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«SOLDADOS DE SALAMINA» (2001) de JAVIER CERCAS

Partiendo del episodio real del fallido fusilamiento de Sánchez Mazas, cofundador de Falange, en el Collell, en su novela «Soldados de Salamina«,  Javier Cercas nos hace un pintoresco retrato de este personaje cobarde y fanático que supo crearse una especie de leyenda a su alrededor a partir de ese episodio. Jugando con la novela, el relato periodístico e incluso el relato de investigación, Cercas rastrea a través de la mirada y de los recuerdos deformados de quienes dieron refugio al fugitivo hasta el final de la guerra civil, la ruta que siguió aquél y cómo el miedo que sintió durante esos días fue transformándose, gracias al triunfo de los nacionales, en un hecho que se vendió como una heroicidad de este falangista.

La leyenda, pregonada a los cuatro vientos por fuentes de los signos más diversos, cuenta que un día a finales de julio de 1940, en pleno Consejo de Ministros, Franco, harto de que Sánchez Mazas no acudiera a aquellas reuniones, dijo señalando el asiento siempre vacío del escritor: <Por favor, que quiten de ahí esa silla>. Dos semanas más tarde Sánchez Mazas fue destituido, cosa que, siempre según la leyenda, no pareció importarle demasiado. Las causas del cese no están claras. Unos alegan que Sánchez Mazas, cuyo cargo de ministro sin cartera carecía de contenido real, se aburría soberanamente en las reuniones del consejo, porque era incapaz de interesarse por asuntos burocráticos y administrativos, que son los que absorben la mayor parte del tiempo de un político.

Otros aseguran que era Franco quien soberanamente se aburría con las eruditas disquisiciones sobre los temas más excéntricos (las causas de la derrota de las naves persas en la batalla de Salamina, digamos; o el uso correcto de la garlopa) que Sánchez Mazas le infligía, y que por eso decidió prescindir de aquel literato ineficaz, estrafalario e intempestivo, que desempeñaba en el gobierno un papel casi ornamental. Ni siquiera falta quien, de forma candorosa o interesada, atribuye la desidia de Sánchez Mazas a su desencanto de falangista fiel a las ideas auténticas del partido. Todos coinciden en que presentó su dimisión en diversas ocasiones, y en que nunca le fue aceptada hasta que sus reiteradas ausencias de las reuniones ministeriales, siempre justificadas con excusas peregrinas, la convirtieron en un hecho. Se mire por donde se mire, para Sánchez Mazas la leyenda es halagadora, pues contribuye a perfilar su imagen de hombre íntegro y reacio a las vanidades del poder. Lo más probable es que sea falsa.”

No obstante, pese al interés del relato, éste da un giro absoluto y alcanza sus verdaderas cotas de calidad, de calidez y de emoción cuando el protagonista, se supone que el propio Cercas en su labor de investigación para esta novela, encuentra en un asilo francés a Miralles, un personaje que arrastra tras de sí una vida que son miles de vidas, un aventurero, un hombre errático, de quien Javier Cercas sospecha que es el soldado republicano que, al encontrar al acorralado Sánchez Mazas, no le dispara y le deja escapar. Ese personaje, agotado por una vida larga, por unos recuerdos crueles y duros, rezuma una humanidad de la que carece el resto de los personajes y, tal vez por ello, consigue ganarse el afecto del lector, que lo hace suyo y lo adopta. Son esas últimas páginas donde realmente se disfruta de una obra cuidada y esmerada, intachable, triste, emocionante al fin.

La novela fue llevada a la pantalla por David Trueba.

El fragmento de la novela lo he tomado de la edición de “Soldados de Salamina” publicada por Tusquets Editores, año 2001.

Sergio Barce, marzo 2011

 

Javier Cercas

Javier Cercas (Ibahernando, Cáceres, 1962). Profesor de Literatura española en la Universidad de Gerona, es colaborador habitual en prensa. Además de “Soldados de Salamina”, es autor de las novelas “El inquilino” (1989), “El vientre de las ballenas” (1997), “La velocidad de la luz” (2005) y “Anatomía de un instante” (2009).

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Otros libros, otros autores: JUEGO DE CARTAS de MAX AUB

En las pasadas Navidades, me regalaron la novela “Juego de cartas” de Max Aub. Es una obra que se publicó en México en 1964 y, desde entonces, no se había reeditado. Pero “Cuadernos del Vigía” lo hizo hace pocos meses, y desde que había leído un artículo en la revista de letras “Los papeles mojados” sobre este curioso libro, anhelaba adquirirlo, así que recibí el regalo con alegría.

El libro lo forman 108 naipes, es decir, es una baraja de cartas (en barajas española y francesa), y en el anverso de cada uno de los naipes hay un dibujo de Jusep Torres Campaláns, y en el reverso el texto escrito por Max Aub.

Hay dos grandes curiosidades en esta obra única y socarrona: la primera es que Campaláns, el pintor, jamás existió, era una invención del propio Max Aub (como se relata más abajo, lo que dio lugar a situaciones realmente cómicas) y la segunda son las instrucciones que se indican en la caja que contiene estos 108 naipes invitando a jugar y a leer, y que termina diciendo: “Es juego de entretenimiento, las apuestas no son de rigor. Permite, además, toda clase de solitarios. Gana el que adivine quién fue Máximo Ballesteros.

Max Aub

Como digo, la curiosidad por este singular libro me la despertó un artículo escrito en “Los papeles mojados” así que le pedí a Manolo Yruela, que la dirige, que me remitiera, si eso era posible, el artículo del que es autor José Sánchez Pedrosa. No ha tardado en hacerlo, y creo que os va a resultar tan divertido y fascinante como me lo pareció a mí (aún me lo sigue pareciendo).

MAX AUB:   JUEGO DE CARTAS Por José Sánchez Pedrosa

Que la literatura es algo serio es un convencimiento que va desapareciendo con la edad. En el caso de Max Aub, este aserto es comprobable simplemente echando un ojo a su bibliografía. El autor que mejor ha novelado la guerra civil, que teatralizó o relató el drama de los refugiados republicanos en los campos de concentración franceses, de los judíos, de la muerte del Che, de la dictadura de Franco y de treinta años de exilio, publicó en 1958, a los 55 años de edad, la ficticia biografía de <Jusep Torres Campaláns>. El propio Max Aub pintó los cuadros de este vanguardista amigo de Picasso, retirado del mundo después de haber contribuido a la invención del cubismo. Simultáneamente a  la presentación del libro, se expusieron los cuadros de Torres Campaláns en una exposición que tuvo una gran repercusión. ¡Cuánto tuvo que reírse Max Aub cuando algunos encumbrados críticos afirmaron haber conocido al pintor en París!

Divertido por el éxito de su patraña, y seguramente cansado ya de ser  notario literario de una de las épocas más convulsas de la historia del mundo, Max Aub inaugura con ésta una serie de obras que, humorísticas o serias, se pueden calificar de bromas literarias. Desde entonces, y hasta después de su muerte, va a publicar la <Antología traducida> (1963), <Juego de cartas> (1964), <Imposible Sinaí> (1982) y desde 1961 a 1968, <El Correo de Euclides. Periódico conservador>, la gaceta satírica que editaba todos los 31 de diciembre para felicitar el año a sus amigos. <La Antología> e <Imposible Sinaí> son dos brillantes ejemplos del gusto de Max Aub por los heterónimos y por los personajes ficticios que, por obra de la literatura, como Torres Campaláns, cobran vida independiente de su autor.

<Juego de cartas> es un paso más atrevido en la literatura lúdica de Max Aub. La publicó en Méjico, en 1964, Alejandro Finisterre, el editor gallego que, además de inventar el futbolín, dio a la imprenta buena parte de la producción literaria del exilio español en México. El libro tenía un formato sorprendente: un estuche de cartas, cuyo dibujo correspondía a Jusep Torres Campaláns y cuyo autor era Max Aub. Abriendo la caja y extrayendo la baraja, el sorprendido lector, que ni siquiera tendría claro si el tal Campaláns era, o no, una mixtificación, se encontraba con 108 cartas, 54 rojas y 54 negras, con las que no sabría bien qué hacer: si sentarse en el sillón a leer la novela que había comprado; o si llamar a sus vecinos para, alrededor de la mesa camilla, echar unas manos a la  canasta.

Y es que de ambas cosas participa el artefacto. La ambigüedad es el basamento sobre el que Max Aub construye la obra. La dilogía aparece ya en el título. <Juego de cartas> vale tanto como “juego de naipes” que como “conjunto de epístolas”. Lo novelesco pertenece a la segunda interpretación y lo lúdico a la primera. En su anverso, las cartas venían sobreimpresas con un texto; y el reverso, presentaban los curiosos dibujos de Torres Campaláns. Ninguna de ellas aparecía numerada, de modo que después de barajar por primera vez, la posibilidad de una lectura tradicional se esfumaba. De modo que había que jugar y para eso estaban las reglas del juego impresas en la parte de atrás del estuche: “Se baraja, corta, reparte una carta a cada persona que toma parte en el juego. La primera, a la derecha del que dio, lee su texto, luego, el siguiente, hasta el último. Después, el primero saca una carta del monte formado por las que quedaron, la lee, y así los demás sucesivamente hasta acabar con los naipes. Puede variarse el juego dando, desde el principio, dos o tres cartas, a gusto de los jugadores, con la seguridad de que el resultado será siempre diferente. Es juego de entretenimiento; las apuestas no son de rigor. Permite, además, toda clase de solitarios. Gana el que adivine quién fue Máximo Ballesteros”.

Todas las cartas se refieren a Máximo Ballesteros, el protagonista recién fallecido, y cada una de ellas va firmada por otro personaje. Max Aub, el autor, es aquí un mero compilador, que sólo se deja ver en un par de ocasiones en que la firma de la carta es “ilegible”. El resto son amigos, amantes, familiares, compañeros de trabajo, médicos, confesores de la mujer y la mujer misma, que se cruzan cartas entre sí a propósito de la muerte de Máximo Ballesteros. Casi todos ellos tienen una opinión sobre el difunto y el juego estriba en que ésta no coincide. Ignacio Soldevila Durante apunta la idea de que, a partir de las coincidencias fonéticas del  nombre, mucho del personaje coincida con su creador. Es muy posible y seguramente se trate de una ambigüedad deliberada. El juego es eterno, la posibilidad combinatoria de las cartas siempre dará perfiles nuevos a este Máximo Ballesteros, cuya personalidad se trata de descubrir.

Según Soldevila Durante, el libro se convierte en una obra que pone en cuestión el concepto de autoría, dado que es el receptor quien construye el personaje y no el novelista. Según él, el hecho obedece a que “el principio de autoría se ve replanteado en un mundo cada vez más socializado, en el que los valores individuales, por la fuerza de las cosas, van perdiendo puestos en la escala estimativa, a favor de los valores colectivos”.

Max Aub era socialista, pero uno cree que su socialismo no llegaba a tanto. Más bien, lo que se pone en juego (perdón por lo oportuno de la expresión) es un problema más caro a la posmodernidad: no se trata de una socialización de la autoría, sino una elucubración sobre la identidad. Como en las cartas que cada uno va cogiendo del montón, la identidad personal es fragmentaria, proteica, variable y, a fin de cuentas, inexistente. Lo que desaparece no es el autor, que firma esta vez con todas sus letras, sino el personaje, el individuo. <Juego de cartas> es, en este sentido, un experimento que da al libro un alcance filosófico que va bastante más allá del mero juego vanguardista.

Decíamos antes que la ambigüedad era el principio constructor del libro. Sólo hay que darle la vuelta a las cartas: todas ellas tienen un valor doble. La jota, por ejemplo, lo es de oros-rombos; y el seis, de picas-oros. Dicho de manera menos metafórica: no hay valores seguros. Porque ¿quién es Máximo Ballesteros? Sólo hay coincidencia en que era un funcionario conservador y mujeriego, casado con una mujer tradicional con la que no se lleva. El ser funcionario y de derechas es algo comprobable, objetivo. Lo de ser mujeriego, lo certifica el jugador-lector contando las amantes que firman cartas (a uno, sin querer perder demasiado el tiempo contándolas, le han salido más de 25). Podemos, entonces, asegurar que Máximo era, como dice un personaje, “un hombre abierto en busca de todas las aberturas”.

Max Aub

El resto de sus cualidades, sin embargo, dependen de las cartas que le toquen a uno. Máximo Ballesteros puede ser un cobarde, un egoísta, un vitalista, educado, inaguantable, valiente, honrado, reconcentrado, inseguro, desgraciado, hijo de la tal por cual, soberbio, taciturno y encantador, exquisito, correcto con los subordinados, etc, etc. Y todos tienen razón. La identidad se construye con el reflejo que de nosotros proporciona el espejo de los que nos rodean. Ese parece ser el verdadero objetivo del juego: tomar conciencia de quienes somos; o, mejor dicho, de quiénes no somos. No hay un yo, nos viene a decir Max Aub; sino una multiplicidad de yoes. Y esto no es un juego. Hay ocho cartas que se ocupan de recordárnoslo. Generalmente las cartas son descriptivas o declarativas o narrativas, pero hay ocho que ni describen a Máximo, ni retratan al remitente ni narran ninguna anécdota. Max Aub dispuso cartas suficientes para que, por combinatoria, saliesen prácticamente en todas las partidas. Son cartas que inciden en la imposibilidad de describir a nadie. “Los hombres son un puzzle”, dice una. “¿Un cadáver es un algo tangible, que existe, pero un vivo qué es?”, se pregunta otra. “Imposible saber” y, más claro imposible: “eres lo que se figuren que eres, con mayor o menor conocimiento de causa”.

Y en este enseñar deleitando que nos propone Max Aub, la dimensión filosófica se da al lado de la novelesca. Si novela, como decía Cela, es todo escrito que lleve la palabra novela debajo, <Juego de cartas> también podría serlo. Y de las realistas. Describiendo a Máximo Ballesteros, los remitentes descubren sus vidas, sus caracteres, las relaciones que mantienen entre ellos, creando una sociedad tan compleja, mentirosa, hipócrita y apasionante como las de <La Calle de Valverde> o <Las buenas intenciones>. Al intercambiarse cartas, los personajes dialogan, se mienten, se descubren cosas de su pasado y el lector-jugador, con ellos. El estilo de Max Aub es acendrado, compacto, eficacísimo para crear esa malla que se va tejiendo conforme avanzan las partidas. El entretenimiento está asegurado porque, además, hay también intriga, como en las novelas tradicionales. Según la carta que destapemos, la trama va a tener un giro inesperado. Máximo, según algunos, se ha suicidado. Según otros, lo mató su mujer. ¿Mujeriego? ¿Pero no era homosexual de jovencito? Si te toca el 2 de espadas-tréboles rojo, descubres que tuvo una hija subnormal producto de uno de sus adulterios. También puede ser un delator. Una vida entera da para mucho. Por otra parte, a veces, los momentos de humor negro recuerdan a los mejores de <Crímenes ejemplares>. ¿Qué más quieren que les diga?  Abandonen la literatura. Pierdan el tiempo. Jueguen a las cartas.”

En cuanto a la revista de letras “Los papeles mojados” me permito reproducir más abajo lo que Manolo Yruela me ha enviado para que sea presentada a quienes no la conozcan (y que os recomiendo).

Sergio Barce, marzo de 2011

 

POINT DE LUNETTES – c/ Correduría 27, accesorio – 41002 SEVILLA

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Proyecto de edición de la revista de letras Los papeles mojados de Rioseco

CONTENIDO Y OBJETIVOS

Los papeles mojados de Ríoseco es un proyecto cultural que tiene el formato de revista impresa y que ya tuvo una primera etapa en la que se editaron siete números (el primero en 1999, el último en 2005). Ahora se trata de refundar el proyecto para iniciar una segunda etapa.

Se trata de una revista de literatura vinculada a la editorial Point de Lunettes. Su ISSN es 1576-4230

La Editorial Point de Lunettes nació en 2002 y lleva publicados hasta el momento 24 libros.

Publica libros de literatura y pensamiento (con incursiones en el libro de arte) y su ámbito de distribución es Nacional (España) e internacional (Hispanoamérica). La editorial nació en las provincias de Sevilla y Huelva, que es donde se ubican sus componentes.

En cuanto al contenido, la revista Los papeles mojados de Ríoseco tendrá las siguientes secciones: Sigue leyendo

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áL. El dialecto árabe de LARACHE

Sigo pensando que la ciudad que me vio crecer es única y especial. Tan excepcional que incluso allí se habla un dialecto árabe propio (sin mencionar el haketía que utilizaban en su momento los hebreos que vivían tanto en Larache como en Tánger, o de los giros lingüísticos que se utilizaban por los españoles y que tomaban prestadas palabras tanto hebreas como árabes), todo ello fruto de la mixtura, de la convivencia, de la estrecha relación que se estableció entre todos.

Respecto al dialecto árabe de Larache, denominado dialecto áL. éste ha dado lugar a varios estudios lingüísticos, entre los que se encuentra el libro de Francisco Moscoso García, titulado “Estudio Lingüístico del Dialecto Árabe de Larache (Marruecos)” (Universidad de Cádiz, 2003).

Aunque es un libro destinado a quienes atraen este tipo de materia, no deja de ser curioso y fascinante comprobar el interés que este dialecto ha ido despertando a lo largo de los años.

En la introducción al libro, dice Francisco Moscoso:

Jean Cantineau decía en 1955 que hasta el momento se habían publicado muchos textos en dialecto y pocos estudios gramaticales y glosarios. Es el caso del libro publicado en 1913 por Maximiliano Alarcón y Santón <Textos árabes en dialecto vulgar de Larache>. Estos textos fueron recogidos por el autor en Larache, entre el 27 de julio y el 13 de octubre de 1910…

(…) El autor antes citado dice que los dialectos beduinos en Marruecos, además de otras zonas, se extienden a lo largo de la llanura atlántica, desde Arcila hasta Mogador. Así pues, el árabe de Larache, ciudad costera situada a unos treinta kilómetros al sur de Arcila, pasaría a formar parte de este grupo. Sin embargo, esta información no es totalmente exacta, Simón Lévy ha puesto de manifiesto que la división de los dialectos magrebíes antes descrita es más <génétique que chronologique> ya que los dialectos <prehilalíes> han continuado extendiéndose incluso después de los siglos XI y XII, especialmente en el Norte de Marruecos. (…) Los españoles ocuparon Larache entre 1610 y 1689. Después de este período, esta ciudad fue repoblada por gentes venidas del Rif y de la región de Yebala, igual que ocurrió con Tánger y Arcila. Además hay que tener en cuenta la influencia que ejerció el dialecto árabe de Fez (musulmán y judío) ya que Larache era un puerto comercial muy importante, y muchos comerciantes de aquella ciudad tenían intereses en ella. El análisis de los textos en áL. nos confirma este dato ya que el dialecto al que pertenecen es de tipo <prehilali> con influencia de los de montaña (Yebala) y con algunos rasgos que pertenecen a los dialectos beduinos.

Volviendo al libro de Alarcón, los textos que aparecen en la obra, un total de once, se refieren a costumbres y a cuentos populares de Larache. Los once relatos se encuentran escritos en grafía árabe y en transcripción. Al final del libro se recoge la traducción de éstos y un pequeño vocabulario bastante escueto…”

El libro de Francisco Moscoso parte pues de este libro de Alarcón para hacer un detallado estudio del dialecto árabe de Larache, el  áL., tanto de los aspectos fonéticos y fonológicos, como de su morfología verbal, nominal, sintaxis y vocabulario, añadiendo notas y conclusiones de su estudio.

Ya digo que es un libro para estudiosos de la lingüística y de los dialectos árabes de Marruecos, aunque despierta la curiosidad por descubrir algo propio y original, algo de la idiosincrasia larachense.

Sergio Barce, marzo 2011

Francisco Moscoso es doctor en Filología árabe por la Universidad de Cádiz. Actualmente es profesor titular en el departamento de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad Autónoma de Madrid.

Algunos de sus libros son “El dialecto árabe de Chapen. Estudio lingüístico y textos” (2004), “Curso de árabe marroquí” (2006) o “Cuentos en dialecto árabe del Norte de Marruecos” (2007), entre otros.

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Otros libros, otros autores: MIS PREMIOS (Meine preise, 2009) de THOMAS BERNHARD

THOMAS BERNHARD

Vivir sin cuentos de hadas es más difícil, por eso es tan difícil vivir en el siglo XX; sólo <existimos>; no vivimos, nadie vive ya; pero es bonito <existir> en el siglo XX; seguir; ¿hacia <dónde>? Yo lo sé, no he salido de ningún cuento de hadas ni entraré en ningún cuento de hadas, eso es ya un progreso y es ya una diferencia entre antes y hoy.”

Librito curioso plagado de anécdotas, que Thomas Bernhard dejó listo para ser editado poco antes de su muerte en 1989. En él, a modo de pequeños relatos, describe lo sucedido en varios de los actos a los que acudió para recoger algún galardón, o de los que ocurrieron mientras formó parte de algún jurado, y también contiene varios de sus discursos de aceptación de algunos premios.

Fragmento del capítulo dedicado a la <Entrega del Premio del Círculo Cultural de la Asociación Federal de la Industria Alemana>, que fue concedido en 1967 a la escritora Elisabeth Borchers y al propio Thomas Bernhard: “…Pero nos habíamos reído tanto la víspera, pensé, la señora Borchers y yo, que sólo por eso valía la pena. ¡Y además ahora los ocho mil marcos! ¡Pronto habrá pasado todo el encanto y tendremos el cheque en la mano!, pensé. Naturalmente, también una orquesta de música de cámara había tomado asiento, ya no recuerdo qué tocó. Y entonces llegó también, como recuerdo, de forma totalmente sorprendente, el momento decisivo. El presidente Von Bohlen und Halbach subió al estrado y leyó en una hoja lo siguiente: <¡…y así entrego el premio de 1967 de la Asociación Federal de la Industria Alemana a la señora Bernhard y al señor Borchers!> Mi vecina se estremeció, lo noté. Tuvo un segundo de pánico. Le apreté la mano y le dije que pensara sólo en el cheque, se tratara del señor Borchers y la señora Bernhard o del señor Bernhard y la señora Borchers, como era en realidad, daba igual. La señora Borchers y yo subimos al estrado del ayuntamiento de Ratisbona, en donde nadie más que los interesados y quizá el señor De la Roi y el señor Bender se habían dado cuenta del error del señor Von Bohlen und Halbach, y recogimos cada uno un cheque de ocho mil marcos.

(…) Hace un año recibí un, así llamado, volumen conmemorativo de la Cámara de Cultura de la Asociación Federal de la Industria Alemana, el, así llamado, <Jahresring> (Círculo Anual), en el que se menciona con orgullo a todos sus galardonados. Sólo faltaba mi nombre. ¿Me habría borrado de la lista de honor el doctor De la Roi, un señor, como recuerdo, muy amable, a causa de mi vida posterior, de la que no me arrepiento en nada?…”

Es sagaz, punzante, irónico y mordaz, no deja títere con cabeza, es despiadado con los intelectuales aburguesados que ocupaban los altos cargos de la Academia de Lengua y Poesía alemana o de los que presidían jurados literarios o efectuaban las entregas de premios. Rebelde, a contracorriente, su literatura y su pensamiento desprecia permanentemente a la sociedad que le tocó vivir, y en este libro recopilatorio lo siguió haciendo con un humor lacerante.

Sergio Barce, marzo 2011

(Los fragmentos reproducidos los he tomado de “Mis premios” (Meine preise, 2009) editado por Alianza Literaria, con traducción del alemán de Miguel Sáenz)

Thomas Bernhard, dramaturgo y novelista austriaco, nació en Heerlen (Países Bajos) en 1931. Siempre pesimista sobre la época que le tocó vivir, mantuvo una relación contradictoria con su país, Austria, que se manifestó incluso en su testamento en el que dejó dicho que, tras su muerte y mientras estuviesen en vigor sus derechos de autor (setenta años) no se publicara nada de su obra ni se representara en Austria. Es autor de títulos como “Tala”, Helada”, “La partida de caza”, “El carpintero y otros relatos”, “Las apariencias engañan” o “El italiano”.

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«TIEMPO DE ERRORES» (Zaman Al Akhtaa) (1992) de MOHAMED CHUKRI

En este tiempo convulso, en el que la ciudadanía de Marruecos se está fajando con una admirable madurez por lograr el reconocimiento de su libertad de expresión y de sus derechos fundamentales, me parece necesario volver a rescatar una vez más la pluma irreductible, rebelde y sagaz de Mohamed Chukri. Porque su voz es la voz de los que no tenían derechos, ni futuro, ni esperanza. Y para ello elijo una vez más la novela que, en mi opinión, plasma con mayor acierto su pensamiento, sus vivencias, su experiencia vital.

“Pega su boca caliente a mi mejilla. Yo la  beso ligeramente en la frente. Odio a los malditos que besan a los niños en la boca o muy cerca de ella. Chupan las bocas de las rameras y lamen sus coños. No hay hombre santo ni coño limpio, eso es lo que dice Mayid.”

Siguiendo la estela de El pan desnudo (Al hobs al hafi), la prosa de Chukri se eleva y supera a su obra más famosa con Tiempo de errores (Zaman Al Akhtaa, 1992), de la que ya tomé algún fragmento para hablar de la visión que Chukri tenía de Larache.

Sin abandonar la crudeza con la que construyó las páginas de El pan desnudo, aquí maneja mucho mejor los elementos de su propia vida, y vuelve a narrarnos su relación odiosa y violenta con su padre, su agitada convivencia con las prostitutas, con los pobres, con los desheredados…

“Hago tiempo hasta que salga mi madre a vender ropa vieja a Bab Ettut y mi padre al Fed-dan, tramando en su mente nuevas historias inventadas sobre su valentía, que contará a los jubilados y fugitivos, como él, de la guerra de Franco. Todos ellos tienen cuentos que contar. De hecho, ha ejercido su valentía en su guerra contra nosotros y, aunque empieza a decaer, ahora que nos estamos haciendo mayores, sigue pegando a mi madre, de vez en cuando, hasta que la hace sangrar o le deja marcado un ojo con un moratón. Un día, agotado de golpearla, levantó la olla, en la que hervía el azúcar con el que fabricaba la miel que vendía en Ceuta, y de no ser por los vecinos que acudieron a los gritos de auxilio de mi madre, habría arrojado sobre ella el líquido hirviendo. Ese día, cuando llegué yo, agarré la mano del almirez de bronce y le amenacé con romperle la cabeza si volvía a desfogar su locura con ella…”

Pero es el detalle neorrealista de su escritura, con el que describe ácidamente su salida de ese mundo, su estancia en Larache (donde aprende a leer y escribir), sus exámenes hasta convertirse en maestro, y su frenética, tortuosa y obsesiva relación con la literatura (devorándolo todo, escribiendo incluso para destruir sus propios manuscritos… ) el que hace absolutamente apasionante esta novela.

Y los personajes que la pueblan, algunos ya presentes en El pan desnudo,  están ahora más y mejor definidos. Las noches de Tánger, los tugurios, los burdeles más deprimentes, los habitantes más atormentados, como el propio Chukri, los locos del hospital en el que se interna, los borrachos… Toda la desmesura de una vida llena de dolor, de miseria y de pobreza, las ansias por salir de la cloaca.

“…Entra Abraham. Hasta que no le damos algo de comer no se le alegra la cara. Le doy un trozo de pan y unas aceitunas. Abraham nunca se sacia. Para mí este fruto sagrado es un deleite. Más que masticar, Abraham traga. Es alto y grueso. Por la noche se lo turnan. Él no se queja. Sólo si lo violan golpeándolo. Antes de abusar de él, le untan el pene con grasa y traen a la pequeña perra del hospital para que se lo lama.

-¿Cómo se llama tu amada, Abraham? –le pregunta Mansur.

-Esther –contesta Abraham, que a menudo habla de ella sin que nadie le pregunte nada.

-¿Cómo eran sus ojos?

-Los más hermosos del mundo.

-¿Lo son todavía?

-Sí.

-Estás mintiendo, Abraham. El tiempo ciega. ¿Todavía la quieres?

-Sí.

-Estás mintiendo, Abraham. El amor también muere. Ella ya estará muerta o probablemente con otro.

-El hombre, si está solo, es un santo, pero si está con una mujer, un diablo –dice Yussef, acariciándose pausadamente la barba-. Quien cuenta sus días es como si contase los latidos de su corazón. Quien se lamenta de la belleza pasada es como el que conduce un coche mirando hacia atrás. Lo más bello del mundo caduca y desaparece. Ésta es la verdad que oí de un mudo. Curandero, ¿por qué eres leproso? Médico de los ojos, ¿por qué tienes los tuyos llenos de legañas?”

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MOHAMED CHUKRI

El último personaje que habita en sus páginas, Salya, junto a la pérdida de su madre se convierten en los símbolos que resumen este libro magistral: en efecto, con el fallecimiento de su madre asistimos a la ruptura definitiva con su familia a la que ya nada le une; y utiliza a Salya como metáfora para que seamos testigos de lo que Tánger significa para Chukri: se apasiona por todos pero no ama a nadie, se entrega a la violencia de los jóvenes, a los fumadores de hachís y a los borrachos, ha sido el reino de la poesía y del sueño, pero ¿dónde están los poetas y dónde los soñadores? No puede soportar una noche de soledad y de silencio. Ambas han aprendido a mentir y a creerse sus mentiras, y los que las frecuentan no deshacen sus engaños porque son más impostores que ella.

“Esta vez, Salya se ha venido de su pequeña ciudad, arriesgando todo, para todo ganar. Ella apuesta de cintura abajo, para compensar su fragilidad de cintura arriba. Allá donde esté la bebida y el hachís, está ella. Igual que se extienden los hongos sin florecer, así provoca ella a los hombres para que se la disputen. ¡Seta venenosa para el hombre que la ame! Se apasiona por todos y no ama a ninguno. ¡Cuántas veces, para excitar a los impotentes, los provoca para que la violen! Ella procede de un linaje digno (como confirma su paisano, el poeta), pero es la maldición de su familia. Desde muy joven, entregó su cuerpo a la violencia de los adolescentes, a los fumadores de hachís y a los borrachos, de su ciudad y de otros lugares. Le tiembla la mano al coger la copa y deja que la ceniza de su cigarrillo se caiga sola. <Todos los que me hicieron promesas se burlaron de mí>, confiesa a su amiga Carolina…”

Maravillosa, apasionada, cruda e inolvidable. Chukri en estado puro.

Sergio Barce, marzo 2011

(Los fragmentos están tomados de “Tiempo de errores”, editado por Debate, edición de 1995, y traducción de Karima Hajjaj y Malika Embarek)

TIEMPO DE ERRORES - DEBATE

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