leí hace años, así que se hace necesaria una relectura antes de hincarle el diente al libro de Carlos. Sin duda, será muy interesante analizar los dos puntos de vista y la información complementaria que Carlos Sánchez Tárrago aporta tras la investigación que ha efectuado sobre unos de los mayores escándalos acaecidos dentro del estamento militar africanista español.

 

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«MARRUECOS», UNA NOVELA DE AGUSTÍN GÓMEZ-ARCOS

 

 

La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es agustin-gomez-arcos.jpg

“Las pertenencias de Marruecos cabían en un cesto de esparto, áspero como un chumbo y raído como su chilaba dominguera. Su fuerza de cinco años bastaba para transportar la exigua herencia, que se limitaba a tres o cuatro prendas que otros habían usado antes que él. Camiseta, babuchas, gorro, pantalón y playeras provenían de la caridad de los que habían crecido más deprisa. O de los trueques de su madre, cuya labor consistía en ganarse la vida como fuese, revendiendo o cambiando todo lo que encontraba…”

El poeta Salvador López Becerra me regaló hace unas semanas un ejemplar que guardaba de la novela Marruecos, de Agustín Gómez-Arcos. Hablando de ese libro, me reprochó no haberlo leído. Pocos días después, me envió el ejemplar por correo postal, como si le urgiera que yo lo leyese cuanto antes, como si hubiera cometido una grave falta que había de reparar. En el interior del volumen, Salvador me ha escrito lo siguiente: “Para Sergio, para que nunca olvide que fui yo quien le recomendó leer a este autor y a este libro en particular”, y lo firma en mayo de 2023. Tengo que decir que el libro no sólo me ha gustado y me ha descubierto a un escritor fascinante, sino que me ha entusiasmado, divertido, perturbado de alguna manera y emocionado sin duda. Una novela excepcional, es cierto. Y he de dar las gracias a Salvador por querer enmendarme la plana.

Marruecos cuenta la historia de Jalil, un niño de cinco años, al que todos llaman Marruecos, que, además de padecer unas cataratas que lo convierten en casi ciego del todo, es pobre como las ratas, y, para sobrevivir, ha de embarcarse en oficios llenos de penuria: basurero que recoge boñigas, lazarillo cegato de un viejo ciego, mendigo…

“…Prevenido por este último, que, no sin reticencias, se había lavado el morro para la visita y pintado un incipiente bigote de caíd, el señor Magdul interrumpió el martilleo zapateril e hizo sus abluciones- <Un poco demasiado rápido>, gruñó Fátima. Se mostraba la mar de exigente cuando se trataba de la higiene ajena. El tío-abuelo le ordenó, <fémina del diablo>, sacar mantel bordado, vasos de colorinches con arcos y minaretes dorados y tetera de fiesta. Luego la envió a comprar medio kilo de dulces a una pastelería del centro- <¡De reputación mundial!>, recalcó, viendo que la criada le salía respondona.

-¡Como si los de la medina no pudieran comerse! -protestó Fátima-. ¡Ese capricho de pudiente nos va a costar cincuenta dirhams!

-El dinero gastado en agasajar a los huéspedes nos lo devuelve Alá con creces, mujer descreída.

-¿Y de dónde saco yo cincuenta dirhams?

-Acércate a cobrarle la deuda al italiano de la trattoria. Hace más de un año que me debe el arreglo de tres pares de zapatos. Esos macarronis son más golfos que los tunecinos. Si se te pone chulo le dices que iré a denunciarle a la policía… O no, no a la policía: los truhanes se entienden entre sí. Dile que le encargaré al morabito echarle uno de esos mal de ojo de los que nadie se recupera nunca. ¡Adorna la cosa como quieras, pero cobra la deuda! Ya sólo de mirarte le das miedo; si encima le amenazas con amarrarle un brujo a las pelotas el tío acabará por arañarse el bolsillo. No quiero verte regresar a la casa sin los pasteles. ¿Pretendes, acaso, que le hagamos un feo a mi nuevo socio?

Fátima salió dando un portazo y se alejó renegando por la callejuela. Como de costumbre. La condenada mujer renegaba más que un grifo que gotea. Estuvo de vuelta en menos de una hora. Con los pastelillos. No medio kilo sino tres cuartos. Venía más contenta que unas pascuas.

-¡Al italiano se los he puesto como dos putos garbanzos en remojo! -anunció encantada, riendo como en sus mejores tiempos, <cuando aún le daba gusto la cosa>, aclaró el tío-abuelo. Al parecer, bastaba con que riese para que Fátima volviera a ser tan guapa como en los viejos tiempos. Andaba de negociante de sexo por el puerto de Tánger cuando el señor Magdul la conoció…”

Los personajes se hacen inolvidables: Lola, Fátima, el hombre de negocios Mehdi Tahib, la Señora, el señor Magdul, el señor Asur, Mademoiselle Sabine, Munia la tronchada y Marruecos, ese niño que va descubriendo su entorno miserable pero que sueña con poder ver alguna vez y encontrar otro mundo distinto. Tanto Lola como Fátima nos regalan los instantes más hilarantes de esta triste pero hermosa historia.

«Sucedió al atardecer, cuando se aplacan todos los quejidos. El ruido de la circulación se borraba a lo lejos, como un eco hundiéndose en las dunas. La última llamada del almuecín parecía enredada todavía en las palmeras. La sala estaba a punto de dormirse. Les habían dado la sopa y la pastilla, tomado la temperatura. Los calmantes iniciaban ya su efecto: ronquidos prolongados, respiraciones asmáticas o entrecortadas… De pronto, Marruecos oyó un revuelo de faldas femeninas y un murmullo de conversación. La enfermera dijo a medida voz:

-Puede sentarse aquí, Señora. A pesar de que es tarde, sigue despierto. ¿No le ve sonreír?

La Señora respondió:

-Sí, siempre sonríe así. Tiene la suerte de no haber visto aún ninguna de las cosas que borran la sonrisa. Gracias, señorita. Sólo estaré con él unos momentos.

La sonrisa de Marruecos se tornó más amplia. Pero no dijo nada. Correspondía hablar a la Señora. Hablar o callarse, como ella prefiriera. La dama le tomó una mano entre las suyas. La acarició. Sus manos no mostraban la nerviosa dureza de las manos de Fátima. Ni el amor tembloroso que parecía sollozar en las de su madre. Manos tranquilas, aunque desencantadas. Como si hubiesen pasado la vida entera cerrando puertas, en lugar de abrirlas.

-Marruecos, cuando veas por fin, no sé lo que verás de mí, ni de los otros, ni del mundo. Tampoco sé lo que verás de la existencia y ni siquiera si lo comprenderás. De todas las herencias de la vida, sólo se guarda la angustia. Para siempre. La angustia es lo único que nos pertenece, lo único que importa. Lo esencial…

(…) Mi deseo es que vivas en un mundo en el que el derecho a hablar de algunos no implique el silencio de todos los demás. Un mundo en el que cada palabra y cada silencio, cada vida y cada muerte tengan el mismo peso…”

Cada página nos conduce a los más profundo del país, a los barrios más humildes, a las vidas más desamparadas y olvidadas. Recorremos con el personaje de Marruecos un itinerario que bebe de distintas fuentes, desde el Lazarillo de Tormes a las obras de Chukri; un camino salpicado de incidentes que están llenos de humanidad. Y al final del libro, lo que descubrimos con gran emoción, cerrando Gómez-Arcos este viaje vital de una manera magistral, es que el libro es un homenaje a Marruecos como país, a su gente más sencilla, a la gente que lo convierte en el país que amamos. Una novela dura, explícita, conmovedora, una verdadera joya.

El ejemplar que me ha regalado Salvador López Becerra es la edición de 1991 publicada por Narrativa Mondadori.

Sergio Barce, 17 de junio de 2023

 

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DE TÁNGER A MADRID, PASANDO POR RABAT (2ª PARTE)

El pasado viernes, 9 de junio (parece que ya han transcurrido semanas), aterricé a las 12.55 en el aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas. Bajé en la Terminal 4, que es como una ciudad paralela, una ciudad futurista y alienante. Un aeropuerto cada vez más mastodóntico, más frío e inhumano. Cuando salí a la superficie, porque esa fue la sensación, me esperaba mi hijo Pablo. Nos fuimos a comer y, como siempre, reímos y soñamos juntos. Andamos ilusionados con el rodaje de su nuevo cortometraje que arrancará en Larache el día 24 de julio, incha alláh. Se basa en otro de mis relatos, como el anterior de El nadador. Veo a Pablo con muchas ganas de hacer algo especial, porque la  historia de esta nueva película es especial. Luego me marché a la Feria del Libro, donde iba a firmar en la caseta 29 de la Librería Balqís. Lo hice con tiempo por dos razones: primero, porque allí estaba, una vez más, mi querida Beatriz Ballesteros, defendiendo el castillo, contando siempre conmigo y para regalarme su generosidad impagable; y segundo, porque en la misma caseta también firmaba, dos horas antes que yo, el poeta Isaak Begoña, con quien me había confabulado para coincidir el mismo día y para conocernos en persona. Él, que había sido tan generoso de cederme uno de sus mejores poemas de su libro Los perros de Tánger para abrir mi libro El mirador de los perezosos. Una gozada estar ese poco tiempo juntos en la feria. Luego, llegó Karima Ziali, que iba a firmar conmigo a partir de las 19.00 horas. Había aterrizado en un vuelo posterior al mío desde Rabat. Volvíamos a coincidir veinticuatro horas después de la inmejorable presentación que Karima hizo de mi libro en el SIEL de Rabat. En cuanto nos pusimos a la tarea, no paramos de firmar ejemplares. También estuvo Gonzalo Fernández Parrilla y su hermano, que hizo fotos malabáricas. Hubo instantes en el que Beatriz no daba abasto para cobrar e introducir los libros en las bolsas mientras Karima y yo firmábamos. Fue divertido y muy emocionante atender a nuestros lectores. No hay nada que satisfaga más que estos instantes. Me dijo Bea que, por la mañana, ya había acudido la primera lectora a comprar mi libro, aunque se llevó también un ejemplar de Una puerta pintada de azul. Le había hecho una foto. La reconocí. Era Ana Laura Rocha. Por sus problemas de movilidad no podía acudir por la tarde, de ahí que fuese por la mañana. Lástima que no pudiera firmarle esos dos ejemplares. Pero me tocó el corazón que hubiese hecho ese esfuerzo por tener mis libros.

Es imposible que me acuerde de todos los que tuvieron la deferencia de pasar por la caseta y comprar mi libro o que ya lo trajesen, porque ya lo habían adquirido con anterioridad, para dedicárselos. Pero, con el temor de que olvide nombrar a alguien, tuve la fortuna de ver a buenos y queridos amigos y lectores: desde Alberto Gómez Font, que como ya conté en un post anterior, se acercó para que le firmara el ejemplar que olvidé dedicarle en Tánger y para regalarme una postal antigua de Larache que había adquirido en el Rastro, un gesto que sólo hacen los amigos; hasta Pablo Marín Carbajal y Luis Salvago, dos de mis escritores favoritos, que también estaban en la feria firmando ejemplares de sus novelas y con los que luego compartí buenos ratos. Y Oscar López, Armand Escandel, Luisa Mora (esa sonrisa perenne), Hilario de la Mata, María José, Rosa; mis paisanos larachenses y tanyauis Paqui Contreras, Lola Martínez, Elisa Mancebo, José Vargas, Maribel Guisado y María Poveda, que me trajo el libro que se ha publicado sobre su abuelo. Y el poeta Trino Cruz igualmente firmando su libro.

También acudió a la cita Consuelo Hernández, para disfrutar de volver a vernos y charlar de nuevo del éxito del libro que cuenta con uno de sus cuadros como cubierta. Celebramos el premio de la Crítica a El mirador de los perezosos, y el nuevo galardón que le han concedido a Consuelo en Italia.

Y además de esos lectores que uno conoce fugazmente al firmar el ejemplar correspondiente. A todos, gracias.

NB: tras las firmas, cuando se cerraron las casetas, nos montamos un divertido botellón tras la de la Librería Balqís, con cervezas heladas. Nos supieron a gloria. 

 

Ana Laura

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Con Karima Ziali y Alberto Gómez Font
Con Trino Cruz y Karima
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Con Isaak Begoña
Con Elisa Mancebo
Con Luisa Mora
Con Consuelo Hernández
Con Hilario de la Mata
Con Lola Martínez
Con María Poveda
Con Rosa
Con Maribel Guisado
Con Bea, Luisa, Karima y Armand Escandel
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Con mi hijo Pablo y con Pablo Martín Carbajal
Con Luis Salvago, Farid Otham y Pablo Barce

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CORMAC McCARTHY

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Llega la noticia del fallecimiento del maestro Cormac McCarthy, uno de mis autores de referencia. Como despedida, me permito reproducir un fragmento de la novela que más me ha impactado de este autor: Meridiano de sangre (Blood meridian):

«…La columna se había detenido y los primeros disparos empezaron a sonar. El humo gris de los rifles se confundía con el polvo que levantaban los lanceros al hacer brecha en sus filas. El chaval notó que su caballo se desinflaba bajo sus piernas con un suspiro neumático. Había disparado ya su rifle y estaba sentado en el suelo trajinando con la cartuchera. Cerca de él un hombre tenía una flecha clavada en el cuello y estaba ligeramente encorvado como si rezara. El chaval habría tratado de estirar la punta de hierro ensangrentada pero vio entonces que el hombre tenía otra flecha clavada hasta las plumas en el pecho y estaba muerto. Por todas partes había caballos caídos y hombres gateando y vio a uno que estaba sentado cargando su rifle mientras la sangre le chorreaba de las orejas y vio hombres con sus revólveres desensamblados tratando de encajar los barriletes cargados que llevaban de repuesto y vio hombres de rodillas bascular hacia el suelo para trabarse con su propia sombra y vio cómo a algunos los alanceaban y los agarraban del pelo y les cortaban la cabellera allí mismo y vio caballos de guerra pisoteando a los caídos y un pequeño poni cariblanco con un ojo empañado surgió de las tinieblas y le mordió como un perro y desapareció. De los heridos los había que parecían privados de entendimiento y los había que estaban pálidos bajo la máscara de polvo y otros se habían ensuciado encima o se habían desplomado sobre las lanzas de los salvajes, que ahora atacaban con un frenético friso de caballos con sus ojos estrábicos y sus dientes limados y jinetes desnudos con manojos de flechas apretados entre las mandíbulas y escudos que destellaban en el polvo y volviendo por el flanco contrario de la maltratada tropa en medio de un concierto de quenas y deslizándose lateralmente de sus monturas con un talón colgado del sobrecuello y sus arcos cortos tensados bajo el pescuezo tenso de los ponis hasta haber rodeado a la compañía y dividido en dos sus filas e incorporándose de nuevo como figuras en un cuarto de los espejos, unos con rostros de pesadilla pintados en sus pechos, abatiéndose sobre los desmontados sajones y alanceándolos y aporreándolos y saltando de sus ponis cuchillo en mano y corriendo de un lado a otro con su peculiar trote estevado como criaturas impulsadas a adoptar formas impropias de locomoción y despojando a los muertos de su ropa y agarrándolos del pelo y pasando sus cuchillos por el cuero cabelludo de vivos y muertos por igual y enarbolando la pelambre sanguinolenta y dando tajos y más tajos a los cuerpos desnudos, arrancando extremidades, cabezas, destripando aquellos raros cuerpos blancos y sosteniendo en alto grandes puñados de vísceras, genitales, algunos de los salvajes tan absolutamente cubiertos de cuajarones que parecían haberse revolcado como perros y algunos que hacían presa de los moribundos y los sodomizaban entre  gritos a sus compañeros. Y ahora los caballos de los muertos venían trotando de entre el humo y el polvo y empezaban a girar en círculo con estribos sueltos y crines al aire y ojos ensortijados por el miedo como los ojos de los ciegos y unos venían erizados de flechas y otros traspasados por una lanza y se tropezaban y vomitaban sangre mientras cruzaban el escenario de la matanza y se perdían otra vez de vista. El polvo restañaba los pelados cráneos húmedos de los escalpados, quienes con el reborde de pelo por debajo de la herida y tonsurados hasta el hueso yacían como monjes desnudos y mutilados sobre el polvo ahogado en sangre y por todas partes gemían y farfullaban los moribundos y gritaban los caballos heridos en tierra…»

«Meridiano de sangre», de la edición de Literatura Mondadori, con traducción de Luis Murillo Fort.  

 

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