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Periódico LARACHE, Octubre de 1978: Un error muy comentado – La muerte de S.S. Juan Carlos I

En Octubre de 1978, se celebró en la Iglesia del Pilar de Larache, una ceremonia religiosa, con la asistencia de las autoridades locales y de representantes de todas las confesiones. Se trataba del funeral por el sufragio del Papa Juan Pablo I. Sin embargo, el periódico Larache dio la noticia con un error en el enunciado, donde se confundió el nombre del Papa con el del Rey Juan Carlos, lo que dio lugar a chascarrillos y alguna que otra broma. Fue una de las noticias más comentadas de esta publicación larachense, pero por algo ajeno a la noticia en sí. Una anécdota que ha quedado en la memoria de esos años.

Hace días se celebraba la fiesta hebrea del Nuevo Año, y José Edery explicaba, en un extraordinario artículo, el significado de la Fiesta del Gran Perdón (Yom Kippur). También en esta página del periódico Larache, se hace mención a esta celebración del año 1978.

 

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Crítica del escritor JOSE SARRIA de mi novela «UNA SIRENA SE AHOGÓ EN LARACHE»

He recibido la crítica que el poeta, ensayista y crítico literario, José Sarria, ha publicado tanto en la Asociación Colegial de Escritores de España, sección Andalucía, como en Papel Literario. Después de leerla, sólo puedo darle las gracias por su indulgencia, por sus palabras, por la excelente impresión que le ha causado mi novela. El paralelismo que hace entre «Una sirena se ahogó en Larache» y «El pan desnudo» de Mohamed Chukri me llena de satisfacción porque esta última es una de las novelas que más admiro. Quizá sesa muy osado el reproducir lo escrito por José Sarria en mi propio blog, pero quién se resiste a una buena crítica, así que la comparto con vosotros.

Sergio Barce

JOSE SARRIA

Una sirena se ahogó en Larache

de Sergio Barce

(Editorial Círculo Rojo, 2011)

por José Sarria

Tras la lectura de Una sirena se ahogó en Larache, de Sergio Barce, experimenté la sensación de intertextualidad que subyace en el relato, frente a la novela El pan desnudo, de Mohammed Choukri. Ambos son dos textos que, con la diferencia temporal que les separa, comparten espacio creativo, a la vez que personajes de la escenografía del norte de Marruecos. Los protagonistas podrían ser perfectamente transferibles de un relato a otro; pero, a pesar de compartir el cosmos social y otros elementos similares, el objetivo de ambos libros es bien diferente.

Según Mezouar El Idrissi, cuando Mohammed Choukri escribió su novela autobiográfica El pan desnudo, lo hizo “buscando un ideal para salir de un ambiente social deprimido y sórdido … / … buscando un sentido a su existencia, a la condición humana, pero sintiéndose extraño en su propia tierra, perseguido por circunstancias y lugares llenos de miseria y privación” [1].

Por su lado, Sergio Barce, autor de Una sirena se ahogó en Larache, está marcado de forma indubitada por la experiencia vital de su infancia, que transcurrió en las calles de Larache. Barce no se siente un extraño en la que fue su tierra, al contrario, hace de ella una utopía sobre la que fundamentar la construcción de su obra. Él no busca, como Choukri, un “ideal para salir de un ambiente deprimido”, sino que utiliza este magma de la experiencia que habita en su memoria y lo reelabora para construir un relato en la frontera de la épica cotidiana, visto desde el asombro, desde la imaginación encendida de los niños, con los ojos infantiles de Tami, su protagonista.

Choukri y Barce utilizan similares escenarios y personajes, si bien con objetivos disímiles. El primero para denunciar y reivindicar una salida, el segundo para regresar a aquellos lugares en los que junto a su familia (que residía en Larache desde la época del Protectorado) vivió los primeros años de su vida. Prueba de ello son sus anteriores novelas En el Jardín de las Hespérides (2000), Últimas noticias de Larache y otros cuentos (2004) y Sombras en sepia (2006), libro con el que obtuvo el Premio de Novela Tres Culturas de Murcia, todas enmarcadas o referenciadas en un pasado localizado en esta ciudad, que pulsiona, de forma definitiva, la actividad creadora del novelista.

Como ha escrito el profesor Abdellatif Limami, “con Una sirena se ahogó en Larache, se consigue finalmente el reto tan deseado: escribir del Larache de hoy pero desde dentro de una familia marroquí muy humilde, con muchos problemas de cara al futuro de sus hijos y plasmar al mismo tiempo la desilusión que supone la desaparición paulatina de la memoria y la historia de un pueblo  a favor de una mera política del lucro o tal vez de la ignorancia … / …  El relato gira entonces en torno a una niñez castrada que sólo salva la desbordante imaginación. De una familia muy humilde, Tami, un niño de casi diez años, a imagen del niño yuntero, crece como una herramienta, a los golpes destinado. Los relatos que su imaginación teje constituirán la única válvula de escape que le permite resistir y erguirse” [2].

José Sarria recitando versos

Efectivamente, Tami mostrará desde el principio de la novela una imaginación desbordante, cuyos efectos plásticos se hacen visibles a través de la interconexión de dos planos narrativos (quizá el mejor logro del texto) que describen, por un lado, la cotidiana realidad y, por otro lado, la eclosión de una fantasía sin límites, y que el autor fusiona a la perfección en el relato, con una descripción de continuidad magistralmente labrada. Son brillantes los momentos en los que Tami, arrebatado por el éxtasis de su ilusión, escapa de su entorno y huye a otros universos que ha conseguido crear en su inocente corazón gracias a las múltiples historias que ha escuchado de su abuelo, El Hach, sobre el rescate que protagonizó Barbarroja de la Princesa de Argel, de Salah al-Din, de Scheherezade o del sultán Mülay al-Mansür al-Dahabi, o de los viajes de Simbad, de Ulises o de las caravanas de camellos camino de Tombuctú.

Sergio Barce lleva a Tami, desde su virginal concepción del mundo, desde su inocente interpretación del marco que le rodea, hacia una especie de deriva a través de los personajes del relato (El Hach, su abuelo materno, su madre Rachida, la hermosa Salwa, Miguelito, el niño español amigo de Tami, el halcón Horr, su hermano Ahmed, o su padre Mohammed) hasta conseguir la complicidad del lector con el protagonista, en esa amalgama de sentimientos, de proyectos y de ideales, con sus luces y sombras, que supone el despertar de la niñez en el trayecto hacia la adolescencia.

Todo el relato se encuentra enmarcado en el dédalo de calles, plazas y monumentos que conforman la ciudad de Larache. Sergio Barce, conoce a la perfección estos lugares, y los cincela en el texto con la esperanza del amante que confía en la resurrección de la amada que dormita. El Balcón del Atlántico, el Zoco Chico, el Castillo de las Cigüeñas, la Calle Real, el café Lixus, la Torre del judío, el Santuario Lalla Menana o el Jardín de las Hespérides, permanecen en el recuerdo del autor y conforman la cosmogonía del relato sobre la que sustentar la historia y a sus personajes.

El momento álgido de la novela se produce cuando Tami cree haber encontrado a una sirena varada en la playa peligrosa. La nereida es la metáfora, el símbolo de la fantasía del niño, en la que se refugia para trascender de su incierta realidad. Sin saber distinguir si lo vivido es cierto o forma parte de su imaginería desbordante, los acontecimientos se aceleran entre la incredulidad de sus más cercanos y la crueldad de quienes creen que ha enloquecido. Los acontecimientos se van sucediendo en la cotidianidad del Larache contemporáneo, desde la ingenua visión de un niño que envuelve de emotividad todo el relato, a pesar de la dureza de algunos capítulos, como el que relata los abusos vividos por Tami a manos de Pierre, un “enzerani” de casi sesenta años. El niño luchará por desterrar sus miedos y sus necesidades más inmediatas, adentrándose en su mundo de fantasía, en donde la justicia y la honestidad vencen a los valores de su realidad más cotidiana, ayudado por héroes, paladines, aguerridos generales y, como no, por el recuerdo de aquella hermosa sirena.

Como leemos en la contraportada del texto, Una sirena se ahogó en Larache es, en definitiva, una “narración que fluye en la frontera que separa las aventuras imposibles de las realidades infranqueables, pero también es una crónica de la vida en las calles de la ciudad vieja de Larache”. Aunque, en las últimas coordenadas de la novela, pudiera existir una denuncia social, éste no es el objetivo del autor, sino más bien contemplar el mundo desde el candor de la infancia, con la inocente mirada de los niños, para hacer posibles otras vivencias, frente a la severidad de un presente decadente que, por doloroso, se hace inaceptable.


[1] Fragmento del artículo “El otro rostro de Mohammed Choukri”, de Mezouar El Idrissi, publicado en “Marruecos Digital” (15-11-2006).

[2] Fragmento de la presentación del profesor Abdellatif Limami, en el Colegio Luis Vives de Larache (14-05-2011)

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Este articulo se puede leer en:   www.papel-literario.com  y en  www.aceandalucia.org

José Sarria (Málaga, España, 1960). Escritor, ensayista y crítico literario. Ha publicado nueve textos de poesía y uno de relatos. Su poesía ha sido traducida al italiano y al árabe, y se encuentra recogida en diversas antologías y revistas especializadas. Ha sido incluido en la ENCICLOPEDIA GENERAL DE ANDALUCÍA. Tomo XIV (Junta de Andalucía). Finalista del Premio Andalucía de la Crítica (año 2000) por su poemario Sepharad (Málaga, 2000), Primer Premio Internacional de relatos CUENTOS DEL ESTRECHO, por su libro de relatos Los heraldos negros (Algeciras, 2008) y Accésit del V Certamen Creadores por la libertad y la paz, convocado por la Fundación contra el terrorismo y la violencia “Alberto Jiménez Becerril” por su poemario Raíz del agua (Sevilla, 2011).

Son importantes sus trabajos y contribuciones en el campo ensayístico (siendo coautor de la antología de poesía andaluza contemporánea, Poesía Andaluza en Libertad. Una aproximación antológica a los poetas andaluces del último cuarto de siglo), así como sus investigaciones tendentes a recuperar el legado de la literatura sefardí y de sus autores contemporáneos. Igualmente destacan sus estudios acerca de la neoliteratura española en el Magreb (literatura hispanomagrebí), siendo coautor de una de las más destacadas antologías actuales sobre este fenómeno, Calle del Agua. Antología contemporánea de literatura hispano-magrebí.

Ha participado en numerosos congresos y jornadas literarias, nacionales e internacionales, tanto en España (Córdoba, Sevilla, Granada, Málaga, Algeciras, etc.), como en Portugal (Lisboa), Marruecos (Tetuán, Tánger, Larache y Fez) y Túnez. Es miembro del Jurado del Premio Andalucía de la Crítica (años 2007-2011), de la Junta de Gobierno del Ateneo de Málaga (1994-1996), de la Junta de Gobierno de la Asociación Andaluza de Críticos Literarios (2000-2011), así como de la Junta de Gobierno de la Asociación Colegial de Escritores de Andalucía (2004-2011). Pertenece a los Consejos de Redacción del Suplemento Papel Literario de DIARIO MÁLAGA y de su versión digital (Málaga, 1997-2011), de la Revista Literaria ´Tres Orillas´ (Algeciras, Cádiz, 2002-2011) y de la Revista Literaria ´EntreRíos´ (Granada, 2005-2011).

En este blog tenéis el link de entrada a la web de José Sarria:  www.josesarria.com

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Fallece el pintor CLAUDIO BRAVO, íntimamente vinculado a TÁNGER

Claudio Bravo, autorretrato

El pasado 4 de junio, fallecía el artista plástico Claudio Bravo a causa de un ataque de epilepsia. Vinculado íntimamente con Marruecos, sus pinturas, internacionalmente conocidas, hablan por sí solas. Sirva esta pequeña muestra de su obra pictórica de pequeño homenaje y recuerdo.

Claudio Bravo nació en Valparaíso (Chile) en 1936, y ha fallecido en Taroudant (Marruecos). Desde 1972 residía y pintaba en Tánger. De estilo hiperrealista, su primera exposición la realiza con sólo diecisiete años.

Retratista, se dice de él que recuerda enormemente a Velázquez. Sea como fuere, sus pinturas asombran.

Babuchas

El Adivinador

Tras pasar por Madrid, se instaló definitivamente en Tánger en 1972, donde adquirió una gran mansión, cuyo interior transformó por completo derribando todas las paredes para que la luz entrara a raudales, la luz mediterránea tan presente en sus cuadros.

El Velo

Paisaje de Tánger

Expuso en los mejores museos, como el Metropolitan o el de Arte Moderno, ambos de Nueva York, y en los museos de Mexico o Santiago de Chile. El Museo del Prado también posee algunas de sus obras, entre ellas esculturas que fueron donadas por el propio artista. Sus imágenes de Marruecos, de los marroquíes, de la luz del país, arrancadas de la realidad igual que fotografías captadas por su retina, el instante, el momento, todo queda en el aire suspendido por una técnica perfecta.

Sergio Barce, junio 2011

El turbante rojo

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Muere el escritor JORGE SEMPRÚN

Muere Jorge Semprún

una memoria del siglo XX

por Javier Rodríguez Marcos

Diario El País – Madrid – 07/06/2011

De niño del exilio a ministro de Cultura, el autor de ‘La escritura o la vida’ fue deportado al campo de concentración de Buchenwald y expulsado del partido comunista por disidente

Jorge Semprún ha muerto en París este martes, según han informado fuentes próximas a la familia. Tenía 87 años. Con él se pierde para siempre parte de los recuerdos del preso número 44.904, su matrícula en Buchenwald, el campo de concentración alemán en el que vivió deportado entre los 20 y los 22 años. Semprún construyó su obra literaria con los fragmentos de su propia memoria y en ella queda, pues, el recuerdo de los hechos y de los sentimientos de una vida marcada a fuego por todas las barbaries modernas.

Con él, sin embargo, desaparece un recuerdo que no cabe en los libros: el del olor a carne quemada. Lo dijo él mismo en 2000, en una entrevista. Lo que más le preocupaba del porvenir era esa precisa memoria: «Están desapareciendo los testigos del exterminio. Bueno, cada generación tiene un crepúsculo de esas características. Los testigos desaparecen. Pero ahora me está tocando vivirlo a mí. Aún hay más viejos que yo que han pasado por la experiencia de los campos. Pero no todos son escritores, claro. En el crepúsculo la memoria se hace más tensa, pero también está más sujeta a las deformaciones. Luego hay algo… ¿Sabe usted qué es lo más importante de haber pasado por un campo? ¿Sabe usted qué es exactamente? ¿Sabe usted que eso, que es lo más importante y lo más terrible, es lo único que no se puede explicar? El olor a carne quemada. ¿Qué haces con el olor a carne quemada? Para esas circunstancias está, precisamente, la literatura. ¿Pero cómo hablas de eso? ¿Comparas? ¿La obscenidad de la comparación? ¿Dices, por ejemplo, que huele como a pollo quemado? ¿O intentas una reconstrucción minuciosa de las circunstancias generales del recuerdo, dando vueltas en torno al olor, vueltas y más vueltas, sin encararlo? Yo tengo dentro de mi cabeza, vivo, el olor más importante de un campo de concentración. Y no puedo explicarlo. Y ese olor se va a ir conmigo como ya se ha ido con otros». Hoy esas palabras son más ciertas que nunca.

Yves Montand en «Z» de Costa-Gavras, film con guión de Jorge Semprún

Una literatura de la memoria

«Tengo más recuerdos que si tuviera mil años». Las palabras de Baudelaire que Jorge Semprún utilizó en Adiós, luz de veranos… describen certeramente la vida de un hombre cuyas ocho décadas de existencia pueden rastrearse en su obra narrativa, que contiene ficciones como La montaña blanca, Netchaiev ha vuelto o Veinte años y un día pero que pasará a la historia por uno de los grandes ciclos autobiográficos de la literatura contemporánea.

Como la propia memoria, la obra memorialística de Semprún no funciona como una línea recta sino como una espiral: a veces los mismos episodios se cuentan en distintos libros con intención diversa. «Porque mi vida no es como un río», se lee en Aquel domingo, «sobre todo como un río siempre diferente, nunca el mismo, en el que no se puede bañar uno dos veces: mi vida es completamente lo ya visto, lo ya vivido, lo repetido, lo mismo hasta la saciedad, hasta convertirse en otro, extraño, a fuerza de ser idéntico».

Aun así, cabría reconstruir los momentos clave de la vida del escritor leyendo cronológicamente una serie de libros que no fueron escritos respetando ese orden: la adolescencia en el exilio de la Guerra Civil (Adiós, luz de veranos…), la resistencia antinazi y la experiencia de Buchenwald (El largo viaje, Viviré con su nombre, morirá con el mío, Aquel domingo y, sobre todo, La escritura o la vida), la expulsión del Partido Comunista de España (Autobiografía de Federico Sánchez) o el periodo como ministro de Cultura en la segunda legislatura de Felipe González (Federico Sánchez se despide de ustedes).

Jorge Semprún & Vargas Llosa

Nieto por parte de madre del político conservador Antonio Maura, presidente del Gobierno con Alfonso XIII, Jorge Semprún nació en Madrid el 10 de diciembre de 1923. Su madre murió antes de que él cumpliera ocho años y, con la Guerra Civil, todos los hermanos marcharon a La Haya para reunirse con su padre, embajador de la República en los Países Bajos. El futuro escritor comenzaba así un exilio que ha durado toda su vida. En 1939, con la guerra perdida, la familia se instaló en París, donde Jorge y su hermano Gonzalo estudiaron como internos en el exigente liceo Henri IV. En Adiós, luz de veranos… (1998), Semprún recordaría esos años en que, después de ser objeto de chanza en una panadería por su acento francés se conjuró para eliminar todo rastro extranjero en la pronunciación de la que terminaría siendo su lengua literaria fundamental.

Si el descubrimiento de Levinas le valió su primer premio extraordinario de filosofía, el compromiso político le hizo ingresar en el Partido Comunista de España en 1942. Un año más tarde fue detenido como miembro de la Resistencia antinazi, torturado y deportado al campo de concentración de Buchenwald. Allí se libró de la muerte probable que esperaba a los intelectuales cuando fue inscrito como estucador en lugar de como estudiante. Su conocimiento del alemán, una obsesión de su padre, le ayudó también a sobrellevar los dos años que pasó con el triángulo rojo y la S de Spanier (español) en el pecho.

El 11 de abril de 1945, dos soldados estadounidenses abrieron la cancela del campo, marcada con una sarcástica inscripción: «A cada uno lo que se merece». Pero con la liberación y los recuerdos de la experiencia concentracionaria llegaba también para Jorge Semprún un dilema: o escribir sobre el pasado (y lo pasado) o vivir el presente. Lo primero, diría luego, le hubiera llevado al suicidio de no haber mediado los años. Aunque ya en 1963 había volcado parte de su experiencia en El largo viaje, hubo que esperar a 1994 para que el narrador buceara hasta el fondo de aquella herida. El resultado fue un título hoy mítico: La escritura o la vida.

Mientras llegaba el momento de la catarsis, Semprún se volcó en la militancia comunista convertido en Federico Sánchez, su nombre en la clandestinidad de la España franquista. Pero el mundo se quebró para él por segunda vez en 1964. Ese año, junto a Fernando Claudín, fue expulsado del PCE por su discrepancia con la línea oficial de Dolores Ibárruri y Santiago Carrillo. Aquel episodio serviría como columna vertebral al libro que, escrito en español, le valió el premio Planeta de 1977: Autobiografía de Federico Sánchez.

Años más tarde, en Federico Sánchez se despide de ustedes (1993), el escritor se deshacía definitivamente de su alias en el relato que recogía su último paso por la política. Entre 1988 y 1991 había sido ministro de Cultura y aquel libro se convirtió en una pieza irrepetible, por infrecuente, de la literatura española: las memorias públicas de un miembro del Gobierno. Públicas y descarnadas. Con una altura literaria marca de la casa, Semprún narra sin tapujos sus desencuentros con el aparato del PSOE, encarnado en el vicepresidente Alfonso Guerra. Una crudeza que se convierte en ironía al contar algunos de los episodios que le tocó vivir, ya se tratase de las negociaciones con la baronesa Thyssen para acondicionar el palacio de Villahermosa o de una visita de la reina de Inglaterra al Museo del Prado.

«La guerra ha terminado» dirigida por Alain Resnais con guión de Semprún

Última visita al campo de concentración

Las memorias ministeriales de Jorge Semprún arrancan con una llamada de Javier Solana preguntando al escritor si conservaba el pasaporte español, condición sine qua non para formar parte del Gobierno. La respuesta fue afirmativa. Semprún, autor de guiones de cine para directores como Alain Resnais (La guerra ha terminado) o Costa Gavras (Z, La confesión), escribió la mayor parte de su obra en francés. Nunca perdió, sin embargo, la nacionalidad española. Si no escribir más en español le privó tal vez del Premio Cervantes, no abandonar la nacionalidad española le impidió ser admitido -no sin cierta polémica- en la Académie Française, aunque lo fuera en la Académie Goncourt. Ese fue su destino de escritor europeo, el mismo que le valió premios internacionales como el Formentor (1964), el de la Paz de los libreros alemanes (1994) o el Jerusalén (1996).

La Europa en que creía Jorge Semprún empezó a construirse, lo dijo él mismo, en la diversidad de los resistentes deportados a Buchenwald, la cara oscura de la Weimar de Goethe, a tan solo unos pasos. El 11 de abril de 2010, el escritor acudió allí por última vez para pronunciar un discurso. Se celebraba el 65º aniversario de la liberación del campo y días antes publicó en este diario un artículo en el que reconocía con lucidez extrema, pero con furia, que se acercaba al final: «Por última vez, pues, el 11 de abril, ni resignado a morir ni angustiado por la muerte sino furioso, extraordinariamente irritado por la idea de que pronto ya no estaré aquí, en medio de la belleza del mundo o, por el contrario, en su grisácea insipidez -que en este caso concreto son la misma cosa-, por última vez, diré lo que tenga que decir».

«La confesión» de Costa Garvras, y guión de Jorge Semprún

Y lo dijo. Sobreponiéndose al quebranto de la enfermedad, Semprún acudió a Buchenwald y habló. Lo hizo en el Appelplatz del campo, el mismo lugar en el que se alternaba la voz -«gutural, malhumorada, agresiva»- del Rapportführer, que tronaba a diario, con el hilo musical que algunos domingos emitía por los altavoces las «sempiternas cancioncillas de amor» de Zarah Leander. Allí recordó a los niños judíos que, en 1945, fueron llevados desde Polonia a Weimar ante el avance del Ejército ruso. Entre ellos estaban Imre Kertész y Elie Wiesel, futuros premios Nobel.

A esa generación confiaba Semprún su testimonio. «Todas las memorias europeas de la resistencia y del sufrimiento», dijo, «solo tendrán, como último refugio y baluarte, dentro de diez años, a la memoria judía del extermino. La más antigua memoria de aquella vida, ya que fue, precisamente, la más joven vivencia de la muerte».

Con la desaparición de Jorge Semprún se pierde una memoria del siglo. El resto está en su obra. Imborrable. Esos libros, llenos de vida y de amor a la vida, bella o gris, están llenos también de lecturas que alguna vez sirvieron de refugio. Él, que elegía con cuidado cada una de sus citas, colocó hace 10 años una frase del actor y poeta Roland Dubillard al frente de Viviré con su nombre, morirá con el mío. Nueve palabras que dicen algo que suena a decisivo en la voz de un escritor de la memoria: «Estoy seguro de que mi muerte me recordará algo…».

«Me ahogaba en el aire irrespirable de mis borradores, cada línea escrita me sumergía la cabeza debajo del agua, como si estuviera de nuevo en la bañera de la villa de Gestapo, en Auxerre. Me debatía para sobrevivir. Fracasé en mi intento de expresar la muerte para reducirla al silencio: si hubiera proseguido, la muerte, probablemente, me habría hecho enmudecer.
(…)
En todas las memorias de los hombres hay chimeneas que humean. Rurales ocasionalmente, domésticas: humos de los dioses lares. Pero de este humo de aquí, no obstante, nada saben. Y nunca sabrán nada de verdad. Pues no era la realidad de la muerte, repentinamente recordada, lo que resultaba angustiante. Era el sueño de la vida, incluso apacible, incluso lleno de pequeñas alegrías. Era el hecho de estar vivo, aun en sueños, lo que era angustiante”  (Fragmento de «La escritura o la vida» de Jorge Semprún)

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«UNA SIRENA SE AHOGÓ EN LARACHE» de Sergio Barce, según el profesor ABDELLATIF LIMAMI

La presentación de mi novela

UNA SIRENA SE AHOGÓ EN LARACHE

el pasado 14 de mayo en el Colegio Luis Vives de Larache

corrió a cargo de mi entrañable amigo el profesor Abdellatif Limami, que ha tenido la deferencia de enviarme el texto completo de su intervención, y que reproduzco a continuación:

Abdellatif Limami

Crónica de voces apagadas en

Una sirena se ahogó en Larache

 de Sergio Barce [1]

 por

Abdellatif LIMAMI

Universidad de Rabat – Marruecos 

 “…Todo lo que usted quiera, sí señor, pero son las palabras las que cantan, las que suben y bajan… Me prosterno ante ellas… Las amo, las adhiero, las persigo, las muerdo, las derrito… Amo tanto las palabras… Las inesperadas… Las que glotonamente se esperan, se acechan, hasta que de pronto caen… Vocablos amados… Brillan como perlas de colores, saltan como platinados peces, son espuma, hilo, metal, rocío… /…/ Tienen sombra, transparencia, peso, plumas, pelos, tienen de todo lo que se les fue agregando de tanto rodar por el río, de tanto transmigrar de patria, de tanto ser raíces… Son antiquísimas y recientísimas… Viven en el féretro escondido y en la flor apenas comenzada… “         Pablo Neruda – Confieso que he vivido 

Todos en nuestra vida llegamos a un momento en el que nos vemos obligados a marcar un antes y un después. Y felices son aquellos que lo pueden hacer utilizando las palabras como  razón existencial o como oxígeno que da vida espiritual. Pero escribir  es a la vez aprender a morir y volver a nacer, sobre todo cuando a través de este  acto, se rescatan gratos recuerdos o se exorciza una amarga realidad que yace en las entrañas de uno, con sus alegrías y satisfacciones, pero también con sus espinas y su dolor.

 Y es el caso de Sergio Barce que sigue gozando del no ser huérfano por conservar sus dos mundos predilectos: el Larache de su infancia y el Málaga de su edad adulta. Y resulta que la infancia es recinto de la memoria para tratar de apaciguar la nostalgia; lo que explica el predominio pero también la evolución de este mundo en su universo narrativo: En el Jardín de las Hespérides en 2000, un relato lleno de recuerdos y cuyo personaje central “estaba construido por trozos de mis recuerdos (mi infancia)” afirma Sergio antes de añadir que “este relato parte  de la historia de mi abuelo y la juventud de mi padre” con mucha nostalgia e idealización. Viene luego Últimas noches en Larache en 2004  y en el que se mantiene esta nostalgia pero que empieza a dejar ya el paso a una radiografía del Larache de 2004, en que el autor aparece como testigo impotente frente a un deterioro de la ciudad que califica como  “un desengaño”. En fin, Sombras en sepia en 2006, donde “hay una cierta mezcla entre el pasado nostálgico pero en el que ya irrumpe la realidad del deterioro, de la decadencia de la ciudad, y ahí lo denuncio y lo describo en toda su crudeza” subraya el autor.

Con Una sirena se ahogó en Larache (2011), se consigue finalmente el reto tan deseado: “escribir del Larache de hoy pero desde dentro de una familia marroquí muy humilde, con muchos problemas de cara al futuro de sus hijos” y plasmar al mismo tiempo la desilusión que supone la desaparición paulatina de “la memoria y la historia de un pueblo”  a favor de una mera política del lucro o tal vez de la ignorancia.

El título del relato, con su connotación mitológica que huele a mar, es muy sugerente. Según el propio autor, corresponde al despertar sexual del niño, a su desbordante imaginación que lo protege contra la violencia circundante, pero también a las almas  (como la de Ahmed, su hermano mayor) que, en su intento de buscar el paraíso perdido, terminan como esposos legítimos de las profundidades del mar, y cuyos cuerpos se arrojan luego a las orillas:

“Es la imaginación del niño /…/ el inicio a su despertar a la sexualidad, que termina por concretarse en la chica, pero también es otra forma de escapar de Tami de la cruda realidad de cada día. Ahmed busca su salida en la patera, y Tami en sus sueños, que, con la fiebre que suele padecer, construye en su imaginación todo tipo de historias, de aventuras, de monstruos malos y buenos… Una sirena se ahogó en Larache, lo puse pensando en Ahmed, pero también en todos los sueños que se han ido ahogando en Larache, los del pasado, los del presente y, para algunos, los del futuro que no tendrán jamás.” 

Abdellatif Limami, junto a Sergio Barce, durante su disertación

En otro plano, y tal como aparece en la novela, la sirena queda asimilada a una mujer que varía de la visión materna al despertar sexual: “Tiene el cabello largo y oscuro,  aceitoso, y el rostro muy pálido, en exceso, casi un cadáver /…/ Las pestañas parecen de sal /…/ La mujer despide un penetrante olor a pescado, como los atunes que la almadraba desemboca en el marsa /…/ verla atenúa el efecto de una manera curiosa, como si, desde la sonrisa que no esboza, se expandiera un perfume inocuo /…/ Tami descubre también sus pechos rotundos, erguidos, que imagina llenos de leche”  (PP. 49-50/50)

A nivel espacial, tanto los micro como los macro espacios que integran este relato no salen del perímetro urbano de la ciudad de Larache. De la casa familiar al embarcadero, al mercado central, al Jardín de las Hespérides, al Balcón…, todo está enmarcado en este espacio predilecto de Sergio Barce.

La casa familiar de Tami está a imagen de estas casas de las familias humildes de esta ciudad. El hogar “no sobrepasa los cincuenta metros cuadrados” y cada una de las habitaciones “es angosta”. Las escaleras son “estrechas, empinadas, con la barandilla de hierro oxidada que aún se sujeta milagrosamente” (pp. 27-28). Salvo el cuarto de Tami y el de sus padres, “las demás carecen de ventana alguna” (p.8).  En ella “sobrevive un viejo televisor Telefunken”  (p.7), “un pequeño habitáculo, que sirve de almacén”, “un retrete con una ducha”. En la azotea, hay un cajón de madera que atesora “algunas herramientas del abuelo de cuando ejercía de mecánico en el Taller de Barrajón” (pp. 7-8).

Fuera, lucen los espacios predilectos de la infancia de Sergio Barce: el Balcón del Atlántico,  la playa peligrosa y el Castillo de las Cigüeñas, la Calle Real, el  Zoco Chico, la plaza de la Liberación (la Plaza de España), la Torre del Judío, la puerta de la Medina, el café Lixus, el Santuario Lalla Menana, el Jardín de las Hespérides, la Explanada del Majzén, Punta Negra, el Cine Ideal…todos recuerdos repujados cariñosamente y para siempre en la memoria del adulto Sergio Barce, pero también espacios que remiten a  distintas épocas históricas de Marruecos.

Así es el embarcadero con el habitual ajetreo del verano  y un sol que se refleja en “las crestas cristalinas del agua esmeralda” (p.15):  “Las barcas chocando unas contra las otras al pie de las escalerillas, mecidas por el movimiento de los remeros que invitaban en pie a usar sus pateras, y de los viajeros, disputándose el saltar los primeros a las más cercanas” (p.14 )

Y así es también el Mercado Central, “con sus tejados verdes, sus paredes blanqueadas, con ese aire de sueño nazarí” (p. 40) y los puestecillos de las mujeres con “verduras, requesón, fruta, gallinas vivas atadas por las patas con cuerdas de esparto, huevos, palmitos, brevas y uvas, algo de especias y melones de Tlata de Reixana” (p.38)

Pero el Larache del macro espacial es también un espectáculo de desolación con sus “ruinas decrépitas” (p. 93), sus “murallas pálidas y cansadas” (p.94), sus “callejuelas asimétricas” y “escaleras destrozadas” (p.109). La Iglesia de San José con su fachada espectral que “se inclina con precipitación hacia un futuro del olvido” (p. 151). Lo todo, presentado a veces con el vaivén de la gente como una “armonía caótica” (p. 99) y otras veces como “un insólito páramo de ausencias” (p.152). Anima este espectáculo esperpéntico la música de las bodas, una especie de “Babel musical” (p. 111) o de “resaca de la música” (p.  93).

Hablando de esta destrucción masiva y desoladora de la ciudad, Sergio Barce, dolido e impotente afirma: “La destrucción patrimonial de Larache es tan sistemática que va a desaparecer inevitablemente, y quizá ya ni siquiera me detengo a denunciarlo porque es un esfuerzo que está resultando inútil. Contemplo cada vez que vuelvo una herida nueva en la ciudad, un edificio valioso por su arquitectura o su historia que o ha caído o está a punto de hacerlo”.

La historia del niño se construye en torno a una serie de personajes principales  entre los cuales la familia ocupa un lugar privilegiado, pero también en torno a personajes periféricos que forman la red de amigos, vecinos o conocidos de Tami o familia. En este abanico red de personajes, sobresale la figura de Mohammed, el padre del niño, con su áspero y riguroso tacto, su mente vacía, que parece estar en “un pozo acuoso  de mares y remolinos” (p. 125). Lo caracteriza su violencia e indiferencia frente a Tami y frente a todos, hasta tal punto que su mujer le llega a insultar tan sólo  “con el vacío hiriente de su mirada” (p. 115). Luego está Ahmed, su hermano mayor, un caso perdido, sobre todo en los estudios (véase pp. 25-26), y sobre todo Salwa, musa del despertar sexual del niño (véase p. 67).

Con su rostro pecoso y unas pelusas rubias sobre el labio superior (véase p. 74), Miguelito, un niño español amigo de Tami, constituye, por lo menos para un lector que no vive en Larache de hoy,  una curiosa presencia en el relato de Sergio del 2011; una manera, afirma el autor, de abolir las barreras de la raza, la nacionalidad o de la confesión, que no existen en el mundo de los niños, tales como los ha vivido el niño Sergio:   “es un personaje que he introducido porque aún hay españoles o nezeranis en Larache, pocos, pero los hay, y una manera de demostrar que cuando eres niño no distingues si tu amigo es de un origen o de otro, sólo es un compañero. No existen esas diferencias, y así es como ocurría en mi niñez, porque la inconsciencia de la niñez es un diamante en bruto que otros adulteran”

Esto trae también a la mente el tema de la convivencia de todas las comunidades larachenses, sobre todo a nivel confesional, constante en la obra de Sergio Barce. Al entrar a Jerusalem, Salah al-Din, siguiendo las enseñanzas del profeta, “ordenó a sus hombres que no habría saqueos ni se mataría a ningún enemigo, a ningún infiel” (p. 24) y prohibió la destrucción de la Iglesia del Santo Sepulcro. Se trata aquí de uno de las constantes temáticas en la obra de Barce, y que se puede considerar como una  preciosa reminiscencia y herencia de su infancia:    “vivimos en propia carne un ejemplo que no se sustenta en una entelequia sino en una realidad /…/ las fiestas las compartíamos, nos invitábamos (nuestras familias) los unos a los otros a celebrar los Reyes Magos o el Mulud o el Purim, es una experiencia inolvidable que te abre los ojos. Algo de añoranza hay, pero sobre todo testimonio para las nuevas  generaciones que, cuando se lo cuentas, te miran como si fueras un extraterrestre”

Sin lugar a dudas, la construcción positiva de este abanico de personajes se reduce a la figura de El Hach, el abuelo materno de Tami, y con el cual el niño tiene todas las complicidades y cariño del mundo. Luce, al igual que su nieto con sus “ojos azules y mayores” (p. 19) y vive retraído, en paz en su terraza junto a un pequeño aparato de radio que sintoniza a una emisora de Tánger o Radio Nacional de España, “una radio maltrecha y arañada con más años que Matusalén”  (p. 22). Es tan retraído que  “cuando se mete a fondo en la tarea se olvida de que el mundo sigue girando más abajo” (p. 19). Parece ser un ciclo acabado, cuya memoria se ha detenido en Scheherezade, y en  los viajes de Simbad y de Ulises  (Véase p.57). Se entretiene “rompiendo nueces con sus enormes manos encallecidas” (p. 1) y secando un ojo que le lagrimea con un “pañuelo arrugado, siempre con el mismo gesto repetido” (p. 11). El personaje recibe una pensión exigua que sirve para ayudar a su yerno y pagar el colegio de su nieto  que ha matriculado en el colegio español Luis Vives de Larache (véase p. 25 y 28), siendo el idioma castellano una de sus obsesiones. Su cariño por el crío se transforma en sufrimiento ya que cada vez que lo mira y lo ve alejarse por las callejuelas de la ciudad, “se golpea las sienes con los puños y enmudece en cuanto se da cuenta de que no hay faroles que iluminen los pasos de su nieto y de que, en la oscuridad, el niño tendrá miedo y no sabrá cómo regresar” (p. 16 )

Como cualquier ciclo acabado, el personaje tiene una memoria deficiente que sólo retiene trozos inconexos, o relatos que se van enriqueciendo con el tiempo, añadiendo algún que otro detalle a esos relatos. Nostálgico de su pasado, descubre a Jazmín (su mujer), no sin dificultad, detrás de unos cristales de la casa; una imagen surgida del pasado que “ve caminar por la Hípica, orgullosa, con su cuerpo elegante y esbelto, los ojos enmarcados con el negro perfil del khol” (p. 19). Pero “hace ya más de año y medio que es incapaz de recordar los detalles exactos de su mujer, como si Yazmín hubiese de desaparecer también de su memoria” (p. 20).

Tami percibe a su abuelo como “un sabio que no desea ser descubierto y que vive ahí, impostado bajo la apariencia de un modesto mecánico jubilado” (p. 23) y cree que “la memoria del abuelo, al igual que va perdiendo el perfil grabado de su mujer, también ha borrado las aventuras de piratas y de princesas, como si Ulises hubiera llegado ya  a Ítaca y diera el libro por acabado” (p. 116).

En cuanto a Mohamed, su yerno, lo percibe al final de la novela como un ser “rodeado de piezas, casi un espejismo, una especie de escena irreal de un taller en el que se reparasen las almas oxidadas”.

El relato gira entonces en torno a una niñez castrada que sólo salva la desbordante imaginación. De una familia muy humilde, Tami, un niño de casi diez años, a imagen del niño yuntero, crece como una herramienta, a los golpes destinado. Los relatos que su imaginación teje constituirán la única válvula de escape que le permite resistir y erguirse. Desde el principio, luce con su «cuerpo frágil», sus «ojos hambrientos» (p.7) y cansados “que siente como arenosos” (p.11); pero también «despabilado» (p.7) e inteligente, cuyos enormes ojos azules constituyen su mejor herencia familiar ya que los tiene de su abuelo, El Hach. El abuelo atisbará en él “una inteligencia innata superior a la de otros chicos de su edad” y “una memoria precisa que le permite recordar todos los relatos y cuentos que él le deposita generosamente” (p. 27).

El niño arrastra una enfermedad crónica e irreversible que le perfora los bronquios “frágiles como papel de fumar” y los pulmones que “carecen de defensa” (véase pp. 7 y 114) y sufre los malos tratos de un hermano mayor que lo martiriza con su continua violencia. Al ensuciar Tami sus nuevas zapatillas, “Ahmed se había quitado una sandalia incorporándose con rapidez y cogiéndole del cuello con la mano libre /…/ Le hincaba los dedos en el cuello de una manera certera, impidiéndole refugiarse en la casa” y “le zurraba en el trasero con tanta fuerza que el dolor cercenó cualquier grito”  (p.18). A esta violencia se añade la de un padre (Mohammed), “indiferente frente a la enfermedad de su hijo” (p.34), que le inflige “golpes incomprensibles” (p.25) y lanza guantazos que le dejan “marcado los dedos en la mejilla” (p.83). El niño termina sintiéndose “como un mueble viejo al que han arrinconado en una habitación” (p. 116), “ensimismado” y “ajeno al reflujo de la vida cotidiana de su familia” (p.146) y huye a la calle donde se enfrenta con otras violencias: la de Amin, el hijo del carnicero que procura robarle su camiseta del Barça con el nombre de Xavi (P.13); la del mejazni Larbi, denominado el James Bond (véase pp. 42 y 44).

 

En fin, y sobre todo la del francés Pierre (…)  “Los brazos de Pierre se hacen férreos, igual que lianas que lo amarraran contra sus piernas” y sus manos “se agigantan y lo zarandean como un muñeco, hasta tirarlo al suelo” (p.157). Pierre termina dándole una bofetada “tan seca que Tami se queda paralizado y es incapaz de articular palabra” (p.159). Aterrorizado y abatido, el niño se rinde, se deja llevar y procura encontrar cobijo en su imaginación:

“Entonces el niño da un grito, agita la cabeza de un lado a otro y empieza a dar patadas al aire y puñetazos con sus pequeñas manos cerradas, sin abrir los ojos. Blande su espada de acero de Damasco y la hiende en el corazón de Pierre, en medio de una cruenta batalla al asalto de la fortaleza de Kerak. El conde francés, capitán de los cruzados, yace a sus pies, agonizante” (p. 159)

Frente a todas las vicisitudes de la vida larachense, Tami explota entonces su fantasía “como un espacio alentador, aunque sólo provisional” (p. 34) que le permite tanto escapar a las paredes del hogar que lo encarcelan como a la jungla que ofrece el mundo exterior. Lo todo es marcharse a Tierra Santa a luchar en las cruzadas o quedarse en el puerto de Larache “cuando aún no es más que un refugio para los piratas que atacan las naves del Papa y de la Corona de España…” (p. 34). Tami vive estos sueños como si los hubiera vivido realmente, pero otras veces parece apenas recuperar algún fragmento inconexo que nada le dice. “Suele comenzar sus aventuras  – afirma el narrador- cerrando los ojos y viajando por los cielos hasta otro tiempo, hasta otro país, y se desliza en una historia que ya conoce o que su abuelo se ha encargado de recuperar de su repertorio inagotable” (p. 36). Así, “A medida que su propia fantasía se encarga de adornar aún más los hechos, convirtiéndose a sí mismo en protagonista, las imágenes se van haciendo más y más desconcertantes” (p. 36).

Frente al acto violento de Amin, que le quiere robar su camiseta del Barça, Tami se imagina saliendo del “centro del campo, bajo los focos del Camp Nou, y que el estadio corea su nombre” (p. 13). Y en otras circunstancias, pensará que el halcón, Horr (…..) fue quien “lo protegió cuando Amin quiso robarle su camiseta del barça” (p. 82).  En el embarcadero de la ciudad, “se imaginaba en realidad en una galera o en uno de los bajeles de Barbarroja, con una gumía al cinto y el brazo tatuado, subido a popa, contra el viento” (p. 15)

Atento a los cuentos de su abuelo, Tami, como uno de los lugartenientes de Saladino: “alza los brazos, grita/…/ salta, finge portar un sable que esgrime contra los enemigos invisibles que lo rodean, avanza y, con la mano, sin darse cuenta, golpea fortuitamente las otras lámparas que El Hach había dejado en la esquina de la mesa” (pp24-25).  Liberando a un cigarrón: “No duda un instante en pensar que esos soldados alados han venido hasta la casa con intención de rescatar a su rey…” (p. 30)

Con las continuas crisis que sufre, se siente ahogado hasta casi perder el sentido. De ahí el delirio suyo que nace del sufrimiento y del cual le salva la presencia de Aladino: “Pero, de pronto, baja la colina hasta detenerse justo a la puerta de la Iglesia /…/ se gira, bajo su armadura negra con ribetes de plata, y sus dos acompañantes lo imitan. Clava los pies en la tierra y, muy lentamente, mientras un grupo de soldados con aspecto fiero se acercan a su posición dispuestos a pasar por encima de ellos tres, desenvaina su sable y lo levanta, la punta desafiando a ese escuadrón descontrolado” (pp. 30-31).

   En su delirio y fiebre, se pasa horas asomado a la ventana, viendo  “una caravana de camellos silueteada sobre las dunas, camino de Tombuctú, con cientos de libros que hablan del Profeta y que van a ser entregados a los famosos escribas de la ciudad sagrada”  (p. 33).   En el Mercado Central de Larache, será poseído por un sueño nazarí y entreverá el mercado como “un pedazo perdido de los antiguos palacios omeyas” (p. 40).

 

Frente a la violencia del padre que asimila al mítico Polifemo, “Tami sólo ve, delante de sí, la expresión enfebrecida de su padre, con su cuerpo deforme y gigantesco buscándolo con saña por las galerías angostas de la caverna mientras grita su nombre: ¡Ulises! ¡Ulises!” (p. 48). El paso por el Castillo al-Nasr: lo lleva a referirse a Moulay al Mansour  Addahbi. Entonces “Levanta su sable y dedica la victoria al sultán M¨láy al-Mansur al-Dahabi, que levantó esa fortaleza, el Castillo al-Nasr” (p. 95). 

En compañía del halcón al Horr, como arma contra la barbarie humana: “Tami había pergeñado la imagen de su halcón como la de un animal excepcional, inmunizado contra la barbarie, un ser inteligente y decente /…/ seguía siendo para él un símbolo de pureza, la perfección suprema”  (p. 147).

Pero sin lugar a dudas, el encuentro con el francés constituye la experiencia más traumática que sólo la inocente imaginación del niño logra subsanar. Bajo este infame personaje, el niño cierra los ojos para ir a un viaje sin retorno: “lo esencial de la travesía es no regresar” (p. 160).

“Tami, ausente ya a cuanto le rodea, ni siquiera escucha la tormenta desatada fuera, sólo nota la sensación incontrolable de que se marea, de que le falta oxígeno, y de pronto otea tras las colinas a las tropas de Ricardo Corazón de León que se ha posicionado frente a las murallas de la ciudad. Junto a los otros soldados, dispuestos a defender Acre con sus vidas, Tami aguarda las últimas órdenes de Salah-al-Din” (p. 160)

 Salwa, sin embargo, que constituye su experiencia iniciática, tiene otra connotación y le invita a dejar suelta a su imaginación. Oír su nombre “le ha hecho recordar su desembarco con Barbarroja, su rescate de la Princesa de Argel” (p. 66), y al verla desnuda “se le cruza la idea de que todo es un sueño y de que, de un momento a otro, va a despertar en la isla, junto a los otros piratas, escoltando a la Princesa hasta su bajel para llevarla de regreso a Argel, donde ella se reencontrará con su familia” (p. 69). Se refiere aquí a “la princesa que él ha rescatado de las garras del Gobernador portugués” (p. 73).

A modo de conclusión, terminamos con estas palabras de Sergio Barce que hacen del recuerdo algo inmaterial y eterno. Gracias a él, se pueden construir puentes, exorcizar realidades, poetizar mundos, rescatar vivencias: “Los recuerdos, claro. Es lo único inmaterial. Hay tantos recuerdos que es imposible condensarlos: desde Mina, la mujer que cocinaba en casa y me llevaba al zoco con ella, a la que he dedicado varios relatos, hasta los amigos de la infancia que he ido rescatando con los años (Luis, Lotfi, Jose Maria, Gabriela, Emilio, Abderrahman, Fátima, Amina, Marina…) eso es un tesoro, los recuerdos de la playa, de mis correrías por la Medina, del Casino, del Balcón del Atlántico a donde nos íbamos cada atardecer, los partidos de fútbol en la playa cuando bajaba la marea, aquella mujer a la que le vi los pechos -los primeros que veía en mi vida, que se han quedado grabados en mi memoria-, cruzar el río en barca, los cines, allí aprendí a amar el cine, inflarnos de comer churros en la plaza de España, mis días de monaguillo en la Iglesia (éramos muy traviesos y hacíamos muchas diabluras), ya ves, en un momento han comenzado a regresar un montón de recuerdos.”

Como dijo el poeta: “Podrá no haber poetas; pero siempre / Habrá poesía”

Abdellatif Limami


[1]  Sergio Barce ; Una sirena se ahogó en Larache; Editorial Círculo Rojo – colección Novela; 1ª ed. abril de 2011; Sevilla; España. Subrayamos también que los testimonios de Sergio Barce que figuran en este trabajo corresponden a respuestas suyas a preguntas que le hemos formulado por internet (mayo de 2011)

           

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