Archivo de la categoría: RELATOS

«AL OTRO LADO DEL ESTRECHO», UN RELATO DE SERGIO BARCE

Quizá, tras el Romance Judeo Español de Larache, no esté nada mal reincidir un poco en el hecho de que en Larache conviviésemos las tres religiones monoteístas de una manera pacífica y respetuosa. Algo que, de alguna manera, reflejé en mi siguiente relato:

AL OTRO LADO DEL ESTRECHO

-Y ahora, todos los que quieran pasar, que entren. Todos los que deseen comer, que pasen.

Jacobi se acordaba perfectamente de las palabras del señor Beniflah, como si fuera ayer mismo. Era curioso, porque otras veces Jacobi no era capaz de recordar lo que había hecho en el jardín una hora antes. Se consolaba pensando que eran las cosas de la memoria que ni los loqueros eran capaces de explicar.

Habían pasado muchos años desde aquellas fiestas a las que les invitaba la familia Beniflah. Podía calcularlo con exactitud si se lo proponía, pero era una labor ingrata y desalentadora: ingrata porque tendría que dedicar su escaso tiempo a hacer esos cálculos y desalentadora porque, seguramente, le haría sentir más viejo de lo que ya era. Jacobi Benasuly se sentó en el porche y se sirvió un café solo. Cuando lo acabó, sacó un pequeño saquito del bolsillo de la camisa, lo desanudó y vertió con cuidado un poco de rapé en el dorso de la mano. Acercó la mano a la nariz y lo absorbió aspirando con fuerza. Volvió a cerrar la bolsita, la devolvió a su sitio y se quedó quieto, allí sentado, abotargado por la placidez de esa tarde de verano.

Tenía en frente, a lo lejos, justo al borde del abismo,  la costa de Africa. Sigue leyendo

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«EL CORAZÓN DEL OCÉANO», UN RELATO DE SERGIO BARCE

EL CORAZON DEL OCÉANO

por Sergio Barce (2002)

Sergio Barce en Chefchaouen

Sergio Barce en Chefchaouen

Rachid había cumplido los sesenta hacía tantos años que hubo un momento en el que perdió la cuenta y desistió, de manera categórica, de su viejo empeño por ver el océano. Fue una especie de capitulación al sentir la proximidad inaplazable de sus últimos días.

Rachid andaba con la espalda encorvada, como si todos sus fantasmales años los llevara a cuestas, y las manos invariablemente metidas en los bolsillos de su chilaba. A Rachid siempre le dijeron que tenía los ojos del color del mar. Él, al oírlo, se encogía de hombros porque no podía saber si eso era cierto o no. Jamás había bajado de Chefchauen y sólo conocía sus montañas verdes que, en el invierno, resplandecían con sus penachos de nieve, y las altivas callejuelas del pueblo encaladas de blanco, con sus puertas y ventanas azules.

Una mañana de verano, Sigue leyendo

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FRAGMENTO DE LA NOVELA «EN EL JARDÍN DE LAS HESPÉRIDES», DE SERGIO BARCE

Fragmento de mi novela En el jardín de las Hespérides

portada EN EL JARDÍN DE LAS HESPÉRIDES

Un De Havilland-Dragon de Iberia surcó el aire dejando tras de sí la estela de su ronroneante sonido. Sus alas refulgieron por un breve instante allá en lo más alto, en medio de un límpido cielo. Luis y yo estábamos tumbados sobre la hierba, boca arriba, perdida la mirada en el vacío. De hito en hito aparecía una tórtola solitaria que planeaba en silencio y luego desaparecía dejándonos de nuevo todo el cielo para nosotros. Habíamos soltado un par de nuevas cometas y estábamos rendidos. El mejor lugar del mundo para soñar.

-¿Volaremos alguna vez? –Me preguntó Luis. Nuestro deseo más intenso por entonces era convertirnos en pilotos de aviación. Su fino rostro, con el mechón de cabello negro que le caía en la frente, podía ser el de Cary Grant en Sólo los ángeles tienen alas-. ¿Crees que lo conseguiremos?

-Claro que sí –dije.

Pensé que estábamos en un sitio privilegiado para llegar a ser pilotos. Larache fue el destino final del primer vuelo de la aviación civil española allá por 1921, y, pensando en ello, dibujé con las manos un imaginario avión que seguía al De Havilland-Dragon sorteando con pericia las nubes de merengue que se interponían en su ruta.

-Prométeme que volaremos juntos.

-Volaremos juntos, y tocaremos las nubes con nuestras manos.

Luis se incorporó de un salto. Acercándose, se quitó un diminuto escudo del Barcelona que llevaba en la pechera y se clavó en la yema de un dedo el alfiler de su reverso.

-Hagamos un juramento de sangre –me dijo con una pequeña gota de sangre brotando de su dedo.

Cogió mi mano, y repitió la operación. Sentí una leve punzada en el dedo y cómo la sangre se posaba en mi piel. Lo miré, un rostro inmaculado, tranquilo, de ese tipo de cara que uno esperaría en un santo, salpicada únicamente por un par de pequeños lunares a la altura del bigote. Acercamos nuestros dedos hasta juntarlos.

-Juramos que seremos pilotos y que volaremos juntos. Repítelo –dijo Luis. Y yo repetí las mismas palabras.

-Y que nunca nos separaremos –continuó.

-Nunca nos separaremos –repetí de nuevo.

-Y que siempre seremos los mejores amigos. Y que éste es nuestro secreto.

-Lo juro.

-Debes repetir las mismas palabras.

-Vale, vale… Que éste es nuestro secreto.

-Y que no se lo diremos ni a Lotfi ni a Pablo.

-¿Por qué?

-Porque hemos jurado que es nuestro secreto.

-Claro… -dije dubitativo. Y seguimos jurando con los dedos unidos hasta que a Luis se le acabaron las ideas. Un juramento de sangre que creímos que nos uniría para toda la vida.

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«A LA PLAGE DANGEREUSE», UNE HISTOIRE ÈCRITE PAR SERGIO BARCE

A la playa peligrosa ( Plage Dangereuse)

Sergio Barce, Novembre 2010

(Traduction au français : Fatima El Bouhtoury)

PLAYA PELIGROSA

Il descendit de la barque qui lui avait fait traverser le fleuve, après avoir payé le batelier il se dirigea vers la Playa Peligrosa (Plage Dangereuse). C’était un jour chaud d’octobre et on n’y voyait personne par là-bas, seulement lui, caché par la rumeur des vagues et le cri des mouettes.  Il sentait le sable sous la plante des pieds, comme des caresses antiques qui déambulaient perdues depuis des années. Le bruit de l’eau du rivage lui semblait être accueillant et il s’approcha, se mouilla les pieds en premier, ensuite les jambes, et se rafraîchit le visage. Il resta une seconde sentant les algues et le sel qui lui étaient restés saisis dans les doigts. Le soleil projetait son ombre juste devant lui, et il sourit à la pensée que, petit, il avait toujours voulu fouler sa propre ombre, comme s’il était possible de la prendre  au dépourvue. Soudain, il vit les traces d’un enfant dans le sable, qui s’éloignaient du rivage. Il leva le menton, et se couvrant les yeux avec une main comme d’une visière, il scruta l’horizon, la plage entière, mais il n’y voyait pas une âme. Il recommença à regarder alors ces traces infantiles et voulut reconnaître en elles ses propres pas quand il était un enfant, et rêva que, par un étrange miracle, elles étaient restées là gravées attendant qu’il revienne. Levant les yeux à nouveau, il vit la ville découpée contre le ciel bleu, une silhouette familière et expectative, le Château du Saint-Antoine, et à la droite la jetée s’enfonçant témérairement dans l’océan, il vit comment les barques, peu nombreuses, continuaient de faire le trajet de l’embarcadère à l’autre rive elles se balançaient fragiles et étourdies, comment un thonier se disposait à lever l’ancre et comment les mouettes tournoyaient autour de lui en attendant  de l’accompagner pendant un temps. Il sentait la brise dans le visage, les mots que le silence lui susurrait à l’oreille. Il ferma alors les paupières pour quelques secondes pour les entendre clairement, échos de sa mémoire, souvenirs qu’il cru avoir perdus. Quand il ouvrit les yeux, il vérifia que les traces de l’enfant avaient été effacées par les vagues, languissantes et douces. Cela lui causa une inquiétude inattendue, et scrutant du regard les environs avec certaine désespérance, cherchant il ne savait plus quoi déjà, jusqu’à ce que quelque chose le fasse se fixer sur ses mains. Elles étaient robustes, grandes, mais les cicatrices étaient là, les cicatrices et les rides, et il pensa qu’elles appartenaient à un homme âgé à qui la vie lui était passé à côté. Il serra les poings, en se refusant à croire que ces mains étaient les siennes, et subrepticement il regarda en travers du rivage de la plage, en attendant inutilement à ce que les traces de l’enfant réapparaissent.

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«EN LA PLAYA PELIGROSA», UN RELATO DE SERGIO BARCE

playa peligrosa

En la playa peligrosa

Sergio Barce, Noviembre 2010

Bajó de la chalupa que le había cruzado el río tras pagar al barquero y se dirigió a la Playa Peligrosa. Era un templado día de octubre y no se veía a nadie por allí, sólo él, embozado por el rumor de las olas y el graznido de las gaviotas. Notaba la arena bajo la planta de los pies, como caricias antiguas que deambularan perdidas desde hacía años. El ruido del agua en la orilla le parecía acogedor y se acercó, mojándose los pies primero, luego las piernas, y se refrescó la cara. Permaneció un segundo oliendo las algas y el salitre que se le habían quedado prendidos en los dedos. El sol proyectaba su sombra justo delante de él, y sonrió al pensar que, de pequeño, siempre había querido pisar su propia sombra, como si fuera posible cogerla desprevenida. De pronto, vio las huellas de un niño en la arena que se alejaban por la orilla. Levantó el mentón, y cubriéndose los ojos con una mano a modo de visera, oteó el horizonte, la playa entera, pero no se veía un alma. Volvió a mirar entonces esas huellas infantiles y quiso reconocer en ellas sus propias pisadas cuando era niño, y soñó que, por algún extraño milagro, se habían quedado ahí grabadas esperando a que regresara.
Levantó los ojos de nuevo, vio el pueblo recortado contra el cielo azul, una silueta entrañable y expectante, el Castillo de San Antonio, y a la derecha el espigón adentrándose en el océano temerariamente, vio cómo las escasas barcas que continuaban haciendo el trayecto del embarcadero a la otra banda se mecían frágiles y aturdidas, cómo un atunero se disponía a zarpar y cómo las gaviotas se arremolinaban a su alrededor aguardando para acompañarle durante un tiempo. Sentía la brisa en el rostro, las palabras que el silencio le susurraba al oído. Cerró entonces los párpados por unos segundos para oírlas claramente, ecos de su memoria, recuerdos que había creído perdidos. Cuando abrió los ojos, comprobó que las huellas del niño habían sido borradas por las olas, lánguidas y suaves. Eso le causó un inesperado desasosiego, y escudriñó los alrededores con cierta desesperanza, buscando ya no sabía el qué, hasta que algo le hizo fijarse en sus manos. Eran recias, grandes, pero las cicatrices estaban ahí, las cicatrices y las arrugas, y pensó que pertenecían a un hombre mayor al que la vida le había pasado de lado. Apretó los puños, resistiéndose a creer que esas manos fuesen  las suyas, y subrepticiamente miró de soslayo la orilla de la playa, aguardando inútilmente a que las huellas del niño volvieran a aparecer.

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