Archivos Mensuales: julio 2011

LARACHE el pasado 30 de junio en la CASA SEFARAD de MADRID

Este pasado 30 de Junio participé en una mesa redonda en la CASA SEFARAD de Madrid, en torno a la novela “La ciudad del Lucus” del escritor larachense Luis María Cazorla Prieto. El acto se convirtió en sí en una amena charla sobre la propia ciudad de Larache, protagonista indiscutible de su novela, e inspiración tanto para Gabriela Grech, que participó con un Power-point con las fotografías de sus trabajos sobre Larache, como para mí y mis libros sobre nuestra ciudad.

Eduardo Torres Dulce

Luis María Cazorla

  Hizo de perfecto moderador Eduardo Torres Dulce, jurista, ha sido Fiscal Jefe de lo Penal, y reconocido historiador de cine, habitual en el programa de TVE “Qué grande es el cine” que en su día dirigió José Luis Garci. Como digo, Eduardo Torres Dulce hizo una pequeña introducción y dejó primero que Luis Cazorla abriera fuego hablando de su novela, de las vicisitudes que le llevaron a escribirla, y poco a poco Luis Cazorla se vio desgranando tanto la historia que se desarrolló en nuestra ciudad antes de implantarse el protectorado, época en la que se desarrolla la novela, como la historia de su propia familia, desde que se asentaron allí hasta que tuvieron que partir a España.

Luego, tuve la oportunidad de dar mi humilde opinión sobre lo que me había transmitido “La ciudad del Lucus”, lo que me había impresionado la ingente cantidad de datos históricos que contiene, lo minucioso del trabajo de investigación realizado, y lo importante que es conocer los entresijos de aquella parte de nuestra historia. Y glosé el buen hacer de mi amigo y paisano Luis Cazorla como narrador en esta su novela más ambiciosa.

Y, no sé cómo, en cuanto tomó la palabra Gabriela Grech, nos embarcamos en un viaje al pasado, ayudados quizá por las imágenes que se proyectaban de sus fotografías. Los asistentes preguntaban con curiosidad qué lugar era cada estampa que aparecía, qué recuerdos nos traían, y así hablamos durante mucho tiempo de nuestro Larache. Luís, el de sus padres y el de su infancia, Gabriela y yo, que crecimos y estudiamos juntos en los colegios Santa Isabel y luego en las Monjas, nos dejamos llevar por ese impulso del momento, creo que se notó que nos embargaban las ganas por hacerles conocer qué significa Larache para nosotros, cómo nos marcó, cómo nos ha influenciado como personas el hecho de haber convivido con otra cultura, el hecho de que nuestros amigos profesaran las tres religiones.

Eduardo Torres Dulce no disimuló su asombro por tanto entusiasmo, y su sorpresa al comprobar que se pudiera querer tanto a una ciudad como la que estábamos demostrando en esa charla.

Gabriela Grech

Sergio Barce

Finalmente, cedió la palabra a Sam Bengio, Presidente de la Comunidad Judía de Madrid, que nos habló de su vida en Tánger y en Asilah, de cómo Larache y Asilah competían por ser mejores en todo, una sana competencia, y nos encantó comprobar que sus recuerdos eran muy parecidos a los nuestros, que siempre llevaba marcada esa experiencia de haber vivido en un país que respetó a todos. Fue el complemento perfecto a una mesa llena de pasión.

Pero, cuando terminada la mesa redonda se cedió la palabra a los asistentes, nuestra sorpresa fue mayor al comprobar que teníamos frente a nosotros a muchos larachenses, familia de los Amselem, de los Castillo, de los Gomendio, de los Fereres… Muchos de ellos, sin disimular su orgullo y su emoción, tomaron el micro para recordar a sus familiares y la vida en Larache, de aquellos días que no han podido olvidar. Lo cierto es que fue un acto inesperado por lo emotivo, inesperado por lo intenso, inesperado por lo bien que nos lo pasamos todos en torno a la novela de Luis Cazorla y en torno a Larache, a nuestra ciudad.

Personalmente, además de agradecer a Luis Cazorla el que se acordara de mí para acompañarle, y a Casa Sefarad (en especial a Fernando Martínez-Vara de Rey) el haberme invitado a este evento, fue un placer compartir una vez más una actividad con Gabriela Grech, porque nos une algo más sutil que la amistad, y también conocer a Sam Bengio y a Eduardo Torres Dulce, con quien luego disfruté unos minutos hablando de cine junto a mi hijo Pablo, y, por último, algo absolutamente inesperado: cuando tomábamos una copa en el jardín de la Casa Sefarad, vi que una chica hablaba con Gabriela, la miré y le dije que yo la conocía, que estaba seguro de conocerla, y entonces me respondió: soy Yamila Yacobi; tú, Gabriela y yo, añadió, estábamos en la misma clase hace ya treinta y ocho años… Curiosa la memoria, que me había guardado en un pequeño cajón los rasgos de aquella niña para ahora poder reconocerla pese al tiempo transcurrido. Ha sido realmente extraordinario recuperarla. Y fue la guinda del pastel.

Sergio Barce, julio 2011

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Cuadernos de cine: BLACKTHORN (2011) de MATEO GIL

La emocionante escena en la que el viejo Butch Cassidy detiene su cabalgadura ya en la frontera, se gira lentamente y, por encima del hombro, se ve a sí mismo joven y lleno de vida, libre y rebelde, rodeado de sus amigos forajidos, resumen bellamente el espíritu de esta crepuscular película española del Oeste.

Sam Shepard es Blackthorn – Butch Cassidy

La trama es sencilla: veinticinco años después de su muerte, el legendario Butch Cassidy  (interpretado con sobriedad y talento por el gran Sam Shepard), en realidad aún sigue vivo escondido en el interior de Bolivia. El encuentro fortuito con un ingeniero español que ha robado el dinero de una mina, hace que, contra su voluntad, vuelva a cabalgar perseguido por un grupo de pistoleros primero y por el ejército boliviano después.

Para mi generación, Butch Cassidy & Sundance Kid siempre han sido Paul Newman y Robert Redford, que los interpretaron en la mítica cinta de 1969 “Dos hombres y un destino” (Butch Cassidy & The Sundance Kid) de George Roy Hill.

Butch Paul Newman & Sundance Robert Redford

Nikolaj Coster-Waldau es Butch Cassidy joven

Aquella cinta terminaba con el tiroteo que se produce tras la emboscada que los dos forajidos sufren a manos del ejército de Bolivia, y la escena queda congelada con ambos desenfundando sus armas para defenderse de los soldados que, previsiblemente y sin duda alguna, van a masacrarlos. Ahora, el realizador Mateo Gil y el guionista Miguel Barroso, ambos españoles, construyen una historia que comienza realmente en ese punto, cuando los dos amigos caen asesinados; pero como toda leyenda, uno de ellos, en este caso Butch Cassidy, ha conseguido sobrevivir y ha envejecido en un pequeño rancho del país sudamericano.

El ritmo del film es tranquilo, quizá acorde con la edad del viejo Butch, pero no decae en ningún instante, al contrario, va in crescendo, y cuando llegan las escenas de acción, se hace intenso. A ello ayuda unas interpretaciones convincentes. Es un acierto que el personaje de Butch Cassidy lo encarne Sam Shepard. A estas alturas sólo Sam Elliott, Keith Carradine o Kriss Kritofferson podrían haber sido una alternativa seria. Sam Shepard le da empaque, le da sobriedad, le da experiencia y sabiduría. Con este actor, el film se convierte en un western crepuscular, muy entroncado con el “Duelo en la Alta Sierra” (Ride the High Country, 1962) de Sam Peckinpah, con el que guarda bastantes semejanzas, y sus parlamentos y recuerdos convierten a ese mundo del viejo Oeste ya pasado, al de su juventud, en algo mítico, irrepetible e irrecuperable.

Eduardo Noriega en Blackthorn

En algún momento de la película, el ingeniero español, al que da vida muy certeramente Eduardo Noriega, pregunta a Butch Cassidy que cómo era posible que no se hubiera convertido en un rico hacendado, y el cansado pistolero le responde, tranquilo y sabio, que él había sido libre toda su vida, y que ésa era la mayor riqueza que un hombre podría tener.

La música es de Lucio Godoy, magnífica su banda sonora, como extraordinarias las canciones que suenan durante la película, y la fotografía de Ruiz Anchía, al que admiro desde su impecable trabajo en “Los amantes de María” (Maria´s lovers, 1984) de Konchalovsky. Como digo, dos aciertos, porque la música es sutil, envolvente, con un cierto halo nostálgico, y la fotografía, ayudada por los paisajes increíbles de Bolivia (el desierto de sal, las gargantas de piedra, las montañas enrevesadas o esas praderas que nos brindan escenas de puro western), acertada y muy controlada, los espacios abiertos se llenan de luz, la noche al raso se impregna de un tono plomizo y mineral, y la iluminación de cada espacio encuentra su tono adecuado.

Padraic Delaney es Sundance Kid

También Ruiz Anchía enfoca al rostro de Sam Shepard sin conmiseración alguna, sus arrugas se nos revelan al detalle, como cada cana de su barba o sus cansados ojos celestes, sus facciones son parte del paisaje, en realidad, el paisaje mismo de su alma ya cercana al ocaso.

Curiosamente, pocas reminiscencias del spaghetti-western. Lo cierto es que las esperaba, porque ese tipo de películas se rodaron en Almería, porque eran coproducciones españolas, porque los técnicos y los actores eran en su mayoría de nuestro país. Sin embargo, Mateo Gil huye deliberadamente de ese cine, y regresa al western clásico americano, algo raro, algo peculiar.

También acierta este film en sus flash-back, nada cargantes, montados en el instante justo, que apuntalan la trama de la vida de Butch Cassidy y las razones por las que ha llegado a su situación actual. El actor Nikolaj Coster-Waldau presta un físico que se acopla perfectamente a los años salvajes del viejo Sam Shepard, lo que hace más creíble sus recuerdos; y tanto Padraic Delaney en el papel de Sundance Kid como el magnífico Stephen Rea en el rol del también agotado y cansado perseguidor de los bandidos, arropan con oficio y seriedad el trabajo del protagonista que, en definitiva, lleva el peso de toda la película.

Butch Cassidy/Sam Shepard nos va atrapando poco a poco, igual que Paul Newman en su día, y se convierte en esa leyenda que arrastra tras de sí una vida llena de violencia, de cabalgadas, de robos y de huidas, pero también de pequeños gestos llenos de honestidad y de ética, la ética de los forajidos del viejo Oeste que ya nunca volverá.

Sergio Barce, julio 2011

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LARACHE vista por… CRISTINA MARTÍNEZ MARTÍN

Larache. Ambientada en los años inmediatamente anteriores a la Independencia de Marruecos, su protagonista. doña María, es una candorosa mujer española que se verá permanentemente humillada por su marido, un capitán del ejército, del que, sin embargo, ella está enamorada. Poco a poco, irá descubriendo el otro mundo que convive con ellos en la ciudad, el de la comunidad musulmana, la nativa del país, y será a través de ellos, de los larachenses más humildes, donde irá descubriendo su propia personalidad, su fuerza interior, el arraigo a la familia y las auténticas metas que darán sentido a su vida.

Éste es el argumento de “Te devuelvo la memoria” (Caja Castilla-La Mancha –Madrid, 2007), preciosa y nostálgica novela de la escritora larachense Cristina Martínez Martín, un sentido homenaje de Cristina a su madre, a la que devuelve su memoria.

 “…Él era uno de esos hombres cuyos resortes mueve la pasión. Desde siempre había sido de esa manera. Nunca se había avenido ni a las medias tintas ni a los apaños. Y esa ternura tan nueva, que ni por sus hijos había sentido nunca, se le antojaba un estorbo, algo que lo hacía dudar, introduciendo en su alma mucha confusión.

   Omar lo condujo enseguida a la casa de Rosario.

   Para llegar allá había que atravesar la calle en canal. La casita blanca donde la había instalado se encontraba en un extremo del barrio de Nador, el de las prostitutas, en las afueras de la ciudad. A esas horas salía música de las puertas obscenamente abiertas para atraer a los que buscaban el calor prestado de unos besos pagados o a los que necesitaban verter, aunque fuera en unos cuerpos maltrechos, mucha soledad.

   El capitán respiraba con confort el hedor que rezumaban aquellas callejas siniestras. Se sabía escindido entre su doble faceta de hombre pulido, capaz de mantener las formas con gente encopetada, y su necesidad de dejar libre sus instintos, lo cual solamente era posible en ese ambiente sórdido en el que las pasiones no necesitaban disfrazarse. Por eso la amaba allá en aquella casa arrinconada entre ese barrio y el cementerio.

   La casa estaba construida sobre un montículo frente al mar. Un mar majestuoso, centelleante y misterioso… Con unas puestas de sol magníficas…

   Al lado, reposaban su sueño eterno algunos muertos ilustres, entre los que se contó un día el duque de Guisa, aquel proyecto de rey que desde su Francia natal había venido a morir a esta tierra tan distinta a la suya. Los panteones en mármol rosa o blanco, así como las lápidas más sencillas de granito, yacían olvidados. Hacía años que el reino de los muertos servía de alimento a una profusión de plantas y flores muy vivas que lo invadían todo ocultando las tumbas y convirtiendo aquel lugar, un día sagrado, en un salvaje jardín…”

Presentación de la novela en Larache: Mohamed Laabi, Sergio Barce, Cristina Martínez, Mª Dolores López & Mohamed Al Baki

    “Te devuelvo la memoria” es de lectura sencilla, atrapa al lector desde el comienzo y cada párrafo está escrito con tanto afecto que es difícil sustraerse a él; te embarga una especie de melancólica emoción, y por supuesto vives en cada una de sus páginas el Larache de esa época. Recrea el ambiente de la ciudad, sus calles, los barrios más populares y más humildes, la vida cotidiana de sus habitantes, las tradiciones marroquíes, que la protagonista va descubriendo con sorpresa, y plasma con realismo la relación que existía entre la casta militar española asentada durante el Protectorado y la población autóctona, que nada tenía que ver con la que desarrollaba la población civil, más integrada y tolerante.

    “El 15 de julio se casaba la heredera. Un acontecimiento que todo el mundo esperaba con curiosidad. La familia Bargalló era la crema de la sociedad larachense. Las malas lenguas, que siempre las hay, insinuaban que descendían de unos oscuros comerciantes de Sabadell, ellos proclamaban que su sangre era más azul que la tinta azul. El padre de Pili había sido cónsul del gobierno del Generalísimo en Ceuta antes de venir a Larache. Su puesto le había proporcionado amigos influyentes en las altas esferas, comentaba él. Se decía que había aprovechado la coyuntura para hacer de intermediario en varios negocios lucrativos, comentaba la gente por lo bajo, y se había forrado de dinero. Gozaba en la ciudad de una posición privilegiada.

   Los Bargalló vivían en un chalet frente al balcón del Atlántico. Aparte de la Plaza de España, la mejor zona de Larache. El balcón del Atlántico era el límite natural de la ciudad, el extremo del saliente rocoso sobre el que ésta había nacido. El balcón del Atlántico terminaba bruscamente en un acantilado de ocho metros de altura sobre el mar. Justo en el borde se había construido, protegido por una balaustrada blanca, un jardín estrecho con una pequeña glorieta en el centro, donde los domingos tocaba marchas la banda del Regimiento español. Los días que el mar se enfurecía, rompían las olas bravamente sobre el acantilado salpicando de espuma la balaustrada, cruzándola y regando de agua salada los arriates de geranio y verbena.

   Frente al jardín del Atlántico, se encontraba una fila de chalets blancos y lujosos, precedidos a su vez de una jardincillo particular en donde crecían apretadamente la buganvilla, el jazmín y los hibiscos. Además de los Bargalló, vivían allí el doctor Levi, un cirujano con mucha fama, el Bajá, primo del rey, y otros dos ricos comerciantes judíos.

   Pili Bargalló se casaba y las invitaciones recién salidas de la imprenta invadían las casas de las familias bien de Larache.”

Casa de la Cultura de Larache – asistentes a la presentación de TE DEVUELVO LA MEMORIA

Una novela tan recomendable como indispensable para quienes están descubriendo ese mundo único e irrepetible del Larache de los años del final del protectorado y los acontecimientos que sucedieron en la ciudad que llevarían a la independencia del país, y, por supuesto, para quienes son de allí o conocen la ciudad. Otro viaje de retorno en el tiempo y en el espacio, otro viaje sentimental a través de una excelente narración.

Sergio Barce, julio 2011

José, Miriam y Rachel se llevaron a la pequeña al palomar y a los establos de los animales, convenientemente alejados de la casa para evitar olores. La dueña de la casa, una mujer gorda, simpática, cargada de tintineantes pulseras de oro y magníficos ojos a los que el khol daba profundidad, invitó a doña María a compartir el frescor de un pequeño cuarto que le servía de costurero. Escuchándola charlar animadamente se preguntaba doña María cómo era posible que Estrella Benchimol, aislada en el campo, estuviera al tanto de lo que pasaba en Larache mejor, mucho mejor, que ella misma, que vivía en pleno centro. La señora Benchimol conocía los mejores sitios para comprar calidad al más bajo precio, las novedades que llegaban a las tiendas, los cotilleos y, además, era experta en cómo tratar a las criadas para hacerse respetar y obtener un buen servicio.

   Se juntaron todos a las seis para tomar un té moruno muy azucarado, aromatizado con hierbabuena y flores de azahar, y servido con pastas preparadas por Estrella Benchimol a base de almendras, miel, harina y espacias, con forma de lunitas, redondeles y rombos que todos celebraron mucho.

   El sol se ponía. Omar, desaparecido durante todas esas horas, tenía órdenes de recogerlas para volver a la ciudad, y esperaba de nuevo muy tieso al lado del coche.

   Se despidieron para regresar antes del anochecer. Rachel y Miriam ofrecieron, regocijadas por sus aspavientos, una paloma blanca a la niña.

   Camino de Larache los aplatanados viajeros divisaron desde un alto de la carretera extraños resplandores en la ciudad. Parecían figuras encendidas en distintos puntos, o tal vez incendios… Al acercarse más, escucharon claramente sonidos de disparos. El capitán, recordando su conversación con el señor Benchimol justo aquella misma tarde respecto a las revueltas que podían esperarse como consecuencia de las últimas medidas del Gobierno francés, dedujo lo que ocurría. No quiso, sin embargo, alarmar a la familia.

   -Ya están tirando petardos… -comentó burlón.

   El usualmente hermético Omar, herido por las ironías de las que fue objeto horas antes y para demostrar que lo que decía era importante, les informó antes de que el capitán pudiese evitarlo que aquello era la guerra.

   Los ocupantes del coche guardaron un silencio asustado. La paloma aprovechó un descuido de José para escaparse por la ventanilla abierta. La niña, que dormitaba cansada, despertó con el revuelo de la paloma y se puso a berrear desconsolada por la pérdida de su juguete. José sugirió volver a la finca y quedarse allá hasta saber qué ocurría. El capitán no lo consideró oportuno.

   -En el campo –dijo-, estaríamos a merced de quien tenga un arma.

   Con el llanto cansino de la cría, a quien no consiguieron calmar y que no paró de llorar hasta llegar a la casa, atravesaron la ciudad desierta.

El ya rey Mohamed V, en Larache

   Muhammad V había sabido jugar bien sus cartas. Tras la entrevista que tuvo con el presidente Roosevelt, se negó a ratificar las decisiones de los franceses, y éstos, que habían manejado a los sultanes a su antojo, reaccionaron deponiéndolo en 1953 y desterrándolo primero a Córcega y posteriormente a Madagascar, nombrando en su lugar a Muhammad Ibn Arafa. El nacionalismo, latente, se exacerbó, y Muhammad V se convirtió, aun desde el destierro, en el líder que aunaría la lucha por la independencia nacional.

   Los disparos que en ese momento escuchaba la familia no eran sino el inicio de una revuelta que trastornó al país durante dos años, hasta el regreso a Marruecos de Muhammad V en 1955, y la posterior proclamación de la independencia del país.”

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CRISTINA MARTÍNEZ MARTÍN, escritora larachense

      A través de la asociación cultural “Larache en el Mundo”, que presido, la novela Te devuelvo la memoria de la escritora larachense Cristina Martínez Martín se presentó en Larache. Lo hizo María Dolores López Enamorado, actual directora del Instituto Cervantes de Casablanca, y en el mismo acto se hizo lo propio con el poemario del también autor larachense Mohamed Al Baki, del que ya he hablado en este blog. La presentación estuvo cargada de emoción, de sensibilidad, de muchas lágrimas por ese reencuentro de Cristina con su ciudad natal; entonces se le agolparon todos los recuerdos, los que había volcado en su libro y los que volvían a medida que hablaba de la novela y de lo que allí escuchaba de sus paisanos. Estoy convencido de que fue un día especial e inolvidable para ella. Fue, además, el día que descubrimos a una persona encantadora, y accesible, y yo a una persona sensible, prudente y muy afectuosa. (En el próximo post hablaré más ampliamente de su novela y de su visión de Larache).

Sergio Barce, julio 2011

Mohamed Laabi, Sergio Barce, Cristina Martínez, Mª Dolores López & Mohamed Al Baki

Cristina Martínez Martín nació en Larache en 1951. Estudió en la propia ciudad de Larache, y luego en Murcia, Estrasburgo, Montreal y Sevilla, Filología Moderna e Idiomas: francés, inglés y alemán. Ha sido Profesora en Montreal, en Barcelona y en Sevilla. Directora de Teatro en Barcelona. Coordinadora regional andaluza de un proyecto Now de la Comunidad Europea. Empresaria en Sevilla. En 1998 obtuvo el primer premio como mujer emprendedora otorgado por la FIDEM (Federación Internacional de Mujeres Empresarias). Catedrática de Francés en el IES Cristóbal de Monroy de Alcalá de Guadaíra (Sevilla).

En abril 2006 fue seleccionado su relato «La semilla» para figurar en una antología de narradores del 2006 en Buenos Aires. En noviembre de este mismo año, su novela “Te devuelvo la memoria”, obtuvo el Premio del V Certamen de Narrativa Femenina otorgado por el Ayuntamiento de Toledo. En esa misma fecha obtuvo el Premio Internacional de narración «Carmen Báez» en México.  Contacto con Cristina Martínez: cristinoya@hotmail.com

Del album familiar de Cristina Martínez

 “Era el mes de Ramadán. La ciudad entera había cambiado de ritmo. La gente andaba parsimoniosamente. Se veía a muchos árabes tumbados en la plaza, a la sombra, incapaces de moverse a partir de ciertas horas. Ni que decir tiene que el trabajo de la casa se había ralentizado, cuando no parado, igual que en todas partes, consecuencia natural de un ayuno prolongado en un mes de intenso calor.

-Es extraño –pensó doña María-, ni muertos de hambre, aceptan comer. Podré vivir aquí muchos años y no comprender nunca lo que empuja a esta gente a un sacrificio tan duro.

Sin querer, comparaba la fe musulmana con la fe católica y, aunque no dudaba, pues su espíritu era demasiado sencillo para poner en duda la fe de sus mayores, tenía que reconocer que los seguidores del Profeta lo hacían con un convencimiento mayor y más sincero que el que ella veía en muchos católicos.

  Doña Conchita, con la que comentaba un día el tema, exclamó:

-¡Incha Allah!

A doña Conchita le gustaba sorprender a su amiga.

-Entonces -preguntó asustada Doña María-, si se le reza al dios de los moros, ¿el dios de los cristianos se enfadará?

Su interlocutora había roto con demasiadas convenciones como para que la religión le dictara lo que tenía que pensar.

-María –le respondió-, qué más da que Dios se llame Buda, Alá o Yahvé.

Doña María asintió, pensando en su fuero interno con confusión que sus preguntas se las guardaría para ella o para don Fabián, quien siempre recalcaba que el único dios verdadero era el cristiano.

-Durante el Ramadán, además del ayuno, no se puede pecar –le explicó Omar, el chofer-el hombre no toca mujer ni piensa en ella lascivo.

Lo de lascivo en boca de Omar, quien sin duda era un hombre muy religioso, recordaba el incidente que protagonizó hacía ya algunos años, cuando ella le ofreció un plato de comida.

-¿Jalufo? –preguntó él.

-No, pollo.

Sólo que el pollo estaba cocinado con trocitos de tocino y al darse cuenta ella de pronto y decírselo, vio que el hombre soltaba el plato como si fuera veneno y salía corriendo a la calle.

Saida, que trabajaba por aquel entonces en la casa y conocía bien a Omar, le explicó:

-Señora, él meter dedos en la boca para echar jalufo fuera, jalufo pecado.”   (De la novela “Te devuelvo la memoria” de Cristina Martínez)

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