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CÓCTELES

Este fragmento, que pertenece a las memorias de Luis Buñuel, Mi último suspiro, se recoge en el último número de la revista Litoral dedicado a “Bares & Cafés”, en concreto en el capítulo titulado “Cócteles”, en el que también hay un precioso poema de Juan José Téllez.

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Transcribo el fragmento de Buñuel porque sé que le gustará al amigo Alberto Gómez Font.

“Desde luego, nunca bebo vino en el bar. El vino es un placer puramente físico que no excita en modo alguno la imaginación.

En un bar, para inducir y mantener el ensueño, hay que tomar ginebra inglesa. Mi bebida preferida es el dry-martini. Dado el papel primordial que ha desempeñado el dry-martini en esta vida que estoy contando, debo consagrarle una o dos páginas. Al igual que todos los cócteles, probablemente, el dry-martini es un invento norteamericano. Básicamente, se compone de ginebra y de unas gotas de vermut, preferentemente Noilly-Prat. Los buenos catadores que toman el dry-martini muy seco, incluso han llegado a decir que basta con dejar que un rayo de sol pase a través de una botella de Noilly-Prat antes de dar en la copa de ginebra. Hubo una época en la que en Norteamérica se decía que un buen dry-martini debe parecerse a la concepción de la Virgen. Efectivamente, ya se sabe que, según Santo Tomás de Aquino, el poder generador del Espíritu Santo pasó a través del himen de la Virgen <como un rayo de sol atraviesa un cristal, sin romperlo>. Pues el Noilly-Prat, lo mismo. Pero a mí me parece una exageración.

Luis Buñuel”  

   

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CRÍTICA A «UNA PUERTA PINTADA DE AZUL», DE SERGIO BARCE, EN EL DIARIO IDEAL DE GRANADA, POR JOSÉ SARRIA

De nuevo de la mano del poeta José Sarria, su crítica sobre mi libro de relatos Una puerta pintada de azul (Ediciones del Genal, 2020) en el Diario Ideal de Granada. Agradecido por sus hermosas palabras.

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EL FERRY «IBN BATOUTA»

 

Ahora que las relaciones entre España y Marruecos se complican por problemas meramente estéticos, por cuestiones que a la inmensa mayoría de los marroquíes y de los españoles les perece que se pueden tratar sin tantos aspavientos y sin regalar carnaza gratuita a esos que aprovechan cualquier disputa para azuzar el odio, por asuntos creados para desviar la atención de otros más acuciantes, veo una foto del barco “Ibn Batouta” y esta simple estampa me es suficiente para añorar Marruecos y a su gente. Tras estos meses de pandemia, anhelo volver a viajar hasta allí, necesito regresar a la tierra amada, abrazar a los amigos.

Ese barco pintado de blanco y amarillo era un ferry de la compañía Limadet (Lignes Maritimes du Detroit) que unió, que nos unió, a partir de julio de 1966. Cubría la travesía entre Tánger y Málaga. Luego, años después, pasó a realizar la ruta de Tánger a Algeciras.

El “Ibn Batouta” era mi barco. Yo era un niño y ese ferry me parecía un gigante. Recuerdo que, en las vacaciones de verano, dejábamos Larache montados en el Renault 10 de mis padres, también amarillo, con matrícula marroquí, y llegábamos al puerto de Tánger y ahí comenzaba la pesadilla de mi padre. Meter el vehículo en el barco era entonces toda una maniobra de pericia, porque los operarios deslizaban dos largas y estrechas planchas que unían el muelle a la boca de la bodega del “Ibn Batouta” y los coches debían introducir sus ruedas justo en esos dos railes metálicos mientras el ferry se balanceaba. Mi padre sudaba cada vez que se enfrentaba a esa prueba, temiendo no acertar y que el coche quedara colgado en el aire o, peor aún, pudiese caer al agua. Pasado ese mal trago, que se repetía al desembarcar, llegábamos a Málaga, donde residían mis abuelos maternos, que nos esperaban ansiosos por tener noticias de Larache, que ellos habían tenido que dejar en el 57 y que tanto añoraban.

Cuando el ferry hacía la travesía a Málaga, el viaje por mar se hacía eterno. Y cuando cambió para cruzar de Tánger a Algeciras, el trayecto en coche también resultaba interminable con esas carreteras de un solo carril en cada sentido. Esos eran viajes de verdad, bajo el calor del mes de julio o agosto, sin aire acondicionado, solo con las ventanillas bajadas, a poca velocidad porque los coches entonces no tenían la potencia de ahora, cargados hasta los topes, con la baca llena de maletas y regalos, con cinco personas metidas en el interior del Renault 10. Viajábamos de la misma manera que los emigrantes marroquíes que cruzan Europa. Exactamente igual. Pero aquellos eran viajes inolvidables. Luego, al finalizar las vacaciones, regresábamos a Marruecos, a Larache, ilusionados por volver.

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En uno de aquellos viajes en el “Ibn Batouta”, en mi barco, me perdí. No sé cómo lo hice, pero mis padres no daban conmigo y, mientras los delfines acompañaban el avance del ferry (no me lo invento, era así, el mar lleno de bellos delfines saltando a los costados del barco) yo me adentré por alguna zona y me quedé dormido sentado en una butaca de madera. Debía de estar agotado de corretear de un lado a otro. Mi padre dio aviso, y mi madre lloraba pensando que me había asomado con imprudencia por la borda y había acabado ahogándome. Qué exagerada. Yo, mientras tanto, inocentemente, soñaba a pierna suelta. La tripulación se puso a buscarme, hasta que alguien pensó que ese niño que dormía como un lirón con pantalones cortos y corbatita podía ser el niño perdido. No me regañaron o al menos no lo recuerdo. Pero mis padres ya no dejaron que me alejara de ellos.

Nunca me aburrieron esas travesías. Si no era porque me quedaba observando fascinado a los delfines era porque jugaba con otros niños que solo conocía en cada viaje, niños marroquíes y niños españoles, y a los que ya nunca volvía a ver. También me quedaba junto a algún mecánico que salía a fumarse un cigarrillo y lo escuchaba mientras hablaba de su trabajo o de cualquier cosa. A veces, el trayecto se complicaba si la mar estaba picada. El ferry se movía de verdad, como un frágil cascarón, y no como ahora, más seguros y mejor construidos, y yo me reía viendo a los viajeros que se asomaban a las barandillas para vomitar. Los niños tienen esa pizca de crueldad, y yo no me iba a librar.

Todo esto que narro no es más que un dibujo, una acuarela que me sirve para contar que, en realidad, cuando dejaba Marruecos y veía alejarse su costa, creía ir a mi país, porque no dejábamos de ser españoles, aunque mis bisabuelos se hubiesen instalado en Larache a principios del siglo XX, y, sin embargo, cuando estaba en España, al igual que le ocurría a mis padres, deseaba volver sobre la misma estela blanca que habíamos dejado atrás dibujada en el mar, como si fuesen las miguitas de pan que hubiésemos ido arrojando desde el “Ibn Batouta” para no perdernos a la vuelta.

Miro de nuevo esta fotografía y doy un salto en el tiempo. Me veo de nuevo en cubierta, notando la caricia de la brisa, y me llega el olor del puerto de Tánger, que no huele igual que los otros puertos; y me veo también bajar a la bodega y montarnos en el Renault 10 amarillo, ver a mi padre al volante, en tensión, cruzando sobre las dos planchas metálicas, como un equilibrista, mientras desembarcamos, detenernos ante el gendarme que echa un vistazo a los pasaportes y con una tiza hace un garabato sobre el cristal delantero y con un gesto ordenar a mi padre que avance. Tomar la antigua carretera de la costa, un viaje de horas, hasta ver de pronto asomar el faro de Larache, el acantilado de Ain Chakka, el puerto pesquero, el castillo, todo como una estampa. Y pensar que apenas en unos quince minutos ya estaremos de nuevo en casa.

No. Ni entonces ni ahora ningún político o ninguna cuestión política romperá todo lo que nos une.

Sergio Barce, junio 2021

 

 

 

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«UNA PUERTA PINTADA DE AZUL», DE SERGIO BARCE, POR JOSÉ SARRIA PARA DIARIO LUZ CULTURAL

Una preciosa reseña del poeta José Sarria sobre mi libro Una puerta pintada de azul (Ediciones del Gena, 2020) que se ha publicado en Valencia, en el Magazine Diario Digital Luz Cultural.

 Una Puerta Pintada de Azul

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UN POEMA DEL ESCRITOR TANYAUI RAMÓN BUENAVENTURA

En el año 2019 se publicó el número 2 de la revista Narrativas (Souroud, The journal of Literary Criticism), dedicado a la Cultura del Viaje Narrativo (The culture of travel narrative), que editó el Laboratorio de Narrativa de la Facultad de Letras  y Humanidades Ben M´Sik de Casablanca. Los artículos recopilados estaban escritos en inglés, francés, español y árabe.

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En ese número tuve la fortuna de participar gracias a la profesora Aicha el Maati, y mi artículo se titula La teoría del viaje: El viaje también es el retorno, y en él mencionaba y me remitía a otros autores. Para coronarlo, escribí lo siguiente:

«…Uno de los poemas de Ramón Buenaventura recopilados en Los papeles del tiempo me sirve ahora para cerrar este artículo. Lo escribió cuando abandonaba Marruecos, y en sus versos afloran la rabia, la frustración y el dolor por la tierra que se abandona y que nosotros hemos escondido entre las líneas de nuestros relatos:

<Adiós>

Andrajoso de nubes,

el cielo mira al suelo.

Viejo Cronos,

con su reloj de lágrimas. Me marcho.

Ninguno de estos versos me ha servido de nada.

He intentado quedarme

con Aicha Jandicha.

He intentado perderme

por el sendero rojo entre chumberas.

He intentado arbolarme en eucaliptos.

He intentado esconderme

en una de mis tumbas.

Es inútil. Me marcho.

Viejo cielo andrajoso. 

 

(Ramón Buenaventura – Tánger, 1958)

Sergio Barce«

 

 

RAMÓN BUENAVENTURA
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