Archivos Mensuales: julio 2011

LARACHE vista por… LUIS ANTONIO DE VEGA RUBIO

  En las primeras décadas del siglo pasado, Luis Antonio de Vega Rubio, arabista de gran prestigio, (Bilbao, 1900 -Madrid, 1977), además de gastrónomo, ganó el Premio internacional de literatura de la Pictorial Review de Nueva York en 1920 por su obra “La princesa Bibi Hari Hara”.

LUIS ANTONIO DE VEGA RUBIO

Fue redactor de «El Nervión» y de «El Pueblo Vasco», fue destinado a Larache como director de las Escuelas Árabes, pasando más tarde a Tetuán.  Escribe en “Revista África” números 31-32 un precioso artículo titulado <<Nuevo descubrimiento de Larache>>. Particularmente creo que es uno de los textos más líricos y hermosos dedicados a Larache por un autor o viajero de la pimera mitad del pasado siglo. Luis Antonio de Vega dice:

 “La primera ciudad marrueca donde fijé mi residencia durante los dos lustros que residí en África fue Larache. Es tal vez por esto y porque en su recinto aprendí a conocer y amar a Marruecos por lo que mis mayores simpatías las reservo para la ciudad, que es proa de navío en la quilla del viejo Castillo de San Antonio, quilla metida en el mar.

  Allí pasé un año, primero en la calle Real, luego en el callejón de Hamed Ben Tzami, donde los tejeringueros moros amasaban cada mañana la pasta de los aceitosos churros que serían adorno suculento en el collar que formaba un junco verde; la calle de Hamed Ben Tzami, en el barrio primoroso de la Marina, con la terraza situada frente a la barra que forma el Lükus en su desembocadura y en la que hasta en los días dulces y en las dulces tardes se revolvían las aguas en amasijos de olas turbias.

  Me alquiló la casa un árabe, a quien llamaban el Turco, que tenía establecido un tenderete de sedas y de perfumes en la Alcaicería, que los españoles llamamos Zoco Chico, y es posiblemente el rincón más bello de Marruecos.

  El bacalito era un pretexto y un adorno para el vivir del otomano. Allí, entre los caftanes, las bedaías de color pizarra y de color ala de mosca, y con el aroma de los ámbares y de los pomos de jazmín, más que comerciar, le placía discutir con los ulemas y con los notarios.

  Bajo los porches encalados de la Alcaicería florecían las preguntas sutiles de una raza sutil, y rozando la corona de los turbantes blancos, se curtían en arrugas las frentes que cobijaban ojos eruditos, frentes que taraceaban una respuesta que no desmereciera en sutileza a la demanda.

Larache, Zoco Chico, 1928

  En mi casita mora me nutría de la savia vieja y de la savia temprana, y mi corazón sentía a Larache, y en ocasiones me decía a mí mismo:

-El río coge a la Medina por el talle y el agua moza se enamora del muro desconchado. La palmera es señorita vegetal, abanico de luna, cigüeña anclada.

  Otras, desde la terraza, en lugar de dirigir las pupilas a la bahía donde se unificaban las aguas, las fijaba en lo alto, y la mirada acariciaba, azotea por azotea, cuantas divisaban de la ciudad y con mimo de voz que se me hacía miel de líricas colmenas, decía:

-¡Ay, Larache! ¿Quién, al pasar, pudo decirte que no eras maravillosa? ¿Quién te pudo posponer a tus hermanas?

  Porque lo cierto es que Larache, como ciudad mora, no disfrutaba de buena prensa y el rocío de elogios caía con mayor frecuencia sobre las terrazas de Tetuán y sobre la alcazaba de Xauba.

  Alguna vez que el Turco venía a visitarme, se asomaba a la puerta que comunicaba la casa con la azotea, sin decidir a penetrar en ella, porque los bajaes de las ciudades marroquíes tenían establecido que las terrazas son para las mujeres y para los pájaros, y para los hombres, la calle y la mezquita. Yo, como cristiano, podía eludir las órdenes del bajá; pero de todas formas, me mostraba bastante respetuoso y solamente subía en las horas en que las mahometanas permanecían dentro de sus moradas.

  Una vez dije al Turco:

-El bajá te permite que vivas en el paraíso; pero no te consiente que en su conjunto lo veas. Si no te asomas a este alféizar no podrás ser pirata de luces, señor de estrellas ni pastor de navíos… Tú viniste de lejos y sabes Geografía; pero la Historia, como no quede toda entera en los límites de una kasida, para mí tiene escasa importancia.

  El Turco vendió su casa y regresó a su país. El árabe que la adquirió la quería para instalarse en ella y esto me obligó a buscar alojamiento en la casa que poseía el Ermiki. Mi alcoba, como de rica mansión moruna, era espaciosa. Tenía tres ventanas, una orientada al Norte y las otras dos hacia Poniente. Desde cualquiera de ellas se veía el mar; pero yo, para permanecer asomado, prefería la que dominaba el paisaje hebreo, cristiano y musulmán de un Larache a quien tanto quiero, de un Larache donde tanto me gustaba vivir.

Larache, la barra

  La ventana quedaba sobre la puerta de la Kasbah.

  Al mirar de frente, dominaba la cuesta de la calle Real, en la que los indios habían abierto tiendas de objetos orientales junto a los comercios de los israelitas. La calle Real, estrecha y larga, de pendiente rápida, salpicada a derecha e izquierda por callejones sin salida y por otros callejones que conducían al mar. Larache no tenía, como las otras poblaciones del Imperio, una judería. Hacía años que se había demolido la antigua, y los hebreos vivían en la Medina.

  Si volvía la cabeza hacia la derecha divisaba la Alcazaba, que en Tetuán era un barrio de vicio y en Larache un laberinto de callecitas con casas aristocráticas, aunque de pobre apariencia exterior, dominando el valle araichi y la curva audaz que, antes de desembocar en la bahía, traza el Lükus.

  Si miraba hacia la izquierda, lo que se presentaba ante mis ojos era toda la cristianería, bordeada por las olas en la carretera del campamento de Nador, y junto al Barrio de las Navas, el cementerio musulmán cortado por la carretera de Alcazarquivir, las azoteas de las casas españolas, y allí, no lejos del Zoco de Fuera, apenas perceptible, porque el edificio del Hospital Militar se comía parte del paisaje, la barra.

  ¡La barra de Larache!

  Unos cuantos metros de arena nada más, pero lo bastante para que Larache, puerto natural de El Garb, salida lógica de los productos de la zona feliz, quedase inservible para la navegación.

  Larache peinaba su paisaje, blanqueaba su sonrisa, acicalaba las palmeras del paseo de Circunvalación, cuando aún no estaba construido el Mirador del Atlántico; abría avenidas, tenía deseos de ser una gran ciudad; pero sus esfuerzos naufragaban en la barra, allí donde habían naufragado tantas embarcaciones. Era un puerto en el que no podían entrar los barcos. Un puerto que se comunicaba por los caminos de tierra en lugar de hacerlo por los caminos del mar. Para deshacer sus esfuerzos estaba la barra.

(…)

  Nuevo descubrimiento de Larache, que ya no es útil más que a lo que a la vieja Medina se refiere. El Zoco de Fuera se convirtió en la Plaza de España. Se marcharon de la orilla de la muralla los burreros que ataban allí a sus asnos, los geománticos, los médicos indígenas, los que entretenían el ocio de los musulmanes, con larguísimos cuentos o peleando con varas de acebo… Y hasta se marchó ese trozo de muralla para dejar paso a la Arquería, y se llenaron de villas los declives de la carretera de Alcazarquivir.

  Todo esto estaba previsto, y todo esto, naturalmente, significa colonización… Sí, ya lo sé, pero… Cuando yo vuelva a Larache entraré con prisas en la Alcaicería, bajaré por la calle de Hamed Ben Tzami, hasta situarme en el muelle, y no miraré a la Medina de arriba abajo, sino de abajo arriba, casi podría decirse que con humildad, la veré como la veía mi amigo el Turco, aquel que no se atrevía a asomarse a la terraza… Y la encontraré como yo la quería, como yo la sigo queriendo, como una vieja estampa oriental… Colores y ventanas, ventanas y colores… Como un pañuelo judío, con arcos y cuestas llenos de gracia… Y con las casas con ojos para ver llegar a los navíos que habían zarpado de Sevilla y de Lisboa y se aproximaban a Larache, después de haber perdido cuarteles por el mar…”

Otras obras de Luis Antonio de Vega Rubio: «El retorno de Euria Massard» (1921), «Yo te di mis ojos» (1952), «El barrio de las bocas pintadas» (1954) o «»Los hijos del novio» (1956).

Sergio Barce

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«EL VIAJE DEL ELEFANTE» (2008) de JOSÉ SARAMAGO


 Buena literatura, “El viaje del elefante” es una novela amena, divertida e irónica. Cuenta el propio José Saramago que se basa en el viaje realmente acontecido en 1515 de un elefante que envió el monarca Juan III de Portugal de Lisboa a Viena como regalo al archiduque. Por supuesto, Saramago, hábilmente, utiliza ese hecho para sumergirnos en una de sus historias más delirantes y, a la vez, más crítica con el ser humano, con sus ínfulas y con sus miserias, con sus delirios de grandeza y con sus reacciones ante la terca realidad. Pero, como indicaba al principio, es un libro cargado de buen humor, y, desde el comienzo, te hace sonreír por su sarcasmo y por el retrato de sus personajes.

Juan III de Portugal

 “…Y para qué quiero aquí al elefante, preguntó el rey algo enojado, Para el regalo, señor, para el regalo de bodas, respondió la reina, poniéndose de pie, eufórica, excitadísima, No es regalo de bodas, Da lo mismo. El rey aseveró lentamente con la cabeza tres veces seguidas, hizo una pausa y aseveró otras tres veces, al final de las cuales admitió, Me parece una idea interesante, Es más que interesante, es una buena idea, es una idea excelente, insistió la reina con un gesto de impaciencia, casi de insubordinación, que no fue capaz de reprimir. Hace más de dos años que ese animal llegó de la india, y desde entonces no ha hecho otra cosa que no sea comer y dormir, el abrevadero siempre lleno de agua, forraje a montones, es como si estuviéramos sustentando a una bestia que no tiene ni oficio ni beneficio, ni esperanza de provecho, El pobre animal no tiene la culpa, aquí no hay trabajo que sirva para él, a  no ser que lo mande a los muelles del tajo para transportar tablas, pero el pobre sufriría, porque su especialidad profesional son los troncos, que se ajustan mejor a la trompa por su curvatura, Entonces que se vaya a viena, Y cómo iría, preguntó el rey, Ah, eso no es cosa nuestra, si el primo maximiliano se convierte en su dueño, que él lo resuelva, suponiendo que todavía siga en valladolid, (…)

(…) cuántos días necesitará salomón para llegar de lisboa a valladolid, de ahí en adelante ya no será cosa nuestra, nos lavamos las manos, Sí, nos lavamos las manos, dijo la reina, pero, en su fuero interno, que es donde se dilucidan las contradicciones del ser, sintió un súbito dolor por dejar que se fuera salomón solo para tan distantes tierras y tan extrañas gentes.”

 El elefante, que primero se llamará salomón y luego solimán (así, en minúscula, como todos los nombres propios utilizados en el texto), es guiado por un cornaca, primero llamado subhro y más tarde fritz, un personaje realmente increíble, fruto de un Saramago que disfruta enormemente hilvanando esta historia, y, por consiguiente, convierte al cornaca en uno de los personajes más curiosos, entrañables e interesantes. Sólo imaginar a un hindú guiando a un elefante por la vieja Europa del siglo XVI, con su cultura a cuestas en contraste con la cultura portuguesa y española primero, con la germánica después, es fácil adivinar que puede dar lugar a situaciones realmente delirantes.

El Archiduque Maximiliano I

 “…Se aproximaba ya un hombre de rasgos hindúes, cubierto con ropas que casi se habían convertido en andrajos, una mezcla de piezas de vestuario de origen y fabricación nacional, mal cubierta o cubriendo mal restos de paños exóticos llegados, con el elefante, en aquel mismo cuerpo, hacía dos años. Era el cornaca. El secretario se dio cuenta enseguida de que el cuidador no había reconocido al rey y, como la situación no estaba para presentaciones formales, Alteza, permitidme que os presente al cuidador de salomón, señor hindú, le presento al rey de portugal, don juan, el tercero, que pasará a la historia con el sobrenombre de piadoso…”

 Viajamos por toda Europa acompañando al elefante salomón, o solimán, y padeceremos los sufrimientos y aventuras del cornaca llamado subhro primero y fritz más tarde, y gracias a la narrativa de José Saramago, de una altura insuperable, y a su irónica visión del mundo, este viaje se nos hace liviano, fascinante e irrenunciable, porque lo cierto es que no podemos dejar de leer esta sencilla historia. La pluma de Saramago tiene además la virtud de encadenar diferentes asuntos, con curiosas divagaciones que, sin embargo, están tan perfectamente cosidas al relato que la hilaridad de algunas de sus ocurrencias nos obliga a detenernos un segundo y reírnos abiertamente. Con sencillez, descubrimos una prosa rica, que está al servicio de la historia, y al servicio de los juegos de manos de Saramago.

 “Al día siguiente la caravana durmió hasta tarde, los archiduques en casa de una familia noble del burgo, el resto disperso por la pequeña ciudad de bolzano,…

(…) Lo que dio más trabajo fue encontrar abrigo para solimán. Después de mucho buscar, acabó descubriéndose un cobertizo que no era nada más que eso, un alpende sin resguardos laterales, que poca más protección podría proporcionarle que si estuviera durmiendo à la belle étoile, manera lírica que tienen los franceses de decir relente, palabra también inapropiada, pues relente no es más que una humedad nocturna, un rocío, una escarcha, niñerías meteorológicas si las comparamos con el nevazo de los alpes que bien ha justificado la designación de níveo manto, lecho acaso mortal…

 “…Ciertos misterios de la naturaleza parecen a primera vista impenetrables y la prudencia tal vez aconseja dejarlos así, no sea que de un conocimiento adquirido en bruto acabe llegándonos más mal que bien. Véase, por ejemplo, el resultado de que adán comiera en el paraíso lo que parecía una vulgar manzana. Puede ser que el fruto propiamente dicho haya sido una obra deliciosa de dios, pero hay quien afirma que no fue una manzana, que fue, sí, una tajada de sandía, aunque las simientes, en cualquier caso, ésas, fueron ahí puestas por el diablo. Para colmo negras.

 Y así, atravesando la península ibérica, tras pequeñas aventuras, tras algún acto cercano al piadoso milagro, y tras algún que otro percance menor, hay que decir que con esta novela nos trasladamos de la mano de Saramago a otra época que, en realidad, como inteligentemente nos demuestra, no se diferencia tanto de nuestra sociedad actual.

Libro humanista, entrañable como sus personajes, que nos atrapa por su sencillez aparente y por ese fino humor que va empapando la narración igual que una amplia sonrisa, la que seguramente tuvo Saramago en sus labios mientras se divertía escribiendo para nosotros.

Sergio Barce, julio 2011

 Cautelosamente, fritz le dio a entender a solimán que ya era hora de realizar un pequeño esfuerzo para levantarse. No ordenó, no recurrió a su variado repertorio de toques de bastón, unos más agresivos que otros, sólo lo dio a entender, lo que demuestra una vez más que el respeto por los sentimientos ajenos es la mejor condición para una próspera y feliz vida de relaciones y afectos. Es la diferencia entre un categórico Levántate y un dubitativo Y si te levantaras. Hay incluso quien sustenta que esta segunda frase, y no la primera, fue la que realmente jesús profirió, prueba probada de que la resurrección dependía, sobre todo, de la libre voluntad de lázaro y no de los poderes milagrosos, por muy sublimes que fuesen , del nazareno. Si lázaro resucitó fue porque le hablaron con buenos modos, tan simple como eso.”

JOSE SARAMAGO

José Saramago nació en Azinhaga, Santarém, Portugal, en 1922, y falleció el pasado año 2010. Escritor y periodista, fue un hombre comprometido con su tiempo, un humanista. Entre sus obras (narrativa, poesía y teatro) destacan las novelas “La balsa de piedra” (A jangada de pedra, 1986), “El evangelio según Jesucristo” (O Evangelho segundo Jesus Cristo, 1991), “Ensayo sobre la ceguera” (Ensaio sobre a cegueira, 1995), “Todos los nombres” (Todos os nomes, 1997) o “La caverna” (A caverna, 2000). En 1998 se le otorgó el Premio Nobel de Literatura.

Los párrafos trascritos de la novela pertenecen a la edición de Punto de Lectura, 2010, con traducción del portugués de Pilar del Río.

Jose Saramago y Pilar del Rio

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GIBRALFARO, relato de Manuel Franquelo Vega

Málaga

Manolo Franquelo es un amigo recuperado. Quiero decir que es de esas personas que ,sin saber muy bien por qué razón, uno deja de tratar y trascurren los años, y cuando te vuelves a ver es como si el tiempo no hubiera pasado, notas que es el mismo amigo de entonces y que puedes seguir confiando en él ciegamente. Manolo Franquelo fue mi primer amigo cuando llegué a Málaga desde Larache. Dejé los Maristas de Larache y entré a mitad de curso en los Maristas de Málaga. Me sentaron en un pupitre que había quedado vacante porque el niño que lo ocupaba había fallecido pocos días antes. Desde el primer momento, Manolo Franquelo y yo congeniamos, y creo, por lo que ahora me cuenta, que yo era la novedad que estaban esperando: venía del extranjero, hablaba con un acento extraño, y les narraba historias de Marruecos. También les contaba que había visto mujeres desnudas en las peliculas francesas que se proyectaban en los cines de Larache, algo que, en 1973, era impensable en España, y eso me convirtió en una sorprendente fuente de información sobre algo tabú y prohibido para unos chavales entre los doce y trece años… las mujeres adultas. Cómo me gustaría poder escuchar lo que debí de contarles, y me pregunto cuánto de aquéllo sería sólo fruto de mi imaginación…

Ahora Manolo Franquelo es médico, especialista en geriatría en el Hospital Civil de Málaga, en concreto en la Unidad de Cuidados Paliativos. Ama su trabajo, desde siempre le atrajo la medicina y cumplió ese sueño. Pero también es un apasionado de la música -lo recuerdo con su armónica, que llevaba siempre en el bolsillo del pantalón-, del cine, del teatro y de  la pintura (creo que es el orden correcto). Y es un año más joven que yo, pero este dato es improcedente.

Lo que no sabía es que también es un buen narrador. Tiene escritos varios relatos, y le he pedido que me deje colgar uno de ellos. Por supuesto, ha aceptado tras una oferta que no podía rechazar. Además, está recién casado y eso debilita cualquier oposición, así que, aprovechándome de tal circunstancia, voy a compartir con vosotros el placer de leer su relato GIBRALFARO.

Sergio Barce, julio 2011

    Gibralfaro está en lo alto. Un muro lo custodia del acoso de la ciudad, del ritmo infernal de la urbe que lo cerca. La ciudad trepa sigilosa hacia el castillo, ya tiene rodeada a la Alcazaba, integrada en Puerta Oscura, enlazada por las calles…  atestadas de circulación. Gibralfaro se mantiene arriba, mirándolo todo con serenidad fingida. En realidad está aterrorizado viendo a orientales de ojos rasgados avistarlo desde la piscina de la azotea del Parador, observando a rubios bárbaros que se tuestan en la playa, mientras simulan que no lo ven, espiando a los propios malagueños que pasean sus conquistas forasteras por el mirador de sus murallas. Recuerda con nostalgia los tiempos en que, a sus espaldas los montes, a sus pies el mar, nada lo importunaba. Cada amanecer devora el nacimiento del sol, esperando que el día sea claro para poder intuir allá a lo lejos los montes del Atlas.

Castllo de Gibralfaro en Málaga

Cuando no hay nubes, cuando el mar se ha comido la bruma, el viento que viene de allí le trae fragancias que permanecen, desde antiguo, en su memoria: especias de lejanas tierras, efluvios del pelo de animales que Al Ándalus no conoce, olor a leche cuajada, fragancia de las hierbas con que adornan su piel las mujeres. Se acuna entonces, con los ojos entornados, en los recuerdos de su pasado glorioso y se olvida de los sitiadores. Oye con nitidez, cada amanecer, el canto melodioso y sagrado del almuédano llamando a los fieles a mirar a La Meca, mucho antes de que los infieles se lancen rugiendo por el espacio que le van robando al mar allá abajo, a sus pies y detrás y delante de su pobre hermana La alcazaba que intenta recuperar el olvido que le ha manchado sus paredes en los últimos cinco siglos.  Si la luz del día no le trae sus visiones anheladas, se yergue orgulloso tocando las nubes que encapotan la ciudad traidora, vendida al bárbaro, y odia las torres de la Catedral, erigida sobre el sagrado y escogido reposo de la mezquita, y se alegra porque nunca se acabó, y recuerda la maldición con la que él mismo, con la ayuda de Alá, confundió las mentes de los cristianos, ufanos de su colosal construcción. El terral, en invierno y en verano, lo sofoca, pero al menos le apacigua su odio y entonces le gusta buscar la sombra de las calles del centro que no han perdido su sabor a zoco, donde hormiguean los traidores, vendidos a la falsa religión, pero que no han olvidado su carácter exterior, de vida en la calle, de gusto por los jardines, los naranjos, los arrayanes. Por las noches, la luna le cuelga una sonrisa. Se mira en ella como en un espejo y recuerda el brillo de los ojos de las mujeres que pasearon entre sus muros. La colección de estrellas que pespuntea el cielo, negro como los cabellos de las huríes del paraíso, le cuenta historias del otro lado del mar, ellas que lo ven todo a él que lo anhela todo, abandonado a su suerte en esta tierra perdida. Escucha los sonidos del agua de las fuentes que ya no cantan en los patios de La Alcazaba, y se adormece dulcemente oyendo el entrechocar de las cimitarras en los juegos de guerra de su patio de armas. Y así, cada día, vigila, con temor mal reprimido, a la ciudad infiel para que no le trepe a lo alto a robarle su alma moruna, resguardada del paso de los siglos en cada una de las grietas de sus muros.

Esta mañana, el terral ha traído una cúpula pintada de nubes azules y grises y la ha colgado encima de la ciudad. No se puede ver África, ¿para qué despertar esta mañana? Por encima de los tubos de escape de esos caballos modernos que perforan las calles de la medina, descollando sobre las sirenas de las ambulancias que trasladan la muerte de este a oeste, escucha un llanto, ese murmullo se para algunos instantes, en seco, luego renace, poco a poco, ganando en intensidad, para detenerse de nuevo. Gibralfaro está inquieto, el rumor le acaricia los sentidos, le renueva su resentida alma negra como la piedra sagrada de la Kashba. Aquel sonido le llena de una melancolía dulce, de un dolor q e gusta, que acomoda los sentimientos en su interior. Ahora lo percibe con más claridad, lo busca, y lo encuentra al fin, caminando despacio con desesperanza. El infiel tiene el cabello corto, aún húmedo, como recién salido del agua. Sus pasos van hacia el este, y tiene una sensualidad extraña para ser un hombre. Momentáneamente, entre las hojas de los castaños de indias bajo los que anda, puede ver que alza el rostro, y oh, el señor es misericordioso, es una mujer. Ella deambula sin rumbo, añorando algo que deja atrás y Gibralfaro ve que sus labios prometen, a pesar de que se contraen en una mueca dolorosa, besos cálidos y húmedos, besos largos, profundos, llenos de frescor como el agua de un aljibe. La mujer se dirige hacia él sin duda, ahora ha encontrado su rumbo, al verle, espiando la ciudad desde las alturas. Tarda en alcanzar sus murallas, y cuando accede al interior de sus muros, acaricia con la mano las piedras en su recorrido. El castillo se estremece cada vez que uno de sus dedos finos y morenos roza con las yemas sus contornos. La hermosa se sienta en uno de los muretes, y, escondiendo el rostro entre las manos, llora. Llora silenciosamente. Levanta la vista y mira el mar. Mira a los lejos y él se sorprende pensando si ella estará buscando en el horizonte lo mismo que busca él. Sus ojos, desde luego, están llenos de recuerdos moriscos, tiene esa misma mirada quinientos años después. Ella ha comenzado a hablar, eleva al cielo su plegaria, ruega a su dios que le arranque del corazón lo que siente. Reza para que el que la ha llenado de dicha para luego arrebatársela sea feliz, para que él recupere su vida, ya que no quiere vivir con ella la pasión que a ambos se les ha alojado en el alma. Gibralfaro no puede creer lo que escucha y sufre con cada una de las palabras que surgen del interior de su recuperada hurí. Porque, sin duda, el Señor le ha mandado a aquella mujer como premio por su celo en la custodia del territorio sagrado que se le encomendó. El De Los Mil Nombres ha reconocido que él ha sido un buen soldado. El Señor ha recompensado su constancia en la Guerra Santa, eterna, contra el infiel, y le envía una de las vírgenes de su paraíso, consciente de que él, el mejor de sus guerreros, nunca va a morir en combate, nunca va a poder abandonar su cárcel de piedra. Y ella ha llegado allí de lejos. No habla como los infieles que le circundan los muros, ella ha llegado allí, como el viento cálido, de tierra adentro, buscando el mar, para apaciguar su odio, para calmar sus ansias. Ella no lo sabe, pero es su victoria. Se levanta de la piedra en la que estaba sentada y sigue susurrando su oración sin fin, ayúdale a ser feliz, ayúdale a olvidarme, ayúdale, señor, y arráncame esta pasión. Ella no sabe que se equivoca de dios, que habla con un ser que no existe, Gibralfaro empieza a soñar su cintura morena y a desear sus muslos oscuros y acaricia con su mente caliza cada uno de sus cortos cabellos. Ella, mientras grita ya su súplica, se acerca cada vez más a la vista magnífica. Él, cada vez más sonriente, la quiere abrazar cuanto antes. Ella se seca las lágrimas y adopta una expresión de serenidad aparente que esconde a una niña temerosa, nunca el viento y la mar oirán más sus quejas. Sus pies se acercan, paso a paso, al límite entre el cielo y el suelo. Él ya la sabe suya, sabe que la poseerá, que cobrará al fin lo que ha deseado durante siglos. Uno de sus pies no toca el suelo, la muralla desaparece bajo el otro. Gibralfaro extiende los brazos y la recoge. Recoge su luz que centellea, recoge su cuerpo acabado y sabe, en ese momento, que por fin el Señor ha dado fin a su condena. La ciudad puede perderse. Gibralfaro ha llegado al paraíso.

Manuel Franquelo Vega

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Nostalgias, LARACHE tierra querida, por DRISS SAHRAOUI

NOSTALGIAS

LARACHE TIERRA QUERIDA

                                                                         Por Driss Sahraoui

Rio Lukus

Primera parte

Larache era una ciudad tranquila y acogedora. Su costa está bañada por el Océano Atlántico cuyas brisas condicionan su agradable clima aunque ligeramente húmedo. Sus fértiles tierras regadas por el Río Lukus, que tiene no lejos de sus orillas, y ya camino de su desembocadura, las ruinas de la antigua ciudad romana llamada Lixus en cuyos vestigios se podía entonces apreciar su arquitectura y forma de construcción, lo que daba idea de la manera de vivir de aquel pueblo guerrero. Este río era muy célebre por su riqueza en angulas y sábalo. Esta especie de angulas era muy apreciada por los habitantes de la ciudad por su gran calidad. Eran tan abundantes que sobrepasaban el consumo interior por lo que una gran parte se destinaba a la exportación hacia Madrid y otros lugares. En lo que respecta al sábalo, era un pescado muy exquisito que se preparaba de diferentes maneras sobre todo por los musulmanes y los hebreos. Estos últimos lo preparaban de una manera extraordinaria (para chuparse los dedos).Toda esta riqueza ha desaparecido. Lamentablemente ya no existe.
En Larache existía una sana convivencia y una fraternidad ejemplares, difíciles de encontrar en otro rincón del mundo. No existían diferencias de religiones, costumbres o tradiciones; yo diría que todo esto era compartido. Durante el mes de Ramadán, que es el mes de ayuno y recogimiento para los musulmanes, los vecinos no musulmanes recibían y tomaban la harira, especie de sopa muy nutritiva con la que se rompe el ayuno ofrecida por sus vecinos musulmanes. En la fiesta del Fitr o pascua pequeña, la que pone punto final al mes de ayuno, recibían dulces y varios productos caseros con los que se festejaba esta Pascua. En la fiesta del Sacrificio (Aid al Adha), y que algunos llaman vulgarmente fiesta del borrego, recibían carne fresca y hecha pinchitos. Mi padre, que en paz descanse, solía sacrificar dos borregos, uno para los ritos religiosos y el otro destinado a repartir entre los vecinos no musulmanes. Decía, que en paz descanse, que no concebía que nosotros en casa, preparando los pinchitos y la carne a la brasa, y los vecinos no musulmanes tragando el humo y el olor de los pinchitos y de la carne. Pero estos gestos eran recíprocos.
En las fiestas hebreas, los vecinos no hebreos recibían la sajina, la rekaka especie de pan muy delgado en forma de galletas, pero sin sal, y otros productos caseros hebreos. En las Fiestas de Navidad, los vecinos no cristianos recibían roscos, polvorones, alfajores y otros productos caseros propios de esta Pascua. A propósito de estas fiestas navideñas, parece que todavía me suena ese ruido de las comparsas que recorrían las calles toda la noche, ese ruido de las zambombas y esos villancicos con sus peces en el río que beben y beben y no paran de beber…

Segunda parte

Larache fue la primera en crear una fiesta anual llamada Semana de Larache. Duraba siete días, durante los cuales se organizaban diversas manifestaciones culturales, artísticas, deportivas y otras. Así se celebraban carreras y saltos de caballos en la Hípica, carrera pedestre, competiciones de natación y otras. Se exhibían piezas teatrales y musicales en el Teatro España, encuentros de fútbol en el célebre campo de fútbol de Santa Bárbara y otros.

Hípica de Larache

Igualmente se celebraban concursos de escaparates, en los cuales participaban Los Almacenes Pulido, La Bandera Española, El Comercio Español y los Hermanos Martínez, que eran los más importantes comercios en lo que se refiere a tejidos confección, alfombras, artículos de viaje y otros. Generalmente se proclamaba ganador del concurso Los Almacenes Pulido por la importancia de su comercio y al contar igualmente con cuatro inmensos escaparates donde exhibía sus artículos con mucho esmero y casi de forma artística.

El primer día de la Semana de Larache se inauguraba con un desfile de carrozas. Cada una simbolizaba un algo: agricultores, ganaderos, pescadores, carpinteros, artesanos y otros. Encabezaba este desfile una carroza con niñas a bordo ataviadas con trajes blancos de novia y una corona en la cabeza. Durante el recorrido, arrojaban sobre los espectadores, además de flores, bombones y caramelos, con la consiguiente alegría de los niños. El último día finalizaba con una traca final en la plaza de España, hoy Plaza de la Libertad, y que duraba hasta altas horas de la noche en un ambiente de alegría y fraternidad compartido por todas las comunidades existentes entonces en esta ciudad. Desde luego en este sentido Larache era ejemplar y ejemplarizante.

Estas fiestas eran organizadas por un comité-director. Pero el que llevaba todo el peso de la organización y realización era un Ingeniero de Montes llamado Jaquetón. Era activo, dinámico y derrochaba simpatía. Los grandes comerciantes de Larache contribuían con donaciones simbólicas y voluntarias. Pero el grueso de los gastos era sufragado por un ingeniero agrícola director general de la entonces famosa Compañía Agrícola del Lukus llamado Gomendio y por el propietario de una Almadraba y una fábrica de conservas, generalmente de atún, proveniente de su almadraba llamado Ramón León de Carranza.  Nacido en Cádiz, en cuya ciudad organizaba todos los años un Trofeo que llevaba su nombre (Trofeo Ramón de Carranza) y se celebraba en el campo de fútbol también de su nombre en Cádiz. En este trofeo participaban los más prestigiosos equipos internacionales de fútbol. Este hombre, a pesar de su inmensa fortuna, era sencillo, humilde y generoso. Solía reservar un cupo de billetes destinado a los habitantes de Larache que quisieran asistir a este trofeo. Algunos con gastos de ida y vuelta incluidos.

 Tercera parte

El primero de Mayo se celebraba en Larache de una manera peculiar. Entonces no existían desfiles o manifestaciones sindicales porque el régimen gobernante entonces no lo permitía. Todo el mundo pasaba ese día en un bosque llamado Viveros a unos seis kilómetros de la ciudad. Era de una extensión inmensa y era todo árboles de pinos y alcornoques y también eucaliptos. Los habitantes se dirigían a este lugar desde las primeras horas de la mañana para coger sitio y acomodarse y también para ayudar a los que venían después para hacer lo mismo. La ciudad se quedaba vacía y las casas cerradas a cal y canto; solían llevar su comida preparada además de las barbacoas y paellas, que se  hacían  en el mismo bosque. Este día se pasaba entre cantes, bailes y música y los columpios esparcidos entre los árboles, que servían para gozo a la gente menuda y menos menuda. Esto duraba hasta el atardecer y transcurría en un ambiente francamente familiar compartido por las distintas comunidades existentes entonces en esta ciudad, sin distinción alguna.

Hostal Flora

En este mismo lugar, y ya al borde de la carretera general de Larache-Alcazarquivir, se había construido un palacete con fines turísticos, se componía de camas, restaurante, bar, parking y unos columpios colocados entre los árboles para alegría de los niños, lo que  permitía a los mayores tranquilidad y seguridad ya que los niños estaban cerca y a la vista de los padres. La estancia aquí era agradable, el lugar seguro y acogedor y llevaba el nombre de Hostal Flora.

Santuario de Lalla Mennana

Otra fiesta que se celebraba en Larache con gran esplendor era la Romería de Lalla Menana al Mesbahia que coincidía con  la gran fiesta del Mulud,  aniversario del nacimiento de nuestro Profeta Sidna Mohamed. Esta romería consistía en presentar ofrendas a la patrona de la ciudad y que consistían a su vez en toros, becerros, diversos artículos y también metálico. Participaban en la misma todos los gremios y cofradías de agricultores comerciantes, pescadores, etc… Y a los que se unían otras cofradías religiosas y folklóricas de Hmacha Aisaua y Gnaua con lo que se completaba el paisaje y el colorido de la fiesta. La comitiva se concentraba en el Zoco Chico donde se organizaba y se preparaba para la salida. Al salir por la puerta de la medina desembocaba automáticamente en la Plaza de España, hoy Plaza de la Libertad, donde comenzaba el recorrido hacia el santuario. Aquí empieza el tremendo ruido de  las gaitas, los tambores, las trompetas y toda clase de instrumentos. Cada cofradía con su cante y música, y todo esto se entremezclaba y se hacía unísono.

Curiosamente destacaba siempre el gremio de los pescaderos, que era el menos pudiente entonces, por sus cantos al mar  (a riyal allah aala allah a Sfint allah aala allah. Bach catemchi esfina be slat aala nbina).

Hospital Civil – castillo laqbibat larache

Un tal Lahcen Laaburi hacía de pregonero, pues tenía una voz además de fuerte muy llamativa; lo más curioso es que éste no era pescador ya que era un buen sanitario en el Hospital Civil, pero dominaba esos cantes y la forma de hacerlo, esto trascurría dentro de un orden impecable a cargo de los mismos organizadores. El recorrido no era largo pero impresionante, y terminaba en el santuario de la patrona de la ciudad cuya puerta se encuentra exactamente frente al jardín de las Hespérides, separado solo por una carretera que llevaba a la Comandancia Militar, al puerto y a la estación de ferrocarril.

Estos relatos, aunque generalizados y fragmentados, seguro que tocarán el alma de aquellos larachenses que han vivido esa época. Indudablemente estos, y a su cabeza Don Sergio Barce Gallardo, autor del cuento “El primer regreso” sobre Larache, harán conmigo la siguiente reflexión: Larache querida, quien te ha visto y quien te ve… Curiosamente esto me trae a la memoria la obra del gran escritor dramaturgo inglés Shakespeare titulada «El  Rey Lear». Lear pregunta: «¿Hay aquí alguno que me conozca? ¡Este no es Lear! ¿Anda así Lear? ¿Habla así? ¿Dónde están sus ojos? O su razón se ha debilitado, o su percepción está aletargada ¡Ah! ¿Está despierto? ¡No puede ser! ¿Quién puede decirme quién soy…?” Y el Bufón responde: «La sombra de Lear».

Si Larache levantara la cabeza hoy y se hiciera la misma pregunta que el Rey Lear  yo, con el corazón todo destrozado, le contestaría: Eres la sombra de Larache. Pero no importa porque la vida sigue…

Driss Sahraoui

     Sus datos biográficos, contados por el propio Driss:

     Nacido en Larache el 25 de Agosto de 1929; exactamente en la calle Burbabun, poco más arriba nació y vivió Abdesamad Kenfaoui, el que luego seria escritor y dramaturgo, y un poco más abajo la familia Aamier, una de las familias pudientes de Larache. Después mi padre compró una casa y una huerta detrás del Fondak Alemán y el Cuartel de la Guardia Civil de entonces. En este lugar sólo había tres casas, la nuestra, la de Mchich Riahi, padre del que fuera últimamente miembro del Consejo Municipal de Larache y parlamentario, y una familia española, la familia de Carmen Flores. Estudié en la escuela Franco Árabe, donde obtuve el certificado de primera enseñanza junto con un de los hijos de la familia Aamiar, Abdeluahed, el que fuera mi compañero de clase durante todo este tiempo. Al terminar estos estudios y al no poder ir a Rabat con mi compañero de clase y otros por razones políticas, por parte de mi padre, que era funcionario en la Policía Armada, igual que el padre del escritor Mohamed Sibari, me fui a la escuela Hispano Árabe para reorientar mis estudios hacia el español, y aquí tuve como compañeros a Habib Dukali, Abdeslam Egzenay y otros. Al terminar, y al no poder hacer otra cosa por falta de medios, inicié mis estudios libremente, así pude obtener el titulo de Perito Mercantil, teniendo que desplazarme a Ceuta para los exámenes porque aquí venían catedráticos de la Universidad de Cádiz para este propósito. Era el único Marroquí que participaba en estos exámenes, ahí conocí a un tal Gamero que a la postre nos volvimos a reencontrar en Alcazarquivir, él en Banesto y yo en el Banco de Estado de Marruecos. En cuanto a la carrera profesional, en 1953 ingresé en el Cuerpo General Administrativo ejerciendo en la Territorial del Lucus. Después de la Independencia y al no sentirme cómodo por el cambio hacia la arabización de la administración, empecé a buscar una salida y la encontré en el Banco de Estado de Marruecos que después de la nacionalización se convertiría en Banco de Marruecos donde tuve tranquilidad y estabilidad, esto fue en el año 1957. El Banco Popular, que era un banco joven y en plena expansión pero carente de personal cualificado, me brindó una oferta muy interesante, lo he pensado y acepté; esto fue en Marzo 1967. Tenía elección entre Larache y Tetuán, como en Tetuán tenía dos hermanos también funcionarios, opté por venir  a Tetuán donde me he jubilado en el año 1989. Después de la jubilación no se me ocurrió hacer nada. Pasando mi jubilación tranquila y sin sobresaltos, eso sin  abandonar los libros…

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En Algeciras, este jueves, 7 de julio, presentación de «Cartas y cortos» del escritor larachense LEÓN COHEN

Este Jueves, 7 de Julio, a las 20.30 horas

en la Fundación Municipal de Cultura José Luis Cano, de Algeciras

Presentación del libro


La presentación correrá a cargo de Paloma Fernández Gomá y Francisco Trujillo Espinosa 

Podéis encontrar más información sobre «Cartas y cortos» en este mismo blog.

Contacto con León Cohen:  leon.cohen@uca.es

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