EL CORAZON DEL OCÉANO
por Sergio Barce (2002)

Sergio Barce en Chefchaouen
Rachid había cumplido los sesenta hacía tantos años que hubo un momento en el que perdió la cuenta y desistió, de manera categórica, de su viejo empeño por ver el océano. Fue una especie de capitulación al sentir la proximidad inaplazable de sus últimos días.
Rachid andaba con la espalda encorvada, como si todos sus fantasmales años los llevara a cuestas, y las manos invariablemente metidas en los bolsillos de su chilaba. A Rachid siempre le dijeron que tenía los ojos del color del mar. Él, al oírlo, se encogía de hombros porque no podía saber si eso era cierto o no. Jamás había bajado de Chefchauen y sólo conocía sus montañas verdes que, en el invierno, resplandecían con sus penachos de nieve, y las altivas callejuelas del pueblo encaladas de blanco, con sus puertas y ventanas azules.