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“LARACHENSEMENTE. RECORDANDO” (2ª parte) por FRANCISCO JUAN CARRASCO

He recibido otra crónica relatada larachensemente por Francisco Juan Carrasco y me ha hecho reír la anécdota que cuenta. Me dice en su correo que todo esto sucedió del modo que refiere, y que la foto le trae muy buenos recuerdos. A la derecha, se ve parte del rostro de Galea, hacia la izquierda está Peral, le sigue Gambero, y el último es él. Fue tomada el 4 de Noviembre de 1956, día de San Carlos Borromeo, patrón de la Banca, celebrándolo en el Hotel España, en Larache.
También me cuenta en su correo que, cuando se tomó esa foto, hacía escasamente dos meses de su entrada en el Banco Central, en contra de su voluntad, tal y como ya narró en su anterior crónica larachense.

Espero que disfrutéis de esta segunda entrega.

Sergio Barce, abril 2015 

LARACHENSEMENTE, RECORDANDO

Al leer en tu blog el relato, que León Cohen hace de Larache, con alusión a los chatarreros Trojman y Belliti, me vino a la memoria el insólito hecho, que ocurrió allí, a la muerte del último, viniendo a ponerse de manifiesto la capacidad e ingenio, para la acertada administración, que siempre caracterizó al pueblo judío.
La versión que conocí fue la que sigue: En el negocio de la chatarra el Sr. Belliti era un experto, y había conseguido, con su esfuerzo, salir adelante, en un mundo como el de entonces. Se ocupaba de atender a su familia, pero su preocupación mayor eran los tres hijos, que Jehová le había concedido. Por eso estaban siempre presentes en sus oraciones.
Les transmitió todo su saber, y les pagó toda la formación, que creyó necesaria e indispensable para su futuro. Ninguno era torpe. La imagen de despierto y habilidoso caracterizaba a los tres. El negocio giraba a nombre del matrimonio, y el Sr. Belliti, como causahabiente previsor, redactó en tiempo y forma su testamento, dejando a su esposa -mientras viviese- como usufructuaria de la parte indivisa que correspondía a los tres hijos.

1956 Derecha, Carlos Galea; izquierda, Peral; y centro Emilio Gambero y Fco Juan Carrasco

1956 Derecha, Carlos Galea; izquierda, Peral; y centro Emilio Gambero y Fco Juan Carrasco

Para que quedase clara su voluntad, de que los derechos debían de ser iguales para cada hijo, como virtual prueba de semejante participación, estableció en dicho testamento que, para acceder a la herencia, era “conditio sine qua non” que, al tiempo de su enterramiento, cada hijo depositara sobre su féretro, en efectivo, la cantidad de 5.000 pesetas, en presencia del Rabino y de todos los asistentes al acto.
Realizadas todas las formalidades y protocolos, que correspondían, en todos los órdenes, al hecho real de su muerte, quedaba el último, material y doloroso, como era la sepultura. El Rabino tenía a la vista el texto, refrendado por la Notaría, de la voluntad del difunto, y pidió al hijo mayor, que depositara sobre el ataúd, sus “mil duros”, que ya tenía preparados. Abraham así lo hizo. Rogó al segundo hijo que hiciera otro tanto con su parte, y este depositó igualmente otros “mil duros”, esta vez se vio que eran billetes nuevos, extraídos por Mesod aquella misma mañana, de “su cuenta en Banesto”, entidad con la que regularmente operaba la familia.
Finalmente nombró y se dirigió al benjamín, José, para que hiciese lo mismo con su participación. El hombre diligente, resolutivo, dio un paso al frente, y depositó un cheque nominativo, emitido a favor de su padre, por 15.000 pesetas, y a continuación, retiró las “diez mil pesetas en efectivo”, que sobraban de tal pago.
Respecto de la legalidad de tal operación, se formó un revuelo entre los dos hijos que habían dejado el dinero, y el del cheque, dividiéndose también simultáneamente los asistentes, unos estaban a favor, y otros no lo aprobaban. La controversia debía resolverse cuanto antes, pues tenían que concluir la ceremonia. No hubo acuerdo, y ante tal problema, se optó, por la consulta al Gran Rabino, que residía en Barcelona. Tuvieron que llevar el muerto de nuevo a su casa, hasta tanto se conociera la resolución del Superior religioso.
Las llamadas telefónicas a Barcelona se sucedieron sin tardanza, así como las demoras de línea, a las que, por entonces, estábamos acostumbrados. Entretanto, José tenía en su poder las 10.000 pesetas, y el Rabino custodiaba el cheque de Banesto, nominativo, a favor del difunto, por las 15.000 pesetas.
No fue hasta dos días después que, por telegrama, adelantara el Gran Rabino su escrito, donde rubricaba el procedimiento a seguir: “Si los billetes y el cheque eran auténticos, quedaba bajo la conciencia del emisor del cheque, que siempre hubiera en el Banco fondos suficientes, para atender tal orden de pago, porque si esto no se cumpliera, estaban ya escritos, desde hacía miles de años, los castigos y maldiciones que le sobrevendrían”.
Se le dio respetuosa sepultura, junto con el cheque del Banco Español de Crédito. El hecho se publicó en medios de la época, con alabanzas a la sagacidad que había demostrado José, emulando las cualidades y virtudes de su antepasado, homónimo, en tierras faraónicas del mismo Continente.

Para Antonio Barce. De Francisco J. Carrasco Molina. 30/3/15

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“RECORDANDO LARACHENSEMENTE (PARA ANTONIO BARCE)” POR FRANCISCO J. CARRASCO MOLINA

A veces, lo más cálido se encuentra en lo más sencillo. Francisco J. Carrasco me pidió hace poco que le enviara dos ejemplares de mi libro Paseando por el Zoco Chico. Larachensemente y le respondí que se los podía mandar dedicados, si lo prefería así. Francisco me respondió que la idea era muy buena y que, en tal caso, uno de los libros era para regalar a su hermana, Maribel Carrasco, larachense como él. Y el otro ejemplar para Carmen Serna, viuda de su primo Manuel Cordero Carrasco, farmacéutico, que pasó de la “Martín Vegué” a la de “Albarracín”, y de allí a Benidorm, ahora “Farmacia Cordero”, que lleva su hija Ana Mari.

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Luego añadía que había sido compañero de banca de mi padre, que entró en el Hispano, y que él lo hizo en el Banco Central. Éramos unos chiquillos, terminaba diciendo en su correo.

Muchos recuerdos me llegaron al leerlo, entre ellos lo que mi padre me había contado y otros al recordar los nombres que mencionaba. De manera que le envié los dos libros. Y leyendo sus palabras me parece que, a veces, la belleza la encontramos en las pequeñas historias y en las anécdotas más simples. En breves líneas, apellidos, lugares y escenas nos vuelven a llevar a Larache. 

Francisco J. Carrasco me ha enviado con posterioridad otro escrito, dirigido o dedicado a mi padre, y lo ha titulado Recordando larachensemente. Al final, este “adverbio” que me inventé en un relato, está haciendo fortuna. Así que, recordemos larachensemente…

Sergio Barce, marzo 2015 

 RECORDANDO LARACHENSEMENTE

Se sabía que el Protectorado se iba a acabar. Si no había otras razones poderosas que justificaran quedarse, la lógica aconsejaba ir buscando otro lugar para continuar, y mi padre pensó, que una vía para ello, podía ser que entrara en un Banco, de lo que fuera, con lo que se podía tener un puesto de trabajo seguro, cuando los Bancos también tuvieran que marcharse.

Estaba bien relacionado y comenzó contactando con sus amistades de los Bancos, exponiendo su interés de que le avisaran cuando se convocaran exámenes restringidos, visto que las sucursales de Marruecos, oficialmente no iban a admitir más personal sabiendo que habían de cerrarlas.

Su gozo en un pozo, porque en el Bilbao le dijeron que había entrado López Gambero; en el Banesto lo habían hecho Juan Gómez y Antonio Peral; en el Hispano había entrado Antonio Barce; y en el Central se estaba tramitando con Madrid una, de Botones, donde además, las probabilidades eran menores, porque el apoyo lo tenía, por ser familiar, el sobrino del Interventor Claudio Ramírez.

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El Director, Pedro Mateo, cumplió su promesa, y cuando se convocó el examen, le avisó, advirtiéndole que la plaza estaba ya asignada, si el previsto para el puesto lo superaba. No obstante, fui al examen y lo aprobé pero, sin plaza. Estaba contento, porque yo, en plena tontería de los 16 años, no quería entrar de Botones, y había quedado estupendamente con todos, el primero con mi padre (años atrás él estuvo en Banesto), quien asumió bien el contratiempo con la idea de que, si me llamaban para el puesto en la Península, se esforzaría para que lo ocupase, proveyendo los fondos necesarios, para subsistir con el sueldo de Botones, porque allí no había 100%.

Aproximadamente al año de aquello, vino una Inspección al Central que, al arqueo de existencias de sellos de correo y timbres, que llevaba (no me acuerdo como se llamaba) el sobrino de Claudio, encontró una falta de 48 pesetas, que el chaval reconoció que se había quedado provisionalmente con ellas. Fue despedido, y como quiera que, para el cargo en cuestión, yo ya estaba aprobado, muy a pesar mío, tuve que entrar de Botones y con uniforme, que era lo que más me traumatizaba. Esto ocurrió en Agosto de 1956.

RECORDANDO MALAGUEÑAMENTE

Mis tíos, Manolo Cabello y Manuela Molina, con su hijo Manolo, vivieron un tiempo en la calle Altozano, y después se trasladaron al Camino de San Rafael, donde yo iba a verlos cuando me desplazaba, más asiduamente durante los años 1974 a 1978, en los que, por razones de trabajo, absorciones de la Caja Ibérica primero, y el Banco Ibérico después, estuve viviendo en Málaga. En ese intervalo me casé, y pasé de soltero en el Hostal Casalá, a un casado, en piso alquilado, en la calle Héroes de Sostoa (antigua carretera de Cádiz).

El encanto que tiene Málaga -donde suele ocurrir que todos los que “rajan” de ella, siempre vuelven, una y otra vez- y la natural velocidad de inteligencia, y de palabra, de sus gentes, sumadas a las bondades del clima y su comida, crean un sentimiento tan afectivo, que siempre permanecerá en el corazón de los que se identifiquen con éstos, y otros valores vivos, reales, que para ello, allí deben descubrirse. Para toda mi familia es de los recuerdos más gratos, y constituye un pasaje de nuestra vida, que siempre añoraremos.

Fue hablando de estas cosas con mi compañero de trabajo, Juan Aranda de Lara, Inspector del Hispano, cuando me apuntó que, para la consulta del apunte que queríamos comprobar, llamase yo a Torremolinos, y preguntara por mi paisano, Antonio Barce. Así lo hice. El apunte, de la Sucursal de Linares, quedó comprobado. En nuestra conversación convinimos que nos veríamos cuando volviera por Málaga. Dependíamos del Núcleo Territorial de Inspección de Sevilla, que siempre envió a otros, quizás por el ahorro de kilometraje y medias dietas. Nosotros no salimos de las provincias de Jaén o Granada, hasta 1999, que llegó el Santander, y me largaron, creo que, más que nada, por los trienios. Juan por razones de enfermedad se prejubiló antes.

Hasta la próxima, con un fuerte abrazo larachense y malagueño.

(Para Antonio Barce, de Francisco J. Carrasco Molina.  Primero de Marzo de 2.015.)

LARACHE - foto de Ange Ramírez

LARACHE – Iglesia del Pilar- foto de Ange Ramírez

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MI MADRE SE HA MARCHADO

María (Maru) Gallardo y Antonio Barce, en el Balcón del Atlántico

Maru Gallardo y Antonio Barce, en el Balcón del Atlántico

Mi madre se ha marchado de viaje hace apenas un rato.
Es un viaje sin retorno.
Desde hace catorce meses y medio ha luchado con fiereza, pero, al final, la enfermedad ha podido con ella tres días después de cumplir setenta y seis años. Injustamente, le ha impedido realizar ese sueño que tenía previsto para el pasado mes de julio: ir a Larache y a Alcazarquivir con sus nietos. No ha podido ser.

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Sin embargo, hoy, sorprendentemente, se ha levantado de la cama en la que ya llevaba postrada unas semanas, ha cogido sus dos maletas: la pequeña, donde lleva su ropa y los objetos de aseo, y la otra, más grande, con ropa de otras tallas, zapatos y juguetes para algunos amigos que lo necesitan. Siempre lo ha hecho así, y estoy seguro de que hoy no ha variado su rutina.
Como este tipo de viaje es más rápido que el habitual, intuyo que habrá llegado ya a Larache. No tengo ninguna duda de esto.
Su decisión ha sido fácil. Se ha ido a donde siempre le han dado cariño, afecto y calor, al pueblo donde siempre ha sido feliz: a Larache. Y como no sé por dónde anda en estos momentos, me la imaginaré en la azotea del edificio donde vivimos allí, mirando a su alrededor, con el Balcón del Atlántico a sus pies, aguardando a que, con el tiempo, mi padre vaya a reunirse con ella, y luego hagamos lo mismo todos nosotros. Es reconfortante saber dónde podrás encontrarlos en el futuro. Tampoco en esto albergo dudas.


MARU  EN LA AZOTEA

Ahora la escucho reírse con Mercedes y con Ange al entrar en el Bazar Yebari, y a El-Hachmi saludarla a voces desde el fondo del local: ¡Maru! ¡Bienvenida a tu casa, Maru! Y ella entrando, con su sonrisa dibujada por la alegría, para recibir otro abrazo más. Allí, en Larache. En su pequeño paraíso, donde siempre la encontraremos.

En Larache: Mercedes, Maru, Ange y Maribel

En Larache: Mercedes, Maru, Ange y Maribel

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LA VIDA ES AGRIDULCE

La vida es agridulce, está salpicada de risas y de lágrimas, y quizá lo que voy a contar lo ejemplifica de alguna manera, mejor que cualquier otra historia que pudiera inventarme. Son estas pequeñas anécdotas, que luego recordamos con una sonrisa, las que en definitiva endulzan  la cruda realidad.

Hace unos años, quizá unos diez años ya, recibí en mi despacho de Torremolinos una carta con matasellos de Málaga capital. No tenía remitente, pero mis datos aparecían tecleados con una máquina de escribir. Abrí la carta y me encontré un anónimo. Alguien había tenido la santa paciencia de recortar, de revistas y periódicos, varias letras para luego pegarlas en un folio en blanco, formando una frase enigmática y casi amenazadora: SÉ QUE ERES TÚ.

Debajo de esta frase, había igualmente pegado un reclamo que el autor del anónimo había recortado de los anuncios por palabras de  la sección de “Relax” del diario Sur de Málaga (este detalle lo sabría más tarde, claro). El anuncio decía:

<Sergio. Bombero. Apago tu fuego con mi manguera. Llámame. Teléfono: 111… > (En el original que me enviaban había un número de teléfono real que, por supuesto, y lo dejo ya bien claro, no era mío).

Inmediatamente pensé que era cosa de algún amigo, y llamé a los que creía capaces de gastarme una broma de este tipo. Pero ninguno de ellos, después de reírse un rato a mi costa, era el autor de tan chocante mensaje.

Pasaron los días. Casi había olvidado el incidente cuando, semanas después, recibí una segunda carta: matasellos de Málaga capital, destinatario –yo- escrito a máquina, sin remitente. Y, de nuevo, su autor le había dedicaba bastante tiempo a recortar palabras de revistas y periódicos para escribirme en esta ocasión otro mensaje lapidario: Y SÉ DÓNDE VIVES.

Caí entonces en la cuenta de que podía ser otro de mis amigos. Sí, esta vez iba a acertar. Pero, una vez más, erré. Fuera quien fuese, sin duda se trataba o bien de un cachondo mental que me llamaría en un par de días para descubrirse o bien se trataba de alguien que me confundía con ese bombero capaz de apagar cualquier tipo de fuego pasional. Pese a mis presunciones, los días pasaron sin noticias de ningún tipo.

Dicen que a la tercera va la vencida y, sí, llegó la tercera carta. Habían vuelto a pegar en la nueva hoja anónima el anuncio de contacto:  <Sergio. Bombero. Apago tu fuego con mi manguera. Llámame. Teléfono: 111… >. Pero su amenaza, en esta ocasión, en caracteres más grandes, recortada cada letra de los anuncios de cabecera de los periódicos, ya no podía ser más elocuente e inquietante: PRONTO TODOS SABRÁN QUE ERES TÚ.

Ya no me hizo tanta gracia la broma, y comenzaba incluso a molestarme… Miré entonces el sobre, que repetía las mismas pautas anteriores: los caracteres taquigrafiados, el matasellos… y, de pronto, me di cuenta de que, en esta ocasión, el remitente fantasma había cometido un pequeño pero trascendental error: al escribir a máquina mi nombre y la dirección de mi despacho, se había equivocado al teclear el código postal, y aunque se había percatado de ello, quizá sin darle más importancia, con un bolígrafo azul, había tachado el número incorrecto para escribir al lado el código postal de mi dirección de Torremolinos: 29620.

Me quedé unos segundos mirando esos números, inclinados levemente a la derecha, como si fuesen árboles mecidos por el viento. El  nueve era peculiar, y el dos también. Me resultaban números de alguna manera conocidos, como si ya los hubiese visto antes. A medida que los estudiaba, más convencido estaba de que conocía a la persona que los había escrito… Los miré durante mucho tiempo, casi extasiado, buscando en mi memoria dónde guardaba la copia de esos números. Y, al fin, el fogonazo, como cuando uno lleva un buen rato tratando de recordar el nombre de alguien que acabamos de ver y no nos acordamos de cómo se llama: ahí estaba. Por fin sabía de quién era esa manera de escribir inclinando los números a la derecha…

Pero no podía creerlo, era imposible. Sin embargo, cuanto más lo analizaba, más convencido estaba de que acababa de desenmascarar al autor de las cartas, de que no me equivocaba de su identidad por muy descabellado que me pareciera… De manera que, decidido a terminar con esta historia, descolgué el teléfono y marqué un número. Cuando escuché la voz que contestaba a mi llamada, disparé a bocajarro:

-Sólo os llamo para que me digáis si sabéis algo de esto… ¿Me habéis estado enviando unos anónimos?

Mi madre rompió a reír a carcajadas. Y yo, lacónico, aún sorprendido, pero ya medio riéndome, añadí:

-¿Papá me ha escrito estas cartas?

Las mentes más retorcidas que se habían dedicado a construir con paciencia unos anónimos aparentemente tan enigmáticos (y tan cinematográficos), eran ni más ni menos que mis padres.

Cuando les expliqué cómo los había descubierto, mi madre, entre risas, le reprochó a mi padre que hubiera cometido tamaño fallo de principiante… ¡De principiante! Y noté que se sentían frustrados porque, para mi sorpresa, ya tenían preparado el cuarto anónimo dirigido a mi despacho…

Así son mis padres, aparentemente personas serias y prudentes, pero en la intimidad se muestran tal y como son, sorprendentes y divertidos.

Ayer lunes, mi madre se sometió a otra nueva sesión de quimioterapia, y lo pasó realmente mal. Lleva días pasándolo muy mal. El pasado domingo celebramos su 75 cumpleaños, y nos hemos conjurado para que siga adelante y venza a este enemigo silencioso e invisible. La noto cansada, pero es el calor que nos tiene a todos abotargados, que se une a esas sesiones maratonianas de cada lunes que la dejan extenuada. En cuanto pase este mes de agosto, remontará vuelo…

Mercedes, mi madre, Ange y Maribel

En Larache, de izquierda a derecha: Mercedes, mi madre, Ange y Maribel

El domingo se emocionó mucho con varias llamadas, pero especialmente con la de Ange y sus nietos, que le cantaron el feliz cumpleaños por teléfono, y con la de Mercedes, que, desde Canarias, le dijo que no volvería a Larache hasta que ella pueda viajar, porque sólo volverá si van juntas… Luego mi madre nos dijo que es verdad, que se muere de ganas de regresar con sus amigas a su pueblo. Larache le da la vida. Y tiene la maleta preparada desde hace varias semanas.

Sergio Barce, agosto 2013

JARDINES DEL BALCON

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LA CALLE QUE SE LLAMÓ PRIMERO CARRETERA DE NADOR, un relato de MARUJA BURGOS AYALA

Se ha producido un curioso efecto llamada, y sigo recibiendo escritos y relatos que narran la visión particular y personal de muchos larachenses sobre lugares concretos de nuestra ciudad… El que más me ha sorprendido hasta ahora es éste que ahora presento, pues está escrito por una maravillosa mujer: mi tía Maruja. Aunque la edad le dificulta el escribir, con mucha paciencia ha logrado enviarme cuatro páginas escritas a mano por ambas caras, aún conserva una bonita letra. Y de nuevo la sorpresa ante la capacidad que algunos me demostráis para recordar los nombres, las ubicaciones y  los detalles de sucesos que acaecieron hace tantos años. Mi tía imagino que me está narrando lo vivido en los años cuarenta y cincuenta, en ese espacio singular y especial para ella que era la calle que se llamó primero Carretera de Nador, la que lleva al faro, y al Grupo Escolar, y al barrio de Las Navas…. Me enorgullece este escrito tan sencillo pero tan meticuloso, por ser de ella.

Maruja Burgos Ayala se casó, como ella cuenta, en 1957 con mi tío Pepe. ¡Menuda pareja hacían! ¡De cine! Creo que se enamoraron mientras trabajaban en La Bandera Española, eso creo. Mi padre no deja de acordarse de su  hermano, que falleció no hace mucho, y ahí andan viéndose mis padres y ella rememorando los años de Las Navas. Pese a que a mi tía le cuesta hacer ciertas labores físicas, sin embargo no sé de dónde saca la entereza para meterse en la cocina y hacer esa manteca colorada con lomo, esos rosquitos, y últimamente una crema para untar el pan que está para relamerse. Me manda todo esto para que yo lo disfrute, me tiene mucho cariño, eso es cierto, como yo a ella. Hoy llevo puesto un chaleco que me confeccionó hace, no sé, quince años, pero tiene tan buena mano para la costura y el corte que los hace a conciencia y te duran toda la vida. Así que tengo muchas cosas para acordarme de ella, aunque no la llame tanto como debiera. Ahora me envía este escrito, como si hubiera descubierto otro pasatiempo; tengo que ir a verla próximamente  porque me ha de dar datos para una historia que tengo en la cabeza. Ando últimamente rodeado de fuentes de información privilegiada, como mi tía Maruja Burgos Ayala, la mujer con la sonrisa más bonita de la antigua Carretera de Nador.

Sergio Barce, noviembre 2012

Mi tía Maruja Burgos Ayala en La Hípica de Larache

LA CALLE QUE SE LLAMÓ PRMERO CARRETERA DE NADOR

Esta calle de Larache se llamó primero Carretera de Nador, luego Calle Villasinda, después Primo de Rivera y por último Mohamed Zerktuni.

En la esquina, tirando para el baluarte, vivía Juanita y Pepe Cabrera, que poseía un obrador. No tenían hijos, pero una sobrina huérfana vivía con ellos. Tenía tres hermanos, uno era Manuel, padre de Nini, que trabajaba de chofer para Gomendio, otra lo hacía en La Valenciana y el tercero para la Duquesa de Guisa.

Junto al obrador de Cabrera, había un chalet de un matrimonio de apellido Loritis, y, a la vuelta, estaba el Cuartel, si no me equivoco, de Regulares.

Grupo escolar España y las casas de enfrente -foto tomada del blog de Houssam Kelai-

Frente al Grupo Escolar, vivía Baldomera con su hijo. Era la dueña de esta casa, y tenía bastante mal genio por cierto. Pasado un tiempo, esa mujer se marchó, y la familia Fuentes adquirió la vivienda. Él era practicante y me parece, aunque esto no lo recuerdo bien, que militar. Tenían cinco hijos: Pepita, Luis, Neptalí, Alberto y del quinto no me acuerdo cómo se llamaba. La familia Cazorla vivía justo frente a ellos.

Cuando los Fuentes se mudaron, uno de sus hijos murió en extrañas circunstancias, muerte de la que se habló mucho en Larache.

Los siguientes que ocuparon esta casa fueron un matrimonio sin hijos, ella se llamaba Ernestina y él, de apellido, Berenguer, hermano de Vicente Berenguer, contable de La Bandera Española. Esta familia no vivió mucho tiempo en la casa, pues se marcharon a Argentina, pues creo que ella era originaria de allí.

Nuevamente fue ocupada por el Comandante Gallego, viudo y con dos hijos, un niño y una  niña, llamada Matilde.

Junto a esta casa había un gran almacén de verduras, y al lado estaban las cinco casas propiedad de mis abuelos, y de las que voy a hablar ahora:

1ª Casa:  Mis abuelos siempre vivieron allí con sus dos hijos, Joaquín y Mercedes.

Pepe Barce y Maruja Burgos

2ª Casa:  En ésta, vivía un matrimonio sin hijos. Él se llamaba Guillermo, de origen inglés, y ella Isabel Pajares, hermana de Aurelio Pajares, muy conocido en Larache pues era el dueño de una imprenta y de la Papelería La Ibérica. Crió a una sobrina que, ya de mayor, se hizo monja del Opus Dei. Guillermo trabajaba en la venta de billetes de la agencia de viajes de Antonio Escañuela, situada debajo de los arcos.

3ª Casa:  En la tercera casa propiedad de mis abuelos, vivió un matrimonio de origen checo. Ella se llamaba Leopolda pero del nombre del marido no me acuerdo. Tenían una hija llamada Viera, y luego nació en la casa un niño varón. Él era gerente de Casa Bata, que estaba también bajo los arcos. Pero esta familia vivió poco tiempo allí. Luego se alquiló a Alfonso y Carmen, que tuvieron tres hijos. Él era militar, y residieron en esta casa mucho tiempo. Finalmente pasaron a ser parte de mi familia pues mi prima se casó con el hermano de Alfonso.

4ª Casa:  Aquí vivió Ricardo de la Chica, su mujer, y sus dos hijas: Margarita y Angelines. Ricardo, que fue miembro de la Rondalla que dirigía el maestro Aller, trabajó como chofer de Intervenciones. Estuvieron en esta casa bastante tiempo, hasta que finalmente se trasladaron a Madrid. Años después tuvimos noticias de que Margarita se había hecho médico y trabajaba en la Clínica del Dr. Jiménez Díaz. Fue lo último que supe de esta familia.

5ª Casa:  En 1928, mis padres se casaron y se fueron a vivir a esta casa y allí nacimos los tres: Trini, Antonio y yo. En ella estuvimos catorce años, y mi abuelo, por falta de medios económicos, se vio obligado a venderla junto a la otra casa de al lado. Como mi padre era contable de la agencia de viajes de Antonio Escañuela, nos fuimos a vivir entonces a ese edificio en el último piso, en dos viviendas, una para nosotros y la otra para Agustín Barrajón, que era mecánico de Escañuela, y su mujer.

En la oficina, mi padre tenía un ayudante muy joven, Luis, que luego se casaría con mi cuñada Cuqui Barce.

Todas estas personas fueron las que vivieron en las casas de mis abuelos. Pero voy a seguir hablando de quienes vivían en las otras casas…

1ª Casa:  Juan Alex Forte, vivía a nuestro lado y era el dueño de las tres viviendas que había junto a las nuestras. Él ocupaba la primera, que era bastante grande. Juan tenía seis hijos: Carmen, Anita, Paquita, Mercedes, Pepita y Juan. Todos vivían juntos, alguno de los hijos incluso casados y con niños, excepto Mercedes que murió de tuberculosis. Allí estuvieron muchos años. Cerca, vivieron Luis Cambril y su mujer Maruja.

2ª Casa:  En ésta, residió un militar llamado Antonio Montiaguado, y su mujer Angelita. Recuerdo que era muy guapa. Tenían dos hijos: Antonio y Agustín. Al igual que los Forte en la primera casa, esta familia vivió aquí muchos años.

3ª Casa:  En esta última casa propiedad de Juan Alex Forte, vivió una señora llamada María junto a un hombre y las tres hijas de éste: Antonia, Conchita y Bienvenida. María era la tía de ellas, y mi madre conoció a las tres niñas. La mayor de ellas, Antonia, tenía entonces doce años. Años después, Antonia se casó, y Bienvenida, de unas relaciones, tuvo un niño.

Mi tío Pepe Barce, al qque todos lamaban Pepete

La casa se quedó vacía, hasta que llegó un matrimonio, Paco y Paca. Él era cocinero del Cuartel de Nador. No tenían hijos, y un hermano soltero de Paca, Manolo Barón, se fue a vivir con ellos. Manolo Barón fue operador del Cine Teatro España, era muy conocido en Larache pues vivía de noche y dormía de día. Paca tenía una hermana llamada Luisa, casada y con tres hijos. Pero durante la guerra civil, su marido fue encarcelado y Paca tuvo que acogerla en su casa durante muchos años, hasta que por fin su marido salió libre. Todos esos hombres que estuvieron encerrados, regresaron muy mal. Con su vuelta, comenzó otra guerra: la familiar. Paca, por consejo de mi madre, pues eran muy amigas, se vino a vivir a la casa posterior de Antonio Escañuela, aunque no lo hizo muy contenta porque era una mujer algo presumida y orgullosa, sin embargo no tuvo más remedio que hacerlo. Por entonces, su marido trabajaba de cocinero para el Hospital Civil.

Luego, Luisa y Manuel Núñez vivirían muchos años en esta tercera casa.

Así que todas estas son las personas que yo recuerdo que residieron en esta calle…

Pasaron catorce años, y nosotros seguíamos yendo a aquella calle, pues íbamos a visitar a mis abuelos y a una prima que vivía con ellos, que ya eran muy mayores. Mi abuelo enfermó, y murió el 19 de diciembre de 1956. Entonces arreglamos la casa, y seis meses después, el 6 de Junio de 1957, me casé con José Barce (al que todos llamaban “Pepete”). Allí vivimos dos años y medio, y allí nació mi primer hijo, Joaquín. A últimos de 1959, mi padre fue trasladado a Ceuta y nosotros volvimos a ocupar la casa de mis padres, pero ahora junto a mi hermano, que se había quedado solo.

Algunos vecinos ya no eran los mismos. En la vivienda, junto al almacén, vivía ahora Fernando Delgado, su mujer, Carmen, y sus dos hijos. El almacén de verduras se había transformado en un taller de carpintería, de los hermanos Llinares. Junto a mi casa, vivía Antonio Romero con su mujer, a quien llamaban la Romera, y con sus hijos. Eran muy conocidos en el Barrio de Las Navas. Él era panadero. En la siguiente vivienda, seguían Alfonso y Carmen, familia de mi prima. Los Forte continuaban en la misma casa, y ya no recuerdo a los demás nuevos vecinos.

Con el tiempo, dejé de pasar por esa calle.

Dejamos Larache en 1963, y aquí estamos en Málaga, desde hace 50 años.

Maruja Burgos Ayala

Pepete y Maruja

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