FRAGMENTO DE “MALABATA”, DE SERGIO BARCE

Malabata cubierta frontal

De la mano del Instituto Cervantes de Casablanca, y gracias a su directora, María Jesús García González, el próximo día 12 de febrero se presentará en el SIEL (Salón Internacional de la Edición y del Libro de Casablanca) mi novela Malabata (Ediciones del Genal – Málaga, 2019). La presentación correrá a cargo del poeta José Sarria.

siel

Aquí os dejo un fragmento de la novela:

“…Había nacido allí mismo, en el corazón del barrio del Marshan, no muy lejos de las desoladoras tumbas púnicas del acantilado de Hafa. Yamila Lahcen sólo había conocido esas calles, como si los mapas no describieran otros lugares y nada existiera fuera de aquel lugar, hasta que al cumplir los quince años alguien se fijó en ella y habló con su padre que recibió de buen grado las primeras pesetas que le dieron a cambio de poca cosa. La enseñaron a maquillarse y a moverse como si fuera una mujer adulta, contoneando las caderas igual que un péndulo que diera la hora exacta. En poco tiempo sus labios se convirtieron en una fruta virgen y salvaje que podía venderse a muy buen precio. Luego aprendió a bailar. Pero no se trataba sólo de mover el cuerpo al ritmo de la música. También debía interpretar, atraer y cautivar. Y no se le daba mal. Muy poco después actuó en su primera fiesta privada.

Yamila Lahcen era una jovencita dócil y disciplinada. Y en aquella primera jarana sólo hubo de tocar las palmas, acompañar el ritmo de la música y hacer de comparsa de otra chica mayor que ella, Thuraya, una bailarina experimentada. Sin embargo, la música transformaba a Yamila de tal modo que a veces perdía la consciencia. Y algo así le ocurrió cuando comenzaron las notas iniciales de la tercera canción porque de pronto, sin saber cómo ni cuándo, los invitados empezaron a fijarse en ella, al principio con cierta perplejidad, pero cuando se dieron cuenta de que bailaba como si la meciera el viento se entusiasmaron y la animaron a que no parase. Era fascinante seguir a esa jovencita que no cejaba en moverse con un arte ya olvidado. Y Thuraya hubo de ceder su protagonismo a regañadientes.

A partir de ese momento sus actuaciones comenzaron a ser requeridas en la mayoría de las bodas musulmanas que se celebraban en Tánger y un año después, cuando su cuerpo dejó de ser tan inocente, inició un tedioso periplo por cabarets y clubs nocturnos. Su padre nunca preguntaba. Sólo extendía la mano con la palma hacia arriba aguardando a que los duros de la semana cayeran como hojas de otoño.

Thuraya acabó en un tugurio del que Yamila sólo recordaba el olor nauseabundo del sudor mezclado con el kif y con el vino barato. A menudo pensaba que, comparada con Thuraya, a ella la protegió su baraka. Podía haber terminado junto a su compañera o en uno de los prostíbulos de la medina, pero se libró por el caprichoso azar o por ese destino ya escrito que parece imposible de sortear. Le Chat Noir era otra cosa. Allí concibió la vana esperanza de que algún cliente adinerado acabara por sacarla de ese mundo. Las cosas no fueron tan sencillas y cuando hubo de salir de Le Chat decidió ocultar esos meses como algo ominoso, como un estigma que podía condenarla a un infierno eterno.

Pero al poco volvieron a hablar con Hamid, su padre, siempre tan condescendiente, tan cobarde, un hombre de pocas palabras y de memoria corta capaz de venderse por una quincalla con tal de no tener problemas. Pero Yamila lo consideraba un buen hombre, piadoso y dotado de candor. Hamid juraba que todo lo que hacía lo hacía por ella, y tal vez fuese cierto. Incluso cuando le anunció que trabajaría para sidi Mrabet. Yamila había oído hablar de él. Todos sabían en Tánger que Mrabet era el hombre de confianza de Italo Cresci, un empresario de espectáculos nocturnos del que se afirmaba que carecía de entrañas. Desde entonces venían a recogerla hasta su barrio, a la boca de la estrecha callejuela donde estacionaba un Citröen berlina negro. Cuando Yamila recorría el tramo de su casa al vehículo las mujeres la miraban con una envidia indisimulada. Luego entraba en el coche. El cristal de separación interior le impedía poder hablar con el conductor. Al lado de Yamila solía ir un tipo mal encarado, vestido con un sobrio traje de chaqueta, que no abría la boca en todo el camino hasta llegar al cabaret. Días después sabría que ese hombre era sidi Mrabet.

El primer local en el que Yamila Lahcen trabajó para Cresci fue en el Salón Alhambra. El corto programa sólo incluía la danza del vientre, que era lo que les gustaba a los europeos de Tánger y a los extranjeros que llegaban de paso. Ella se adaptó con suma facilidad. Asumía cada etapa de su existencia como un imponderable. Había aprendido a sobrevivir. Y su primer striptease tampoco le supuso mayor problema. Lo hizo tal y como le habían ordenado que lo ejecutara. Su pasado le facilitaba las cosas, especialmente sus días de Le Chat Noir donde trabajó con otra identidad. Fue sencillo además porque desde el primer segundo supo cómo abstraerse de los silbidos, de los gritos, de las obscenidades de un público embrutecido. Clavaba sus ojos en el cañón de luz que la iluminaba y se entregaba al baile hasta entrar en una especie de trance, tan intenso que en ocasiones debían de ayudarla para abandonar el escenario.

A veces Mrabet la esperaba allí, en el cuartito donde guardaba su ropa, y le entregaba unos duros extras después de follársela. Yamila Lahcen apenas sentía las embestidas de alguien que no le despertaba ningún sentimiento, ni tan siquiera asco. Era todo tan mecánico que ni lo escuchaba resollar a su espalda cuando se vaciaba. En esos instantes ella imaginaba encontrarse en las playas de Asilah y que nadaba junto al espigón y que se quedaba flotando boca arriba, mirando a las gaviotas que planeaban en el cielo. Cuando Mrabet se abrochaba los pantalones, Yamila Lahcen se vestía sin prisas y dejaba que la llevase de vuelta a su casa ya al amanecer. A veces se preguntaba qué podía hacer. Las cosas eran así.

Curiosamente durante aquellos meses ningún hombre osó acercársele. Era como si Mrabet la hubiera marcado prohibiéndola a los demás. Pero el tiempo pasaba y sus actuaciones eran más y más demandadas en los clubs tangerinos. Yamila poseía ángel, dejaba mudos a los espectadores y los enardecía en la misma proporción. Sólo temía que algún viejo cliente de Le Chat Noir pudiera reconocerla. Cuando ese temor le asaltaba ella se abstraía bajo la luz del foco y se ausentaba del presente.

Fue su intervención en el moderno Kursaal la que hizo que su vida diera un nuevo viraje. Mrabet, como en otras ocasiones, la esperó. Esta vez en un pequeño camerino que le habían asignado a Yamila, más limpio y decente de lo habitual. No hubo ninguna palabra de aliento o de felicitación por el éxito de su actuación sino el gesto brusco y seco de quien sólo tiene un objetivo. Sin preámbulos. Como si ella estuviese allí para satisfacerle al momento. Pero ese día todo se conjuraba de alguna manera. Mrabet la zarandeó de una manera insultante, tal vez más humillantemente que en las otras ocasiones, y la hizo arrodillarse mientras se desabrochaba los pantalones con una arrogancia hiriente. Luego tiró del cabello de Yamila atrayéndola hacia su verga excitada justo en el instante en el que la puerta se abrió de golpe. Un hombre se detuvo en el vano estupefacto al principio, irritado después, enfurecido al final.

—Señor Cresci, yo…

Mrabet trató de subirse los pantalones, pero mientras Yamila se cubría pudorosamente apartándose de él, Italo Cresci dio una zancada, asió a su hombre de confianza del cuello y lo arrojó al pasillo como si no fuera más que un montón de basura.

—No quiero volver a verte —le ordenó, escupiéndole en la cara.

Mrabet desapareció como por ensalmo sin limpiarse la saliva que le resbalaba por la mejilla, golpeándose contra las paredes del corredor, como si estuviera noqueado. Pero Cresci ya se había olvidado de él y miraba a Yamila. Dio un largo suspiro. Con elegancia recogió la chilaba que colgaba en el respaldo de una silla y cubrió su cuerpo, apartando la mirada. Era la primera vez que ella sentía vergüenza y eso le causó un extraño efecto de placidez y de calma, como si hubiera navegado toda la noche por un mar revuelto y al fin hubiera desembarcado en un puerto seguro…”

programa SIEL

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