“Pasé todo el día deambulando por las calles, que me tragaban y vomitaban alternativamente. Todas las mujeres que veía me excitaban violentamente. Entré en un water público y me masturbé pensando en uno de los culos que más me impresionaron. Por la noche descubrí que podía dormir en el mercado de Fondak Chayra. Sólo cobraban una peseta y podías tumbarte donde quisieras. Un gran establo estaba cubierto por un tejado de cemento. Arriba dormían los hombres, abajo los animales. Había de todo: café, restaurante, tiendas, pequeñas habitaciones, putas, fruterías. Parecía una pequeña ciudad. Me encontré con un borracho mientras subía la escalera. Dijo, tendiendo la mano hacia mi cara, como queriéndome acariciar:
-¿A dónde vas, guapo?
Aparté violentamente su mano. Subí los escalones de dos en dos, con miedo; soltó una carcajada:
-¡Me pegas, eh! ¡Qué arisco! –Llevaba en la mano una botella de vino-. Espérame, voy por vino y vuelvo enseguida, no te vayas.
Se fue riendo. Yo subía con miedo. Siguió diciendo:
-Esta noche serás mío. ¡Enseguida vuelvo! No te dejaré escapar. Esta noche serás mío.
Decenas de personas estaban tendidas o sentadas. Muchos dormían, otros bebían, fumaban kif, charlaban y cantaban. Un borracho estrechaba a un muchacho, besándole en la mejilla. Alguien le dijo:
-Ahora no, déjale tranquilo. Después harás con él lo que quieras, ¡qué pesado eres! Parece como si nunca hubieras visto a un chico.
No dormiré aquí, en este burdel. Prefiero dormir en el cementerio.” (El pan desnudo)


“No he querido dejar pasar la ocasión de presenciar algo de mala vida marroquí, asistiendo, con Cabrera y Escalera, a un cafetín del zoco de afuera, entre las barracas. A la entrada nos recibe una vieja judía, que nos cobra el real moruno de entrada. En el barracón, en el fondo, el <cuadro>, como dirían en Madrid, de músicos y cantores. Hay un moro que toca un ronco violín, las mujeres, moras tangerinas y tunecinas, y judías argelinas, golpean las <tarisas>, especie de tambores de barro de forma de doble cono truncado invertido. Sírvenos té el turco de la fiesta prenupcial, el hombrecillo de mercurio, despojado esta vez de su brillante traje de seda roja. Tras un canto monótono que nos adormece, la bailarina, una <cheja> tunecina, se levanta, llevando en cada una de las manos un largo pañuelo que llega al suelo, y se dirige ante cada grupo de consumidores, iniciando la danza que es un verdadero simulacro lascivo. Cuando ella ha ejecutado algunos compases, el consumidor pone término a la danza, colocando sobre la frente de la <cheja> una moneda de plata. Al llegar a nosotros, su cara casi negra, pero bella, en su género de belleza salvaje, y expresivo, reluce bajo el sudor. Danza con los brazos bajos, inmóviles, arrastrando los pañuelos, los senos altos, erguidos y bellamente divergentes, vibran sin cesar, bajo la acción de la doble rotación del vientre, proyectándose de derecha a izquierda y de atrás adelante. Pongo un duro <asan> sobre su frente y siento bajo los dedos la sensación tibia y húmeda del sudor y el fino relieve del tatuaje que la adorna. En tanto que una mora adiposa, toda vestida de verde, consume ginebra, copa tras copa entre los hombres. Algunas extraviadas andaluzas abrazan a los horribles boteros negros del puerto, que muestran en sus caras una voluptuosidad transfiguradota.
» … prefiero estar callado y parecer imbécil, que hablar y disipar todas las dudas …” (Groucho Marx)
Le quiero como a un hermano, como Caín a Abel. (Woody Allen, Delitos y faltas)
— Chicolini, ¿Cuando nació usted?
— No me acuerdo, no era más que un bebé. (Groucho Marx, Sopa de Ganso)
Todos los hombres son mortales. Sócrates era mortal. Por lo tanto, todos los hombres son Sócrates. Lo que significa que todos los hombres son homosexuales. (Woody Allen, La última noche de Boris Grushenko)
¿Que esta mujer me prepara una encerrona?… ¡¡Oh!!, ¡que me encierren con ella!… ¡no podría ocurrirme nada mejor! (Groucho Marx, Un día en las carreras)
No es que tenga miedo a morirme, es tan solo que no quiero estar allí cuando suceda. (Woody Allen, Sin plumas)
¿Y a quién vas a creer, a mi, o a tus propios ojos? (Groucho Marx, Sopa de Ganso)