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Este 19 de Octubre, en TETUÁN, Exposición LARACHE / AL-ARAICH de la fotógrafa larachense GABRIELA GRECH

   Tras su paso por Casablanca, la Exposición itinerante del trabajo fotográfico de Gabriela Grech, se inaugurará este 19 de Octubre en el Instituto Cervantes de TETUÁN.

     Otra oportunidad más para poder admirar sus imágenes sobre Larache, su paisaje urbano y su paisaje humano.

     La exposición se mantendrá en la ciudad tetuaní hasta el próximo 9 de Noviembre, y luego recalará en:

TÁNGER del 15 de noviembre al 8 diciembre 2011

FEZ del 15 de diciembre al 8 de enero 2012

MARRAKECH del 12 de enero al 5 de febrero 2012

Y finalmente en RABAT del 9 febrero al 5 de marzo de 2012.

     Cuando se inauguró en Casablanca, colgué en este blog la conversación que Gabriela Grech mantiene con Francisco Carpio, que os sugiero leáis si aún no lo habéis hecho. Ahora vuelvo a hacerlo, pero en árabe, para nuestros paisanos marroquíes.

En algún momento de esa conversación, Gabriela confiesa que hay un velo de imágenes en su memoria que cubren sus ojos cuando contempla al Larache de hoy… ¿Hay mayor declaración de amor a una ciudad?

    Una parte de su trabajo fotográfico consiste en una yuxtaposición de imágenes: unas, las que Gabriela tomó hace años de algunas calles de Larache, con otras tomadas no hace tanto. La superposición de estas imágenes crea un efecto de estupefacción en quien las observa, al comprobar, como lo hacen los ojos y la cámara de Gabriela Grech, que la realidad va borrando a los recuerdos. De entre ellas, quizá la más sugerente, por su valor simbólico, por el significado para los larachenses, sea la del Cine Ideal.

En esta fotografía, vemos cómo su viejo espectro va siendo devorado por un enorme inmueble que se levanta lenta pero inapelablemente para borrar su huella sin compasión y hacer desparecer los sueños que se refugiaban en su sala de proyecciones desde hacía años…

 Sergio Barce

 

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Periódico LARACHE, Octubre de 1978: Un error muy comentado – La muerte de S.S. Juan Carlos I

En Octubre de 1978, se celebró en la Iglesia del Pilar de Larache, una ceremonia religiosa, con la asistencia de las autoridades locales y de representantes de todas las confesiones. Se trataba del funeral por el sufragio del Papa Juan Pablo I. Sin embargo, el periódico Larache dio la noticia con un error en el enunciado, donde se confundió el nombre del Papa con el del Rey Juan Carlos, lo que dio lugar a chascarrillos y alguna que otra broma. Fue una de las noticias más comentadas de esta publicación larachense, pero por algo ajeno a la noticia en sí. Una anécdota que ha quedado en la memoria de esos años.

Hace días se celebraba la fiesta hebrea del Nuevo Año, y José Edery explicaba, en un extraordinario artículo, el significado de la Fiesta del Gran Perdón (Yom Kippur). También en esta página del periódico Larache, se hace mención a esta celebración del año 1978.

 

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«EL RETORNO» (Au pays) de TAHAR BEN JELLOUN

La primera vez que oyó la palabra moro fue en un vagón de tren donde el revisor insultaba a un viejo argelino que no encontraba su billete. Mohamed no sabía qué significaba, pero entendió que debía ser algo poco amable, un insulto. El argelino se puso de pie y empezó a desnudarse como si le hubieran ordenado que se dejase registrar. El revisor le dijo así como vale, vale, ya, estos moros nunca entienden nada.

Nueva novela de Tahar Ben Jelloun que me parece lejos de su briosa, emocionante y vibrante narrativa de, por ejemplo, SUFRÍAN POR LA LUZ. Ahora, EL RETORNO (Au pays), publicada en Francia en 2009, llega a España. Tanto la imagen de su portada, que nada tiene que ver con lo que se relata en el libro, como la contraportada, nos crea una expectativa diferente a lo que encontramos en sus páginas.

Lo termino, y mi impresión es la de haber leído una historia gélida, a veces confusa, y muy contradictoria precisamente con las contradicciones que plantea. Tengo la impresión de que Tahar Ben Jelloun tiene una intención cuando se enfrenta a esta historia, pero que, al final, acaba por no encontrar ni el tono ni el pulso. Hay momentos excelentes, pero la historia de Mohamed, este hombre a punto ya de jubilarse, con una fría y distante relación tanto con la  mayoría de sus hijos como con su mujer, que ha vivido como emigrante en Francia y que, al jubilarse, regresa a su pequeña aldea, no acaba de cuajar.

 …estoy triste desde que llegué a Francia, este país no es el culpable de mi tristeza, pero no me ha dado motivos para sonreír…

 No olvides nunca, hijo, de dónde vienes. Dime: ¿es cierto que te haces llamar Richard? ¡Richard Ben Abdalá! No pega nada, maquillas el nombre pero el apellido te delata, Ben Abdalá, ¡hijo del adorador de Alá! ¡No pega! ¿Cómo lo has conseguido? ¿Te has cambiado también el apellido? ¡Ah, has suprimido al adorador de Alá y has dejado Ben! Sí, así te confundirán con un judío, eso es, quieres borrar tus orígenes y hacerte un hueco, lograr un taburete entre los fransauis, y si son judíos, mejor. ¿Te ha funcionado el truco? ¿Encuentras trabajo con más facilidad? ¿Lo has hecho para que te dejen entrar en las discotecas? No me contestó, y se marchó corriendo… ¡Richard!

Tahar Ben Jelloun

Ben Jelloun se esfuerza por mostrarnos el choque cultural e identitario que se produce en un emigrante marroquí que, desde su llegada a Francia, trata de cumplir con su trabajo en el país que le acoge, y esas contradicciones las materializa en lo que este personaje piensa de la conducta de los franceses, de su concepto de la familia, de su ritmo de vida, y que no comprende, como tampoco entiende que sus hijos puedan sentirse más franceses que marroquíes; y, por otro lado, el mismo personaje ensalza los logros de esa sociedad que le ha acogido, la sanidad, por ejemplo, mientras echa de menos a su país pero curiosamente recordando su aldea como algo estéril, yermo, y sin futuro.

Había conservado de su llegada a Francia unas imágenes que aún hoy recordaba: unas paredes grises, casi negras, unos rostros cerrados, una muchedumbre densa caminando apresurada y silenciosa, un olor extraño a polvo y a perfume vulgar. Los barrenderos de las calles y del metro eran gente de color. Había ricos; otros, algo menos, pero todos circulaban en coches casi nuevos. Unos enormes carteles publicitarios exhibían a mujeres ligeras de ropa o a animales alabando la calidad de las máquinas de lavar. No entendía qué pintaban en esos anuncios los gatos y los perros. Tuvo que pisar una caca para darse cuenta de que éstos estaban por todas partes en este país. ¿Por qué eran tan numerosos? En su pueblo, un perro era obligatoriamente un intruso, un animal que había que alejar a pedradas. Si un perro o un gato pasaban delante de él mientras hacía el rezo, estaba obligado a anularlo y a empezar de nuevo. Los animales son portadores de gérmenes nefastos para el musulmán. Hay que evitarlos; por cierto, en el paraíso no habrá perros. ¡Eso era pues Lala Fransa! Una extraña promesa.

Sí hay que reconocer que Ben Jelloun es realista y crítico con el Marruecos de la época de Hassan II, y que describe con mucho acierto el país:

Dicen que los fransauis quieren a los marroquíes pero odian a los argelinos, los pobres argelinos  no han tenido suerte… (…) tienen petróleo y gas (…) y, sin embargo, los argelinos emigran, cada vez son más los que vienen a instalarse en Fransa, qué desgracia, un país tan rico y un pueblo tan pobre.

(…) En Marruecos es distinto. Somos pobres, siempre lo hemos sido. La gente de la ciudad vive mejor que la del campo. Pero nosotros tenemos el majzén, o sea, al caíd, al bajá, al gobernador, a los representantes del poder central que mandan en nosotros. No se sabe cómo funciona, pero el majzén es la gendarmería, la policía y el ejército, y hacen lo que les da la gana. El que es pobre no tiene ningún derecho. Padece y calla. Al que protesta lo hacen desaparecer. Ése es el Marruecos que dejé en 1960 antes de tomar el tren y luego el barco y luego el tren para llegar a Lala Fransa.

La muerte y el tiempo obsesionan a Mohamed, el protagonista. Pero a mi entender, es el tiempo, el devenir y el cambio que supone el paso a la jubilación, lo que mejor funciona en el relato, mientras que la muerte se transforma en algo que ni conmueve ni lamentamos. Tal vez la escritura de Ben Jelloun sea demasiado fría y distante, el cambio de la tercera a la primera persona en el relato se hace de manera abrupta, en este caso perjudicando al propio texto. Sin embargo, como digo, hay buenos pasajes al tratar el paso del tiempo.

El tiempo. Le daba igual el tiempo, era su enemigo, el que iba a enfrentarlo por primera vez en su vida a sí mismo y a los demás. Lo comparaba con una cuerda larga que no siempre resiste.

(…) El tiempo tenía varias caras, era un traidor que poco a poco lo iría quebrando para acabar con él…

(…) Le gustaba el cansancio que sentía después del viaje, un bello y pesado cansancio, el del deber cumplido, el de la derrota del tiempo, pues, una vez en la aldea, ya no le hacía caso.

Dos elementos privan a la novela de ser un relato que nos conmueva: el primero, que no desarrolla en ningún momento la relación afectiva entre Mohamed y sus hijos, nos lo esboza, lo cuenta desapasionadamente y no se adentra en ello, por tanto, no nos hace cómplices del sufrimiento y la frustración del protagonista. Por ejemplo, la relación con su hija Yamila la despacha con unas pocas líneas:

Yamila, su hija mayor, sin tener en cuenta la oposición de sus padres, se había casado con un italiano. Mohamed ya no la veía. Fue doloroso que un no musulmán entrase en su familia. Para él, ella ya no era su hija. Al principio, intentó convencerla, pero Yamila estaba enamorada, se negaba a cualquier discusión, se enfadaba de un modo inhabitual en ella. Es mi vida, no la tuya, no me vas a impedir que viva porque seamos musulmanes. Y además, ¿qué religión es esa que permite a un hombre casarse con una cristiana o una judía y se lo prohíbe a las chicas? ¿Qué significa eso? ¿Crees que seré más feliz con un tipo de nuestra tierra, uno de esos miserables campesinos que me van a encerrar mientras él va a emborracharse con sus amigotes? No, gracias, papá, despierta de una vez, mi vida la decido yo, tú puedes darme tu bendición, si quieres, y, si no estás conforme, no podré hacer nada contra esa estupidez. Estás enfermo, necesitas ayuda. Él agachó la cabeza y se fue, con lágrimas en los ojos. Su mujer intentó calmarlo diciendo que ese matrimonio no funcionaría y que ella regresaría pronto a casa. Él contestó, algo aturdido: ¿qué significa eso de estar enamorada? ¿Qué es este lío que me cae encima como una casa en ruinas y me aplasta la espalda? ¿Acaso tú, yo, nosotros, estábamos enamorados? No sé qué significa eso.

El segundo, más evidente, es cómo se plantea la segunda parte de la historia. Cuando Mohamed ha de jubilarse, que para él es como morir, piensa en regresar a su aldea y construir allí su casa. Este hecho es un fenómeno habitual en Marruecos: los extrarradios de todas las ciudades han crecido vertiginosamente con las viviendas que han ido construyendo las familias que trabajan en el extranjero y que, con ello, muestran a sus conciudadanos cómo han logrado su éxito personal, cómo han prosperado hasta la posibilidad de poder construirse su propia casa en la que pasarán el resto de sus vidas cuando vuelvan.

 Repetía: quiero una casa grande, más grande que todas esas chabolas de la aldea, tan grande como mi corazón…

 Pero en el caso de esta novela, este hecho tan habitual, como digo, se convierte en el giro más extraño de “El retorno”. Cuando Mohamed llega a su aldea, que tanto echaba de menos, de pronto Ben Jelloun nos la muestra como un lugar fértil y verde. Y sin aparente razón, esta novela realista, casi un retrato documental de ese hombre, se transforma como por ensalmo en una novela entroncada directamente con el realismo mágico. Es aquí donde a mi entender la novela se rompe completamente y deja al lector en el aire. Pasa de un realismo amargo a la fantasía más absoluta, con la descripción de Mohamed sentado en ese sillón que instala a la puerta de su recién acabada casa, esperando inútilmente la llegada de sus hijos. Lo que podía haber sido un final emocionante, pasa a ser un extraño epílogo que nos deja absolutamente indiferentes. Si la novela es mágica, la magia se ha de intuir al menos desde las primeras páginas; si la novela es realista, amarga y descorazonadora, como lo es “El regreso”, las quince últimas páginas no pueden ser diferentes, a riesgo de cercenar el conjunto. Incluso el último párrafo es precipitado y en él se intuye la urgencia por acabar cuanto antes.

Pero le reconozco a Tahar Ben Jelloun, como siempre, la solidez de su escritura y su valentía al plantear ciertas cuestiones que afectan a la cultura marroquí y a la religión que, otros autores, ni se atreven a plantear.

 Sergio Barce, octubre 2011

 Los fragmentos que reproduzco de la novela, están tomados de la primera edición de “El retorno” publicada por Alianza Literaria, con traducción del francés de Malika Embarek López.

TAHAR BEN JELLOUN fue Premio Goncourt de Novela en 1987 por «La noche sagrada».

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Este 15 de Octubre, se celebra el VI TRIATLÓN de LARACHE

Después de muchas dificultades y de problemas que hicieron peligrar la continuidad del ya famoso Triatlón de Larache,

este próximo

 15 de Octubre, a las 09.00 horas de la mañana,

se da la salida a la prueba del

VI TRIATLÓN DE LARACHE

Enhorabuena a los promotores y organizadores, y, especialmente, a la ciudad y los cuidadanos de Larache que han conseguido que se mentenga este evento en nuestra ciudad.

Más información sobre esta prueba en:  http://triatlondelarache.blogspot.com/

 

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LARACHE – Fotos en blanco y negro 2

Dani Céspedes, Rafael Rodríguez, mi padre (Antonio Barce) & Luis Guardia

Sí, incluso la publicidad de TERRY llegaba hasta Larache. Me gustan estas fotografías de mi padre cuando era joven, con sus amigos. Tienen un viejo sabor moderno, un algo especial que las transforma en documentos muy vivos y atrayentes.

Café Central – Luis Guardia, mi padre (Antonio Barce), Fuentes & Galeote

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Hay espacios en Larache que son eternos. El Balcón del Atlántico, la Plaza de España, los leones del Jardín de las Hespérides, la terraza del Café Central… Es como si todos los larachenses de todas las épocas hubieran tenido que pasar por ellos e inmortalizarse, como testigos de algo mudo e indefinido. Igual que mi padre y sus amigos, con cierto aire «rebelde». 

También el Casino era otro de esos lugares obligados, sobre todo en los momentos de las celebraciones. En esta fotografía están Paco Jurado, Carlos González Navas, Moya y mi padre. Recuerdos de otra época, con ese blanco y negro que rezuma de colores jamás olvidados. Cuando los años pasan, se produce una extraña necesidad de escarbar en las imágenes del pasado, no del nuestro, sino del pasado de los nuestros. Eso me ocurre con mis padres. Trato de bucear en sus imágenes, tal vez para comprenderlos mejor, para compartir más con ellos, probablemente como una artimaña para que los años no vuelen con tanta rapidez y no sé si echar a veces el ancla en imágenes de entonces sirve para todo esto, pero hace que ellos compartan conmigo los momentos en los que me explican cada detalle de sus recuerdos…

Sergio Barce
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