Dentro de unas tres semanas, verá la luz mi última novela
UNA SIRENA SE AHOGÓ EN LARACHE
editada por Círculo Rojo.
Os adelanto lo que será su portada, con fotografía de Itziar Gorostiaga y diseño de cubiertas y portada de Luis Muñoz García.
Dentro de unas tres semanas, verá la luz mi última novela
UNA SIRENA SE AHOGÓ EN LARACHE
editada por Círculo Rojo.
Os adelanto lo que será su portada, con fotografía de Itziar Gorostiaga y diseño de cubiertas y portada de Luis Muñoz García.
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(Editorial Círculo Rojo)
Llega corriendo con la respiración entrecortada, el sudor empapándole. Sabe lo que va a ocurrir, como si fuera un imponderable fijado por alguna ley estricta e irrenunciable. El sol cae sobre el Zoco Chico desplomándose con pesadez y eso hace que la gente se mueva con lentitud, buscando el frescor de los soportales que embozan a las antiguas joyerías, guareciéndose tras las columnatas de los laterales. Tami tropieza con uno de los adoquines que asoma desnivelado en el suelo y un hombre, con el que choca, lo empuja y lo insulta por molestarle. Pero él no hace caso, sólo quiere llegar al puesto de su padre antes de que el almuédano llame a la oración del mediodía.
-¡Otra vez tarde! –Vocifera Mohammed al verlo aparecer.
Se levanta, repasando con la mirada los objetos que expone en su tenderete miserable, y luego escupe con sus ojos a Tami. Le lanza un guantazo que lo sorprende por lo inesperado y le deja marcado los dedos en la mejilla. El oído le zumba, es como andar cerca de un panal al que se hubiera agitado con violencia. Pero Tami no se queja, no abre la boca, aguanta el dolor y las lágrimas, que se traga en silencio.
-Tuve que acompañar al abuelo hasta Cuatro Caminos…
-Quédate aquí, y vigila hasta que vuelva. Siempre con excusas… No habrás estado por ahí robando a algún honrado pobre hombre, ¿eh? ¡Contesta! –Da un manotazo que no le llega, y luego se va meciendo la cabeza igual que un cabestro-. Ya no sé qué haces por ahí…
Sin volver a mirar a Tami, Mohammed sortea a los curiosos que merodean por los puestos que ocupan el empedrado del viejo Zoco Chico.
Los comerciantes que tienen sus bazares bajo los soportales mantienen una guerra soterrada con ellos, porque han invadido el espacio con sus cachivaches y sus productos de segunda mano, porque con las sombrillas y las telas que montan los tapan y nadie puede ver así sus escaparates y porque, para más infamia, no pagan impuestos como ellos. Pero se han hecho dueños de la zona y perjudican sus negocios legales. El tiempo se ha encargado de otorgarles una patente excepcional por la que nadie puede moverlos de sus puntos de venta, incluso la Baladiya les tiene miedo. Mohammed lleva ya en el suyo más de dos años, lo montó después de que lo despidieran de la Fábrica del Lukus. Hasta lograrlo, picoteó en un sitio y en otro: fue vigilante en el almacén de Andrés Mula e hizo de peón en una obra de Chicha, recogió castañas para venderlas en el zoco, trabajó incluso de jardinero en el Hotel Riad hasta que llegaron las excavadoras. Ahora el tenderete es lo único que le permite subsistir, lo único que se puede relacionar con el futuro.
Cuando se queda solo, Tami ocupa el asiento de su padre, una caja de Seven Up vuelta del revés. Se lleva una mano a la mejilla. Ahora sí le duele, como si sintiera el bofetón con retardo. Cuando su padre le pega, una tristeza escalofriante le sobrepasa y Tami no es capaz de reprimir la vergüenza. No sería capaz de explicarlo, pero no es vergüenza por lo que haya hecho o dejado de hacer, nada que tenga que ver con sus propios actos pues, a veces, las palizas de su padre no tienen una justificación previa, simplemente se acerca a él y la emprende a empellones o le abofetea o le da patadas hasta la extenuación. Cuando esto ocurre ante la presencia de su madre todo cambia; ella lo defiende y, en más de una ocasión, hasta ha llegado a arañar a Mohammed en la cara para que cese de pegarle. La vergüenza que le invade es, más bien, una congoja que, con el tiempo, se ha aposentado en su alma, fruto de la continua humillación a la que se ve sometido por su padre, construida con los epítetos que Mohammed le dedica con un asco inevitable y con los golpes que van grabándosele como muescas en la memoria.
Después del triste incidente del mercado, Mohammed ha encontrado la excusa perfecta para seguir zahiriéndole. Tami sólo desea que lo perdone, aunque sin demasiadas esperanzas de que ocurra pronto. Cuando lleva algún dirham encima su padre nunca cree que sean las propinas que consigue por llevar las cestas de la compra a las mujeres mayores desde el mercado hasta sus casas. Mohammed, pese a sus explicaciones, pese a que ha llegado a retarle a que pregunte a las propias mujeres, ha seguido creyendo que son el fruto de sus pequeños hurtos. La historia del melón ha venido a confirmarle definitivamente tantas sospechas, y a Tami, por el contrario, lo ha convertido en un mentiroso capaz de engañar a su propio padre. Todo esto le pesa como una losa.

Oye ahora la llamada a la oración y algunos hombres corren para llegar a tiempo a las mezquitas cercanas.
De pronto, ve a Ahmed. Viene de la Plaza de la Liberación acompañado de Jamal y de Taha. Lo saluda con un ademán de la mano pero su hermano mayor no se acerca. Tami sabe que Ahmed se avergüenza del puesto de su padre. Sólo lo ayuda a montarlo y a recogerlo, siempre de noche y de madrugada, cuando ya no hay nadie en el Zoco. Lo ve hablar con una chica, es guapa; se sonroja por algo que le susurra Ahmed al oído. Luego, todos ellos se esfuman entre la muchedumbre que se va multiplicando hasta que casi no se puede andar.
Sergio Barce, 2011
EL RAISUNI
«Esa misma mañana una parte del campamento, un grupo bien escogido, se puso en marcha con el estruendo del trueno. El resto se quedaba para mantener la posición de Akba el Hammara donde El-Cherif cobraba en dinero y en especies de los viajeros obligados a pasar por esa zona, y también para frenar las incursiones esporádicas que efectuaban las harkas del Majzén. De Akba el Hammara el El-Cherif se nutría de fondos para armar a sus huestes y hasta de nuevos seguidores, pues hasta algunos de los mercaderes a los que se les exigía tributo terminaban por unirse incondicionalmente a su causa.
Avanzamos con relativa rapidez y en esa jornada llegamos muy cerca de Asilah. Acampamos en una playa de onduladas siluetas rodeada de matorrales y alcornoques. No éramos más de treinta hombres. Al caer la noche, el sueño se apoderó de mí y apenas intercambié unas palabras livianas con Hakim el Fiero. Me agradaba su compañía. Tenía algo de filósofo y de adivino, y se advertía en sus cavilaciones que le importaban más sus hombres que cualquier otra cosa. Hasta ese instante, salvo Hakim, ninguno de los hombres me había ofrecido mayor confianza, aunque tampoco me sentía desplazado. Soñé, por supuesto, con Yadiya y ella ocupó mi primer pensamiento del día siguiente.
Me despertaron sin demasiado tacto, zarandeándome en el suelo.
-¡Levanta, Dukali Bencassim! ¡Vamos!
Hakim soltó una carcajada desde su caballo.
-Vamos, Jamal, sé más amable con el doctor…
Vi al hombre de la cicatriz inclinado sobre mí. Su cara burlona me miraba con una exagerada excitación.
-Levanta, levanta. Vienes con nosotros.
-Vamos de caza –añadió Hakim–. Despabílate.
Tan de cerca, pensé que la cicatriz que partía la mejilla de Jamal asemejaba un riachuelo reseco. Me incorporé aturdido y cansado. Mi caballo ya estaba listo. El hombre de la barba oscura y roma, con un movimiento rápido de gato montés, me acercó una torta de pan.
Sin apenas respiro, salimos de la playa internándonos en un bosque. Íbamos en fila. Primero Hakim el Fiero, luego el hombre más joven que había conocido en la jaima y del que aún no sabía nada, yo lo seguía de cerca, y, tras de mí, Jamal.
Sus caballos eran impresionantes, de pura sangre, fuertes, altivos. Estaban acostumbrados a largos desplazamientos y refriegas violentas. La yegua de Hakim tenía un pelo negro brillante cuidadosamente cepillado. La trataba como si fuese una de sus mujeres y acariciaba su cuello con suaves palmadas tranquilizadoras y animosas, y le hablaba al oído.
Jamal también montaba otra hermosa jaca, más alta, más presumida, con la crin canela cubriendo el robusto cuello del animal, de un tono más claro que el resto del cuerpo. Presumía de montura y, a veces, retaba a Hakim a una carrera de resistencia que solía ganar con soltura. El joven, en contraste con ellos, tenía un caballo negro azabache, nervioso, de sangre caliente.
Oíamos el gruñido de los jabalíes y el aleteo denso de las tórtolas, el rumor de las hojas de los árboles entrelazándose, un inmenso pulmón resoplando con lentitud. Vi cómo Hakim el Fiero desenfundaba su fusil y cómo el joven lo imitaba, así que supuse que Jamal haría lo mismo. Sus movimientos eran lentos y experimentados. Sabían moverse en la espesura, igual que una flor abriendo sus frágiles pétalos. Los caballos avanzaban pero sus pisadas eran igualmente mudas. Podía tocar el aliento del bosque, más cercano, más espeso y embaucador.
De pronto, Hakim levantó el fusil a medio cuerpo, como una prolongación de su brazo, y todos nos detuvimos conteniendo la respiración. Oíamos unos crujidos de ramas secas, luego unos golpes en el suelo y, a continuación, unos gritos agudos que inquietaban. Sentía el sudor por todo mi cuerpo.
El joven que me precedía desmontó y avanzó como una leve e imperceptible brisa, apenas rozando los matorrales. El negro brillo de su caballo era como un borrón de tinta en medio del verde silvestre. Los gritos se transformaron en un vocerío ensordecedor, de tonos agudos y graves, de adultos y de cachorros. Debía de tratarse de toda una manada.
Había perdido al joven de vista. Se había deslizado por entre Hakim y unos arbustos. De improviso, un silencio de bruma, áspero, incómodo. Hakim me miró por encima del hombro. Le iba a hacer una señal cuando silbó un disparo. El bosque se encogió y al instante los pájaros escaparon de sus nidos, los jabalíes salieron en estampida arramblando con todo lo que se les ponía por delante, los monos trataban de escapar de su cazador. Era un rugir aterrorizado de cientos de animales. Sentía que los mismos árboles parecían retraerse enmascarando sus espectaculares ramas verdes. El poder del fuego. El poder destructor del hombre.
Poco después escuchamos la voz del joven llamándonos. Había derribado a un macho, un mono enorme de pelo marrón largo y sucio, que tenía cara de anciano. Me impresionó su expresiva mueca contenida en su boca entreabierta, con los dientes amarillos asomando como el teclado de un viejo piano.
-Hoy tendremos un buen festín –bramó Jamal al contemplar el cadáver.
El joven era un cazador consumado. No había dejado de hablar de sus cacerías por esos bosques de Asilah. Los prefería a cualquier otro lugar porque los monos de esas tierras eran los más hermosos. Me pregunté si no era un grave pecado acabar con ellos si eran tan increíbles, pero mi reflexión no salió de mi boca. Los tres se mostraban tan entusiasmados con la presa que no me atreví a censurar su muerte.
Amarraron el mono a la grupa de la yegua de Jamal y proseguimos en busca de otra pieza. En el bosque se palpaba una indescifrable tensión, como si nos vigilaran desde las copas de los árboles. Un bosque de mil ojos. Un bosque de mil espíritus. Los djinn correteando, ocultándose tras de los troncos milenarios. Estábamos rodeados por los habitantes del bosque y, sin embargo, continuamos adentrándonos más y más en sus entrañas, como si desafiáramos sin decoro su poder telúrico.
Dimos con otro macho en plenitud de fuerza. También fue abatido por el fusil certero del joven, de un único y frío disparo. Hicimos un trecho del camino a pie y luego regresamos por la que pensé que había sido nuestra ruta de ida. Lo cierto es que todo el bosque parecía idéntico, un laberinto inextricable.
Al día siguiente, volvimos al bosque. Enseguida nos envolvió esa sensación de desamparo, de estar siendo observados desde todas las sombras. Buscamos incansablemente a las manadas de monos. Descubrí que el joven en particular disfrutaba de la cacería de un modo casi obsesivo. Sólo bastaba con escucharlo. Contó que, desde pequeño, ya se aventuraba por los montes cercanos a su aduar por el sólo placer de descubrir a los animales e imaginarse que los capturaba con sus manos. Por las noches, soñaba que su familia lo despertaba para que los defendiera de una furiosa jauría de chacales. Entonces él, tranquilamente, abandonaba su choza y les hablaba a los depredadores con su lenguaje de rugidos. Al poco, la jauría se apaciguaba y regresaba a la espesura del bosque. Era un sueño que se le repetía incansablemente.
Volvió el silencio. Seguíamos internándonos en el laberinto de árboles y en la maraña enloquecida de matas y arbustos. Entonces fue cuando escuchamos voces.

Para nuestra sorpresa, esa vez se trataban de voces humanas. Actuamos de la misma forma que habíamos hecho antes con los monos salvajes, acercándonos con el sigilo del leopardo. Creí entender alguna palabra en español, pensé que eran imaginaciones mías y no le di importancia. Era un murmullo, suave, acogedor. Yo trataba de imitar a los que me precedían y descabalgué con cuidado, mirando dónde ponía cada pie. Nos embozamos con los turbantes. Jamal me empujó suavemente para que me desentendiera de mi caballo. Estaban aleccionados, no iban a abandonarnos aunque los dejásemos sueltos. Las voces se hacían más claras, hasta que destacó sólo una que ofrecía café.
Reían. Eran dos hombres. Hakim dio un manotazo a los matorrales que los ocultaban y salimos a un mínimo claro del bosque. Allí estaban, en cuclillas, sorprendidos por nuestra irrupción pero en absoluto asustados. No movieron un músculo. Entonces lo reconocí y creí estar viendo a un fantasma.
Llevaba una barba más rubia que castaña, espesa, y los cabellos enmarañados y largos. Pero al enseñar sus dientes su sonrisa inconfundible me confirmó que se trataba de Roberto Sorzano. Tenía el mismo porte elegante bajo la chilaba negra aunque también era evidente su delgadez. El otro hombre era de tez oscura, mulato, de origen harratín sin duda, y por su actitud demostraba su condición servil. Embozado en mi turbante, Roberto no me había reconocido.
-¿Qué hace un enzeráni por estas tierras de Sahel? –La voz de Hakim el Fiero sonó como un trueno en el inmediato silencio que se había posado en ese lugar del bosque. Roberto y su acompañante seguían en cuclillas junto a la fogata y al café recién hecho.
-Vamos de viaje.
Luego oí al joven que serenamente se adelantaba y también adoptaba la posición acuclillada, muy cerca del fuego. Mostraba un temple extraordinario. No parecía ser de los que dudan ante un inesperado contratiempo. Lo había visto en su frialdad ante los monos enloquecidos y ahora en la tranquilidad con la que se acercaba a unos desconocidos.
-¿Podemos tomar café con vosotros?
-Nada me complacería más -respondió Roberto con igual determinación y temple. Seguía siendo el mismo, resuelto e irreductible en su orgullo, escueto y certero en su respuesta.
Oí a Jamal atando a los caballos a unos arbustos y luego nos acercamos a nuestro audaz acompañante, sin que ninguno hubiese descubierto aún su rostro. Vi cómo el compañero de Roberto se incorporaba y cómo traía de su caballo otra bolsa con káhua con el que preparó un nuevo cacillo. Mientras, nos observamos con aparente indiferencia.
Yo aún no sabía qué hacer pero sentía una alegría inesperada que se abría camino por mi pecho y hacía temblar mis manos. Fisgaba en los nuevos surcos que se habían dibujado en la cara de Roberto. Tenía ojos cansados. Cuando levantaba los párpados lo hacía con lentitud y a cada uno de sus movimientos le imprimía un no sé qué de pesadumbre.
-¿Adónde os dirigís? –Habló de nuevo el hombre joven. Ahora, a su espalda, aun cuando sólo veía su nuca, percibía una presencia poderosa. Inclinaba el cuerpo con elegancia, y sus ademanes eran lo suficientemente educados como para que Roberto pudiera sentirse tranquilo. Descubrí entonces que era tan precavido como osado, tan calculador como Roberto. Pero también más astuto.
Roberto había metido una mano en la chilaba. Jamal se llevó la suya a la empuñadura de su gumía. Me mordí la lengua para no descubrirme, reprimiendo mi desbordada alegría. De la faltriquera que se ocultaba bajo la tela negra, Roberto sacó su reloj de bolsillo, con su cadena de plata, miró la hora, chasqueó la lengua y volvió a guardarlo.
-Buscamos a El-Cherif –se la jugó, porque podíamos ser mejaznia del Sultán. No era difícil dar con hombres del Majzén disfrazados de bandoleros intentando así echarle el guante a los cabecillas rebeldes.
-¿A El-Cherif? –Remedó el joven. Mis acompañantes se miraron con sorna. Luego dijo, dirigiéndose a Roberto: O eres muy valiente o muy estúpido. Si te dijese que nosotros también andamos en su busca…
Noté cómo a Roberto, pese a mantener la sonrisa, se le había congelado el gesto, quizás se le había pasado por la cabeza que podía ser ejecutado allí mismo. Se llevó una mano al cuello para tocar el medallón de oro, su medalla con la efigie de San Sebastián. Esos detalles me acercaban su tiempo de destierro voluntario.
-Los hombres del Uzir Ba Hamed ya nos habrían detenido sin hacer preguntas… –mis compañeros rieron. Yo ya conocía su significado y me relajé.
-Vaya, el enzeráni tiene razón…
El mtállem había llenado dos vasos y nos ofreció café hirviendo. Yo no me moví al observar que tanto Jamal como Hakim aguardaban la reacción del joven. Éste se había descubierto el rostro y, tras coger el vaso, bebió tranquilamente. Decidí permanecer embozado cuanto pudiese, lo que no me resultó demasiado difícil ya que hasta entonces nadie me había prestado la más mínima atención.
Mi acompañante más joven se había sentado en el suelo con las piernas cruzadas. Sus ojos parecían afilados. Allí, a la mañana del claro del bosque, recorrí su barba y su piel inmaculada que contrastaba con las incrustadas fatigas que mostraban las de Jamal y Hakim el Fiero. Destacaba especialmente la mejilla herida para siempre de Jamal, que a veces parecía abrírsele como un gajo. Entonces el joven volvió a hablar.
-¿Qué quieres de El-Cherif?
-¿Puedes llevarme ante él? –Inquirió Roberto.
-Eres demasiado impulsivo, y eso es peligroso en estos días -volvió a dar un pequeño sorbo al café-. Quizás podría hacer algo por vosotros…
-Se alegrará de verme –la audacia de Roberto parecía no tener límites. Me pregunté qué pretendía con esa treta absurda-. Y también lo hará su lugarteniente, al que llaman Hakim el Fiero…
Apenas comprendía lo que estaba ocurriendo ante mis narices. Era una partida de ajedrez con trampas.
-¿Hakim el Fiero? –Fue el propio Hakim quien repitió su nombre con sorpresa.
-Me debe la vida. Como dicen por mi tierra, le saqué las castañas del fuego.
El joven miró a Hakim, que no apartaba sus dilatadas pupilas de Roberto. Estaba absolutamente perplejo. Pero una inesperada y ruidosa explosión de júbilo reventó de los labios del guerrero. Se abalanzó súbitamente sobre Roberto y lo abrazó estrechamente besándolo repetidamente en las mejillas.
-Loado sea el Profeta y Al´láh, Todopoderoso… ¡Yo soy Hakim y al fin veo tu feo rostro de enzeráni!
-Y yo el tuyo –añadió Roberto. Se fundieron en un nuevo abrazo. El mtállem se mostraba tan sorprendido como los demás que asistíamos a tan inesperado encuentro.
-He de suponer que tú eres el Diablo Rubio… –dijo el joven dando un bufido.
-Sí. Él es quien me ayudó en aquel infierno –añadió Hakim, orgulloso de estar al lado de Roberto Sorzano–. Si lo hubieseis visto luchar… era como si sus fuerzas nacieran del propio infierno. Jamás he visto tanto ardor, tanta ausencia de miedo en un hombre –había posado una mano en su hombro-. Si todos mis hombres fuesen como tú, nada podría detenernos… Has tenido suerte si pretendías encontrarme de esta manera.
-Me dijeron que podría hallar a El-Cherif en Sahel. Desde entonces, llevo varias semanas escarbando estas tierras.
-Así que en Sahel… A saber quiénes han sido tus informadores.
¿Te habrán seguido durante todo este tiempo? –Añadió Hakim entre dientes–. Y este interés tuyo por El-Cherif…
-Pensé que si lo encontraba, tú estarías con él…
-No te equivocabas, jái –y Hakim el Fiero se quedó mirando al joven que había terminado de beber sin prisas su café y que ahora se incorporaba lentamente-. Estás ante el hombre cuyo nombre es pronunciado una y mil veces por el viento… El señor de las montañas y descendiente del Profeta Mohammed, al que Al´láh, nuestro Hacedor, bendiga cada día. Estás ante Muley Ahmed Ben Mohamed el Raisuni el Alaui el Edrisi el Hassani, aquél a quienes unos llaman el Águila de Zinat y tú El-Cherif.

Roberto se adelantó con presteza y besó el borde de su chilaba. Luego, hizo lo mismo con sus pies. Súbitamente, ese hombre se había transformado ante mis ojos como si pasara de su hasta entonces evidente juventud a la plenitud de la madurez, y un temeroso respeto sustituyó a mi anterior indiferencia. Entonces oí a Jamal que, con risas entrecortadas, balbuceó:
-Dukali Bencassim… pareces una estatua de sal ¿Te has comido la lengua?
-Una de mis esclavas lo ha embrujado –añadió Hakim.
Estaba tan aturdido que apenas los oí. Eran demasiadas sorpresas, demasiadas emociones, y, no obstante, pude ver cómo la cara de Roberto se congestionaba tratando de reconocerme tras el embozo del turbante. Cuando me apretó contra su pecho, noté que su emocionado temblor era el mío y que las lágrimas que caían sobre mi cuello eran de una sinceridad hiriente.»
Se trata de unas minorías que viven y que sangran ante la indiferencia de todos: la vida queda sostenida aquí por el nostálgico recordar (una historia inocente, una amistad, un romance de amor…) y la gangrena motivada en el relato por el espectáculo desolador de un “rebaño” condenado en las profundidades del mar por ser marginado y desprovisto de una seña de identidad. Pero es también gangrena el triste espectáculo de un Larache que va acabando con su historia a favor de una política del cemento y del lucro; y el del despiadado mundo occidental en que la lógica del consumo determina el ser o el no ser. Así, del presente de la narración, que implica la cruda realidad de las pateras, nos trasladamos al nostálgico recuerdo que nace de chispas y cenizas, y finalmente a la búsqueda del otro, es decir de si mismo.
La calidad de la obra, la atestigua la alta calidad intelectual de los miembros que integran el jurado: Luís Mateo Díez, Premio Nacional de Narrativa y miembro de la Real Academia de la Lengua Española, Clara Janés, poeta y traductora (Maître es Lettres por la Universidad de la Sorbona), Jon Juaristí, Premio Nacional de Literatura y ex Dctor del Instituto Cervantes, Luís García Montalvo, escritor, y Manual Borrás, editor.“No deshice las maletas siquiera cuando Antonio ya se había dormido derrotado por el viaje. Su respiración era silenciosa, el pecho subiendo y bajando lentamente. Resulta sorprendente cómo los sentimientos logran embaucarnos, era como estar allí con mi hijo pequeño, nada ha ocurrido y soñaba, pero sólo se trata de una engañosa ilusión que nos hace un quiebro, tal vez el aire, respirarlo de nuevo y sentir que estás ahí, qué sé yo. Cubrí a Antonio con una sábana, y aprovechando su sueño bajé las escaleras del hotel y me marché en seguida al Balcón para contemplar de nuevo, una vez más, el lento descenso de Hércules en busca de su descanso en el inmenso Atlántico, el océano infinito. Girándome, encontraba también allí, frente a la balaustrada, la casa que compré cuando nació mi hijo, ya desvencijada, y la emoción se multiplicó en mi pecho. Quise oír su vocecilla tímida pero entusiasta llamándome desde la ventana…
Creo que pasé horas contemplando con inusual deleite el rugir de las olas entre las rocas, como si ese sonido fuese allí más armonioso que en ninguna otra parte. De veras es extraño el juego de la memoria con el tiempo, en realidad todo lo guarda, todo lo fotografía y lo deja metido en un cajoncito del que creemos haber perdido las llaves, pero no, sigue ahí, y algún ángel o demonio, quién sabe, sigilosamente nos prende en un dedo la llave perdida y nos quedamos embobados, pero enseguida nos abalanzamos hasta él y lo abrimos tras años de olvido, sin importarnos las consecuencias. Yo comencé por bajar el acantilado, y, en algún instante, ya no tenía reloj que marcase las horas, me veía subir desde allá abajo gritando y vociferando con otros niños.
Taha era el más rápido en trepar por las piedras. Todo nuestro anhelo era llegar al Balcón del Atlántico cuanto antes para disfrutar el atardecer. Nos sentábamos sobre la balaustrada y mecíamos las piernas perdiendo la vista en el horizonte, descubriendo lejanos mástiles hundiéndose en el borde del mundo. Lofti, las más de las veces, le daba la espalda al mar y prefería ver cómo las casas se teñían de oro, decía que Al-láh las pintaba con un fino pincel que mojaba en el sol. Era un espectáculo increíble, el dorado descendiendo por las fachadas, cayendo al suelo y arrastrándose quejumbroso, arañando la tierra como tratando de impedir ser engullido por las fauces marinas, y así, luchando por sobrevivir unos segundos más que la tarde anterior, los últimos rayos se teñían de sangre, el fuego del averno, el resplandor del fragor de la batalla que se libraba más allá de nuestros ojos, pero otro día más el sol acababa sucumbiendo pese a la fiera resistencia.
El último en llegar era Pablo. Demasiado grueso para correr cuenta arriba. Era difícil que contemplase el crepúsculo con nosotros. A mi lado se sentaba invariablemente Luis, que aguardaba silencio, inmóvil, arrebatado.
Era lógico que de todos nosotros fuese Lotfi quien utilizara alguna metáfora para describir esos atardeceres, porque él era probablemente el más inteligente y tenía alma de poeta.
-Mira cómo cae el sol… Al-láh es grande. Utiliza unos pinceles muy finos que nuestros ojos no pueden ver. Es el amo del Universo –decía Lotfi”