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Otros libros, otros autores: TRES ROSAS AMARILLAS (Where I´m calling from, 1988) de RAYMOND CARVER

No es la primera vez que hablo de Raymond Carver, porque Carver es portentoso como cuentista. Sus relatos cortos son precisos, siempre adentrándose en la vida de las gentes más humildes, la clase obrera, y lo hace como una especie de buzo que se sumergiera en el fondo del mar de esa sociedad americana que tan bien retrata.

<Se pasaba la vida haciendo o deshaciendo las maletas. A veces se mudaba dos o tres veces al año. Hablaba con resentimiento del sitio que dejaba y con optimismo del que acababa de elegir. Su correo quedaba siempre atrás, la pensión le llegaba siempre a direcciones en las que ya no estaba, y se pasaba horas y horas escribiendo cartas para arreglar las cosas. Había veces en que se mudaba de una casa de apartamentos a otra situada a unas manzanas más allá, para luego volver al mismo edificio un mes después, sólo que a otro piso, a otra escalera. Así que cuando se mudó aquí decidí alquilarle una casa que estuviera amueblada a su gusto.

-Es esa manía de mudarse lo que la mantiene viva –decía Jill-. Lo que la mantiene ocupada. Debe de producirle una especie de placer morboso, imagino.

Acierte o no en lo del placer, Jill piensa que mi madre empieza a chochear. Y yo también lo pienso. Pero, ¿cómo le dices a tu madre una cosa semejante? ¿Cómo tratarla en tal caso? El hecho de empezar a chochear no le impide planear y llevar a cabo su siguiente mudanza>.   Extracto del relato titulado <Cajas>

 

Raymond Carver

Este libro de relato es curioso, porque los seis primeros cuentos son definitivamente parte del mundo Carver, por así decirlo, se identifican con otros libros suyos, con la temática de su narrativa habitual.

Pero al final, el séptimo relato, “Tres rosas amarillas”, que da título a esta pequeña colección, da un giro copernicano y nos deslumbra absolutamente. Estamos ante uno de sus mejores cuentos, en el que nos habla de los últimos momentos de la vida de Chéjov.

 <A Chéjov, no obstante, le produjo una honda impresión el solícito gesto de aquella visita. Pero, a diferencia de Tolstoi, Chéjov no creía, jamás había creído, en una vida futura. No creía en nada que no pudiera percibirse a través de cuando menos uno de los cinco sentidos. En consonancia con su concepción de la vida y la escritura, carecía –según confesó en cierta ocasión- de una visión del mundo filosófica, religiosa o política. Cambia todos los meses, así que tendré que conformarme con describir la forma en que mis personajes aman, se desposan, procrean y mueren. Y cómo hablan>.

 

Anton Chéjov

Y Carver describe estos últimos instantes de la existencia de Chéjov de una manera tan extraordinaria, con una escritura tan preciosa, que no puedo evitar recomendar este cuento, su lectura, como algo imprescindible e insalvable. Es delicado pero a la vez emotivo, es entrañable y melancólico, pero, sobre todo, cuando se lee, aunque uno esté leyendo sobre Chéjov, es inevitable pensar a la vez en Chéjov, porque es como si Raymond Carver se hubiera transmutado en el genial escritor ruso, y alcanzara la misma cota de calidad narrativa, como si se hubiera transformado en el propio Chéjov y adoptara su estilo o su manera de narrar o su narrativa perfecta.

 <De forma metódica, como solía hacerlo todo, el doctor Schwöhrer se aprestó a la tarea de descorchar la botella de champaña. Lo hizo cuidando de atenuar al máximo la explosión festiva. Sirvió luego las tres copas y, con gesto maquinal debido a la costumbre, metió el corcho a presión en el cuello de la botella. Luego llevó las tres copas hasta la cabecera del moribundo. Olga soltó momentáneamente la mano de Chéjov (una mano, escribiría más tarde, que le quemaba las dedos). Colocó otra almohada bajo su nuca. Luego le puso la fría copa de champaña contra la palma, y se aseguró de que sus dedos se cerraran en torno al pie de la copa. Los tres intercambiaron miradas: Chéjov, Olga, el doctor Schwöhrer. No hicieron chocar las copas. No hubo brindis. ¿En honor de qué diablos iban a brindar? ¿De la muerte? Chéjov hizo acopio de las fuerzas que le quedaban y dijo: Hacía tanto tiempo que no bebía champaña… Se llevó la copa a los labios y bebió. Uno o dos minutos después Olga le retiró la copa vacía de la mano y la dejó encima de la mesilla de noche. Chéjov se dio la vuelta en la cama y se quedó tendido de lado. Cerró los ojos y suspiró. Un minuto después dejó de respirar>.

  “Tres rosas amarillas” es preciosa, una pequeña obra maestra llena de detalles, de párrafos irrepetibles, de imágenes embaucadoras. Un cuento perfecto.

Sergio Barce, noviembre 2011

 Los párrafos del libro están tomados de la octava edición de la obra, editada por Anagrama, en mayo de 2010, con traducción de Jesús Zulaika.

 

 

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