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«LA CIUDAD DE LA MENTIRA», UNA NOVELA DE IÑAKI MARTÍNEZ

 

“…Al cabo de unos días, el sultán de Marruecos envió dos emisarios a Argel, donde Patton había instalado su cuartel general, con un mensaje que decía: <Ruego a Alá que le bendiga en las próximas batallas>…”

   Hasta llegar a ese momento, han de ocurrir muchas cosas en esta novela.  

   Tánger, ciudad internacional. Como si se hubiera abierto de par en par una puerta hasta ahora entornada, numerosos autores nos hemos embarcado en la aventura de ambientar nuestras obras en esa ciudad y en aquellos años en los que la ciudad marroquí gozó de un Estatuto Internacional. La ciudad de la mentira, de Iñaki Martínez, se suma a esta tendencia. La novela resultó finalista del Premio Nadal 2015.

LA CIUDAD DE LA MENTIRA portada

   Me gustó saber (así lo explica el propio autor en una nota al final del libro) que su título lo encontró Iñaki Martínez en una frase que pronuncia Dyar, el protagonista de Déjala que caiga de Paul Bowles, cuando dice: “¿Es que en esta ciudad nadie dice la verdad?”. Y me gustó porque, además de coincidir en la ciudad y en la época, también habíamos escogido esa obra de Bowles como algo vinculado a nuestras dos novelas: en el caso de Iñaki Martínez, para excusar el título, y a mí, para hacer que Paul Bowles, mientras escribía precisamente Déjala que caiga, deambulara por las páginas de mi novela La emperatriz de Tánger.

   La ciudad de la mentira es una novela de espionaje, de intriga, que bebe directamente, y así lo reconoce también su autor, de la película Casablanca. Y asumido esto, asistimos a una historia que se desarrolla en el marco más apropiado para este tipo de tramas. Aquel Tánger, da mucho juego.

“…El obispo Olmedo interrogaba a Martín sobre la norteamericana. Se interesaba por la periodista, tratando de encontrar el origen de esa curiosidad tan extraordinaria. También para él, las mujeres de esa clase representaban un misterio, le sorprendía, desde luego, la actitud de una mujer católica y joven que no parecía pensar en el matrimonio y en los hijos.

En general, no tenía una opinión muy formada sobre las mujeres. De la reciente guerra española le habían llegado noticias de mujeres que habían ocupado responsabilidades importantes en el Gobierno republicano. También de mujeres periodistas que informaban desde primera línea del frente y de otras que destacaban por la organización de la sociedad civil en ciudades como Barcelona o Madrid.

De ellas hablaban mal sus colegas que pasaban por Tánger. Algo diabólico había en esa actitud, le decían, algo que siempre acababa en la vulneración del sexto mandamiento. Todas aquellas mujeres estaban en el bando de la República. Pero él no era un obispo franquista, como muchos de sus compañeros de igual rango. Llevaba casi cuarenta años en el sacerdocio y una voz interior le sugería desconfiar de los vencedores, por mucho que hablasen de Dios y de la Iglesia.

Olmedo, pese a que trataba de eludirlo, no podía evitar cierto rechazo hacia el cónsul español, el coronel Ramírez de Arellano. No le gustaban sus ademanes hoscos y autoritarios. En las arengas ante la comunidad de españoles, en las que su presencia era obligada por su condición de obispo, hasta los más torpes podían entender dos mensajes opuestos. Mientras el cónsul hablaba de venganza, de ajustar cuentas con los derrotados, él respondía con palabras de perdón y reconciliación. Ramírez de Arellano proponía sin tapujos la delación de los contrarios al régimen del Generalísimo Franco y él, por el contrario, resaltaba que unos y otros eran hijos de Dios…”

   Con el telón de fondo de una operación militar que se llevó a cabo durante la segunda guerra mundial, Iñaki Martínez nos sitúa en ese Tánger cosmopolita que vio zozobrar su privilegiado estado cuando las tropas de Franco la ocuparon. Y teje una historia de espías al más puro estilo hollywoodiense. Los protagonistas bien podrían haber estado interpretados por Cary Grant como Stanley Mortimer, Barbara Stanwyck como Joan Alison, quizá Fortunio Bonanova hubiera sido un buen obispo Olmedo, e imagino a Erich Von Stroheim como el cónsul Waisel, a Alfredo Mayo como Ramírez de Arellano (inverosímil en el mismo film, lo sé, pero esto es también ficción), quizá Danielle Darrieux como Madeleine Didier y Gregory Peck como Martín Ugarte… Todos dirigidos por Iñaki Martínez.

   Con esta premisa, uno disfruta más de la película escrita. Porque no hay más intención en esta historia que la de relatar una aventura de espionaje y heroicidad.

   A Iñaki Martínez se le notan dos cosas: la primera, que rinde un sentido y emotivo homenaje a su padre, un exiliado miembro de la Brigada Vasca que luchó en la segunda guerra mundial, y, la segunda, que, habiendo sido cónsul honorario de Panamá, miembro de la comisión de relaciones internacionales de la guerrilla salvadoreña y ejercido funciones de representación para el Gobierno vasco, se nota que domina los entresijos de las legaciones y el leit motiv de los representantes consulares. El homenaje a su padre, lo hace a través de varios personajes de origen vasco que se instalan en Tánger o que viven en la ciudad desde hace tiempo: el padre Martín Ugarte, y, por supuesto, ese personaje tan curioso que es Jorge Cruceta. El arrojo, la pasión y el compromiso, Iñaki Martínez lo vuelca en los personajes vascos. No puede evitarlo.

   Como en toda historia de espionaje y contraespionaje, es importante dotar de credibilidad a los protagonistas. Es fácil reconocer las dudas y el sufrimiento del padre Martín Ugarte a medida que su relación con Joan Alison le hace plantearse el sentido de su vida. Ella, Joan Alison, ejemplifica a la americana desenvuelta que tantas veces hemos descubierto en novelas negras de Hammett y Chandler y en películas de Hawks y Wilder. También es muy fácil sentir simpatías por el obispo Claudio Olmedo, un hombre sin tacha que, a su modo, ayuda a la causa más justa. Los malos, porque en este tipo de historias los malos siempre son inmediatamente definidos y retratados, son por supuesto los nazis y los fascistas, que cobran vida y están representados en los dos cónsules alemanes y español. Hay otros personajes secundarios, algunos tal vez se pierden y, al menos en mi caso, esperaba que algo ocurriera con ellos, pero, aunque se diluyen o no, según cada caso, todos ellos forman parte de la trama y del paisaje humano de ese Tánger que Iñaki Martínez ha querido dibujar: el Tánger de cine.

CARTEL TÁNGER Bertuchi

   Por supuesto, es quizá Stanley Mortimer el que sale mejor parado en todos los sentidos. Es el que nos conduce a los momentos más interesantes, tanto con relación a la trama de espionaje como a la de su propia vida profesional e íntima. Todo se insinúa, pero nada se dice, Y eso casa muy bien con el protagonista que representa. Tal vez sea el más elaborado de todos los que se mueven por la novela. Cary Grant lo habría bordado, por eso le he dado el papel. Stanley Mortimer posee el germen para nuevas historias, y eso lo hace excepcional.

“…Él quería ejercer de buen anfitrión.  Descendieron hacia el Zoco Chico hasta darse de frente con la sinagoga y la calle de los joyeros, para después entrar en la zona de los hamman. Stanley se confesó adicto a los baños, que visitaba una vez a la semana.

Muchas de las callejuelas que encontraban a su paso supuraban humedad y serpenteaban como un mapa imposible. Quería mostrar a su invitada los burdeles más bajos de Tánger.

-Estamos en Ben Ider. Aquí los prostíbulos no son como Chez Madeleine, con alfombras iraníes y pasamanos recién abrillantados.

Algunas mujeres de edad madura se adivinaban a través de los ventanucos. Murmuraban y se quejaban de la pareja de paseantes curiosos.

-¿Ha estado dentro alguna vez? -preguntó ella.

-Eso es preguntar sin disimulo -repuso él, sorprendido.

-Así es.

-He estado dos veces, y solo por curiosidad, para conocer los burdeles pobres de Tánger. Se lo aseguro, son horribles. Las habitaciones son diminutas, poco más que una cama, sin ventilación, y desprenden un hedor insoportable. Las mujeres que trabajan aquí lo hacen por unas pocas pesetas y los clientes son los hombres humildes de la ciudad; campesinos, borrachos, gente que sale de la cárcel.

Stanley evitó explicarle que sus necesidades sexuales, siempre esporádicas, pues era un hombre austero hasta en sus deseos, las cubría en casa de Savelio…”

   Por supuesto, hay un último protagonista importante en esta novela: la propia ciudad de Tánger. Sus calles, sus locales (de nuevo encuentro en sus páginas numerosos puntos de conexión con mi novela, y quizá por ello a Iñaki le ha gustado la mía y a mí me ha gustado la suya): el Palmarium, el Minzah, el Teatro Cervantes, el Chat Noir, el Adieu, el Chez Madeleine, el Hotel Ville de France, el Café de París… Sí, es irresistible esta ciudad a la hora de enredarnos a los escritores.

   Iñaki Martínez mueve a sus personajes con suma seguridad por esa ciudad, ubicando perfectamente los lugares donde se desarrolla la historia y, a poco, uno se ve dentro de la novela y de la película, y comienza a formar parte de ese pequeño comando que está llamado a formar parte de la historia, aunque sólo sea con un granito de arena. Eso sucede en la segunda parte de la novela, que es cuando todo comienza a encajar y la verdadera intriga despega definitivamente con fuerza y brío.

   De lejos, parece resonar La Marsellesa. Los nazis y los fascistas intrigan por hacerse con Tánger, pero no sabían que esa ciudad sólo era un sueño. Y, como los sueños, se desvanece.

   Espías, amantes, diplomáticos, aventureros, asesinos, héroes… Todos forman parte de este puzzle que Iñaki Martínez ha ido montando para regalarnos unas horas de aventura, misterio y romanticismo, como en las buenas películas de entonces, en la ciudad donde nadie decía la verdad.

Sergio Barce, septiembre 2016

 

Los fragmentos de la novela están tomados de La ciudad de la mentira, editada por Destino. Primera edición, mayo de 2016.

IÑAKI MARTÍNEZ

IÑAKI MARTÍNEZ

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«LA BUENA REPUTACIÓN» DE MARTÍNEZ DE PISÓN

Ignacio Martínez de Pisón obtuvo el Premio Nacional de Narrativa 2015 con La buena reputación (Seix Barral), novela que narra las peripecias de una familia hebrea asentada en Melilla y que asiste primero a la desaparición del Protectorado español de Marruecos, con la nueva situación que se creó con los judíos marroquíes, y lo que acontece luego a esa familia que, a través de varias generaciones, nos van mostrando el devenir de España desde los cuarenta y cincuenta hasta los años ochenta del pasado siglo. Un fresco humano en el que Martínez de Pisón nos cuenta en realidad la historia de nuestro país a través de la pequeña historia de esa familia hebrea.

LA BUENA REPUTACIÓN      

Hay una buena documentación detrás de esta obra, en la que Tetuán, capital del Protectorado, y Melilla ocupan una parte esencial de la narracón.

Sin embargo, el episodio del Pisces, el barco que naufragó el 11 de enero de 1961 frente a las costas de Alhucemas causando la muerte de 39 personas, hebreos que trataban de salir de Marruecos clandestinamente, es el hito que marca una fractura importante en la historia de la familia de Samuel y de Mercedes. A partir de ahí, todo cambia y sus vidas se verán afectadas directa o indirectamente por este desastre.

“Pese al mal estado de carreteras y caminos, habían conseguido llegar al Cabo Quilates. La construcción, con aquel faro que parecía un minarete, tenía algo de mezquita: una mezquita abandonada y solitaria. Apenas protegido por un murete del azote del viento, Samuel se esforzaba por distinguir algo en la superficie oscura y agitada del mar. A su espalda se oían los angustiados acelerones del coche, que había quedado atascado en el barro del camino. Un hombre con la cabeza cubierta por la capucha de la chilaba se puso a su lado. Sus manos de dedos largos y retorcidos indicaron el lugar de la tragedia. En una mezcla de bereber y español trataba de describir lo que había visto: las luces lejanas del pesquero español, las lanchas de los guardacostas, las otras embarcaciones que habían ido sumándose al rescate. La lluvia arreció y Samuel se subió las solapas del impermeable. Germán buscaba pedruscos que sirvieran de apoyo a las ruedas del coche, que ya no era el viejo Pato sino un Citroën Tiburón comprado a un francés de Tánger. Samuel preguntó por qué ya no se veían lanchas y el hombre dijo que las corrientes estaban arrastrándolo todo hacia la bahía. Pasados unos minutos, volvió a sonar el motor del vehículo.

-¡Ya está! ¡Por fin! –se oyó la voz del conductor.

Samuel hizo un gesto de despedida y fue hacia el camino. Germán, en cuclillas, observaba los bajos del coche, evaluando los posibles daños.

-Con lo delicada que este cacharro tiene la suspensión –dijo, porque también a ese coche lo llamaba cacharro.

-Alhucemas –se limitó a decir Samuel.

Fueron por la carreterita que iba bordeando la costa, con playas de arena oscura e islotes de rocas blancas. En una de esas playas, mucho antes de llegar a la ciudad, vieron las primeras lanchas. Alrededor de una de ellas varias personas hacían grandes aspavientos. Una comitiva improvisaba avanzó hacia el extremo más resguardado de la playa, donde había media docena de embarcaciones varadas. Sobre el casco de una de ellas quedó depositado un fardo del tamaño de un perro mediano. Ahora las voces llegaban hasta el coche, y las invocaciones a Alá se mezclaban con los gritos inarticulados de las mujeres. Samuel, seguido de Germán, se acercó a ver, y los demás se hicieron a un lado, como si en ese momento y en ese lugar ellos dos fueran los legítimos representantes de la autoridad. El bulto estaba cubierto por una lona, pero por un extremo asomaban dos piececitos con los dedos encogidos. Unas mujeres gordas se golpeaban la frente con las manos y recitaban algo que sonaba a letanía. Una de ellas levantó la lona, y el pequeño cadáver, con los ojos cerrados y la piel amoratada, permaneció por unos instantes bajo la lluvia a la vista de todos. Aquel niño, que había perdido buena parte de la ropa, no tendría ni diez meses. Samuel ordenó por gestos que lo volvieran a tapar. Luego se incorporó y respiró hondo.

-¿Se encuentra bien? –dijo Germán.

Asintió con la cabeza. De los cuatro o cinco bebés que la tarde anterior había ayudado a embarcar en brazos de sus madres, ¿cuál sería ése? ¿El que no paraba de toser? ¿El que decía adiós con la manita? ¿Alguno de los que estuvieron todo el rato durmiendo? Se encaminó hacia el Citroën Tiburón. Germán se adelantó a abrirle la puerta.

-Para en el primer teléfono público –le dijo.

Pararon en un grupito de casas cercano a la playa Sfiha. En una vivienda que era también verdulería y café tenían teléfono. Samuel llamó a Tetuán, al Círculo recreativo Israelita, y pidió hablar con Jacob Benmaman. Del sonido de su respiración dedujo que acababa de subir por las escaleras. Preguntó qué noticias había.

-Malas, muy malas –dijo Benmaman-. Parece que con el temporal se abrió una vía de agua y se inundó la bodega. Debió de ser cosa de unos minutos: de repente se tragó el mar. Que sepamos, sólo el capitán y dos marineros lograron ponerse a salvo en la lancha. Los tres son españoles. En cuanto a los demás…

-Los demás –repitió Samuel.

(…)”

Con una sencillez elegante, Martínez de Pisón explora cuál es la herencia que reciben las generaciones posteriores por las decisiones que fueron tomando sus abuelos y sus padres. Supongo que muchas familias se verán reflejadas en los personajes, con independencia de su religión o de su origen, porque lo que narra es de una cercanía que nos hace reconocer actitudes y reacciones que todos hemos visto o vividos. No hay nada excepcional, salvo la excepcionalidad de cada vida. En la cotidianeidad se encuentra lo original, y esa es la mayor virtud de esta novela que se lee con facilidad y que construye personajes creíbles y humanos.

El Tetuán del protectorado, la Melilla de la misma época y la de los años posteriores, y la Málaga del despegue económico y la Zaragoza de los años sesenta y setenta. Nada escapa a Martínez de Pisón en cada una de estas ciudades: sus calles, su pequeña historia, sus edificios, sus habitantes reales y ficticios…

Es curioso, no obstante, el hecho de este interés inaudito en las letras españolas de los últimos años por ambientar las novelas en Marruecos, en el Marruecos del protectorado, o en Ceuta o en Melilla, como si de pronto se hubiera descubierto un filón narrativo.

También me resulta curioso que varios autores se hayan visto atraídos, por muy diferentes motivos, por el destino que siguieron los hebreos marroquíes. Y, en concreto, por las consecuencias del éxodo de los judíos que salieron ilegalmente de Marruecos con múltiples destinos, especialmente a Israel, o recuperar los hechos del Pisces, que marcó a los hebreos marroquíes de una manera especial, y que no sólo recrea acertadamente Martínez de Pisón en esta excelente novela, sino que también lo hace Esther Bendahan en Déjalo, ya volveremos, aunque, en el caso de la autora tetuaní, su enfoque es un tanto discutible. En cualquier caso, como digo, es fascinante asistir a este florecimiento de una narrativa que bucea de la reciente historia de España con relación a Marruecos. Florecimiento que enriquece aún más la producción de los autores españoles vinculados con Marruecos.

Me ha alegrado comprobar que, en la nota del autor, al final del libro, menciona a dos buenos amigos: a Antonio Bravo Nieto y a José Antonio Garriga Vela. Lo que demuestra que el mundo es un pañuelo.

Sergio Barce, enero 2016

DÉJALO, YA VOLVEREMOS

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«EL BLOCAO» (1928), DE JOSÉ DÍAZ FERNÁNDEZ

El blocao (publicado por Ediciones del Viento) es un pequeño libro escrito por el periodista y luego político José Díaz Fernández, libro que tuvo un gran éxito de ventas tras su publicación en 1928.

EL BLOCAO portada
Leer El blocao es leer muy buena literatura. No sólo es un libro más sobre la guerra de Marruecos y sus terribles consecuencias, es también un retrato amargo, duro y, sin embargo, bellísimo de aquella locura que se convirtió en una dolorosa sangría para España y para Marruecos.
Son siete relatos en los que la narrativa de José Díaz te subyuga de una manera absoluta. La crudeza de alguna de las historias sólo muestran la realidad de aquella experiencia que marcó tan profundamente al autor. Y, sin embargo, uno descubre que su visión de aquella tragedia es lúcida y crítica. No ve a los marroquíes como un enemigo que lucha insensatamente contra ese designio que lanzaba a España a ocupar Marruecos porque era su obligación moral y natural, como predicaban por entonces algunos africanistas, sino que los marroquíes luchaban porque se ocupaba su territorio por fuerzas extranjeras.
El primero de los relatos es el que da título al libro, y es, sencillamente, magistral. Magistral en su factura narrativa, y magistral la historia que cuenta. A mí me conmovió su lectura cuando lo leí hace años, y ha vuelto a hacerlo ahora de nuevo al releerlo una tercera vez.

“…Una de mis distracciones era observar, con el anteojo de campaña, la cabila vecina. La cabila me daba una acentuada sensación de vida en común, de macrocosmos social, que no podía obtener del régimen militar de mi puesto. Desde muy temprano, mi lente acechaba por el párpado abierto de una aspillera. El aduar estaba sumergido en un barranco y tenía que esperar, para verlo, a que el sol quemase las telas de la niebla. Entonces aparecían allá abajo, como en las linternas mágicas de los niños, la mora del pollino y el moro del Rémington, la chumbera y la vaca, el columpio del humo sobre la choza gris.
Buscaba a la mujer. A veces, una silueta blanca que se evaporaba con frecuencia entre las higueras hacía fluir en mí una rara congoja, la tierna congoja del sexo. ¿Qué clase de emoción era aquélla que en medio del campo solitario me ponía en contacto con la inquietud universal? Allí me reconocía. Yo era el mismo que en una calle civilizada, entre la orquesta de los timbres y las bocinas, esperaba a la muchacha del escritorio o del dancing. Yo era el náufrago en el arenal de la acera, con mi alga rubia y escurridiza en el brazo, cogida en el océano de un comedor de hotel. Y aquel sufrimiento de entonces, tras el tubo del anteojo, buscando a cuatro kilómetros de distancia el lienzo tosco de una mora, era el mismo que me había turbado en la selva de una gran ciudad.
Nuestra única visita, aparte del convoy, era una mora de apenas quince años, que nos vendía higos chumbos, huevos y gallinas.
—¿Cómo te llamas, morita?
—Aixa.
Era delgada y menuda, con piernas de galgo. Lo único que tenía hermoso era la boca. Una boca grande, frutal y alegre, siempre con la almendra de una sonrisa entre los labios.
—¡Paisa! ¡Paisa!
Chillaba como un pajarraco cuando, al verla, la tromba de soldados se derrumbaba sobre la alambrada. Yo tenía que detenerlos:
—¡Atrás! ¡Atrás! Todo el mundo adentro.
Ella entonces sacaba de entre la paja de la canasta los huevos y los higos y me los ofrecía en su mano sucia y dura. Yo, en broma, le iba enseñando monedas de cobre; pero ella las rechazaba con un mohín hasta que veía brillar las piezas de plata. A veces, se me quedaba mirando con fijeza, y a mí me parecía ver en aquellos ojos el brillo de un reptil en el fondo de la noche. Pero en alguna ocasión el contacto con la piel áspera de su mano me enardecía, y cierta furia sensual desesperaba mis nervios.
Entonces la dejaba marchar y le volvía la espalda para desengancharme definitivamente de su mirada…”

“Para desengancharme definitivamente de su mirada… “ Qué preciosa frase.
Este cuento narra la aburrida vida en un blocao, esa especie de trinchera que era como una tumba anticipada para los soldados que luchaban en Marruecos. Una especie de féretro de tierra y piedra, de arena y de sacos. Y de ese pequeño espacio, José Díaz crea un universo tremendo y terrible.

Regimiento Alcántara - en Annual

Los otros seis relatos El reloj, Cita en la huerta, Magdalena roja, África a sus pies, Reo de muerte y Convoy de amor, encierran pequeños mundos e historias sorprendentes. El reloj es un relato de guerra que nos conduce a la compasión por ese soldado algo bruto que tiene en su enorme reloj un extraño refugio para huir de la realidad del combate. Su final es tan sencillo como desolador.
No hay un cuento en este libro que deje indiferente. Incluso esa historia tremenda de la Magdalena roja, con ese personaje de Angustias López que, en mi opinión, retrata como en ninguna otra obra la forma de ser del revolucionario anarquista y sindical de la época. Idealismo y fanatismo, revolución y desengaño.
Pero quizá sea Convoy de amor el cuento que más impacta, junto al primero, El blocao.

blocao

Convoy de amor es la historia de una desesperación, esa a la que aquella guerra absurda llevó a muchos jóvenes a una muerte sin sentido. Un pequeño convoy, de hombres deshechos, agotados, enfebrecidos por la fiebre del combate y por la fiebre de la abstinencia sexual obligada, han de escoltar a una mujer provocativa e insensata bajo un sol abrasador… Leer este relato es como estar junto a los personajes. José Díaz consigue ese efecto hipnótico del gran narrador que es el de trasladar al lector al lugar de los hechos, y conseguir que los experimente y los sufra vívidamente, Y esta historia te deja con una extraña sensación de derrota, como si al acabarlo fueras más consciente de lo que José Díaz Fernández ha estado contando en todos sus cuentos: el absurdo y la sinrazón de la guerra que enfrentó a España y Marruecos, por el interés de unos y el capricho de otros.

“…Minutos después el convoy de Audal estaba en la carretera, dispuesto a partir. Lo componían el cabo, seis soldados, dos acemileros y dos mulos. En uno de éstos se habían colocado una jamuga para Carmen, que llegó con el coronel entre una doble fila de ojos anhelantes. El coronel la ayudó a subir a la cabalgadura, sosteniendo en su mano, a manera de estribo, el pie pequeño y firme. Fue aquél un instante espléndido e inolvidable, porque, por primera vez y en muchos meses, los soldados del zoco vieron una auténtica pierna de mujer, modelada mil veces con la cal del pensamiento. Ya a caballo, Carmen repartía risas y bromas sobre el campamento, sin pensar que sembraba una cosecha de sueños angustiosos. Diana refulgente sobre la miseria de la guerra, en lo alto de un mulo regimental, mientras los soldados la seguían como una manada de alimañas en celo, Carmen era otra vez la Eva primigenia que ofrecía, entre otras promesas y desdenes, el dulce fruto pecaminoso.
Aquellos hombres se custodiaban a sí mismos. Porque, de vez en cuando, la falda exigua descubría un trozo de muslo, y algún soldado, sudoroso y rojo, exhalaba un gruñido terrible.
El sol bruñía la montaña y calcinaba los pedruscos. Al cuarto de hora de camino, Carmen pidió agua. El cabo le entregó su cantimplora y ella bebió hasta vaciarla.
—¡Qué calor, Dios mío! ¿Falta mucho?
—¡Huy, todavía!…
Le cayeron unas gotas en la garganta y ella bajó el escote para secarse. Pelayo sintió que la sangre le afluía a las sienes como una inundación.
Al devolverle la cantimplora, Carmen le rozó los dedos con su mano. Y Manolo Pelayo estuvo a punto de tirar el fusil y detener al mulo por la brida, como los salteadores andaluces…”

José Díaz Fernández, como tantos intelectuales de valía, lo más granado de nuestra literatura y de nuestra ciencia, hubo de marcharse exiliado de España tras la guerra civil. Un final triste para un escritor inmenso.
                                                                Sergio Barce, octubre 2014

JOSE DIAZ FERNANDEZ

JOSE DIAZ FERNANDEZ

José Díaz Fernández nació en Aldea del Obispo (Salamanca) en 1898. Periodista, trabajó en El Noroeste de Gijón, y tras su regreso de Marruecos en El Sol, de Madrid, y fue director de la revista Nueva España.
Tras el desastre de Annual, se incorpora al ejército y luchará en Marruecos. Sus experiencias en la guerra, las plasmará en su libro El blocao (1928) que obtendría el premio de El Imparcial.
A causa de su oposición a la dictadura de Primo de Rivera, tras ser encarcelado, es desterrado a Lisboa. Tras pasar por la política, al finalizar la guerra civil, se exilió en Toulouse, donde fallecería en 1941.

LA BIBLIOTECA ISLÁMICA DE MADRID TIENE ENTRE SUS LIBROS «EL BLOCAO». EN EL SIGUIENTE ENLACE PODÉIS ACCEDER.

 

http://cisne.sim.ucm.es/search*spi~S18/X?SEARCH=blocao&searchscope=18&SORT=D

 

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LA CONFERENCIA HISPANO-FRANCESA DE 1925 SOBRE LA COLABORACIÓN CON MARRUECOS

Rafael Gómez-Jordana, nieto del general Gómez-Jordana, que fuera Alto Comisario en Marruecos, me ha enviado amablemente, junto a un viejo artículo del ABC que daba razón de la Conferencia que se iba a celebrar en fechas cercanas,  una fotografía de sus archivos familiares, que se corresponde con la mencionada Conferencia Hispano-Francesa, y que aseguraría definitivamente el control efectivo por parte de las dos naciones del Marruecos bajo el Protectorado, materializado tras el desembarco de Alhucemas.

Conferencia Hizpano-Francesa de colaboración con Marruecos de 1925 - foto archivos de Rafael Gómez-Jordana

Conferencia Hizpano-Francesa de colaboración con Marruecos de 1925 – foto archivos de Rafael Gómez-Jordana

El historiador Francisco Hernández Navarro, que suele enviarme información documental de la historia de Marruecos, especialmente de la época del Protectorado, ha conseguido identificar personalmente en unos casos y con la ayuda de algún colega, como Juanjo Erce, en otros a varios de los personajes que protagonizan esta fotografía:

Miranda la foto, a la izquierda (es decir, a la derecha de Gómez-Jordana), sentados de civil, el embajador de Francia conde Peretti de la Roca y el escritor y diplomático francés Paul Claudel.

A la derecha de Gómez-Jordana (que sería a su izquierda), sentado de civil, Manuel Aguirre de Cárcer, diplomático, nombrado ese mismo año director de la Dirección General de Marruecos y Colonias. Y a la derecha de éste, está el general Emilio Fernández Pérez.

El Capitán de Corbeta de la derecha es Enrique Pérez y Fernández-Chao, primer oficial del Cuerpo General diplomado de Estado Mayor (en la foto lleva el distintivo de alumno de la Escuela Superior de Guerra), que fuera el creador de la Escuela de Guerra Naval.

La imagen es ciertamente interesante, y he de agradecer a Rafael Gómez-Jordana el que pensara en mí para exponerla en mi blog.

Con ella, y con la reseña periodística, abro una nueva categoría o apartado en mi blog que, salvo mejor sugerencia, he venido en llamar «Archivo de Imágenes y Documentos de la Historia de Marruecos», lo que facilitará el acceso a quienes busquen este tipo de material.

Sergio Barce, noviembre 2013

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