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SIDNEY POITIER

Siempre se pone de ejemplo a Cary Grant como el actor más elegante que ha pasado por la gran pantalla. Sin duda, Sidney Poitier no le anda muy a la zaga, pero jugaba con una carta de menos: no era blanco. En los años en los que comenzó a despuntar, ser negro no era ninguna ventaja, al contrario, hubo de luchar contra una absurda discriminación que postergaba a los actores de raza negra a roles menores, en general, de sirvientes o de esclavos. Pero apareció él y marcó estilo.

Yo era un ferviente admirador suyo por muchas razones: por su lucha en defensa de las libertades civiles, por su saber estar, por su educación, por su admirable elegancia natural, por su altísima calidad interpretativa. Además, hay que decirlo aunque uno sea hombre y heterosexual: el tipo era realmente guapo, atractivo y simpático. Sabía estar, y su poderosa presencia se imponía al resto de los actores que lo acompañaban en sus películas. Dio la réplica a Richard Widmark, a Clark Gable, a Burt Lancaster, a Spencer Tracy y Katherine Hepburn juntos, a Paul Newman (uno de sus grandes amigos) y a quien se le pusiera por delante. Actuaba, cantaba y bailaba. Y cuando se ponía un traje, caballeros, ah, entonces teníamos delante a un figura, un tipo que se movía con una soltura de gentleman. 

Creo que En el calor de la noche (In the heat of the night, 1967) la habré visto unas seis o siete veces. Cosas de enfermos por el cine. Su tour de force con Rod Steiger ha quedado ya entre las interpretaciones que cualquier cinéfilo rememora. Pero hay una escena en esa película que a mí, particularmente, me hace temblar de emoción. Se desarrolla en un invernadero al que acude el inspector Tibbs (Sidney Poitier) que investiga la muerte del señor Colbert, acompañado por el jefe de policía Gillespie (Rod Steiger). Hasta allí lo conduce un criado (negro, por supuesto), donde va a reunirse con el mandamás del pueblo, el señor Endicott, al que da vida el excelente Larry Gates. Endicott es un millonario lleno de odio y rencor que no soporta a los negros. Durante el diálogo que mantienen el inspector y él, hay un momento en el que Endicott pone de manifiesto su racismo y llega a comparar a los negros con una planta (hay que cuidarlos para que crezcan, como si no fuesen seres humanos). Pero, en ese momento, el inspector ha encontrado una pista que puede involucrarlo en el asesinato y Gillespie se da cuenta de ello. El señor Endicott percibe entonces que la visita no es de mera cortesía y se acerca al inspector Tibbs, pero el jefe de policía Gillespie quiere salir de allí cuanto antes. El diálogo que sigue es fantástico:

Gillespie:  No queremos molestarle más, señor Endicott.

Endicott:  ¿Por qué han venido ustedes?

Tibbs:  Para interrogarle sobre Colbert.

Endicott:  Me ha parecido no entender. ¿Ustedes dos han venido para interrogarme?

Tibbs:  Bueno, sus actitudes, señor Endicott, sus puntos de vista son bien conocidos. Algunas personas, todas las que trabajaban para el señor Colbert, podrían mirarle a usted como la persona que menos lamentaría su muerte… Tan sólo pretendemos aclarar algunas cosas… ¿Estuvo el señor Colbert en este invernadero anoche alrededor de las doce?

Endicott, mientras el inspector le hablaba, se ha ido acercando, y al escuchar esta última pregunta reacciona de una manera inopinada abofeteando a Tibbs que, por su parte, le responde inesperadamente al segundo devolviéndole la bofetada con el revés de la mano. Endicott se acaricia la mejilla, paralizado ante lo sucedido, al igual que Gillespie y el criado. Jamás nadie había osado en replicar al señor Endicott y menos aún en abofetearlo.

Endicott (aún estupefacto):  ¡Gillespie!

Gillespie (titubeante):  Diga…

Endicott:  ¿Lo ha visto usted?

Gillespie:  Sí… si, señor. 

Endicott:  Bueno, ¿qué va a hacer usted?

Gillespie (contrariado):  No lo sé…

Endicott (dirigiéndose a Tibbs, que lo mantiene la mirada, desafiante):  No olvidaré esto. Hubo un tiempo en que le hubiera hecho matar…

El inspector le da de lado y sale del invernadero, y, al poco, lo sigue el jefe de policía Gillespie. El criado, sin creerse lo sucedido, también abandona el lugar y el señor Endicott, ya a solas, no puede evitar ponerse a llorar de rabia, de frustración y de vergüenza, incapaz de soportar la humillación sufrida.

Cuando vi esta escena por primera vez en el cine, me revolví en mi butaca. Me había alegrado tanto de que ese personaje no se hubiese amilanado, que hubiera sido capaz de devolverle el golpe, y con esa elegancia, que hubiera aplaudido. Admiraba a ese inspector que iba contra todas las reglas, que rompía una lanza por la dignidad de los de su raza y, en general, por el ser humano. Pero en realidad era a Sidney Poitier a quien yo acababa de instalar en mi pódium particular de héroes imborrables. Y desde entonces ha permanecido en él. 

Sergio Barce, enero 2022

 

 

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HABLANDO DE CINE ITALIANO

Cómo me gusta el cine italiano. Desde «Ladrón de bicicletas» (Ladri di biciclette) hasta «Fue la mano de Dios» (È stata la mano di Dio) hay mucha tela que cortar. Sólo por sus nombres de pila los conoceréis: Totó, Marcello, Sophia, Vittorio, Claudia, Ralf, Giulietta, Alberto, Franco, Anita, Giancarlo, Laura, Stefania, Toni… Incluso sus directores nos vienen a la memoria por sus apellidos, cercanos y familiares: De Sica, Fellini, Antonioni, Pasolini, Scola, Risi, Monicelli, Lattuada, Rossellini, Comencini, Ferreri, Bertolucci, Petri, Moretti, Benigni, Tornatore… Y el icónico Leone, y el mayo músico de la historia: Morricone, esos dos genios para la eternidad. Ahora Sorrentino sigue la estela de tanta gloria. Cine, cine y cine con los títulos ya mencionados y con «Dos mujeres» (La ciociara), «Anna», «La gran belleza» (La grande bellezza), «Hasta que llegó su hora» (C`era una volta il West), «Cinema Paradiso», «La escapada» (Il sorpasso), «La vida es bella» (La vita è bella), «La strada», «Roma, ciudad abierta» (Roma, città aperta), «Una jornada particular» (Una giornata particolare), «El gatopardo» (Il gattopardo), «Bellísima» (Bellissima) y así hasta el infinito. Sí que me gusta el cinema italiano.

Sergio Barce, enero 2022

 

 

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CROQUIS DE BOLSILLO DE LAS ZONAS DE CEUTA-TETUÁN-LARACHE

Ésta es una de mis últimas adquisiciones para la colección de grabados, mapas, revistas, carnets, documentos y libros antiguos que guardo relacionados con Marruecos. Se trata de un curioso mapa desplegable que se guarda en un pequeño cuadernillo que cabe en la mano, de ahí que se le llame «Croquis de Bolsillo de las zonas de Ceuta-Tetuán-Larache», y data del año 1921. El mapa al desplegarse muestra todo el territorio, pero, para poder escanearlo y exhibirlo en mi blog, me he visto obligado a dividirlo en dos. Además, presenta la curiosidad de contener una errata en la fecha: «Obtubre» de 1921. Cosas de imprenta.

 

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«LOS PERROS DE TÁNGER», UN POEMARIO DE ISAAK BEGOÑA

Nos vemos en Tánger

dijiste

Y aquí he venido a esperarte

entre barcos a la deriva

sueños y malandros

Entre la bruma del estrecho

con una vieja chilaba

y zapatos ajados.

Este bellísimo poema se titula Nuestra historia siempre vuelve, y pertenece al libro Los perros de Tánger, de Isaak Begoña.

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El volumen recoge unos textos cargados de humanidad, añoranza y buena poesía. Tánger como inspiración, como lugar de retorno, como destino del alma y de los sueños. Isaak Begoña ha confeccionado un hermoso mosaico de palabras que me han taladrado, como lo hará a cualquiera que sienta esta nostalgia impenitente por Tánger en particular, por Marruecos en general, porque en su compleja sencillez te alcanzan el corazón. A veces, los versos me llegan y se varan en mi pecho. Los poemas de Isaak Begoña lo han hecho.

Medina

 

Los zocos

grandes y pequeños

son una alfombra de luz

que baja desde la kasbah

hasta el puerto

Territorio de verano

alacena de mis recuerdos

y sueños.

La edición está muy cuidada y es un placer tener el libro entre las manos. Los textos están en español, francés y árabe, con traducción de Abdelkrim Zekri Tarifet y Véronique Hoffmann-Martinot, acompañados de suaves y delicadas ilustraciones de Lucie Geffré. Edita Volapül Ediciones.

Sergio Barce, diciembre 2021

ISAAK BEGOÑA
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