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LARACHE vista por… PIERRE LOTI

PIERRE LOTI

En el mes de Marzo de 1889, Pierre Loti llega a Marruecos. Su experiencia en el país la detalla en «Viaje por Marruecos» (Au Maroc, 1890), uno de los libros de viajes más hermosos que he leído. En España, lo ha publicado la Editorial Abraxas, Barcelona, en 1999.

 Es un libro lleno de realismo, pero también de lirismo. Sus descripciones del Marruecos de fines del siglo XIX se demoran en el ambiente, en los colores, en los detalles, y dota a su relato de una vitalidad increíble. Cruzamos el país a su lado, y sus palabras nos convierten en compañeros de su viaje.  

El día 6 de abril de 1889, Pierre Loti escribe lo siguiente al llegar a la zona de Larache:

Vamos a cambiar de tribu por lo que parece, para entrar en el territorio de El Aric. Ya está allá a lo lejos, esperándonos, en lo alto de una colina, un centenar de jinetes. A través de la lluvia cegadora, se los divisa en grupo casi fantástico, erizado de largas espingardas delgadas, todos de blanco, envueltos en sus albornoces, calado el capuchón, sin hablar, sin moverse. Es chocante verlos inmóviles, como momias, sabiendo como sabemos que ahora al punto va a acometerlos un vértigo de velocidad y que en su carrera furiosa el viento flameará en torno de ellos mil cosas revueltas: albornoces, turbantes destrozados, sueltas crines y largas colas.

Al frente de los jinetes, encapuchados y momificados aún, avanza el caíd para alargar la mano al ministro. Posee un rostro de santo profeta, regularmente hermoso, dulce y místico. Lleva un caftán de paño rosa, con un albornoz blanco sobre otro azul, y el caballo que monta es gris rodado, con amases de seda verde reseda, bordados de oro. El lugarteniente que lo acompaña ofrece por contraste un rostro cruel, de pequeña nariz ganchuda. Su caballo es albazano, con silla azul; su caftán de paño castaño y su albornoz de color de pizarra. Es tal la luz de estas tierras, que hasta en un día triste y lluvioso como el de hoy, la combinación de estos matices comunica un brillo a los trajes que jamás lo alcanzaría bajo nuestro cielo de Europa.

A pesar del aguacero, es menester presenciar la gran corrida de pólvora de bienvenida.

Pierre Loti

Todos a la vez, los jinetes se despojan de sus capuchones y espolean a sus caballos, que, alta la cabeza, se disparan con saltos furiosos… ¡Alah! Y entre relinchos y alaridos comienza la carrera, revuelan los ropajes y giran por el aire las espingardas…

LARACHE – ofrenda al Santuario de Sidi Embarek

Las tres cuartas partes de los disparos fallan bajo el torrencial chaparrón, y el caíd se disculpa, exponiendo que la pólvora está mojada. Pero, a pesar de ello, es hermoso y cautivador el espectáculo; acaso resulta más atrayente aún que bajo un cielo azul y despejado; jinetes enloquecidos, lluvia fustigante, nubes negras, todo parece arrebatado por el viento en un mismo torbellino.

En esta nueva escolta que nos acompañará hasta mañana, bajo los amplios turbantes, brillan algunos pares de ojos perfectamente salvajes.”

Como ya digo, es un libro hermoso sobre el Marruecos de esa época, y como muestra este otro fragmento cuando se encuentra en Fez:

Hoy es Viernes Santo… (…) el viernes, en tierras del Islam, es un día para el pueblo, como entre nosotros el domingo, un día de reposo y de compostura. Por esto las mujeres, más numerosas hoy que de costumbre y mejor trajeadas, llegan por las portezuelas de las garitas que sirven de remate a las escaleras de sus casas, surgen una tras otra a los terrados, esponjándose como pájaros, y esmaltan por doquier con sus brillantes vestiduras las viejas terrazas grises.

(…) Las mujeres se pasean por grupos, o se sientan, para charlar, en los bordes de los muros, con las piernas colgando hacia el patio o hacia la calle; o bien se tumban descuidadamente boca arriba, con los brazos cruzados bajo la nuca. Visítanse de una casa a otra, asaltándolas con ayuda de una escalerilla o de una tabla que sirve de puente. Las negras, esculturales, llevan en las orejas grandes aros de plata, sus ropas son blancas o verdes, encuadrando su rostro en pañuelos de seda.

(…) Las árabes blancas, sus señoras, usan túnicas de seda brochadas de oro, atenuadas bajo tules bordados; sus mangas, anchas y largas, dejan libres sus bellos brazos desnudos, cargados de ajorcas. Anchos cinturones de seda y oro, rígidas como fajas de cartón, sostienen sus senos. En todas las frentes se ostentan redecillas formadas por una doble hilera de cequíes de oro, de perlas o de pedrería, y, encima de ellas, se alza la caperuza, la alta mitra, adornada siempre con telas de gasa y de oro, cuyas puntas cuelgan y flotan por la espalda, unidas a la mata de destrenzados cabellos. Caminan con la cabeza inclinada hacia atrás, y los labios abiertos sobre los blancos dientes. Balancean las caderas algo exageradamente y con voluptuosa lentitud. Sus ojos, ya de por sí muy grandes y muy negros, se prologan hasta las sienes con toques de antimonio; muchas de ellas se pintan, no con carmín, sino con bermellón puro, como en búsqueda salvaje de lo inverosímil. Sus mejillas parecen retocadas con espeso minio, y en sus brazos y en sus frentes aparecen tatuajes azules.

Todo este lujo, que se vela uniformemente de blanco grisáceo cuando se trata de pasear como misteriosos fantasmas por el dédalo de las estrechas callejuelas fangosas, se  muestra aquí plácidamente a plena luz. Esta ciudad, que parece tan sucia y tan negra al que la recorre sin levantar la cabeza, despliega toda su vida femenil elegante por la tarde, sobre los terrados, a las horas doradas del atardecer. Amas y esclavas, sin distinción de castas, se mezclan riendo juntas, y, a veces, abrazadas con apariencias de completa igualdad.

Y ningún velo cubre estos rostros que van por la calle tan cuidadosamente recatados. Por eso los hombres no deben subir jamás a las azoteas de Fez.”

 PIERRE LOTI nació en Rochefort, en 1850, y murió en 1923. Su verdadero nombre era Julien Viaud. Fue escritor, viajero y oficial de la Marina francesa. Otras obras suyas son «Japoneries d´Automne», L´exilée», «Le désert», «Jérusalem» o «Journal intime».

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Nuevos cuadros del pintor larachense HAKIM EL HARRAK

Comandancia

En Diciembre del pasado año, dediqué un artículo a mi amigo HAKIM EL HARRAK, pintor nacido en Larache. Ahora, Hakim me ha enviado sus nuevos cuadros que hablan de nuestra ciudad, que la retratan. Su pintura es tan sencilla como él, sin artificios, directa, plasmando lo que siente en cada momento. La Comandancia, ahora Casa de la Cultura, pero que Hakim sigue titulando como todos conocen en Larache al inmueble, rodeado de un verde vivo, trazada con esmero, como si con su pincel reparara los años y la vejez del edificio.

Calles y puertas de la Medina, solitarias, donde el eco de las pisadas se pierde entre las luces que caen en perpendicular, puertas entreabiertas, invitando a entrar, quizá sólo a asomar la cabeza con pulcritud. Hay en sus trazos un aroma a silencio, nadie perturba el paisaje, un Larache adormecido, quizá una metáfora del Larache que es hoy. Silencio, pues, en medio de la soledad.

El espigón, el faro, el acantilado. Aquí, sin embargo, opta por colores más intensos, la nocturnidad en ciernes, las luces de las casas como prueba de vida, pero una vez más el silencio de ese mar callado, tranquilo, nada agitado, con las tonalidades de azul y cobalto, el cielo ardiendo, en un resto de crepúsculo rojizo que es embozado por un cielo de nubes, contraste del azul y del naranja en llamas.

Un retrato fiel del perfil de Larache, imagen repetida en todos los artistas larachenses, desde Manuel Balaguer hasta el propio Hakim el Harrak, todos ellos encantados por ese corte perfecto al abismo del mar y que observan junto a sus caballetes, con el pincel apoyado suavemente en la paleta, sobre otro tono azul o celeste o en el naranja enrojecido, hipnotizados por el fulgor periódico e intermitente del viejo faro, oyendo voces que llegan desde el Balcón, a sus espaldas, absortos, prendados por ese paisaje imborrable grabado en la memoria.

Sergio Barce, octubre 2011

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LARACHE vista por… LEÓN COHEN MESONERO

León Cohen

León Cohen Mesonero me ha enviado un nuevo relato. Esto se está convirtiendo en una especie de buena costumbra entre ambos, o quizá sea una hermosa y fretarnal competencia por narrar todo lo que sentimos por Larache. Sea cual sea la razón, el hecho es que recibir los escritos de León son una buena razón para mirar Larache desde su prisma. Esta narración que hoy reproduzco es su particular visión, nostálgica y llena de cariño, a uno de los lugares más emblemáticos de la ciudad: el Jardín de las Hespérides.

Ya que hoy termina el Rosh Hashaná al anochecer del día, qué mejor que pasear por el Jardín de las Hespérides aferrados a las palabras de León Cohen.

Sergio Barce, septiembre 2011

“…donde río, mar y tierra concertaron sus nupcias estivales mientras Hércules era amamantado justo arriba, en la colina,  junto al Jardín de las Hespérides”.

Camisas Mojadas (León Cohen)

Jardín de las Hespérides de Larache

 El Jardín de las Hespérides

Lo recuerdo circunscrito por sus alrededores: a la derecha, el cementerio de Lalla Mennana, a su izquierda, el edificio de Correos, enfrente, el colegio de la Alianza Israelita y una especie de “fondak”, y en su flanco trasero, las murallas del Castillo de la Cigüeña. En él desembocaba la “Calle Guerisa” o Calle Gris, callejón éste que yo solía recorrer a menudo, pues comunicaba  la Calle Italia con la Avenida de las Palmeras, en realidad era una suerte de “bypass” para unir la Medina con el pueblo nuevo.  El jardín era lo que ahora se conoce como parque, más bien de poca extensión y corto recorrido, con árboles muy altos y en el centro una pequeña jaula de “titís”. Recuerdo sobre todo el olor a mono, que siempre me ha repugnado. Los niños que éramos, atravesábamos el parque para salir a la conocida como Cuesta del Aguardiente. De esta cuesta, casi todos los niños larachenses de la época presumen de haberse tirado con el carrito de madera con ruedas de rodamientos. Para ser sincero, yo no tengo constancia en mi memoria de haberlo hecho nunca, aunque sí que recuerdo a algunos chiquillos que lo hacían con gran habilidad, pues había que ser muy diestro para controlar una bajada de pendiente bastante pronunciada.

¿Qué no sabrá ese jardín de amores prohibidos u ocultos, de encuentros secretos a la luz de la luna, de contrabandeo? Imagino a Zohra y a Rachid o a Rebeca y a Yusito o a Loli y Joaquín, paseando por la noche, en busca de las manzanas doradas de la inmortalidad (fruto del huerto que cuidaban las tres ninfas griegas, llamadas Hespérides) o en busca de rincones ocultos, donde dar rienda suelta a su amor hecho de efímera eternidad. Ignoro las razones por las que siempre situé en mi imaginación infantil, el encuentro de despedida del padre de mi prima Flora, ingeniero de caminos, canales y puertos venido de Bilbao y de mi tío Yudá (ambos republicanos) en algún lugar del jardín, días antes del Movimiento. Uno se fue a Venezuela y el otro sería una víctima más de la guerra fratricida. ¿Qué mejor lugar para un encuentro clandestino?

León del Jardín de las Hespérides – foto de Javi Lobo

Y los dos leones de mármol, esa pareja de custodios que sustituyeron a Ladón, el dragón de cien cabezas que dejó la diosa Hera en la mitología griega, para proteger su Jardín: ¿Qué o a quienes no habrán visto pasear por la Avenida de las Palmeras? ¿Recordarán aquel 18 de Julio, los disparos y el movimiento de camionetas cargadas de milicianos o de rebeldes, cuando estos últimos trataron de tomar el Edificio de Correos? ¿Y aquel día de 1956 cuando se armó la de Dios es Cristo contra el Raisuni? ¿Y los desfiles de la Victoria? Aquellos dos leones de mármol a la entrada del Jardín eran un símbolo y al mismo tiempo unas estupendas posaderas que todos los niños de Larache y los menos niños, montaron, agarrados a sus crines cual Samsones diminutos e imaginarios.

  ¡Ah mi jardín de la primera infancia, de mis primeros saberes y de mis descubrimientos!

¡Jardín de los mil secretos y de los mil encuentros!  

¡Jardín de los misterios!

¡Jardín de los frutos prohibidos!

¡Cuántas veces te recorrí y cuantas veces he vuelto a recuperarte en sueños!  

                                                           León Cohen, 2011

León Cohen sobre uno de los leones del Jardín, 1982

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EL KIPUR Y LAS LESHINAS DE LARACHE, por el doctor larachense JOSE EDERY BENCHLUCH

Hoy comienza el Rosh Ashaná. el Año Nuevo hebreo, que se celebra el primer y segundo dia de tishrei (primer mes del calendario hebreo) y que este año comienza al atardecer del día 28 de septiembre y acaba al anochecer del día 30, del año hebreo 5772.

Como manda la tradición larachense, cuya costumbre hace que siempre celebremos juntos las fiestas de las otras confesiones, para felicitar a mis amigos hebreos por esta fiesta, tengo la suerte de contar con un divertidísimo y curioso texto de mi paisano y amigo José Edery Benchluch, referencia para todos los larachenses.

JOSE EDERY

José Edery nació en Larache en 1938 (como él diría, ya ha llovido). Licenciado en Medicina y Cirugía por la Universidad de Granada, ha estado siempre vinculado al Servicio Exterior de España, especialmente en el continente africano. Ha sido, entre otras cosas, Director del Gabinete Médico del Ministerio de Asuntos Exteriores. Es autor de numerosos tratados, y como me ha contado en más de una ocasión, siempre habla en sus libros de Larache, aunque sólo sea en una línea. Me ponía como ejemplo que, al redactar una guía sanitaria de África, si describía una plaza de alguna ciudad siempre añade «muy parecida a la plaza de España de Larache», y así ya cumplía su promesa de escribir siempre algo de su querida ciudad en todos sus libros.

SERGIO BARCE & JOSE EDERY

José Edery nos regala el texto que a continuación reproduzco, igual que nos viene regalando su amistad, su simpatía y su extenso conocimiento. Si alguien puede hablar de la Aixa Candixa, de quién vivía en una casa determinada en una de las calles de la Medina, de qué ocurrió en Larache en tal año, de quién es familia de quién en su ciudad natal, es él, nuestro particular y vivo libro de consulta. Y, sin ser pretencioso, contar con su amistad es un privilegio.

Sergio Barce, septiembre 2011

El Kipur y las leshinas de Larache

por  el Dr. José Edery Benchluch

                  Ayer tarde, comenzando el mes de Elul, mi esposa Loly me compró en el mercado unas naranjas pequeñas, muy verdes y agrias, pues sabía que me gustaban. Lo que desconocía es que me inspiraría las siguientes líneas, cuando me desperté de madrugada bañado en sudor, al rememorar por su especial sabor y aspecto recuerdos de mi ciudad natal y de sus pascuas.

                Había sido una calurosa noche madrileña sin que pudiera precisar si correspondía al “veranillo de San Miguel” llamado también ”de los membrillos”, que era un pequeño periodo de calurosos días posteriores al verano; o era que el verano todavía arreciaba en la capital con sus altas temperaturas. Casi echaba de menos el frescor jerosolimitano de las semanas anteriores que había pasado con mi familia con ocasión de la magnífica e inolvidable boda de mi hija Sara con Michel Glanstein en Tierra Santa.  Así como la frescura del aire al atardecer de Beer Sheva en pleno desierto del Neguev; y hasta de la húmeda brisa marina matinal y vespertina  por los paseos marítimos de Tel Aviv y Herzelya Pituah (donde está situada la Residencia de la Embajada de España).

                  Lo único positivo del calor madrileño era que el sacrificio por despertarme era menor en abandonar el lecho de madrugada para acompañar en la esnoga (sinagoga) a mis correligionarios en meldar (J= rezar) las Selijot. Pero en esos instantes se me planteaba un dilema religioso y conyugal. Por un lado el abandono de la frescura de la cama tras una calurosa noche, era aprovechado instintivamente por la adormilada pareja para extender sus cuatro miembros, colocarse boca abajo y tomar total posesión de toda la anchura del lecho. Postura cuya visión  suele exacerbar en unos instantes la libido marital, sobre todo que casi siempre suele ir acompañada del  involuntario y despreocupado movimiento de una “descolocación erótica” del camisón. Unido ello que a nuestra edad el súbito pensamiento libidinoso se ve favorecido por la plenitud de la vejiga urinaria rellenándose durante la noche, que incide en la próstata, y traduciéndose en la consabida y momentánea erección matinal. La pregunta de Shakespeare del “ser o no ser” hubiera sido en esta situación: ¡Relaciones o bien Selijot¡   

                Las Selijot o “rezos de perdón” son las preces que se efectúan antes del amanecer durante los cuarenta días que preceden al Yom Kipur o “Día del Perdón”. Su nombre  proviene de la voz shlijá que significa en hebreo perdón aunque también puede referirse a reflexión. Es el meldado (J= recitado o rezos) que durante el mes de Elul y parte de Tishri se hace al muddem (J= relacionado con el amanecer del almuédano) poco antes de que amanezca, de los Trece Atributos de Misericordia de Moshé Rabenu como viene explicado en el Pentateuco en Shemot (H= Éxodo). Se conmemora y rememora la oración de petición de perdón para su pueblo cuando Moisés (Moshé Rabenu) subió al Monte Sinaí para recibir por segunda vez las Tablas de la Ley. Es como una preparación diaria comenzando en el mes de Elul, mes que precede al de Tishri (primer mes del año), como preparación a la teshuvá que culminará durante las tefilot  (H=oraciones) en las fiestas de Roch Achaná y en Kipur.

                 La teshuvá (H=retorno) se refiere al regreso a la ortodoxia y fe judía y es un requisito para la salvación del cual depende el que retorna a las creencias del judaísmo (Baal Teshuvá). Los ashquenazís suelen comenzar las selijot aproximadamente una semana antes de Rosh Achaná (H= cabeza de año); y a diferencia de los sefardíes se ponen el talet gadol o manto ritual de oraciones, aunque todavía sea de noche y tocan el shofar (cuerno ceremonial de carnero) todos esos días en las tefilot (H=oraciones) del shahrit (rezos matutinos). Recuerdo que en algunas esnogas (J=sinagogas) de Marruecos y Túnez el shaliaj shibur (oficiante principal) se ponía el talet gadol como para darle mayor solemnidad al acto, y algunos fieles también lo usaban siempre que el talet se lo prestasen.

                Cuando terminé el shahrit en la Esnoga  Bet Yaacob (“Casa de Jacob” en recuerdo del banquero Jacob Zafra) la principal sinagoga de Madrid y una de las dos que suelo frecuentar con asiduidad (la otra es Or Hayeladim) y tras desayunar con algunos amigos en la cercana cafetería “La blanca doble”, en la calle Santísima Trinidad, continué por la calle Eloy Gonzalo. Atravesé la popularmente llamada Plaza de Iglesia (Plaza del Pintor Sorolla) y me dirigí a la cercana calle Alonso Cano, donde estaba situado el conocido mercado en el que durante unos años estuvo ubicada una excelente carnicería cacher (que sigue las normas dietéticas judías en el sacrificio de animales) o kosher para los ashquenazís. Amen de ser conocido el mercado por los judíos oriundos de Marruecos por sus excelentes, aunque siempre caras, turmas o criadillas de tierra o terfas (AM). Estos hongos se cocinaban tradicionalmente en Pessaj (Pascua) con cordero y en Marruecos con el pez fluvial alosa en su variedad sábalo o shabel (AM), siendo los más apreciados los del río Lukus (Larache), del Ued Sebú (Kenitra) y del Bou Regreb (Rabat-Salé). 

                  Mi propósito era comprar si habían llegado por lo temprano de la temporada membrillos y azofaifas, que junto a las granadas, manzanas y dátiles eran los frutos que se bendecían en la cena de las dos primeras noches de Roch Achaná en la Diáspora o Tefutsot y en el Galut o exilio (una sola noche en Eretz Israel). Las granadas me las había comprado mi cuñado Hary Weiss de Beer Sheva de donde las traje, así como los dátiles de Jericó me los proporcionó mi cuñado Ilan Barkay en Kiryat Gat (el destino principal de los primeros tetuaníes que hicieron Aliá).Y mi paisana larachense Bella Buzaglo me había preparado del árbol de su jardín de Jerusalén una rica carne de membrillo, por si no encontraba el fruto en Madrid. Las azofaifas me las solía procurar en años anteriores de su finca malagueña en Alhaurín el Grande, mi amigo y colega el Doctor Juan Martín, sempiterno alcalde de la ciudad. La azofaifa es el fruto del árbol azofaifo (denominación de origen árabe) que es una drupa comestible de unos 2-3 centímetros, como una aceituna morada cuando está madura, dulzona y con textura parecida a la manzana; produciéndose su maduración a finales de verano. 

                 Por lo temprano de la hora las calles madrileñas estaban todavía desiertas, y las mercancías comenzaban a apilarse en los mostradores del mercado. Pero lo que inmediatamente me llamó la atención fue un gran montón de verdes naranjas junto a otro menor de verdes mandarinas. Eran las primicias de las primeras cosechas, con pocos compradores habituales madrileños. Inmediatamente me vino el recuerdo de los montones de esas verdes y agrias frutas tempranas, denominadas leshinas en jaquetía, que en los zocos larachenses del Mercado de Abastos y del Zoco Chico, así como de los de otras ciudades magrebíes, inundaban los suelos y tenderetes de los mercados. Vendían  las frutas la mayoría de las veces mujeres indígenas sentadas en el suelo y cubiertas con sus típicos vestidos de Yebala o del Rif y con grandes y amplios sombreros de paja para protegerse del intenso sol. Los presentaban en pequeños montones (AM= serram; J= arrom) a ras de suelo el conjunto, sin especificarse el peso que voceaban al grito de letshin  jdarim hamedin. (AM= “!Naranjas verdes agrias!”).

                Claro que también solían anunciar con las mismas voces las laranshas merrin que eran las naranjas amargas cuya pulpa se utilizaba en la cocina judeo magrebí para hacer ensaladas, generalmente molidas y mezclándolas con naranjas normales, aceite de oliva, ajo y apio; y que según se decía tenían la propiedad de abrir el apetito en los niños con pocas ganas de comer. La cáscara junto a la pulpa se utilizaba para confeccionar mermeladas y su gruesa cáscara para elaborar letuarios o fruta escarchada. Su árbol productor es un pequeño naranjo que los califas de Córdoba habían introducido en España como árbol ornamental y que hoy en día todavía podemos contemplar en plazas y jardines de las principales ciudades andaluzas. Sus flores de azahar junto al azahar del limonero son las más utilizadas por su espesor y consistencia para hacer confitura.

calle Real

                En Larache, durante el Protectorado de España, con una población judía de unas tres mil personas, casi todas las esnogas se ubicaban en las callejuelas laterales que derivaban de la Calle Real, que era la arteria principal de la ciudad antigua. No existía judería como tal, ya que en dichas calles de mayoría judía, también vivían en armoniosa vecindad musulmanes y cristianos. La excepción territorial de ubicación de estas esnogas era lo que se denominaba “El Barandillo”, que era como un paseo marítimo en la parte baja de la ciudad, donde antaño las olas del mar lamían y hasta sobrepasaban en los grandes temporales su larga y trabajada balaustrada de piedra. En el lateral del paseo, en sus  casas frente al mar se situaban entre otras esnogas la de Bendayán, que era la única de la ciudad que tenía una hazará (galería para las mujeres) balconada. Ya que las demás esnogas las mejitzas o separación de hombres y mujeres (el matroneum romano) solían ser habitaciones separadas del lugar de rezos por ventanales, celosías, mamparas o puertas. Situándose en una de estas casas del Barandillo el único mikvé (hamám o bañera y estancia especial para baños rituales) público para judíos(as) de la ciudad.

                El Kipur por la tarde entre la minjá (oración de la tarde) o antes de esta y antes de comenzar la Nehilá (el momento más solemne y determinante para nuestros pecados del “Día del Perdón” que culmina todas las plegarias anteriores con el emotivo e inigualable sonido del Shofar) los jóvenes solíamos pasear recorriendo el Barandillo para intentar conversar con las jóvenes y adolescentes. Ese día estaban muy radiantes luciendo su mejor vestido que generalmente habían estrenado en Roch Achaná, al igual que los niños y jóvenes que también solían estar de estreno. El pretexto de la aproximación era ofrecerles una verde leshina (J= naranja o mandarina) cuyo olor mitigase o aliviase un poco el ayuno que estaban soportando en ese día tan sagrado. Y para obtener estas primeras y olorosas frutas “visitábamos” unas pequeñas huertas propiedad de musulmanes, situadas en un altozano frente al cementerio viejo, y a espaldas del cementerio de Lala Menana el Mesbahía, la santa patrona de la ciudad.  Los sábados por la tarde después de comer la dafina u oriza, estas huertas, donde los propietarios les preparaban té con nahná (AM= hierbabuena) y shiva (J= artemisa o artemisia) para una mejor digestión, solían ser lugar de reunión de algunos judíos para jugar a las cartas.

            Digamos que ambas acciones, el hurto en los frutales y el cortejar a las jóvenes, no eran las más adecuadas en un día tan sagrado de ayuno y penitencia como preámbulo y preparación a una teshuvá o a un perdón de nuestros pecados. Pero era una tradición sin malicia, y ya se sabe que en el judaísmo magrebí la tradición es en ocasiones como la halajá. Si no que consulten en las takanot (ordenanzas o disposiciones) de nuestros numerosos rabinos de Argelia, Marruecos y Túnez. O con la obra de próxima aparición, DM, “Viajando por el Magreb Hispánico. Un intercambio de culturas” editada por la SGT del MAEC. Y también se podría decir condescendientemente en favor de estos adolescentes que el final del verano coincide con uno de los dos picos más altos (el otro se produce a principios de primavera) de una elevación fisiológica de la testosterona.

Madrid Septiembre-Octubre 2011- Dr. J.E.B. “Al Tebíb Harofé”

                        Abreviaturas:  J=Jaquetía-  AM= Árabe Marroquí-  H=Hebreo

                  A nuestros queridos amigos, sin distinción de confesión religiosa, les deseamos con todo nuestro afecto un feliz y buen (tová) año (shaná) nuevo.  LESHANÁ  TOVÁ  TIKATEVU  en este año entrante 5772, Y QUE DISFRUTEMOS y COMPARTAMOS CON SALUD Y ALEGRÍAS  ESTAS FIESTAS DE ROSH ACHANÁ, YOM KIPUR Y SUKOT

      Rosh Ashaná (Cabeza de año o Año Nuevo) –   28, 29, 30 de Septiembre 2011

      Yom Kipur (Día del Perdón)-    7 y 8 de Octubre

      Sukot (Fiesta de los Tabernáculos o Cabañas)- del 12 al 21 de Octubre

Desde Madrid   Loly y José Edery

 

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Periódico LARACHE, mayo de 1979, Impresiones de un viajero

Este artículo publicado en mayo  de 1979 en el periódico  semanal LARACHE, resulta curioso porque transcribe las impresiones de un viajero recién llegado a la ciudad, y lo que más sorprende, visto desde el año 2011, es que entonces,  todavía en 1979, los forasteros quedaban fascinados por la belleza que encontraban en Larache. En este artículo en concreto,  este visitante se queda asombrado por los jardines bien cuidados que hay a ambos lados de la avenida Mohamed V, por la limpieza de sus calles, por la bella arquitectura de la Plaza de la Liberación, por la singularidad del Zoco Chico… Me pregunto, qué escribiría este mismo viajero si regresara ahora a Larache. Probablemente la crónica sería otra. 

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