Mis padres solían viajar cada verano a Málaga, lugar en el que, después de abandonar Larache, nos instalamos definitivamente.
Cruzar el río Lukus para ir a la playa, siempre ha sido uno de los recuerdos más entrañables de Larache. Y volver a hacerlo cada vez que regreso, se ha convertido en un pequeño placer. Es una de las pocas cosas que se mantienen aún con el añejo sabor de entonces, algo que no debiera de perderse porque es una de las estampas que hacen a Larache reconocible.

