“DE LA OTRA BANDA AL RINCONCILLO”, UN RELATO DEL ESCRITOR LARACHENSE LEÓN COHEN MESONERO

Mi paisano y amigo León Cohen me envía este relato para que podamos disfrutar tanto de su historia como de su estilo inconfundible. De nuevo viajamos a Larache y nos damos un emotivo paseo por la otra banda, y luego León nos lleva hasta el Rinconcillo, ya en Algeciras, donde se instaló tras abandonar Marruecos. Como bien subtitula León, “un paseo por las dos orillas” de Larache y de Algeciras, sus dos ciudades. Pero un paseo también por las emociones. Porque todos hemos vivido algo muy parecido y podemos identificarnos con lo que León Cohen nos describe en este corto pero intenso relato.

Sergio Barce, enero 2019

La otra banda de Larache

La otra banda de Larache

De la otra Banda al Rinconcillo

 Paseo por las dos orillas

Desde la Plaza de España me dirigí al Balcón del Atlántico, y tomé la cuesta que me llevaba al Barandillo muy cerca ya del puerto pesquero. La verdad sea dicha, el camino hacia el Barandillo ha mejorado mucho desde entonces y resulta placentero recorrerlo. Allí, como siempre, como estancados en el tiempo seguían los barqueros dispuestos a transportar al primer llegado para llevarlo hasta la Otra Banda. Le dije al joven, que quería la barca para mí solo, y que por favor me llevara sin prisa. Me senté en la popa y sentí en mi cuerpo el suave balanceo de la barca sobre el agua sincronizado con las brazadas del remero, ese subir y bajar al ritmo de las olas, que provocaba en mí sensaciones conocidas que me retrotraían a tiempos remotos hundidos en mi memoria, y sin embargo nunca olvidadas. Transportado al ritmo de los movimientos de los remos, como tratando de vencer y hacer recular al tiempo transcurrido, me puse a soñar y a rememorar mi infancia, en un viaje que siempre me pareció sin retorno. Por fin desembarqué, primero en el río Lukus en el que en tantas ocasiones me bañé, y a cuatro pasos, la Otra Banda, la playa de mi infancia. La de las Escalerillas y la de los Bloques. En aquellos bloques aprendí a sumergirme y a contemplar la belleza y el misterio del fondo marino. Desde los Bloques caminé hasta el Espigón a cuyo pie, a la derecha, se extendía y permanecía inmutable la Playa Peligrosa. Bajé desde la barra a la playa y pude sentir bajo mis pies la suavidad de su incomparable arena blanca. Y ahí estaba el mar en toda su dimensión, su bravura y su majestuosidad. Y comencé a caminar  por su interminable orilla,  como esperando encontrarme al final con algún camino o puerta que me llevara a mi pasado. Pues el tiempo pasado o perdido, solo puede volver a reencontrarse en nuestra imaginación hecha de recuerdos. En esta ocasión mi pretensión era recorrer el imaginario trayecto que separaba a la Otra Banda de Larache del  Rinconcillo, la playa de Algeciras, que se convertiría con el paso del tiempo en la playa de casi toda mi vida. Era algo así como atravesar el tiempo que me llevaba desde mi infancia a la adolescencia y primera juventud. Seguí por mi camino soñado sobre la arena de la playa larachense, y el sueño me condujo hasta alcanzar y desembarcar en la Playa del Rinconcillo: Mi otra playa, mi otra orilla, llena de tantos recuerdos y momentos cercanos a la felicidad plena. Como mi admirado Camus, mi patria es el mar y soy hijo del sol. Llegado al Rinconcillo, tuve que de dirigirme a mi nuevo lugar de residencia en sentido contrario al que inicié en Larache, esta vez desde la playa hasta la ciudad. Así fui aprendiendo a cambiar con el tiempo unos nombres por otros: la Plaza de España por la Plaza Alta, la calle Chinguiti por la Calle Ancha, el Cine Ideal por el Almanzor, y el Chabab y Santa Barbara por el Algeciras y su estadio el Mirador. Y así fui construyendo un nuevo y desconocido presente sobre un pasado entrañable. Sobre la primera capa de mi vida en Larache, la más profunda, se sobreponía como en una cebolla, una segunda e inolvidable capa como lo fue mi estancia en Tánger, que en mi sueño me salté adrede para llegar directamente a la tercera capa algecireña, que sería en definitiva la más espesa y la más larga, y cuya superficie era la que permanecería siempre a la vista, porque a la postre sería mi presente continuo.  De la misma manera que durante el transcurso de la vida, la pubertad se sobrepone a la infancia y la edad adulta a la primera hasta llegar a la vejez. Como otros muchos larachenses, me esperaban dos adaptaciones, una la de la edad a la que todos estábamos destinados  y otra añadida, la de mi nueva casa y mi nueva orilla a las que llegué algo perdido y desorientado, imagino que casi como todos.

Llegado a la playa de Algeciras, decidí despertar y no alargar el sueño. Quise que mi paseo por el pasado fuera corto y empezara en la Otra Banda y acabara en el Rinconcillo, las dos playas de mi vida donde fui tan feliz. Quise que ambas fueran las protagonistas de este recuerdo. Situadas  en dos orillas cercanas y en cierto modo hermanas, por su historia y por su presente. Una más atlántica, otra más mediterránea como Larache y Algeciras, que en distintas etapas de su historia unieron sus caminos y en otras los alejaron. Larachense de nacimiento e infancia y algecireño por destino, siempre me consideraré en deuda con estos dos pueblos milenarios donde tuve la suerte de vivir y de ser. Dos pueblos marineros, bendecidos por la naturaleza, que guardan similitudes, como las de ser hijos del mar, del sol y de la luz y donde la alegría de vivir se palpa por doquier, ya sea en sus calles, sus playas o sus fiestas.   

León Cohen

Enero 2019

El Rinconcillo

Playa El Rinconcillo, Algeciras

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