Archivos Mensuales: agosto 2013

LA VIDA ES AGRIDULCE

La vida es agridulce, está salpicada de risas y de lágrimas, y quizá lo que voy a contar lo ejemplifica de alguna manera, mejor que cualquier otra historia que pudiera inventarme. Son estas pequeñas anécdotas, que luego recordamos con una sonrisa, las que en definitiva endulzan  la cruda realidad.

Hace unos años, quizá unos diez años ya, recibí en mi despacho de Torremolinos una carta con matasellos de Málaga capital. No tenía remitente, pero mis datos aparecían tecleados con una máquina de escribir. Abrí la carta y me encontré un anónimo. Alguien había tenido la santa paciencia de recortar, de revistas y periódicos, varias letras para luego pegarlas en un folio en blanco, formando una frase enigmática y casi amenazadora: SÉ QUE ERES TÚ.

Debajo de esta frase, había igualmente pegado un reclamo que el autor del anónimo había recortado de los anuncios por palabras de  la sección de “Relax” del diario Sur de Málaga (este detalle lo sabría más tarde, claro). El anuncio decía:

<Sergio. Bombero. Apago tu fuego con mi manguera. Llámame. Teléfono: 111… > (En el original que me enviaban había un número de teléfono real que, por supuesto, y lo dejo ya bien claro, no era mío).

Inmediatamente pensé que era cosa de algún amigo, y llamé a los que creía capaces de gastarme una broma de este tipo. Pero ninguno de ellos, después de reírse un rato a mi costa, era el autor de tan chocante mensaje.

Pasaron los días. Casi había olvidado el incidente cuando, semanas después, recibí una segunda carta: matasellos de Málaga capital, destinatario –yo- escrito a máquina, sin remitente. Y, de nuevo, su autor le había dedicaba bastante tiempo a recortar palabras de revistas y periódicos para escribirme en esta ocasión otro mensaje lapidario: Y SÉ DÓNDE VIVES.

Caí entonces en la cuenta de que podía ser otro de mis amigos. Sí, esta vez iba a acertar. Pero, una vez más, erré. Fuera quien fuese, sin duda se trataba o bien de un cachondo mental que me llamaría en un par de días para descubrirse o bien se trataba de alguien que me confundía con ese bombero capaz de apagar cualquier tipo de fuego pasional. Pese a mis presunciones, los días pasaron sin noticias de ningún tipo.

Dicen que a la tercera va la vencida y, sí, llegó la tercera carta. Habían vuelto a pegar en la nueva hoja anónima el anuncio de contacto:  <Sergio. Bombero. Apago tu fuego con mi manguera. Llámame. Teléfono: 111… >. Pero su amenaza, en esta ocasión, en caracteres más grandes, recortada cada letra de los anuncios de cabecera de los periódicos, ya no podía ser más elocuente e inquietante: PRONTO TODOS SABRÁN QUE ERES TÚ.

Ya no me hizo tanta gracia la broma, y comenzaba incluso a molestarme… Miré entonces el sobre, que repetía las mismas pautas anteriores: los caracteres taquigrafiados, el matasellos… y, de pronto, me di cuenta de que, en esta ocasión, el remitente fantasma había cometido un pequeño pero trascendental error: al escribir a máquina mi nombre y la dirección de mi despacho, se había equivocado al teclear el código postal, y aunque se había percatado de ello, quizá sin darle más importancia, con un bolígrafo azul, había tachado el número incorrecto para escribir al lado el código postal de mi dirección de Torremolinos: 29620.

Me quedé unos segundos mirando esos números, inclinados levemente a la derecha, como si fuesen árboles mecidos por el viento. El  nueve era peculiar, y el dos también. Me resultaban números de alguna manera conocidos, como si ya los hubiese visto antes. A medida que los estudiaba, más convencido estaba de que conocía a la persona que los había escrito… Los miré durante mucho tiempo, casi extasiado, buscando en mi memoria dónde guardaba la copia de esos números. Y, al fin, el fogonazo, como cuando uno lleva un buen rato tratando de recordar el nombre de alguien que acabamos de ver y no nos acordamos de cómo se llama: ahí estaba. Por fin sabía de quién era esa manera de escribir inclinando los números a la derecha…

Pero no podía creerlo, era imposible. Sin embargo, cuanto más lo analizaba, más convencido estaba de que acababa de desenmascarar al autor de las cartas, de que no me equivocaba de su identidad por muy descabellado que me pareciera… De manera que, decidido a terminar con esta historia, descolgué el teléfono y marqué un número. Cuando escuché la voz que contestaba a mi llamada, disparé a bocajarro:

-Sólo os llamo para que me digáis si sabéis algo de esto… ¿Me habéis estado enviando unos anónimos?

Mi madre rompió a reír a carcajadas. Y yo, lacónico, aún sorprendido, pero ya medio riéndome, añadí:

-¿Papá me ha escrito estas cartas?

Las mentes más retorcidas que se habían dedicado a construir con paciencia unos anónimos aparentemente tan enigmáticos (y tan cinematográficos), eran ni más ni menos que mis padres.

Cuando les expliqué cómo los había descubierto, mi madre, entre risas, le reprochó a mi padre que hubiera cometido tamaño fallo de principiante… ¡De principiante! Y noté que se sentían frustrados porque, para mi sorpresa, ya tenían preparado el cuarto anónimo dirigido a mi despacho…

Así son mis padres, aparentemente personas serias y prudentes, pero en la intimidad se muestran tal y como son, sorprendentes y divertidos.

Ayer lunes, mi madre se sometió a otra nueva sesión de quimioterapia, y lo pasó realmente mal. Lleva días pasándolo muy mal. El pasado domingo celebramos su 75 cumpleaños, y nos hemos conjurado para que siga adelante y venza a este enemigo silencioso e invisible. La noto cansada, pero es el calor que nos tiene a todos abotargados, que se une a esas sesiones maratonianas de cada lunes que la dejan extenuada. En cuanto pase este mes de agosto, remontará vuelo…

Mercedes, mi madre, Ange y Maribel

En Larache, de izquierda a derecha: Mercedes, mi madre, Ange y Maribel

El domingo se emocionó mucho con varias llamadas, pero especialmente con la de Ange y sus nietos, que le cantaron el feliz cumpleaños por teléfono, y con la de Mercedes, que, desde Canarias, le dijo que no volvería a Larache hasta que ella pueda viajar, porque sólo volverá si van juntas… Luego mi madre nos dijo que es verdad, que se muere de ganas de regresar con sus amigas a su pueblo. Larache le da la vida. Y tiene la maleta preparada desde hace varias semanas.

Sergio Barce, agosto 2013

JARDINES DEL BALCON

Etiquetado , , , ,

UN JERARCA NAZI EN LARACHE

El pasado 26 de Julio, se publicaba en El País, un interesante artículo de Joaquín Gil y José María Irujo, titulado EL SOCIALISTA QUE ABRAZÓ AL NAZI AMABLE, donde se nos relata la experiencia de Diego Álvarez, un viejo militante del PSOE exiliado en Argentina, que trabó amistad con Bernhardt, general de las SS y hombre de Goering en España, que aparece en novelas conocidas por todos. Y este general vivió en Larache.

BERNHARDT CON SOMBRERO Y DIEGO ALVAREZ, DE BLANCO, EN LA BODA DE ELEUTERIO CONTRÍ HIJO Y SU MUJER LISSA, DE NEGRO. ATRÁS, EL MERCEDES DEL ALEMÁN

BERNHARDT CON SOMBRERO Y DIEGO ALVAREZ, DE BLANCO, EN LA BODA DE ELEUTERIO CONTRÍ HIJO Y SU MUJER LISSA, DE NEGRO. ATRÁS, EL MERCEDES DEL ALEMÁN

Johannes Bernhardt fue un jerarca nazi. Un militar que alcanzó el grado de general honorario de las SS, un uniforme que solo vestía en ocasiones especiales. Un astuto comerciante que erigió en silencio en Madrid un imperio económico alemán al calor de la complicidad que Franco dispensó a Hitler. Un personaje poco conocido, pero clave en el golpe de Estado contra la República y en la victoria franquista. Johannes Bernhardt fue también un empresario afable, desprendido y bromista. Un hombre llano al que durante la etapa más tranquila de su agitada vida le gustaba comer paella con sus trabajadores, escuchar sus inquietudes y debatir de política. Disfrutaba en su papel de discutidor, ejercer la esgrima intelectual de situarse en el bando opuesto de su adversario de tertulia. Bernhardt fue las dos cosas y otras más inquietantes y oscuras, en el terreno económico y político, que se llevó a la tumba. Diego Álvarez, entonces un joven militante socialista, conoció la segunda vertiente del personaje. Su cara amable. Fue en 1957 en Argentina, donde se exilió desde Alicante para huir de la miseria.

El destierro fue su vía de escape. Álvarez arrastraba el estigma de rojo entre sus vecinos de la apacible partida de La Xara en Dénia (Alicante). Su padre fue alcalde de esta ciudad por el PSOE durante el ocaso de la Guerra Civil. Él se afilió en 1936 a las Juventudes Socialistas y asistió como voluntario a contener la ofensiva del bando rebelde por Castellón, en 1939. Cuatro meses después cayó Valencia, uno de los últimos reductos republicanos. El joven socialista se sentía humillado. Su padre, condenado a tres años de prisión tras la contienda. Él debía cuidar de su madre y su hermana menor. También, olvidarse de un empleo estable en el cuerpo de Correos y Telégrafos por el que aspiraba antes de la batalla. “La guerra frustró mis planes”, lamentaba Álvarez, de 92 años, cuya voz decae por la enfermedad terminal que acabó con su vida el pasado mes de junio.

Dénia se había convertido en una ratonera para el inquieto socialista que devoraba periódicos desde los ocho años. La primera posguerra desató la represión. Sigue leyendo

Etiquetado , , , , ,

EID MUBARAK!

A todos mis amigos musulmanes, en especial a mis hermanos larachenses, os deseo que hayáis tenido un muy feliz mes de Ramadán que ya acaba… Desearía compartir con vosotros una suculenta bandeja de dulces, que sustituyo con un fuerte abrazo que os envío desde aquí.

También os deseo un feliz Eid al-Fitr!!

LARACHE

LARACHE

Etiquetado , , ,

UN FRAGMENTO DE MI NOVELA «EL LIBRO DE LAS PALABRAS ROBADAS»

Maquetación 1 (Page 1) 

 -¿Cuál es el primer recuerdo que conservas de Dalila?

  Miré a Moses Shemtov, inseguro, pero no dudé al responder: la recuerdo junto a mi madre… Estábamos Silvia, Ágata, Dalila y yo sentados en una mesa, en la Pastelería La Española -Moses sonrió en cuanto nombré algo que le era tan entrañable-. Hacía mucho frío, y nos sirvieron unos vasos de chocolate humeantes con una bandeja de pasteles. Sólo logro evocar el sabor del chocolate líquido en mi boca, cómo quemaba. Sin embargo no sé por qué estábamos allí. Supongo que esperábamos a mi padre.

  -Volvamos a la escena de tu novela -sugirió entonces Moses-, ésa en la que los protagonistas se dicen adiós definitivamente en el aeropuerto; y haz un esfuerzo, piensa en el instante en el que tus padres se despedían en el muelle de Tánger. Tómate todo el tiempo que necesites, pero quiero creer que es algo importante para ti.

  Entorné los ojos, dando la última calada a mi pitillo antes de aplastarlo. El humo se elevó señorial, lento, igual que el que escapaba de las chimeneas del Ibn Battuta. Todo seguía ahí.

Ibn Batouta

  -El día anterior habíamos estado en la Plaza de Toros. Entramos después de que mi padre convenciera a un guarda que dormitaba bajo la sombra de una puerta entreabierta. Yo estaba junto a Dalila. Su mano se posaba en mi cuello y yo olía su perfume profundo y agradable. Mi padre nos miraba desde la puerta y nos sonrió, haciendo que nos acercásemos con un ademán. Dalila me cogió de la mano. Su vestido rojo rozaba mi brazo, sus tacones resonaban en el suelo y el portero la miró como si jamás hubiese visto una mujer igual. La penumbra del interior me hizo detenerme un instante, lo justo para que nos acostumbrásemos a la oscuridad, pero en seguida Damián nos guió hasta la puerta de cuadrillas. Entramos al ruedo por uno de los burladeros, eso me divirtió, y comencé a jugar por el callejón, entrando y saliendo por los otros burladeros, mientras Dalila y mi padre se dirigían al otro extremo. Damián hizo que ella se sentara en medio del tendido, yo los observaba desde la propia barrera, y notaba que algo especial había en sus miradas. Ella reía, y mi padre la fotografió varias veces.

  -Ya vale, cariño –dijo ella en algún instante.

  No me asombró en absoluto que llamara cariño a mi padre, imagino que a mi edad ciertas sutilezas pasaban por alto con facilidad.

  -Sólo una más –suplicó él, absorbido por su entusiasmo.

PLAZA TOROS TÁNGER

  Dalila me miró, y nos sonreímos de nuevo. Ella me gustaba. Tenía una manera dulce de posar sus ojos, su boca albergaba un algo que me perturbaba, era demasiado niño para darme cuenta entonces de que simplemente me atraían. Bajó al ruedo, y me abrazó. Yo me dejé hacer porque sentir sus turgentes pechos aplastándose contra mi cuerpo pasó a ser el acontecimiento más extraordinario de todos mis viajes. Me rendí a ella.

  Salimos de allí, Dalila asida del brazo de mi padre y yo a su mano, a la que me había entregado como un esclavo. Sólo deseaba que en cuanto estuviésemos en el hotel volviera a abrazarme de la misma manera. Sus pechos se habían convertido en el centro del mundo, e imaginarlos desnudos una profesión de fe.

  Cuando llegamos al Continental ambos caminaban a una distancia prudente. Yo seguía atado a la mano de Dalila, a su perfume, al bamboleo de su falda roja que, de pronto, me insinuaba unas pantorrillas prohibidas. Había descubierto algo que hasta entonces jamás me había interesado: las mujeres. Pero en ese instante Dalila era la única mujer del universo que merecía mi atención. Trató de zafarse de mi mano, pero yo me resistía y, tras un suave tirón, desistió de intentarlo de nuevo. Subimos. Notaba que entre ellos había de pronto una distancia insalvable pese a que sólo estaban a unos centímetros uno del otro. Caminábamos por el corredor. La puerta de nuestra habitación se abrió, y Ágata apareció allí en medio, sin decir una palabra. Nos detuvimos, Dalila apretó mi mano y yo le correspondí haciendo lo mismo. Eso me hizo sentir especial, importante. Mi madre volvió a la habitación sin cerrar la puerta.

  -Te amo –susurró él con tan escasa energía que creí que había dicho otra cosa.

  -No vas a decirle nada…

  La voz de Dalila se quebró, y noté que su sangre se congelaba, que sus dedos se contraían, y un segundo después sus labios se posaron en mi cara y noté que humedecía mi piel, no con ellos, sino con las lágrimas que resbalaban por sus mejillas. El rimel se le había corrido, y su rostro parecía ahora demacrado y sucio. Me conmovió de tal modo que se libró de mi mano sin apenas esfuerzo, ni siquiera me había dado cuenta de que la soltaba, y entonces Damián me empujó hasta la habitación donde nos esperaba mi madre, callada como una tumba, perdida su miraba a través de la ventana. Yo me dirigí en seguida al dormitorio, sin detenerme a escuchar lo que comenzaban a decirse en voz baja, embrujado aún por aquella mujer fascinante. Sólo podía pensar en el contacto de sus senos, en su boca perfecta y en sus ojos, en la manera como miraba a la cámara de mi padre.

BOOKTRAILER DE

«EL LIBRO DE LAS PALABRAS ROBADAS»

AUDIOLIBRO DE LAS PRIMERAS PÁGINAS DE

«EL LIBRO DE LAS PALABRAS ROBADAS»

PUEDES ESCUCHARLO EN EL SIGUIENTE ENLACE

http://www.ivoox.com/libro-el-libro-palabras-robadas-editado-audios-mp3_rf_2239628_1.html

Sergio Barce

Etiquetado , ,

DISCURSO DEL LARACHENSE MIGUEL SÁENZ AL ENTRAR EN LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA

El 24 de Noviembre del pasado año, colgué un post en este mismo blog en el que hablaba de la trayectoria del larachense Miguel Sáenz, Premio Nacional de Traducción. Especialista en importantes autores en lengua inglesa y alemana como William Faulkner, Günter Grass o Thomas Bernhard, fue elegido ese mes de Noviembre académico de la Lengua, para cubrir la vacante de Eliseo Álvarez Arenas.

La candidatura de Sáenz, nacido en Larache en 1932, que fue traductor de las Naciones Unidas en sus sedes de Nueva York y Viena, había sido presentada por los académicos Luis Goytisolo, Pedro Álvarez de Miranda y Margarita Salas.

Hace unas semanas, Luis María Cazorla tuvo el detalle de enviarme un ejemplar editado por la Real Academia Española en el que se recoge el discurso dado por Miguel Sáenz el pasado 23 de Junio en el acto de recepción pública en el que tomaba posesión del sillón “b” minúscula de la Academia.

Portada discurso MIGUEL SAENZ

La prensa ha destacado de sus declaraciones algunas frases elocuentes: de la traducción se ha dicho que es, junto con la prostitución, «la profesión más antigua» del mundo, «aunque está peor pagada». Y ha reconocido que es difícil «decir nada nuevo» sobre la traducción y que ha habido quien ha afirmado que traducción y prostitución son «una misma cosa», porque consisten en definitiva «en hacer por dinero lo que se debiera hacer por amor».

Aquí tenéis el enlace en el que se puede ver y escuchar su discurso completo (advierto que dura una hora y veinticuatro minutos, pero a los larachenses les resultará emocionante y les hará sentirse orgullosos al escuchar de su propia voz lo que dice en el minuto 2:52).

 

Miguel Sáenz ha traducido la casi totalidad de la obra de Thomas Bernhard y el teatro íntegro de Bertolt Brecht. Especialista de la obra de autores de la talla de Goethe, Kafka, Alfred Döblin, Henry Roth, Christa Wolf, Joseph Roth, Salman Rushdie, W. G. Sebald, Michael Ende o Joseph Conrad.

Ha sido galardonado con la Medalla Goethe, la Orden del Mérito de la República Federal de Alemania y el Premio Nacional de Traducción de Austria. Pero, además, fue teniente auditor jurídico del Cuerpo Jurídico del Ejército del Aire y general auditor del Cuerpo Jurídico de la Defensa. Tras una trayectoria en el ámbito jurídico entró en el cuerpo de traductores de la ONU.

Sergio Barce, agosto 2013

MIGUEL SAENZ

MIGUEL SAENZ

 

Etiquetado , , , , ,