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PRIMER CAPÍTULO DE «LA EMPERATRIZ DE TÁNGER», UNA NOVELA DE SERGIO BARCE

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Aquí tenéis el primer capítulo completo de mi novela La emperatriz de Tánger (Ediciones del Genal – Málaga, 2015), finalista del XVII Premio de Novela Vargas Llosa y del XXII Premio de la Crítica de Andalucía.

ISBN – 978-84-16021-46-8

Cuando llegó al barrio de Hafa tuvo la sensación de que todos los ojos se posaban en él y de que incluso sabían qué era lo que le traía hasta ese lugar. Pese a esa certeza, Augusto Cobos Koller, tras abotonarse la chaqueta de lino blanca y ajustarse el nudo de la corbata, encaminó sus pasos hacia la casa de Yamila con la excitación que experimentaba cada vez que iba a su encuentro, una excitación que alimentaba su orgullo masculino y su vanidad, habitualmente resentida y hambrienta.

     Bajó la cuesta aprisa, con la brisa húmeda acariciando su sudorosa frente. Veía, por entre las casas, el mar asomando en calma, como una inmensa alfombra que se extendiese hasta el límite mismo del horizonte. Se iba cruzando con los niños que llenaban las calles del barrio, a los que evitaba por un innato rechazo a los pequeños, y siguió bajando, empujado por su propia urgencia. Las pisadas dirigiéndolo como si no pudiera evitarlo. Llevaba varios días sin verla y un ardor lo corroía por dentro, igual que si le estrangulasen las entrañas. Sabía muy bien qué iba a hacer en cuanto la viese. Era un hecho cíclico e inevitable.

     Dobló la esquina y entró en un callejón estrecho y sombrío, escoltado por ventanas herméticamente cerradas. El suelo del callejón estaba salteado de charcos embarrados, en los que flotaban diminutos envoltorios de papel arrugados y colillas y cerillas quemadas. Se escuchaba el zumbido agitado de las moscas. Las paredes cuarteadas se proyectaban en la pesarosa superficie de los charcos, como un espejo roto en el suelo.  

     Miró por encima del hombro. Estaba solo. Se detuvo entonces ante una puerta verde, de madera astillada y goznes moribundos. Había una aldaba adherida de una forma imposible a la madera, como si jamás hubiese sido utilizada. Volvió a comprobar que nadie lo vigilaba, aunque siempre tenía la vaga sospecha de que, desde alguno de los ventanucos de los otros edificios, le observaban. Miró al cielo, nuboso, coactivo.

     Golpeó con los nudillos. Por un segundo pensó en el padre de Yamila, que Hamid  pudiera estar en la casa. No habría sido la primera vez que ese viejo le fastidiase la fiesta. Pero Yamila le había comentado que esa tarde estaría sola, y ahora volvió a golpear la puerta con más contundencia, algo más desesperado.

     Se miró el anillo de plata que llevaba en el dedo anular de la mano derecha en el que tenía grabado un áspid desafiante. Se lo había regalado Carmen al poco de conocerse, y verlo le hizo sentir cierta ansiedad. Con la otra mano comenzó a hacerlo girar sin sacárselo del dedo mientras aguardaba a que ella acudiera a su llamada. Comenzaba a chispear. Se desesperaba cuando Yamila tardaba en abrir e, impaciente, se puso a dar pequeños taconazos contra el suelo. Era tal su excitación que creía no poder contenerse más y, en voz baja, suplicaba que apareciese de una vez por todas.

     Al fin la hoja se abrió muy despacio, y entró sin contemplaciones. Yamila se apartó, pegándose a la pared del pasillo. Augusto empujó la puerta de un manotazo y se cerró ruidosamente. Al entrar fue como si la noche hubiese echado sus candados pero, a pesar de la penumbra, sus pupilas se encontraron con una intensidad crispada, llenas de abismos. En las de Yamila habitaba un cierto aroma a desaliento. Las de él, por el contrario, sin un escorzo de sentimiento, centelleaban de manera primitiva. Sus alientos se medían, tanteándose en un pulso de atracción.

     -¿Está tu padre? –de pronto, dudando, se había quedado quieto, tenso y conteniendo la respiración.

     –La –respondió confusa Yamila-. Ya sabes que no…

     Augusto Cobos se agachó, metió las manos por debajo del lívido caftán, y las dejó libres para que treparan por las piernas, yendo por delante de lo que su cerebro le transmitía; aún no era capaz de sentir el tacto de la piel, sólo avanzaba y buscaba, no había más. La atrajo hacia sí, pero eran sus manos las que seguían actuando a su antojo, mientras él era sólo un invitado. Su boca atrapó los labios ateridos de Yamila que había cerrado los ojos. Fue entonces cuando su consciencia alcanzó a su deseo fundiéndose con ella en un movimiento brusco de las extremidades.

     Las respiraciones se hicieron torpes, era el único sonido en la casa, vacía y somnolienta. De pronto, ella sintió cómo el sexo febril de Augusto la penetraba con el violento apetito de las anteriores ocasiones, con la misma desesperación. Era como si un brazo tanteara por su interior registrándolo todo. Abrió las piernas cuanto pudo para que llegara más adentro. Las embestidas eran apremiantes, pero no quería que ahora se detuviese, sabía que era el único instante en el que pasaba a ser suyo por completo. Él resollando con ansiedad sobre su cuello, alejado de cualquier nexo con el mundo exterior, y ella notando el ardor de la respiración con la certeza de que entonces Augusto no esperaba más que su entrega incondicional.

     No se habían movido del pasillo, petrificados aún por el instante, atados a sus alientos, agitados. Les llegaba como un eco el tamborileo de una fina lluvia. El borde de una manta de cordero colgaba de la terraza y, a causa del aire, golpeaba con suavidad contra una de las ventanas. Era un sonido sordo y repetitivo, un sonido que empezaba a sacar de quicio a Augusto. Le habría dado un manotazo a esa manta y la habría arrojado al patio, sin dudarlo. Pero sabía que, pese a todo, aquella no era su casa.

     Yamila aún temblaba, apoyada la espalda contra la pared. Aturdida, refugiaba sus manos entre las piernas, como si así pudiese retener unos minutos más la placidez que se había instalado en su sexo. Creía que se caería de un momento a otro, exhausta, vencida, en un desmayo de excitación.

     Augusto por su parte se había recompuesto tranquilamente el traje de lino, aunque ya quedaría arrugado sin remedio. Encendió un Olympic Bleue y le dio una profunda calada, pensativo. También se había recostado contra la pared del pasillo, descansando los hombros y la nuca, sintiendo así el frescor seco de los ladrillos desiguales. Como a ella, le ardía la piel. Pero cerró los ojos tratando de calmarse.

     Exhaló el humo con parsimonia, llenando el corredor de una nube densa y grisácea, pasándose una mano por la cabeza, una y otra vez, como si así aplacara el baño de sudor que le empapaba la espina dorsal. Abrió los párpados, y la miró entonces. Tras el humo, el rostro de Yamila se desdibujaba, con los ojos entornados, la boca entreabierta, tenía la piel erizada, manteniendo las manos temblorosas entre las piernas. Le pareció frágil, pero irradiaba una poderosa atracción difícil de explicar para él. Permanecieron embozados por el silencio, como aguardando una señal para lanzarse de nuevo el uno al otro.

     La voz del almuédano llamando a la oración de la tarde sumió a la casa en un irreal letargo, y Augusto comenzó poco a poco a sentirse molesto. El golpeteo de la manta contra la ventana, la llovizna repiqueteando en unos tablones, esa voz profunda convocando a los fieles, la respiración cálida de ella. Apuró el cigarrillo y tiró la colilla al suelo, aplastándola con el tacón de su zapato. Pensó en cuántas veces había sucedido ya esto mismo, y, sin embargo, cada ocasión se antojaba única e irrepetible. Incluso el olor montuno de Yamila parecía distinto, aunque lo reconociera siempre. Pero quería marcharse aun sabiendo perfectamente que no iba a dejarla así. Así no.

     Volvió a mirarla. Estaba deseando salir de la casa y acercarse al Café de París. Eso era lo que le gustaría hacer. Y pensó con un regusto de amargura que nunca se encontraba en el lugar en el que realmente le apetecía. La seguía mirando, y se dio cuenta de que no sabía lo que quería, de que nunca lo había sabido.

      Yamila también lo escrutaba. En cierto sentido lo temía, e incluso había ocasiones en las que dudaba sobre lo que realmente buscaba en ella. Sólo le cabía aguardar con esa paciencia aprendida de su madre, como si no existiera otro remedio, y, sin embargo, aunque estaba acostumbrada a que, una vez que se vaciaba, Augusto desaparecía hasta otro día, prefería pensar que en esta ocasión volverían a encontrarse esa misma noche en el cabaret, donde él se sentaría en su mesa habitual para verla danzar, para devorarla con su mirada, para hacerla creer que ella era la única. Luego quizá entraría en el camerino para dejarle algún regalo, medias importadas, un frasco de perfume francés, dinero. Quería convencerse de que la quería, de que era sincero con ella, pero lo demostraba de  una manera errática y confusa, de una forma devastadora. 

     En ese momento Augusto Cobos dio un paso, impulsivo e inesperado, y acercó sus labios a los suyos y se los mordió intensamente mientras daba un tirón del caftán. Los senos de Yamila quedaron al aire igual que rosas agitadas por el viento. La obligó a darse la vuelta, y el caftán cayó al suelo. Le besó el cuello, la espalda y las nalgas, y luego deslizó una mano por el sexo rasurado, tan distinto al de Carmen, y la oyó resoplar con esa especie de fiebre inconfundible. Sus alientos ardiendo como los de alimañas en celo. Entonces, súbitamente, se separó de ella para observarla en su desnudez, como si fuera una obra de arte: un cuerpo joven, moreno, aún turgente, quizá demasiado hermoso o demasiado perfecto. Ella se ruborizó, como le ocurría cada vez que la miraba, temblando de arriba abajo. Augusto volvió a tocarla, y Yamila se removió, casi agónica, levantando las caderas. Entonces la frotó con un atrevimiento canalla y a ella se le doblaron las piernas, debilitada por un placer intenso e insoportable, desbordada por la confusión, por el caos. Pero el caos se hizo más confuso cuando de pronto, alevosamente, Augusto Cobos dejó de tocarla, como si le quemara su fuego, como si se hubiera dado cuenta de que se aburría, de que había perdido todo interés. Un frío lacerante recorrió la piel de Yamila.

     Sin decir nada, Augusto abrió la puerta de la calle. Las últimas luces de la tarde se posaron en Yamila, que trató de cubrirse con los brazos, temiendo que alguien pasara por el callejón y pudiera verla. La puerta se cerró de un seco portazo, y ella permaneció allí quieta, en el pasillo, sin comprender esas formas bruscas de Augusto, sin descifrar lo que le cruzaba por la mente a ese enzerani del que quizá no debiera haberse enamorado. 

 

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«EL HOMBRE QUE AMABA A LOS PERROS», UNA NOVELA DE LEONARDO PADURA

 

El escritor cubano Leonardo Padura nos propone, en su novela El hombre que amaba a los perros, reconstruir el asesinato de Liev Davídovich, es decir, León Trotski, en un interesante juego narrativo. Para ello, entrelaza las vidas de Liev Davídovich y la de su ejecutor, el español Ramón Mercader, en historias paralelas hasta que al fin ambas se unen en un destino macabro e insalvable; y entre medias, la propia del narrador que nos habla desde una Cuba decadente y desilusionada que no es sino el reflejo de lo que nos relata sobre los dos protagonistas y la caída del sueño revolucionario, como si todo se repitiera de manera cíclica.

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Esta novela nos desvela quién fue Ramón Mercader, y contemplamos su recorrido vital no sin cierto desconcierto, porque, a fin de cuentas, a lo que asistimos es al retrato de un hombre que, aferrado a sus convicciones políticas, fue incapaz de ver la realidad del sistema estalinista que lo utilizó desde el comienzo como un simple peón que necesitaban para deshacerse de alguien muy molesto para el régimen ruso. Y esas convicciones arrancan de su juventud, de la guerra civil española, de su creencia irrenunciable de estar actuando de la manera correcta.

   “…En el lujoso Hispano-Suiza en que se desplazaba, África lo había llevado a recorrer los arrabales y los pueblos cercanos a Barcelona para que Ramón viera el caos al que trotskistas y anarquistas estaban llevando el país. Fuera de las Ramblas y los centros neurálgicos de la ciudad, se había instalado una lamentable desolación, con calles interrumpidas por absurdas barricadas, fábricas paralizadas, edificios saqueados hasta los cimientos, iglesias y conventos convertidos en ruinas carbonizadas. África le contaba de los fusilamientos ejecutados por los anarquistas y de cómo crecía entre los obreros el temor a expresar sus opiniones. La clase media y muchos propietarios de industrias habían sido despojados de sus bienes, y el proyecto de crear una industria militar navegaba por un mar de voluntarismos sindicalistas. La escasez de productos se había adueñado de tiendas y mercados. La gente tenía entusiasmo, era cierto, pero también hambre, y en muchos lugares el pan solo podía ser adquirido tras largas colas y únicamente si se tenían los cupones distribuidos por anarquistas y sindicalistas, convertidos en dueños de una ciudad en la que el gobierno central y el local apenas eran referencias lejanas. Aunque los anarquistas aseguraban que haber entrado en una era de igualdad bastaba para mantener el apoyo de unas masas esclavizadas por siglos, África se preguntaba hasta cuándo duraría el entusiasmo, la fe en la victoria.

-Esta República es un burdel y hay que meterla en cintura.

Ahora, en un lapso de pocos meses, cuando volvía del olor a sangre y de los rugidos de un frente donde caían diariamente jóvenes como su hermano Pablo o su amigo Jaume, Ramón se encontraba una ciudad cansada, más aún, desencantada, asediada por las escaseces y ansiosa de regresar a una normalidad quebrada por la guerra y los sueños revolucionarios. Era como si la gente solo aspirara a llevar una vida común y corriente, a veces incluso al precio infame de la rendición. Pocos días antes, el devastador ataque de los franquistas sobre Málaga, donde la infantería y la marina rebeldes, con el apoyo de la aviación y las tropas italianas, habían masacrado a los que escapaban de la ciudad, había hecho mella en la fe de la gente…”

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RAMÓN MERCADER tras su arresto

La novela es además un fresco histórico gigantesco de los años que transcurren desde la guerra civil española hasta la muerte de Ramón Mercader: pasamos por la guerra mundial, por el exilio itinerante de León Trotski, por la preparación del atentado, por las vidas privadas y singulares de los personajes que vivieron en primera persona esos acontecimientos, y somos testigos de cómo Ramón Mercader fue aleccionado e instruido para alcanzar su objetivo, y de cómo Trotski, en paralelo, seguía luchando por sus ideales, ya a años luz de distancia de las de su enemigo mortal Josef Stalin. Demoledora la visión de Leonardo Padura del sistema comunista soviético, de su deformación y de su transformación en el monstruo que llegó a ser, capaz de acabar con sus propios compatriotas y con sus propios seguidores; y melancólica y desilusionada su recreación de la Cuba en la que el narrador vive mientras va reconstruyendo esta historia que acaba por escribir.

Una novela que es además sumamente detallista, que entra en los vericuetos más íntimos de la vida de Ramón Mercader y en la de los hombres y los nombres tras los que se disfrazó para llegar hasta su objetivo. Fascinante su Jacques Mornard y su manera de moverse en el submundo de las intrigas, del espionaje, de la traición y de la muerte. Impresionante también el personaje de Caridad, la madre de Ramón. Y efectivo y sugerente la recreación que Padura hace de Trotski, de su estado de ánimo en cada etapa de su largo exilio, de sus reacciones ante los acontecimientos terribles que suceden en la Unión Soviética y, por supuesto, de su estancia en la Casa Azul de Diego Rivera y Frida Khalo.

“Una noche de finales de marzo, terminada la cena, Natalia, Jean van Heijenoort y Liev Davídovich, junto a los moradores de la Casa Azul, prolongaron una de las amables veladas en las que, con frecuencia, se le exigía al exiliado que narrara los más disímiles recuerdos de su existencia. Como se sentía animado, se lanzó a relatar la historia de su relación con el mariscal Tujachevsky, el joven y elegante oficial que, en los días de la guerra civil, gracias a su capacidad como estratega, había sido bautizado como <el Bonaparte ruso>. Natalia, que conocía aquellos episodios y entendía poco y mal el inglés que utilizaban como lengua franca, fue la primera en retirarse, y de inmediato la siguió Rivera, quien ya almacenaba en su sangre una cantidad impresionante de whisky. Frida, vencida por el sueño, fue la siguiente, y entonces Von Heijenoort se esfumó, discretamente.

La sonrisa de Cristina, el vino ingerido y las ansias acumuladas por varias semanas de cercanía provocaron la previsible explosión. Más de una vez, en cenas y paseos, Liev Davídovich había deslizado una mano hacia las piernas o los brazos de Cristina, solo como un juego cariñoso, y ella, coqueta y delicadamente, siempre con una sonrisa, había impedido cualquier avance, aunque sin disuadirle del todo, sugiriendo quizás que escarceos y sonrisas eran parte de un rito de acercamiento al que por fin el hombre se lanzó esa noche. Entonces, para su sorpresa, ella lo detuvo y le pidió que no confundiera admiración y afecto con otros sentimientos. Sin entender la reacción de una mujer que hasta ese momento parecía aceptar sus insinuaciones, Liev Davídovich se quedó mudo, con los deseos congelados.

Molesto por el fracaso, avergonzado por haber cedido a un impulso que ponía en peligro su relación con los dueños de la casa y, peor aún, la solidez de su matrimonio, el hombre se llamó a la cordura para desterrar el alarido hormonal que lo había superado. Se impuso pensar si sus intenciones con la joven no habían sido más que una embriaguez pasajera provocada por el magnetismo de una piel tersa: una manifestación absurda de la fiebre de la cincuentena, se dijo.

Cuando Frida se enteró de lo ocurrido, ella misma asumió el papel de confidente y le ofreció el magro consuelo de ponerlo al día de los desmanes sexuales de su hermana, tan aficionada a aquellos juegos de calentamiento de varones e, incluso, al más sórdido engaño: Cristina había sobrepasado todos los límites cuando se metió en la cama con el mismísimo Diego, algo que Frida se había tragado, aunque nunca les perdonaría ni a su marido ni a su hermana. La ternura y la comprensión de la pintora, salpicadas de coquetería, llevaron a Liev Davídovich a preguntarse si no habría calibrado mal sus posibilidades, y empezó a redirigir sus intenciones, que pronto adquirieron una vehemencia avasalladora, capaz de alterar sus horas de vigilia y de sueño con la imagen de la mujer que le había confiado tan íntimas revelaciones…”

Cuando llegamos al instante crucial del asesinato de Liev Davídovich, hemos compartido su vida, sus creencias, sus derrotas y sus pírricas victorias, y con él la de Ramón Mercader, como dos espejos que se reflejasen y se repeliesen; pero sobre todo hemos transitado durante años en un largo viaje cuyo destino solo es la muerte y la destrucción.

Leonardo Padura ha sabido aunar Historia en mayúscula con la historia más cercana a la realidad, y como si de una novela de intriga y suspense se tratara, incluso consigue que dudemos en algún instante si el hecho luctuoso se producirá al final o no, como si Ramón Mercader hubiese podido cambiar de idea en esta novela o como si alguien o algo hubiera podido evitar lo que ya está escrito por la Historia.  

“…Solo si se producía una milagrosa conjunción de casualidades lograría salir de la casa tras asestar el golpe, y tuvo la certidumbre de que, si se atrevía a darlo, algo ocurriría y se le troncharía aquella ínfima opción. La próxima vez que entrara en la fortaleza, tal vez conseguiría sobreponerse y matar al hombre más perseguido del mundo, el anciano cuya respiración podía escuchar, a dos pasos de él; cuyo cráneo seguía invitándolo. Sin embargo, ahora estaba completamente seguro de que él no lograría escapar. En realidad, ¿estuvo alguna vez prevista la fuga? Se convenció de que sus jefes sin duda preferirían que lograse salir de la casa, pero que lo consiguiera o no, eso carecía de importancia, y Ramón comprendió que lo habían destinado a cometer un crimen que, a la vez, sería un acto suicida. Más aún: su mentor había diseñado aquel montaje con tal maestría que, en el desenlace, el propio condenado se encargaría de fijar la fecha de su muerte y, para alcanzar la máxima perfección, también la de su victimario. Y comprendió que su inmovilidad respondía a aquella macabra coyuntura, capaz de dominar su cuerpo y su voluntad…”

Un libro, en fin, que se lee con sumo placer porque una vez sumergido en sus páginas es muy difícil no seguir entre ellas y empaparse de su ágil y excelente prosa.

El hombre que amaba a los perros ha sido publicado por Tusquets.

Sergio Barce, diciembre 2020

 

LEONARDO PADURA
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FELIZ JANUCÁ 2020

 

Para todos mis amigos hebreos,

especialmente a los larachenses,

os deseo una feliz fiesta de las luces,

¡Feliz Janucá!

¡Jánuca Sameaj!

 

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FOTOS DE CINE 17

Robert Mitchum y Keiko Kishi.

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Este fotograma pertenece a la película Yakuza (The Yakuza, 1974) de Sydney Pollack. Film noir ambientado en Japón que, con el tiempo, se ha convertido en una película de culto. Siempre me ha gustado, tanto por el argumento y su sólido guion, obra ni más ni menos que de Paul Schrader, que escribió el de Taxi driver, y de Robert Towne, autor del libreto de Chinatown, como por las interpretaciones.

En la foto, Robert Mitchum, protagonista absoluto de la cinta, a la que dota de un aire melancólico y crepuscular con una actuación sobria y seria, pero a la vez envuelta en un gran romanticismo, sin ninguna duda gracias a la actriz japonesa Keiko Kishi, de la que uno también se enamora.

Una curiosidad: Keiko Kishi intervino en la película Los pianos mecánicos (1965) de Juan Antonio Bardem.

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GUIÓN DE LA PELÍCULA «CASABLANCA»

 

Os reproduzco varias de las escenas más importantes de la película Casablanca (1942) de Michael Curtiz, a través de su guion. Un deleite leerlo imaginando cada secuencia, tal y como la retenemos en nuestra memoria…

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INT. RICK´S CAFÉ AMÉRICAIN – NOCHE

Rick y Carl están repasando el libro de cuentas. Vemos a Carl muy ocupado haciendo cálculos.

CARL

(levantando la mirada)

Bueno, hasta ahora el negocio va bien.

RICK

¿Cuánto tiempo aguantaré cerrado?

CARL

Dos semanas… tal vez tres.

RICK

Intentaré el soborno como otras veces, aunque no me gusta. De momento todo el mundo seguirá cobrando.

Rick camina hacia la puerta.

CARL

Gracias, Rick. Sacha se pondrá muy contento; le debo dinero.

RICK

(desde la puerta)

Cuando acabe cierre el café, ¿quiere Carl?

CARL

Sí, señor. Y luego iré a una reunión…

RICK

(interrumpiéndole)

No quiero saber a dónde va.

CARL

(con una sonrisa)

De acuerdo.

RICK

Buenas noches.

CARL

Buenas noches, Rick.

Rick sale.

CORTA A:

EXT. RICK´S – NOCHE

Rick sube las escaleras que conducen a su despacho.

CORTA A:

INT. RICK´S / DESPACHO DE RICK – NOCHE

Al abrir la puerta, la luz del rellano entra en la habitación y revela la presencia de alguien. Rick enciende una pequeña lámpara. Vemos a Ilsa mirando a Rick, pálida pero decidida. Rick se queda por un momento desconcertado.

RICK

¿Cómo has llegado hasta aquí?

ILSA

Por la escalera trasera.

RICK

Después de esta mañana pensé que volvería a verte; pero no tan pronto.

(con cortesía)

Bueno, ¿no te sientas?

ILSA

(sentándose)

Richard, tengo que hablarte.

RICK

Ahora soy Richard, como en París.

ILSA

Por favor…

RICK

(se enciende un cigarrillo)

¿Esta inesperada visita no será debida a los famosos salvoconductos?

(Ilsa permanece en silencio)

Parece que mientras los tenga nunca estaré solo.

ILSA

(mirándole fijamente)

Pídeme lo que quieras, pero dame esos salvoconductos.

RICK

Ya lo hablé con tu marido. No hay nada que hacer.

ILSA

Comprendo tus sentimientos hacia mí; pero, por favor, olvídalos por algo más importante.

RICK

¿Tengo que escuchar de nuevo que tu marido es un gran hombre que combate por una causa justa?

ILSA

También fue tu causa y tú también luchaste por lo mismo que él.

RICK

Ya no lucho por otra causa más que por la mía propia. La mía es la única que me interesa ahora.

Pausa. Ilsa deliberadamente intenta otra estrategia.

ILSA

Richard, nos amamos en París. Si aquel amor significó algo para ti…

RICK

(con dureza)

No me hables de París, es un procedimiento barato.

ILSA

Por favor, escúchame. Si tú supieras la verdad y lo que realmente ocurrió.

RICK

(interrumpiéndola)

No me es posible creer en tus palabras; dirías cualquier cosa para convencerme.

ILSA

(encolerizándose, con desprecio)

Quieres compadecerte de ti mismo, ¿verdad? Y no ves más allá de tus propios sentimientos. Porque una mujer te hirió quieres vengarte con todo el mundo. Eres débil y cobarde.

(arrepentida)

Richard, lo siento, lo siento. Pero, pero… tú eres nuestra última esperanza. Sin tu ayuda Víctor morirá en Casablanca.

RICK

Y eso, ¿qué importa? También yo moriré en Casablanca y nada pasará. Ahora bien si…

(se detiene en seco al mirar a Ilsa)

Ilsa le apunta con un pequeño revólver.

ILSA

Está bien, he intentado razonar. Ahora, exijo esos salvoconductos. Ve a buscarlos.

Por un instante, vemos un destello de admiración en la mirada de Rick.

RICK

No hace falta. Los llevo aquí.

(llevándose la mano al bolsillo de la chaqueta)

ILSA

Ponlos sobre la mesa.

RICK

(sacudiendo ligeramente la cabeza)

No.

ILSA

Por última vez. Ponlos sobre la mesa.

RICK

Si Laszlo y su causa te importan tanto nada va a detenerte. Bien, voy a ponértelo más fácil. ¡Anda!, dispara. Me harás un favor.

Se levanta de la silla apuntando a Rick. Su dedo descansa sobre el gatillo. Parece como si estuviera acumulando decisión para apretarlo.

ILSA

(casi histérica)

Richard, he tratado de olvidarte. Creí que nunca volvería a verte; que estabas fuera de mi vida. El día que te fuiste de París, no sabes lo que pude sufrir. No sabes cómo te he querido; y te quiero todavía.

Rick coge a Ilsa en sus brazos; la estrecha y la besa apasionadamente. Ella está completamente perdida en sus brazos.

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FUNDE A NEGRO:

INT. RICK´S / DESPACHO DE RICK (MÁS TARDE) – NOCHE

Vemos una botella de champán sobre la mesa y dos copas. Oímos hablar a Ilsa mientras que la CÁMARA hace una PANORÁMICA hacia ellos dos. Ella habla con la mirada perdida en alguna parte y Rick la escucha atentamente mientras mira por la ventana.

RICK

¿Y luego?

ILSA

Poco después de casarnos, Víctor tuvo que volver a Checoslovaquia. Le llamaron de Praga; pero allí le esperaba la Gestapo. Lo leí en los periódicos: <Víctor Laszlo enviado a un campo de concentración>. Viví unos meses de angustia sin noticias. Llegaron al fin: había muerto intentando escapar. Me quedé sola, sin nada, sin esperanzas, hasta que te conocí.

RICK

Pero, lo del matrimonio, ¿por qué lo mantuviste en secreto?

ILSA

No era mi secreto, Richard. Víctor pensó que así me protegía. No se lo dijo ni a nuestros mejores amigos. Yo conocía bien su labor. Y si la Gestapo descubría que era su mujer sería peligroso para mí y, también, para los que trabajaban con él.

RICK

Y, ¿cuándo te enteraste de que vivía?

ILSA

El mismo día en que tú y yo íbamos a marcharnos juntos. Un amigo vino a decirme que estaba enfermo, escondido en los alrededores de París y que me necesitaba.

(suspira)

Quise decírtelo, pero no me decidí a hacerlo. Sabía… sabía que no te habrías marchado y que la Gestapo te habría detenido. Bien… ya sabes el resto.

RICK

Sigue siendo una historia sin final.

(la mira fijamente)

¿Qué va a pasar ahora?

ILSA

¿Ahora? No lo sé.

(añade simplemente)

Sólo sé que ahora no podría abandonarte de nuevo.

RICK

¿Y Laszlo?

ILSA

Ahora no puedes negarte a ayudarle.

(Rick asiente)

Así, él tendrá su trabajo y todos los ideales por los que vive.

RICK

Todos menos uno. No te tendrá a ti.

ILSA

Ya no puedo luchar más. Una vez huí de tu lado. No quiero hacerlo otra vez. Ya no sé si está bien o mal lo que hago. Tienes que pensar por los dos, por todos nosotros.

RICK

De acuerdo; así lo haré. Por todos nosotros.

ILSA

(susurrando)

Ojalá no te quisiera tanto.

Ella se seca las lágrimas que le recorren la cara. Después, Rick oye un ruido; deja la copa y se dirige a la puerta. Ilsa le sigue. Rick sale.

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EXT. CALLE PRÓXIMA AL RICK´S – NOCHE

Laszlo y Carl caminan a oscuras hasta el <Rick´s>. De repente, las luces de un coche de policía pasan cerca de ellos. Se arriman rápidamente a un muro tratando de no ser vistos. Las luces pasan de largo y continúan caminando.

CARL

Creo que les hemos despistado.

LASZLO

Sí, pero han debido de arrestar a alguno.

CARL

Vamos dentro.

ENCADENA A:

INT. RICK´S CAFÉ AMÉRICAIN – NOCHE

Laszlo y Carl entran en el <Rick´s> y, casi sin respiración, llegan a la barra del bar.

CARL

Venga conmigo, señor Laszlo. Yo le ayudaré. No se preocupe. Yo le ayudaré.

LASZLO

Gracias.

CARL

Ya estoy acostumbrado a estas cosas.

PLANO INSERTO – DESPACHO DE RICK

Desde el despacho de Rick se oye las voces de abajo. Rick abre la puerta y sale. Ilsa está justo detrás de él y hace un movimiento como si quisiera asomarse por la escalera; pero el brazo de Rick se lo impide. Ella se queda detrás de la puerta mientras que Rick sale hasta la barandilla del rellano.

VUELVE A ESCENA:

RICK

¿Qué pasa, Carl?

Carl y Laszlo miran hacia arriba.

CARL

(excitado)

La policía irrumpió en la reunión. Hemos escapado de milagro.

(indicando con los dedos lo poco que faltó para que los cogieran)

RICK

Suba aquí un momento.

Carl, que estaba a punto de servirse una bebida, mira hacia arriba intrigado; luego, deja la botella y camina hacia las escaleras.

CARL

Sí, ya voy.

RICK

(a Carl, mientras sube las escaleras)

Haga el favor de apagar las luces de atrás. Podrían atraer a la policía.

CARL

Pero si Sacha las apaga siempre…

RICK

(interrumpiéndole)

Esta noche se le olvidó.

CARL

Ya voy. Bien.

Cuando llega al rellano de las escaleras, Carl ve a Ilsa. Se queda perplejo, pero no hace preguntas.

RICK

(en voz baja, girando la cabeza hacia la puerta)

Lleve a la señorita al hotel, por favor.

CARL

Sí, señor.

Carl entra en el despacho y Rick baja las escaleras. Laszlo está vendándose un corte en una de las muñecas. Rick mira con interés la herida de Laszlo.

LASZLO

No es nada, tan sólo un rasguño. Saltamos por una ventana.

Laszlo se abrocha el puño de la manga sujetando la venda por dentro. Rick camina por detrás de la barra; coge una botella de whisky y sirve un vaso.

RICK

Esto le sentará bien.

Rick da impulso al vaso y éste se desliza por la barra hasta llegar a Laszlo.

LASZLO

Gracias.

Laszlo se lo bebe de un trago. Rick sirve otro vaso, esta vez para él.

RICK

Por poco, ¿eh?

LASZLO

Sí, desde luego.

RICK

¿Nunca se ha parado a pensar si su causa merece tanto sacrificio?

(Laszlo le mira sorprendido)

LASZLO

Pregúnteme por qué se respira. No respire y morirá. No combata el mal y morirá el mundo.

RICK

En ese caso, acabará con su miseria.

LASZLO

¿Sabe usted la impresión que me da? La de un hombre que intenta convencerse a sí mismo de algo que no puede creer. Cada uno tiene su destino para bien o para mal.

RICK

(sarcástico)

Sí, ya le comprendo.

Rick se pasea por delante de la barra con la botella en la mano. Laszlo se gira al sentirle cerca.

LASZLO

No estoy tan seguro. En verdad está usted intentando escapar de sí mismo y nunca lo conseguirá.

Rick mira a Laszlo un instante; luego, se sienta en una mesa y se sirve otro vaso.

RICK

(irónico)

Sabe usted mucho sobre mi destino.

LASZLO

Sin duda sé más de lo que usted supone. Sé, por ejemplo, que está enamorado de una mujer.

Rick deja el vaso que iba a beberse. Mira a Laszlo. Éste le está observando fijamente desde la barra del bar.

LASZLO

(sigue, sonriendo un poco)

Y por extrañas circunstancias los dos amamos a la misma mujer.

Rick se yergue en su silla, mirando a Laszlo detenidamente. Éste se acerca a la mesa.

LASZLO

(sigue)

La primera vez que entré en este café, me di cuenta de que había habido algo entre Ilsa y usted. Como no hubo culpables no le pido explicaciones. Sólo le pido una cosa.

Se sienta. Se miran el uno al otro.

LASZLO

(sigue)

No me quiere dar a mí los salvoconductos. De acuerdo. Pero salve al menos a mi mujer. Hágalo como quiera, pero utilícelos para sacarla de Casablanca.

Rick mira a Laszlo con incredulidad.

RICK

¿La quiere hasta ese punto?

LASZLO

Al parecer, usted ve en mí tan solo al líder de una causa, pero… también soy un ser humano.

(desvía la mirada un instante, después añade despacio)

Sí, la quiero hasta ese punto.

En ese preciso instante se oye un fuerte ruido procedente de la puerta del café. Unos gendarmes entran a la fuerza. Rick y Laszlo se levantan. Un oficial de policía atraviesa el área del café que está en luz en dirección a Laszlo.

OFICIAL

Señor Laszlo.

LASZLO

Sí.

OFICIAL

Acompáñenos. Tenemos orden de detenerle.

LASZLO

¿Con qué cargo?

OFICIAL

El capitán Renault se lo comunicará después.

RICK

(irónicamente)

Según parece, sigue cumpliéndose su destino.

Laszlo mira un momento a Rick; luego, se entrega en silencio al oficial. Se marchan los dos hacia la puerta. Rick les sigue con la mirada; pero no hay nada en su expresión que delate sus sentimientos…

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