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Otros libros, otros autores: AFTER DARK de HARUKI MURAKAMI

Sobre la mesa hay una taza de café, un cenicero y, al lado de éste, una gorra de béisbol de color azul marino con la B de los Boston Red Sox. Posiblemente le vaya un poco grande. En el asiento contiguo descansa un bolso bandolera de piel marrón. A juzgar por lo abultado del bolso, la chica ha ido embutiendo en él de forma apresurada todo cuanto le ha venido a la cabeza. Alza la taza a intervalos regulares y se la lleva a la boca, pero no parece que saboree el café. Tiene la taza delante y se toma el café porque eso es lo que tiene que hacer. Como si se acordara de pronto, se pone un cigarrillo entre los labios y lo enciende con un mechero de plástico. Achica los ojos, lanza le humo de manera libre y fácil, deja el cigarrillo en el cenicero y, luego, se acaricia las sienes con la punta de los dedos como si quisiera alejar el presentimiento de un futuro dolor de cabeza.”

 

    Comencé “Alter Dark” con grandes expectativas. De hecho, intuía que podría encontrarme con otra maravilla parecida a “Al Sur de la frontera, al Oeste del sol”, pero me equivocaba. A medida que la novela avanza, sinceramente, la historia va perdiendo fuelle. Es como si Murakami no supiera muy bien qué hacer con los elementos que ha ido creando en las primeras páginas, especialmente con los tres personajes que articulan la historia central: Takahashi, Mari y su hermana Eri. Y está Shirakawa, un personaje extraño y perturbador, quizá lo mejor del libro.

 “No tiene mal gusto. Tanto la camisa como la corbata parecen caras. Posiblemente sean de marca. Mirándole el rostro, uno diría que es inteligente, de buena familia. El reloj que luce en la muñeca izquierda es fino y elegante. Gafas estilo Armani. Tiene las manos grandes, de dedos largos. Lleva las uñas muy cuidadas y en el dedo anular luce una fina alianza. Sus facciones son anodinas, pero traslucen una gran fuerza de voluntad. Rondará los cuarenta años, el contorno de su cara no presenta muestras de flacidez. Su aspecto recuerda una habitación bien ordenada. Nadie diría que va pagando los servicios de prostitutas chinas en los <love hotel>. Y, mucho menos, que las golpea de forma injusta y brutal, que las deja desnudas y se lleva su ropa. Pero eso es lo que ha hecho. <No ha podido evitarlo>.”

     Hay buenos instantes, destellos de su extraordinario pulso narrativo, casi siempre relacionado con este personaje atormentado, oscuro y violento que luego se muestra débil y asustado. El personaje de Shirakawa es el que, a mi juicio, levanta más interés; sin embargo, queda al final en un segundo orden cuando en realidad es el personaje del que, al menos en mi caso, hubiéramos deseado conocer más, tal vez por ese lado retorcido que nos ha mostrado con la indefensa chica recién llegada de China.

    Pese a esos buenos momentos de la novela que, como digo, los hay, se intuye un algo indefinido que la lastra y que no se concreta. En realidad tengo la vaga sensación de que no es una historia que a Murakami le entusiasme especialmente, al menos no en su totalidad. Es como si hubiera estado tentado de tomar tres caminos diferentes sin que se haya atrevido a decidirse por ninguno, por esa razón se queda en la encrucijada.

“-Escucha, se me ha ocurrido una cosa. Intenta pensar lo siguiente. A ver, que tu hermana está en alguna parte, no sé dónde, en otro Alphaville, y que alguien la está maltratando con una violencia irracional. Y que ella está lanzando alaridos mudos, derramando sangre invisible.

-¿En sentido figurado?

-Tal vez –dice Takahashi.

-¿Es ésa la impresión que te dio cuando hablaste con ella?

-Ella se encuentra sola, perdida entre un montón de problemas, se siente incapaz de seguir adelante y está pidiendo ayuda. Y lo manifiesta torturándose a sí misma. Y esto no es sólo una impresión mía, es algo mucho más preciso.

(…)

-¿Sabes? Eri ahora está dormida –dice Mari, como si le hiciera una confesión-. Profundamente dormida.

-A estas horas, todo el mundo lo está.

-No es lo mismo –dice Mari-. Ella no quiere despertar.”

   Es precisamente la situación de Eri la que quizá ralentiza la lectura del libro. Esas largas descripciones de su habitación, de su sueño interminable y voluntario, el televisor con esas imágenes que al final no son más que un artificio en la novela y que desestabilizan la obra.

  Ya digo que, a mi juicio, y cada juicio es personal y a veces erróneo, pero es el que cada uno experimenta cuando lee un libro, a mi juicio, digo, “After Dark”, con sus aciertos, está lejos del mejor Murakami.

 Sergio Barce, julio 2011

Haruki Murakami

Haruki Murakami nació en Kioto (Japón) en 1949. Otras obras suyas son “Tokio blues. Norwegian Wood” (Noruwei no mori, 1987), “Kafka en la orilla” (Umibe no Kafuka, 2002) o “Al Sur de la frontera, al Oeste del sol” (Kokkyô no minami, taiyô no nishi, 1992).

  Los párrafos de la novela los he tomado de la edición de Tusquets, con traducción de Lourdes Porta Fuentes.

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LARACHE vista por… LUIS ANTONIO DE VEGA RUBIO

  En las primeras décadas del siglo pasado, Luis Antonio de Vega Rubio, arabista de gran prestigio, (Bilbao, 1900 -Madrid, 1977), además de gastrónomo, ganó el Premio internacional de literatura de la Pictorial Review de Nueva York en 1920 por su obra “La princesa Bibi Hari Hara”.

LUIS ANTONIO DE VEGA RUBIO

Fue redactor de «El Nervión» y de «El Pueblo Vasco», fue destinado a Larache como director de las Escuelas Árabes, pasando más tarde a Tetuán.  Escribe en “Revista África” números 31-32 un precioso artículo titulado <<Nuevo descubrimiento de Larache>>. Particularmente creo que es uno de los textos más líricos y hermosos dedicados a Larache por un autor o viajero de la pimera mitad del pasado siglo. Luis Antonio de Vega dice:

 “La primera ciudad marrueca donde fijé mi residencia durante los dos lustros que residí en África fue Larache. Es tal vez por esto y porque en su recinto aprendí a conocer y amar a Marruecos por lo que mis mayores simpatías las reservo para la ciudad, que es proa de navío en la quilla del viejo Castillo de San Antonio, quilla metida en el mar.

  Allí pasé un año, primero en la calle Real, luego en el callejón de Hamed Ben Tzami, donde los tejeringueros moros amasaban cada mañana la pasta de los aceitosos churros que serían adorno suculento en el collar que formaba un junco verde; la calle de Hamed Ben Tzami, en el barrio primoroso de la Marina, con la terraza situada frente a la barra que forma el Lükus en su desembocadura y en la que hasta en los días dulces y en las dulces tardes se revolvían las aguas en amasijos de olas turbias.

  Me alquiló la casa un árabe, a quien llamaban el Turco, que tenía establecido un tenderete de sedas y de perfumes en la Alcaicería, que los españoles llamamos Zoco Chico, y es posiblemente el rincón más bello de Marruecos.

  El bacalito era un pretexto y un adorno para el vivir del otomano. Allí, entre los caftanes, las bedaías de color pizarra y de color ala de mosca, y con el aroma de los ámbares y de los pomos de jazmín, más que comerciar, le placía discutir con los ulemas y con los notarios.

  Bajo los porches encalados de la Alcaicería florecían las preguntas sutiles de una raza sutil, y rozando la corona de los turbantes blancos, se curtían en arrugas las frentes que cobijaban ojos eruditos, frentes que taraceaban una respuesta que no desmereciera en sutileza a la demanda.

Larache, Zoco Chico, 1928

  En mi casita mora me nutría de la savia vieja y de la savia temprana, y mi corazón sentía a Larache, y en ocasiones me decía a mí mismo:

-El río coge a la Medina por el talle y el agua moza se enamora del muro desconchado. La palmera es señorita vegetal, abanico de luna, cigüeña anclada.

  Otras, desde la terraza, en lugar de dirigir las pupilas a la bahía donde se unificaban las aguas, las fijaba en lo alto, y la mirada acariciaba, azotea por azotea, cuantas divisaban de la ciudad y con mimo de voz que se me hacía miel de líricas colmenas, decía:

-¡Ay, Larache! ¿Quién, al pasar, pudo decirte que no eras maravillosa? ¿Quién te pudo posponer a tus hermanas?

  Porque lo cierto es que Larache, como ciudad mora, no disfrutaba de buena prensa y el rocío de elogios caía con mayor frecuencia sobre las terrazas de Tetuán y sobre la alcazaba de Xauba.

  Alguna vez que el Turco venía a visitarme, se asomaba a la puerta que comunicaba la casa con la azotea, sin decidir a penetrar en ella, porque los bajaes de las ciudades marroquíes tenían establecido que las terrazas son para las mujeres y para los pájaros, y para los hombres, la calle y la mezquita. Yo, como cristiano, podía eludir las órdenes del bajá; pero de todas formas, me mostraba bastante respetuoso y solamente subía en las horas en que las mahometanas permanecían dentro de sus moradas.

  Una vez dije al Turco:

-El bajá te permite que vivas en el paraíso; pero no te consiente que en su conjunto lo veas. Si no te asomas a este alféizar no podrás ser pirata de luces, señor de estrellas ni pastor de navíos… Tú viniste de lejos y sabes Geografía; pero la Historia, como no quede toda entera en los límites de una kasida, para mí tiene escasa importancia.

  El Turco vendió su casa y regresó a su país. El árabe que la adquirió la quería para instalarse en ella y esto me obligó a buscar alojamiento en la casa que poseía el Ermiki. Mi alcoba, como de rica mansión moruna, era espaciosa. Tenía tres ventanas, una orientada al Norte y las otras dos hacia Poniente. Desde cualquiera de ellas se veía el mar; pero yo, para permanecer asomado, prefería la que dominaba el paisaje hebreo, cristiano y musulmán de un Larache a quien tanto quiero, de un Larache donde tanto me gustaba vivir.

Larache, la barra

  La ventana quedaba sobre la puerta de la Kasbah.

  Al mirar de frente, dominaba la cuesta de la calle Real, en la que los indios habían abierto tiendas de objetos orientales junto a los comercios de los israelitas. La calle Real, estrecha y larga, de pendiente rápida, salpicada a derecha e izquierda por callejones sin salida y por otros callejones que conducían al mar. Larache no tenía, como las otras poblaciones del Imperio, una judería. Hacía años que se había demolido la antigua, y los hebreos vivían en la Medina.

  Si volvía la cabeza hacia la derecha divisaba la Alcazaba, que en Tetuán era un barrio de vicio y en Larache un laberinto de callecitas con casas aristocráticas, aunque de pobre apariencia exterior, dominando el valle araichi y la curva audaz que, antes de desembocar en la bahía, traza el Lükus.

  Si miraba hacia la izquierda, lo que se presentaba ante mis ojos era toda la cristianería, bordeada por las olas en la carretera del campamento de Nador, y junto al Barrio de las Navas, el cementerio musulmán cortado por la carretera de Alcazarquivir, las azoteas de las casas españolas, y allí, no lejos del Zoco de Fuera, apenas perceptible, porque el edificio del Hospital Militar se comía parte del paisaje, la barra.

  ¡La barra de Larache!

  Unos cuantos metros de arena nada más, pero lo bastante para que Larache, puerto natural de El Garb, salida lógica de los productos de la zona feliz, quedase inservible para la navegación.

  Larache peinaba su paisaje, blanqueaba su sonrisa, acicalaba las palmeras del paseo de Circunvalación, cuando aún no estaba construido el Mirador del Atlántico; abría avenidas, tenía deseos de ser una gran ciudad; pero sus esfuerzos naufragaban en la barra, allí donde habían naufragado tantas embarcaciones. Era un puerto en el que no podían entrar los barcos. Un puerto que se comunicaba por los caminos de tierra en lugar de hacerlo por los caminos del mar. Para deshacer sus esfuerzos estaba la barra.

(…)

  Nuevo descubrimiento de Larache, que ya no es útil más que a lo que a la vieja Medina se refiere. El Zoco de Fuera se convirtió en la Plaza de España. Se marcharon de la orilla de la muralla los burreros que ataban allí a sus asnos, los geománticos, los médicos indígenas, los que entretenían el ocio de los musulmanes, con larguísimos cuentos o peleando con varas de acebo… Y hasta se marchó ese trozo de muralla para dejar paso a la Arquería, y se llenaron de villas los declives de la carretera de Alcazarquivir.

  Todo esto estaba previsto, y todo esto, naturalmente, significa colonización… Sí, ya lo sé, pero… Cuando yo vuelva a Larache entraré con prisas en la Alcaicería, bajaré por la calle de Hamed Ben Tzami, hasta situarme en el muelle, y no miraré a la Medina de arriba abajo, sino de abajo arriba, casi podría decirse que con humildad, la veré como la veía mi amigo el Turco, aquel que no se atrevía a asomarse a la terraza… Y la encontraré como yo la quería, como yo la sigo queriendo, como una vieja estampa oriental… Colores y ventanas, ventanas y colores… Como un pañuelo judío, con arcos y cuestas llenos de gracia… Y con las casas con ojos para ver llegar a los navíos que habían zarpado de Sevilla y de Lisboa y se aproximaban a Larache, después de haber perdido cuarteles por el mar…”

Otras obras de Luis Antonio de Vega Rubio: «El retorno de Euria Massard» (1921), «Yo te di mis ojos» (1952), «El barrio de las bocas pintadas» (1954) o «»Los hijos del novio» (1956).

Sergio Barce

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«EL VIAJE DEL ELEFANTE» (2008) de JOSÉ SARAMAGO


 Buena literatura, “El viaje del elefante” es una novela amena, divertida e irónica. Cuenta el propio José Saramago que se basa en el viaje realmente acontecido en 1515 de un elefante que envió el monarca Juan III de Portugal de Lisboa a Viena como regalo al archiduque. Por supuesto, Saramago, hábilmente, utiliza ese hecho para sumergirnos en una de sus historias más delirantes y, a la vez, más crítica con el ser humano, con sus ínfulas y con sus miserias, con sus delirios de grandeza y con sus reacciones ante la terca realidad. Pero, como indicaba al principio, es un libro cargado de buen humor, y, desde el comienzo, te hace sonreír por su sarcasmo y por el retrato de sus personajes.

Juan III de Portugal

 “…Y para qué quiero aquí al elefante, preguntó el rey algo enojado, Para el regalo, señor, para el regalo de bodas, respondió la reina, poniéndose de pie, eufórica, excitadísima, No es regalo de bodas, Da lo mismo. El rey aseveró lentamente con la cabeza tres veces seguidas, hizo una pausa y aseveró otras tres veces, al final de las cuales admitió, Me parece una idea interesante, Es más que interesante, es una buena idea, es una idea excelente, insistió la reina con un gesto de impaciencia, casi de insubordinación, que no fue capaz de reprimir. Hace más de dos años que ese animal llegó de la india, y desde entonces no ha hecho otra cosa que no sea comer y dormir, el abrevadero siempre lleno de agua, forraje a montones, es como si estuviéramos sustentando a una bestia que no tiene ni oficio ni beneficio, ni esperanza de provecho, El pobre animal no tiene la culpa, aquí no hay trabajo que sirva para él, a  no ser que lo mande a los muelles del tajo para transportar tablas, pero el pobre sufriría, porque su especialidad profesional son los troncos, que se ajustan mejor a la trompa por su curvatura, Entonces que se vaya a viena, Y cómo iría, preguntó el rey, Ah, eso no es cosa nuestra, si el primo maximiliano se convierte en su dueño, que él lo resuelva, suponiendo que todavía siga en valladolid, (…)

(…) cuántos días necesitará salomón para llegar de lisboa a valladolid, de ahí en adelante ya no será cosa nuestra, nos lavamos las manos, Sí, nos lavamos las manos, dijo la reina, pero, en su fuero interno, que es donde se dilucidan las contradicciones del ser, sintió un súbito dolor por dejar que se fuera salomón solo para tan distantes tierras y tan extrañas gentes.”

 El elefante, que primero se llamará salomón y luego solimán (así, en minúscula, como todos los nombres propios utilizados en el texto), es guiado por un cornaca, primero llamado subhro y más tarde fritz, un personaje realmente increíble, fruto de un Saramago que disfruta enormemente hilvanando esta historia, y, por consiguiente, convierte al cornaca en uno de los personajes más curiosos, entrañables e interesantes. Sólo imaginar a un hindú guiando a un elefante por la vieja Europa del siglo XVI, con su cultura a cuestas en contraste con la cultura portuguesa y española primero, con la germánica después, es fácil adivinar que puede dar lugar a situaciones realmente delirantes.

El Archiduque Maximiliano I

 “…Se aproximaba ya un hombre de rasgos hindúes, cubierto con ropas que casi se habían convertido en andrajos, una mezcla de piezas de vestuario de origen y fabricación nacional, mal cubierta o cubriendo mal restos de paños exóticos llegados, con el elefante, en aquel mismo cuerpo, hacía dos años. Era el cornaca. El secretario se dio cuenta enseguida de que el cuidador no había reconocido al rey y, como la situación no estaba para presentaciones formales, Alteza, permitidme que os presente al cuidador de salomón, señor hindú, le presento al rey de portugal, don juan, el tercero, que pasará a la historia con el sobrenombre de piadoso…”

 Viajamos por toda Europa acompañando al elefante salomón, o solimán, y padeceremos los sufrimientos y aventuras del cornaca llamado subhro primero y fritz más tarde, y gracias a la narrativa de José Saramago, de una altura insuperable, y a su irónica visión del mundo, este viaje se nos hace liviano, fascinante e irrenunciable, porque lo cierto es que no podemos dejar de leer esta sencilla historia. La pluma de Saramago tiene además la virtud de encadenar diferentes asuntos, con curiosas divagaciones que, sin embargo, están tan perfectamente cosidas al relato que la hilaridad de algunas de sus ocurrencias nos obliga a detenernos un segundo y reírnos abiertamente. Con sencillez, descubrimos una prosa rica, que está al servicio de la historia, y al servicio de los juegos de manos de Saramago.

 “Al día siguiente la caravana durmió hasta tarde, los archiduques en casa de una familia noble del burgo, el resto disperso por la pequeña ciudad de bolzano,…

(…) Lo que dio más trabajo fue encontrar abrigo para solimán. Después de mucho buscar, acabó descubriéndose un cobertizo que no era nada más que eso, un alpende sin resguardos laterales, que poca más protección podría proporcionarle que si estuviera durmiendo à la belle étoile, manera lírica que tienen los franceses de decir relente, palabra también inapropiada, pues relente no es más que una humedad nocturna, un rocío, una escarcha, niñerías meteorológicas si las comparamos con el nevazo de los alpes que bien ha justificado la designación de níveo manto, lecho acaso mortal…

 “…Ciertos misterios de la naturaleza parecen a primera vista impenetrables y la prudencia tal vez aconseja dejarlos así, no sea que de un conocimiento adquirido en bruto acabe llegándonos más mal que bien. Véase, por ejemplo, el resultado de que adán comiera en el paraíso lo que parecía una vulgar manzana. Puede ser que el fruto propiamente dicho haya sido una obra deliciosa de dios, pero hay quien afirma que no fue una manzana, que fue, sí, una tajada de sandía, aunque las simientes, en cualquier caso, ésas, fueron ahí puestas por el diablo. Para colmo negras.

 Y así, atravesando la península ibérica, tras pequeñas aventuras, tras algún acto cercano al piadoso milagro, y tras algún que otro percance menor, hay que decir que con esta novela nos trasladamos de la mano de Saramago a otra época que, en realidad, como inteligentemente nos demuestra, no se diferencia tanto de nuestra sociedad actual.

Libro humanista, entrañable como sus personajes, que nos atrapa por su sencillez aparente y por ese fino humor que va empapando la narración igual que una amplia sonrisa, la que seguramente tuvo Saramago en sus labios mientras se divertía escribiendo para nosotros.

Sergio Barce, julio 2011

 Cautelosamente, fritz le dio a entender a solimán que ya era hora de realizar un pequeño esfuerzo para levantarse. No ordenó, no recurrió a su variado repertorio de toques de bastón, unos más agresivos que otros, sólo lo dio a entender, lo que demuestra una vez más que el respeto por los sentimientos ajenos es la mejor condición para una próspera y feliz vida de relaciones y afectos. Es la diferencia entre un categórico Levántate y un dubitativo Y si te levantaras. Hay incluso quien sustenta que esta segunda frase, y no la primera, fue la que realmente jesús profirió, prueba probada de que la resurrección dependía, sobre todo, de la libre voluntad de lázaro y no de los poderes milagrosos, por muy sublimes que fuesen , del nazareno. Si lázaro resucitó fue porque le hablaron con buenos modos, tan simple como eso.”

JOSE SARAMAGO

José Saramago nació en Azinhaga, Santarém, Portugal, en 1922, y falleció el pasado año 2010. Escritor y periodista, fue un hombre comprometido con su tiempo, un humanista. Entre sus obras (narrativa, poesía y teatro) destacan las novelas “La balsa de piedra” (A jangada de pedra, 1986), “El evangelio según Jesucristo” (O Evangelho segundo Jesus Cristo, 1991), “Ensayo sobre la ceguera” (Ensaio sobre a cegueira, 1995), “Todos los nombres” (Todos os nomes, 1997) o “La caverna” (A caverna, 2000). En 1998 se le otorgó el Premio Nobel de Literatura.

Los párrafos trascritos de la novela pertenecen a la edición de Punto de Lectura, 2010, con traducción del portugués de Pilar del Río.

Jose Saramago y Pilar del Rio

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LARACHE vista por… CRISTINA MARTÍNEZ MARTÍN

Larache. Ambientada en los años inmediatamente anteriores a la Independencia de Marruecos, su protagonista. doña María, es una candorosa mujer española que se verá permanentemente humillada por su marido, un capitán del ejército, del que, sin embargo, ella está enamorada. Poco a poco, irá descubriendo el otro mundo que convive con ellos en la ciudad, el de la comunidad musulmana, la nativa del país, y será a través de ellos, de los larachenses más humildes, donde irá descubriendo su propia personalidad, su fuerza interior, el arraigo a la familia y las auténticas metas que darán sentido a su vida.

Éste es el argumento de “Te devuelvo la memoria” (Caja Castilla-La Mancha –Madrid, 2007), preciosa y nostálgica novela de la escritora larachense Cristina Martínez Martín, un sentido homenaje de Cristina a su madre, a la que devuelve su memoria.

 “…Él era uno de esos hombres cuyos resortes mueve la pasión. Desde siempre había sido de esa manera. Nunca se había avenido ni a las medias tintas ni a los apaños. Y esa ternura tan nueva, que ni por sus hijos había sentido nunca, se le antojaba un estorbo, algo que lo hacía dudar, introduciendo en su alma mucha confusión.

   Omar lo condujo enseguida a la casa de Rosario.

   Para llegar allá había que atravesar la calle en canal. La casita blanca donde la había instalado se encontraba en un extremo del barrio de Nador, el de las prostitutas, en las afueras de la ciudad. A esas horas salía música de las puertas obscenamente abiertas para atraer a los que buscaban el calor prestado de unos besos pagados o a los que necesitaban verter, aunque fuera en unos cuerpos maltrechos, mucha soledad.

   El capitán respiraba con confort el hedor que rezumaban aquellas callejas siniestras. Se sabía escindido entre su doble faceta de hombre pulido, capaz de mantener las formas con gente encopetada, y su necesidad de dejar libre sus instintos, lo cual solamente era posible en ese ambiente sórdido en el que las pasiones no necesitaban disfrazarse. Por eso la amaba allá en aquella casa arrinconada entre ese barrio y el cementerio.

   La casa estaba construida sobre un montículo frente al mar. Un mar majestuoso, centelleante y misterioso… Con unas puestas de sol magníficas…

   Al lado, reposaban su sueño eterno algunos muertos ilustres, entre los que se contó un día el duque de Guisa, aquel proyecto de rey que desde su Francia natal había venido a morir a esta tierra tan distinta a la suya. Los panteones en mármol rosa o blanco, así como las lápidas más sencillas de granito, yacían olvidados. Hacía años que el reino de los muertos servía de alimento a una profusión de plantas y flores muy vivas que lo invadían todo ocultando las tumbas y convirtiendo aquel lugar, un día sagrado, en un salvaje jardín…”

Presentación de la novela en Larache: Mohamed Laabi, Sergio Barce, Cristina Martínez, Mª Dolores López & Mohamed Al Baki

    “Te devuelvo la memoria” es de lectura sencilla, atrapa al lector desde el comienzo y cada párrafo está escrito con tanto afecto que es difícil sustraerse a él; te embarga una especie de melancólica emoción, y por supuesto vives en cada una de sus páginas el Larache de esa época. Recrea el ambiente de la ciudad, sus calles, los barrios más populares y más humildes, la vida cotidiana de sus habitantes, las tradiciones marroquíes, que la protagonista va descubriendo con sorpresa, y plasma con realismo la relación que existía entre la casta militar española asentada durante el Protectorado y la población autóctona, que nada tenía que ver con la que desarrollaba la población civil, más integrada y tolerante.

    “El 15 de julio se casaba la heredera. Un acontecimiento que todo el mundo esperaba con curiosidad. La familia Bargalló era la crema de la sociedad larachense. Las malas lenguas, que siempre las hay, insinuaban que descendían de unos oscuros comerciantes de Sabadell, ellos proclamaban que su sangre era más azul que la tinta azul. El padre de Pili había sido cónsul del gobierno del Generalísimo en Ceuta antes de venir a Larache. Su puesto le había proporcionado amigos influyentes en las altas esferas, comentaba él. Se decía que había aprovechado la coyuntura para hacer de intermediario en varios negocios lucrativos, comentaba la gente por lo bajo, y se había forrado de dinero. Gozaba en la ciudad de una posición privilegiada.

   Los Bargalló vivían en un chalet frente al balcón del Atlántico. Aparte de la Plaza de España, la mejor zona de Larache. El balcón del Atlántico era el límite natural de la ciudad, el extremo del saliente rocoso sobre el que ésta había nacido. El balcón del Atlántico terminaba bruscamente en un acantilado de ocho metros de altura sobre el mar. Justo en el borde se había construido, protegido por una balaustrada blanca, un jardín estrecho con una pequeña glorieta en el centro, donde los domingos tocaba marchas la banda del Regimiento español. Los días que el mar se enfurecía, rompían las olas bravamente sobre el acantilado salpicando de espuma la balaustrada, cruzándola y regando de agua salada los arriates de geranio y verbena.

   Frente al jardín del Atlántico, se encontraba una fila de chalets blancos y lujosos, precedidos a su vez de una jardincillo particular en donde crecían apretadamente la buganvilla, el jazmín y los hibiscos. Además de los Bargalló, vivían allí el doctor Levi, un cirujano con mucha fama, el Bajá, primo del rey, y otros dos ricos comerciantes judíos.

   Pili Bargalló se casaba y las invitaciones recién salidas de la imprenta invadían las casas de las familias bien de Larache.”

Casa de la Cultura de Larache – asistentes a la presentación de TE DEVUELVO LA MEMORIA

Una novela tan recomendable como indispensable para quienes están descubriendo ese mundo único e irrepetible del Larache de los años del final del protectorado y los acontecimientos que sucedieron en la ciudad que llevarían a la independencia del país, y, por supuesto, para quienes son de allí o conocen la ciudad. Otro viaje de retorno en el tiempo y en el espacio, otro viaje sentimental a través de una excelente narración.

Sergio Barce, julio 2011

José, Miriam y Rachel se llevaron a la pequeña al palomar y a los establos de los animales, convenientemente alejados de la casa para evitar olores. La dueña de la casa, una mujer gorda, simpática, cargada de tintineantes pulseras de oro y magníficos ojos a los que el khol daba profundidad, invitó a doña María a compartir el frescor de un pequeño cuarto que le servía de costurero. Escuchándola charlar animadamente se preguntaba doña María cómo era posible que Estrella Benchimol, aislada en el campo, estuviera al tanto de lo que pasaba en Larache mejor, mucho mejor, que ella misma, que vivía en pleno centro. La señora Benchimol conocía los mejores sitios para comprar calidad al más bajo precio, las novedades que llegaban a las tiendas, los cotilleos y, además, era experta en cómo tratar a las criadas para hacerse respetar y obtener un buen servicio.

   Se juntaron todos a las seis para tomar un té moruno muy azucarado, aromatizado con hierbabuena y flores de azahar, y servido con pastas preparadas por Estrella Benchimol a base de almendras, miel, harina y espacias, con forma de lunitas, redondeles y rombos que todos celebraron mucho.

   El sol se ponía. Omar, desaparecido durante todas esas horas, tenía órdenes de recogerlas para volver a la ciudad, y esperaba de nuevo muy tieso al lado del coche.

   Se despidieron para regresar antes del anochecer. Rachel y Miriam ofrecieron, regocijadas por sus aspavientos, una paloma blanca a la niña.

   Camino de Larache los aplatanados viajeros divisaron desde un alto de la carretera extraños resplandores en la ciudad. Parecían figuras encendidas en distintos puntos, o tal vez incendios… Al acercarse más, escucharon claramente sonidos de disparos. El capitán, recordando su conversación con el señor Benchimol justo aquella misma tarde respecto a las revueltas que podían esperarse como consecuencia de las últimas medidas del Gobierno francés, dedujo lo que ocurría. No quiso, sin embargo, alarmar a la familia.

   -Ya están tirando petardos… -comentó burlón.

   El usualmente hermético Omar, herido por las ironías de las que fue objeto horas antes y para demostrar que lo que decía era importante, les informó antes de que el capitán pudiese evitarlo que aquello era la guerra.

   Los ocupantes del coche guardaron un silencio asustado. La paloma aprovechó un descuido de José para escaparse por la ventanilla abierta. La niña, que dormitaba cansada, despertó con el revuelo de la paloma y se puso a berrear desconsolada por la pérdida de su juguete. José sugirió volver a la finca y quedarse allá hasta saber qué ocurría. El capitán no lo consideró oportuno.

   -En el campo –dijo-, estaríamos a merced de quien tenga un arma.

   Con el llanto cansino de la cría, a quien no consiguieron calmar y que no paró de llorar hasta llegar a la casa, atravesaron la ciudad desierta.

El ya rey Mohamed V, en Larache

   Muhammad V había sabido jugar bien sus cartas. Tras la entrevista que tuvo con el presidente Roosevelt, se negó a ratificar las decisiones de los franceses, y éstos, que habían manejado a los sultanes a su antojo, reaccionaron deponiéndolo en 1953 y desterrándolo primero a Córcega y posteriormente a Madagascar, nombrando en su lugar a Muhammad Ibn Arafa. El nacionalismo, latente, se exacerbó, y Muhammad V se convirtió, aun desde el destierro, en el líder que aunaría la lucha por la independencia nacional.

   Los disparos que en ese momento escuchaba la familia no eran sino el inicio de una revuelta que trastornó al país durante dos años, hasta el regreso a Marruecos de Muhammad V en 1955, y la posterior proclamación de la independencia del país.”

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CRISTINA MARTÍNEZ MARTÍN, escritora larachense

      A través de la asociación cultural “Larache en el Mundo”, que presido, la novela Te devuelvo la memoria de la escritora larachense Cristina Martínez Martín se presentó en Larache. Lo hizo María Dolores López Enamorado, actual directora del Instituto Cervantes de Casablanca, y en el mismo acto se hizo lo propio con el poemario del también autor larachense Mohamed Al Baki, del que ya he hablado en este blog. La presentación estuvo cargada de emoción, de sensibilidad, de muchas lágrimas por ese reencuentro de Cristina con su ciudad natal; entonces se le agolparon todos los recuerdos, los que había volcado en su libro y los que volvían a medida que hablaba de la novela y de lo que allí escuchaba de sus paisanos. Estoy convencido de que fue un día especial e inolvidable para ella. Fue, además, el día que descubrimos a una persona encantadora, y accesible, y yo a una persona sensible, prudente y muy afectuosa. (En el próximo post hablaré más ampliamente de su novela y de su visión de Larache).

Sergio Barce, julio 2011

Mohamed Laabi, Sergio Barce, Cristina Martínez, Mª Dolores López & Mohamed Al Baki

Cristina Martínez Martín nació en Larache en 1951. Estudió en la propia ciudad de Larache, y luego en Murcia, Estrasburgo, Montreal y Sevilla, Filología Moderna e Idiomas: francés, inglés y alemán. Ha sido Profesora en Montreal, en Barcelona y en Sevilla. Directora de Teatro en Barcelona. Coordinadora regional andaluza de un proyecto Now de la Comunidad Europea. Empresaria en Sevilla. En 1998 obtuvo el primer premio como mujer emprendedora otorgado por la FIDEM (Federación Internacional de Mujeres Empresarias). Catedrática de Francés en el IES Cristóbal de Monroy de Alcalá de Guadaíra (Sevilla).

En abril 2006 fue seleccionado su relato «La semilla» para figurar en una antología de narradores del 2006 en Buenos Aires. En noviembre de este mismo año, su novela “Te devuelvo la memoria”, obtuvo el Premio del V Certamen de Narrativa Femenina otorgado por el Ayuntamiento de Toledo. En esa misma fecha obtuvo el Premio Internacional de narración «Carmen Báez» en México.  Contacto con Cristina Martínez: cristinoya@hotmail.com

Del album familiar de Cristina Martínez

 “Era el mes de Ramadán. La ciudad entera había cambiado de ritmo. La gente andaba parsimoniosamente. Se veía a muchos árabes tumbados en la plaza, a la sombra, incapaces de moverse a partir de ciertas horas. Ni que decir tiene que el trabajo de la casa se había ralentizado, cuando no parado, igual que en todas partes, consecuencia natural de un ayuno prolongado en un mes de intenso calor.

-Es extraño –pensó doña María-, ni muertos de hambre, aceptan comer. Podré vivir aquí muchos años y no comprender nunca lo que empuja a esta gente a un sacrificio tan duro.

Sin querer, comparaba la fe musulmana con la fe católica y, aunque no dudaba, pues su espíritu era demasiado sencillo para poner en duda la fe de sus mayores, tenía que reconocer que los seguidores del Profeta lo hacían con un convencimiento mayor y más sincero que el que ella veía en muchos católicos.

  Doña Conchita, con la que comentaba un día el tema, exclamó:

-¡Incha Allah!

A doña Conchita le gustaba sorprender a su amiga.

-Entonces -preguntó asustada Doña María-, si se le reza al dios de los moros, ¿el dios de los cristianos se enfadará?

Su interlocutora había roto con demasiadas convenciones como para que la religión le dictara lo que tenía que pensar.

-María –le respondió-, qué más da que Dios se llame Buda, Alá o Yahvé.

Doña María asintió, pensando en su fuero interno con confusión que sus preguntas se las guardaría para ella o para don Fabián, quien siempre recalcaba que el único dios verdadero era el cristiano.

-Durante el Ramadán, además del ayuno, no se puede pecar –le explicó Omar, el chofer-el hombre no toca mujer ni piensa en ella lascivo.

Lo de lascivo en boca de Omar, quien sin duda era un hombre muy religioso, recordaba el incidente que protagonizó hacía ya algunos años, cuando ella le ofreció un plato de comida.

-¿Jalufo? –preguntó él.

-No, pollo.

Sólo que el pollo estaba cocinado con trocitos de tocino y al darse cuenta ella de pronto y decírselo, vio que el hombre soltaba el plato como si fuera veneno y salía corriendo a la calle.

Saida, que trabajaba por aquel entonces en la casa y conocía bien a Omar, le explicó:

-Señora, él meter dedos en la boca para echar jalufo fuera, jalufo pecado.”   (De la novela “Te devuelvo la memoria” de Cristina Martínez)

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