Archivo de la etiqueta: Balcón del Atlántico

LARACHE vista por… ITZIAR GOROSTIAGA (4)

Sí, por cuarta vez traigo fotografías de Larache hechas por Itziar Gorostiaga. Me gusta cómo capta sus rincones, sus interiores o su gente. Quizá por eso una de sus fotos es la portada de mi nueva novela. En fin, en cualquier caso, siempre merecen ser expuestas. He escogido una imagen interior de la Iglesia del Pilar (construida en 1925 por los arquitectos Bergamín y Blanco, y modificada en 1929 por De Larrucea), en la que de niño fui monaguillo con Luisito Velasco y Juan Carlos Palarea. Y también dos imágenes de la Mezquita Mayor, situada en el Zoco Chico, que consta de cuatro naves paralelas a la quibla; fue construída por orden de Ibn Abd Alláh, según parece sobre una preexistente que había levantado Mulay Ismáil.

Mezquita Mayor

Mezquita Mayor

Iglesia de Nuestra Señora del Pilar

Y qué es imaginar o recordar Larache sin sus barcas cruzando el río Lukus para llevarnos a la otra banda, a la playa, o traernos de regreso al embarcadero. O asomarse a su Balcón del Atlántico, ya sea en un día radiante, en un amanecer o en sus incomparables atardeceres (aunque he escogido una fotografía con el cielo gris, lleno de nubes, porque me ha parecido triste o algo melancólica). O bien las callejuelas serpenteantes de su Medina, siempre sorprendente, decandente pero irreductible, envejecida pero acogedora.

Balcón del Atlántico

Hay tantos rincones en Larache que es difícil seleccionar las estampas, pero tal vez, poco a poco, colgándolas en esta galería virtual, queden ahí suspendidas, en la ingravidez del tiempo retenido, de la nada, en la memoria.

Sergio Barce, marzo 2011

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LARACHE vista por… ITZIAR GOROSTIAGA (2)

Por segunda vez cuelgo fotografías de Itziar Gorostiaga. Sus imágenes me parecen poseer el encanto de la curisodad, de la mirada ingenua y virgen de quien va descubriendo una ciudad que aún es novedosa y desconocida.

Pasear por el Balcón del Atlántico, detenerse, perder la mirada en el horizonte.

 Pasan las horas, el mar rugiendo contra el acantilado, su ruido y su olor, sólo asistir al espectáculo de su particular lucha contra la costa.  Al fondo, tras el espigón, la playa peligrosa, interminable, salvaje.

 Por todo Larache encuentras los vendedores de palmito, de higos y brevas, de uvas, fresas, naranjas o manzanas, de melones de Tlata de Reixana, de gallinas, pescado o frutos secos,  mujeres de los aduares cargadas de leche y de queso, y los olores invadiendo las callejas, bien junto al Mercado Central, cerca de la antigua calle Barcelona o en la entrada a la calle Real.

Junto a la puerta de la Alcazaba, la fruta tiñe el aire con su sabor jugoso y primitivo, aún como antaño.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Larache, abigarrada, mezcla de religiones ancestrales, de mitos, de campos santos musulmanes, cristianos y hebreos. Larache, ejemplo de tolerancia, un crisol de culturas.

Larache, océano, tierra y cielo. Vuelvo al Balcón, imán inevitable.

El Balcón del Atlántico, mirador y acantilado, como un palco excepcional que ofrece el mejor escenario posible.

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«PUESTA DE SOL EN LARACHE», POR SERGIO BARCE

Puesta de sol en Larache, vista desde Lixus

Tomando como excusa los comentarios que he recibido estos días sobre los atardeceres que se ven en Larache desde el Balcón del Atlántico, he preparado este pequeño cóctel con tres fotografías de Itziar Gorostiaga y un fragmento de mi primera novela “En el jardín de las Hespérides” (Aljaima, Málaga, 2000).

“No deshice las maletas siquiera cuando Antonio ya se había dormido derrotado por el viaje. Su respiración era silenciosa, el pecho subiendo y bajando lentamente. Resulta sorprendente cómo los sentimientos logran embaucarnos, era como estar allí con mi hijo pequeño, nada ha ocurrido y soñaba, pero sólo se trata de una engañosa ilusión que nos hace un quiebro, tal vez el aire, respirarlo de nuevo y sentir que estás ahí, qué sé yo. Cubrí a Antonio con una sábana, y aprovechando su sueño bajé las escaleras del hotel y me marché en seguida al Balcón para contemplar de nuevo, una vez más, el lento descenso de Hércules en busca de su descanso en el inmenso Atlántico, el océano infinito. Girándome, encontraba también allí, frente a la balaustrada, la casa que compré cuando nació mi hijo, ya desvencijada, y la emoción se multiplicó en mi pecho. Quise oír su vocecilla tímida pero entusiasta llamándome desde la ventana…

Atardecer en Larache, desde el Balcón del Atlántico

Creo que pasé horas contemplando con inusual deleite el rugir de las olas entre las rocas, como si ese sonido fuese allí más armonioso que en ninguna otra parte. De veras es extraño el juego de la memoria con el tiempo, en realidad todo lo guarda, todo lo fotografía y lo deja metido en un cajoncito del que creemos haber perdido las llaves, pero no, sigue ahí, y algún ángel o demonio, quién sabe, sigilosamente nos prende en un dedo la llave perdida y nos quedamos embobados, pero enseguida nos abalanzamos hasta él y lo abrimos tras años de olvido, sin importarnos las consecuencias. Yo comencé por bajar el acantilado, y, en algún instante, ya no tenía reloj que marcase las horas, me veía subir desde allá abajo gritando y vociferando con otros niños.

Taha era el más rápido en trepar por las piedras. Todo nuestro anhelo era llegar al Balcón del Atlántico cuanto antes para disfrutar el atardecer. Nos sentábamos sobre la balaustrada y mecíamos las piernas perdiendo la vista en el horizonte, descubriendo lejanos mástiles hundiéndose en el borde del mundo. Lofti, las más de las veces, le daba la espalda al mar y prefería ver cómo las casas se teñían de oro, decía que Al-láh las pintaba con un fino pincel que mojaba en el sol. Era un espectáculo increíble, el dorado descendiendo por las fachadas, cayendo al suelo y arrastrándose quejumbroso, arañando la tierra como tratando de impedir ser engullido por las fauces marinas, y así, luchando por sobrevivir unos segundos más que la tarde anterior, los últimos rayos se  teñían de sangre, el fuego del averno, el resplandor del fragor de la batalla que se libraba más allá de nuestros ojos, pero otro día más el sol acababa sucumbiendo pese a la fiera resistencia.

Puesta de sol en Larache, desde el Balcón

El último en llegar era Pablo. Demasiado grueso para correr cuenta arriba. Era difícil que contemplase el crepúsculo con nosotros. A mi lado se sentaba invariablemente Luis, que aguardaba silencio, inmóvil, arrebatado.

Era lógico que de todos nosotros fuese Lotfi quien utilizara alguna metáfora para describir esos atardeceres, porque él era probablemente el más inteligente y tenía alma de poeta.

-Mira cómo cae el sol… Al-láh es grande. Utiliza unos pinceles muy finos que nuestros ojos no pueden ver. Es el amo del Universo –decía Lotfi”

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MOHAMED CHRIF TRIBAK, director de cine larachense / réalisateur

MOHAMED CHRIF TRIBAK

Mohamed Chrif Tribak es director de cine. Nacido en Larache, es de esas personas con las que te sientes a gusto en seguida, te transmite equilibrio y es un amigo entrañable y desprendido. Tuve el privilegio de verle rodar en un par de ocasiones, en Larache y en Tetuán, y me di cuenta de que  todos a su alrededor le respetaban y apreciaban sinceramente. Algo que no me extrañó. Sensible, retrata a la joven sociedad marroquí con humor (caso del cortometraje Balcón del Atlántico) o con cierta nostalgia (su primer largometraje El tiempo de los compañeros). Pero no ha desdeñado otros temas. Mawal, cortometraje de 2005, es un delicado ejercicio donde las imágenes y la música se dan la mano para hablarnos de un amor imposible. Premiado en varias ocasiones, Cherif Tribak es una de las más sólidas realidades del actual cine marroquí.                                                                                                                                                                                                                  (Sergio Barce)

Mohamed Chrif Tribak & Sergio Barce

Mohamed Chrif Tribak & Sergio Barce

Biografía:

Mohamed Chrif Tribak nació en Larache, en 1971. Formado en el seño de la Federación de Cine-Clubs de Marruecos, al que siguió un período de prácticas en la FÉMIS de París. Ha dirigido cinco cortometrajes, entre ellos Nassima (1998) y Balcón Atlántico (2003).

Su largometraje El tiempo de los compañeros (Le temps des camaradas) ha sido galardonado en la sección de Cine en Movimiento 2 del Festival de Cine de San Sebastián.

También ha realizado cuatro telefilms para la segunda cadena de la Televisión Marroquí, 2M.

El tiempo de los compañeros (Le temps des camaradas) (2008) es su primer largometraje.

MOHAMED CHRIF TRIBAK  Le temps des camarades

SI QUIERES VER EL TRÁILER DE ESTA PELÍCULA LO PUEDES HACER EN YOUTUBE EN:

http://www.youtube.com/watch?v=X_3kEUSNN-Q&feature=player_embedded

La biographie du réalisateur

Mohamed Chrif Tribrak est né à Larache, au nord du Maroc, en 1971. Formé au sein de la Fédération des ciné-clubs au Maroc, il a suivi un stage à la FÉMIS à Paris. Il a réalisé cinq courts métrages dont Nassima (1998) un court métrage de fiction et Balcon Atlantico (2003). Son projet Le temps des camarades, a été récompensé dans le cadre de Cinéma en Mouvement 2 (Festival de San SebastianEspagne). Il a réalisé aussi quatre téléfilms pour la deuxième chaîne nationale, 2M. Le temps des camarades (2008) est son premier long-métrage.

Fotograma de LES TEMPS DES CAMARADES

Fotograma de LES TEMPS DES CAMARADES

محمد الشريف الطر يبق من مواليد 1971 بالعرائش بشمال المغرب .تكون في الأندية السينمائية ثم تابع تكوينا بباريس, أخرج خمسة أفلام روائية قصيرة من بينها نسيمة 1998 الشرفة الأطلسية 2003و كدالك أربعة أفلام تلفزيونية للقناة الثانية .زمن الرفاق هو أول شريط روائي طويل له .

LES TEMPS DES CAMARADES

LES TEMPS DES CAMARADES

Galardones de su largometraje EL TIEMPO DE LOS COMPAÑEROS (Le temps des camarades) (2008)

La carrière du film :LE TEMPS DES CAMARADES Sigue leyendo

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«EN AQUELLA VENTANA, SOBRE EL BALCÓN DEL ATLÁNTICO», POR SERGIO BARCE

El pasado fin de semana estuve en Larache, y volví a  asomarme por aquella ventana. La luz era brillante y el olor a salitre traía imágenes de antaño. Al hacerlo, sentí una extraña sensación de vacío, como si de pronto me diera cuenta de que las cosas nunca son como las recordamos. La ciudad ha cambiado, el mar se ha embravecido, incluso la misma ventana ha aumentado de tamaño. Curiosamente, la casa sigue en obras, igual que cuando regresé por vez primera, como si fuera imposible arrancarnos de sus ladrillos.

en la ventana - octubre 2010

Tal vez sea eso, que dejamos allí incrustado demasiado afecto como para que unos cansados obreros sean capaces de sepultarnos en el olvido. Sin embargo, el actual dueño comentó que trataba de vender ese pequeño inmueble y de que ya tenía varias ofertas para derribarlo y levantar en su lugar un gran edificio de apartamentos. Saben que es la única manera de doblegarnos, de hacernos desaparecer de ese rincón, de borrarnos para siempre de aquella ventana…

Sergio Barce, 1 de Noviembre de 2010

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