Archivos Mensuales: junio 2014

CINCUENTA CRISTIANOS CAUTIVOS EN LARACHE, POR CINCO MIL LIBROS ARÁBIGOS

Curioso texto, que es la carta entregada por el Embajador del Rey de Mequinez, sobre el rescate de los cien prisioneros cristianos que tenía en Larache, entonces Alarache. En el texto, se llega a solicitar del Rey de España, el pago por este rescate no en dinero, sino por la libertad de cada cautivo cristiano la entrega de cien libros arábigos, de los que fueron escritos en los fastuosos y añorados reinos de Sevilla, Córdoba o Granada…

Escrito en el castellano antiguo de la época, creo que es de un gran valor histórico y anecdótico.

Sergio Barce, junio 2014

CASTILLO LAQBÍBAT - foto de Akram Serifi Bouhsina

CASTILLO LAQBÍBAT – foto de Akram Serifi Bouhsina

COPIA DE CARTA QUE DIO A SU MAGESTAD EL DIA 21 DE DIZIEMBRE, DEL AÑO PASSADO, EL EMBAXADOR DEL REY DE MEQUINEZ, SOBRE EL RESCATE DE LOS PRISIONEROS QUE HIZO EN LA PLAÇA DE ALARACHE.
PUBLICADA EL SÁBADO 20 DE ENERO DE 1691.

En nombre de Dios Santo, y misericordioso, que no ay fuerça, ni poder sin la voluntad del Altísimo y poderoso Dios, de la parte del esclavo de Dios, Ismael, el que tiene puesta su esperança en Dios, y que tiene entregadas todas sus cosas en manos de Dios, Príncipe de los Fieles, defensor del camino del Señor del Vniverso, Aleherif Algazani, Dios le mantenga, amén.
Al muy poderoso Rey de los Christianos, y de muchos Reynos, de España y de las Indias, y Emperador de ellos, y que tiene sugetos a todos, D. Carlos. Salud damos a todos aquellos que siguen el camino de la verdad. Y después desto llegó a nuestras manos vuestra carta con los criados D. Manuel Viera de Lugo, y don Abel Missi; y es la carta que me embiasteis respuesta de mi carta que embié con el Frayle antes desta: Y después que leí y entendí su contenido, me dixo vuestro criado Don Abel Missi lo que deseavais de mí, y lo que me pedís en vuestra carta, que es la libertad de los cien Christianos, sobre lo qual hemos avisado de lo que se ofrece antes desta, y aora respondemos a vuestra carta, que le embio con criado de mi poderosa casa en Dios, mi Secretario, el más allegado de mi Cámara, hijo de mi amigo Çid y Mahamet hijo de Aluhab Aloesir. Y sinó fuera vuestra persona muy estimada de mí, y nuestro conocimiento de vuestra grandeza, no lo embiara ni lo apartara demi persona, porque le he menester para mis negocios. Y he dado orden a mi criado, el más estimado de mi voluntad, el Alcayde Alhiben Audalá, para que embie con mi Secretario vna persona de sus amigos, que es mi criado Absalen, hijo de Hamet Gasus, para que vaya en su compañía, que el dicho mi Secretario conoce, y está advertido de lo que ha passado con mis Iueces, y Iusticias sobre los Christianos de Alarache; y assí está informado de todo lo que sucedió, y él dará noticias de ello; y assí os podréis informar dél desde el principio porque ha estado siempre en mi compañía, favorecido de Dios en todas obras. Y es verdad que di palabra de dar libertad a los cien Christianos, pero sucedió de parte dellos cosas que fueron causa de que no cumplí lo que les ofrecí; y algunos dellos estavan dando vozes que se querían entregar, y otros no querían salir de la Plaça, ni dar cumplimiento a lo que yo ofrecía; y amenazaron al que entró de mis criados, que embié a ellos, y algunos se echaron al Mar nadando, para huirse a los Navios de los quales, los que fueron alcançados se mataron. Y por todo esto los grandes Iuezes y Sabios de mi ley y nuestra Iusticia nos dixeron que los Moros estavan ya apoderados de la Plaça en aquel tiempo, y que los tenían rendidos a los Christianos, y que no tenían otra cosa que esperar que la muerte o ahogarse. Y por otra razón nos dixeron los Iuezes que en justicia no tenían libertad; en todo este tiempo estuve disputando con los Iuezes y Sabios de mi ley, (Dios me los guarde) y me dixeron que los cien Christianos han de ser esclavos por todos caminos. Y demás desto, fue tomada Alarache en los tiempos passados, sin razón, porque obligaron Alchega, hijo del Rey Hamet Aldehauy, que passó a España, que por el dinero que gastaron para él, le detuvieron sus hijos hasta que entregó a Alarache en pago, contra su voluntad, sin razón ni justicia.

PLANTA DE LA CIUDAD DE LARACHE, 1612

PLANTA DE LA CIUDAD DE LARACHE, 1612


Y demás me dieron a entender los Sabios que en el tiempo que se ganó Granada, y otras partes, que avía más de quarenta mil personas, que se les concedió sesenta Capítulos y ninguno se les cumplió; y en todo se les faltó, tanto en Granada como en otras partes de la Andaluzía, en todas las Villas, Ciudades, y Lugares. Y aviendo visto lo que mis Sabios y Iuezes me dixen; y que en verdad que quedo confuso por todas partes. La primera, no puedo negarme a la justicia, porque es el fundamento de mi ley. Y la segunda, de lo que las partes saben, di mi palabra a los cien Christianos; y lo que ellos mismos piden yo quisiera que se cumpliera, y librarme de los dichos de las gentes, y que no digan que he dado mi palabra y he faltado a ella. Y si no fuera por la contradición de mis Sabios y Iusticias, y la fuerça que tienen, huviera embiado los cien Christianos con el Frayle, el qual fue antes deste libremente. Y por amor de este, vi y escuché la razón de mis Sabios, quienes se mantienen en ello; y por esta causa no puedo negarme a sus razones, ni salirme dello. Yo bien quisiera que todos los que han oído, y oyen, supiessen que el no cumplir mi palabra es por no ser vencido de las razones de la Iusticia; y desta razón pedimos y queremos que nos abrieseis vn camino para el rescate de los cien Christianos, como lo hemos pedido antes; y aora quisiera que me dierais por los cinquenta Christianos de los ciento, cinco mil libros Arabigos, ciento por cada vno. Y que estos fuesen de los Moros de mi ley, de los que estavan en las Librerías de los Moros de Sevilla, Córdova, Granada y otras partes, que sean de la satisfación de mi criado y Secretario. Y por los otros cinquenta Christianos nos daréis quinientos Moros, que son a diez Moros por cada Christiano. Y sinó se hallaren los libros que pedimos, nos daréis los Moros de las Galeras, y otras partes; y nos contentamos deste número, y de que sean mugeres, niños chicos y grandes, y viejos de nuestros vasallos, u otros qualesquiera, porque no tengo otro deseo más que hazer esta buena obra, para rescatar los Moros cautivos de cualesquiera manera que sea, y de qualquier parte que sea, siendo en primer lugar mis vasallos y después los otros. Y si me hazeis en esto lo que os pido, haréis vna obra de caridad por vuestros vassallos y criados; y si acaso no pudieredes hazer esto, nos haréis bolver mi criado y Secretario que embiamos en el camino de Dios, como avrá llegado allá, y los cien Christianos quedarán como los demás Esclavos. Y si vemos que hazeis esto que deseamos, y que se despachará breve, hallareis en mi buena correspondencia, y voluntad, y también a los demás Christianos vasallos vuestros que están en mi poder en Alarache, y otras partes, fuera destos ciento. Y también abriré camino en su rescate en cosas que sea de mi gusto; y bolviendo mi criado bien despachado, embiaré los cien Christianos a Zeuta, y en ella se harán los Canges. En esto cumpliré mi palabra con el favor del Altísimo Dios.

Escrita en diez y seis del mes de Lehecha que es en diez y seis de Septiembre de mil ciento y vno.
El Sello Dorado significa la firma con su nombre, Ismael, hijo del Cherif Alhauy. Manténgale Dios y hágale vitorioso.
El sobreescrito al muy Poderoso Rey de los Christianos y de muchos Reynos de España y de las Indias, y Sus Dominios, Don Carlos en su Corte, en la Ciudad de Madrid. Y la paz sobre los que siguen el camino de la verdad.

(Biblioteca Nacional, Varios Especiales, 128-24)

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«POR AMOR AL ARTE», PRÓXIMO LIBRO DE RELATOS CON LA GENERACIÓN BIBLIOCAFÉ

Con el grupo Generación BiblioCafé, ya he participado con tres cuentos en los anteriores libros colectivos de relatos cortos que han ido publicando: Sesión continua, Animales en su tinta y Último encuentro en BiblioCafé. Ahora se prepara otra nueva publicación, Por amor al arte, en el que se incluye mi relato La Venus de Tetuán. Y Mauro Guillén & Co. anuncian mi colaboración, al igual que están haciendo con el resto de escritores que participan en este proyecto, de la siguiente manera (y que  les agradezco desde aquí):

POR AMOR AL ARTE... LA VENUS DE TETUÁN

 

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«CAMISONES CON VOLANTES», UN RELATO DE SUSANA GISBERT GRIFO

Tercera entrega sobre los autores de la Generación BiblioCafé, y tercera autora del grupo que presento en mi blog.
Se trata de Susana Gisbert Grifo, apasionada y comprometida escritora (y fiscal) con la que, a través de sus comentarios, posts y artículos (literarios y jurídicos) aparecidos en las redes sociales, me suelo identificar casi siempre, bueno, para ser sinceros, hasta ahora, siempre. Señal de que nos une no solo la literatura sino también las ideas. (Esto parece ser el comienzo de una buena amistad).
El relato que me ha enviado Susana para colgarlo en mi blog se titula Camisones con volantes.

SUSANA GISBERT GRIFO

SUSANA GISBERT GRIFO

Aparentemente es un delicado y suave relato del mundo adolescente femenino hasta que, de pronto, da un giro y abre su abanico a diferentes lecturas, a distintas interpretaciones. Lo que en la superficie no es más que la confesión llena de sinceridad de la protagonista sobre su relación con una amiga o de la relación de amistad que creyó mantener y que parece truncada por algún motivo que el lector espera y ansía descubrir, se ennegrece súbitamente con las oscuras nubes de la muerte. Hasta ahí podría ser el retrato de cierta época, incluso de un tiempo que nos recuerda los años de juventud. Pero Susana da una vuelta de tuerca e introduce además una nueva voz que retoma la misma historia para convertirla en algo más sorprendente. Y lo que desvela ahora te deja en medio de un paraje desolador.
El tema de fondo del relato es amargo: la culpa, la mala conciencia. La culpa por lo que la protagonista debió hacer y no afrontó. La mala conciencia por no haber sabido comportarse con la otra persona. Y la culpa y la mala conciencia de esa otra narradora… Como si se tratara de una muñeca rusa, una matrioska, el relato abre otro relato, y la culpa se multiplica como un eco que se repitiera en el vacío. Ese es su acierto, su valiente planteamiento narrativo, y acierta con la forma y con el fondo, sin necesidad de más artificios.

Sergio Barce, junio 2014

CAMISONES CON VOLANTES

Cuando era niña, Sara sólo tenía una obsesión: dejar de llevar aquellos horrorosos camisones con volantes que le imponía su madre. La verdad es que a mí nunca me parecieron tan espantosos, aunque quizás un poco ridículos para nuestra edad. Éramos adolescentes y aquel despliegue de lazos y puntillas se nos antojaba poco menos que un insulto. Pero no había manera: nada más había conseguido deshacerse de uno, su madre lo reponía por otro más cursi si cabe. Y ella siempre enfadadísima, quejándose de que aquella anticuada lencería que le imponía su madre, además de fea, le hacía parecer gorda. Pero, con ellos o a pesar de ellos, nos moríamos de risa en nuestras reuniones nocturnas, plagadas de refrescos, de palomitas y de chucherías.

Éramos varias amigas las que nos solíamos reunir, aunque con el tiempo, fuimos reduciendo nuestro círculo y las más de las veces acabábamos encontrándonos Sara y yo solas con nuestras sesiones de estudio, de maquillaje, de risas y de chismes. Como no podía ser de otra manera, nuestras conversaciones eran insustanciales, como insustancial era nuestra vida, y chicos, ropa y exámenes eran casi exclusivamente nuestros temas de conversación. Nos probábamos vestidos, pantalones, faldas, camisetas y chaquetas y siempre bromeábamos acerca de lo mal o lo bien que nos quedaban. Y Sara, siempre preguntando si esto o aquello la hacía gorda.

El tiempo fue pasando y nos fuimos haciendo mayores. Los temas de conversación variaron, pero nuestra amistad se mantenía incólume. O, al menos, eso es lo que yo creía.

No debí ser una buena amiga para Sara. Si lo hubiera sido, me hubiera percatado de lo que pasaba. Pero yo, sin embargo, estaba tan absorta en mi mundo de clases diurnas y salidas nocturnas que no supe ver a tiempo la mano que me tendía. No lo supe o no lo quise ver. Ni siquiera me atreví a hablarle de ello, y preferí cerrar los ojos, y hacer como si no pasara nada. Y la dejé caer sin prestarle la ayuda que me pedía en silencio. Y cayó en picado.

Antes de que me diera cuenta, Sara había perdido la mitad de su peso y toda su alegría. Su voz se volvió débil, sus ojos saltones y sus costillas prominentes. Fue entonces cuando adquirió la costumbre de llevar siempre las uñas pintadas con esmalte negro, lo que hacía un esperpéntico contraste con sus manos lívida y huesudas. Una de las últimas veces que la vi, descubrí la razón de su tétrica manicura: tenía las uñas llenas de manchas blancas y quería ocultarlo a toda costa. Igual que quería ocultar sus caderas huesudas y sus piernas esqueléticas cubriéndolas de ropa ancha y deformada…

Pero cuando lo supe todo, llegué tarde. Y encontré el cuerpo de Sara en el suelo del cuarto de baño de casa de sus padres, tras emprender un viaje del que jamás regresaría.

No pude por menos que admirarme ante el talento literario de mi hija. Sabía que escribía en sus ratos libres, pero difícilmente compartía sus relatos con nadie. Hoy, sin embargo, había dejado aquel folio olvidado encima de la mesa, y no pude resistir la curiosidad de leerlo. Y me había quedado enganchada desde el primer momento. Me pareció precioso y emotivo. Tanto, que se me saltaron las lágrimas. Y me preguntaba si mi hija conocía a aquella Sara o era fruto de su imaginación. Repasé mentalmente la lista de sus amigas y conocidas sin descubrir en quién pudiera haberse inspirado para aquella historia. Pero no se me ocurría nadie. Quizás fuera alguien que yo no conociera o tal vez el relato fuera únicamente fruto de la imaginación de mi hija.

Apenas me había secado las lágrimas, un golpe seco interrumpió mi ensimismamiento. Un golpe que venía del cuarto de baño, un golpe que parecía el de un cuerpo cayendo a plomo en el suelo. Un golpe que me puso la piel de gallina y un nudo en la boca del estómago. Un golpe que recordaré mientras viva.

Porque ese sonido afectó a algo más que a mis oídos. Algún resorte saltó en mi cerebro y me precipité corriendo hacia el cuarto de baño. Y fue entonces cuando la vi. Vi su cuerpo desplomado. Y por vez primera, la vi como nunca la había visto: sus ojos saltones, sus costillas prominentes y sus piernas esqueléticas apenas disimuladas bajo un jersey holgado, y sus uñas esmaltadas de negro destacando tétricamente en unas manos lívidas. Y fue precisamente en ese momento cuando recordé aquellos camisones de volantes y lacitos que le compraba de niña, segura de que le gustarían solo porque a mí me parecían preciosos. Esas delicadas prendas de ropa que yo siempre hubiera querido tener.

Pero ella no era yo. Ella no era otra que la Sara de su cuento.

Le había fallado. E imploré con todas mis fuerzas que para ella no fuera tarde ya.

Susana Gisbert Grifo

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