Archivo de la etiqueta: La Bandera Española de Larache

LARACHE – ALBUM DE FOTOS 3

Tercera página de este peculiar album de fotografías de Larache. Y aunque es de fotos, hoy enseño el pueblo desde el pincel del pintor larachense Manuel Balaguer, del que tenéis amplia información en el blog. Un paisaje en el que explota de forma natural el color vivo y deslumbrante de las aguas del río Lukus, recobrado por la mirada penetrante y atenta de Manu Balaguer, tras la que sin duda se esconden las añoranas de su pueblo…

Mi abuelo paterno, Manuel Barce, trabajó en la tienda de La Bandera Española. El local se encontraba situado donde hoy, y desde hace muchos años, se ubica el Bazar Yebari, ese lugar al que acuden todos los larachenses cada vez que regresan a la ciudad. Creo que fue hace no más de dos años, cuando El Hachmi Yebari decidió darle un buen repaso al bazar…

 Aquí está El Hachmi Yebari contando dinero, como siempre, en el Bazar. El Hachmi es una parte fundamental de mi infancia, y lo consideramos como alguien más de la familia. Cuando empezó esa obra, como digo, al picar la fachada del bazar fueron resurgiendo del pasado las palabras que anunciaban La Bandera Española, como si se hubiesen mantenido ocultas durante todo este tiempo. La imagen resulta curiosa, y en cierta forma hermosa, especialmente para nosotros.

Mi abuelo siempre trabajó en ese local, y luego estarían a su lado mi tío Pepete y la que sería su mujer, mi tía Maruja. En la siguiente imagen, estoy yo, Sergio Barce, junto a mi amigo Manolo Martín, el que creo el pintor «de brocha gorda» que se llamaba Messod, si no es así espero que me corrijan, y mi abuelo Manuel Barce.

Si El Hachmi Yebari es parte de mi infancia, también lo es Mohamed Sibari. El padre de Sibari era compañero de mi abuelo materno Manuel Gallardo, en el cuerpo de la Policía de Tráfico, y, de pequeño, Sibari siempre estaba en la casa de mis abuelos. Luego, fue quien hizo de <carabina> para mis padres cuando comenzaron a salir. Sibari es parte de la historia de Larache, no hay dudas sobre esto. En la siguiente fotografía estamos los tres juntos: Yebari, Sibari y yo.

 En Larache hay personas que se han convertido en auténticos personajes sin los que la ciudad no sería la misma. Ya digo que tanto Yebari como Sibari son de los más queridos, pero no hay que olvidar a otros. Es el caso de Dris Sbaihi. Dris, fotógrafo, guardó en su cámara los retratos de las últimas generaciones de larachenses, y también lo hizo con la propia ciudad de Larache. Dris Sbaihi es una de las personas más bondadosas, entrañables y queridas que he tenido el privilegio de conocer. Siempre sonreía. ¿Hay alguien en Larache que no lo recuerde de esa manera? Caminando con sus andares desgarbados, distraído, con la cámara colgada del hombro, siempre vestido con un traje impecable, con corbata, la camisa blanca, y cuando te veía parecia despertar de sus elucubraciones, y entonces sus blanquísimos dientes asomaban en esa sonrisa imborrable que te daba la bienvenida o que parecía declararte una vez más su amistad. Murió atropellado por un vehículo de la manera más absurda, y el destino nos robó a un amigo y a una buena persona. Sólo guardo de él una fotografía que le hice cuando estuvimos de visita en Alcazarquivir, estaba junto a Mohamed Laabi.

Recuerdo que estábamos hambrientos, y Sbaihi me dijo al oído: Sergio, ven conmigo, nos vamos a comer unos pinchitos… Y me llevó a un estrecho callejón, pidió dos cocacolas, pinchitos y unas tortas de pan. Fueron los mejores pinchitos que he comido en mi vida, con Dris Sbaihi, el fotógrafo, un buen hombre con un corazón que no le cabía en el pecho. Y ahora que le veo en esa imagen congelada, no puedo evitar la emoción.

Fadela Tadlaoui es otra larachense que merece ser citada. Una mujer de carácter, con una voz deliciosa. En una de las jornadas celebradas en Larache, en la casa de Mohamed Mrabet, en el barrio de la Alkazaba, quienes estaban allí insistieron para que cantara, y cuando Fadela  lo hizo, todos  nos pusimos a batir palmas entusiasmados.

Fadela Tadlaoui

  Luego, volvería a hacerlo en las Jornadas que Larache en el Mundo organizó en Madrid, y allí lo hizo acompañada por el laúd de otro amigo larachense, Abdelhay el Haddad. La simpatía de Fadela es desbordante, una gran mujer.

Y si volvemos por un rato al Balcón del Atlántico, nos encontramos con alguna que otra estampa del ayer… 

En esta imagen, tomada junto al viejo Casino, están: Francisco Javier Palarea, Luis Simón, Hassan, Jose María López Garry, Rebollo y Antonio Bertomeu. Ya se ve que han pasado los años, sólo hay que ver las campanas que gastábamos en los pantalones… Por suerte, con algunos de ellos, sigo aún en contacto, cosas de Larache, que nos ha hecho valorar tanto el sentido de la amistad, y que nos obliga a no soltar las amarras que nos siguen atando unos a otros. Y también por suerte, seguimos estrechando lazos con larachenses de ahora, en la siguiente imagen, asomada al Balcón, está Wydad, dulce, paciente y educada; su familia siempre nos ha abierto su casa, especialmente a mi madre que no se despega de la suya cuando está de visita en la ciudad.

 De entre los personajes larachenses que más arriba mencionaba, y que todos llevamos grabados en la memoria, está también Ahmed Argal. Menudo, nervioso, con su fez en la cabeza, se acerca emocionado y te coge del brazo y comienza a recordar sus tiempos trabajando para Revilla, en la carnicería, y se emociona quizá pensando en su juventud, en los buenos años, y su añoranza te llega a lo más profundo. Cordial, servicial, un hombre modesto pero entrañable y muy querido. En esta imagen, joven,  cogiendo de la mano a Mari Carmen Revilla, su ojito derecho.

En fin, otro pequeño viaje por las estampas de Larache, espero que fructífera o, al menos, entrañable.

Sergio Barce, enero 2012

Etiquetado , , , , , , , , , , , , , , , , , , , ,

Pequeño homenaje a mi padre – «ELLOS VUELVEN A LARACHE», RELATO DE SERGIO BARCE

Mi padre, ANTONIO BARCE, nacido en Larache

 

 Hace pocas semanas, dos de los hermanos de mi padre fallecieron con pocos días de diferencia. Se llamaban, se llaman Pepe y Carlos, pero desde Larache siempre se les ha conocido como Pepete y Charles. El primero murió después de una larga enfermedad, y por propia decisión; para él la vida ya no tenía sentido desde que dependía de una máquina de diálisis y dejó de acudir a sus sesiones, abandonándose a la suerte, que en estos casos es esquiva. El segundo, curiosamente, lo hizo por una enfermedad tan rápida como el fulgor de una estrella, presintió su partida, dijo que moriría en veinticuatro horas y cumplió su vaticinio un día después.

  Pepete vivía, vive, cerca de mi padre, en Málaga, y mi padre, Antonio Barce, ha visto desaparecer a su hermano día a día, igual que una fotografía que se difuminara con el tiempo. Charles vivía, también vive, lejos de mi padre, en Barcelona, y mi padre lo ha visto marcharse desde la distancia, como un pasajero que le saludara desde la cubierta de un barco, de regreso a Marruecos.

Album familiar – LARACHE Mi abuelo MANUEL BARCE en el patio de la casa de las Navas  – Mi padre en las gradas del Santa Bárbara – Mi padre y unos amigos en la Plaza de España

 

 Yo apenas conocía a Charles, le vi sólo una vez en Málaga hace más de treinta años cuando llegó con la caravana de la Vuelta Ciclista a España. Era un aventurero, y vivía a salto de mata. Le recuerdo con una melena larga, sonriente, delgado y fibroso, un manojo de nervios, de esa clase de persona que se come el mundo porque piensa que la vida es el presente. Estuvimos juntos todo ese día, y puedo rememorarlo nítidamente, casi minuto a minuto. A Pepete lo he visto envejecer, he jugado con él al dominó y al fútbol, hemos pasado días en la playa y en el campo, mis padres y mis tíos siempre pasaban juntos los fines de semana. Pepete solía hacer chuparquía, como un maestro repostero. Creo que era la mejor chuparquía que he comido nunca, ni siquiera en Marruecos la he tomado tan deliciosa.

   En el cementerio, acompañé a mi padre a tomar un café mientras se velaba el cuerpo de Pepete. Cuando volvíamos sobre nuestros pasos, comenzó a hablarme de él. Su rostro se fue contrayendo lentamente, como si el dolor le comprimiera el alma. Entre sollozos, me decía: “Parece mentira… Cómo se nos ha ido la vida… Parece que fuera ayer cuando mi hermano llegaba al Barrio de las Navas, elegantemente vestido con su traje de doble pecho y muy bien peinado… Las niñas se asomaban para verlo llegar, era el más atractivo del barrio. Y mi madre, mi madre lo veía desde la puerta de la casa, salía, y se ponía a bailar, y daba voces para que las vecinas se asomasen: ¡Ahí viene mi negro! ¡El más guapo! ¡Dios mío, qué guapo es mi negro! Y Pepete sonreía, le encantaba que su madre armara esa jarana cuando él regresaba a la casa… Aún lo veo, joven, comiéndose el mundo…”

   Pepete se parecía a Rossano Brazzi. Su piel era algo oscura, por eso mi abuela Salud le decía “mi negro”. Y es verdad que ella, con raíces gaditana, salerosa, graciosa, le bailaba para recibirlo, porque era su hijo favorito.

   Abracé a mi padre por encima del hombro, y continuamos andando, mientras él seguía hablando para sus adentros, preguntándose dónde estaba ese joven que se llevaba de calle a las niñas del Barrio de las Navas de Larache, preguntándose cómo se habían ido los años sin que nadie hubiera hecho nada para impedirlo.

   Mi tío Pepete y mi tía Maruja se conocieron en La Bandera Española, la tienda de confecciones que estaba donde hoy se ubica el Bazar de Yebari. En La Bandera Española trabajaba mi abuelo paterno, Manuel Barce, y Pepete era uno de los empleados que atendían tras su largo mostrador. Mi tía no imaginó que cuando entró a trabajar allí conocería al que sería su hombre. Desde entonces, hasta hace apenas unas semanas, siempre han estado juntos. También a ella todo le parece un sueño envenenado, como si hubiesen transcurrido apenas unos pocos años desde que le viera por primera vez.

   Precisamente hace un par de años que El Hachmi Yebari reformó su Bazar. Iba a pintar la fachada. Al raspar los pintores la pared del frontal, fue apareciendo, poco a poco, el fantasma de La Bandera Española. Estaba ahí debajo, como aguardando al día en el que poder volver a asomarse a la Avenida Mohamed V. Era una imagen inquietante, pero a la vez emocionante. Todos los recuerdos de mi familia paterna parecían escapar de la fachada de ese edificio… Mis tíos, Pepete y Maruja, sellaron su amor bajo ese nombre, bajo el techo de esa tienda, hace muchos años, hace apenas unos días en realidad.

     

Me pregunto qué cruzará por la cabeza de mi padre. Eran seis hermanos, y ya quedan tres. También Carmela partió a ese extraño viaje hace ya unos años. Debe ser confuso ver morir a tus hermanos. Es como si la vida comenzara a parpadear a tu alrededor. Hay dos nuevas arrugas en el rostro de mi padre, y dos nuevas muescas en su corazón. Aunque aturdido, ahí sigue, bregando a la cabeza de la familia, como el buen timonel que ha sido, que es, que seguirá siendo para mí y mis cuatro hermanas. Nuestra referencia. Nuestro ejemplo. Él y mi madre, que continúan declarándose su amor día a día, como si aún fueran a escaparse al Cine Ideal para poder darse un beso en la oscuridad de la sala, como cuando hace unos días eran novios y Sibari les hacía de carabina…

Mis padres ANTONIO BARCE & MARÍA GALLARDO

 

Eso me pregunto, qué cruzará por la cabeza de mi padre. Pocos días después de que Pepete se marchara, le siguió Charles. Tal vez piense que su otro hermano no quería que hiciera solo ese largo viaje de regreso a la ciudad en la que nacieron. Mi abuela Salud está enterrada en el cementerio de Larache, y seguramente los habrá esperado a la puerta del recinto, y al ver a Pepete se habrá puesto a bailar, y a cantar, y a gritarle a los fantasmas del ayer “ahí vienen: Pepete, el más guapo, ¡mi negro!, ¡Dios mío, qué guapo es mi negro!, y viene con lo que más quiero, mi Carlitos… ¡esos son dos de mis niños! ¡Miradlos!”

 Sergio Barce, julio 2011

Etiquetado , , , , ,