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«PACO DE LUCÍA. EL HIJO DE LA PORTUGUESA», UN LIBRO DE JUAN JOSÉ TÉLLEZ

Juan José Téllez, el autor de esta profunda biografía, confiesa al final del libro que, cuando estaba acabando el texto de despedida que leyó en el entierro de Paco de Lucía, “llevaba encogida ya el alma y la garganta”. No me extraña. Porque yo, que no conocí a Paco de Lucía, también me he emocionado con esas palabras de Téllez dedicada al amigo muerto. Y es que, gracias a esta obra, uno acaba por conocer al maestro, por apreciarlo, por admirarlo ya no solo como artista sino como persona.

Juanjo Téllez, al enfrentarse a esta biografía, tenía la ventaja de haber sido amigo de Paco de Lucía, pero imagino que, por esa misma razón, el peso de la responsabilidad debió de abrir un profundo abismo, el lógico temor a defraudar su memoria o a la posibilidad de que no transmitiera todo lo que Paco de Lucía ha significado y significa. Sin embargo, lo ha logrado con creces. Disecciona toda una vida, desde su niñez hasta su muerte, con una franqueza y detallismo impresionantes, y nos sumerge de lleno en toda su labor creativa e interpretativa.

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Paco admiraba a Sabicas, uno de los grandes guitarristas de todos los tiempos, pero por supuesto él fue a más. Sabicas vio actuar a Paco de Lucía siendo aún muy joven, y Téllez cuenta:

“….En julio de 1967, Sabicas decidió volver a España durante una temporada. Había sido invitado a participar en la IV Semana de Estudios Flamencos, celebrado en Málaga, donde se rinde homenaje a Manolo Caracol y Pastora Imperio. Acompañado de esta última, el 6 de agosto, Sabicas asiste a un concierto que ofrece allí Paco de Lucía. A lo largo del recital, según Eusebio Rioja, Sabicas <no dejó de removerse y gesticular de asombro y satisfacción mientras tocaba Paco. Al finalizar, espontáneamente subió al escenario y abrazó y felicitó con toda efusividad a un Paco de Lucía rojo de emoción y de azoramiento por tan inesperada y sorprendente reacción de quien era justamente considerado el mejor guitarrista flamenco de la época. Fue allí donde Sabicas dio el espaldarazo público y definitivo a Paco de Lucía>.

(…) José Díaz González, de sobrenombre Rebolo, quien trató a Paco desde muy niño, recordaba que conoció <al difunto Sabicas> una vez en Madrid: <Cuando a Sabicas se le mentaba a Paco, preguntaba: ¿Tú te imaginas a un niño de cuatro años que tenga cuarto y reválida? ¿A que es imposible? Pues ese es Paco con la guitarra.

José Luis Marín fue a verle actuar una vez a Málaga y estaba Sabicas sentado junto a su esposa, en la fila delantera: <Y yo veía a Sabicas dando botes en el sillón mientras Paco tocaba. Hasta que se levantó diciendo: Esto no hay ya quien lo aguante, y se salió, de tanto como le gustaba y le asombraba lo que estaba haciendo Paco.

<Claro -añadió Rebolo- que he visto reacciones parecidas, en otras ocasiones. Una vez, en Madrid, estaba Paco probando una guitarra en Esteso y hubo un guitarrista que entró, que escuchó a Paco tocar la guitarra, se pegó dos guantadas él mismo en la cara, y cogió y se fue>.”

El retrato es de un miniaturista. Gracias a este libro he conocido a Paco de Lucía. Su manera de tocar, su obsesión por la perfección, su amor y defensa del flamenco, su arrojo al buscar nuevas formas de expresión musical, su aliento vital, su parte más humana, llena de dudas, su timidez personal, su valentía artística, su posicionamiento político, sus mujeres, su relación con sus hijos y con sus nietos, su manera de ver la vida. Y junto a todo eso, que va conformando ante nuestros ojos al hombre privado y al personaje público, su relación con los otros artistas que han marcado su carrera, desde su padre y hermanos hasta Chick Corea, desde Camarón hasta Alejandro Sanz, desde Al di Meola a Vicente Amigo, toda una existencia pegada a una guitarra.

Y cómo lo admiraban los otros intérpretes. Basta este botón de muestra que recoge Téllez entre otros muchos para confirmarlo:

“Tomate recuerda al dedillo cómo y cuándo conoció a Paco: <Yo estaba trabajando en la Taberna Gitana, un tablao de Málaga, con trece años. Por entonces, Paco iba allí con Pepe el Marismeño y con Camarón. En una feria, lo vi. Toda mi generación, cuando le escuchamos, nos quedamos pillados todos. En aquellos entonces era una cosa tan grande, cuando empecé a conocerlo y venía tocándole a Camarón a Coín y alguien le preguntó por su ímpetu, si había dos guitarras en vez de una. Escucharle a él era una forma de escuchar la guitarra distinta, y de ahí para adelante todo el mundo nos enganchamos a Paco, el mejor de todos los tiempos. Entre todos no hacemos un Paco de Lucía. Tenía flamencura, melodía, ritmo y un don natural porque Dios lo hizo así para que lo tuviera todo junto>.  

<Lo cierto es que me incorporé a La leyenda del tiempo porque Paco tuvo que hacer una gira y Ricardo Pachón quería hacer el disco. Así que Camarón me dijo: <Venga, Tomate>. A mí me resultaba extraño, pero era tan joven que con el hambre que tenía no me di cuenta de lo que aquello supuso hasta que fui más mayor. Cuando terminamos el disco, yo le decía a Camarón: <Yo quiero tocar con Paco, José>. Entonces fue cuando empezamos a hacerlo, a partir de Como el agua. Cuando toqué con Paco fue un sueño pendiente que se hizo realidad y que no me lo esperaba yo en la vida. Ya puedo morir tranquilo porque le toqué al mejor de todos los tiempos y con el mejor de todos los tiempos, de mi generación y de las que vienen. Paco fue todos los guitarristas en uno.”

Me gusta especialmente cómo Téllez relata sus años de infancia, los comienzos, la relación con su madre, Luzia, la portuguesa, y la que mantuvo con su padre; la vida humilde llena de privaciones de su niñez, las estrecheces familiares, su lento caminar hasta despuntar y acabar siendo uno de los más grandes guitarristas de la historia, sus primeros viajes al extranjero. También me fascina la cantidad de anécdotas que ha sido capaz de recoger en este libro, los detalles de sus giras, los desengaños, en especial, el que se produce tras la muerte de Camarón o las críticas injustas que recibió de Andrés Segovia o de Narciso Yepes, la paliza que le dieron unos fascistas… Su defensa a ultranza del flamenco, su búsqueda incansable del sonido perfecto, su miedo a la vejez a la que no le dio tiempo a llegar.

La documentación que maneja Juanjo Téllez es impresionante. Se nota que ha puesto la carne en el asador con este libro, que es una obra que deseaba rematar de manera brillante, estar a la altura del biografiado, y vaya si lo logra.

Y se aprende mucho de la filosofía de Paco de Lucía. Téllez ha sido capaz de extraer sus mejores sentencias, de confesiones llenas de humanidad, de sensatez y de realismo:

“Hay días -le declaraba a Téllez- en los que uno se hunde. Tú sabes la ansiedad, el desasosiego y la angustia que produce la creación, y a veces piensas que no sabes nada, que no sabes tocar, que no merece la pena.”

“Soy una persona tímida, no nací para estar en el escenario, sino sentado en el patio de butacas. Tocar es tan difícil, tan complejo que necesitas estar concentrado. Además, si abres los ojos y ves a uno de la primera fila que se le abre la boca bostezando, ya te ha jodío el concierto.”

“Si te anclas en el pasado, cada día te vas muriendo un poquito más.”

“Yo no hago música para mayorías, sino para quien entiende lo que hago. La verdad, cuando hago un disco pienso en los guitarristas, no en el público.”

Me admira la defensa a ultranza que hacía Paco de Lucía del flamenco, y ahí no cedía ante nada ni ante nadie. Hay una anécdota, que Juanjo Téllez relata con detalle, que dice mucho de su compromiso artístico con el arte que le vio nacer y con su tierra. Sucedió en el concierto Soñadores de España, que se celebró en Sevilla el 12 de octubre de 1989, en el que sin embargo Paco de Lucía no intervino. Narra Téllez:

“…su nombre, en los carteles, aparecía en letra más pequeña que el de los otros artistas que tenían previsto intervenir. Entonces, se acordó de su padre, con la guitarra rota por un señorito, y decidió que el dinero no era razón suficiente para actuar. (…) …el cartel anunciaba la presencia de Paco, de Plácido Domingo y de Julio Iglesias, junto a la guitarra de Ernesto Bitetti, la mezzosoprano estadounidense Julia Migenes-Johnson, la soprano Guadalupe Sánchez y el compositor Manuel Alejandro. El contrato especificaba que Paco habría de cobrar cinco millones de pesetas por una actuación de veinte minutos, que incluía un dúo con Plácido Domingo…”

En efecto, tal y como le avisó su hermano por teléfono, su nombre aparecía en letra pequeña junto a los precios. Paco pensó que eso era un desprecio al flamenco, no a él, y se acordó de su padre.

“De nuevo -cuenta Téllez- la vieja queja de Paco, el reproche justo, el airado rencor con fundamento. (…) Hubo quien escribió que Paco no había actuado por un exceso de vanidad, pero él insistió siempre en que no era cierta tal acusación: <Yo me rebelé por una cuestión histórica, el flamenco siempre ha estado muy mal tratado y lo sigue estando sin motivo, deberíamos estar orgullosos del flamenco porque es nuestro, y porque es una de las músicas más importantes del mundo. Si yo, que soy una figura dentro del flamenco, estoy arriba y me anuncian de esta manera, ¿cómo anunciarían a otro? Y además, lo más indignante es que esto pase en Sevilla…>.

(…) Toda esa rebeldía se le pasó por la cabeza cuando le llamó su hermano Pepe al hotel de Sevilla: <En ese momento, me estaba esperando el chófer en la puerta del hotel para ir al ensayo, y le dije: Dígale a la organización que yo no iré a tocar. Me fui a mi habitación y tal como esperaba sonó el teléfono enseguida: Que me ha dicho el chófer que usted no viene al ensayo, y le dije: No, no, al ensayo no, a tocar, que no toco mañana, y no me llamen más porque es una decisión irrevocable. Cogí el avión a la mañana y me fui a casa a ver a mis hijos, que hacía dos meses que no los veía y me lo pasé mucho mejor.”

Sus giras, como el tabaco, hicieron mella en su salud. Viajaba durante meses recorriendo distintos países, y Paco de Lucía notaba que su cuerpo cada vez aguantaba menos. Poco a poco, comenzó a distanciar sus actuaciones.

Téllez también nos recrea sus actuaciones junto a Carlos Santana, John McLaughlin, Chick Corea, Chano Domínguez, Al Di Meola, Camarón y tantos otros. Hace un recorrido por sus colaboraciones cinematográficas, para películas de Carlos Saura, Stephen Frears, José Luis Borau o Wes Anderson. Siempre dejando su huella, porque, como señala Juanjo Téllez, influyó más en los demás guitarristas que ellos en él, incluso con los músicos de jazz con los que compartió escenario.

Como decía más arriba, uno acaba por admirar mucho más a Paco, el de Lucía la portuguesa, después de leer este magnífico libro.

Para acabar, no me resisto a transcribir otro fragmento más, otra anécdota que me ha hecho reír y que Juanjo Téllez reproduce así:

“En la música popular de aquellos días, se sucedían relámpagos de talento, desde el flamenco al rock and roll, desde la canción de autor al jazz. A la sombra de Diego el del Gastor no se acercaron los gringos de la base aérea, tal y como confirma Estela Zarania. Sin embargo, a través de dicho enclave o el de la base de Rota y la de Gibraltar, el rock and roll penetraría en Andalucía. Y surgían movimientos mestizos, etiquetados de tarde en tarde con afanes comerciales como rock andaluz o sonido Caño Roto, a la manera de la Motown o del Philadelphia Sound que había inundado el mundo con melodías de Barry White. Así ocurría con Las Grecas, que apasionaron a José Monge y a Paco de Lucía, hasta el punto de que hay un claro eco del <Te estoy amando locamente> en la invencible rumba <Entre dos aguas>.

Lo cierto es que Paco, por aquella época, rulaba a veces con su viejo amigo Felipe Campuzano, el pianista gaditano que había crecido en Algeciras y con quien coincidía de pascuas a ramos en uno o en otro lugar o en las noches de farra en Madrid.

-A ver, la documentación -le exigió a Paco un guardia civil.

-Si sirve de algo, me gustaría decirle, con todo respeto, que soy Paco de Lucía.

-Sí, hombre, o Felipe Campuzano -remachó el agente.

-No. Felipe Campuzano soy yo -asomó la cabeza el copiloto del auto…”

Leyendo Paco de Lucía, el hijo de la portuguesa, suena de fondo su guitarra, y la voz de Juanjo Téllez se transforma en la de un cantaor que lo acompaña con la voz rota por su ausencia.

Sergio Barce, junio 2022

 

JUAN JOSÉ TÉLLEZ Y PACO DE LUCÍA
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EN CÁDIZ FUE EL CAFÉ DE LA CITA

De nuevo mi primo Antonio me ha hecho llegar (hace tiempo ya) comentarios y recortes que fue encontrando sobre el café que arrendó mi bisabuelo Antonio Barce Fernández, que fuera portero de la plaza de toros de Cádiz. Los he ordenado para su comprensión, pero se puede ver mucho mejor en un extraordinario blog que dedica páginas a los cafés de Cádiz: Los fados de Pericón, cuyo enlace es   http://losfardos.blogspot.com/2014/01/los-cafes-de-cadiz-de-la-discusion.html

Y ahí está una parte de la historia de mis antepasados, rama paterna, de raíces gaditanas (la rama materna, que venían de Alicante y de Melilla, emigró mucho antes a Larache). Mi bisabuelo fue el arrendatario del famoso Café de la Cita (finales del siglo XIX y principios del XX) y aquí tenéis un poco de su historia:

 

ANTONIO BARCE FERNÁNDEZ
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LEYENDO A TÉLLEZ, CON PACO DE LUCÍA DE FONDO

Llevo aún pocas páginas del libro Paco de Lucía, el hijo de la portuguesa, biografía de Juan José Téllez. Pero lo estoy disfrutando, por ser un retrato tan hondo, tan humano y tan cercano. Siempre me ha gustado escuchar a Juan José Téllez cuando he tenido ocasión, porque aprendo con su rápido verbo y con las anécdotas inacabables con las que salpica sus intervenciones, pero también disfruto con sus artículos, con sus relatos (ahí está Profundo sur) y ahora con este libro sobre Paco de Lucía. Hago una parada en sus páginas para reproducir unos fragmentos que me han llamado la atención.

   “…<Nací con la guitarra en las manos>, zanjaba Paco.

No solo, sin embargo, fue instinto o genética. Algunos autores, como es el caso de Félix Grande, hablan de dos etapas primerizas en la relación de Paco con la guitarra. En un primer período, vería en ella una tabla de salvación para la modesta economía familiar, una suerte de aquel <sueño americano> a la española que, escribe Pohren, parecía reservado a los toreros y a los artistas. Pero, luego, Paco descubre la música, se erige en su sacerdote y convierte a su instrumento favorito en una suerte de médium para esa vieja alquimia de transmitir a terceras personas aquello que solo existe en las oscuras y personales regiones del espíritu.

Aunque cree que, al sacarlo del colegio, su padre solo hizo lo que le obligaban las circunstancias, hubo una época en que le acomplejaba el hecho de no haber completado estudios: <Hay situaciones donde echas de menos tener cultura, elocuencia en una conversación, estar al día en lo que sucede… Cada vez me pasa menos, con los años uno se acostumbra a ser y admitir lo que es. Cuando tienes dieciocho años quieres ser Supermán y, claro, de ahí vienen los complejos, los miedos y las timideces>.

Su padre, admirable, anacoreta y, en cierta medida, purista. Parece claro que nunca debieron de gustarle aquellos escarceos de su hijo por los paraderos del jazz y por los rumbos de otras heterodoxias musicales. <Cuando yo era niño todavía -confirma Paco, de viva voz- y empecé a componer mis falsetas, me acuerdo de que mi padre estaba medio en contra porque me veía un poco como un osado, como pretencioso. Pero, claro, ¿qué pasó? Había ya un orden preestablecido, una manera de tocar, unos esquemas para tocar la guitarra. Yo, de pronto, empecé a dudar de esos esquemas>.

Tampoco le gustaba a su hermano Ramón ese empeño suyo, esa búsqueda pertinaz, intuitiva y privada. Cuando Ramón de Algeciras le orientaba sobre las pautas que siempre le marcó el Niño Ricardo, Paco desobedecía: <Exacto, yo de pronto decía esto no es así, yo no lo veo así. Entonces, me llamaban chufla y me decían “este niño, ¿qué se ha creído?, este niño es pretencioso”. ¿Qué pasó? Que enseguida tuve un reconocimiento rápido. Mi primer disco solo, uno pequeño, lo hice con catorce años. Enseguida, los profesionales, la gente me lo reconocieron. Los guitarristas empezaban a hablar de mí y ellos veían que los demás empezaban a hablar bien de mí. Entonces ya dudaban de si lo estaba habiendo bien o no>.”

Sigo leyendo a Téllez, con la guitarra de Paco de Lucía de fondo.

Paco de Lucía, el hijo de la portuguesa, está editado por Planeta.

Sergio Barce, 29 de mayo de 2022  

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«LA MUERTE TENDRÁ QUE ESPERAR», UNA NOVELA DE JAVIER VALENZUELA

La novela negra, el noir, se alimenta de la realidad, de la cara oculta, de lo más bajo del instinto humano, de las bajezas éticas. La muerte tendrá que esperar, que cierra la trilogía escrita por Javier Valenzuela con Tánger como telón de fondo, es un excelente ejemplo de ello.

Con gran habilidad rescata personajes de sus anteriores títulos tangerinos, enhebra un sinfín de historias muy actuales alrededor de una trama principal y ofrece así una visión panorámica de la corrupción que campa a sus anchas cada día ante nuestras narices: la del rey emérito, la de los bitcoins, la policial de las cloacas del Estado, la de los eventos deportivos, la de la prensa… Y es que Javier, como brillante periodista, ha sabido introducir cada una de esas cuestiones que nos han llenado de zozobra y de desilusión estos años. Sólo el profesor Sepúlveda, de nuevo, es de, entre los protagonistas, el que parece que intenta sobrevivir sin que nada le salpique, observando lo que sucede con una mirada distante y sarcástica.

Pero también ha sabido humanizar y retratar a todos los demás personajes, que se hacen cercanos. A veces, me he reído con algunas de sus descripciones porque, solo con el físico, ya se adivina de qué personaje público real nos está hablando. Los clava. En este punto me parece muy valiente por su parte que sean así de reconocibles, hace la novela más realista y creíble.

Como ya hizo en sus otras dos novelas, es fácil moverse por Tánger siguiendo su relato. Para quienes conocemos bien la ciudad, nos situamos en cada escenario con una facilidad pasmosa; para los lectores que no han estado nunca en Tánger, supongo que les abre el apetito por conocerla. Se huele Tánger en estas páginas. Javier conoce en profundidad a la ciudad y a su gente.

 

   “…Orlov sonreía, nuevamente de modo manso y amistoso, y a Malika volvió a sorprenderle el gesto. Joder el bielorruso no siempre iba de tipo duro, también podía parecer humano. Él prosiguió:

-En fin, lo que me gustaría que le dijeras a tu chico es que ya no estoy en el L´Américain. Desde esta mañana, me alojo en un riad de la kasbah que se llama Saba´s House. Tiene muy pocas habitaciones, todas con nombres de celebridades. A mí me ha tocado la de Mick Jagger.

Malika le devolvió la sonrisa.

-¡Mick Jagger! No está nada mal. ¿Sabes que venía mucho por Tánger? Se enrollaba fumando kif y haciendo música con la orquestilla de un pueblo llamado Jajouka.

-Un pueblo rifeño, sí. Conozco la historia. Y si no la conociera, el museo que le tienen montado a los Rolling Stones en el Café Baba me la habría enseñado. Pero, bueno, tú dile a Messi lo que te he dicho. No voy a estar mucho tiempo en el Saba´s House. Es carísimo.

-Michael, ¿te puedo confesar una cosa?

-Por supuesto. Adelante.

-No entiendo por qué estás siempre cambiando de hotel.

-No es por mi gusto, Malika, puedes creerme -sonó el timbre de la puerta y ambos se giraron hacia allí. Bajo el dintel, una muchacha muy maquillada y con un hiyab fucsia miraba al interior con expectación. Malika le dijo en dariya que estaba cerrando y que podía volver mañana. La muchacha no insistió y se fue. Orlov volvió a mirar a Malika-. ¿Tú has visto una película que se llama The Bourne ultimatum?

-¿La de espías que rodaron aquí?

-Esa misma, con Matt Damon haciendo del espía Bourne. Pues si la has visto, recordarás su mejor escena: Bourne huyendo de unos sicarios por las azoteas de Tánger -Malika asintió en silencio, no tenía la menor idea de a dónde quería ir a parar el bielorruso-. Así me siento yo en esta ciudad, escapando como Bourne por las callejuelas y las azoteas.

-No exageres, Michael. Exagerar es cosa de nosotros, los latinos y los moros, no de vosotros, los eslavos o como os llaméis.

-No exagero, Malika. Mira, todos somos de alguna manera exiliados. Exiliados de nuestra infancia, de nuestra familia, de nuestra tierra, de los sueños que tuvimos… Yo tengo muchos de esos exilios dentro de mí, pero, además, me siento perseguido por ello…”

 

Sin duda, la corrupción es el gran tema de esta novela, y eso arrastra todo el lodo que enfanga la vida pública. Sin titubeos, retrata cómo funciona nuestra sociedad: el tráfico de influencias, las traiciones, los intereses de grupos corporativos, los engaños, la manipulación informativa… El dibujo se traza desde las capas más bajas, con sus aspiraciones de gloria (el personaje de Messi es un buen ejemplo), pasando por los poderes en la sombra (el comisario Romero), hasta los estratos sociales más inexpugnables, pero por ello sin duda más corruptos (el rey, los qatarís…). No deja títere con cabeza. Y deja un amargo sabor de boca al corroborarnos con esta novela que lo que huele a podrido es más profundo aún de lo que imaginamos. Javier Valenzuela está bien informado y se nota.

Pero siempre hay, además, tiempo para otras sub-tramas que nos dejan respirar algo de aire puro. El profesor Sepúlveda es quien muestra al menos algunos destellos de dignidad.

 

   “(…)

-Antes de que hablemos de otras cosas, me gustaría hacerle una pregunta personal, si n o tiene usted inconveniente -Sepúlveda dio su venia con la cabeza-. Me pregunto por qué sigue usted aquí, profesor. Ya sé que su trabajo está aquí y que su pareja es de aquí. Pero supongo que usted podría trasladar a España sin muchos problemas tanto su trabajo como su relación. Así que lo que me interesa, ya me conoce, es la razón profunda de su apego a esta ciudad. La razón filosófica.

-No puedo responderle con nada original, comisario. Creo que me ha pasado lo mismo que a Bowles. En mis primeros años, disfrutaba sintiendo que esta ciudad tiene una magia especial. Luego pasé a conformarme con que aquí se viva y se deje vivir. Y, por último, fui envejeciendo y el mundo me fue gustando cada vez menos. Así que para qué voy a cambiar, no hay por ahí fuera nada que merezca una mudanza…”

 

No sé por qué, pero en este diálogo se me coló la voz de Javier Valenzuela pronunciando las palabras de Sepúlveda, como si fuera él quien me las estuviera leyendo. No es la primera escena en la que me ha ocurrido, en Limones negros ya la escuché, pero aquí, en esta declaración, era más nítida y clara.

Una novela, en fin, para pasar un buen rato de lectura noir, sin necesidad de escenas de violencia, porque la violencia en este caso es sutil y moral, pero igualmente demoledora.

La muerte tendrá que esperar, ha sido publicada por la Editorial Huso.

Sergio Barce, mayo de 2022

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«EN TÁNGER, LA LITERATURA, UNA CONVERSACIÓN PENDIENTE», DE JOSÉ MARÍA LIZUNDIA

Tras su anterior Tánger y Melilla confrontadas: otros sesgos simbólicos y literarios, José María Lizundia publica En Tánger, la literatura, una conversación pendiente, que, como el anterior, edita Alhulia, con un excelente prólogo de la profesora Randa Jebrouni que resume perfectamente el espíritu e intenciones de esta publicación.

Lo que anuncia su título está bien traído puesto que se trata de una continuación del primero de estos ensayos o al menos es esa la impresión que tengo, una especie de apuntalamiento de la teoría de Lizundia sobre la literatura escrita en y sobre Tánger.

Ya en sus páginas, disiento en considerar que la jaquetía se ha utilizado por los autores españoles como otro de los elementos del falso cosmopolitismo. Escribe José María Lizundia:

“Que la jaquetía sea un elemento de cosmopolitismo de Tánger es algo directamente disparatado, porque es su negación metafísica”.

Es cierto que el español fue la lengua franca para los hebreos, como explica muy bien al referirse a Ben Ami, pero también es cierto que la jaquetía la escuchábamos tanto en Tánger como en Larache, y era una realidad. Minoritaria, por supuesto, pero ahí estaba, y su uso literario en modo alguno me parece que busque algo más que el de mostrar una época y una gente que usaba una peculiar manera de hablar.

Yo utilizo un diálogo en jaquetía o con términos de jaquetía en una de mis novelas no porque eso le dé una patina de cosmopolitismo a la trama sino porque ese personaje en concreto era una hebrea que se expresaba en jaquetía (mi abuelo y mi madre solían imitar a sus amigos hebreos en el uso de ese vocabulario y, en especial, en la musicalidad y tonalidad de las frases, porque la jaquetía también posee su propio “ritmo musical”).

Y la utilización que hace Ángel Vázquez, a mi entender, de la jaquetía en su novela La vida perra de Juanita Narboni no la constriñe o la convierte en una obra añeja y desfasada, al contrario, es uno de sus grandes aciertos y la hace curiosamente imperecedera, de ahí sus reediciones. De hecho, en mis años de estudiante, uno de mis profesores de literatura en Málaga incluía la novela de Vázquez entre los títulos que debíamos leer como narrativa rompedora o a contracorriente.

Lo que sí coincido con Lizundia es en que Paul Bowles es el gran reclamo literario de Tánger y que, en ese aspecto, la ciudad no es nada española.

También leemos en este ensayo:

“…Ningún español ha atraído a un solo extranjero, no ha existido un Tánger internacional español; Goytisolo tiene de Tánger lo que tiene, básicamente un libro. Laforet y Ángel Vázquez son de culto doméstico, de familia y pandilla; por eso las guirnaldas y cintas de la jaquetía y de antifranquismo de garrafón tienen tanta presencia. Todo ello es algo inconexo con el cosmopolitismo. El cosmopolitismo español en Tánger es un cosmopolitismo pasivo…”

No estoy tan seguro como Lizundia de esta última aseveración. Pero comparto con él todo lo que expone relativo a la Generación Beat, Chukri, Bowles… Cierto: la Generación Beat no tiene nada que ver con Tánger. Y de Mohamed Chukri y de Paul Bowles es muy atinado e interesante cuanto nos propone con relación a sus personalidades y a su influencia como autores de y sobre Tánger.

Añade José María Lizundia:

“Tánger es la literatura que de allí sale y la que no sale y que difícilmente podría salir, es una propuesta y opción literaria. Con Tánger, se opta por un tipo de literatura. Tánger debería ser una conversación literaria que no tuviera como eje la ciudad, sino la literatura. Hablar de Tánger es no conversar de literatura. Tánger es una suplantación de la específica experiencia literaria porque la somete y subyuga.”

En estas rotundas afirmaciones también hay mucha tela que cortar y mucho que discutir. Tánger, a mi entender, es una ciudad que ofrece muchas puertas a un escritor. Depende de qué puerta decidamos abrir.

En definitiva, mi impresión es que siempre es interesante leer a José María Lizundia, y En Tánger, la literatura, una conversación pendiente está escrita para instar la discusión y el debate, para dejar una “conversación pendiente” entre él y los lectores. Eso al menos me ha provocado en mí: la sensación de que tengo pendiente una conversación con Lizundia. 

Sergio Barce, mayo 2022

 

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