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El CINE IDEAL de LARACHE ya sólo existe en nuestro recuerdo

Hace unos días, Fátima el Bouhtoury me pidió que le enviara alguna información sobre quiénes construyeron la Plaza de España, aquélla que todos tenemos en mente, aquélla belleza de mosaicos con grabados de El Quijote, aquélla rodeada de palmeras, aquélla que atraía a los niños, que nos atraía a los niños, porque allí podíamos ver peces de colores…

Tres larachenses muy cercanos a mí: Ange Ramírez, Fátima el Bouhtoury & Mohamed Sibari

Se me ocurrió bucear en el magnífico libro “Larache. Evolución urbana”, editada en 2001 por la Consejería de Obras Públicas y Transportes y la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía, dirigida por Pedro Campos Jara y Guillermo Duclos Bautista. Y entre su rica información, le facilité los siguientes datos:

“…se construye en 1917 el edificio modernista del Matadero, y ya en 1914 se habían iniciado las gestiones para construir el Hospital Civil. De este último edificio se realizaron varios proyectos sobre diferentes localizaciones, comenzando en 1914 el ingeniero Antonio Álvarez y Redondo por un lado, y el arquitecto Carlos Ovilo por otro, proyectando este último el mismo edificio tanto para Larache como par Tetuán. Finalmente, no se llevó a cabo ninguno por una u otra razón hasta que en la década posterior se redactara el definitivo por parte de José de Larrucea sobre el Castillo de San Antonio, hoy conocido como Castillo Lakbibat. En 1920 estaba en obras el grupo escolar España, actual colegio Imam Malek, primer centro escolar de Larache.

(…) A comienzos de la década de 1920, (…) es la época de construcción, como hemos dicho, de la Plaza de España, derribándose para ello parte de las murallas y el antiguo revellín del siglo XVII que defendía la puerta del Campo…

plaza de españa – foto de Ricardo Barceló

(…) En el año 1926, se reactivaron las obras de pavimentación de la plaza de España, comenzadas años antes bajo la dirección del ingeniero municipal Urzáiz, alrededor de la cuál se situaban los recientemente construidos edificios de viviendas que la circundaban, característicos por su arquitectura tradicional incorporadota de varios estilos que van a aunar en muchos casos la tradición hispanoárabe… (…) Es el periodo de ejecución de las infraestructuras urbanas, recogidas por el ingeniero Montalbán en su plano de Larache de 1927.

…El ingeniero Pascual Aragonés proyecta el puente sobre el Lukus en 1925 y las mejoras del puerto en 1927.

José de Larrucea proyecta el edificio de Obras Públicas y Construcciones, hoy Baladiya, de 1928; y también proyectó el edificio para Colonización y Turismo y el de Correos y Telégrafos, también en 1928.

En 1929-30, Larrucea proyectó la escuela Hispano-Israelita, sobre un fondac cercano al puerto, la actual escuela Ibn Hazm.

Urzáiz hace el proyecto para poner en funcionamiento el Mercado de Abastos, y lo ejecuta Blas Bustamante.

La Iglesia del Pilar, iniciada en 1927 y terminada en 1931, fue proyectada por los arquitectos Bergamín y Blanco, Larrucea fue el director de las obras.

Muchos de estos edificios fueron levantados por construcciones Rossel, que en aquella época era la principal empresa constructora que actuaba en Larache.

Cine Ideal

A partir de los años 30, es significativo en Larache la construcción de edificios en los que se advierte la incorporación de conceptos y estilos arquitectónicos reveladores de las vanguardias europeas del momento. Entre ellos, podemos destacar el racionalismo del Cine Ideal, los tintes expresionistas del actual Consulado de España, viviendas particulares, individuales o agrupadas en conjuntos, que recogen temas compositivos tradicionales sobre esquemas racionalistas ágiles y sencillos, todo ello dando origen a un patrimonio edificado de gran homogeneidad. Igualmente, ocasionado por el notable aumento de la población, se llevaron a cabo construcciones de viviendas sociales, casas baratas, destinadas a musulmanes, a españoles o mixtas, destacando las situadas a ambos lados de la carretera a Alcazarquivir. Es también época de obras de ampliación del puerto, llevadas a cabo por Gil Delgado en 1934…

Plaza de España

(…) y se dice de la Plaza de la Liberación: “Construida en el Primer período 1922-1927. Espacio urbano de especial relevancia en la ciudad, quizá el de mejor factura en todo el protectorado español. Se trata de espacio elíptico, elemento de conexión con la ciudad antigua, y desde el cual partirán de forma radial las vías urbanas que formalizarán la ciudad del siglo XX. Trabajaron en las obras los ingenieros municipales José Gutiérrez y León Urzáiz.”

¿Cuál es la conclusión inicial de estos comentarios de los arquitectos que escribieron este libro? Es evidente: la riqueza arquitectónica de Larache. Y este libro, además, detalla exhaustivamente todos los inmuebles que deben ser protegidos como patrimonio de la ciudad.

Pero lo que más llama la atención de este libro, sin duda una pieza fundamental para conocer la idiosincrasia de Larache, es que en el mismo se hace constar la colaboración del Consejo Municipal de Larache, y en el propio prólogo, el Alcalde Presidente de ese momento, Sr.Hssissen escribió:

“…La realización del trabajo que ahora se publica se considera un documento de gran importancia que expresa una voluntad real de devolver a las Medinas antiguas el valor que merecen y contribuye a recuperar el valor de los monumentos hispano-moriscos que tanto abundan en la ciudad de Larache.”

Digo que este comentario llama la atención porque, un par de años después de publicarse este libro, y de que se recoja en él, entre otros muchos, a los edificios del Cine Ideal y del Coliseo María Cristina como ejemplos de inmuebles excepcionales, catalogados como patrimonio histórico de la ciudad, el Consejo Municipal aprobó el derribo de ambos para ser sustituidos por verdaderas barbaridades arquitectónicas. Y como estos dos bellos edificios hurtados a la población larachense, han continuado su mismo destino otros muchos más, menoscabando así el legado cultural de las nuevas generaciones.

En el último cuento de mi libro “Última noticias de Larache” (Aljaima, 2004), que llevaba precisamente el título del libro y, entre paréntesis, “Por última vez, el Ideal”, relataba cómo viví el momento en el que el Cine Ideal comenzó a ser derribado. El fragmento del cuento dice así:

 “A principios de marzo de 2003, llego a Larache para dejar material escolar en el Centro Alcántara, una ONG cultural instalada en las brumas de la antigua Jukureka, y me encuentro con un sucio grupo de albañiles que golpea despiadadamente los muros del Cine Ideal. Los hacen con martillazos lacerantes e imperdonables, aunque lo peor de la escena es su desgana, la desidia con la que ejecutan su trabajo esos verdugos mercenarios.

En mi anterior viaje, el edificio del Cine Ideal se mantenía a flote como un viejo mercante embarrancado que agonizara abandonado por su tripulación. Ahora, se había dado orden de hundirlo definitivamente.

Contemplo la escena desde la puerta del patio de la iglesia del Pilar, con un amargo sabor a desaliento en la boca y una triste desazón asomando a los ojos. Me trago las lágrimas de tantos recuerdos y me limito a escuchar cada uno de los golpes, secos, ásperos, como si fuesen disparos al aire. Me conmueve la tristeza de sus ventanas de ojo de buey, la terca resistencia de sus paredes que se enfrentan con brío a los miserables martillazos. Pero es un esfuerzo baldío, inútil y derrotado.

La gente que camina por la Avenida Hassan II apenas se molesta en echarle un vistazo, como si no significara nada para ellos. Probablemente es así. Pocos de esos transeúntes saben que esa calle se llamó en un tiempo Chinguiti y que, a lo largo de ella, las parejas de novios paseaban los domingos arriba y abajo hasta que tenían la oportunidad de meterse en la sala oscura de ese cine. Desgraciadamente, como también ocurre en Tetuán y en Tánger, la mayor parte de la población actual de Larache es foránea y apenas sabe nada de su pequeña historia.

(…)  Vuelvo a pensar en la agonía del Cine Ideal, en que ya no existirá más que en nuestra memoria, en que algo de nuestras vidas morirá con su desaparición…”

 Sergio Barce

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MARIA JOSE COLOMA, poetisa larachense

María José Coloma

María José Coloma nació en Larache, ciudad donde. como ella dice, se nos fragua esa trilogía cultural que llevamos los nacidos allí. Allí estudió primaria en francés (es Bilingüe francés-español por ser estas las lenguas paterna  y materna respectivamente) y oosteriormente cursó bachiller en Algeciras. Siempre interesada en la filosofía y la psicología, es una apasionada de la poesía. Ha venido colaborando con sus poemas en la página de «Larache en el Mundo» y otros foros relacionados con nuestra ciudad.

Además del poema que reseño más abjo y que se incluye en la antología «Regalos del alma», María José Coloma tiene prevista una pequeña edición con un compendio de poemas que lleva por título “Plumas Viajeras del Viento”, en cuya primera parte dedica varios de ellos  a Larache.

Los poemas de la escritora larachense María José Coloma. Poesía llena de añoranza, de nostalgia y de recuerdos. Poesía que es reducto de sentimientos, Coloma recupera la voz del mar que su memoria atesora, el que oía desde la Glorieta del Balcón, ése que nos miraba con desafío cuando se encabritaba contra el acantilado. Hay algo en sus versos de melancolía por la niñez, sobre todo de melancolía por su tierra. Versos cadenciosos, apacibles, embozados en la ternura de un querer inquebrantable por Larache.

Sergio Barce, julio 2011

El primero de sus poemas, dedicado al Jardín de las Hespérides, se recoge en la antología “Regalos del alma” (Centro de estudios poéticos, Madrid, 2005):

El Jardín de las Hespérides

Jardín de las Hespérides,

sus aromas, mis sentidos,

de todos mis tesoros intempóreos,

sus laberintos húmedos cuido.

Castillo altivo y umbrío,

de días de infancia testigo,

imborrables y apasionados sollozos,

juegos y alborozo.

Entremezcladas visiones,

atardeceres de estío,

infantiles sensaciones,

murmullo de regadío.

Majestuosos leones,

entrañables, juguetones,

lindas flores, bajas frondas,

cipreses de altas copas.

Jardín de mi niñez adorada,

devanada sutilmente,

cual madeja deshilada;

¡mi araucaria omnipresente!

Balcón del Atlántico

Poema La Glorieta de María José Coloma (2004):

Agrestes crestas eleva,

emborrachando las rocas,

en las costas de mi tierra,

de sales y algas rotas…

Por la húmeda y salitre piedra,

van resbalando mis huellas,

chisporrotea el oleaje,

sopla el fuerte Levante.

Y giro cual marioneta,

abrazada a una columna,

de tantas de mi Glorieta.

Hermoso lugar de encuentro,

cuyo rumor perdura

en los anales del tiempo.

La rompiente en el Espigón,

ese rugir de escándalo

del mar de mi corazón.

Y la tierra huele a mar,

la mar a sal y a brea,

y surgen, ¡oh imaginación!

del Atlántico de mi tierra,

las altas y esbelta figuras,

de la Glorieta del Balcón.

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LARACHE vista por… LUIS ANTONIO DE VEGA RUBIO

  En las primeras décadas del siglo pasado, Luis Antonio de Vega Rubio, arabista de gran prestigio, (Bilbao, 1900 -Madrid, 1977), además de gastrónomo, ganó el Premio internacional de literatura de la Pictorial Review de Nueva York en 1920 por su obra “La princesa Bibi Hari Hara”.

LUIS ANTONIO DE VEGA RUBIO

Fue redactor de «El Nervión» y de «El Pueblo Vasco», fue destinado a Larache como director de las Escuelas Árabes, pasando más tarde a Tetuán.  Escribe en “Revista África” números 31-32 un precioso artículo titulado <<Nuevo descubrimiento de Larache>>. Particularmente creo que es uno de los textos más líricos y hermosos dedicados a Larache por un autor o viajero de la pimera mitad del pasado siglo. Luis Antonio de Vega dice:

 “La primera ciudad marrueca donde fijé mi residencia durante los dos lustros que residí en África fue Larache. Es tal vez por esto y porque en su recinto aprendí a conocer y amar a Marruecos por lo que mis mayores simpatías las reservo para la ciudad, que es proa de navío en la quilla del viejo Castillo de San Antonio, quilla metida en el mar.

  Allí pasé un año, primero en la calle Real, luego en el callejón de Hamed Ben Tzami, donde los tejeringueros moros amasaban cada mañana la pasta de los aceitosos churros que serían adorno suculento en el collar que formaba un junco verde; la calle de Hamed Ben Tzami, en el barrio primoroso de la Marina, con la terraza situada frente a la barra que forma el Lükus en su desembocadura y en la que hasta en los días dulces y en las dulces tardes se revolvían las aguas en amasijos de olas turbias.

  Me alquiló la casa un árabe, a quien llamaban el Turco, que tenía establecido un tenderete de sedas y de perfumes en la Alcaicería, que los españoles llamamos Zoco Chico, y es posiblemente el rincón más bello de Marruecos.

  El bacalito era un pretexto y un adorno para el vivir del otomano. Allí, entre los caftanes, las bedaías de color pizarra y de color ala de mosca, y con el aroma de los ámbares y de los pomos de jazmín, más que comerciar, le placía discutir con los ulemas y con los notarios.

  Bajo los porches encalados de la Alcaicería florecían las preguntas sutiles de una raza sutil, y rozando la corona de los turbantes blancos, se curtían en arrugas las frentes que cobijaban ojos eruditos, frentes que taraceaban una respuesta que no desmereciera en sutileza a la demanda.

Larache, Zoco Chico, 1928

  En mi casita mora me nutría de la savia vieja y de la savia temprana, y mi corazón sentía a Larache, y en ocasiones me decía a mí mismo:

-El río coge a la Medina por el talle y el agua moza se enamora del muro desconchado. La palmera es señorita vegetal, abanico de luna, cigüeña anclada.

  Otras, desde la terraza, en lugar de dirigir las pupilas a la bahía donde se unificaban las aguas, las fijaba en lo alto, y la mirada acariciaba, azotea por azotea, cuantas divisaban de la ciudad y con mimo de voz que se me hacía miel de líricas colmenas, decía:

-¡Ay, Larache! ¿Quién, al pasar, pudo decirte que no eras maravillosa? ¿Quién te pudo posponer a tus hermanas?

  Porque lo cierto es que Larache, como ciudad mora, no disfrutaba de buena prensa y el rocío de elogios caía con mayor frecuencia sobre las terrazas de Tetuán y sobre la alcazaba de Xauba.

  Alguna vez que el Turco venía a visitarme, se asomaba a la puerta que comunicaba la casa con la azotea, sin decidir a penetrar en ella, porque los bajaes de las ciudades marroquíes tenían establecido que las terrazas son para las mujeres y para los pájaros, y para los hombres, la calle y la mezquita. Yo, como cristiano, podía eludir las órdenes del bajá; pero de todas formas, me mostraba bastante respetuoso y solamente subía en las horas en que las mahometanas permanecían dentro de sus moradas.

  Una vez dije al Turco:

-El bajá te permite que vivas en el paraíso; pero no te consiente que en su conjunto lo veas. Si no te asomas a este alféizar no podrás ser pirata de luces, señor de estrellas ni pastor de navíos… Tú viniste de lejos y sabes Geografía; pero la Historia, como no quede toda entera en los límites de una kasida, para mí tiene escasa importancia.

  El Turco vendió su casa y regresó a su país. El árabe que la adquirió la quería para instalarse en ella y esto me obligó a buscar alojamiento en la casa que poseía el Ermiki. Mi alcoba, como de rica mansión moruna, era espaciosa. Tenía tres ventanas, una orientada al Norte y las otras dos hacia Poniente. Desde cualquiera de ellas se veía el mar; pero yo, para permanecer asomado, prefería la que dominaba el paisaje hebreo, cristiano y musulmán de un Larache a quien tanto quiero, de un Larache donde tanto me gustaba vivir.

Larache, la barra

  La ventana quedaba sobre la puerta de la Kasbah.

  Al mirar de frente, dominaba la cuesta de la calle Real, en la que los indios habían abierto tiendas de objetos orientales junto a los comercios de los israelitas. La calle Real, estrecha y larga, de pendiente rápida, salpicada a derecha e izquierda por callejones sin salida y por otros callejones que conducían al mar. Larache no tenía, como las otras poblaciones del Imperio, una judería. Hacía años que se había demolido la antigua, y los hebreos vivían en la Medina.

  Si volvía la cabeza hacia la derecha divisaba la Alcazaba, que en Tetuán era un barrio de vicio y en Larache un laberinto de callecitas con casas aristocráticas, aunque de pobre apariencia exterior, dominando el valle araichi y la curva audaz que, antes de desembocar en la bahía, traza el Lükus.

  Si miraba hacia la izquierda, lo que se presentaba ante mis ojos era toda la cristianería, bordeada por las olas en la carretera del campamento de Nador, y junto al Barrio de las Navas, el cementerio musulmán cortado por la carretera de Alcazarquivir, las azoteas de las casas españolas, y allí, no lejos del Zoco de Fuera, apenas perceptible, porque el edificio del Hospital Militar se comía parte del paisaje, la barra.

  ¡La barra de Larache!

  Unos cuantos metros de arena nada más, pero lo bastante para que Larache, puerto natural de El Garb, salida lógica de los productos de la zona feliz, quedase inservible para la navegación.

  Larache peinaba su paisaje, blanqueaba su sonrisa, acicalaba las palmeras del paseo de Circunvalación, cuando aún no estaba construido el Mirador del Atlántico; abría avenidas, tenía deseos de ser una gran ciudad; pero sus esfuerzos naufragaban en la barra, allí donde habían naufragado tantas embarcaciones. Era un puerto en el que no podían entrar los barcos. Un puerto que se comunicaba por los caminos de tierra en lugar de hacerlo por los caminos del mar. Para deshacer sus esfuerzos estaba la barra.

(…)

  Nuevo descubrimiento de Larache, que ya no es útil más que a lo que a la vieja Medina se refiere. El Zoco de Fuera se convirtió en la Plaza de España. Se marcharon de la orilla de la muralla los burreros que ataban allí a sus asnos, los geománticos, los médicos indígenas, los que entretenían el ocio de los musulmanes, con larguísimos cuentos o peleando con varas de acebo… Y hasta se marchó ese trozo de muralla para dejar paso a la Arquería, y se llenaron de villas los declives de la carretera de Alcazarquivir.

  Todo esto estaba previsto, y todo esto, naturalmente, significa colonización… Sí, ya lo sé, pero… Cuando yo vuelva a Larache entraré con prisas en la Alcaicería, bajaré por la calle de Hamed Ben Tzami, hasta situarme en el muelle, y no miraré a la Medina de arriba abajo, sino de abajo arriba, casi podría decirse que con humildad, la veré como la veía mi amigo el Turco, aquel que no se atrevía a asomarse a la terraza… Y la encontraré como yo la quería, como yo la sigo queriendo, como una vieja estampa oriental… Colores y ventanas, ventanas y colores… Como un pañuelo judío, con arcos y cuestas llenos de gracia… Y con las casas con ojos para ver llegar a los navíos que habían zarpado de Sevilla y de Lisboa y se aproximaban a Larache, después de haber perdido cuarteles por el mar…”

Otras obras de Luis Antonio de Vega Rubio: «El retorno de Euria Massard» (1921), «Yo te di mis ojos» (1952), «El barrio de las bocas pintadas» (1954) o «»Los hijos del novio» (1956).

Sergio Barce

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Nostalgias, LARACHE tierra querida, por DRISS SAHRAOUI

NOSTALGIAS

LARACHE TIERRA QUERIDA

                                                                         Por Driss Sahraoui

Rio Lukus

Primera parte

Larache era una ciudad tranquila y acogedora. Su costa está bañada por el Océano Atlántico cuyas brisas condicionan su agradable clima aunque ligeramente húmedo. Sus fértiles tierras regadas por el Río Lukus, que tiene no lejos de sus orillas, y ya camino de su desembocadura, las ruinas de la antigua ciudad romana llamada Lixus en cuyos vestigios se podía entonces apreciar su arquitectura y forma de construcción, lo que daba idea de la manera de vivir de aquel pueblo guerrero. Este río era muy célebre por su riqueza en angulas y sábalo. Esta especie de angulas era muy apreciada por los habitantes de la ciudad por su gran calidad. Eran tan abundantes que sobrepasaban el consumo interior por lo que una gran parte se destinaba a la exportación hacia Madrid y otros lugares. En lo que respecta al sábalo, era un pescado muy exquisito que se preparaba de diferentes maneras sobre todo por los musulmanes y los hebreos. Estos últimos lo preparaban de una manera extraordinaria (para chuparse los dedos).Toda esta riqueza ha desaparecido. Lamentablemente ya no existe.
En Larache existía una sana convivencia y una fraternidad ejemplares, difíciles de encontrar en otro rincón del mundo. No existían diferencias de religiones, costumbres o tradiciones; yo diría que todo esto era compartido. Durante el mes de Ramadán, que es el mes de ayuno y recogimiento para los musulmanes, los vecinos no musulmanes recibían y tomaban la harira, especie de sopa muy nutritiva con la que se rompe el ayuno ofrecida por sus vecinos musulmanes. En la fiesta del Fitr o pascua pequeña, la que pone punto final al mes de ayuno, recibían dulces y varios productos caseros con los que se festejaba esta Pascua. En la fiesta del Sacrificio (Aid al Adha), y que algunos llaman vulgarmente fiesta del borrego, recibían carne fresca y hecha pinchitos. Mi padre, que en paz descanse, solía sacrificar dos borregos, uno para los ritos religiosos y el otro destinado a repartir entre los vecinos no musulmanes. Decía, que en paz descanse, que no concebía que nosotros en casa, preparando los pinchitos y la carne a la brasa, y los vecinos no musulmanes tragando el humo y el olor de los pinchitos y de la carne. Pero estos gestos eran recíprocos.
En las fiestas hebreas, los vecinos no hebreos recibían la sajina, la rekaka especie de pan muy delgado en forma de galletas, pero sin sal, y otros productos caseros hebreos. En las Fiestas de Navidad, los vecinos no cristianos recibían roscos, polvorones, alfajores y otros productos caseros propios de esta Pascua. A propósito de estas fiestas navideñas, parece que todavía me suena ese ruido de las comparsas que recorrían las calles toda la noche, ese ruido de las zambombas y esos villancicos con sus peces en el río que beben y beben y no paran de beber…

Segunda parte

Larache fue la primera en crear una fiesta anual llamada Semana de Larache. Duraba siete días, durante los cuales se organizaban diversas manifestaciones culturales, artísticas, deportivas y otras. Así se celebraban carreras y saltos de caballos en la Hípica, carrera pedestre, competiciones de natación y otras. Se exhibían piezas teatrales y musicales en el Teatro España, encuentros de fútbol en el célebre campo de fútbol de Santa Bárbara y otros.

Hípica de Larache

Igualmente se celebraban concursos de escaparates, en los cuales participaban Los Almacenes Pulido, La Bandera Española, El Comercio Español y los Hermanos Martínez, que eran los más importantes comercios en lo que se refiere a tejidos confección, alfombras, artículos de viaje y otros. Generalmente se proclamaba ganador del concurso Los Almacenes Pulido por la importancia de su comercio y al contar igualmente con cuatro inmensos escaparates donde exhibía sus artículos con mucho esmero y casi de forma artística.

El primer día de la Semana de Larache se inauguraba con un desfile de carrozas. Cada una simbolizaba un algo: agricultores, ganaderos, pescadores, carpinteros, artesanos y otros. Encabezaba este desfile una carroza con niñas a bordo ataviadas con trajes blancos de novia y una corona en la cabeza. Durante el recorrido, arrojaban sobre los espectadores, además de flores, bombones y caramelos, con la consiguiente alegría de los niños. El último día finalizaba con una traca final en la plaza de España, hoy Plaza de la Libertad, y que duraba hasta altas horas de la noche en un ambiente de alegría y fraternidad compartido por todas las comunidades existentes entonces en esta ciudad. Desde luego en este sentido Larache era ejemplar y ejemplarizante.

Estas fiestas eran organizadas por un comité-director. Pero el que llevaba todo el peso de la organización y realización era un Ingeniero de Montes llamado Jaquetón. Era activo, dinámico y derrochaba simpatía. Los grandes comerciantes de Larache contribuían con donaciones simbólicas y voluntarias. Pero el grueso de los gastos era sufragado por un ingeniero agrícola director general de la entonces famosa Compañía Agrícola del Lukus llamado Gomendio y por el propietario de una Almadraba y una fábrica de conservas, generalmente de atún, proveniente de su almadraba llamado Ramón León de Carranza.  Nacido en Cádiz, en cuya ciudad organizaba todos los años un Trofeo que llevaba su nombre (Trofeo Ramón de Carranza) y se celebraba en el campo de fútbol también de su nombre en Cádiz. En este trofeo participaban los más prestigiosos equipos internacionales de fútbol. Este hombre, a pesar de su inmensa fortuna, era sencillo, humilde y generoso. Solía reservar un cupo de billetes destinado a los habitantes de Larache que quisieran asistir a este trofeo. Algunos con gastos de ida y vuelta incluidos.

 Tercera parte

El primero de Mayo se celebraba en Larache de una manera peculiar. Entonces no existían desfiles o manifestaciones sindicales porque el régimen gobernante entonces no lo permitía. Todo el mundo pasaba ese día en un bosque llamado Viveros a unos seis kilómetros de la ciudad. Era de una extensión inmensa y era todo árboles de pinos y alcornoques y también eucaliptos. Los habitantes se dirigían a este lugar desde las primeras horas de la mañana para coger sitio y acomodarse y también para ayudar a los que venían después para hacer lo mismo. La ciudad se quedaba vacía y las casas cerradas a cal y canto; solían llevar su comida preparada además de las barbacoas y paellas, que se  hacían  en el mismo bosque. Este día se pasaba entre cantes, bailes y música y los columpios esparcidos entre los árboles, que servían para gozo a la gente menuda y menos menuda. Esto duraba hasta el atardecer y transcurría en un ambiente francamente familiar compartido por las distintas comunidades existentes entonces en esta ciudad, sin distinción alguna.

Hostal Flora

En este mismo lugar, y ya al borde de la carretera general de Larache-Alcazarquivir, se había construido un palacete con fines turísticos, se componía de camas, restaurante, bar, parking y unos columpios colocados entre los árboles para alegría de los niños, lo que  permitía a los mayores tranquilidad y seguridad ya que los niños estaban cerca y a la vista de los padres. La estancia aquí era agradable, el lugar seguro y acogedor y llevaba el nombre de Hostal Flora.

Santuario de Lalla Mennana

Otra fiesta que se celebraba en Larache con gran esplendor era la Romería de Lalla Menana al Mesbahia que coincidía con  la gran fiesta del Mulud,  aniversario del nacimiento de nuestro Profeta Sidna Mohamed. Esta romería consistía en presentar ofrendas a la patrona de la ciudad y que consistían a su vez en toros, becerros, diversos artículos y también metálico. Participaban en la misma todos los gremios y cofradías de agricultores comerciantes, pescadores, etc… Y a los que se unían otras cofradías religiosas y folklóricas de Hmacha Aisaua y Gnaua con lo que se completaba el paisaje y el colorido de la fiesta. La comitiva se concentraba en el Zoco Chico donde se organizaba y se preparaba para la salida. Al salir por la puerta de la medina desembocaba automáticamente en la Plaza de España, hoy Plaza de la Libertad, donde comenzaba el recorrido hacia el santuario. Aquí empieza el tremendo ruido de  las gaitas, los tambores, las trompetas y toda clase de instrumentos. Cada cofradía con su cante y música, y todo esto se entremezclaba y se hacía unísono.

Curiosamente destacaba siempre el gremio de los pescaderos, que era el menos pudiente entonces, por sus cantos al mar  (a riyal allah aala allah a Sfint allah aala allah. Bach catemchi esfina be slat aala nbina).

Hospital Civil – castillo laqbibat larache

Un tal Lahcen Laaburi hacía de pregonero, pues tenía una voz además de fuerte muy llamativa; lo más curioso es que éste no era pescador ya que era un buen sanitario en el Hospital Civil, pero dominaba esos cantes y la forma de hacerlo, esto trascurría dentro de un orden impecable a cargo de los mismos organizadores. El recorrido no era largo pero impresionante, y terminaba en el santuario de la patrona de la ciudad cuya puerta se encuentra exactamente frente al jardín de las Hespérides, separado solo por una carretera que llevaba a la Comandancia Militar, al puerto y a la estación de ferrocarril.

Estos relatos, aunque generalizados y fragmentados, seguro que tocarán el alma de aquellos larachenses que han vivido esa época. Indudablemente estos, y a su cabeza Don Sergio Barce Gallardo, autor del cuento “El primer regreso” sobre Larache, harán conmigo la siguiente reflexión: Larache querida, quien te ha visto y quien te ve… Curiosamente esto me trae a la memoria la obra del gran escritor dramaturgo inglés Shakespeare titulada «El  Rey Lear». Lear pregunta: «¿Hay aquí alguno que me conozca? ¡Este no es Lear! ¿Anda así Lear? ¿Habla así? ¿Dónde están sus ojos? O su razón se ha debilitado, o su percepción está aletargada ¡Ah! ¿Está despierto? ¡No puede ser! ¿Quién puede decirme quién soy…?” Y el Bufón responde: «La sombra de Lear».

Si Larache levantara la cabeza hoy y se hiciera la misma pregunta que el Rey Lear  yo, con el corazón todo destrozado, le contestaría: Eres la sombra de Larache. Pero no importa porque la vida sigue…

Driss Sahraoui

     Sus datos biográficos, contados por el propio Driss:

     Nacido en Larache el 25 de Agosto de 1929; exactamente en la calle Burbabun, poco más arriba nació y vivió Abdesamad Kenfaoui, el que luego seria escritor y dramaturgo, y un poco más abajo la familia Aamier, una de las familias pudientes de Larache. Después mi padre compró una casa y una huerta detrás del Fondak Alemán y el Cuartel de la Guardia Civil de entonces. En este lugar sólo había tres casas, la nuestra, la de Mchich Riahi, padre del que fuera últimamente miembro del Consejo Municipal de Larache y parlamentario, y una familia española, la familia de Carmen Flores. Estudié en la escuela Franco Árabe, donde obtuve el certificado de primera enseñanza junto con un de los hijos de la familia Aamiar, Abdeluahed, el que fuera mi compañero de clase durante todo este tiempo. Al terminar estos estudios y al no poder ir a Rabat con mi compañero de clase y otros por razones políticas, por parte de mi padre, que era funcionario en la Policía Armada, igual que el padre del escritor Mohamed Sibari, me fui a la escuela Hispano Árabe para reorientar mis estudios hacia el español, y aquí tuve como compañeros a Habib Dukali, Abdeslam Egzenay y otros. Al terminar, y al no poder hacer otra cosa por falta de medios, inicié mis estudios libremente, así pude obtener el titulo de Perito Mercantil, teniendo que desplazarme a Ceuta para los exámenes porque aquí venían catedráticos de la Universidad de Cádiz para este propósito. Era el único Marroquí que participaba en estos exámenes, ahí conocí a un tal Gamero que a la postre nos volvimos a reencontrar en Alcazarquivir, él en Banesto y yo en el Banco de Estado de Marruecos. En cuanto a la carrera profesional, en 1953 ingresé en el Cuerpo General Administrativo ejerciendo en la Territorial del Lucus. Después de la Independencia y al no sentirme cómodo por el cambio hacia la arabización de la administración, empecé a buscar una salida y la encontré en el Banco de Estado de Marruecos que después de la nacionalización se convertiría en Banco de Marruecos donde tuve tranquilidad y estabilidad, esto fue en el año 1957. El Banco Popular, que era un banco joven y en plena expansión pero carente de personal cualificado, me brindó una oferta muy interesante, lo he pensado y acepté; esto fue en Marzo 1967. Tenía elección entre Larache y Tetuán, como en Tetuán tenía dos hermanos también funcionarios, opté por venir  a Tetuán donde me he jubilado en el año 1989. Después de la jubilación no se me ocurrió hacer nada. Pasando mi jubilación tranquila y sin sobresaltos, eso sin  abandonar los libros…

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LARACHE vista por… CRISTINA MARTÍNEZ MARTÍN

Larache. Ambientada en los años inmediatamente anteriores a la Independencia de Marruecos, su protagonista. doña María, es una candorosa mujer española que se verá permanentemente humillada por su marido, un capitán del ejército, del que, sin embargo, ella está enamorada. Poco a poco, irá descubriendo el otro mundo que convive con ellos en la ciudad, el de la comunidad musulmana, la nativa del país, y será a través de ellos, de los larachenses más humildes, donde irá descubriendo su propia personalidad, su fuerza interior, el arraigo a la familia y las auténticas metas que darán sentido a su vida.

Éste es el argumento de “Te devuelvo la memoria” (Caja Castilla-La Mancha –Madrid, 2007), preciosa y nostálgica novela de la escritora larachense Cristina Martínez Martín, un sentido homenaje de Cristina a su madre, a la que devuelve su memoria.

 “…Él era uno de esos hombres cuyos resortes mueve la pasión. Desde siempre había sido de esa manera. Nunca se había avenido ni a las medias tintas ni a los apaños. Y esa ternura tan nueva, que ni por sus hijos había sentido nunca, se le antojaba un estorbo, algo que lo hacía dudar, introduciendo en su alma mucha confusión.

   Omar lo condujo enseguida a la casa de Rosario.

   Para llegar allá había que atravesar la calle en canal. La casita blanca donde la había instalado se encontraba en un extremo del barrio de Nador, el de las prostitutas, en las afueras de la ciudad. A esas horas salía música de las puertas obscenamente abiertas para atraer a los que buscaban el calor prestado de unos besos pagados o a los que necesitaban verter, aunque fuera en unos cuerpos maltrechos, mucha soledad.

   El capitán respiraba con confort el hedor que rezumaban aquellas callejas siniestras. Se sabía escindido entre su doble faceta de hombre pulido, capaz de mantener las formas con gente encopetada, y su necesidad de dejar libre sus instintos, lo cual solamente era posible en ese ambiente sórdido en el que las pasiones no necesitaban disfrazarse. Por eso la amaba allá en aquella casa arrinconada entre ese barrio y el cementerio.

   La casa estaba construida sobre un montículo frente al mar. Un mar majestuoso, centelleante y misterioso… Con unas puestas de sol magníficas…

   Al lado, reposaban su sueño eterno algunos muertos ilustres, entre los que se contó un día el duque de Guisa, aquel proyecto de rey que desde su Francia natal había venido a morir a esta tierra tan distinta a la suya. Los panteones en mármol rosa o blanco, así como las lápidas más sencillas de granito, yacían olvidados. Hacía años que el reino de los muertos servía de alimento a una profusión de plantas y flores muy vivas que lo invadían todo ocultando las tumbas y convirtiendo aquel lugar, un día sagrado, en un salvaje jardín…”

Presentación de la novela en Larache: Mohamed Laabi, Sergio Barce, Cristina Martínez, Mª Dolores López & Mohamed Al Baki

    “Te devuelvo la memoria” es de lectura sencilla, atrapa al lector desde el comienzo y cada párrafo está escrito con tanto afecto que es difícil sustraerse a él; te embarga una especie de melancólica emoción, y por supuesto vives en cada una de sus páginas el Larache de esa época. Recrea el ambiente de la ciudad, sus calles, los barrios más populares y más humildes, la vida cotidiana de sus habitantes, las tradiciones marroquíes, que la protagonista va descubriendo con sorpresa, y plasma con realismo la relación que existía entre la casta militar española asentada durante el Protectorado y la población autóctona, que nada tenía que ver con la que desarrollaba la población civil, más integrada y tolerante.

    “El 15 de julio se casaba la heredera. Un acontecimiento que todo el mundo esperaba con curiosidad. La familia Bargalló era la crema de la sociedad larachense. Las malas lenguas, que siempre las hay, insinuaban que descendían de unos oscuros comerciantes de Sabadell, ellos proclamaban que su sangre era más azul que la tinta azul. El padre de Pili había sido cónsul del gobierno del Generalísimo en Ceuta antes de venir a Larache. Su puesto le había proporcionado amigos influyentes en las altas esferas, comentaba él. Se decía que había aprovechado la coyuntura para hacer de intermediario en varios negocios lucrativos, comentaba la gente por lo bajo, y se había forrado de dinero. Gozaba en la ciudad de una posición privilegiada.

   Los Bargalló vivían en un chalet frente al balcón del Atlántico. Aparte de la Plaza de España, la mejor zona de Larache. El balcón del Atlántico era el límite natural de la ciudad, el extremo del saliente rocoso sobre el que ésta había nacido. El balcón del Atlántico terminaba bruscamente en un acantilado de ocho metros de altura sobre el mar. Justo en el borde se había construido, protegido por una balaustrada blanca, un jardín estrecho con una pequeña glorieta en el centro, donde los domingos tocaba marchas la banda del Regimiento español. Los días que el mar se enfurecía, rompían las olas bravamente sobre el acantilado salpicando de espuma la balaustrada, cruzándola y regando de agua salada los arriates de geranio y verbena.

   Frente al jardín del Atlántico, se encontraba una fila de chalets blancos y lujosos, precedidos a su vez de una jardincillo particular en donde crecían apretadamente la buganvilla, el jazmín y los hibiscos. Además de los Bargalló, vivían allí el doctor Levi, un cirujano con mucha fama, el Bajá, primo del rey, y otros dos ricos comerciantes judíos.

   Pili Bargalló se casaba y las invitaciones recién salidas de la imprenta invadían las casas de las familias bien de Larache.”

Casa de la Cultura de Larache – asistentes a la presentación de TE DEVUELVO LA MEMORIA

Una novela tan recomendable como indispensable para quienes están descubriendo ese mundo único e irrepetible del Larache de los años del final del protectorado y los acontecimientos que sucedieron en la ciudad que llevarían a la independencia del país, y, por supuesto, para quienes son de allí o conocen la ciudad. Otro viaje de retorno en el tiempo y en el espacio, otro viaje sentimental a través de una excelente narración.

Sergio Barce, julio 2011

José, Miriam y Rachel se llevaron a la pequeña al palomar y a los establos de los animales, convenientemente alejados de la casa para evitar olores. La dueña de la casa, una mujer gorda, simpática, cargada de tintineantes pulseras de oro y magníficos ojos a los que el khol daba profundidad, invitó a doña María a compartir el frescor de un pequeño cuarto que le servía de costurero. Escuchándola charlar animadamente se preguntaba doña María cómo era posible que Estrella Benchimol, aislada en el campo, estuviera al tanto de lo que pasaba en Larache mejor, mucho mejor, que ella misma, que vivía en pleno centro. La señora Benchimol conocía los mejores sitios para comprar calidad al más bajo precio, las novedades que llegaban a las tiendas, los cotilleos y, además, era experta en cómo tratar a las criadas para hacerse respetar y obtener un buen servicio.

   Se juntaron todos a las seis para tomar un té moruno muy azucarado, aromatizado con hierbabuena y flores de azahar, y servido con pastas preparadas por Estrella Benchimol a base de almendras, miel, harina y espacias, con forma de lunitas, redondeles y rombos que todos celebraron mucho.

   El sol se ponía. Omar, desaparecido durante todas esas horas, tenía órdenes de recogerlas para volver a la ciudad, y esperaba de nuevo muy tieso al lado del coche.

   Se despidieron para regresar antes del anochecer. Rachel y Miriam ofrecieron, regocijadas por sus aspavientos, una paloma blanca a la niña.

   Camino de Larache los aplatanados viajeros divisaron desde un alto de la carretera extraños resplandores en la ciudad. Parecían figuras encendidas en distintos puntos, o tal vez incendios… Al acercarse más, escucharon claramente sonidos de disparos. El capitán, recordando su conversación con el señor Benchimol justo aquella misma tarde respecto a las revueltas que podían esperarse como consecuencia de las últimas medidas del Gobierno francés, dedujo lo que ocurría. No quiso, sin embargo, alarmar a la familia.

   -Ya están tirando petardos… -comentó burlón.

   El usualmente hermético Omar, herido por las ironías de las que fue objeto horas antes y para demostrar que lo que decía era importante, les informó antes de que el capitán pudiese evitarlo que aquello era la guerra.

   Los ocupantes del coche guardaron un silencio asustado. La paloma aprovechó un descuido de José para escaparse por la ventanilla abierta. La niña, que dormitaba cansada, despertó con el revuelo de la paloma y se puso a berrear desconsolada por la pérdida de su juguete. José sugirió volver a la finca y quedarse allá hasta saber qué ocurría. El capitán no lo consideró oportuno.

   -En el campo –dijo-, estaríamos a merced de quien tenga un arma.

   Con el llanto cansino de la cría, a quien no consiguieron calmar y que no paró de llorar hasta llegar a la casa, atravesaron la ciudad desierta.

El ya rey Mohamed V, en Larache

   Muhammad V había sabido jugar bien sus cartas. Tras la entrevista que tuvo con el presidente Roosevelt, se negó a ratificar las decisiones de los franceses, y éstos, que habían manejado a los sultanes a su antojo, reaccionaron deponiéndolo en 1953 y desterrándolo primero a Córcega y posteriormente a Madagascar, nombrando en su lugar a Muhammad Ibn Arafa. El nacionalismo, latente, se exacerbó, y Muhammad V se convirtió, aun desde el destierro, en el líder que aunaría la lucha por la independencia nacional.

   Los disparos que en ese momento escuchaba la familia no eran sino el inicio de una revuelta que trastornó al país durante dos años, hasta el regreso a Marruecos de Muhammad V en 1955, y la posterior proclamación de la independencia del país.”

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