EL MILLÓN DE LARACHE

Tengo en mi mesa, junto a otros libros, dos de los títulos pendientes de leer en los próximos días. Se tratan de la edición de 1922 de El escándalo del millón de Larache, escrito por Rafael López Rienda, publicada por la Imprenta Artística Sáez Hermanos, de Madrid, y la reciente obra del historiador Carlos Sánchez Tárrago, titulado El millón de Larache: Cien años después (1923-2023), que ha editado Sial/Casa de África. El primero de los títulos lo leí hace años, así que se hace necesaria una relectura antes de hincarle el diente al libro de Carlos. Sin duda, será muy interesante analizar los dos puntos de vista y la información complementaria que Carlos Sánchez Tárrago aporta tras la investigación que ha efectuado sobre unos de los mayores escándalos acaecidos dentro del estamento militar africanista español.

 

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«MARRUECOS», UNA NOVELA DE AGUSTÍN GÓMEZ-ARCOS

 

 

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“Las pertenencias de Marruecos cabían en un cesto de esparto, áspero como un chumbo y raído como su chilaba dominguera. Su fuerza de cinco años bastaba para transportar la exigua herencia, que se limitaba a tres o cuatro prendas que otros habían usado antes que él. Camiseta, babuchas, gorro, pantalón y playeras provenían de la caridad de los que habían crecido más deprisa. O de los trueques de su madre, cuya labor consistía en ganarse la vida como fuese, revendiendo o cambiando todo lo que encontraba…”

El poeta Salvador López Becerra me regaló hace unas semanas un ejemplar que guardaba de la novela Marruecos, de Agustín Gómez-Arcos. Hablando de ese libro, me reprochó no haberlo leído. Pocos días después, me envió el ejemplar por correo postal, como si le urgiera que yo lo leyese cuanto antes, como si hubiera cometido una grave falta que había de reparar. En el interior del volumen, Salvador me ha escrito lo siguiente: “Para Sergio, para que nunca olvide que fui yo quien le recomendó leer a este autor y a este libro en particular”, y lo firma en mayo de 2023. Tengo que decir que el libro no sólo me ha gustado y me ha descubierto a un escritor fascinante, sino que me ha entusiasmado, divertido, perturbado de alguna manera y emocionado sin duda. Una novela excepcional, es cierto. Y he de dar las gracias a Salvador por querer enmendarme la plana.

Marruecos cuenta la historia de Jalil, un niño de cinco años, al que todos llaman Marruecos, que, además de padecer unas cataratas que lo convierten en casi ciego del todo, es pobre como las ratas, y, para sobrevivir, ha de embarcarse en oficios llenos de penuria: basurero que recoge boñigas, lazarillo cegato de un viejo ciego, mendigo…

“…Prevenido por este último, que, no sin reticencias, se había lavado el morro para la visita y pintado un incipiente bigote de caíd, el señor Magdul interrumpió el martilleo zapateril e hizo sus abluciones- <Un poco demasiado rápido>, gruñó Fátima. Se mostraba la mar de exigente cuando se trataba de la higiene ajena. El tío-abuelo le ordenó, <fémina del diablo>, sacar mantel bordado, vasos de colorinches con arcos y minaretes dorados y tetera de fiesta. Luego la envió a comprar medio kilo de dulces a una pastelería del centro- <¡De reputación mundial!>, recalcó, viendo que la criada le salía respondona.

-¡Como si los de la medina no pudieran comerse! -protestó Fátima-. ¡Ese capricho de pudiente nos va a costar cincuenta dirhams!

-El dinero gastado en agasajar a los huéspedes nos lo devuelve Alá con creces, mujer descreída.

-¿Y de dónde saco yo cincuenta dirhams?

-Acércate a cobrarle la deuda al italiano de la trattoria. Hace más de un año que me debe el arreglo de tres pares de zapatos. Esos macarronis son más golfos que los tunecinos. Si se te pone chulo le dices que iré a denunciarle a la policía… O no, no a la policía: los truhanes se entienden entre sí. Dile que le encargaré al morabito echarle uno de esos mal de ojo de los que nadie se recupera nunca. ¡Adorna la cosa como quieras, pero cobra la deuda! Ya sólo de mirarte le das miedo; si encima le amenazas con amarrarle un brujo a las pelotas el tío acabará por arañarse el bolsillo. No quiero verte regresar a la casa sin los pasteles. ¿Pretendes, acaso, que le hagamos un feo a mi nuevo socio?

Fátima salió dando un portazo y se alejó renegando por la callejuela. Como de costumbre. La condenada mujer renegaba más que un grifo que gotea. Estuvo de vuelta en menos de una hora. Con los pastelillos. No medio kilo sino tres cuartos. Venía más contenta que unas pascuas.

-¡Al italiano se los he puesto como dos putos garbanzos en remojo! -anunció encantada, riendo como en sus mejores tiempos, <cuando aún le daba gusto la cosa>, aclaró el tío-abuelo. Al parecer, bastaba con que riese para que Fátima volviera a ser tan guapa como en los viejos tiempos. Andaba de negociante de sexo por el puerto de Tánger cuando el señor Magdul la conoció…”

Los personajes se hacen inolvidables: Lola, Fátima, el hombre de negocios Mehdi Tahib, la Señora, el señor Magdul, el señor Asur, Mademoiselle Sabine, Munia la tronchada y Marruecos, ese niño que va descubriendo su entorno miserable pero que sueña con poder ver alguna vez y encontrar otro mundo distinto. Tanto Lola como Fátima nos regalan los instantes más hilarantes de esta triste pero hermosa historia.

«Sucedió al atardecer, cuando se aplacan todos los quejidos. El ruido de la circulación se borraba a lo lejos, como un eco hundiéndose en las dunas. La última llamada del almuecín parecía enredada todavía en las palmeras. La sala estaba a punto de dormirse. Les habían dado la sopa y la pastilla, tomado la temperatura. Los calmantes iniciaban ya su efecto: ronquidos prolongados, respiraciones asmáticas o entrecortadas… De pronto, Marruecos oyó un revuelo de faldas femeninas y un murmullo de conversación. La enfermera dijo a medida voz:

-Puede sentarse aquí, Señora. A pesar de que es tarde, sigue despierto. ¿No le ve sonreír?

La Señora respondió:

-Sí, siempre sonríe así. Tiene la suerte de no haber visto aún ninguna de las cosas que borran la sonrisa. Gracias, señorita. Sólo estaré con él unos momentos.

La sonrisa de Marruecos se tornó más amplia. Pero no dijo nada. Correspondía hablar a la Señora. Hablar o callarse, como ella prefiriera. La dama le tomó una mano entre las suyas. La acarició. Sus manos no mostraban la nerviosa dureza de las manos de Fátima. Ni el amor tembloroso que parecía sollozar en las de su madre. Manos tranquilas, aunque desencantadas. Como si hubiesen pasado la vida entera cerrando puertas, en lugar de abrirlas.

-Marruecos, cuando veas por fin, no sé lo que verás de mí, ni de los otros, ni del mundo. Tampoco sé lo que verás de la existencia y ni siquiera si lo comprenderás. De todas las herencias de la vida, sólo se guarda la angustia. Para siempre. La angustia es lo único que nos pertenece, lo único que importa. Lo esencial…

(…) Mi deseo es que vivas en un mundo en el que el derecho a hablar de algunos no implique el silencio de todos los demás. Un mundo en el que cada palabra y cada silencio, cada vida y cada muerte tengan el mismo peso…”

Cada página nos conduce a los más profundo del país, a los barrios más humildes, a las vidas más desamparadas y olvidadas. Recorremos con el personaje de Marruecos un itinerario que bebe de distintas fuentes, desde el Lazarillo de Tormes a las obras de Chukri; un camino salpicado de incidentes que están llenos de humanidad. Y al final del libro, lo que descubrimos con gran emoción, cerrando Gómez-Arcos este viaje vital de una manera magistral, es que el libro es un homenaje a Marruecos como país, a su gente más sencilla, a la gente que lo convierte en el país que amamos. Una novela dura, explícita, conmovedora, una verdadera joya.

El ejemplar que me ha regalado Salvador López Becerra es la edición de 1991 publicada por Narrativa Mondadori.

Sergio Barce, 17 de junio de 2023

 

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DE TÁNGER A MADRID, PASANDO POR RABAT (2ª PARTE)

El pasado viernes, 9 de junio (parece que ya han transcurrido semanas), aterricé a las 12.55 en el aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas. Bajé en la Terminal 4, que es como una ciudad paralela, una ciudad futurista y alienante. Un aeropuerto cada vez más mastodóntico, más frío e inhumano. Cuando salí a la superficie, porque esa fue la sensación, me esperaba mi hijo Pablo. Nos fuimos a comer y, como siempre, reímos y soñamos juntos. Andamos ilusionados con el rodaje de su nuevo cortometraje que arrancará en Larache el día 24 de julio, incha alláh. Se basa en otro de mis relatos, como el anterior de El nadador. Veo a Pablo con muchas ganas de hacer algo especial, porque la  historia de esta nueva película es especial. Luego me marché a la Feria del Libro, donde iba a firmar en la caseta 29 de la Librería Balqís. Lo hice con tiempo por dos razones: primero, porque allí estaba, una vez más, mi querida Beatriz Ballesteros, defendiendo el castillo, contando siempre conmigo y para regalarme su generosidad impagable; y segundo, porque en la misma caseta también firmaba, dos horas antes que yo, el poeta Isaak Begoña, con quien me había confabulado para coincidir el mismo día y para conocernos en persona. Él, que había sido tan generoso de cederme uno de sus mejores poemas de su libro Los perros de Tánger para abrir mi libro El mirador de los perezosos. Una gozada estar ese poco tiempo juntos en la feria. Luego, llegó Karima Ziali, que iba a firmar conmigo a partir de las 19.00 horas. Había aterrizado en un vuelo posterior al mío desde Rabat. Volvíamos a coincidir veinticuatro horas después de la inmejorable presentación que Karima hizo de mi libro en el SIEL de Rabat. En cuanto nos pusimos a la tarea, no paramos de firmar ejemplares. También estuvo Gonzalo Fernández Parrilla y su hermano, que hizo fotos malabáricas. Hubo instantes en el que Beatriz no daba abasto para cobrar e introducir los libros en las bolsas mientras Karima y yo firmábamos. Fue divertido y muy emocionante atender a nuestros lectores. No hay nada que satisfaga más que estos instantes. Me dijo Bea que, por la mañana, ya había acudido la primera lectora a comprar mi libro, aunque se llevó también un ejemplar de Una puerta pintada de azul. Le había hecho una foto. La reconocí. Era Ana Laura Rocha. Por sus problemas de movilidad no podía acudir por la tarde, de ahí que fuese por la mañana. Lástima que no pudiera firmarle esos dos ejemplares. Pero me tocó el corazón que hubiese hecho ese esfuerzo por tener mis libros.

Es imposible que me acuerde de todos los que tuvieron la deferencia de pasar por la caseta y comprar mi libro o que ya lo trajesen, porque ya lo habían adquirido con anterioridad, para dedicárselos. Pero, con el temor de que olvide nombrar a alguien, tuve la fortuna de ver a buenos y queridos amigos y lectores: desde Alberto Gómez Font, que como ya conté en un post anterior, se acercó para que le firmara el ejemplar que olvidé dedicarle en Tánger y para regalarme una postal antigua de Larache que había adquirido en el Rastro, un gesto que sólo hacen los amigos; hasta Pablo Marín Carbajal y Luis Salvago, dos de mis escritores favoritos, que también estaban en la feria firmando ejemplares de sus novelas y con los que luego compartí buenos ratos. Y Oscar López, Armand Escandel, Luisa Mora (esa sonrisa perenne), Hilario de la Mata, María José, Rosa; mis paisanos larachenses y tanyauis Paqui Contreras, Lola Martínez, Elisa Mancebo, José Vargas, Maribel Guisado y María Poveda, que me trajo el libro que se ha publicado sobre su abuelo. Y el poeta Trino Cruz igualmente firmando su libro.

También acudió a la cita Consuelo Hernández, para disfrutar de volver a vernos y charlar de nuevo del éxito del libro que cuenta con uno de sus cuadros como cubierta. Celebramos el premio de la Crítica a El mirador de los perezosos, y el nuevo galardón que le han concedido a Consuelo en Italia.

Y además de esos lectores que uno conoce fugazmente al firmar el ejemplar correspondiente. A todos, gracias.

NB: tras las firmas, cuando se cerraron las casetas, nos montamos un divertido botellón tras la de la Librería Balqís, con cervezas heladas. Nos supieron a gloria. 

 

Ana Laura

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Con Karima Ziali y Alberto Gómez Font
Con Trino Cruz y Karima
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Con Isaak Begoña
Con Elisa Mancebo
Con Luisa Mora
Con Consuelo Hernández
Con Hilario de la Mata
Con Lola Martínez
Con María Poveda
Con Rosa
Con Maribel Guisado
Con Bea, Luisa, Karima y Armand Escandel
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Con mi hijo Pablo y con Pablo Martín Carbajal
Con Luis Salvago, Farid Otham y Pablo Barce

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CORMAC McCARTHY

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Llega la noticia del fallecimiento del maestro Cormac McCarthy, uno de mis autores de referencia. Como despedida, me permito reproducir un fragmento de la novela que más me ha impactado de este autor: Meridiano de sangre (Blood meridian):

«…La columna se había detenido y los primeros disparos empezaron a sonar. El humo gris de los rifles se confundía con el polvo que levantaban los lanceros al hacer brecha en sus filas. El chaval notó que su caballo se desinflaba bajo sus piernas con un suspiro neumático. Había disparado ya su rifle y estaba sentado en el suelo trajinando con la cartuchera. Cerca de él un hombre tenía una flecha clavada en el cuello y estaba ligeramente encorvado como si rezara. El chaval habría tratado de estirar la punta de hierro ensangrentada pero vio entonces que el hombre tenía otra flecha clavada hasta las plumas en el pecho y estaba muerto. Por todas partes había caballos caídos y hombres gateando y vio a uno que estaba sentado cargando su rifle mientras la sangre le chorreaba de las orejas y vio hombres con sus revólveres desensamblados tratando de encajar los barriletes cargados que llevaban de repuesto y vio hombres de rodillas bascular hacia el suelo para trabarse con su propia sombra y vio cómo a algunos los alanceaban y los agarraban del pelo y les cortaban la cabellera allí mismo y vio caballos de guerra pisoteando a los caídos y un pequeño poni cariblanco con un ojo empañado surgió de las tinieblas y le mordió como un perro y desapareció. De los heridos los había que parecían privados de entendimiento y los había que estaban pálidos bajo la máscara de polvo y otros se habían ensuciado encima o se habían desplomado sobre las lanzas de los salvajes, que ahora atacaban con un frenético friso de caballos con sus ojos estrábicos y sus dientes limados y jinetes desnudos con manojos de flechas apretados entre las mandíbulas y escudos que destellaban en el polvo y volviendo por el flanco contrario de la maltratada tropa en medio de un concierto de quenas y deslizándose lateralmente de sus monturas con un talón colgado del sobrecuello y sus arcos cortos tensados bajo el pescuezo tenso de los ponis hasta haber rodeado a la compañía y dividido en dos sus filas e incorporándose de nuevo como figuras en un cuarto de los espejos, unos con rostros de pesadilla pintados en sus pechos, abatiéndose sobre los desmontados sajones y alanceándolos y aporreándolos y saltando de sus ponis cuchillo en mano y corriendo de un lado a otro con su peculiar trote estevado como criaturas impulsadas a adoptar formas impropias de locomoción y despojando a los muertos de su ropa y agarrándolos del pelo y pasando sus cuchillos por el cuero cabelludo de vivos y muertos por igual y enarbolando la pelambre sanguinolenta y dando tajos y más tajos a los cuerpos desnudos, arrancando extremidades, cabezas, destripando aquellos raros cuerpos blancos y sosteniendo en alto grandes puñados de vísceras, genitales, algunos de los salvajes tan absolutamente cubiertos de cuajarones que parecían haberse revolcado como perros y algunos que hacían presa de los moribundos y los sodomizaban entre  gritos a sus compañeros. Y ahora los caballos de los muertos venían trotando de entre el humo y el polvo y empezaban a girar en círculo con estribos sueltos y crines al aire y ojos ensortijados por el miedo como los ojos de los ciegos y unos venían erizados de flechas y otros traspasados por una lanza y se tropezaban y vomitaban sangre mientras cruzaban el escenario de la matanza y se perdían otra vez de vista. El polvo restañaba los pelados cráneos húmedos de los escalpados, quienes con el reborde de pelo por debajo de la herida y tonsurados hasta el hueso yacían como monjes desnudos y mutilados sobre el polvo ahogado en sangre y por todas partes gemían y farfullaban los moribundos y gritaban los caballos heridos en tierra…»

«Meridiano de sangre», de la edición de Literatura Mondadori, con traducción de Luis Murillo Fort.  

 

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DE TÁNGER A MADRID, PASANDO POR RABAT (1ª parte)

He pasado tres días de una intensidad literaria apasionante. Invitado por la Fundación Tres Culturas, el miércoles 7 de junio, llegaba al aeropuerto de Tánger y de allí al Hotel Minzah. Era un día muy tanyaui, en el que se mezclaba ese azul luminoso que tanto embelesa con ciertas nubes impertinentes y algún que otro tono gris empañando las calles. El calor era casi tropical. Dejé el equipaje, y di un largo paseo haciendo tiempo antes de encontrarme con mis anfitriones y con mi amigo el profesor y escritor Gonzalo Fernández Parrilla.

Llegué a la plaza 9 de abril, como si persiguiera la sombra de los personajes de mi libro El mirador de los perezosos, pero no hallé ni a Saloua ni al pintor Joao Fragoso, que siguen atrapados en las páginas de mi relato. Me senté un rato en la terraza del Cinema Rif y paseé por las calles del zoco, para volver con el tiempo justo para la comida, programada en la terraza del mismo hotel Minzah. Miré a la piscina, pero Alberto Gómez Font no tomaba el sol. Recordé entonces que andaba por Las Vegas (USA). En la comida, volví a ver a Gonzalo, que siempre me recibe con un abrazo y una cálida sonrisa, y a Olga Cuadrado, con quien no había vuelto a coincidir desde el homenaje que le tributaron a nuestro añorado Antonio Lozano en Granada (fue ella quien tuvo la amabilidad de contactar conmigo, aunque ya me había avisado mi admirada Malika Embarek de que lo haría, para invitarme a este encuentro). Tras saludarla, conocí al resto del equipo de Tres Culturas que se había desplazado con Olga: Lara Natalia Marco, Carmen Fernández-Távora y Antonio Chaves. He de decir que los cuatro me contagiaron su entusiasmo y hasta sentí envidia (sana) por lo bien que se compenetran y cómo disfrutan de su trabajo. Además, me obsequiaron con un trato de príncipe. 

Tras la comida, y el obligado descanso tangerino, nos marchamos a la Legación Americana, donde Gonzalo Fernández Parrilla presentó su libro Al sur de Tánger, obra que, como dije en su momento, se convertirá en un clásico. La presentación corrió a cargo del profesor Eric Calderwood (al que por fin conocí en persona y también resultó ser un placer tratar con él). La sala de la Legación estaba a rebosar, y el diálogo que mantuvieron los dos fue ameno y muy aleccionador. Tras la presentación del libro, conocí a Montse, que trabaja en Marruecos como traductora, que me contó que le habían hecho una foto en una duna del desierto mientras leía mi libro Una puerta pintada de azul, y prometió enviármela. esto debió ser cosa de algún yin. También en la Legación me reencontré con mi querida paisana Maribel Navarro y mi amiga Randa Jebrouni. Y, por supuesto, ahí estaba Maribel Méndez, como en cada acto que se organiza para acompañarnos como una fiel escudera. Seguro que olvido mencionar a alguien más.

En algún instante, Lara, Carmen y Antonio trajeron unas cajas de dentífrico Miswak, del que se declararon fans entregados, y me regalaron un tubo, que estoy usando, por supuesto. Luego, cena fantástica en El Dorado, vigilados por Chukri, y, a la mañana siguiente, tras un espléndido desayuno marroquí, que levanta a un muerto, tomamos el Al Boraq y nos plantamos en Rabat en menos que canta un gallo. Durante el trayecto en tren, charlé pausadamente con Gonzalo, de literatura, de nuestros libros y de nuestras vivencias, y ahora lo conozco un poco mejor. Para mi suerte.

En Rabat nos esperaba Karima Ziali. Tras la comida, nos marchamos al Salón Internacional del Libro (SIEL). Sin esperarlo, allí estaba mi amigo Alberto Mrteh, que, como suele hacer, se desplaza de un lado a otro de Marruecos solo para vernos. Como habían hecho también mis paisanos larachenses Mustapha Lamiri y Abdelmunim El Amrani, otros dos hombres buenos a los que profeso un gran afecto. También estaba Mohamed Abrighach, al que me dio mucha alegría ver. Y conocí a lectores de mis libros, como Ibrá Fakir o Abderrazak Belaid, y a quienes se acercaban a mi obra por vez primera como Leila Temsamadi, Semmada o Alicia Cid.

Y en el estand del Instituto Cervantes, se volvió a presentar el libro de Gonzalo, pero en esta ocasión fue el escritor Abdelkader Chaui quien intervino junto al autor, y volvimos a deleitarnos con las historias que encierra Al sur de Tánger. Luego, nos tocó el turno a Karima Ziali y a mí para presentar El mirador de los perezosos. Confieso que temía las preguntas de Karima, porque sabía que no eran las habituales, que encerraban mucho sentido y que pretendían escarbar en lo más profundo de mi libro. Pero salimos airosos, y la gente disfrutó de nuestro diálogo. Me gustó mucho compartir ese rato con ella, con alguien capaz de escribir una novela tan valiente y arriesgada como Una oración sin dios, y que supiera acercarse a mi libro con esa decisión y seguridad. Me hizo ver cosas de las que no era consciente. Durante el coloquio, el consejero de trabajo de la Embajada española, Fermín Yébenes, que había comido ese mediodía con nosotros, dijo: «no me habría perdonado no haber asistido a esta presentación». Su reacción colmaba mis expectativas.

Durante la cena, me reí con Alberto Mrteh y pasé un rato francamente relajado y distendido con el grupo. Por eso, quiero dar las gracias a Olga, a Lara, a Carmen y a Antonio, no sólo por su atención, sino por su amabilidad, cercanía y simpatía. Han sido todo un descubrimiento. Y gracias a la invitación de la Fundación Tres Culturas, al Instituto Cervantes y a la Embajada de España, en la persona de su consejero José María Davó, con quien también departí un buen rato, por invitarme a disfrutar de estos días.

A la mañana siguiente, tomé el avión en dirección a Madrid, para firmar por la tarde en la Feria del Libro, pero esto ya lo contaré mañana…

Sergio Barce, 13 de junio de 2023

 

    

         

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Con Olga Cuadrado
Con Antonio Chaves
Con Maribel Navarro
Gonzalo Fernández Parrilla
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Antonio, Lara, Sergio, Gonzalo, Karima, Olga, Fermín y Carmen
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Sergio Barce, Karima Ziali y Gonzalo Fernández Parrilla
Con Alberto Mrteh
Con Ibrá Fakir
Con Abdezarrak Belaid
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Con Mustapha Lamiri
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Con Alicia Cid
Con Leila Temsamadi

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