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“PATRIMONIO. Una historia verdadera” (Patrimony. A true story, 1991) de PHILIP ROTH

Mis autores de cabecera: Garriga Vela, Mohamed Chukri, Paul Bowles, Richard Ford, Paul Auster, Mario Benedetti, Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Emmanuel Carrére, J.M.Coetzee, Philip Roth (a veces)… Y un montón de libros más de otros escritores, claro. No había leído aún Patrimonio. Una historia verdadera (Patrimony. A true story) de Roth, quizá porque el último título que había leído de él me había defraudado y temía otro revés. No ha sido el caso. Además, este libro ha removido algún episodio doloroso vivido con mi madre, así que me ha tocado de lleno.

Patrimonio - portada Esta novela autobiográfica de Philip Roth (que he leído en la cuidada traducción del escritor tangerino Ramón Buenaventura), es tan descarnada como envolvente. Escrita en primera persona, narra la dura relación que mantiene con su padre, al que se le diagnostica un tumor cerebral, y detalla todo ese proceso de degradación física que conlleva inevitablemente la vejez y sobre todo esta maldita enfermedad. Hay capítulos realmente duros en la descripción de esa decadencia que sufre todo hombre llegada cierta edad, con los achaques propios y ajenos, con los naturales y los causados por las enfermedades que parecen ansiosas por atacar durante el crepúsculo de nuestros días. Es una especie de larga letanía, una agónica representación del final de la vida. Y a esto se añade el hecho de que, quien padece estos males, es el padre del propio escritor-narrador. Doble padecimiento. Parece ser que a Philip Roth se le criticó en su momento que mostrara tan a la luz todo ese padecimiento, y lo que él, como hijo , experimentó durante ese proceso hasta la muerte de Herman, su padre. Sin embargo, a mí me parece que fue de una valentía admirable. Noto en sus frases el amor por su progenitor, su admiración ante su forma de encarar la vida –aunque no estuviera de acuerdo con él-, su sufrimiento al contemplar la decadencia que se muestra día a día, su desmoronamiento. Hay mucha angustia en las palabras de Philip Roth, y también rabia.

PHILIP ROTH

PHILIP ROTH

Confieso que, cuando en el libro nos desvela cuál es el patrimonio que realmente recibe de su padre, me causa una desazón difícilmente explicable, pero también confieso que es la certificación de una realidad que Philip Roth no duda de arrostrar con sinceridad. Hacía tiempo que un libro no me provocaba tantos sentimientos encontrados, y, a la vez, pese a su visceralidad, o tal vez también por ello, me he reencontrado con la mejor narrativa de Roth. Nadie como él para describir el padecimiento de una enfermedad, la angustia vital; en definitiva, nadie como Philip Roth para enfrentarnos bajo la desnuda luz cenital a nuestra propia imagen (o la de nuestros seres queridos) reflejada sin defensa alguna en el espejo, en el que al fin sólo descubrimos nuestras miserias humanas.

Sergio Barce, abril 2015

“… -Toma –le dije. Luego le tendí el jabón y el manguito y me acomodé en la taza del váter, con la tapa bajada, mientras él se frotaba la espalda con suavidad. Cuando hubo terminado, se agarró ambas nalgas con las manos y se las separó.

-Me ha dicho el médico que haga esto –dijo.

-Pues muy bien –le contesté-. Es una buena idea. Tómate el tiempo que te haga falta.

En 1956, cuando tenía exactamente la edad que yo tengo ahora, Metropolitan Life puso bajo su responsabilidad una sucursal con cuarenta agentes, ayudantes y corredores y doce administrativos en plantilla. Como jefe, mi padre imponía a sus empleados el mismo ritmo incansable que de su propia persona exigía, y el traslado al distrito de Maple Shade significaba su tercer ascenso desde que en 1948, en Newark, había dejado de ser ayudante. La consecuencia de estos ascensos era que lo hacían responsable de una sucursal más importante, donde podía mejorar sus ingresos, pero que se hallaba en peor situación y que facturaba menos que la sucursal anterior, que él ya había redimido de sus dificultades, con mano de hierro, hasta situarla entre las más productivas de la zona. Para él, los ascensos venían a ser una especie de degradación. Lo suyo era pasarse la vida superando las cuestas más empinadas.

Mirándolo ahí, mientras el agua caliente aportaba alivio a las fisuras rectales que, según acababa de decirme, le provocaban aquellas pérdidas de sangre, me puse a pensar que la Compañía de Seguros Metropolitan Life nunca llegó a saber de veras lo que tenían con Herman Roth. Le habían concedido, a guisa de recompensa, una pensión decente, hacía ya veintitrés años, cuando le llegó la edad del retiro, y durante su vida laboral le fueron entregando diversas placas y pergaminos e insignias que levantaban acta de sus logros. Tenía que haber, por supuesto, decenas de directivos que trabajaran tan duro como él, y con no menos éxito; pero entre los mil directores de sucursal diseminados por todo el país era sencillamente imposible que ningún otro se hubiera –utilicemos sus propias palabras- <cagado> de miedo en los pantalones al enterarse de que unos ladrones habían aprovechado la noche para meterse en su sucursal. Aquello era de una lealtad como para que la compañía hubiese beatificado a Herman Roth, igual que hace la Iglesia con los mártires que en su nombre padecen.

Y yo, su hijo, ¿acaso había sido objeto de una devoción menos primitiva y esclava? Una devoción no siempre de la mejor índole –una devoción de la que ya estaba deseando desembarazarme allá por los dieciséis años, cuando empecé a darme cuenta de que me echaba a perder-, pero a la cual, ahora, me produce cierta satisfacción poder corresponder, aquí, sentado en la tapa del váter, mirándolo agitar las piernas arriba y abajo, como un bebé en su cochecito.

Patrimonio de Roth - portada SBarral Podría aducirse que no es gran cosa, en un hijo, proteger con ternura a su padre cuando ya éste ha perdido todo su poder y está casi destruido. A ello sólo podría aducir que ya sentía el mismo impulso de proteger su vulnerabilidad (como emotivo padre de familia, vulnerable a la fricción familiar; como sostén de la familia, vulnerable a la inseguridad económica; como hijo, toscamente labrado, de inmigrantes, vulnerable a los prejuicios sociales) cuando aún vivía en casa y él poseía una salud poderosa y me volvía loco con esos consejos inútiles y esas restricciones carentes de sentido y esos razonamientos suyos que me llevaban, en la soledad de mi cuarto, a darme manotazos en la frente, aullando de desesperación. Ésa era exactamente la discrepancia que había convertido el hecho de repudiar su autoridad en un conflicto agobiante, tan cargado de pena como de desprecio. Mi padre no era un padre cualquiera, era el padre, con todo lo detestable y todo lo digno de amar que hay siempre en un padre.

Al día siguiente, cuando llamó Lil desde Elizabeth, interesándose por él, lo oí decirle:

-Philip es como una madre para mí.

Me sorprendió. Lo lógico habría sido que dijera <como un padre>, pero su descripción, era, de hecho, más atinada que mis vulgares expectativas y, al mismo tiempo, mucho más flagrante y descarada en su desinhibida franqueza, tan envidiable. Sí, siempre me estaba enseñando algo…”

Frangmento de Patrimonio. Una historia verdadera (Patrimony. A true story) publicada por DeBolsillo, segunda edición, septiembre 2008, con traducción de Ramón Buenaventura.

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Otros libros, otros autores: SALE EL ESPECTRO (Exit ghost) de PHILIP ROTH

<¿Por qué otro motivo había vivido al margen de la gente durante once años si no era para no decir una sola palabra más de las que había en mis libros? ¿Por qué otro motivo había dejado de leer los periódicos, escuchar las noticias y ver la televisión si no era para no oír nada más de lo que no podía soportar y era incapaz de alterar? Había elegido vivir donde ya no podía verme arrastrado a las decepciones. Sin embargo, me era imposible detenerme. Había vuelto, estaba hecho una furia y nada podría haberme inspirado más que el riesgo que estaba corriendo, porque Kliman no solo tenía cuarenta y tres años menos que yo y era un gigantón musculoso vestido con prendas deportivas, sino también porque estaba enfurecido por la misma resistencia que no podía aceptar.

-Voy a hacer cuanto pueda por sabotearte –le dije-. Voy a hacer cuanto pueda para que jamás en parte ninguna aparezca un libro tuyo sobre Lonoff. Ni libro ni artículo, nada. Ni una palabra, Kliman. No conozco el gran secreto que has descubierto, pero nunca va a ver la luz del día. Puedo evitar que se publique, y cueste lo que cueste, sea cual sea el esfuerzo que requiera, lo haré.

Philip Roth

¡De vuelta al drama, de vuelta al momento, de vuelta al torbellino de los acontecimientos! Cuando oí que mi voz se alzaba, no la refrené. Existe el dolor de estar en el mundo, pero también existe el vigor. ¿Cuándo sentí por última vez la excitación de enfrentarme a alguien? ¡Dar rienda suelta a la vehemencia! ¿Dar rienda suelta a la beligerancia! Un hálito revitalizador de la antigua contienda me llevaba de nuevo a asumir el antiguo papel, tanto Kliman como Jamie tenían el efecto de despertar en mí la virilidad una vez más, la virilidad de la mente y el espíritu y el deseo y la determinación y el querer estar de nuevo entre la gente y pelear de nuevo y poseer de nuevo a una mujer y sentir de nuevo el placer de la propia fuerza. Todo era invocado: ¡el hombre viril invocado de nuevo a la vida! Solo que ya no hay virilidad.>

 Extraordinaria. El dominio del lenguaje, de la técnica narrativa, de la estructura y del tempo. Escribir como un autor de este calibre, me parece un abismo casi insalvable, una especie de obra de prestidigitador. Obra densa, que nos lleva al universo personal de Roth, en la que debe de existir una gran dosis de autorretrato. Pero no es una novela complicada, se lee con rapidez, porque la trama es atractiva y la visión del narrador en primera persona la dota de cercanía y realismo. 

<Procuraba cuidadosamente no decir más de lo que estaba diciendo, tratando de impresionarme con su resistencia a ser presionada, decidida a no someterse sino sólo a responder. No estaba nada dispuesta a dar la sensación de que era fácil dominarla debido a la diferencia de estatus y de edad. Pese a la evidente complacencia que le causaba su efecto en los hombres, aún no parecía darse cuenta de que ya había triunfado y que el fácil de dominar era yo.>

 Ya digo que no es una narración compleja, sino que Philip Roth ha escrito una historia aparentemente simple: el regreso de Zuckerman (trasunto de Roth) a Nueva York tras años aislado en una vivienda en el campo, su encuentro con una mujer enferma de cáncer que conoció en su juventud, su “enamoramiento”, su “momento impetuoso” y frustrado con una mujer mucho más joven, el intruso arrivista que pretende utilizarlo para sacar a la luz el presunto incesto de un autor ya olvidado, Lonoff, al que el protagonista profesa un respeto profundo… Todo para alterar la vida de este hombre, el protagonista narrador. 

<Pero, por lo demás, habíamos dicho muchas cosas. Dos personas que solo se han visto una vez, pensé, y que van directos al meollo del asunto sin que ninguno de los dos muestre la menor reserva hacia el otro. Había algo emocionante en esa situación, aunque lo que me indicaba era que probablemente ella estuviera tan sumida en la soledad como yo. O tal vez existiera una intimidad inmediata entre dos completos desconocidos tan solo porque se habían visto antes. ¿Antes de qué? Antes de que todo sucediera.>

Desbaratada, pues, la vida del protagonista de la historia por todos los sucesos que le acontecen tras abandonar su refugio, él, el propio Philip Roth sin duda, sólo podrá regresar a su guarida para aislarse de un mundo extraño y hostil al que su edad y su cáncer de próstata le impide ya enfrentarse o simplemente defenderse.

<-Para la mayoría de la gente, decir que uno se ha mantenido en su infancia durante toda la vida significa que ha conservado la inocencia y que todo ha sido hermoso. En su caso, decir que se ha mantenido en su infancia durante toda la vida significa que ha permanecido en esa terrible historia: la vida ha seguido siendo una terrible historia. Significa que en su adolescencia el dolor fue tan grande que, de una manera u otra, se ha quedado en él para siempre.>

De nuevo, los temas más querido por Philip Roth: la vejez enfrentándose al dolor, al dolor físico y al dolor espiritual, la vejez frente al mundo, frente a la decadencia, frente a la propia vida, y el enfrentamiento entre el hombre maduro a las puertas de la vejez con la mujer joven y hermosa que representa una última esperanza de rejuvenecer, aunque sea un simple paréntesis, consciente y consentido. No sé si es una obra maestra, pero me lo parece.

 Sergio Barce, noviembre 2011

Los fragmentos de la novela están tomados de la primera edición en Debolsillo, marzo 2009, con traducción del inglés de Jordi Fibla.

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