Este próximo lunes, presentaremos en Sevilla la Asociación de Amistad Andaluza Marroquí – Foro Ibn Rushd, de la mano de nuestro presidente José Sarria.
Aquí tenéis la invitación para quienes deseéis asistir.
Hoy miraba las noticias y veía las imágenes del terremoto de Marruecos.
Hace apenas dos días yo estaba allí. Con mis hijos y con el equipo de rodaje del cortometraje que se rodaba en Larache. Compartiendo la felicidad del momento con Bilal, con Zohra, con Mohammed, con Ghita, con Abdeslam, con el Hach. Riendo, saboreando la vida. Olía, como siempre, a salitre atlántico, a azahar, a humedad y a tayín, y en las calles de la medina de Larache, a risas de niños. Sí, también las risas huelen en esos callejones. Un olor dulzón y amable. Volvía a escuchar la llamada del almuecín. Y me traje de vuelta los abrazos que me regalan todos mis hermanos y que sólo me procuran afecto y cariño.
Hoy miraba las noticias y veía las imágenes del terremoto de Marruecos.
Y pensé que pertenecían a otro mundo. A una pesadilla. Porque en esa gente que corría despavorida, en esa gente que gritaba y que se lamentaba por la insoportable e injusta desaparición de sus seres queridos bajo los escombros, yo veía los mismos rostros de Bilal, de Mohammed, de Ghita, del Hach. Gritando, tratando de salvar sus vidas y las de los suyos. Y, pese a la distancia, me llegaba a través de esas imágenes el olor a polvo, a sangre, a arrayán y a miedo, y en las calles de la medina de Marrakech, al llanto de los niños. Sí, también el llanto de los niños huele en esos callejones. Un olor amargo y desesperado. No se ha escuchado la llamada del almuecín, porque el minarete de la mezquita ha caído. Pero desearía poder devolver esos abrazos que me regalan para demostrarles el mismo afecto y cariño. Hoy más que nunca. Aunque sean otro Bilal, otro Mohammed, otra Ghita u otro Hach.
Esta semana ha arrancado el rodaje del nuevo cortometraje que dirige Pablo Barce: «Moro». La localización es en Larache, y esperemos que tenga tan buena acogida como la tuvo «El nadador».
Mes intenso de cine. Salgo decepcionado del documental Mi nombre es Alfred Hitchcock (My name is Alfred Hitchcock, 2022), de Mark Cousins. Aburrido, y eso que es difícil que nada de lo hecho por Hitchcock lo sea, pero Cousins, que admiro por sus libros y sus otros documentales, enfoca equivocadamente esta cinta. La voz en off impostando al Hitchcock real es una especie de parodia. Las escenas seleccionadas, reiterativas. Imágenes estáticas con el rostro del director británico repetidas una y otra vez, como si nos hablasen de alguien al que nunca se le hubiera fotografiado.
Como antídoto, veo en casa por enésima vez Rebeca (Rebecca, 1940), Recuerda (Spellbound, 1945), La soga (Rope, 1948) y Los pájaros (The birds, 1962). De un tirón (quiero decir, en cuatro noches seguidas). Y no empacha.
Veo Te estoy amando locamente (2023), de Alejandro Marín, realizador malagueño, y salgo con una sonrisa, pero, a la vez, emocionado de la sala del Cine Albéniz. Me ha parecido una cinta muy bien llevada, que no tiene el menor altibajo, con una excelente banda sonora y unos actores en estado de gracia. La ambientación de los años setenta, muy conseguida. La recomiendo a quienes gustan del cine español. Está por encima de la media.
Leo dos libros interesantes. Por un lado, Videoclub, de Jaume Ripoll, que ha editado Penguin Random House. Se trata de una obra sin grandes pretensiones, escrita por uno de los fundadores de Filmin. Jaume Ripoll procede de una familia vinculada con el mundo del cine. Regentaron salas de cine, videoclubs y se dedicaron a la distribución. A través de sus páginas uno hace un recorrido, en muchos casos sentimental, por la evolución de las salas de cine en España, la proliferación de los videoclubs y su posterior desaparición. Y a uno le vienen muchos recuerdos. Ripoll repasa las películas que le fascinaron, los actores, los directores, las bandas sonoras, así como las producciones que le decepcionaron o que triunfaron o fracasaron, sus experiencias personales en el videoclub y sus diferentes trabajos hasta acabar siendo el fundador de la plataforma Filmin. Todo ello salpicado por distintas anécdotas personales. Deliciosa la que relata en el capítulo titulado “En Inglaterra con Greenaway”. La verdad es que es muy amena la lectura.
Escribe Jaume Ripoll:
“…Mi padre tuvo videoclubs en salas de bingo, salas de cine, panaderías y bares de carretera, pero a su muerte solo conservaba uno, el Casablanca, cuya gestión compartía con una joven socia que tenía nombre de estrella de Hollywood de los ochenta, Maxi: metro sesenta, pelo rizado y una sonrisa a jornada completa con la que mostraba sin rubor unos dientes que habían esquivado demasiadas veces la visita al dentista. Maxi no era cinéfila, pero tenía todas las virtudes que debe tener una buena dependienta: de los clientes recordaba su nombre, sus gustos y los suficientes detalles familiares, enfermedades, efemérides o separaciones, para hacerlos sentir en casa. Junto a ella trabajaba Toñi, una treintañera cordobesa que de haberse apellidado Salazar podría haber formado parte de Azúcar Moreno. Bella, alta y con el maquillaje adecuado para pasar seis horas de martes a domingo bajo la luz de los neones sin descomponerse en el intento. El videoclub no llegó a conocer el datáfono, así que todos los clientes tenían que pagar en efectivo, y el dinero se acumulaba en un cajón del mostrador sin llave de seguridad alguna. Esta información no les pasó por alto a los heroinómanos de la zona, que intentaron atracarnos no pocas veces. Y escribo <intentaron> sin darlo por hecho, porque Maxi y Toñi tenían a buen recaudo otro de esos regalos que nos había hecho un distribuidor de cine en los noventa: un machete digno de una secuela de Rambo que ellas empuñaban sin fragilidad alguna. Lo que nunca adivinaron todos esos atracadores que huían espantados ante el arma blanca era que el cuchillo en cuestión no servía ni para cortar mantequilla. Lo que tampoco supieron fue que su camello era uno de los mejores clientes de nuestro local, uno de los pocos que pagaba recargos por devolución tardía sin rechistar y alquilaba películas de diez en diez las noches de viernes y sábado, pues lo único que lo mantenía despierto durante las madrugadas que tenía abierta su farmacia de la muerte eran las películas policíacas de Bruce Willis y Steven Seagal. Esas en las que los protagonistas paradójicamente perseguían a traficantes como él…”
Pero es el libro de Quentin Tarantino, Meditaciones de cine (Cinema Speculation), también publicada por Random, a través de Reservoir Books, con traducción de Carlos Milla Soler, el que más enjundia ofrece. Escribe acerca de Sylvester Stallone lo siguiente:
“…Cuando se estrenó Rocky, se convirtió casi en mi película preferida de todos los tiempos. Soy consciente de que ya he dicho eso unas cuantas veces. Pero aquellos eran los años setenta. Yo era un joven entusiasta del cine, en una época en que las películas eran una pasada. Ahora bien, a menos que uno estuviera allí, en 1976, es muy difícil hacerse una idea del efecto que la película Rocky provocó en el público. Todo en Rocky cogió al público por sorpresa. El protagonista desconocido, lo emotiva que acaba siendo la película, la muy conmovedora música de Bill Conti, y uno de los clímax más intensos que la mayoría de nosotros hemos experimentado en un cine. Yo ya había visto películas en las que algo ocurría en la pantalla y el público vitoreaba. Pero nunca -repito, nunca- como vitoreó cuando Rocky, en el primer asalto, asestó el puñetazo que tumbó a Apollo Creed. Toda la sala había estado contemplando el combate con el alma en vilo, temiéndose lo peor. Uno tenía la sensación de recibir cada golpe que Rocky encajaba. El engreimiento de Apollo Creed por su superioridad sobre ese patán de poca monta parecía una forma de negarse a reconocer la humanidad de Rocky. Una humanidad de la que nos habíamos enamorado después de ver a Stallone a lo largo de noventa minutos de película. Y, de pronto -tras recibir un potente golpe-, Apollo Creed cayó al suelo de espaldas. Vi esa película unas siete veces en los cines, y en todas las ocasiones, llegado ese momento, el público casi saltó hasta el techo. Sin embargo, ninguna vez fue como la primera. En 1976, no hacía falta que me explicaran lo absorbentes que podían a llegar a ser las películas. Ya lo sabía. En realidad, no sabía casi nada más. Pero hasta entonces nunca me había implicado emocionalmente con un personaje principal como lo estuve con Rocky Balboa y, por extensión, con su creador, Sylvester Stallone. En la actualidad, si alguien descubriese la película, sería casi imposible de reproducir ese tipo de inocencia del espectador. Para empezar, tendría que lidiar con la celebridad y la carrera posterior de Stallone. Y no digo esto como una indirecta o como un comentario sarcástico. Es un hecho que el Stallone de Planet Hollywood no es el Stallone que se sentó en el sofá de Dinah Shore a contar anécdotas graciosas sobre la época en que pasaba hambre… (…) Parte de la euforia vinculada a la respuesta del público al combate culminante en Rocky se debió a que, después de cinco años de cine de los setenta, la verdad es que no esperábamos que las cosas le fueran a ir bien a Balboa. Y no me refiero a que no esperábamos que ganase el campeonato del mundo de los pesos pesados. ¿No iba a ganar jamás ni una mierda! Nuestra única esperanza era que no quedara como un puto hazmerreír. Por eso, el final fue tan sorprendentemente conmovedor y catártico. Por eso, cuando Apollo Creed cayó de espaldas en la lona, dimos saltos de alegría. Porque, a partir de ahí, al margen de lo que acabara pasando, Rocky ya había demostrado que no era un hazmerreír. Y, cuando llegamos al último asalto y Rocky tiene a Apollo Creed contra las cuerdas, asestándole un zurdazo y un derechazo, y un zurdazo y un derechazo, y el público presente en el pabellón entona: <Rocky… Rocky…>… ¡Joder! Sencillamente, nunca se había visto nada igual. Después, en la entrega de los Óscar, la película replica en la vida real su milagrosa victoria. Desde ese momento, el cinismo de los setenta ya no tenía ningún futuro…”
Y lo que relata es tal y como fue, porque yo lo viví con la misma intensidad. Esa película me emocionó por muchas razones, las mismas que indica Tarantino, pero también por la sencillez del argumento, por la manera en la que Rocky trataba a su novia Adriane, magnífica Talia Shire, y porque la humildad del personaje se te pegaba al alma. Lo primero que hice tras ver Rocky fue comprarme la banda sonora de Bill Conti, en LP. Y la ponía en el picú una y otra vez. ¿Quién no es capaz de tararear las notas principales?
También he tenido ocasión de ver El faro (The lighthouse, 2019) de Robert Eggers, con dos magníficos Robert Pattison y Willem Dafoe. Película claustrofóbica, no apta para el gran público, difícil y de tempo contenido, pero con imágenes potentes y una historia curiosa que, a mi entender, se malogra en parte con el desenlace.
Recupero la cinta La vida de los otros (Das leben der Anderen, 2006) de Florian Henckel Von Donnersmarck, cinta magnífica, que te llega a lo más hondo, y que, si bien me gustó cuando se estrenó, ahora me ha encantado aún más. Y la de Fahrenheit 451, de Truffaut, que, gracias a la historia de Ray Bradbury y a esos excelentes actores que son Julie Christie y Oskar Werner, se mantiene más actual que nunca. De obligada revisión.
Las dos últimas novelas de Julian Barnes y de Cormac McCarthy me dejan un tanto indiferente, como si hubiera visitado a dos viejos amigos y los hubiera encontrado apáticos y sin ganas de recibir a nadie. No obstante, siempre hay algo positivo en lo que escriben, sin duda.
Elizabeth Finch (2022), de Barnes, es una obra de excelente factura mientras se centra en el personaje de la profesora Finch, y ahí reconozco la narrativa del escritor, que siempre he admirado, pero luego se transforma en un ensayo de tapadillo sobre el emperador Juliano el Apóstata. Así que, aunque me atrae el personaje histórico, ya está más que retratado por Gore Vidal, y volver a hacerlo es un ejercicio baldío que, en este caso, menoscaba el núcleo duro de la novela, el de alguien sumamente atrayente y atractiva como es la protagonista: Elizabeth Finch. No obstante, como decía antes, hay páginas que reflejan su indudable maestría.
Julian Barnes escribe:
“…¿Y en qué categoría entraba mi amor por EF (Elizabeth Finch)? Bueno, yo lo definiría como romántico estoico, eso sería lo apropiado. ¿Y la quise más que a alguna de mis esposas? Digámoslo así: una parte del amor consiste en que la persona a la que amas te sorprenda, aunque la conozcas a fondo y muy bien. Es una señal de que el amor sigue vivo. La inercia mata el amor; y no solo el amor sexual, sino todas las clases de amor. En mi experiencia, las <sorpresas> del amor conyugal, pasados los primeros años, resultan ser a veces simples rarezas; peor, la expresión de alguien no solo aburrida con su marido, sino también consigo misma; con la vida misma, de hecho. No llegué a entenderlo en el momento, claro está. Las sorpresas de EF eran de otra clase. Hay gente que prefiere los libros a la vida, que recelan de implicarse de un modo más profundo, más turbulento. No creo que yo sea así; pero es cierto que tal vez prefería amar a EF que amar a cualquier otra persona que haya conocido, antes o después. No quiero decir que la quisiera más -eso no sería plausible-, sino que la amé concienzudamente: a conciencia y totalmente…”
Dejarse seducir por la protagonista es un delicado placer.
El párrafo pertenece a la edición publicada por Anagrama (marzo, 2023), con traducción del inglés de Inga Pellisa.
Cormac McCarthy es uno de mis autores de cabecera.
Posee una forma de escribir recia, sin concesiones. Ahí está Meridiano de sangre (Blood meridian), No es país para viejos (No country for old men) o La carretera (The road). Recientemente fallecido, nos ha legado como última obra El pasajero (The Passenger) y Stella Maris, dos novelas en un solo volumen. Pero me centro ahora en la primera de ellas.
El pasajero es un ejercicio no sé si de virtuosismo premeditado o de virtuosismo accidental; sea cual sea, se queda en un juego de malabares. La novela arranca muy bien y contiene los mejores diálogos que he leído en mucho tiempo, pero, a la vez, inserta capítulos de ensoñación o pesadilla que no aportan nada, al contrario, ralentizan la lectura, distraen, irritan. Y, para colmo, su final es uno de los más decepcionantes. No guarda relación con la estructura férrea de sus otras novelas.
Pero, como digo, hay diálogos excepcionales y, parte de ellos, muy divertidos. He echado en falta su contundencia de antes, y no es el broche de oro que esperaba. Eso sí, el protagonista, Western, es de esos personajes que se hacen inolvidables. Por algo será.
Uno de los diálogos de McCarthy en El pasajero es el siguiente:
“…Western pagó al hombre y cogió la llave y fue en el coche hasta la habitación y se acostó.
A la mañana siguiente volvió a Wartburg y desayunó tarde en el pequeño restaurante y aprovechó para leer el periódico local. En el aparcamiento dos chavalas estaban mirando el coche. Los parroquianos del bar le lanzaban miradas mientras comía y al cabo de un rato la más joven de las dos camareras se acercó para servirle más café.
Apuesto a que ese coche de allá es suyo.
Western levantó la vista. La chica tenía puntos de sutura recientes en la cabeza. Después de servirle dejó la cafetera en la mesa y sacó su libreta del bolsillo del delantal. ¿Va a pedir algo más?
Quizá sí. Tengo bastante hambre.
Western miró la carta. ¿La wartburger tiene éxito?
Sí. Es bastante popular.
Cerró la carta. Creo que lo dejaré ahora que estoy a tiempo. Miró a la chica.
Usted no es de por aquí, ¿verdad?, dijo.
Uf, no. Odio este sitio.
Me habían dicho que era un pueblo divertido.
¿Wartburg? ¿Y dónde ha oído eso? Me está vacilando, a que sí.
Usted tiene un novio en Petros.
Marido. ¿Cómo lo ha sabido?
Pues no sé. Veo que no lleva alianza.
Sí que la llevo. Pero cuando estoy trabajando no.
¿Le ve a menudo?
Dos veces por semana.
¿Su marido le ha visto ya esos puntos?
Aún no.
¿Qué piensa decirle?
¿Cómo sabe que no me los hizo él?
¿Es médico?
Ya me entiende.
¿Se los hizo él?
Ya se lo he dicho. Ni siquiera los ha visto todavía.
Bueno, ¿y qué piensa decirle entonces?
Le gusta meter las narices donde no debe, ¿eh? Pues por si le interesa le diré que resbalé y me caí.
Sólo quería saber si tenía una buena historia.
¿Por qué piensa que la necesito? Usted no sabe lo que pasó.
¿La necesita o no?
Puede. ¿Por qué debería decírselo?
¿Y por qué no?
¿De dónde es usted?
De aquí.
Qué va.
¿De Nueva Orleans?
Yo qué sé. ¿Es de allí?
Si le parece bien…
La camarera miró un momento hacia el mostrador y luego le miró otra vez. Usted va de listillo por la vida, ¿eh?
Sí.
Y eso que es bastante mono.
Bueno, usted tampoco está nada mal. ¿Quiere que salgamos?
Ella volvió a mirar hacia el mostrador. No sé, dijo en voz baja. Me pone usted un poco nerviosa.
Forma parte de mi estrategia. Es bueno para la libido.
¿Para la qué?
¿A él qué es lo que le va? ¿El homicidio?
¿Y eso cómo lo sabe? ¿Ha estado hablando con Margie?
¿Quién es Margie?
Esa que está allí de pie. ¿Qué le ha contado de mí?
Me ha dicho que le pidiera para salir.
A esa le voy a patear el culo.
No, es broma. No ha dicho nada parecido.
Más le vale. ¿Quiere algo más?
No, gracias.
La camarera arrancó el tíquet y lo puso boca abajo sobre la mesa. ¿Seguro que es de Nueva Orleans?
Sí.
Nunca he estado. ¿Es jugador profesional?
No. Soy buzo de profundidad.
Qué trolero. Tengo que atender a esos clientes.
Muy bien.
¿Lo que me ha dicho iba en serio?
¿El qué?
Ya sabe. Lo de salir.
Quizá. No sé. Me pone usted un poco nervioso.
Puede que sea bueno para esa cosa que ha dicho antes. Si es que tiene.
¿Cuánta propina quiere que deje?
Pues no sé, encanto. Lo que le dicte el corazón.
Vale. ¿Nos lo jugamos a doble o nada?
¿Cómo voy a saber lo que me estoy jugando?
¿Eso qué importaría?…”
El texto pertenece a la edición de Random House, noviembre 2022, con traducción de Luis Murillo Fort.
Mañana seguiré con esta nota a pie de página hablando de cine y de otros libros. El mes de agosto siempre es propicio para darme un buen atracón de lectura. Y este año ha sido especialmente intenso.