«Me tendí en el sofá del salón para no quedar por mentirosa y puse la radio para distraerme. Estaban hablando del nuevo sultán, llamado Mohamed Ben Arafa. Me acordé entonces de la charla con doña Mimí y me picó la curiosidad. Necesitaba enterarme de lo que estaba sucediendo. Fui donde doña Benita y ella me lo explicó.
-El sultán exiliado es Mohamed Ben Yusséf -me explicó doña Benita-, y le han obligado a marcharse de Marruecos.
-¿Por qué?
-Porque desde que sucedió en el trono a su padre, Muley Yusséf, ha sido díscolo con las autoridades francesas, y además por las repercusiones de su discurso.
-¿Qué discurso?
-El que pronunció en 1947 en Tánger pidiendo la independencia de Marruecos.
-De eso hace muchos años, ¿no?
-En efecto, hace ya seis años, no obstante, con ese discurso encendió la llama independentista y su demanda se está estudiando en la ONU con el apoyo de los Estados Unidos de América.
Nos quedamos pensativas.
-En fin -concluyó doña Benita-, con esa proclama y con su indocilidad ha colmado la paciencia de los franceses, quienes han terminado por derrocarlo y echarlo del país.
Me volví a mi casa mohína. ¿Qué tendría que ver mi profesor con todas esas maquinaciones?, me pregunté desconcertada…»
“…Sentado en el banco cubierto por la toalla, un hombre descansa frente a mí después del baño. Está un poco calvo, lleva recortada su blanca barba y tiene una enorme barriga, como la mayoría de los hombres magrebíes de mediana edad. No lo distinguiría de muchos otros, salvo por una lágrima que le corre por la mejilla. Por un momento me parece que quizás no sea más que sudor, pero el hombre respira hondamente y en el suspiro muestra su pena, de una pérdida quizás, de lo que tuvo y no supo retener o de lo que nunca logró. Nunca había visto llorar a un marroquí. Sus movimientos son pausados, parece que le cuesta hasta respirar. Le busco con la mirada para entablar conversación con él y así saber qué le provoca ese dolor. Necesito matar mi curiosidad y resulto demasiado atrevido con la mirada fija, como hacen los niños que aún no conocen las reglas sociales. Sin embargo, el hombre sigue ausente y seguramente ni siquiera desee hablar con nadie. Se cubre con la chilaba de color gris que rima con su rostro ceniciento y se dispone a salir. Al cruzarse conmigo, le sorprende mi saludo y me da la mano deseando que disfrute con salud del hamman, pero me quedo intranquilo sin saber qué le ha ocurrido a este señor de barba blanca para que acabe llorando en público…”
“…Nunca me ha resultado tan agradable como hoy entrar en los baños, mojado como estoy por la lluvia, el calor resulta aún más reconfortante. Cuando por fin me instalo, me llama la atención desde el primer momento un hombre con la cabeza rapada que se encuentra junto a la enorme pila donde se llenan los cubos. La barba mal arreglada le enmarca la cara de mirada afilada. Su expresión es tan intensa que me resulta imposible dejar de mirarlo. Cuando se levanta, puedo observarlo al detalle. Lleva puestos dos calzoncillos blancos, uno ajustado y, por encima, otro con la goma dada de sí que le cuelga por debajo de las nalgas cuando se descarga un cubo de agua para refrescarse. Ha pillado la parte delantera con el más ceñido y así evita que se le caiga por completo. Es moreno de piel y de cuerpo robusto, seguramente por el trabajo en el campo o en alguna otra actividad que requiera intenso ejercicio físico.
Me habría olvidado de él si no hubiese sido por una mirada de uno de sus acompañantes. A su lado se encuentran en el suelo dos niños a los que grita todo el tiempo. Ya he visto antes ojos como aquellos que clamaban auxilio. Me alerta y analizo la situación. Nadie puede decir que les está pegando, pero no le hace falta levantar la mano para ejercitar un trato salvaje. Mi corazón se acelera. Nunca he visto una escena similar en el hamman. No les está golpeando, me digo, pero los somete con continuas órdenes, llenas de agresividad, con un asfixiante caminar a su alrededor, con su vigilancia sin descanso. Y no necesito esperar a que le aseste el primer puñetazo para comprender lo que ocurre entre ellos. Conozco bien esos ojos infantiles que piden ayuda: mi verde mirada reflejada en el espejo del baño que me servía de refugio. Y también los distinguí en ojos fraternales. Los latidos son cada vez más fuertes. Esta maldita escena que siempre me alcanza, por mucho que huya y me mude de ciudad, por mucho que corra y me cambie de país. Esa lucha de miradas, la salvaje y la temerosa, siempre terminan por atraparme y por remover todos los recuerdos…”
“…Me siento y disfruto contemplando a las distintas gentes del hamman, observando cómo se comportan, imaginando sus vidas, como el viejo que se limpia lentamente y al que se le van cayendo los calzoncillos, o el joven de bañador azul que parece tener algún problema que le preocupa porque no para de cambiar de sitio y en ninguno permanece porque no se encuentra a gusto, o el señor velludo que se echa champú incluso por su tupido pecho, o el viejecito que entra cubierto hasta la cabeza con una toalla tan ajustada al cuerpo que le dificulta el andar y que respira aliviado cuando la cuelga sobre un gancho de hierro en la sala fría o el ksel barbudo que en el vestuario lleva puesto un albornoz blanco y, por encima, aún otro estampado que diría que es de mujer, pero que con esa barba le da aspecto de marajá de Las mil y una noches. Estoy sentado mientras me cambio y los miro a todos ellos, se acerca el ksel de bigote para decirme que no ha podido atenderme antes. Me había olvidado de él, distraído por lo que veía, y le propongo que lo dejamos para otro día…”
DESNUDO DE TI
de Ouidad Benmoussa
Quién dijo que el cielo no escucha
No siente
No se cansa
No se pierde
No se entristece
No ama
Quién dijo que ella no se despierta con anhelo
Y con pasión se duerme
Él, que dice que su pecho no está repleto del gemido de la separación,
Del rugido de la despedida
Quién dijo que su noche ya no es como su día:
Una noche doliente
Y un día herido
Aquel cielo es mi semejanza
Ese soy yo
Desnudo de ti
A menudo me visto de este cielo
Y de mi yo
Para verte desde la hendidura del relámpago
Centelleando
Desnudo de ti
Me calienta la ausencia
Me cubre la distancia
Yo soy el extraño
Desnudo de ti
No me disimula ningún cuerpo.