











http://cultura.elpais.com/cultura/2013/09/19/actualidad/1379584676_727925.html
» (…) Y Moses Shemtov me miró como si tuviese delante a un trolero. Pero luego se puso a leer algunos párrafos de mi libro, y minutos después volvió a explorar en mi pasado.
-Deduzco entonces que tu hermana no te reveló ninguna novedad más del último viaje a Tánger -dijo dándome el pie como hace un actor a otro en el escenario.
-No -le respondí-. Cuando salí de la casa de Silvia, me sentía tan abrumado que habría sido capaz de coger el primer avión y desaparecer para siempre. En lugar de hacerlo, decidí pasear; necesitaba sentir el aire en mis mejillas, olvidar todo lo que mi hermana me había hecho recordar. Creo que la maldije por eso. Pero mientras caminaba me acordé de Joan Gilabert y de su machacona insistencia para que comprara alguna obra de Kozer en la Feria del Libro de Segunda Mano, y aunque en realidad no era esa mi primera intención supuse que buscar uno de sus libros me ayudaría a dejar de pensar.
-¿Encontraste algún libro de Arturo Kozer?
-Más que eso… -le dije clavándole los ojos de manera que entendiese que ahora no debía interrumpirme-. Me dirigí al Parque. Llegué pronto, y, después de un buen rato, me di cuenta de que llevaba varios minutos dando vueltas en círculos mientras apuraba mi último Marlboro. Sacudí la cabeza, y me acerqué a las casetas. Los viejos best-sellers ocupaban el ochenta por ciento del espacio, pero a veces aparecía algo interesante. Compré un ejemplar de Pacífico de Garriga Vela, sin saber entonces que tenía entre manos una obra maestra. Estaba en perfecto estado, se notaba que sólo había conocido un dueño y de que éste cuidaba sus libros. También adquirí una edición muy deteriorada de La tregua de Benedetti, en este caso probablemente porque sus heridas movieron a mi compasión. Poco a poco, me iba encontrando más relajado… -Moses Shemtov me escuchaba atentamente. Por fin me sentía bien mostrándole mi vida, como si hubiésemos llegado al punto ideal en el que las confidencias se hacen precisas, casi necesarias. Se había ganado mi respeto. De modo que le conté, incluso, alguna de mis debilidades-. Ojeé muchos libros, y leí con curiosidad las dedicatorias escritas en algunos de ellos, que es uno de los encantos de los libros de segunda mano…»
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