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“PASEANDO POR EL ZOCO CHICO”, EN EL CAIRO

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Estas fotos me las envía mi paisana y amiga del alma Hanane Hayani desde El Cairo. Ella siempre lleva consigo un ejemplar de mi libro de relatos Paseando por el zoco chico. Larachensemente para releerlo. 

El libro se reeditó por Ediciones del Genal en 2015. El texto que cierra el volumen se lo dediqué a Mohamed Sibari, a quien tanto quise, y se incluyeron entonces las traducciones de este cuento al francés, obra de Nabila Boumediane y Fidele Podga, y al árabe, de la mano de Rajae Boumediane y Messari Hamza. Todo un lujo.

Aquí tenéis ese relato en español, y en los próximos días colgaré las traducciones. 

LARACHE, SIN SIBARI

Sergio Barce

Este fin de semana lo he pasado en Larache. De camino al hotel, vi la fachada del antiguo edificio del Café Central medio cubierta con un cartel anunciando la presentación de un libro de Hassan Tribak. Ya no está el café desde hace mucho tiempo. Y había una silla vacía abandonada junto al portal del edificio.

Este fin de semana lo he pasado en Larache. Ha sido una escapada corta pero, como siempre, intensa. En cuanto llegué, pasé por la casa de Sibari y di el pésame a la familia. Ya han pasado nueve días desde su pérdida. Su hija María me invitó a subir al salón en el que su padre solía recibirme, nos sentamos y hablamos de él. El hermano de Sibari estaba a su lado, muy callado, asintiendo con la cabeza cada vez que yo le decía a María cuánto íbamos a echarlo en falta.

Me contó que murió al amanecer, y que esa noche Sibari comenzó a decir cosas sin sentido y también que se notaba muy cansado. Le pesaba la vida. Hablamos de los tiempos en los que estuvo con mi abuelo, y de los tiempos en los que estuvo con mis padres, especialmente con mi madre, y de los tiempos en los que estuvo conmigo. María asentía, y susurraba un “lo sé” suave y dulce.

Me contó que después de editar su nuevo libro, su padre iba a dedicárselo, como con cada uno de sus anteriores publicaciones, pero que cuando iba a hacerlo no encontró un bolígrafo a mano y lo dejaron para más tarde, y ahora tiene su novela sin las palabras que iban a ser solo para ella, y había un su voz un leve reproche dirigido a sí misma por no haber buscado en aquel momento ese bolígrafo. Y noté en María una congoja, una pena profunda, como si hubiera perdido lo último que Sibari podía regalarle.

Le conté entonces que tres días antes de fallecer, su padre me había enviado un mensaje para pedirme mi dirección de correo postal porque la había perdido, quería enviarme su última novela.

-Es un libro sibarístico –me escribió con su guasa habitual.

Le contesté en seguida, pero no tuvo tiempo de hacerlo.

María se levantó, entró en la habitación de su padre y me trajo un ejemplar. Le dije que no se preocupara, que lo compraría, pero ella insistió diciéndome que Sibari, como siempre había hecho, me lo habría regalado. Solo dijo eso, pero fue como si me confesara lo mucho que me había querido su padre. Ahora tengo el libro aquí, junto al teclado de mi ordenador mientras escribo este texto, y noto la cercanía de Sibari.

Le di las gracias a María, que estaba muy emocionada, y nos despedimos, y luego hice lo mismo con el resto de la familia que estaba en la casa. Yassín ya se había marchado hacía pocos días, así que no pude verlo.

Este fin de semana lo he pasado en Larache. Había algo extraño, una invisible niebla amarga en el aire y que se respiraba por sus calles, un aroma de ausencia.

En cada conversación surgía inevitablemente el nombre de Mohamed Sibari. Los que me conocen, sabían de nuestra estrecha relación y me hablaban de él y de que ya no lo veremos nunca más. Es raro imaginar Larache sin Mohamed Sibari. Es como si hubiesen derribado un edificio emblemático y ahora solo quedara un solar vacío en el que fuera imposible construir de nuevo.

Este fin de semana lo he pasado en Larache. Desde el Balcón del Atlántico miré al balcón de su casa, pero no había nadie. Mohamed Sibari ya no se asomará a él para ver el mar, ni tampoco nos verá llegar como antes, ni nos saludará desde allí agitando un brazo al pasar bajo su casa, y eso hará que nos convirtamos en forasteros al cruzar la calle de la Plaza.

Asistimos por la tarde al concierto que daba el grupo flamenco del Conservatorio de Córdoba en el Cine Avenida, y en el que también actuaron los músicos del Conservatorio de Larache. Fusionaron “La Tarara” y resultó electrizante. Ernesto Blanco, director del Conservatorio cordobés, y nacido en Larache, dedicó el concierto a Mohamed Sibari. Luego, hablamos de él. Nos parecía mentira que ya no estuviera allí.

Me encontré en la platea a Mohamed Laabi, y Sibari ocupó parte de nuestra conversación.

-Laabísticamente hablando –solía decir Sibari cuando Laabi comentaba algo, durante aquellos días en los que solíamos vernos en el Café Central.

Este fin de semana lo he pasado en Larache. Qué extraño imaginarla sin Sibari. Ahora pienso que se ha ido despidiendo lentamente, que a causa de su enfermedad optó por una retirada silenciosa y humilde. Primero abandonó la terraza del Central, donde siempre lo encontrábamos al llegar de regreso, charlando, riendo, tomando su té con azahar. Y aunque resistió cuanto pudo, primero con sus muletas, luego con la silla, acudiendo puntual a su cita diaria, en cuanto cerraron el Café todo cambió. Fue como si le impidieran el paso con un muro infranqueable. Luego, dejó de ir a la Casa de España, y sus salidas se fueron espaciando, hasta que en los últimos tiempos apenas abandonaba su casa. Facebook se convirtió para Sibari en su ventana al mundo y en su balcón privado que se comunicaba con los balcones de sus amigos.

Este fin de semana lo he pasado en Larache. Y ya no he visto a ese hombre que antes caminaba a paso ágil y rápido pulcramente vestido con su chaqueta azul marino de doble pecho y botones dorados, camisa blanca inmaculada y corbata oscura, pantalón gris, zapatos negros, y su gorra a cuadros y su bufanda. La sonrisa brillante en medio de su rostro, los ojos achinados cuando reía, tras la montura dorada de sus gafas, y una broma preparada en los labios.

-Si vienes y no me ves, es que estoy del revés.

El Café Central de la plaza de la Liberación sigue cerrado. Ya no hay mesas alrededor de su fachada. Tampoco hay voces pidiendo a Hamid té, café o una botella de agua Sidi Alí. Ya no hay nadie que pida permiso para sentarse al lado de Sibari, ni de ninguno de los parroquianos habituales. Ya no se escuchan sus frases al saludar a un amigo que pasa.

-Perdóneme que no me levante, joven –le decía a un hombre mayor que le estrechaba la mano, Sibari sentado en su silla de ruedas, sonriendo.

Este fin de semana lo he pasado en Larache. Solo hay recuerdos vagando alrededor, y una sola silla junto al portal del edificio del Café Central. Una silla abandonada que nadie ocupará jamás.

Este fin de semana lo he pasado en Larache. Y Sibari ya no estaba.

 

 

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NADIE PIENSA EN MI NOMBRE de AHMAD AL-SHAHAWY

AHMAD AL-SHAHAWY

   Hace un tiempo, un escritor me envió un manuscrito, un poemario para que le diera mi opinión. Yo, que soy prudente y carezco de poder moral para enjuiciar la obra de otro autor (aunque lo hago en mi blog al dar mis impresiones de los libros que leo, lo que no es óbice para sostener lo que antes he afirmado), quizá porque sé lo difícil que es construir una historia, armar una novela, dibujar un relato o componer un verso. Yo, ya digo, quizá  no sea quién para enjuiciar, pero sí creo que soy capaz de dilucidar entre lo bueno y lo malo, lo trabajado y lo superficial, una obra que merezca la pena de la que no. Ese escritor que me mandaba por correo electrónico su manuscrito, escrito en árabe pero traducido al castellano, se llama Ahmad al-Shahawy, y su poemario lleva por título “Nadie piensa en mi nombre”.

    Comencé a leerlo con cierta reticencia, el hecho de que se hubiera animado a enviármelo sin conocernos, sólo porque al leer mis escritos él suponía que podía confiar en mí, en cierta forma me ponía en una situación extraña, y, por otro, alimentaba mi vanidad. Pero, en cualquier caso, era sorprendente que lo hiciera, que creyera que yo haría un buen uso de sus poemas. No soy un gran lector de poesía, lo mío es la narrativa, pero, sin embargo, a medida que me sumergía en los versos de al-Shahawy  me di cuenta de que estaba descubriendo algo, algo excelente, exquisito, sorprendente.

     “Nadie piensa en mi nombre” es Poesía, escrita con mayúscula, con eso todo está dicho. Poesía cercana, teñida de sufismo, sensual, terrena y espiritual, que hurga en el alma humana pero también en lo sensorial, te llega como una brisa suave que alberga una voz profunda, te abraza y te abrasa, un ensueño con aromas orientales pero engarzado a la realidad de nuestro tiempo. Poesía embaucadora, llena de onírica sensualidad, con las mujeres como centro de sus palabras bien aquilatadas y medidas, con las mujeres como anzuelo, un anzuelo endulzado con ese veneno del que un hombre bebería con los ojos cerrados.

     Ahmad y yo nos hemos escrito, comentando sus versos, y ha surgido una sincera amistad. Sigo pensando que era algo abrumador dar mi modesto parecer sobre su trabajo, pero ya le conozco, sé cómo escribe, he llegado a paladear la belleza de sus palabras, especialmente gracias a esta estupenda traducción de Mohamed Abuelata y, por tanto, ya no puedo atrincherarme en excusas superfluas. Le dije a Ahmad que sus versos son extraordinarios, y le pedí permiso para compartirlos con vosotros. (Acompaño algunos de sus poemas que forman parte de “Nadie piensa en mi nombre” con textos que han escrito sobre Ahmad al-Shahawy quienes han estudiado su obra en profundidad). Porque sólo cuando ya nos conociamos, Ahmad me envió su curriculum (que podéis ver al final de este post) y entonces vi que es un poeta laureado, reconocido y admirado. Y eso es prueba de su carácter, de su humildad como escritor, es decir, una persona a respetar.

      Sólo espero no defraudar a quienes sean adictos a la poesía y no conozcáis a este autor, aunque lo dudo. “Nadie piensa en mi nombre” seguramente hará que al final de su lectura penséis en el nombre de Ahmad al-Shahawy.

 Sergio Barce, agosto 2011

 قتيل العبارة      /    Cada vez que muere alguien…

Cada vez que muere alguien,

balbucea el sepulturero una alabanza.

El vendedor de telas a Dios da gracias

por el corpulento cadáver.

El recitador del Corán sonríe

porque habrá funeral,

pero es más feliz

si en una noche recita en dos velorios.

Los usureros lloran

y se desesperan

por cobrar el préstamo perdido.

Sólo el muerto

vuela llevado sobre hombros,

y pasa la noche solo

y, sólo, piensa en el albañil

que levantó la tumba de prisa y corriendo.     

Ahmad al-Shahawy

 Un poeta que ama el fuego, y quemar etapas. Nunca satisface la sed beber en las fuentes de la tradición espiritual a la par que sigue el ritmo de lo ultramoderno, y, al final, uno no acierta a saber si estás en presencia de un maestro derviche del sufismo oriental o se trata de un poeta maldito genio del arte moderno. Mas una ola de poesía te calma el ánimo tan pronto como percibes el regalo de una fresca y balsámica creatividad. Shahawy busca la sabiduría sin estar seguro de haberla alcanzado; dominar el lenguaje aun consciente de lo imposible de la tarea. Sin embargo, se siente fiel continuador de la saga de poetas tocados con la llama de la profecía artística y sigue sin poder huir de la quema.    [Salah Fadl: diario “Al-Hayah”, Londres, 9 de mayo de 2005]

 باب في رأسي     /    Una puerta en mi cabeza

Anoche,

con la tercera copa,

con lo negro atrapado en las piernas,

ocupado en brotes de flores de oro

de un cuerpo que llovía fuego,

una cama nocturna y sola,

el Nilo contemplando,

la puerta de la habitación esperando

cerrar

y tentar,

y la secreta puerta, mi cómplice de pasión.

Adelanté el sábado

pero los domingos extremaron

su temor a las paredes.

Volví a casa

arropado por la copa,

llevado en negro.

Desde su madrugador poemario, “Dos prosternaciones de amor”, Shahawy viene perforando el resistente terreno de la poesía para plantar, tal vez, un árbol; pero, en su lugar, tan sólo encuentra letras. Ahmed Shahawy consagra su propio sancta sanctorum y, con sus duelos, formula sus propios tabúes, erigiendo para sí un credo en el que se sume sin tregua.    [Dr. Yusuf Zidán]

Damietta (Egipto), ciudad natal de Ahmad al-Shahawy

عين كل صورة   /   El ojo de cada imagen

  Tus párpados son fuego

y no es raro

que nazca de tu agua,

tan gigante,

mi volcán.

La obra poética de Ahmed Shahawy propone el amor como una ventana para asomarse al mundo, presenta a la mujer como razón de ser de la existencia y plantea el amor como un deber sagrado. Y no pecaría yo de exagerado si dijera que Ahmed Shahawy es el legítimo heredero de la saga de los grandes amantes que en el mundo ha habido. Ahmed Shahawy ahonda, por un lado, en su herencia espiritual del Corán y de la senda recta y, por otro, en la herencia secular de amor mundano. Asimismo, y a lo largo de su trayectoria con la tradición, pudo desplegar parte de su experiencia personal y sus propias vivencias cuyo resultado, lejos de limitarse a la mera recreación, bucea en la misma raíz de lo femenino o de la mujer, primera ausente desde muy temprano aunque presente siempre día y noche. Por otra parte, es clara y notoria, como herencia de la tradición ancestral, la tendencia a que, en la poesía amorosa y la relación hombre-mujer, el hombre ocupase el corpus y la mujer, el margen. Llegó Ahmed Shahawy e invirtió esa tendencia cambiando el sentido y rumbo de la misma para ser mujer-hombre; de modo que, en su poética, la mujer ahora ocupa el corpus y el hombre, la nota a pie de página.   [Dr. Muhámmad Abdul-Muttalib: Poetas de los 1970 y el caos creativo, El Cairo, Ediciones Maktabat Al-Usrah, 2009]

للسماء سقفان وكنت بينهما   /    Entre los dos techos del cielo   

 Desde pequeño en la aldea,

siempre creí que era tan bajo el techo del cielo

que podía tocarlo con la mano, cada noche,

y llenarme los bolsillos de estrellas.

 Mas, desde ayer,

desde que llegué al desierto,

vi la arena tan soñadora como su vientre,

el agua tan roja como sus labios

y probé la lengua de su insomne bahía.

 Ahora sé que el techo del cielo está lejos

y que mis sueños pequeños

escalaron hasta sus aguas.

El Cairo

وما بينهما   /  Entre una cosa y otra

 Te prometo silencio

no palabras.

 Te prometo ser yo

no mi sombra.

 Te prometo mi letra

no lo que digo.

 Te prometo mi cara

no mi espejo.

ما الجحيم؟   /   ¿Qué es el infierno?

  ¿Qué es el infierno? –pregunté.

Amar

Sin eco,

Preguntar

Sin respuestas,

Escribir

Sin tener lectores,

Dormir

Sin que nadie pueble tu sueño,

Hacer votos

Sin que haya dioses,

Tener una llave

Y no tener casa,

Abrir la mano

Y no encontrar a ninguna mujer leyendo.

AHMAD AL-SHAHAWY nació en Damietta, Norte de Egipto, en 1960.   Realizó estudios de Periodismo, en la ciudad de Suhag, en la Facultad de Letras de la Universidad de Asiut, licenciándose en 1983.  Trabaja actualmente como Director de Redacción en Al-Ahram,  que se considera la mayor  fundación periodística en Egipto y el Mundo Árabe, a la que se incorporó en el año 1985.

Ahmad al-Shahawy

En septiembre del 1991, participó en el Programa de los Autores Internacionales en los Estados Unidos por tres meses y recibió el certificado de asociado en Literatura de la Universidad de Iowa. En septiembre del 1994 obtuvo un diploma especial en Cultura y Ciencias del Centro Jónico en Grecia y sus Obras Poéticas están traducidas a varios idiomas.  Miembro de la Enciclopedia Internacional de Poesía Quién es quién desde 1992. En 1995 obtuvo el premio UNESCO de Letras. Participó en el Programa de la Fundación Girace de Creación, octubre del 1995- San Francisco, California. En 1998 obtuvo el premio Kafavis de poesía. Fue miembro de la Comisión de Poesía del Consejo Superior de Cultura de Egipto desde el año 2001 y hasta 2006.  El Festival Internacional de Poesía en Rotterdam le publicó dos Antologías poéticas en inglés y holandés en junio del 2004. Su obra poética ha sido objeto de estudio de varias investigaciones de máster y doctorado en la universidades egipcias y árabes.

 Obras publicadas:

 1.    Dos Rakaas para el amor- El Cairo-1988

2.    Los dichos- Parte Primera-  El Cairo-1991

3.     El libro del amor -El Cairo-1992

4.    Los dichos- Parte Segunda- El Cairo-1994

5.    Estados del enamorado El Cairo-1996- y segunda edición especial de 25 mil ejemplares Biblioteca de la familia-Festival Lectura Para Todos- El Cairo -2001.

6.    Los dichos ¨Antología¨- El Cairo-1996.

7.     El libro de la muerte El Cairo-1997.

8.    Di ella– El Cairo- 2000.

9.     Agua en los dedos- ¨antología¨-El Cairo-2002 y segunda edición especial de 25 mil ejemplares Biblioteca de la familia-Festival Lectura Para Todos- El Cairo –septiembre 2002.

Agua en los dedos, edición en español por Milagros Nuin- Instituto Egipcio de Estudios Islámicos en Madrid- Madrid-2002. Nueva Edición con una selección de Los consejos en el amor de las mujeres ¨El primer libro¨-Universidad de Costa Rica en cooperación con El Festival Internacional de Poesía en Costa Rica-2008.

 10.  Los consejos en el amor de las mujeres ¨El libro primero¨-El Cairo- Julio 2003- y segunda edición especial de 25 mil ejemplares Biblioteca de la familia-Festival Lectura Para Todos- El Cairo -2003.

11.   La Lengua del fuego– El Cairo- 2005. Ministerio de Turismo y Cultura- segunda edición – Saná-2005.

12.  Los consejos en el amor de las mujeres ¨El libro segundo – El Cairo- 2006.

13. Un puerta y casas – El Cairo- 2009.

14. Conduzco las nubes – enero 2010.

15. Nadie piensa en mi nombre– Antología- 2011

Mohamed Abuelata, que ha efectuado la traducción de los poemas de al-Shahawy del árabe al español, es Catedrático de Hispánicas de la Universidad de Ain Shams de El Cairo (Egipto).

 

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