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«EL RETORNO» (Au pays) de TAHAR BEN JELLOUN

La primera vez que oyó la palabra moro fue en un vagón de tren donde el revisor insultaba a un viejo argelino que no encontraba su billete. Mohamed no sabía qué significaba, pero entendió que debía ser algo poco amable, un insulto. El argelino se puso de pie y empezó a desnudarse como si le hubieran ordenado que se dejase registrar. El revisor le dijo así como vale, vale, ya, estos moros nunca entienden nada.

Nueva novela de Tahar Ben Jelloun que me parece lejos de su briosa, emocionante y vibrante narrativa de, por ejemplo, SUFRÍAN POR LA LUZ. Ahora, EL RETORNO (Au pays), publicada en Francia en 2009, llega a España. Tanto la imagen de su portada, que nada tiene que ver con lo que se relata en el libro, como la contraportada, nos crea una expectativa diferente a lo que encontramos en sus páginas.

Lo termino, y mi impresión es la de haber leído una historia gélida, a veces confusa, y muy contradictoria precisamente con las contradicciones que plantea. Tengo la impresión de que Tahar Ben Jelloun tiene una intención cuando se enfrenta a esta historia, pero que, al final, acaba por no encontrar ni el tono ni el pulso. Hay momentos excelentes, pero la historia de Mohamed, este hombre a punto ya de jubilarse, con una fría y distante relación tanto con la  mayoría de sus hijos como con su mujer, que ha vivido como emigrante en Francia y que, al jubilarse, regresa a su pequeña aldea, no acaba de cuajar.

 …estoy triste desde que llegué a Francia, este país no es el culpable de mi tristeza, pero no me ha dado motivos para sonreír…

 No olvides nunca, hijo, de dónde vienes. Dime: ¿es cierto que te haces llamar Richard? ¡Richard Ben Abdalá! No pega nada, maquillas el nombre pero el apellido te delata, Ben Abdalá, ¡hijo del adorador de Alá! ¡No pega! ¿Cómo lo has conseguido? ¿Te has cambiado también el apellido? ¡Ah, has suprimido al adorador de Alá y has dejado Ben! Sí, así te confundirán con un judío, eso es, quieres borrar tus orígenes y hacerte un hueco, lograr un taburete entre los fransauis, y si son judíos, mejor. ¿Te ha funcionado el truco? ¿Encuentras trabajo con más facilidad? ¿Lo has hecho para que te dejen entrar en las discotecas? No me contestó, y se marchó corriendo… ¡Richard!

Tahar Ben Jelloun

Ben Jelloun se esfuerza por mostrarnos el choque cultural e identitario que se produce en un emigrante marroquí que, desde su llegada a Francia, trata de cumplir con su trabajo en el país que le acoge, y esas contradicciones las materializa en lo que este personaje piensa de la conducta de los franceses, de su concepto de la familia, de su ritmo de vida, y que no comprende, como tampoco entiende que sus hijos puedan sentirse más franceses que marroquíes; y, por otro lado, el mismo personaje ensalza los logros de esa sociedad que le ha acogido, la sanidad, por ejemplo, mientras echa de menos a su país pero curiosamente recordando su aldea como algo estéril, yermo, y sin futuro.

Había conservado de su llegada a Francia unas imágenes que aún hoy recordaba: unas paredes grises, casi negras, unos rostros cerrados, una muchedumbre densa caminando apresurada y silenciosa, un olor extraño a polvo y a perfume vulgar. Los barrenderos de las calles y del metro eran gente de color. Había ricos; otros, algo menos, pero todos circulaban en coches casi nuevos. Unos enormes carteles publicitarios exhibían a mujeres ligeras de ropa o a animales alabando la calidad de las máquinas de lavar. No entendía qué pintaban en esos anuncios los gatos y los perros. Tuvo que pisar una caca para darse cuenta de que éstos estaban por todas partes en este país. ¿Por qué eran tan numerosos? En su pueblo, un perro era obligatoriamente un intruso, un animal que había que alejar a pedradas. Si un perro o un gato pasaban delante de él mientras hacía el rezo, estaba obligado a anularlo y a empezar de nuevo. Los animales son portadores de gérmenes nefastos para el musulmán. Hay que evitarlos; por cierto, en el paraíso no habrá perros. ¡Eso era pues Lala Fransa! Una extraña promesa.

Sí hay que reconocer que Ben Jelloun es realista y crítico con el Marruecos de la época de Hassan II, y que describe con mucho acierto el país:

Dicen que los fransauis quieren a los marroquíes pero odian a los argelinos, los pobres argelinos  no han tenido suerte… (…) tienen petróleo y gas (…) y, sin embargo, los argelinos emigran, cada vez son más los que vienen a instalarse en Fransa, qué desgracia, un país tan rico y un pueblo tan pobre.

(…) En Marruecos es distinto. Somos pobres, siempre lo hemos sido. La gente de la ciudad vive mejor que la del campo. Pero nosotros tenemos el majzén, o sea, al caíd, al bajá, al gobernador, a los representantes del poder central que mandan en nosotros. No se sabe cómo funciona, pero el majzén es la gendarmería, la policía y el ejército, y hacen lo que les da la gana. El que es pobre no tiene ningún derecho. Padece y calla. Al que protesta lo hacen desaparecer. Ése es el Marruecos que dejé en 1960 antes de tomar el tren y luego el barco y luego el tren para llegar a Lala Fransa.

La muerte y el tiempo obsesionan a Mohamed, el protagonista. Pero a mi entender, es el tiempo, el devenir y el cambio que supone el paso a la jubilación, lo que mejor funciona en el relato, mientras que la muerte se transforma en algo que ni conmueve ni lamentamos. Tal vez la escritura de Ben Jelloun sea demasiado fría y distante, el cambio de la tercera a la primera persona en el relato se hace de manera abrupta, en este caso perjudicando al propio texto. Sin embargo, como digo, hay buenos pasajes al tratar el paso del tiempo.

El tiempo. Le daba igual el tiempo, era su enemigo, el que iba a enfrentarlo por primera vez en su vida a sí mismo y a los demás. Lo comparaba con una cuerda larga que no siempre resiste.

(…) El tiempo tenía varias caras, era un traidor que poco a poco lo iría quebrando para acabar con él…

(…) Le gustaba el cansancio que sentía después del viaje, un bello y pesado cansancio, el del deber cumplido, el de la derrota del tiempo, pues, una vez en la aldea, ya no le hacía caso.

Dos elementos privan a la novela de ser un relato que nos conmueva: el primero, que no desarrolla en ningún momento la relación afectiva entre Mohamed y sus hijos, nos lo esboza, lo cuenta desapasionadamente y no se adentra en ello, por tanto, no nos hace cómplices del sufrimiento y la frustración del protagonista. Por ejemplo, la relación con su hija Yamila la despacha con unas pocas líneas:

Yamila, su hija mayor, sin tener en cuenta la oposición de sus padres, se había casado con un italiano. Mohamed ya no la veía. Fue doloroso que un no musulmán entrase en su familia. Para él, ella ya no era su hija. Al principio, intentó convencerla, pero Yamila estaba enamorada, se negaba a cualquier discusión, se enfadaba de un modo inhabitual en ella. Es mi vida, no la tuya, no me vas a impedir que viva porque seamos musulmanes. Y además, ¿qué religión es esa que permite a un hombre casarse con una cristiana o una judía y se lo prohíbe a las chicas? ¿Qué significa eso? ¿Crees que seré más feliz con un tipo de nuestra tierra, uno de esos miserables campesinos que me van a encerrar mientras él va a emborracharse con sus amigotes? No, gracias, papá, despierta de una vez, mi vida la decido yo, tú puedes darme tu bendición, si quieres, y, si no estás conforme, no podré hacer nada contra esa estupidez. Estás enfermo, necesitas ayuda. Él agachó la cabeza y se fue, con lágrimas en los ojos. Su mujer intentó calmarlo diciendo que ese matrimonio no funcionaría y que ella regresaría pronto a casa. Él contestó, algo aturdido: ¿qué significa eso de estar enamorada? ¿Qué es este lío que me cae encima como una casa en ruinas y me aplasta la espalda? ¿Acaso tú, yo, nosotros, estábamos enamorados? No sé qué significa eso.

El segundo, más evidente, es cómo se plantea la segunda parte de la historia. Cuando Mohamed ha de jubilarse, que para él es como morir, piensa en regresar a su aldea y construir allí su casa. Este hecho es un fenómeno habitual en Marruecos: los extrarradios de todas las ciudades han crecido vertiginosamente con las viviendas que han ido construyendo las familias que trabajan en el extranjero y que, con ello, muestran a sus conciudadanos cómo han logrado su éxito personal, cómo han prosperado hasta la posibilidad de poder construirse su propia casa en la que pasarán el resto de sus vidas cuando vuelvan.

 Repetía: quiero una casa grande, más grande que todas esas chabolas de la aldea, tan grande como mi corazón…

 Pero en el caso de esta novela, este hecho tan habitual, como digo, se convierte en el giro más extraño de “El retorno”. Cuando Mohamed llega a su aldea, que tanto echaba de menos, de pronto Ben Jelloun nos la muestra como un lugar fértil y verde. Y sin aparente razón, esta novela realista, casi un retrato documental de ese hombre, se transforma como por ensalmo en una novela entroncada directamente con el realismo mágico. Es aquí donde a mi entender la novela se rompe completamente y deja al lector en el aire. Pasa de un realismo amargo a la fantasía más absoluta, con la descripción de Mohamed sentado en ese sillón que instala a la puerta de su recién acabada casa, esperando inútilmente la llegada de sus hijos. Lo que podía haber sido un final emocionante, pasa a ser un extraño epílogo que nos deja absolutamente indiferentes. Si la novela es mágica, la magia se ha de intuir al menos desde las primeras páginas; si la novela es realista, amarga y descorazonadora, como lo es “El regreso”, las quince últimas páginas no pueden ser diferentes, a riesgo de cercenar el conjunto. Incluso el último párrafo es precipitado y en él se intuye la urgencia por acabar cuanto antes.

Pero le reconozco a Tahar Ben Jelloun, como siempre, la solidez de su escritura y su valentía al plantear ciertas cuestiones que afectan a la cultura marroquí y a la religión que, otros autores, ni se atreven a plantear.

 Sergio Barce, octubre 2011

 Los fragmentos que reproduzco de la novela, están tomados de la primera edición de “El retorno” publicada por Alianza Literaria, con traducción del francés de Malika Embarek López.

TAHAR BEN JELLOUN fue Premio Goncourt de Novela en 1987 por «La noche sagrada».

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Sobre la portada de mi novela UNA SIRENA SE AHOGÓ EN LARACHE

Carmen Mateo en la calle de mi portada

Tras la publicación de mi última novela, he recibido comentarios y mensajes alentadores que han hecho que me  sienta orgulloso de ella. Carmen Mateo, que se sumerge a menudo por las callejuelas de la Medina de Larache, me ha hecho uno de los mejores regalos: una fotografía justamente en la misma calle que sirve de portada al libro, esa imagen que había captado tan hermosamente Itziar Gorostiaga, y que Carmen ha hecho ahora como un pequeño tributo a la vieja ciudad y, sobre todo, como ella me dice, al niño protagonista de mi historia: Tami. Porque también Carmen ha conocido a su pequeño Tami.

 Me parece encantadora verla en medio de esa bajada con mi libro entre sus manos, en una yuxtaposición de imágenes curiosa y original.

Y, además, Carmen Mateo me envía dos fotografias del interior de la Biblioteca Municipal, y me dice que, al ver ese solitario vaso de plástico en la mesa de la modesta biblioteca, ha imaginado que era un vaso olvidado por Tami. No sé, pero es como si, gracias a su imaginación, mi personaje cobrara vida, que pasara de ser un fantasma entre palabras a un ser de carne y hueso que realmente poblara las calles de la Medina de Larache, como si eso supusiera que la fantasía, como en mi historia, suplantara la cruda realidad. Algo mágico, algo emocionante. Gracias, Carmen.

Sergio Barce, septiembre 2011

No me resisto a publicar lo que me han comentado algunos amigos y que parece bastante obvio. Acaba de publicarse la nueva novela de Tahar Ben Jelloun, al que admiro desde hace tiempo, pero en la edición de esta última novela suya «El retorno«, Alianza Editorial, que la ha publicado en España, utiliza una portada que, sin ninguna duda, parece calcada a la mía. No me refiero a la fotografía de la portada, pues hay miles de callejuelas en un sinfín de medinas de Marruecos muy similiares, no, no es sólo eso, es también la propia composición de la maquetación en sí: dónde se ubica el nombre del autor y del título, dónde el de la editora, cómo se une el fondo blanco superior con la imagen en un encuentro difunimado y progresivo… Poca imaginación le han puesto en Alianza, la verdad, y eso quiere decir que la maquetación que ha efectuado Luis Muñoz para mi novela a partir de la fotografía de Itziar es muy, muy buena; tan buena que ha alimentado el deseo de «fusilarla». A veces, una editorial menor parece ganar la batalla a una «major», aunque sólo sea en estos pequeños grandes detalles.

Cambiando de tema, yo también me montaba en los leones que flanqueaban la entrada al Jardín de las Hespérides, aquí tenéis la prueba: junto a Amado, yo soy el de la pajarita…

Sergio Barce y Amado sobre uno de los leones del Jardín de las Hespérides

  

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«ELOGIO DE LA AMISTAD» (Éloge de l´amitié) de TAHAR BEN JELLOUN

Elogio de la amistad” (Éloge de l´amitié: la soudure fraternelle, 1996) de Tahar Ben Jelloun es un pequeño libro lleno de contenido, muy sencillo de leer, en el que el gran escritor marroquí Tahar Ben Jelloun nos habla de su concepto de la amistad, y, para ello, lo hace recordando su relación con las personas con las que ha gozado y compartido especialmente de este privilegio.

La amistad es una religión sin Dios, sin juicio final y sin diablo. Una religión no ajena al amor, a un amor donde se proscriben la guerra y el odio, donde es posible el silencio. Podría ser el estado ideal de la existencia. Un estado apacible.”

Así comienza su libro. Luego, sus recuerdos comienzan a removerse, y Tahar Ben Jelloun revive su experiencia de niño, la escuela coránica, sus primeros amigos. Y entre estas primeras experiencias, en las que se va cimentando su concepción de lo que debe ser un verdadero amigo, y sus amistades de adulto, nos va hilvanando qué piensa de ellos, y cómo es cada uno de esos amigos que le han marcado.

El tiempo es el mejor constructor de la amistad.” Añade Ben Jelloun, antes de adentrarnos en su adolescencia y juventud, su paso por el ejército, sus primeros roces con los artistas, los profesores y los escritores, y también las primeras decepciones, que también las hay y él las rememora con cierta amargura, como en el caso de su amigo Abdel. Su vida en Tetuán…

Pero es cuando Tahar Ben Jelloun se sumerge en su relación con las mujeres cuando el libro comienza a levantar del suelo y muestra aspectos realmente conmovedores cuando habla de sus amigas Odette, Leila…

Quizá sea por reacción contra el medio marroquí –tradicional y pretendidamente moderno- por lo que me gusta tener relaciones de amistad con las mujeres. Para mí es un desafío fundamental. Respetar a una mujer, poder considerar el establecer una amistad con ella; lo que no excluye el juego de la seducción, ni incluso, en algunos casos, el deseo y el amor.”

Hay amigos que son reconocibles por todos, como Jean Genet, Juan Goytisolo, Edmond el Maleh.

Edmond el Maleh

Judío marroquí, Edmond fue uno de los miembros más importantes del partido comunista de Marruecos. (…) en 1965 decidió exiliarse a Francia…

(…) Edmond es un patriarca de la amistad. Le dedica un culto que no excluye ni la posesión ni la celebración. Sus amigos son su patrimonio.

(…) Es una amistad muy marroquí, es decir, glotona y posesiva.”

Tahar Ben Jelloun hace un itinerario por el tiempo y por los sentimientos, y es tan observador que a cada uno de sus amigos los describe profunda y sinceramente. De su experiencia, deduce que una de los factores más importantes que crean la discordia entre los amigos es la política y el poder. Y se queja de los cambios sufridos por algunos de sus amigos por esta causa.

Un  episodio muy interesante es su relación con su amigo Lotfi:

Lotfi, mi amigo de la adolescencia, seguirá un itinerario distinto del mío.

(…) Hombre íntegro, espera demostrar que en Marruecos se puede triunfar siendo serio y no corrupto.

Al hablar de él, digo, con satisfacción, que es mi amigo de la infancia. Es quizá una expresión acuñada, pero en nuestro caso tiene un sentido auténtico.

(…)  Lotfi se ha puesto a escribir. Sus crónicas sobre la sociedad marroquí son de una inteligencia y originalidad poco frecuentes. Además están llenas de un humor agudo e incisivo. Le animo a que persevere en esa vía, a que mantenga esa mirada crítica y despiadada hacia una sociedad en la que la desidia, el acomodo y la falta de rigor están a la orden del día.

(…) Hablamos mucho de mujeres. Nos interrogamos sobre nuestros comportamientos y debilidades; sobre nuestra desesperanza. En nuestras charlas, me surgió el deseo de escribir una novela que se titulase <El hombre que llora>. Una novela que contara nuestro amor por las mujeres, con nuestras carencias, dudas o torpezas en nuestras relaciones con ellas. Ese hombre lloraría porque sabe que nunca estará a la altura de la inteligencia, la malicia o la crueldad de las mujeres. En Marruecos, donde los hombres, en general, reflexionan poco sobre su manera de comportarse con las mujeres, esto adquiere un sentido mayor. Ellas escriben, participan en debates, se defienden, luchan. ¡Ellos las ven pasar, limitándose a comentar las formas de sus tetas o de sus culos!

Con Lotfi hablamos evidentemente del cuerpo de las mujeres, pero también de la calidad de la relación que nos gustaría establecer con ellas. Nos gusta bromear y contarnos, como unos adolescentes, nuestras fantasías sexuales”.

Y tras pasar por otros amigos, las experiencias vividas con ellos, las teorías de cada cuál sobre la amistad, Ben Jelloun describe a una serie de estereotipos de su manera de ver esta relación: el amigo intermitente, el amigo de paso, el amigo de las penas, el amigo desaparecido, el amigo reencontrado… Quién no piensa en alguien cuando va leyendo esta clasificación tan genuina…

Hablar de amistad, leer sobre ella, por el puro placer de hacerlo, es fácil en las páginas de este encantador libro de Tahar Ben Jelloun.

Estoy convencido de que sin amistad la vejez será difícil de llevar y horrible.”

Una frase lapidaria que suscribo completamente.

Sergio Barce, septiembre 2011

TAHAR BEN JELLOUN

Tahar Ben Jelloun nació en Fez en 1944. Quizá el escritor marroquí con vida más conocido. Toda su producción está publicada en Francia. Entre sus obras destacan “El niño de arena” (L´enfant de sable, 1987), “Día de silencio en Tánger” (Jour de silence à Tánger, 1990), “El ángel ciego” (L´ange aveugle, 1994),  “Sufrían por la luz” (Cette aveuglante absence de lumière, 2001), “Partir” (2005) o “La  noche sagrada” (La nuit sacrée, 1987) por la que obtuvo el Premio Gouncourt.

Los fragmentos están tomados de “Elogio de la amistad” publicada por Muchnik Editores, primera edición Octubre 2001, con traducción del francés de Malika Embarek López.

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