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«EL ÁRBOL DEL ACANTILADO» del escritor larachense CARLOS TESSAINER Y TOMASICH

(…)

Un día que iba al burdel, tan abstraído estaba en sus elucubraciones que, cuando se dio cuenta, había pasado delante del mismo sin detenerse. Se hallaba a unos cincuenta metros: miró hacia la pequeña casa y al instante decidió continuar la marcha. No sabía bien a dónde conducía aquel camino, aunque recordaba vagamente que siendo niño y durante unas vacaciones de verano, junto a Carlos y otros amigos, había estado por aquel lugar. Siguió la marcha, dejó a la derecha unos acuartelamientos allí situados y al poco tiempo se encontró ante un enorme acantilado que se abría al Atlántico. Al instante reconoció el lugar: se trataba de la playa conocida con el nombre de <La Duquesa>, así denominada por ser la preferida de Isabel de Orleáns, duquesa de Guisa. Prendada del lugar, la señora mandó construir unas pequeñas escalinatas que, aprovechando una zona en que el acantilado formaba algunos rellanos, hacían posible el descenso a la playa.

La Duquesa de Guisa

Paco se percató de que, a cierta distancia de donde estaba situado, aparecían aparcados dos automóviles. Cuando se acercó al precipicio vio diminutas figuras abajo: algunos se bañaban, otros tomaban el sol. Eran los miembros de la Casa Real de Francia en el exilio, que en aquellos parajes del norte marroquí habían encontrado un lugar donde asentarse. Llevaban allí establecidos desde 1909 y tanto entre los marroquíes como entre los españoles gozaban de gran consideración. A Paco le pareció distinguir a la duquesa y a su hija, la princesa Ita. Pero, no queriendo resultar indiscreto y aunque aquel lugar era público, decidió caminar por el borde del acantilado en dirección sur. Lo hizo durante buen rato, hasta llegar a unos pinares situados en una gran finca propiedad del Estado, conocidas popularmente como <Viveros> y que desde la entrada de la <Hípica Militar> se extendían hasta el lugar donde ahora él se hallaba.

Buscó el árbol más próximo al borde del acantilado, que era un enorme cinamomo crecido entre pinares, y se sentó debajo: al amparo de su sombra y también para apoyarse en su tronco. Y lo hizo mirando al mar. Notó que la cabeza le ardía, pues el sol apretaba con fuerza y esbozando una sonrisa burlona pensó que su ya notoria calvicie le hacía menester usar sombrero para protegerse. (…)

    Aunque la novela ya ha avanzado casi un tercio, esta escena es crucial en el desarrollo de la trama, casi un punto de arranque, por así decirlo, y es la que, poco después, y por todo lo que sigue, justifica el título de la novela de Carlos Tessainer: <El árbol del acantilado>.

 La ubicación de la trama se hace de manera concisa, y como en el párrafo anterior, las descripciones que efectúa de los lugares donde se desarrollan los acontecimientos son tan ágiles como detallistas. Incluso los pequeños fogonazos históricos que introduce con habilidad ayudan a crear una novela “impresionista”: el camino, las casas, el acuartelamiento, el acantilado, el océano, la playa, los bañistas como figuras lejanas que dibuja en dos trazos, el cinamomo… Ya digo, un cuadro impresionista.

CARLOS TESSAINER

   La novela es, además de un perfecto retrato de la sociedad de la época del Protectorado español en Marruecos, en concreto, en Larache, es también un agudo estudio del problema religioso que se plantea cuando dos personas que se aman y que son de diferente credo deciden unir sus vidas.

   Baste como muestra de ese perfecto retrato de una sociedad y de una época esta escena que, al leerla, me hizo sentir lo que la protagonista debía de estar sufriendo.

(…) No volvió a ver a su padre, le daba miedo. La casa era un continuo desfilar de gente que se abrazaban a ellos llorando, gemían, chillaban. Los rezos se sucedían y en medio de aquellas letanías fúnebres y plañideras, ella se encontraba fuera de lugar. La intolerancia había vuelto a aparecer en su vida. Había enviudado de un marido mezquino y palurdo que la despreció por ser hebrea, de un ser que, procedente de un mundo cerrado y lleno de prejuicios, rechazaba todo lo nuevo y diferente por el mero hecho de serlo, todo lo que podía enriquecerle. Ahora había muerto su padre, un viejo judío anclado en el pasado, que, creyéndose miembro del pueblo elegido, se consideraba superior. Y en esa cerrazón de sesera, había llevado su intransigencia hasta lo que María juzgó inaudito. Dentro de su rechazo a la intolerancia, fue más benévola con el padre, tal vez porque era el que la había engendrado. Quizás porque estimó que aun siendo relativamente culto, al ser anciano, le había resultado más difícil aceptar lo que no pertenecía a su mundo; o posiblemente porque no la despreció tanto como Ignacio. Pero, a partir de entonces, se reafirmó más si cabe en la idea que no sólo lo suyo era lo bueno, que la razón no estaba exclusivamente en una sola parte y que el aceptar y valorar lo diferente, lo de los demás, abría las puertas a un mayor enriquecimiento. Era una inquietud que a ella le llenaba de vida. Revalidó así el desprecio hacia la intolerancia de dos muertos, su marido y su padre, y deseó que con ellos aquella condición no hiciese acto de presencia más en su vida.

Creía que conocía a casi todos los hebreos de la ciudad, pero le sorprendió ver aquel tropel de gente extraña. Y no debían de ser de fuera, pues, por mucha prisa que se hubiesen dado, no podían haber llegado a tiempo para el entierro. Se agarraba a su madre con fuerza mientras Miguel estaba con los varones. Se llevaban ya a Samuel y la casa se llenó de alaridos que la desconcertaron y le causaron pavor: nunca había asistido a una situación igual. Mujeres que no conocía chillaban aparentando dolor con gritos desgarradores y la retahíla de los rezos parecían salir del suelo. Ella estaba emocionada y triste: lloraba sin aspavientos. Pasó una mujer desconocida y encarándose con ella le chilló: <¡Malograda, mésate el cabello, que se llevan a tu padre!>. Le acompañaba otra que, en señal de duelo, se daba palmadas en la cara; cesó, como por arte de magia, en sus muestras de dolor y, dirigiéndose a la compañera, apostilló con impertinencia: <¡Déjala, es la viuda del cristiano!> (…)

Basada en una historia real acontecida en Larache, Carlos Tessainer <disfraza> a los protagonistas con nombres ficticios. La cercanía con la que crea ese universo tan especial, el de una sociedad concreta en un tiempo concreto de la Historia, hacen de <El árbol del acantilado> una novela sugerente, curiosa, muy actual a la vez.

Los protagonistas se hacen de carne y hueso, importante para que nos creamos lo que se nos relata, y Carlos Tessainer desnuda sus desdichas, sinsabores e ilusiones con el objetivo de denunciar un tipo de injusticia que se ha repetido toda la vida, una de las injusticias más dolorosas y, a mi entender, más irracionales. En este sentido, me parece que los personajes que deambulan por esta historia de amor, porque esencialmente es la historia de un gran amor, están perfilados con precisión: Paco y María, los padres de ella, Samuel y Chimol, especialmente el personaje de Samuel que pare mí representa el arquetipo perfecto del pensamiento intransigente y rígido, pero también, por supuesto, Sol Cohen, la que fuera amante, pareja, confidente y amor verdadero del general Fernández Silvestre. Otro acierto que sea ella, por su pasado, por su propia vida, la que acoja a quien huye por defender su futuro.      

Procesión del Corpus en Larache

Estamos pues, ante una aparente curiosa contradicción: para contar una historia llena de oscuridades y sinsabores, Carlos Tessainer utiliza el colorido de sus pinceladas impresionistas. Y esto resulta ser un acierto.

Pero, además, con esta obra nos enfrentamos con una demoledora denuncia a la intransigencia y a la intolerancia. Un hermoso canto a la libertad y al amor, y también a la convivencia y al respeto al otro que, tanto Carlos como yo, aprendimos en Larache. Baste como muestra este párrafo de la novela:

(…)   -¡Ay, María! ¡La religión! –le contestó su marido-. Judíos, musulmanes o cristianos, ¡qué más dará! Mira, cuando oigo la llamada a la oración desde el alminar de las mezquitas; cuando los cañonazos y la sirena, a la puesta de sol del mes de Ramadán, anuncian que la jornada de ayuno ha finalizado y las calles se quedan desiertas, muchas veces se me ha puesto carne de gallina. Pero es, sobre todo, el cariño con que en su inmensa mayoría tratan a sus mayores, el celo exquisito con que se ocupan de ellos, respetando sus incapacidades y manías; es la veneración con que conducen a sus difuntos al cementerio –aunque estos sean tan pobres que no tengan donde caerse muertos- lo que ha provocado que en más de una ocasión se me salten las lágrimas y note una punzada en el pecho. ¿Sabes por qué, María? Pues porque detrás de las creencias musulmanas está lo mismo que detrás de las de los cristianos y judíos: la petición al mismo Dios de que se acuerde de nosotros…

Al leer esto último, me sentí transportado a Larache. Cuántas veces vimos esos cortejos fúnebres que pasaban raudos por las calles, y así era como se reaccionaba, te quedabas quieto y les veías pasar, respetuosamente, y la voz del almuédano que, siempre, siempre, te hace vibrar. Y no nos engañemos, Carlos lo que hace es escribir lo que él sentía cuando presenciaba las ceremonias, ahí es él mismo.

Una novela, en definitiva, llena de pasión, de historia con h minúscula y con h mayúscula, de anécdotas, de curiosidades, y escrita con verdadero entusiasmo.

Y le dice Paco a María:

(…)  -¿A que es el sitio más bonito que nunca has visto? A partir de ahora será nuestro lugar…

Y entonces comprendes que la intransigencia no puede vencer.

Sergio Barce, junio 2012

EL ÁRBOL DEL ACANTILADO se publicó en 2006. Editorial Sarriá – Málaga.

Y fue Finalista del X Premio de Novela Fernando Lara 2005.

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«ESA FOTO DE LA OTRA BANDA», un relato de SERGIO BARCE en las imágenes y la voz de FRANCISCO MORALES

Hace días, colgué un relato inspirado en esta fotografía de la otra banda que me había enviado Pepe García Gálvez. Ahora, Francisco Morales (Fran Morgar) vuelve a hacer maravillas con uno de mis textos, como hizo ya con «La cautiva». Me decía Fran en el correo que me ha enviado:

<Nuevamente sucumbo ante uno de tus relatos.Ya lo intuí en la primera lectura… Quién sabe qué fuerza inexplicable que llega de los adentros provoca estos impulsos. Lo hice ayer tarde con las últimas fotografías que tan generosamente Jose María López Cobos comparte con nosotros. Te confieso que en algunos párrafos me resultaba muy difícil desatar el nudo de la garganta y no se me notase una voz tan rubia acentuada por el sol de esos veranos. No alcanzaba los tonos graves, sobre todo, en los pasajes en los que haces referencia a tu padre a lomos de su espalda y esa estela celeste de tu abuelo. Espero que no se note demasiado y haya estado un poco a la altura del texto. Para mí ha sido un disfrute hacerlo.>

Fran, el que lo ha disfrutado de veras he sido yo. ¿Que si has estado a la altura del texto? ¡Has transformado mi  narración en algo tan emocionante que ni siquiera lo reconozco como mío! Lo has engrandecido, lo has convertido en una pequeña joya, y no sé cómo darte las gracias. Espero que a quienes lo veáis os llegue tan hondo como a nosotros.  Para verlo pincha en:

(…) Hagámoslo. Metámonos en esa foto de la playa de Larache, atravesemos el daguerrotipo e imaginemos que viajamos a ese año en concreto, aunque dé igual el año en realidad. Imaginemos que podemos hacerlo…

Francisco Morales

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LARACHE vista por… SARA FERERES DE MORYOUSSEF – Semblanza de Larache I – II

Durante al año 2007, Sara Fereres escribió una serie de pequeños comentarios y recuerdos sobre su ciudad, sobre Larache, que tituló como <Semblanza de Larache>. Su hija Raquel me las ha enviado para que podamos leerlas, así que ahí van sus dos primeras Semblanzas…

Sergio Barce, junio 2012

Medina de Larache

Semblanza de Larache I

 Larache es una pequeña ciudad marroquí bañada por el río Lucus. Fue fundada por los bereberes quienes usaron el apelativo árabe <Al -´Araish>. Esta pequeña ciudad se halla situada muy cerca del asentamiento fenicio Lixus cuyas ruinas son un atractivo turístico en el presente. El río Lucus (nombre romano derivado del Lixus fenicio) desemboca al noroeste de la costa Atlántica y lame las riberas y acantilados de nuestra amada e inolvidable  patria chica. Mis recuerdos datan desde comienzos de los años l930 hasta los sucesivos, que finalizaron en l95l, cuando emigré a Casablanca, una moderna ciudad de Marruecos francés en aquella época situada a pocas horas  de Larache.

Cuando abandoné la ciudad de mis más caros recuerdos no fue nada fácil, aunque fue necesario debido a que las circunstancias obligaron a numerosos amigos y amigas  a hacer lo mismo que… “menda”. Todos deseábamos marchar en busca de mejores oportunidades laborales las cuales no existían en nuestra ciudad. A partir de los años l936 hasta l946 nuestras familias estuvieron sujetas a sufrir ciertas penalidades durante la guerra civil española (1936-l939) la cual dejó algunas secuelas negativas para algunos  larachenses contrarios al régimen franquista. 

Entre  l939 y l946, debido a otra guerra la  pavorosa, Guerra Mundial II mi propia familia, de nacionalidad británica, se sintió afectada por causa del régimen fascista que imperaba en la zona española marroquí. No obstante, es justo reconocer  que  un solo miembro de ella sufrió acoso y prisión por parte de las autoridades españolas. Es importante señalar que éstas mantenían un régimen de respeto hacia todos los habitantes de  la población marroquí, así fueran de religión hebrea, musulmana o católica. No obstante algunos judíos y numerosos cristianos sufrieron encarcelamiento y maltrato porque eran miembros pertenecientes a la masonería, o tenían tendencias republicanas.

En Larache, todos  los pobladores pertenecientes a cualquiera de las tres razas manteníamos una convivencia fraternal, y respetuosa entre nosotros. La enseñanza se hallaba a cargo del “Ministerio Español de Enseñanza”, el cual imponía la obligatoriedad de una educación, netamente española, en  las instituciones educativas, respetando, al mismo tiempo, a otros colegios de enseñanza francesa, además de la mencionada educación española. Aunque la ideología nacionalsocialista se difundió, ello no impedía que tanto los israelitas así como los musulmanes educaran  a sus hijos según la tradición  religiosa de sus ancestros. Es importante señalar que las autoridades respetaron a estos súbditos durante el curso de su mandato. Los  colegios y  los liceos admitían a los alumnos de las tres religiones, incluso en aquellos  regentados por monjas, sacerdotes y militares. Los alumnos que profesaban la religión judía o la musulmana estaban exentos de asistir a las clases de religión católica. Lo mismo ocurría en el caso de los colegios musulmanes y judíos respecto a los alumnos de fe cristiana.  Actualmente, el recuerdo que conservamos de Larache y de nuestros entrañables amigos de las tres religiones es imborrable. El espacio de “Internet” denominado “Sefarad” es prueba de ello y hace que me sienta complacida, cuando es tan fácil contactarme con  numerosos  ex – habitantes de nuestra ciudad así como con los también “exilados” de otras, que habitaron en nuestro muy amado Marruecos español.

Sara Fereres de Moryoussef (alias, Zahrita la Queshadora). Caracas Noviembre. 2007.

Sara Fereres en la Berberisca de su nieta Shari

Semblanza de Larache II

 No sé si algunos de los emigrados que vivieron en Larache antes de la Independencia de Marruecos aun recuerdan cuán aseada era nuestra ciudad. Recorrer toda la “Avenida Generalísimo Franco” y llegar hasta la Plaza de España era un verdadero placer. Aceras impolutas, salvo alguna que otra hoja de árbol seca era lo único que pisábamos. Esta avenida se hallaba flanqueada de árboles verdes y frondosos en primavera. En otoño se veían cargados de hojas secas rojizas que el viento esparcía por doquier, dejándolos peladitos. Desde  la zona que llamábamos “Los cuatro caminos”, hasta el final de la avenida que desembocaba en el “Balcón del Atlántico”, aquel paseo era una verdadera delicia. En cualquier estación del año, lo disfrutábamos. Lo que recuerdo con más admiración era la puesta de sol, es decir, el ocaso. Parecía un ensueño, algo irreal: una belleza que te dejaba sin aliento. ¡Ayyy… mi Larache! Como te añoro.

La mayoría de los edificios y chalets  deslumbraban, debido a su blancura y la vegetación de sus cuidados jardines: flores, arbustos y césped. Toda la avenida comprendida entre el comienzo de los chalets, hasta llegar al edificio blanco de “Correos” decorado con su atractiva techumbre de color verde brillante, atrapaban la mirada de propios y extraños. Las aceras contaban con bancos de madera, hasta el final de los muros a ambos lados de la carretera jalonada de amplias aceras, que aislaban el cementerio marroquí “Lal-la Mennana”, de la propia avenida.  De inmediato aparecía el precioso e inolvidable jardín de “Las Hespérides”. Éste se hallaba protegido por las murallas del “Castillo de Las Cigüeñas”. Un fuerte portugués (en mi época era La Comandancia) coronado por una antigua Mezquita conocida como, “el reloj de la torre”. Aun perdura, enhiesta y orgullosa, a pesar de “los cambios de dueño” que ha sufrido nuestra inolvidable ciudad. Ese hermoso y amado lugar fue el jardín de nuestros juegos durante la infancia. Las parejas lo disfrutaban como el paseo romántico de su época juvenil. Comprobé que seguía casi igual a como lo dejé cuando tuve el placer de visitarlo en el año1985. El jardín era lo primero que veía cuando, nada más despertar, me asomaba a la ventana. El edificio donde habitábamos los Fereres estaba situado justo enfrente del jardín, un lugar inolvidable y añorado hasta el día de hoy.

SARA FERERES

Creo que por hoy termino el relato, la nostalgia es demoledora y no puedo seguir. Los recuerdos llegan a borbotones, por eso creo que es mejor dejarlo para otro día. No pienso defraudarlos ya que seguiré contando más sobre Larache, en otra oportunidad.

Y ahora, hatta pronto (D.M). Hoy “no hay haquetía, no tengoy játar”. Perdonaime.

Sara Fereres de Moryoussef (Alias, Zahrita la Queshadora). Caracas Noviembre. 2007. 

LARACHE – foto de los archivos de la web de Houssam Kelai

«ESA FOTO DE LA OTRA BANDA», un relato de SERGIO BARCE

Sobre una foto de la otra banda que me ha enviado Pepe García Gálvez, pero que es una estampa que hemos visto muchas veces, he construido este pequeño relato.

ESA FOTO DE LA OTRA BANDA

Ahí están de nuevo. Veo esta fotografía de la otra banda y vuelven como la marea.

Es cierto lo que digo, y es probable que a ti te ocurra lo mismo. ¿Es que no lo oyes? ¿Es que no lo hueles? Lo sientes igual que yo, ¿no es así?

No sé en qué año se tomó la imagen, pero bien pude andar por ahí. No sé en qué año se quedó esa imagen congelada para siempre, pero todo regresa subrepticiamente y se apodera de mis sentidos.

Miro la fotografía. La escudriño un rato y me doy cuenta de que sé exactamente cómo huele el aire, de que sé exactamente qué sentiría en la planta de mis pies si ahora estuviese pisando esa arena, de que sé exactamente qué notaría si subiera por las piedras tratando de alcanzar el espigón, también de que sé cuál es la dureza exacta del propio espigón si me pusiera a pasear en dirección al faro. ¿No es curioso? Te ocurre exactamente lo mismo, claro, me lo imagino, lo sé.

Hagámoslo. Metámonos en esa foto de la playa de Larache, atravesemos el daguerrotipo e imaginemos que viajamos a ese año en concreto, aunque dé igual el año en realidad. Imaginemos que podemos hacerlo…

Salgo del agua. Adivino la temperatura, que es más templada que la de la playa peligrosa, porque el Lukus seduce con dulzura a las aguas frías del Atlántico, y camino por la orilla. Sigue leyendo

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LARACHE Y EL SUBMARINO ALEMÁN U-617, un relato del larachense JUAN MANUEL FERNÁNDEZ GALLARDO

Juan Manuel Fernández Gallardo nació en Larache, en 1945. Estudió en Alcazarquivir, luego en Ausias March en Barcelona y finalmente en la Escola d´Arquitectura de Barcelona. Es el ahijado de mi abuelo materno, Manuel Gallardo Gallardo, y ha creado una web donde todos los Gallardos se pueden reencontrar… Como él mismo dice, lo que le interesa es la política y la historia, sobre todo la de sus pueblos natales (Larache/Alcazarquivir), la de su empresa de toda la vida (Pegaso), la de su ciudad (Hospitalet) y la de su barrio, Santa Eulàlia Provençana.

Juan Manuel con su íntimo amigo Steven Spielberg -el del museo de cera-

Hace ya un tiempo, bastante, me envió un relato que forma parte de su obra “Recuerdos inciertos”. Habla de un submarino embarrancado, de una leyenda, de una ciudad mágica: Larache. Y de verdad que es una delicia leerlo por el cariño que desborda por su amada tierra y por la increíble aventura que, como él mismo cuenta, todos los niños de Larache o de Arcila, fuésemos de la generación que fuésemos, escuchamos alguna vez… Una aventura que sucedió hace muchos, muchos años, con un submarino alemán durante la Segunda Guerra Mundial, tal vez frente a las costas de Larache…

Sergio Barce, junio 2012

EL SUBMARINO EMBARRANCADO

Durante años he tenido en mi memoria la imagen de un submarino varado en la barra de Larache, allá entre el promontorio sobre el que descansa la ciudad –dominando el océano– y la playa de “La otra banda”, en la desembocadura del Lukus, en el lugar donde el río entrega al Atlántico todos sus dones, después de haber remoloneado entre los meandros del valle, pesaroso de tener que acabar su camino entre aquellas tierras del país de las Hespérides.

Creía, porque así me lo habrían explicado mis mayores, que aquel submarino (o lo que de él quedaba) era un sumergible de la armada alemana que había ido a parar con sus hierros en ese lugar después de una escaramuza bélica llevada a cabo durante la Segunda Guerra Mundial, en la que, a ojos vistas, había corrido con la peor parte.

Desde que me conecto con internet, en multitud de ocasiones he buscado alguna referencia respecto a aquel submarino embarrancado frente a las playas en que bañábamos nuestra niñez y en ninguna de ellas he tenido éxito. Ya de mayor, en conversaciones con personas que han vivido en Marruecos, familiares, paisanos y amigos míos, cuando yo sacaba el tema del sumergible todos me decían que no recordaban ese submarino varado en la barra del Lukus.

Hace casi dos años, en un encuentro que hicimos algunos alcazareños en Barcelona con motivo de la visita que giraban a la Ciudad Condal nuestro ínclito amigo Diego “Valdés” García Carrasco y su encantadora esposa, Maria Luisa, hubo ocasión, en dos sesiones, de comentar infinidad de cosas sobre Alcazarquivir y Marruecos. Entre los muchos temas de los que se habló durante la sobremesa surgió una conversación sobre Arcila. En un momento determinado, uno de los comensales, hablando del puerto y de las playas de la bella ciudad atlántica, para indicar un sitio preciso dijo: “Allá, en el lugar en que se encontraban los restos del submarino alemán”. ¿Cómo? ¿Los restos de un sumergible alemán?… ¡Si, si! Dos personas más recordaban el pecio y sus dos ubicaciones, ya que los restos de la nave fueron trasladados algún tiempo más tarde desde el sitio donde quedó varado en su inicio a un nuevo lugar. Parecía que había sostenido una batalla con algunos buques británicos y había quedado malparado, refugiándose en el puerto de Arcila donde fue bombardeado por unos aviones ingleses que iban a su caza.  

Al llegar a casa, intenté de nuevo buscar en la red datos sobre el submarino de mi infancia –ahora con nuevos parámetros–, aunque tampoco encontré nada. Pero al presente estaba seguro que el derrelicto que vi no era un buque fantasma… ¡Había existido, aunque recordaba mal el sitio donde lo había visto! A pesar de que existía algún detalle erróneo, podía confirmar que el hecho no era fruto de mi invención, sino que la existencia del bajel medio hundido había sido una circunstancia real y verídica. Mi memoria me había dicho durante mucho tiempo que había visto un submarino varado en la playa de Larache[1], pero mi memoria me jugaba una mala pasada. Mi familia también disfrutaba de los baños de mar en la playa de Arcila y seguramente fue allí donde había visto “mi submarino”. Se recuerda un hecho, pero se confunde un dato… ¡Normal, son los años!

Así quedó el tema: en una satisfacción intermedia sobre la calidad de mis recuerdos infantiles. Pero hace unos días, navegando por la Red, leí un mensaje de una persona que pedía datos sobre una posible base secreta de submarinos alemanes durante la Segunda Guerra Mundial cerca del Cabo de Tres Forcas, concretamente en Mina Rosita.

Sentí curiosidad. ¿Seria posible la existencia de esa base secreta? ¿Dónde está el Cabo de las Tres Forcas? ¿Qué es Mina Rosita? Solución: mirar en la red (la Red crea la necesidad y la Red ha de satisfacerla… Por cierto… ¿Qué hacíamos cuando no había Internet?) El Cabo de Tres Forcas está cerca de Melilla y Mina Rosita es una playa de ese litoral mediterráneo próximo a la española ciudad del Norte de África, en la región de Kelaya.

Sobre la base secreta de submarinos, nada de nada, pero… ¡encontré una noticia curiosa!: En una ensenada que hay al oeste del cabo de Tres Forcas, a la altura de Melilla  pero en la costa opuesta del extremo del cabo, fue hundido en 1943 el submarino “U-Boote 617” de la Armada alemana (Kriegsmarine). El primer titular que encontré fue éste: “Un episodio de la guerra submarina en el Mediterráneo en 1943: U 617, el único submarino alemán “hundido” por la Armada Española” ¡Mande! ¿Un sumergible alemán hundido por España? Busqué más entradas en la red y la historia final, que os adjunto resumida, es la siguiente:

El Submarino alemán U-617

El 12 de septiembre de 1943 el sumergible germano U-617 fue severamente dañado en el Mediterráneo por el ataque de aviones ingleses. El U-617 era un submarino del tipo VIIC y estaba comandado, desde el 9 de abril de 1942, por el Kapitänleutnant Albrecht Brandi, portador de la cruz de caballero –RK– con hojas de robles, espadas y brillantes, que había hundido 11 barcos entre las dos fechas mencionadas.

El día anterior, tras hundir al destructor inglés “Puckeridge” que se dirigía a toda máquina en dirección a Gibraltar, el capitán Brandi, consciente de que sería perseguido, decidió esperar a la noche para emerger y navegar en superficie –con los motores diesel, de modo que se recargaran las baterías de los motores eléctricos que se usaban en inmersión– hacia el este, bordeando la costa marroquí en aguas de soberanía española, es decir, dentro de la zona de tres millas, donde no les buscaría nadie. Su objetivo era situarse al sur de la isla de Alborán, por donde pasaban los convoyes cargados en dirección al este.

Capitán ALBRECHT BRANDI

Poco después de la medianoche del 11 de septiembre, el submarino fue descubierto mediante el radar por un avión “Wellington” de la RAF, que bombardeo al U-617 alcanzándolo, al menos, con tres cargas de profundidad. En el submarino, además de la artillería, quedaron inutilizados los dos motores eléctricos (y las baterías, por lo que la inmersión era imposible) y uno de los diesel. El segundo, aunque también desencajado, pudo ser puesto en marcha por los técnicos, dando una velocidad de unos 5 nudos. El agua que entraba por las grietas, en contacto con las baterías, producía gas tóxico (cloro): en el interior sólo podían quedar tres personas con máscaras antigás.

El avión inglés observó que la nave tenía problemas de gobierno, e informó de sus movimientos. A las 03.15 llegaba un segundo “Wellington”. Como el barco parecía dirigirse a aguas neutrales, el piloto no tardó en atacar: también lanzó sus seis cargas de profundidad.

El navío llegó a un punto rocoso de la costa –Afrau, entre cabo Tres Forcas y cabo Quilates– y cuando se encontraba cerca de tierra firme, embarrancó, quedando el U-Boot escorado unos 25 grados a babor. La mayoría de la tripulación saltó al agua por propia iniciativa para nadar hacia la costa. Los que quedaban destruyeron los cilindros y la máquina Enigma y los códigos de descifrado.

El U-617 quedó varado a una distancia de la playa que difícilmente puede pasar del centenar de metros y al día siguiente sería bombardeado por los escuadrones de “Hudson” y “Swordfish” de Gibraltar con bombas y cohetes. Después, los cañones del mercante armado “Haarlem, de la corbeta “Hyacinth (británicos) y del minador australiano “Woollongong” bombardearon al U-617 “hasta romperlo en pedazos”, pero sin hundirlo. También los propios alemanes pretendieron echar a pique su nave haciendo explotar un torpedo en el interior del submarino, pero tampoco eso hizo naufragar al barco.

Poco después, una columna automóvil del Ejercito Español llegó al encuentro de los tripulantes del U-617. Ese mismo día 12 de septiembre, los alemanes fueron enviados en autobuses al cuartel de la Legión en Nador, donde pasaron “dos o tres semanas”. La tripulación, entre la que no se produjeron bajas, quedó internada en España (en Sevilla o Cartagena) hasta el final de la guerra. El capitán Brandi –con el consentimiento de los españoles– pudo escapar y el 19 de mayo de 1944 fue condecorado con las espadas para la RK y el 24 de noviembre siguiente con los diamantes, siendo así el segundo y último submarinista que recibió esta máxima condecoración.

Kapitän-Leutnant Albrecht Brandi, a la derecha

Para el Leutnant zur See Graf von Arco, que era experto en explosivos, llegó una carta del Alto Mando Naval Alemán (Oberkommando der Kriegsmarine-OKM) desde Berlín: “quedarse en Marruecos. Volar el U-Boot. Más información por el agregado militar”. El cónsul alemán en Tetuán, Krämer, proporcionó explosivos a Arco y éste contrató un bote de pesca “con un timonel hábil y discreto”. En una noche sin luna, salieron de Melilla y, tras no pocos esfuerzos, localizaron el U-617. Arco colocó la carga en un tubo de torpedos y la accionó a distancia con un cable. La carga explotó, pero el U-Boot no se movió. Arco realizó un segundo intento, con una carga más potente, igualmente fallido. Por fin, el cónsul le comunicó que el OKM había conseguido, por mediación del ministerio de Exteriores alemán, la colaboración de la Armada Española para hundir el U-Boot.

A fines de octubre de 1943, un dragaminas español que salió desde Melilla (El ex “Poilu” francés, de 370 toneladas, botado en 1917 y adquirido en 1922) navegó hasta el lugar donde se encontraba el U-617. Un buceador del barco español se internó en el agua y colocó una carga explosiva bajo el casco del submarino. Al poco tiempo, se produjo una  tremenda explosión y el sumergible alemán se hundió definitivamente.

El dragaminas de la Armada Española había sido rebautizado, al ser comprado a Francia, con el nombre de ¡¡¡“Larache”!!!

El Guardacostas LARACHE en el Puerto de Ceuta

¿No es curioso? El barco cuya tripulación consiguió finalmente mandar al U-617 al fondo del mar se llamaba “Larache” ¿Se cierra el círculo de mi historia? Submarino alemán… Embarrancado… Arcila… Larache…

No será que este singular hecho de armas sucedido en plena guerra mundial caló hondo en la sensibilidad de la población española del Protectorado de Marruecos y fue explicado y trasmitido a los niños de nuestras generaciones como una leyenda, como una aventura que las mentes infantiles adaptaron a su medida en función de cómo recibieron la explicación de la odisea última del U-617.

A lo peor, no hubo submarino embarrancado en Larache, ni adosado al muelle del puerto de Arcila, o a lo mejor, el espectro del U-617 (errante y sin descanso por el final indigno que había padecido) aparecía en aquellas playas donde mentes infantiles imaginativas querían ver materializado al sumergible alemán de la epopeya que les habían explicado sus padres o sus abuelos. ¿Quién sabe?    

 De mi libreta “Recuerdos inciertos”

Juan Manuel Fernández Gallardo

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[1] Algunos larachenses me han confirmado, en conversaciones sostenidas en este año 2007, que en la barra de Larache habían los restos de un barco, no de un submarino. La foto mostrada es de 1910.

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Y AÑADO POR MI PARTE OTRA CURIOSIDAD

ABAJO TENEIS LA IMAGEN DE UN BUQUE MERCANTE QUE TAMBIÉN SE LLAMÓ

  <LARACHE>

El navío LARACHE

Uno de los barcos alemanes internados en España fue el Larache, construido en 1923 y perteneciente a OPDR. Fué renombrado como Ria de Camariñas, pasando con este nombre a COFRUNA en 1945. Fue adquirido en 1961 por Naviera Lagos, que le renombró LAGO MAR.  Esta le vendió también a Castañer y Ortiz en 1963 y fue desguazado en 1965.
    Fue construido en Hamburgo para OPDR. Esta foto le muestra ya como Lago Mar.

Sergio Barce

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