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Obras en el Balcón del Atlántico

Los dos últimos comentarios que han llegado a este blog sobre la noticia de las obras que han comenzado en el Balcón del Atlántico, me parece importante que sean mostradas con más relieve (no porque los demás sean menos importantes, en absoluto, sino porque clarifican y resumen todas las efectuadas por vosotros). La primera, de Luis Velasco, mi hermano Luisito, que vive en Larache, nos puede tranquilizar algo, aunque no hacer que bajemos la guardia. Dice Luis:

 Después de leer la noticia y constatar las obras, puesto en comunicación con un amigo de nosotros conocedor de gentes, nos comunica que las obras sólo van hasta la zona de acceso a una ampliación realizada en la parte baja, como contención y aprovechando el espacio. Van de la parte este-esquina hasta la primera casa yendo hacia la plaza. Según nos comenta, las Asociaciones tienen acceso a cualquier información que se pida en la Gobernación.  Luis Velasco

FOTO DE ITZIAR GOROSTIAGA

Seria, pues, muy importante que se confirmara cuanto nos dice Luis por quienes forman parte de las asociaciones locales, lo que despejaría las dudas que existen sobre este proyecto.

La segunda es la de Bruno Ulmer, también amigo, y que viene a ratificar lo que muchos habéis comentado en otros mensajes, pero que, además, deja clara la razón por la que es tan necesario que se respete el actual Balcón, su estética, su historia. Dice Bruno:

A Larache, se le está negando la memoria. Y por correr tanto detrás de una modernidad de fachada, la ciudad acabará perdiendo su alma, su encanto, su humanidad… y todo lo que hace su identidad, tan particular y entrañable. Todo está desapareciendo por el espejismo del dinero: los cines, la plaza, el «balcón», y pronto las fachadas de la plaza… ¿De qué más será el turno? ¿Cuando vendrá la próxima demolición? ¿Y luego, la próxima construcción de edificios vacíos, desmesurados, y tan pronto deteriorados, abandonados? Parece que Larache no sabe aprender de las experiencias de otras ciudades, ansiosas de turismo de masas y de dinero… Está bien «vivir con su tiempo», la modernidad y todo eso, pero ninguna vida se puede hacer sin memoria. Nadie puede vivir sin pasado, sin transmisión, sin recuerdos en común… Borrando su memoria, Larache está corriendo el riesgo letal de convertirse en una ciudad anónima, como las demás, sin encanto, impersonal y fría. Todo éste mármol: sobre las paredes, en la plaza… ¡Que frialdad! estos edificios nuevos que intentan parecerse a los de las grandes capitales… ¡Que tristeza! Larache se está equivocando de modernidad. No significa que haya que estar en contra, pero de la misma manera que en una familia hay que preocuparse del futuro de los niños, pues hay que respetar a los ancianos, preservar su memoria y la sabiduría que nos transmiten. Esta es la verdadera modernidad: no se resume al poder inmediato del dinero, sino que mira hacia el futuro con el orgullo de su historia. Ha llegado el tiempo de parar estos proyectos devastadores, de hacer el inventario de los edificios antiguos y protegerlos, de lanzarse en un gran programa de renovación y de mantenimiento (¡y no hablo de un golpe de pintura hasta que el edificio caiga por si solo!) Ha llegado el momento de que las autoridades entiendan que el turismo de las RME y de los europeos no se resume a los beneficios de las terrazas de los bares en los meses de verano. No, los turistas buscan también una cierta autenticidad, carácter, belleza, y no un decorado de aires modernistas, hueco y sin alma. Entonces, ¡movilicémonos!, ya que lo que defendemos es tanto el futuro de esta ciudad que su pasado.   Bruno Ulmer.

Esperemos que la intervención en esta zona emblemática de Larache se redirija de una manera racional, dentro del respeto a su configuración, a la historia y al patrimonio de todos los larachenses.

Sergio Barce

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LARACHE – las obras del Balcón – EL BALCÓN DEL ATLÁNTICO, UN PATRIMONIO COLECTIVO

Hace un rato, me han dicho que las obras que han comenzado hoy en el Balcón del Atlántico han afectado a una parte mínima… Por supuesto, porque hoy ha sido el primer día de estos trabajos. Esperemos que se recapacite, que se sopese las consecuencias, que se dé marcha atrás y se decida recuperar el actual Balcón, mantenerlo, repararlo, no transformarlo en algo que nada tenga que ver con la memoria de los larachenses, de todos los larachenses.

Y creo que hoy es el mejor día para rendirle un pequeño homenaje al hermosísimo Balcón del Atlántico de Larache…

En 1979, las autoridades locales larachenses decidieron embellecer el Balcón. Y la crónica de esa noticia, decía así:

  El Balcón del Atlántico, el actual, se acerca lentamente a su centenario… Un auténtico patrimonio cultural. El Balcón es un monumento de Larache.

Cambil, Mustafa, Rubio y Jurado… larachenses en el Balcón

 ¿Qué familia larachense no guarda alguna fotografía en el Balcón del Atlántico? Generación tras generación…

Los versos de Mustapha Bouhsina dicen:

LOS AMANTES DEL BALCÓN ATLÁNTICO

 Me agrada ver a los amantes, dos en dos,

en los rincones de mi Balcón del Atlántico,

sumergidos en los besos y el clima fresco,

del Océano amante en sus olas como ellos,

 

todos en conjunto dan la forma de un cuadro,

en fondo se ve el firmamento muy celeste,

cuando funde en una faja del horizonte,

con rayos de puesta del sol anaranjado,

 

cerca seguidos con miradas retraídas,

de rojas rosas hincadas en los jardines,

gigantescos grises pájaros bailarines,

transeúntes dando en el aire carcajadas.

 

Ellos con su dulce mundo siguen soñando,

inmenso reino con el querer dominado,

sobre fuertes pilares del amor fundado,

con las concentradas miradas alentado.

 

Mientras yo en ese pasado mi convencieron,

cuando de joven llene este Balcón con besos,

en sus partes oigo el eco de mis caminos,

siento calidez de los besos que me dieron,

 

en esos tiempos de mi vida.. cariñosos,

para mi ya no son más que buenos recuerdos

alumbran lo que ha quedado de mi sendero

repleto de años que siento ya no son de oro.

de MUSTAFA BOUHSINA

 

Escena de la película BALCON ATLANTICO del realizador larachense Mohamed Chrif Tribak

Hay cientos de fotografías que retratan la belleza de este lugar emblemático, como las de Itziar Gorostiaga:

 Da igual que la imagen sea en color, en blanco y negro, del siglo XX o del XXI

Pero lo cierto es que si comenzásemos a colgar las fotografías que los larachenses guardamos de este lugar, los recuerdos se removerían para recobrar vida.

 

También mi familia guarda sus imágenes de este lugar, muchas de ellas. Imágenes de mis abuelos, de mis padres, cuando eran jóvenes, cuando no lo eran ya tanto.

Mi madre (Maria Gallardo), Fina y Maleni

 Este es un pequeño homenaje al Balcón del Atlántico, con imágenes de larachenses que reconozco y a otros que no sé quiénes son, pero ahí están, como detenidos en el tiempo contemplando este lugar, paseando por él, jugando en sus jardines, montando en bici, acompañando a su pareja o a sus amigos, disfrutando de su embrujo.

Una ciudad no es sólo un nombre. Cuando un larachense regresa, está deseando volver al Balcón, porque su pasado y el de los suyos está ahí. Cambiarlo, supone deformar el sentido afectivo, el cariño innato a tu pueblo. No será el mismo. 

El escritor larachense Mohamed Sibari en el Balcón

 El Balcón Atlántico es parte de Larache, y lo es en su configuración actual. Podríamos hacer un viaje en el tiempo, desde que el Balcón se construyó hasta hoy, un viaje de imágenes, y supondría el asombroso espectáculo de un regreso eterno: año tras año, volvemos a un lugar a través de los otros, como si todos los larachenses formaran parte de la misma familia. Sin distinción de raza o de religión.

Sólo el espacio común conforma ya un vínculo invisible que nos hace sentirnos arropados cuando nos encontramos con un paisano. Rápidamente, en la conversación, surge este nombre: Balcón del Atlántico.

VICTORIA DE LA VEGA, CHARI, CARLOS, CONCHA Y LOLA DE COZAR

SIRITA Y LUIS BLANCO

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

  Tuve la fortuna de despertar cada día con el Balcón bajo mi ventana, mientras vivimos en nuestra casa de la calle Mulay Ismail. Digo que la fortuna, porque era un espectáculo permanente. El océano al fondo, los jardines, la balaustrada donde me sentaba con mis amigos al atardecer… También forma parte de mis recuerdos, y no puede separarse de la mamoria de mi familia.  El Balcón. El Balcón del Atlántico. El Balcón de nuestra Larache.

 
 
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LARACHE – Última hora… ESTÁN ECHANDO ABAJO… EL BALCÓN DEL ATLÁNTICO!!!

   He recibido en Facebook un mensaje descorazonador del realizador de cine larachense, Mohamed Cherif Tribak, en el que dice:

dans le cadre de la mise à Zéro de la ville de larache , les autorités locale commence ce matin même la destruction de Balcon Atlantico, la corniche de nos meilleurs souvenirs , le lieu de la mémoire …Hram . j’ai les larmes aux yeux…………………….

Yo, que me adhiero a las palabras de Tribak, sólo puedo expresar mi estupor, mi horror ante tamaña tropelía, mi desaliento ante tal demostración de ignorancia e incultura por parte de quienes han decidido que toda, absolutamente toda la memoria histórica de Larache sea borrada de manera sistemática. Ahora parece que le toca el turno al Balcón… ese lugar por el que han paseado nuestros abuelos, nuestros padres, nosotros, nuestros hijos y nietos… Un viento helado recorre las calles desnudas de la ciudad, un viento helado sube desde el mar y asola las calles, un viento helado y envenedado arrasa el Balcón del Atlántico, y luego… luego sólo quedarán los lamentos. ¿Es que no hay nadie de la sociedad civil de Larache que haga nada? Me cuesta creerlo… No puedo creerlo. No quiero creerlo. 

Sergio Barce

ESTA ES LA PRIMERA FOTOGRAFÍA QUE HE PODIDO ENCONTRAR EN FACEBOOK SOBRE ESTE DESAGUISADO, ESTE DESASTRE INCOMPRENSIBLE.

LA BALAUSTRADA PARECE QUE HA SIDO DERRIBADA…

¿ALGUIEN CREE QUE ESTA DESTRUCCIÓN DARÁ PASP A ALGO MÁS HERMOSO QUE LA INOLVIDABLE BALAUSTRADA DE PIEDRA DEL VIEJO BALCÓN DEL ATLÁNTICO?

PORQUE EL BALCÓN DE LOS LARACHENSES ES ÉSTE QUE FOTOGRAFIÓ NO HACE MUCHO ITZIAR GOROSTIAGA:

¿NO ES HERMOSO? SÓLO HAY QUE CONSERVARLO. LA PALABRA CLAVE ES:  MANTENIMIENTO.

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«HHhH» de LAURENT BINET

 HHhH 

<Lo bueno de las historias verdaderas es que uno no tiene que preocuparse de dar sensación de realidad>

Apabullante, HHhH de Laurent Binet es de ese tipo de libros (irremediablemente envidiables) que se leen sin parar, de los que dejas abierto deseando regresar cuanto antes a él para seguir refugiado en sus páginas. Esta novela, no es una novela al uso, porque, aunque se basa en hechos reales, históricos, y hay miles de novelas basadas en sucesos reales, sin embargo huye con éxito de las habituales reconstrucciones de lo acontecido y se convierte en una permanente reflexión del autor tanto sobre los protagonistas de esa historia y sobre el monstruo sobre el que gravita la trama como sobre la forma en la que ha de mostrarlos. El monstruo es, ni más ni menos, que Reinhard Heydrich, jefe de la Gestapo. 

Reinhard Heydrich

 <El pequeño Heydrich, muy mono, muy rubio, buen alumno aplicado, amado por sus padres, violinista, pianista, químico incipiente, posee una voz chillona que le vale un apodo, el primero de una larga lista: en la escuela lo llaman la cabra.

En ese época todavía cualquiera puede burlarse de él sin jugarse la vida. Pero es también el delicado periodo de la infancia en que se aprende el resentimiento>

Heinrich Himmler y Reinhard Heydrich

HHhH es la abreviatura de una frase en alemán: Himmlers Hirm heisst Heydrich, es decir, el cerebro de Himmler se llama Heydrich. Dos apellidos temibles, dos de los asesinos más crueles y viles de la Historia, dos de los artífices de la criminal Alemania nazi de Hitler.

 <En alemán, Nachrichtenoffizier significa oficial de transmisión, mientras que Nachrichtendienstoffizier significa oficial de información. La razón por la que Heydrich, ex oficial de transmisión en la marina, está hoy sentado frente a Himmler es porque éste, ignorante notorio en materia militar, no era capaz de distinguir entre los dos términos. Porque de hecho, Heydrich apenas sí tiene poquísima experiencia en información. Y lo que le pide Himmler es, ni más ni menos, crear en el seno de la SS un servicio de espionaje que pueda competir con el Abwehr del almirante Canaris, su antiguo jefe en la marina, dicho sea de paso. Ya que está ahí, Himmler espera de él que le exponga las líneas maestras de su proyecto: Tiene usted veinte minutos.

Heydrich, la bestia rubia

Heydrich no quiere seguir siendo instructor náutico toda su vida, así que se concentra para reunir sus conocimientos en la materia. Éstos se limitan principalmente a lo que recuerda de las numerosas novelas inglesas de espías que devora desde hace años. ¡Que por eso no quede! Entonces Heydrich se da cuenta de que Himmler domina aún menos la cuestión, por lo que decide farolear. Esboza algunos esquemas procurando abundar en los términos militares. Y la cosa funciona. Himmler se impresiona muy favorablemente. Olvidándose de su segundo candidato, el agente doble de Weimar, contrata al joven por un suelo de 1.800 marcos al mes, seis veces más que su salario medio desde que lo expulsaron de la marina. Heydrich tendrá que instalarse en Munich. Los cimientos del siniestro SD están puestos.

(…) SD: Sicherheitsdienst, servicio de seguridad. La menos conocida y la peor de todas las organizaciones nazis, incluida la Gestapo>

 Laurent Binet, que con esta obra ha ganado el prestigioso Premio Goncourt a la primera novela, se estrena con un sombrío relato sobre el ascenso de Reinhard Heydrich, el siniestro personaje conocido como el verdugo de Praga, la bestia rubia, el hombre más peligroso del Tercer Reich, hasta llegar a convertirse en el Protector de Checoslovaquia, un título irónico para el jefe de los invasores; y es también, y sobre todo, un emocionante relato de las peripecias, privaciones y sacrificios que sufrieron esos paracaidistas, Gabcík y Kubis, miembros de la Resistencia checa, que volvieron a su país, a Praga, con la suicida misión de asesinar a Heydrich.

Laurent Binet

 El propio Binet deja claro en el libro que no pretende escribir una simple crónica de lo sucedido, y se involucra en la historia. Mientras Heydrich va escalando puestos en el organigrama nazi, asistimos a la toma de decisiones que luego pasarán a la Historia de la ignominia, desde la Noche de los Cristales Rotos hasta la Solución Final para exterminar a todos los judíos de Europa. Sin embargo, no es esto lo que Laurent Binet anhela contarnos. En sus páginas, trata ferozmente a los políticos franceses e ingleses que, por cobardía, no plantaron cara a Hitler y dejaron a su suerte a países como Checoslovaquia, y muestra la bajeza de algunos de los líderes checoslovacos que no tuvieron el coraje para enfrentarse a los alemanes.

 <Saint-John Perse pertenece a esa familia de escritores diplomáticos, como Claudel o Giraudoux, que me asquea como la sarna. En su caso, esta repugnancia instintiva me parece particularmente justificada, si se tiene en cuenta su comportamiento durante septiembre de 1938.

Alexis Leger (ése es su verdadero nombre, y ligero lo fue y mucho) acompaña a Daladier a Munich en calidad de Secretario General del Quai d´Orsay. Pacifista radical, ha maniobrado sin descanso para convencer al Presidente del Consejo francés de que ceda a todas las exigencias. Está presente cuando se hace pasar a los representantes checos para informarlos de su suerte, doce horas después de la firma del acuerdo decidido sin ellos.

Hitler y Mussolini ya se han marchado, Chamberlain bosteza ostensiblemente y Daladier disimula mal su nerviosismo detrás de una violenta altanería. Cuando los checos, anonadados, preguntan si se espera de su gobierno alguna respuesta o una declaración cualquiera, es posible que sea la vergüenza la que lo enmudece (y casi los ahoga, a él y a los demás). Quizá por este motivo quien se encargará de responder será su colaborador, haciéndolo con una arrogancia y una desenvoltura que el ministro checo de Asuntos Exteriores, su interlocutor, calificará más tarde con una lacónica observación acerca de la que todos deberíamos meditar: Es un francés.

Una vez cerrado el acuerdo, no se esperaba ninguna respuesta. Sí, en cambio, que el gobierno checo envíe a Berlín a su representante ese mismo día, a las 15 horas como muy tarde (eran las 3 de la mañana), para asistir a la reunión de la comisión encargada de aplicar el acuerdo. Asimismo, un oficial checoslovaco deberá volver a Berlín el sábado para fijar los detalles de la evacuación. El tono del diplomático se endurece a medida que va profiriendo sus tajantes órdenes. Uno de los dos representantes checos se deshace en lágrimas frente a él. Impaciente y como para justificar su brutalidad, añade que la atmósfera empieza a volverse peligrosa en todo el mundo. ¡Venga ya!

Será, por tanto, un poeta francés quien pronuncie casi oficialmente la sentencia de muerte de Checoslovaquia, el país que yo más amo en el mundo>  

Heydrich y Frank

 Y hace hermosas digresiones, a veces con un humor lacerante, y también ejecuta curiosos paralelismos entre la documentación de la que se ha acopiado para reconstruir esta parte de la Historia con lo que han relatado otros autores o directores de cine acerca de sus personajes o de la misma trama de ese atentado. El resultado de todo ello es una maravillosa novela-crónica.

Las escenas más brutales son descritas con una economía de medios tan aplastante como eficaz:

 <Ese verano, en el zoo de Kiev, un hombre entró en el foso del león. Cuando ya estaba a punto de saltar el pretil, le dijo a un visitante que quiso impedírselo: Dios me salvará.

Matanza en Babi Yar

Se hizo devorar vivo. Si yo hubiera estado allí, le habría dicho: No hay que creer todo lo que se cuenta.

Dios no fue de ninguna utilidad para la gente que fue asesinada en Babi Yar.

En ruso, yar significa barranco. Babi Yar, el barranco de la abuela, era un inmenso desnivel natural situado en las afueras de Kiev.

(…) Entre 1941 y 1943, los nazis hicieron en la hondonada de la abuela lo que probablemente sea la mayor carnicería de toda la historia de la humanidad: como indica la placa conmemorativa, traducida en tres lenguas, ucraniano, ruso y hebreo, allí perecieron más de cien mil personas, víctimas del fascismo.

Más de un tercio fue ejecutado en menos de cuarenta y ocho horas.

(…) Pero la historia de esos hombres, de esas mujeres y de esos niños no acaba abruptamente al borde de ese abismo. Llevados por esa preocupación por la eficacia tan alemana, los SS, antes de matarlos, obligaban previamente a sus víctimas a bajar hasta el fondo de la zanja, donde los esperaba un apilador. El trabajo del apilador se parecía mucho al de las acomodadoras que te colocan en el teatro. Llevaba a cada judío hasta un montón de cuerpos, y cuando le había encontrado acomodo, lo hacía echarse boca abajo, un vivo desnudo recostado sobre unos cadáveres desnudos. Después, un tirador, caminando por encima de los cuerpos, disparaba a los vivos una bala en la nuca>

Y Heydrich, el responsable de la Solución Final, sigue adelante, hasta convertirse en el hombre más admirado entre los suyos, también el más temido por todos.

<Hitler respeta a Heydrich porque aúna ferocidad y eficacia. Si a esto se le añade una lealtad sin fisuras hacia el Führer, obtenemos los tres componentes de la fórmula del perfecto nazi>

Jan Kubis y Joseph Gabcik

 Cuando Heydrich llega a Praga, la novela-crónica de Binet entra en otra fase. El escritor, fascinado, enamorado de esa ciudad, no oculta en ningún momento su cariño por su población, por ese país, y su admiración rendida y absoluta por Kubis y Gabcík, sus héroes, nuestros héroes. Mientras, la locura nazi, crece hasta extremos patológicos:

 <He leído un libro genial que tiene como trasfondo el atentado contra Heydrich. Es una novela escrita por un checo, Jírí Weil, que se titula Mendelssohn está sobre el tejado.

La novela toma su título del primer capítulo que se lee casi como una historia divertida: unos obraros checos están sobre el tejado del Ópera, en Praga, para desmontar una estatua del compositor Mendelssohn por ser judío. La orden proviene de Heydrich, experto en música clásica y nombrado recientemente protector de Bohemia-Moravia. Pero allá arriba hay toda una fila de estatuas y Heydrich no ha precisado cuál de ellas es la de Mendelssohn. Por lo visto, aparte de Heydrich, nadie, ni siquiera entre los alemanes, es capaz de reconocerla. Pero nadie se atrevería a molestar a Heydrich por eso. El SS alemán que supervisa la operación decide entonces señalar a los obreros checos la estatua que tiene la nariz más grande, ya que buscan a un judío. ¡Pero, horror: empiezan a desmontar la de Wagner!

El desprecio será evitado de milagro, y, diez capítulos más tarde, la estatua de Mendelssohn será finalmente retirada. En sus esfuerzos para que no caiga al vacío, los obreros checos le rompen una mano al tumbarla. Esta divertida anécdota está basada en hechos reales: la estatua de Mendelssohn fue derribada en 1941 y, como en la novela, tenía una mano partida>

Jan Kubis y Josef Gabcik en Londres, cuando se organizaba la Operación Antropoide

 Ahora comienza la aventura de los paracaidistas: la operación Antropoide, como se conocía en clave. Laurente Binet se entromete aún más en la historia, no puede evitar querer ayudar a los hombres que tienen la misión de acabar con el mayor carnicero del Tercer Reich. Es como si el escritor, que sabe por supuesto el desenlace de ese episodio de la II Guerra Mundial, quisiera darle otro final, diferente, proteger como sea a los dos héroes checos. Pero sabe que eso es imposible, y por esta misma razón los ayuda en lo que puede, y, aunque parece algo anacrónico, lo consigue, y de qué manera tan brillante.

<Según Edouard Husson, un reputado universitario que prepara una biografía de Heydrich, todo, desde el principio, fue mal.

Gabcik y Kubis fueron lanzados muy lejos del lugar previsto.

Jan Kubis

Debían tomar tierra cerca de Pilsen, pero están a unos kilómetros… de Praga. Después de todo, dirán ustedes, allí es donde está su objetivo y así han ganado tiempo. Con reflexiones como ésa es como se puede comprobar que ustedes no saben nada de la clandestinidad. Sus contactos en la Resistencia interior los esperan en Pilsen. En Praga, no tienen ninguna dirección. Era la gente de Pilsen la que tenía que introducirlos allí. Aunque estén muy cerca de Praga, tienen que darse la vuelta y pasar por Pilsen. Lamentan, como ustedes, lo absurdo de ese ir y venir, pero sin embargo es algo necesario>

Poco a poco, vamos conociendo al resto de los que se comprometen con esta acción. La mayor parte de ellos, son ciudadanos checos y eslovacos y moravos, ciudadanos de Checoslovaquia que, desde su anonimato, desde su valentía individual, ayudan a estos pocos hombres a llegar hasta su objetivo. La señora Moravec, entre ellos, nos conmoverá a todos. Pero serán, sin duda, los mismos héroes admirados por Binet, Gabcík y Kubis, los que nos harán removernos en el asiento, nerviosos e incómodos, durante el resto de la narración. También querremos cobijarlos para tratar de que no sean descubiertos, también querremos prestarles nuestra ayuda para que consigan llegar hasta Heydrich, también querremos protegerlos cuando deban huir, también querremos cavar ese túnel que pueda llevarlos a la libertad… Querremos suplantar a Binet en su papel de hacedor de historias, querremos, incluso, apartarlo de un empujón para tachar sus palabras y cambiar algunos de los párrafos que ya nadie puede reescribir, yo he querido hacerlo. Y este curioso efecto lo ha conseguido Laurente Binet con su manera de relatar estos acontecimientos históricos, ya acaecidos hace tantos años, pero…

El relato pormenorizado de cómo se lleva a cabo el atentado a Heydrich, al carnicero de Praga, a la bestia rubia, es tan vibrante que lo vivimos con sus protagonistas, y nos hacemos la ilusión de estar al lado de ellos, por obra y mérito de Binet. Luego, la represalia atroz de Hitler: cómo se aniquila al pueblo de Lidice, a toda su población, hasta sus cimientos, que es otro de los capítulos más emotivos del libro. Pero no revelo ahora en este artículo sobre HHhH si el atentado tuvo éxito o no, si Gabcik y Kubis lograron escapar de sus perseguidores… Quien conozca la Historia, sabe el final de todo ello. Quien no la conozca, tiene la oportunidad de descubrirla de manos de un prestidigitador, de Laurente Binet, y seguramente leyendo este asombroso libro derrame alguna lágrima y se sienta en algún instante miembro de la resistencia checa, incluso creerá que ayuda pongamos que a Kubis, tal vez a Gabcík, pero, sobre todo, notará ese irreprimible impulso que sintió Binet por reescribir parte de esa historia, o, al menos, de ser el propio Gabcík, o quizá Kubis…

Josef Gabcik

 <El momento se acerca, lo presiento. El Mercedes está en camino. Llega. Flota en el aire de Praga algo que traspasa hasta los huesos. Las revueltas de la carretera trazan el destino de un hombre, y de otro, y de otro, y de otro. Veo unas palomas que echan a volar de la cabeza de bronce de Jan Hus y, de fondo, el decorado más hermoso del mundo, Nuestra Señora de Týn, la negra catedral con sus torres afiladas, ante la que me dan ganas de caer de rodillas cada vez que puedo admirar la gris majestad de su maléfica fachada. El corazón de Praga late en mi pecho. Oigo la campanilla de los tranvías. Veo a unos hombres de uniforme verdegris cuyas botas resuenan sobre el pavimento. Estoy casi allí. Debo ir. Es preciso que vaya a Praga. Debo estar ahí en el momento en que todo se va a producir.

Debo escribirlo allí>

Una novela, una crónica, un libro: HHhH. Para devorarlo sin pausa. Para vivirlo. Para escribirlo.

Sergio Barce, octubre 2011

 

Estado en el que quedó el vehículo de Heydrich tras el atentado

Los fragmentos de esta novela los he tomado de la primera edición, tercera impresión, de HHhH editada por Seix Barral, septiembre 2011, con traducción del francés de Adolfo García Ortega.

 

John Carradine como Heydrich en el film de Douglas Sirk – Hitler´s madman

 

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LARACHE en un fragmento de mi novela «SOMBRAS EN SEPIA»

Mi novela SOMBRAS EN SEPIA se editó en 2006 por Pre-Textos, tras ser galardonada con el Premio de Novela Tres Culturas de Murcia. El jurado lo formaban autores tan prestigiosos como Luis Mateo Díez, Jon Juaristi, Pedro García Montalvo, Clara Janés y Manuel Borrás. Hay un capítulo en la novela en la que relato cómo el protagonista, al regresar a Larache, se va dando cuenta, poco a poco, de que los recuerdos estaban ahí, aunque él no lo hubiera creído, y de que es en Larache donde se hallan realmente sus raíces. Ese capítulo es el que transcribo a continuación:

Nunca había imaginado que esa sensación de desarraigo pudiera acentuarse como lo había hecho al volver a pisar Marruecos. Yebari le había animado en cierta medida al considerarlo un paisano más, como en realidad él se había sentido siempre, aunque su documento nacional de identidad español no lo dijese. Pero ahora que bajaba en dirección al puerto, después de haber sucumbido al encanto decrépito y decadente del Zoco Chico y de las calles Sidi Ahmad Tami y Qasba, se encontraba con otra realidad más hiriente. Sin duda, eran las mismas callejuelas de la Medina por las que un día jugó con Abderrahman El Anjari y con Antoñito Guerrero, los pasajes por los que descubrió la aventura irrepetible de verse a escondidas con Salma, las cuestas románticas que arroparon sus abrazos a Carlota, y, sin embargo, ahora que, en busca de Nadja, volvía a pisarlas, muchos años después, le resultaban tan lejanas que eran como un paisaje desértico.

Al final de la calle 2 de Marzo, Samir le invitó a cenar en un pequeño restaurante de pescadores. Sólo había cuatro mesas y ellos eran los únicos clientes. La brisa del puerto estaba hecha de una humedad helada, que se metía bajo la piel y era imposible evitarla, por muy abrigado y forrado que se estuviese. Les vino bien la cena, filetes de atún y lenguado, para calentar algo el cuerpo y engañar al desaliento que los embargaba a ambos. Se habían pasado dos largas horas recorriendo la vieja ciudad y nadie parecía haber escuchado hablar de Nadja ni de su familia. Hubo quien le dedicó una atención nada complaciente a Abel, interrogándose probablemente acerca de las oscuras razones de ese desmesurado interés que un enzerani estaba demostrando por una pobre chica marroquí. En un cafetín, le aseguraron que ninguna joven que respondiera a la descripción que ofrecía había pisado la Medina.

Puerto de Larache

-Es normal –dijo Samir-. Hay mucha gente nueva. Pero no te desesperes. Tú tranquilo, jai.

En los aledaños del marsa sólo quedaban ya los restos de la pesca que no se había podido vender. Olía a pescado podrido, pero también a sal y a madera mojada. Los escalones que subían a la Medina estaban destentados, las fachadas desconchadas y el camino hasta la salida de la ciudad era, en su mayor parte, un terrizo convertido en un barrizal destartalado. A Abel Egea se le ocurrió que allí se habían detenido todos los relojes y nadie se había preocupado de nada, ni siquiera de volver a darles cuerda… Decidieron, pues, subir por la carretera del puerto. Al perfilarse el Castillo Lakbibat, ladeado, de rodillas, perdida su dignidad, vencido y humillado por la desidia de las autoridades que lo habían abandonado a su triste suerte, con sus muros mordisqueados, Abel apoyó una mano en el hombro de Samir y se puso a toser. El dolor de los bronquios se sumó al dolor de su propia estima, como si contemplar otra vez el desgraciado destino de esos muros derrengados fuera igual que verse a sí mismo frente a un espejo.

Castillo Laqbíbat o de San Antonio

-Lo siento –musitó recuperándose de la tos-. Me ha impresionado ver este lado del castillo… Desde el Balcón no me había parecido tan grave, pero ahora, no sé… Se está cayendo a pedazos…

-¿Quieres que vayamos por otro camino? ¿Volvemos por la Medina?

Abel Egea seguía observando las grandes piedras que se habían ido desprendiendo de los muros, las grietas profundas, las cúpulas resquebrajadas y las hondas incisiones en las paredes hechas a base de hachazos gigantes. Desde la otra cara, ya había vislumbrado su deterioro, pero esta otra perspectiva era tan atroz como cuando un cirujano abre para operar y, súbitamente, se encuentra con un cáncer inesperado y triunfante al que ya sólo cabe dejar que acabe su devastadora tarea.

BALCON ATLANTICO

-¿Qué más da? –respondió fatigado, antes de levantar el mentón, con gesto desafiante-. ¿Piensas que ver todo este desastre me afecta? ¡Pues claro que me afecta, maldita sea! Pero puedo contarlo, jai. Eso quiere decir que sigo vivo y que continúo sintiendo… Me marché y no puedo exigir nada. Las cosas son como son, Samir. Y las acepto. Pese a que este castillo y los antiguos edificios van enmudeciendo, yo sigo amando todo esto, con sus heridas, con sus ausencias, con sus gangrenas… No puedo adivinar el futuro que le espera a cuanto nos rodea, ni siquiera mi futuro… Hay que esperar y ver qué nos trae el destino en su zurrón de viaje. Algunas veces hay sorpresas agradables.

-Incha ´al´aláh! –añadió Samir.

-Sí, que sea lo que Dios quiera…

Abel se hizo un ovillo en la cama, aterido por la espesa humedad que había asaltado la ciudad con la complicidad de una noche opaca y ladrona. Contra su propio pronóstico, se quedó dormido enseguida. Apenas soñó. Se despertó con la primera oración del día, al amanecer, oyendo a la decena de almuédanos que llamaban desde los minaretes diseminados por la ciudad. Había uno que destacaba del resto y Abel podía seguir cada una de sus palabras, acallando a los demás. La luz entraba por la ventana con una claridad sorprendente, pese a lo temprano de la hora. Se escuchaba una discusión en el interior de alguna casa. Abel miró la puerta del cuarto de baño, de madera pintada de beige y con la parte de arriba de cristal translúcido. De pronto, oyó la voz de Carlota al otro lado de esa puerta.

-¡Marido! ¿Iremos al baile del Casino?

-¡Tú qué crees?

Casino

El Casino estaba al borde mismo del acantilado, sobre el Balcón. Su salón, espacioso, con una solería de contrastes grises y negros, estaba habitualmente habitado por sillones confortables que animaban a largas conversaciones al atardecer, con un café humeante o un té verde con flor de azahar. Cuando se organizaba un baile, los sillones se retiraban y el salón parecía aún más grande de lo que ya era. La orquesta, situada junto a un lateral, comenzaba con un pasodoble y podía terminar con una conga alocada y divertida. Había historias para todos los gustos. Nadie había olvidado el baile de disfraces en el que Ricardo llegó, como Dios lo trajo al mundo, montado en un caballo blanco. El revuelo que se formó fue de órdago y hasta las autoridades se vieron en la necesidad de tomar cartas en el asunto para evitar un escándalo mayor.

Lo curioso era que Abel Egea apenas recordaba el hecho en sí de bailar con Carlota, el acto físico de abrazarla y dejarse llevar con el son de un tema de Frank Sinatra o de Paul Anka, sino el escapar con ella de la sala abarrotada y ruidosa, llevarla en volandas hasta la esquina de la Casa del Flecha y allí, acorralándola entre sus brazos, besarla y sentir la dulzura de sus labios entregados. Luego, se asomaban al Balcón, en medio de la oscura madrugada, y sentían la presencia vital y salvaje del mar, estrellándose contra las rocas, con el latir incesante de su corazón bravucón y pirata. Abel le pasaba un brazo por los hombros y la atraía para sentirla todo lo cerca que podía, rozando con el torso sus senos agitados. El aire le removía a ella el cabello, pero siempre con una primorosa delectación, como cohibido. En aquel lugar, sólo les acompañaba la luna, una luna grande, redonda, extraordinariamente enigmática.

Seguía mirando la puerta del baño y continuaba oyendo la voz de Carlota, con una nitidez estremecedora. También podía olerla, ese aroma a madreselva que envolvía la casa, que la hacía a Carlota inconfundible y especial. Nunca supo por qué debió desaparecer antes que él, por qué ese atroz tormento de sobrevivirla, por qué ese continuar sin su compañía; le parecía la mayor injusticia del mundo.

Se aferró a su almohada como si abarcara con su abrazo vacío la cintura poderosa de Carlota. Le gustaba reposar la cabeza en su espalda, el pecho apretando las nalgas de su mujer, abrir las manos para cubrir con sus dedos ese vientre y el diminuto ombligo picasiano. Escuchaba su respiración siempre plácida, jamás hubo nada que la perturbara o la inquietase, salvo, quizás, cuando los chiquillos vinieron corriendo por las calles gritando que el nieto de la Motrilica se había ahogado en la playa. El pobre Manuel Martín se quedó sin su hijo como si le hubiesen arrancado el corazón a navajazos y, aunque sus amigos buscaron consuelos imposibles, nadie pudo borrarle la expresión de asombro y de precariedad que se instaló en su rostro igual que una sombra nocturna. Carlota lloró aquella noche el vacío eterno que iba a acompañar a aquella mujer que la atendía en la pescadería jugueteando con su revoltoso nieto que solía escapársele por entre las piernas, como un gato escaldado.

-¡Este niño me va a matar un día a disgustos! –protestaba la Motrilica sin poder adivinar que sus palabras eran más que una profecía.

La anciana solía decir que las aguas revueltas de Atlantis se lo habían llevado igual que a una cáscara de nuez, flotando a su caprichoso delirio, sin opción a que su padre pudiera franquear las olas premeditadamente crecidas para que nunca llegara a tiempo. Manuel Martín recogió el cuerpo de Manolín en la orilla, cubierto de algas verdes y marrones, con los labios morados y los ojos impregnados de sal, que parecían congelados, con los iris estallando en una última mirada perdida que se hundía en un vacío irreal y etéreo.

Cuando Manuel Martín llegó a la pescadería, la abuela se desmayó, cayendo de espaldas sobre las cajas de sardinas. Alguien aventuró la noticia de que a la Motrilica le había dado un pasmo y que había fallecido de la impresión. Sin embargo, la anciana, con demasiadas heridas después de tantos años de bregar con esta vida injusta, malquerida y cabrona, siguió en su pescadería, aunque con la risa apagada y las ilusiones definitivamente arrinconadas. Carlota hablaba con ella con la sensación de que, a veces, no la escuchaba, tal vez recordando las carreras insensatas de Manolín por entre la mercancía recién llegada del marsa. Sólo la Motrilica seguía escuchando a su nieto detrás del mostrador de mármol y se removía inquieta por ver si era capaz de descubrirlo por allí y conjurar todos los males que parecían haberse cebado con su familia.

-¿Quieres quedarte quieto? –decía entre dientes mirando a un lado del puerto en el que no había más que cubos vacíos. Carlota pagaba al instante para que la Motrilica no descubriese que se le escapaba una lágrima por culpa de sus delirios desesperados.

Carlota se arrebujaba a su cintura, sin poder contenerse, y le contaba a Abel las veces que había visto a Manolín gastarle bromas de niño a su abuela y cómo los dos se reían en medio de la jarana del marcado. No era capaz de imaginar al niño ya sin vida, que fuese cierto que nunca más fuera a reaparecer bajo las faldas de su abuela.

-Me da mucha pena ver a esa mujer hablar sola. Las pesadillas la están consumiendo igual que una llama funde la cera de una vela…

Abel Egea se llevaba entonces a Carlota al Bar Matías y se tomaban dos chatos para espantar la tristeza y la amenaza de la depresión. Ella, que no bebía mucho, cogía un puntito de alegría que la recuperaba de esa congoja. Luego, si había alguna buena película se la llevaba al Ideal o al Avenida.

-Ponen una de Cary Grant.

A Carlota le chiflaba la apostura e hidalguía de Gregory Peck,  los ojos de Paul Newman y la virilidad de Jorge Mistral. Abel Egea prefería a Marlon Brando, James Dean o Montgomery Clift, sin un orden determinado de preferencia. Aunque, puestos a elegir, no podía evitar inclinarse más por la sensualidad montuna de Ava Gardner ni por la carnalidad envenenada de Marilyn ni, menos aún, por la pasión desatada de Sofía Loren. Que una cosa eran los buenos actores y otra ser un imbécil.

Cine Avenida – sala

-¿Recuerdas La colina del adiós? –gritó Carlota desde el cuarto de baño. Se sombra se proyectaba en el techo, chinesca, mientras se movía por entre los jabones y los afeites que llenaban la habitación de una dulzura limpia y fresca.

Abel, al escucharla, se removió en la cama y echó los brazos atrás, cruzando las manos bajo la nuca. Claro que se acordaba de aquella película, la más romántica de todas. La vieron en el anfiteatro del Ideal. Carlota estuvo todo el tiempo conteniendo la emoción, cogida de su mano como si pudiera perderse en medio de un tumulto, hasta que Jennifer Jones subía la colina sabiendo que ya nunca iba a encontrar allí arriba a William Holden. En ese instante, Abel sintió cómo Carlota se ponía a temblar y a enjugarse las lágrimas con un diminuto pañuelo que llevaba escondido en la manga de su jersey. Con los créditos finales sólo se escuchaban la banda sonora de Alfred Newman y el lloriqueo entrecortado de algunas mujeres, en medio de un silencio contenido. Entonces, Carlota acercó sus labios a la oreja de Abel.

-Yo te quiero aún más… Y tú, ¿cuánto me quieres tú?

The End. Las luces, al encenderse de golpe, sorprendieron a Abel Egea entregado al beso más apasionado que le había dedicado a Carlota, casi de manera desesperada, sin saber muy bien cómo demostrarle todo lo que bullía en su interior. Poco podía hacer para competir con aquella película, pero le reconfortó comprobar que a Carlota le tiritaban los labios y que apenas fue capaz de levantarse, sacudida aún por su impetuosa bizarría y por el desconcierto al no poder recordar enseguida dónde se encontraban. Dos días después, volvieron a ver La colina del adiós, y Carlota exigió, de nuevo, otra dosis de arrebato.

La almohada estaba mojada por el rocío de sus lágrimas, pero Abel Egea seguía tumbado boca arriba, con el resuello de aquella banda sonora perdiéndose lentamente  en el eco lejano de su memoria, dejándose capturar por las primeras horas de la mañana. En unos minutos, había recuperado más de Carlota de lo que había pensado en ella en los últimos años, como si encontrarse en Larache le hubiese abierto de par en par las puertas de la nostalgia, de la que tanto había abominado, a la que tanto había esquivado y ahora sabía porqué.

-¿Te apetece que compremos unos pasteles en Montecatine? –la voz de Carlota sonó divertida, adivinando que a Abel se le había vuelto a olvidar la fecha.

-¿Celebramos algo? –la pregunta de Abel estaba tamizada por el temor a un acontecimiento importante. No se atrevía a levantar la vista  y apretaba los dientes para que sólo fuese un capricho de Carlota.

-¡Ay, marido! ¡No tienes remedio! No sé qué voy a hacer contigo… ¿Te acordarás alguna vez de mi santo?

-¡Dios!

Tenía que salir a toda prisa, aprovechando que ella se metía en la cocina para preparar el almuerzo y se iba a la Burraquía. Sólo Ismail podía aconsejarle bien.

-¡Ah, jai! ¡Siempre igual! –le reprendía Ismail con su risa ladeada, socarrona-. Tú sabes qui la mujera si no tiene rigalo, safi baraka! ¡Tú cabisa loca!

Pero luego echaba una ojeada a lo que tenía en el bazar y le sacaba una tetera mágica con la que se preparaba un té tan suave como los pétalos de rosas o una vajilla recién importada de China, con su sello de autenticidad, que no se encontraba en ningún otro lugar de Marruecos y, por supuesto, tampoco en España.

-¿Es muy cara?

-¡Qui cara, hombre! Para tu mujera no caro, llévatelo… Tú mi paga cuando quiera. Barato. Siempre barato para tu mujera…

La verdad es que Isnail siempre acertaba, aunque ninguno de sus regalos producía los efectos anunciados. La tetera era como las demás y la vajilla podía comprarse en cualquier tienda de Ceuta, pero qué más daba si servían para sacar a Abel del aprieto.

Se mordía los labios, imaginándose a David Benasuly viéndolo en ese estado. No se lo creería, claro que no. Lidia, sin embargo, sabría comprenderlo y hasta le resultaría conmovedor. Se echó rapé y lo aspiró, sentado al borde de la cama, con los codos clavados en los muslos. Sabía que tendría que salir a la calle dejando a Carlota en la escuálida habitación del Hotel, entre sus perfumes imaginados.

Hamid le sirvió café con leche, zumo de naranja y churros, que le trajo de su puestecillo que había instalado junto a la puerta de Bab Barra. Abel le deslizó unos dirhams que eran sólo para Hamid, por ser tan entregado y tan atento. En una de las mesas del Central reconoció a Mohamed Sibari, que escribía en una pequeña libreta, con las gafas levantadas y apoyadas en la frente, lo que no dejaba de resultar peculiar. Y, en otra, junto a una de las ventanas, a Bennani. Tenía los ojos cansados, como si hubiese visto demasiado, el cabello y el bigote grises como el gris del otoño, con un periódico entre las manos que también parecía contener sólo noticias antiguas. Era como si empezara a darse cuenta de que realmente estaba allí, de nuevo, en la ciudad que lo había convertido en todo lo que era, en la ciudad que le había inseminado lo mejor de sí mismo. Ya no le cabía la menor duda de dónde era realmente y de que, como sus calles, él también estaba viejo.

Sergio Barce

 Algunas de las fotos son de Itziar Gorostiaga, y otras están tomadas del blog de Houssam Kelai, cuyo enlace lo tenéis en este mismo blog.

 

  

     

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